viernes, 5 de junio de 2009

A disfrutar con 'Roma', serie que hay que ver

Otro fin de semana más, haré todo lo posible por escaquearme de mis obligaciones conyugales relativas al mantenimiento conjunto de las zonas comunes y de descanso, así como las de aprovisionamiento, preparación de alimentos y evacuación y que, cooperativamente, pagamos mes a mes al banco para saldar la deuda contraída como crédito hipotecario. O sea, que no quiero participar en las tareas de limpieza del piso. Así que tengo que buscarme una buena excusa.

Teniendo al día la mayoría de las series que sigo -aquellas que han conseguido interesarme un poco- y, por tanto, sin cantidad crítica que justifique mantenerme alejado de mis deberes durante dos días, he tenido que registrar de arriba a abajo el disco duro buscando material. He tenido suerte y he tropezado con la magnífica 'Roma', de la que aún me quedan cuatro capítulos de la segunda temporada para darla por concluida. Una lástima que solo sean dos temporadas, porque la serie es muy buena y merecía un poco más de recorrido. Cierto que ha venido decayendo en los últimos capítulos, pero no deja de ser una recreación fantástica, fascinante y, supongo que, bastante fiel, si hago caso de lo leído sobre los esfuerzos para conseguir la mayor fidelidad del período en el que se sitúa, con unos escenarios que sacarían los colores a la mejor producción del Bruckheimer. Y, aunque haya empeorado un poco, sigue siendo muy superior en calidad a muchas de las series que tienen más éxito. Pero el pueblo llano no suele apreciar estas cosas.

En Internet hay muchas páginas donde destripan mejor la serie de lo que yo soñaría hacer. Se puede consultar la extensa reseña en la Wikipedia sobre la serie, por ejemplo. Pero para mí basta con decir que las actuaciones son sensacionales, que el doblaje al español es muy bueno y que la trama engancha de verdad. En el apartado interpretativo, a destacar, para mi gusto, las actuaciones de Marco Antonio, de Lucio Voreno y de Tito Pulo. Ellos tres son Roma.

En fin, me despido de la entrada de hoy recalcando que se trata de una serie muy recomendada y que deberías, si no lo has hecho ya, ver en cuanto puedas. Yo me siento feliz porque un fin de semana más he encontrado la excusa perfecta para no dar ni palo al agua en casa. ¿Acaso es más importante retirar las costras de mierda de la cocina que ver el desenlace de esta magnífica obra de la televisión? Me espera otro estupendo fin de semana de tardes de sofá.

jueves, 4 de junio de 2009

'Freakonomics'

Algo ha cambiado en mi cerebro, continente y cárcel de mi pervertida mente. Esperemos que no sea algo terminal e irreversible, pero lo cierto es que hace tiempo hubiese huido, como lo haría una adolescente japonesa que tropieza con un monstruo harto de tentáculos viciosos, de un libro en cuya portada ofrece una frase del tipo "Si Indiana Jones fuera economista, sería Steven Levitt". Sin embargo, en esta ocasión, no solo no salí corriendo sino que, además y tras leer la contraportada -diré en mi defensa-, pagué por él. Es lo que tiene hacerse viejo. En mi caso, que empiezan a interesarme -más que antes- la Economía, la Estadística, la Teoría de Juegos y este tipo de cosas que sería mejor dejar tranquilas. Ya se sabe que si coges a una serpiente venenosa por la cola es muy probable que te acabe mirando a los ojos antes de morderte.

La experiencia me ha demostrado, como supongo habrán descubierto muchos antes que yo, que un best-seller, aunque internacional, no implica que la obra sea necesariamente buena. Simplemente indica que mucha gente ha decidido tirar su dinero con él. Y ya se sabe que la gente tiene tendencia a elevar algunas obras a cotas que no le corresponden. ¿Quién me va a negar el injustificable éxito de taquilla de Torrente? Es más, en base a esa experiencia acumulada, uno llegaría a creer que si algo es popular entonces es algo que no merece la pena leer.

Sin embargo, 'Freakonomics' es un libro que sí merece la pena leer. Contra todo pronóstico puede llegar a resultar, en alguna de sus tesis, un libro que deje intranquilo a más de uno. Afirmaciones tales como la que sostiene que la legalización del aborto en EEUU -porque todo versa sobre ese país- fue la causa principal del descenso del crimen en la década de los 90 puede resultar, cuando menos, algo difícil de digerir si sientes aversión moral a la interrupción voluntaria del embarazo. Y esa es una de tantas otras afirmaciones que puedan resultar conflictivas. Vamos, que no parece un libro políticamente correcto para las masas. Y, pese a ello, es un best-seller.

Sé que soy un simplista, pero en el primer capítulo no pude dejar de ver una analogía entre lo que contaba y el impuesto revolucionario del Cánon Digital que nos han impuesto los últimos gobiernos y cómo eso no ha servido para nada. Cuenta la forma en que la inclusión de incentivos negativos (de esos que deberían alejar a la gente de hacer algo) se transformaron en una excusa perfecta para lavar los cargos de conciencia. No quiero reventar lo que cuenta, pero si alguien más lo ha leído que me diga si no ve, también, ese paralelismo. Aunque la verdad es que lo del cánon digital, conspiranoicosospecho, tiene mucho más detrás.

El libro está dividido en seis capítulos, que ocupan las dos terceras partes, y otro centenar de páginas con 'material adicional'. El material adicional se trata, principalmente, de artículos copiados de los escritos en el blog, nacido con el libro. Entre ellos hay algunas aportaciones muy interesantes. La suma, aunque los últimos capítulos me resultaron un tanto tostón, hace que en su conjunto es un libro recomendable que deberías aprovechar y leer, si tienes ocasión.

miércoles, 3 de junio de 2009

Echo de menos los sellos

Con clara intención de confirmar aquello que ya debemos saber todos, por vivido, y que postulaba Zaratustra como eterno retorno, no solo de sucesos y acontecimientos causales, sino también de pensar, sentir e idear, en repetición infinita e incansable, hoy echo de menos coleccionar sellos, como lo hiciera años ha. Sentimiento que me lleva a plantearme re-re-empezar la colección o, mejor dicho, el coleccionismo filatélico, pues lo coleccionado sigue estando y bastaría con retomar donde lo dejé la última vez. Como un perfeccionamiento o mejora durante la nueva iteración.

Creo que el afán coleccionista lo llevamos dentro todos. Seguramente habrá alguna teoría filosófica o psicológica que explique el motivo que nos lleva a desear coleccionar, en su más variadas formas y con toda familia de pretextos, cualquier cosa material o experiencia mística. Otros lo llamarán simplemente consumismo capitalista. Cabe de todo y entramos todos. Desde el niño al que se anima a empezar la colección de estampas (cromos) de futbolistas, pasando por el que colecciona relaciones sentimentales hasta llegar al que no termina de aterrizar en su casa para ya planificar el siguiente viaje. Al final todos coleccionamos, de una forma u otra. Mal de muchos, consuelo de tontos. Lo sé.

Si hablamos de coleccionar únicamente objetos tangibles y con cierta homogeneidad, lo mío son los sellos. También intenté con las estampas de futbolistas, pero me aburría soberanamente el fútbol. Nunca me atrajo la vertiente mediática de ese deporte. También intenté con otras colecciones de mi época de niño, como una que salió sobre personajes de dibujos animados y cuyo álbum logré completar tras comprar a otro niño, por cien pesetas -una verdadera fortuna cuando tenía diez años-, la única estampa cuya probabilidad de que saliese era la misma que te tocase tres veces seguidas la lotería.

La primera vez que vi una colección de sellos fue la de mi tío Suso. Tendría seis o siete años. No me dejaba tocarlos porque era difíciles de conseguir, aducía. Me pasaba horas mirando las hojas del álbum y los diferentes sellos de distintos países. Recuerdo que tenía una colección de sellos de la URSS sobre cosmonautas que me encantaba. Además de muchos otros de países del Bloque del Este. Mi tío era de ideales ligeramente rojetes.

Al principio creía que la única forma de archivar la colección de sellos era empleando álbumes genéricos, como los que usaba mi tío. Con una banda transparente donde colocarlos según quisieras. Así, en una banda tenía sellos de Suiza y dos bandas más abajo empezaba, por poner un ejemplo, Italia. Luego vi la colección que tenían Emilio, amigo de mis tíos, y su padre. Ellos tenía las hojas que se editaban específicas con la ilustración y las características del sello, con una funda protectora en la que se metía el sello. Para mí aquello era coleccionismo para ricos. Pero no solo eso. También compraban varias hojas (o sábanas) con todos los sellos que emitían el primer día. Lo dicho, para ricos.

En un momento dado, mi tío se cansó de la colección. O de verme todos los días en su habitación hojeando los álbumes de sellos. Sin tocarlos, sin tocarlos. Así que en un momento dado, cuando tenía once años, heredé la colección de sellos, que hasta entonces había ido acrecentando Suso, y que a su vez había heredado de su hermana mayor, mi madre. Una colección, que si la memoria no me traiciona, ascendía a unos cinco o seis mil sellos. Muchos de ellos, lo sé ahora, sin valor maldito. Más allá del sentimental, claro.

En sexto de EGB, tuve una profesora, un tanto hueso, que conoció de mi gusto por los sellos y recuerdo que a veces me traía sellos usados (de esos con matasello) que ella conseguía o tenía repetidos. Por aquella época era habitual que cada domingo se reuniesen filatélicos y numismáticos en el Parque Doramas y ella iba mucho. También coleccionaba sellos y recuerdo que me regaló uno sello enorme de Malasia con una mariposa que era alucinante. ¿O era de Japón? Vaya, ya no lo recuerdo con claridad.

Si estuviese en manos de un psicólogo argentino -y perdonen los de esa nacionalidad por la guasa tópica-, de los de la escuela de culpar de todo a traumas infantiles, creería que toda la culpa de mi falta de orden es culpa de mis progenitores y algún Complejo de Edipo y rivalidad reprimida con mi padre de forma recurrente, pero imposible de recordar, causado en la infancia por un modelo de convivencia excesivamente estricto y represor. O sin los fundamentos de la unidad familiar de una familia desestructurada. Sin embargo, como absolutamente cierto, mis padres eran respetuosamente ordenados, poco represores y muy cariñosos y generosos con sus hijos. Temo que lo mío no es culpa de nadie, tal vez achacable a alguna mutación genética que me lleva a ser un desastre. O tal vez la culpa la tiene toda el desorden neurológico causado por el accidente de coche. En cualquier caso, mi madre se cansó de ver sellos tirados por todas partes y un buen día, estando yo en el colegio, le regaló la colección -y lo que más me dolió, los fantásticos sellos soviéticos con imágenes de naves y satélites de una serie dedicada a la cosmología- a un vecino del bloque. Aún, a veces, y solo de broma, le digo que ese gesto fue el que me hundió definitivamente como ser humano. Lo que me ha impedido llegar a ser el CEO de algún grupo multimillonario. Que no se extrañe si un día aparezco en las noticias por haber entrado en un restaurante armado con un tenedor y un cuchillo de untar, y haberle practicado cirugía cerebral de alto riesgo al camarero.

Ya emancipado económicamente, por el año 2000, reinicié la colección. Con reiniciar, en este caso, es "empezar desde cero". Con gusto y disfrute me gasté un pastón comprando sellos por ebay. Por Internet los extranjeros. Para los españoles di con una filatelia en la calle Viera y Clavijo, donde un viejecito bastante amable me explicaba las diferentes alternativas para coleccionar y por dónde empezar. Segundo siglo, me sugirió o, mejor, Reinado de Juan Carlos. Me gustaba hacer la visita mensual para hablar un rato con aquel hombre.

Pero la filatelia en el año 2000 no era la filatelia en los años 80. Desde la entrada de los valores mecanizados o como se llame a las pegatinas en las que se imprime el valor del envío, los sellos han pasado a ser una colección de estampas (o cromos). Una forma de enriquecer a Correos sin otro valor práctico. Cada año Correos emite sellos por un valor de 120 euros aproximadamente. Y no sirven para gran cosa. Cierto que se pueden usar para envíos postales, pero dadas las pegas que te ponen para comprarlos, ya que tienes que ir a una ventanilla especial que no siempre está abierta, están completamente en desuso. Esa sensación de coleccionar cosas inútiles que se emiten por emitirse, fue lo que, pasados unos meses, me hizo desistir de seguir con esta idea.

Sin embargo, y pese a lo dicho en el último párrafo, sigo echando de menos la filatelia y los sellos. Cada sello cuenta su propia historia y los sellos de un país cuentan su historia (los de principio de siglo XX corresponden a la República, por ejemplo). Eso es lo bonito de coleccionar sellos. Tal vez lo retome. No sé si volveré a España o me decantaré por alguna temática. Astronomía me gustaba. Pero también me atraen los sellos con temas del mundo del ajedrez. Tampoco es algo que tenga que decidir hoy mismo. Hay un siglo y medio de historia de sellos. Como para tener prisas a estas alturas.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Unos días por Sevilla

Aquellos que visiten habitualmente mi espacio en Flickr o estén atentos a las imágenes que aparecen a la derecha de la bitácora, ya se habrán percatado de que desde hace unos días van apareciendo imágenes de Sevilla.

La semana pasada me la tomé de vacaciones. Es la tercera ya en lo que va de año. Y aún me quedan días para poder disfrutar. Es lo bueno de haber dejado unos cuantos días pendientes desde el año pasado. Pero también es lo bueno de trabajar en una buena empresa en la que las vacaciones se cuentan por días laborales y no naturales. Bien combinados esos días con festivos, dan para muchas ausencias que disfrutar con otras actividades.


Lateral de la Catedral - Sevilla


En esta ocasión también cogió vacaciones mi mujer y, sin pensarlo demasiado, decidimos hacer un viaje. Desde Semana Santa del año pasado no salíamos de la isla, así que ya iba siendo hora de rascarnos los bolsillos y coger un avión. Elegimos Sevilla para pasar perdernos -y cuando digo perdernos no es un eufemismo- caminando por la ciudad. Nos encanta caminar y caminar por las zonas antiguas de las ciudades. Aunque luego nos quejemos durante una semana por las agujetas en las piernas, caminamos durante horas entre las calles. Lo hicimos en París, aunque menos por el frío, y lo repetimos con los 32 grados -Celsius- de media que tuvimos la semana pasada en Sevilla.

Sevilla huele a pescaíto frito y deslumbra por la cantidad de luz que fluye y llena sus calles estrechas. Los días son larguísimos y la noche se vive en la calle, con los bares de tapas llenos hasta altas horas del anoche. Con las orillas del Guadalquivir enfrentadas, varios puentes que cruzan de un lado a otro, cientos de bicicletas que recorren cada calle por los carriles bici y fuera de ellos, con una iglesia en cada esquina y decenas de representaciones religiosas pintadas sobre azulejos, con sus carros tirados por caballos, sus miles de turistas buscando a su duende, y sus piedras con más de mil años de existencia e historia, Sevilla es una ciudad que respira con cada tic del segundero. Es, resumiendo, una ciudad que se debe visitar y disfrutar. Ya sea por su día o por su noche. Y se corre el riesgo de engancharse.


Giralda - Sevilla


En breve escribiré una serie de entradas en las que intentaré describir un poco mejor lo poco hecho, lo poco visto y lo poco vivido durante los seis días, con sus cinco noches, que visitamos la ciudad, y nos aventuramos a sus cercanías. Quería hacerlo, escribir entradas, desde hace tiempo con otros viajes que ya había hecho, pero como ya son historias viejas, no me lo había tomado muy en serio. En realidad no me tomo muy en serio nada de lo que empiezo aquí, pero mantengo la bitácora porque me sirve de ejercicio. Ya veremos.


Puente Isabel II (de Triana)


Y ahora a pensar en las próximas vacaciones y, crisis mediante, en el próximo viaje. De dos semanas en Italia, y tras cambio repentino de planes y orientación geográfica, hemos pasado a comprar ya los billetes para Orlando, Florida, Estados Unidos, a pagar el alquiler del coche y dar la entrada para la reserva de la casa en la que nos quedaremos. Pero para disfrutar de todo ello habrá que esperar a finales de septiembre.

lunes, 25 de mayo de 2009

Segundo asalto en la comparativa de objetivos - Introducción

Hace ya unas cuantas semanas, aprovechando que pasé un fin de semana en unos bungalows en el sur de la isla, y tras la bajona que me dio comprobar los resultados de la prueba rápida entre el Nikkor 18-200 VR y el Nikkor 80-200, quedé nuevamente con Luis para montarnos una prueba algo más rigurosa de nuestros respectivos objetivos. Retrospectivamente, en el momento de escribir esto, me doy cuenta que no fue nada rigurosa, después de todo. Hay que tener en cuenta que al menos yo no tengo demasiada práctica en esto del método científico en general y, menos aún, aplicado al dominio de las comparaciones de objetivos fotográficos. Si bien no se podrá sacar ninguna conclusión definitiva de los resultados obtenidos, al menos resultó una experiencia divertida.

Dado que el objetivo 18-200 tiene un larguísimo recorrido focal, que va desde un angular hasta un tele medio, se nos ocurrió dividir la prueba en dos tramos. En el primero aprovecharíamos las posibilidades del lugar (Bungalows Dunas Maspalomas) para comparar el rango angular y tele corto. Desde 10 mm a 50 mm. En el segundo tramo montaríamos un bodegón con lo que pillásemos para comparar el rango tele (70-200). En la siguiente ilustración he intentando resumir las distancias focales que probamos, las marcas con líneas azules, y la combinación de objetivos que empleamos en cada una. Por ejemplo, para la distancia focal de 18 mm (aprox.) usamos los dos Nikkor 18-200 VR y el Sigma 10-20.


Revisando por encima las fotografías realizadas en exterior, me percato que no elegimos demasiado bien el motivo, ya que la mayor parte de los elementos que podrían usarse para comparar la nitidez de las lentes -lo que estábamos probando, realmente- quedan demasiado lejos o en un tamaño que no arrojarán datos concluyentes, creo. Es lo que comentaba al principio de la entrada. En fin, esta parte habrá que repetirla.

Dado que usamos trípode mantuvimos desactivado en todo momento el mecanismo de reducción de vibraciones (VR). Las fotografías tomadas en el exterior se realizaron sin flash, lo que ya de por sí nos dejaba a merced de la constante variación de la intensidad lumínica a causa de las nubes de primera hora de la mañana. Para compensar esto lo que hicimos fue trabajar en modo automático con prioridad a la apertura del diafragma, dejando que la cámara ajustase el parámetro de velocidad de obturación en función de la cantidad de luz del momento. Otro punto que tira por tierra, o limita, la validez de la prueba. En interior, y después de pelear mucho con los flashes en modo comando, conseguimos un mejor control sobre la variable iluminación.

Algo que me tenía (muy) preocupado, aunque no venga muy a relación con el asunto de la comparativa, era cómo organizar (codificar) los nombres de los archivos para que resultase fácil identificar la imagen (objetivo, cámara, focal, diafragma, etc.) una vez la copiase en el disco duro. No es para menos, creo yo. Teníamos en mente, en primera instancia, incluir en la prueba todos los objetivos que teníamos cada uno. Lo que se traduce en usar también los objetivos Sigma y Nikkor de 105 mm y el Sigma 70-300 que compré al principio de tener la Nikon D50. En un cálculo rápido hecho antes de empezar eso significaba unas 500 fotografías, sumando las de ambas cámaras. Al final limitamos el número de fotografías a unas 220, aproximadamente. Lo que no deja de ser una cantidad excesiva de fotografías para meterse a cambiar a mano el nombre de cada archivo. La solución la encontré con Lightroom, programa de procesado de los archivos RAW que no termina de convencerme, pero que solventó este asunto en un periquete aprovechando las opciones que ofrece al exportar imágenes. En la siguiente captura se puede apreciar la facilidad con la que Lightroom permite editar los datos que se quieren incluir en el nombre de archivo de salida. Lo siguiente fue exportar en bloque.


De momento, para no aburrir más al respetable, y hasta que tenga un rato para comparar mejor los resultados de la prueba, he creado un pase de invitado para ver el grupo de fotos tomadas con la D200 y otro para las tomadas con la D70s de Luis. He preferido organizarlo de esta forma, como grupos privados y en lugar de compartirlas en Flickr directamente como públicas, para aprovechar los euros que abono a Flickr para mantener las fotos en un único sitio y, principalmente, para evitar que mis contactos y aquellos que visitan ocasionalmente las fotos que publico ahí se viesen repentinamente inundados por doscientas fotografías todas ellas casi idénticas. Ruido, hubiese sido. Pasen y comprueben por ustedes mismos los resultados.

Resumiendo, los datos relevantes de la prueba son:
  • Fotografías tomadas en modo RAW con D70s y D200
  • Los objetivos usados fueron: Sigma 10-20, Nikkor 28, Nikkor 18-200 y Nikkor 80-200
  • Con algunos se usó también un duplicador Kenko 2x
  • Balance de blancos automático
  • Modo prioridad a la apertura
  • Enfoque automático
  • Para una longitud focal dada, fotografías a máxima apertura, f/5,6, f/8, f/11 y f/16. En exterior, además, a mínima apertura.
  • Trípode
  • Deshabilitar uso de reducción de vibraciones
  • Flash (uno) SB-800 ubicado sobre la cámara y luz directa (en las pruebas en interior para el rango tele -70-200mm-)
  • Ningún posprocesado en Lightroom y exportado a JPG con máxima calidad
Habrá que esperar un poco a que pueda dedicarme a comparar los resultados en cada longitud focal y en cada una de las lentes. Seguiré informando.

sábado, 9 de mayo de 2009

Aprender algo nuevo cada día: Refcardz.

Hoy es mi cumpleaños. Cumplo 37 años. Como dice un compañero de trabajo, "Ojalá alcances la edad que aparentas". Pero tranquilo, no voy a ponerme profundo y tupirte con mis tristes experiencias. En general estoy contento con mi existencia. Como todos, he tenido épocas malas, muy malas, pero al final, de viejo, te das cuenta que en buena medida todo se debe a cómo lo asumas en el momento que te llega. ¿Que te deja tu novia? Te jodes (como decía La Unión en su concierto) y sigues de frente. ¿Qué es eso que pasa por tu cabeza sobre que no vas a levantar cabeza y que todo el mundo te pone la zancadilla? Eres gilipollas. ¡Ponte en marcha y déjate de lamentos!

Pero lo dicho, no se trata en este momento de hacer un repaso a mis amarguras ni a mis alegrías. Para eso están los miércoles. Sin embargo, mirando atrás, sí me doy cuenta que existe una constante en mi existencia: sed (o hambre). Sed por aprender cosas nuevas. Algunas veces sobre temáticas completamente distintas; como cuando me dio por aprender Esperanto o de hacer la inscripción en la UNED para Filosofía. También sed de experiencias diferentes. Estoy buscando información para saltar en paracaídas. O hacer parapente. Aunque con lo cobarde que soy, es para pensárselo mucho.

Todo esto tiene un precio que siempre he estado dispuesto a pagar y he pagado. Ya lo afirmaba mi profesor de Matemáticas en COU, el mismo que tuve durante todo el bachiller: "Aprendiz de todo, maestro de nada", me decía cuando le contaba que mis planes de futuro pasaban por estudiar tres carreras (a la vez): Matemáticas, Física y Psicología. Y no deja de ser cierto. Puedo afirmar, sin miedo a equivocarme, que soy bueno en nada, y mediocre en mucho. Aunque no me importa. Y menos a estas alturas de mi vida., Es lo que soy y me gusta ser un sediento en busca de cosas nuevas que aprender y experimentar. Me ilusiona.

Todos los días trato de emplear una hora en aprender algo nuevo. Ya sea en el apartado profesional (a lo que dedico los sábado), en el apartado de simple usuario de ordenadores (lunes), en el de mis aficiones (también los lunes) o, en general, por el placer de obtener conocimiento nuevo (los jueves).

Hoy es sábado, así que aprovecho para comentar una de las fuentes de aprendizaje que encontré hace unos meses y que aprovecho algunas veces para rellenar esa hora al día, como mínimo, que empleo en aprender cosas nuevas y ponerme un poco al día en mi profesión: Las Refcardz, de dzone, una especie de menéame cuya temática va de programación y de ingeniería del software. Metodología y técnica. Mola.

A estas alturas hay una buena cantidad de resúmenes a disposición del que quiera (previo registro). Yo los leo por encima cuando me voy a la cama, y no tengo ganas de leer algo más profundo o prolongado. Me llevo mi pequeño netbook y me leo alguno de los que me he descargado. Lástima que tengan tanto colorido, porque sería cojonudo tener un lector de libros electrónicos para leerlos. Por el peso y la comodidad, digo.

Siempre es bueno aprender cosas nuevas. Más si te pueden ayudar a ganarte el pan en un futuro incierto. No pierdas la oportunidad: son gratuitas.

domingo, 26 de abril de 2009

Ni te molestes con 'Afro Samurai'

El día que alquilé 'Ninja Blade', víspera de jueves santo, tenían en la tienda la oferta dos por uno. Así que aproveché que también estaban preparando en ese momento la carátula de alquiler de 'Afro Samurai', el juego, y me lo traje a casa conmigo. Recalco 'el juego'. Se trata de una adaptación de una serie anime, que produce y aporta voz Samuel L. Jackson. Quien también produce el juego y una película sobre el mismo personaje: 'Afro Samurai Resurrection'. Vamos, que sólo le queda hacer condones camisas con la cara del personaje para cerrar el círculo mercantilista. Bueno. Eso y dos o tres continuaciones de la historia. El dinero es el dinero, oiga usted.

Sin haber visto la serie, ni la pelicula, ni el manga, ni la baraja -si es que hay de estos últimos- de cuyas existencias me enteré después de jugar un par de horas al juego, no tengo más que creer lo que dicen por ahí y pensar que es una buena adaptación de las animaciones y de la trama histórica. Lo cierto es que el juego mantiene, en su apartado gráfico, un estilo muy similar a los dibujos animados, que no sé si a esos o a otros, pero de aspecto parecido al ya presentado por 'Príncipe de Persia', con líneas negras gruesas remarcando los límites de los personajes y que resulta muy agradable de ver en pantalla. A poder ser grande. Nada, por otra parte, que no se pueda esperar de las consolas de última generación.

Contrario a la opinión del pre análisis de GameTv, el juego es malo. Aburrido, más bien. Cierto que entra dentro del género mata-mata que tanto me apasiona, pero la dinámica de la cámara, la repetición nauseabunda de los escenarios y de los combates, y una no demasiado fina respuesta al control, acaban aburriendo hasta el punto de no dar sorpresas en ningún momento. Al menos no me las proporcionó durante las dos horas que le dediqué. Al cabo de las cuales decidí que ya iba siendo hora de acercarme a devolverlo y no pensar más en él. Salvo para escribir esta entrada, claro. Y, después de esto, no creo que vuelva a recordarlo. Lo mismo te sugiero. Se trata de un juego por el que no pagaría más de 6 €, de entregármelo precintado y junto a una hamburguesa. Eso, si lo miras bien, da para alquilarlo dos fines de semana. Si sientes curiosidad, eso es lo más que te sugiero que te gastes.

Por destacar algo del juego, diría que tiene detalles muy curiosos en las animaciones. Todas ellas muy cuidadas, en general. No en vano deviene de una serie de animación. Supongo y dicho por decir. También en algunos personajes (los que alcancé a conocer en el tiempo que jugué) y, sobretodo, en los tajos que mete el chavalote a los enemigos (que pareces estar metido en la guerra de los clones, que son todos iguales). Principalmente cuando los corta de un único golpe, ayudado por una especie de tiempo bala para apuntar mejor, y ves al enemigo cayendo en trocitos. Justo por el lugar donde le metiste la espada hasta el fondo. ¿Recuerdas aquello de un plano puede intersectar con infinitos planos? Pues hay infinitas formas de cortar a una figura tridimensional y, según eso, caen los trozos. Mucha sangre. Muchísima. Y eso, a estas edades, gusta.

No. La música o banda sonora del juego no entra dentro de las cosas que yo destacaría. Prueba llamando a otra puerta.

Resumiendo, no pierdas el tiempo con él. Prueba mejor, por decirte algo, con la serie anime. Igual sí merece la pena. El juego no. Es un juego que no pasará a la historia -a mí historia personal- de juegos a recordar. ¿Cómo decía que se llamaba? Si aún así insistes, asegúrate el día que lo alquilas -porque no me vendrás ahora con que te lo vas a comprar- de llevarte otro con el que pasar mejor el fin de semana. Cuando descubras, una vez más, que nunca miento.