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martes, 6 de octubre de 2015

Surface Pro 2, año y medio después

A finales de marzo del año pasado compraba una Surface Pro 2 con 256 GB de SSD, 8 GB de RAM y un procesador i5. Fue el resultado de un proceso largo y difícil. Primero porque no me decidía a comprarme un capricho tan caro que igual no estaba a la altura de lo buscado. Y luego porque lo buscado no estaba en ninguna tienda. Varios meses esperando hasta que al final lo conseguí.

Estaba en el límite de la espera. Necesitaba cambiar. Mi rutina significaba cargar con tres kilos y medio a diario entre portátil, tablet y cargadores. Al piso. Al trabajo. De Madrid a Las Palmas y de Las Palmas a Madrid. Siempre con la mochila y más peso del que era necesario llevar.

Estaba al límite porque si no lo conseguía en ese momento ya daba el salto a otro equipo, para lo que barajaba el Dell XPS 13 de entonces.

Lo cierto es que no me he arrepentido ni un solo minuto de su compra. No solo ha estado a la altura. Ha superado con creces lo esperado. A día de hoy, un año y medio más tarde, sigo encantado con mi Surface Pro 2 y es, con diferencia, el mejor ordenador que he tenido en muchísimo tiempo. Ha superado con creces todas mis expectativas. Primero ha conseguido convertirse en el equipo de trabajo que uso a diario —casi—. Salvo porque en el trabajo (cliente) ahora tengo instalado fijo aquel portátil que pesaba lo que no está escrito y es lo que uso, el Surface Pro es el equipo que me acompaña a todas partes. Es mi ordenador de sobremesa. Es mi periódico que leo en el sofá (y en el retrete). Es mi reproductor de series de televisión en el avión. Y es mi consola de videojuegos.

En un día normal, de trabajo, puedo tener abierto Eclipse, varios contenedores Docker con aplicaciones y servicios Java, que en Windows necesita de Virtual Box; algún intento de probar la aplicación con F# y Canopy, que aún no he conseguido que funcione bien; tener abierto Oracle Sql Developer, que él solito consume tanta RAM como el resto junto; escuchar música, ver las noticias o Al Rojo Vivo; y tener veinte pestañas de Firefox y Opera abiertas, además de alguna que otra cosa al mismo tiempo, y según las necesidades del momento. Y todo ellos sin apenas notar parones al cambiar de aplicación o lanzar la construcción de una imagen. Un maven clean package de un proyecto de tamaño medio se ejecuta relativamente rápido, al igual que la construcción de una nueva imagen con el WAR resultante. El ciclo normal de trabajo es bastante fluido y, donde más noto el impacto, es en la latencia cuando tengo que conectar con los servidores de cliente para aquellos servicios que no puedo simular en local.


Eso sí, para todo ello me apoyo en el monitor 27" Dell que se aprecia en la foto anterior. Una de las cosas que me más me llamaron la atención, fue que el cacharro es capaz de mover dos monitores de 2500x1400, por lo que imagino que más tarde que temprano, acabaré sumando un segundo monitor al tándem.

Además de para trabajar, también lo utilizo para jugar. Gracias a él y a Steam, a GOG y, especialmente, a Humble Bundle y las jugosas ofertas que se consiguen en ellos, redescubrí el placer de jugar a Age of Empires II, primero, a Age of Mithology, después, a las aventuras gráficas magistrales que se hacen en los últimos tiempos —y alguna clásica remasterizada— y a varios juegos indie que realmente merecen la pena. Además, últimamente, y sin dejar de sorprenderme lo que se puede hacer con el cacharro, estoy jugando a juegos triple-A, como Batman Arkham Asylum (sí, un poco viejuno, y que ya mencioné en 2010 en «Pues sí que está siendo un año de juegos, y algo más (1)», pero que se juega casi mejor que en la PlayStatio 3) y como el último —o penúltimo— Tomb Rider, que va súper fluido a 60fps, siempre que pongas calidad normal y 720p. Para ello conecto el Surface Pro 2 a la tele y, mando Xbox 360 en mano, juego como si fuese una videoconsola. En la siguiente imagen puede apreciarse el aspecto del Tomb Raider en mi televisor.


Creo que nada que envidiar a la PlayStation 3, que ahora mismo uso únicamente como reproductor BluRay.

La única pega, en el apartado lúdico, es que mi home cinema no admite HDMI de entrada y el sonido lo tengo que suministrar al amplificador por la salida de los auriculares. Pero hasta el momento está siendo más que suficiente.

A mi Surface Pro 2 le quedan unos cuantos meses de uso intenso aún. Supongo que, como muchos otros, estoy a la espera de ver qué anuncia Microsoft. Mucho se rumorea de un nuevo Surface Pro, que vendría a ser el 4. Tengo mucha curiosidad por ver qué proponen. El 3 fue anunciado al mes de yo haber comprado el 2 y me fastidió mucho, porque hubiese esperado un poco y, por poco más de lo que gasté, hubiese tenido mejor equipo (con un i7, por ejemplo). Principalmente por el ratio de aspecto, que es una de las mayores pegas que le veo al que tengo. Tengo curiosidad porque no descarto dar el salto. Ya han pasado 18 meses y, según la ley de Moore, debería tener, cuando menos, un 25-30% más de potencia bruta. Y en el apartado gráfico debería ser, como poco, 4 veces más potente. Si más o menos se cumple esto, no lo dudaré mucho. Concretando, lo que espero del Surface Pro 4 es:

  • i7 sexta generación
  • 16 GB RAM
  • 512 GB SSD
  • Potencia gráfica suficiente para mover bien y con buena calidad Metal Gear Solid V. O sea, equiparable a la PS4 y a la Xbox One
  • Y todo ello por algo menos de lo que yo pagué por el Surface Pro 2 :-D

lunes, 8 de abril de 2013

'TypeScript Revealed'

No lo había puesto en los despropósitos del año porque los orienté más hacia lo no-técnico, pero terminaba el año pasado con una espinita clavada en el corazón. Y este año quería poner remedio.

Sobre finales de junio un compañero me pidió que le echase una mano con un proyecto que tenía atascado. Era un proyecto personal suyo y ambos estábamos a tope de curro y debíamos «robar» horas para intentar sacarlo adelante. Por motivos que no vienen al caso la parte del servidor se había decidido hacer en Node.js. En cierta forma este compañero es como yo: Cada vez que se embarca en algo aprovecha para aprender en el proceso. En una ocasión normal hubiese agradecido la oportunidad de trabajar con algo tan nuevo como Node.js, pero no era una ocasión normal. Estaba pasando por una época realmente complicada. El cliente del proyecto en el que andaba inmerso estaba convencido de que le habíamos engañado —la empresa en la que trabajo— y nos estaba poniendo muchas, muchísimas, pegas en absolutamente todo. Y se había obstinado en creer que yo era parte del problema. Sobretodo porque yo estaba desplazado en cliente y me convertí, gracias a ello, en la cara visible. Todo el equipo hizo horas extra como burros para revertir esa situación. Ahora vamos a comer juntos y discutimos de lo humano, de lo divino y de lo mundano entre bromas y risas. El camino recorrido desde entonces hasta ahora ha sido complicado y, en él, tuve que dejar cosas atrás.

Como dije hace un momento, en una ocasión normal, hubiese agradecido la oportunidad de pelear con Node.js. Hasta la fecha no había pensado en JavaScript como un lenguaje relevante para nada serio. Más allá de hacer dos o tres cosillas en el navegador, todas adaptaciones de código encontrado en la red de redes, no me había planteado nada sustancialmente importante con él. Pero esa era la oportunidad de hacerme con el lenguaje; algo que a un programador supuestamente curtido como yo no le supondría mucho esfuerzo. Me equivoqué. No era lidiar solo con el lenguaje. Era también pelear con miles de línea de código ya escrito que sonaban a forma antigua y olvidada del Klingon. De repente retrocedí casi veinte años. Trazar el código a mano insertando escrituras en consola para descubrir en qué punto la aplicación podía estar fallando es de las cosas que menos disfruto a estas alturas. Debo haber envejecido mucho, pero trabajar con código ajeno, en un lenguaje que no termino de entender en profundidad, y sin las herramientas mínimas e indispensables para ello —entiéndase un depurador en condiciones— es de esas cosas que alimentan mi pereza hasta extremos insospechados. Me rendí rápidamente, huí cual comadreja del campo de batalla, dejando al compañero en la estacada, y me dediqué por entero a salvar la relación con el cliente. Terminaba el año pasado con buenas expectativas de colaboración para este último, pero sentía que un puñetero lenguaje de programación infernal me había vencido. A mí, que con quince años escribía opcodes de Z80 por pura diversión. En plan Escarlata O'hara levanté el puño y prometí que este año que venía aprendería —en el sentido de dominio— JavaScript y, de paso, algún lenguaje más.

El primer trimestre me centré en otras cosas, pero empezando ya el segundo, retomé el asunto. Sin embargo he aquí que, planeando el modo de aproximarme de la forma menos traumática, descubro un lenguaje llamado TypeScript [@ www.typescriptlang.org]. (Sí, lo sé, voy siempre con retraso; ¿y qué?) Es un superconjunto de JavaScript desarrollado por Microsoft con la colaboración de Anders Hejlsberg [@ Wikipedia] —el mismo que parió Delphi y C#—, un verdadero monstruo en esto del diseño de lenguajes de programación. Puedo levantar el puño y ponerme todo lo digno que quiera en un momento, pero a la hora de la verdad soy un veleta irredento. Así que volví a aparcar la intención de dominar JavaScript y me he puesto con TypeScript. Me lo tomo con un pequeño alto en el camino. Aunque tiene una cosa estupenda: TypeScript es también un traductor a JavaScript (lo que finalmente se ejecuta) y, en VisualStudio, ves cómo se forma el código JavaScript cada vez que guardas el archivo de TypeScript. Personalmente lo veo como una forma tangencial de aprender conceptos avanzados del lenguaje final. Eso sin contar que, siendo un defensor a ultranza del tipado fuerte, trabajar con orientación a objetos más en la línea de lenguajes como C# me ahorrará más de un quebradero de cabeza innecesario —de optar por ponerme con algo serio—.

Siempre que descubro algo nuevo en programación lo primero que hago es buscar algún libro sobre el tema. He tenido suerte y di con una pequeña introducción, 'TypeScript Revealed', que sobre la marcha adquirí y me puse a leer. Es un libro de apenas un centenar de páginas, publicado apenas hace dos meses, que va al grano y te explica exactamente lo que tienes que saber para empezar a disfrutar del nuevo lenguaje, suponiendo siempre unas nociones básicas del lenguaje que es superconjunto. Para mi gusto, cien páginas especialmente bien aprovechadas. Como lector de libros técnicos, especialmente de los dedicados a lenguajes de programación, estoy cansado de que continuamente dediquen cientos de páginas a explicarte una y otra vez lo mismo. Una forma de engordar los libros. Como si los vendieran al peso.

Mi encuentro e iniciación con TypeScript coincide con la presentación en sociedad de la versión 0.8.3.1 (hace apenas una semana) y, de lo visto y probado hasta ahora, tengo pocas críticas y muchas alabanzas. Cierto que aún he hecho poca cosa, pero me está resultado sumamente interesante. Y ya estoy deseando que publiquen la versión 0.9, que traerá una cuantas novedades interesantes.

Preveo un intenso y pasional romance con TypeScript. El que sea corto o largo es irrelevante. Lo importante es que será sincero en todo momento.

¡Ah, sí! Sobre el libro, merece mucho la pena. Se lee en un rato, cual novela. Por 9€ en Amazon (versión Kindle) ni merece la pena descargarlo de forma ilícita. Pero si aún así insisten en no pagar, seguro que lo encuentran fácilmente y resultará igualmente útil. Daño no les hará aprender algo nuevo, eso seguro. La única pega, por poner una, es que con una tecnología tan reciente y en evolución tan rápida, sospecho, se quedará obsoleto en apenas otros dos meses. Han liberado la versión 0.8.3.1 hace una semana, esperan liberar una versión alfa de la 0.9 este mes y el libro trabaja sobre la 0.8.1. Dicho lo cual, repetir que merece la pena igualmente.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Compras del fin del mundo, caprichos eternos

Mi jornada laboral empieza siempre sentándome en mi puesto de trabajo —hoy teletrabajo, en pijama además— y repasando los eventos más importantes del día. O sea, leyendo el correo. Habitualmente lo hago en tránsito al trabajo, pero es que hoy el tránsito me ha llevado menos de un minuto. Y leyendo por encima las últimas diez o quince noticias que me da ofrece el agregador de noticias. La primera era una de JavaHispano: «JetBrains ofrece un descuento del fin del mundo…»


Hace unos meses me vi medio involucrado en un proyecto, ya iniciado, con node.js [página oficial], que para quien no lo sepa es algo así como aplicar el antipatrón golden hammer («A un martillo todo son clavos»), pero esta vez usando JavaScript como lenguaje de programación en el servidor. Así hay un único lenguaje, el que se ejecuta en el cliente (navegador) y el que se ejecuta en el servidor. Mi acercamiento (sufrido) fue bastante penoso. Andar con código ajeno resulta siempre un juego complicado, y más si no puedes depurar. Y, entre tú y yo, node.js apesta. Pero parece ser la moda, así que uno tiene que hacer todo lo posible por estar a la moda. Después de mucho buscar en Internet sobre cómo depurar el código node.js —juro que era incapaz de descubrir dónde estaba fallando aquello— llegué a un producto que supuso una maravillosa ayuda. Era el IDE para programación Web que vende JetBrains [página oficial]. Y, para el tiempo que tenía que estar involucrado, me valía con la versión de 30 días. Aunque al final, pasando con más pena que gloria, no aporté gran cosa al proyecto.

Pero esta gente tiene el que algunos compañeros javeros consideran el mejor IDE del universo conocido, y parte del desconocido: IntelliJ IDEA. Y como parece que por más que intento que no se fijen en mí, los jefes malignos abducidos por el universo (tenebroso del) Java —y en algún momento también las desviaciones del Groovy— siguen tirando de mí, he decidido invertir los 56 napos a los que han puesto la edición personal para celebrar que todos nuestros sufrimientos marianos tocan a su fin y, VISA en mano, la he encargado. De los 200 € que cuesta habitualmente, parece un buen descuento.

Por cierto, estos tipos son también los padres de ReSharper (una verdadera joya que todo netero debería poseer; aunque los últimos VisualStudio integran muchas utilidades de refactorización parecidas) y otras herramientas C#. Así que ya puestos, a la saca. Madre mía cuando mi mujer lea esto. La que me espera.

Ahora queda que llegue el correo con el número de licencia o el DVD con el software, porque no me ha quedado muy claro cómo me harán participar de este mundo de las licencias legales. Pero el daño ya está hecho. No sé si finalmente será el final de todo, pero lo que es a mí, poco a poco me voy autoempujando al abismo de la morosidad impenitente… Tranquilos, que tengo un plan para hacerme rico. ¿Cuánto era el sorteo de Navidad? Seguro que algo me toca, seguro. Tan solo falta salir a comprar un décimo.

viernes, 26 de octubre de 2012

Una de Apple

Rebuscando entre los textos que tenía en borrador, me he tropezado con una entrada dejada a medias en la que hablaba de lo «no tan bueno» de Apple. Aunque la he reescrito casi completamente, viene bien al caso porque lo que hicieron el otro día los de Apple es para crucificarlos. Aunque por otros motivos a los que me llevaron a escribir la entrada original.

Mira que llevo tiempo arrastrando cuentas y dándole vueltas a pillar otro portátil. Todos mis equipos Apple son de hace ya unos años. El primero, el Mac Mini, lo pillé a finales de 2007 y durante un tiempo se convirtió en el centro multimedia por excelencia, ocupando un lugar privilegiado en el salón. Medio año después compramos para casa un flamante iMac de 24", contado en Mi viaje al universo Mac. No acabó ahí la decadencia, porque para mi semestre —originalmente sin fecha de retorno— en Madrid pasé por caja y me hice con un iPhone 3GS [Enviado desde mi iPhone: Continúa mi apuesta por la manzana] y, poco después, un MacBook Pro 15" (de mediados de 2009). A mitad de 2010, ya de vuelta de Madrid, engrosó la colección el iPad, el primero.

Vamos, que resumiendo y sin contar el original iPod de 30 GB que me regaló mi mujer unas Navidades antes de todo esto, cinco cacharros en las siguientes fechas:

  • Mac Mini: Noviembre 2007
  • iMac 24": Julio 2008
  • iPhone 3GS: Octubre 2009
  • MacBook Pro 15": Noviembre 2009
  • iPad: Julio 2010


O sea, el más nuevo tiene ya poco más de dos años, y se trata de un dispositivo que uso más bien poco si lo comparamos, por ejemplo, con el MacBook Pro y el iPhone, que se han convertido en el centro de mi día a día. Estos dos han cumplido ya tres años y se les nota. En algunos momentos, mucho, tal como ya indiqué en MacPorts y el suplicio de un ordenador con cuatro años. Pero aún se defienden, y aguantaré con ellos al menos otro medio año, pero ha sido muy cruel por parte de Apple. La tentación es muy fuerte, y la carne muy débil. A mi favor tengo que ando a «dos velas» casi todo el tiempo y, por mucho que quiera, de momento va a ser que no; pero esto es sufrir innecesariamente.

Aunque no todo ha sido siempre hermoso con Apple. Eso de que los sistemas operativos de Apple y sus equipos son «a prueba de bombas» se lo creen ellos y la horda de incondicionales que pecan de ceguera selectiva. En mi caso, al poco tiempo de comprar el iMac empezó a regalarme de vez en cuando con una magnífica parada en seco que me dejaba sudando. La verdad es que con Mountain Lion no he vuelto a ver el mensaje, pero con Leopard era más común de lo que hubiese querido. ¿O ha sido a partir de que le amplié la memoria que no he vuelto a ver este mensaje? Ahora que lo pienso igual ha sido eso…


One more thing…

Si bien la mayor parte del tiempo mis juguetes Apple me han dando un buen servicio y muchas satisfacciones, y reconozco en el fabricante el mérito de haber hecho un trabajo exquisito que cuida los mínimos detalles, como comprador y consumidor que ha pasado por caja con las actualizaciones de sistema operativo y suite ofimática, que en su momento compré la licencia para tres ordenadores, no siempre me he sentido satisfecho y todo lo mimado que hubiese querido. Al poco de poner en marcha su famosa App Store, y después de instalarla en mi equipo, tuvo la delicadeza de reconocer que ya tenía comprado Pages, Numbers y Keynote, para mi sorpresa, unos meses después pasó a exigirme pasar por caja. ¿En qué quedamos? ¿Tengo o no tengo licencia de esas aplicaciones, que compré con el Mac Mini primero y luego con el MacBook su actualización? Algo que me gusta de la App Store es que da igual en qué ordenador compre la aplicación. Tengo tres ordenadores y todos adscritos a mi cuenta, una vez pagada en uno, puedo instalarla en ellos cuando lo necesite. Salvo que en el caso de Pages, porque de repente decidieron que ya no tenía licencia. Me vi en Madrid con la necesidad de reinstalar el sistemas operativo y sin los discos originales de Works. Así que tuve que pasar por caja para poder tenerlo inmediatamente en el portátil y terminar un documento que tenía que terminar esa semana. Ese día me pillé un buen cabreo, pero por suerte sus precios son «asumibles» (quizá los únicos precios «asumibles» en el universo Mac) y tras rechistar unos minutos, al final opté por la vía rápida: Meter el número de la tarjeta VISA y aceptar las condiciones de la compra.


El detalle en las dos capturas es que se trata exactamente de la misma versión del programa. Y una captura está tomada en el portátil, antes de actualizar a una versión de Lion y la otra en el iMac, justo después de hacerlo. El cambio se dio, de forma silenciosa y traicionera, entre actualizaciones de mantenimiento del sistema operativo. Lógico que lo hagan taimadamente, como para darle bombo y platillo a esta pequeña putadilla. Este tipo de cosas hacen que desconfíes de las intenciones del fabricante, ¿no?

En fin, que pese a que a veces te dan algunos «sustos», y que sus ordenadores envejecen igual de mal y rápido que cualquier otro, pero sabiendo peor por ser del fabricante de la manzana y lo que ello conlleva, por mucho que quieran hacernos creer lo contrario, estoy tan enganchado al mundo Apple que todas estas novedades —y tan apetitosas— van a conseguir que durante las próximas semanas babee con cada noticia y cada experiencia de los afortunados que vayan probando los nuevos modelos. Lamentablemente, en esta mano de la partida, me quedo al margen. Esperaré a la próxima generación.

sábado, 20 de octubre de 2012

Mi libro electrónico se ha roto; que suena a título de novela, pero no lo es

Existe la creencia popular que reza aquello de que las desgracias nunca vienen solas. Sin ser capaz de tildarlas como desgracias, es cierto sin embargo que en los últimos meses siento que las cosas no terminan de suceder como a mí me gustaría. Más bien parece que el número de pequeños contratiempos y traspiés se suceden de tal forma que presentan un comportamiento equivalente al de una función monótona creciente. De crecimiento lento, pero constante. Esto es así más o menos desde finales de agosto, justo cuando tomo la decisión —una decisión que además era inevitable tomar— de mudarme y compartir piso. Desde entonces no hay semana que no tenga dos o tres contratiempos. Algunos pequeños, algunos más grandes. Y, con todo ello, voy acumulando la sensación de que no encajan bien las cosas. Hasta tal punto que no hay día que no acabe exclamando un «joder, y ahora esto» en el transcurso de la jornada, y que no me levante esperando, más bien temiendo, qué sorpresa, negativa, siempre, me deparará el día. Usando un símil ramplón, sería como la gota del grifo. Una gota por sí misma no se puede declarar una tragedia, pero una gota, y otra gota, y otra gota, y otra gota más, van socavando la paciencia de cualquiera.

El último minidrama ha sido la ruptura de mi lector electrónico. A mitad de la tercera «Crisis Seldon» [@ Wikipedia] me he quedado con las ganas de saber lo que pasaba. Leí 'Fundación' hace tanto tiempo que es como si lo estuviese leyendo por primera vez. Lo apagué el jueves por la tarde, cuando me bajé del tren en mi regreso al piso, y lo encendí el viernes a las cuatro mientras esperaba la hora del embarque en el aeropuerto. La mitad superior del cacharro se veía como un continuum borroso. Desde entonces, y hasta ahora, cada vez que lo he puesto en marcha la cosa ha empeorado. En el momento de acercarme al comercio donde lo compró mi mujer hace cinco meses para regalármelo, la pantalla era más bien un manchón negro.

Me decía la chica del comercio, vestida con esa camisa roja de un color tan marcadamente rojo que te hace pensar si será cierto que únicamente los tontos compran en otros sitios y si no será más bien al contrario, porque hay que ser muy tonto para enfrentarse a ese tono tan beligerante para que te atiendan, que hasta que el servicio técnico no determine la causa, que no sabrán si es un fallo de fabricación del terminal o si se debe a un mal uso. Vamos, que no está claro si la garantía lo cubre o no. Pero que mejor que lo lleve yo directamente porque con ellos tardaría el doble de tiempo en tener respuesta. No me sorprendió tanto esto último, que entiendo que no puedo interferir en sus ciclos de tramitación, sino la posibilidad de que fuera yo el causante del problema. Y me puse a darle vueltas a las últimas veinticuatro horas de existencia del aparato. Lo apagué, como dije, la tarde anterior. Generalmente por las noches suelo leer otro rato antes de dormir, pero a diferencia de toda la semana, esa noche opté por el iPad y ponerme al día en los RSS. A la mañana siguiente, de camino al trabajo, opto por no leer tampoco. Suelo aprovechar ese rato también para leer, pero me levanté un poco cansado, más de lo normal, supongo que por ser viernes, y preferí escuchar música. El resto del día fue bastante tranquilo, y muy productivo, y no fue hasta la mitad del trayecto hacia el aeropuerto que no tuve mi momento «joder, y ahora esto». El primero. El segundo fue cuando intenté continuar con el libro.

Últimamente cojo muy poco el metro. Principalmente me muevo en cercanías, pero tengo la sensación de que se va acumulando una cierta crispación en la población de Madrid. A falta de carreteras en las que competir en el sano arte del improperio con otros conductores, mi campo de estudio es el transporte público y, en particular, el metro. Desconozco si por la crisis, si por los criticables gobernantes que nos ha tocado sufrir en el último año, o por una influencia de un plano paralelo metafísico, el mismo que inspirara las profecías mayas, pero si ya son especialmente famosos los madrileños por su mala educación, que no puedo afirmar que haya experimentado en el pasado en mis propias carnes, sí noto que la cosa empieza a ser más exagerada. Al entrar en el vagón, con mi mochila colgada de un lado, un tipo me metió un empujón y casi me estampa con el lateral de la puerta. La mochila amortiguó el golpe, seco. No le di tanta importancia a eso como al tipo, que luego se colocó mirando al infinito como si con él no fuera la cosa. Mi mirada, asesina, lo taladró, figuradamente hablando. Pero las miradas, por muy asesinas que sean, no hacen daño si el impresentable de turno te recompensa con el no aprecio como peor forma de desprecio. Murmuré para mis adentros algunas maldiciones ancestrales y seguí escuchando música, sin darle más importancia a lo acontecido e, incluso, olvidándome completamente de todo esto hasta que me puse a pensar qué había pasado entre la última vez que lo apagué y el momento de encenderlo en el aeropuerto. Ahora, en este preciso instante, me arrepiento de no haberle dicho dos palabras al tipejo. Pero más me voy a arrepentir de no haberle devuelto el empujón si al final en el servicio técnico me salen con lo de que no es un problema de fabricación. La única explicación que se me ocurre es que lo que parara el golpe, dentro de la mochila, fuese mi libro electrónico.

Es curioso la rapidez con la que nos acostumbramos a las cosas. Cuando me lo regaló mi mujer, lo tomé más como un capricho que como algo realmente útil. Tenía mi iPad, que es un artilugio magnífico, maravilloso y que sirve para todo lo conocido e imaginable y todo lo que está aún por imaginarse. Sin embargo, desde entonces y hasta el día de hoy, el lector electrónico se ha convertido en una de esas cosas que siempre llevo conmigo. No puedo decir que con él he retomado el gusto por la lectura y leo más, porque ya leia mucho con el iPad y en papel, pero sí que me ha permitido leer en momento en los que ni me lo hubiese imaginado. Se ha convertido, muy a mi pesar, en mi mejor amigo y compañero fiel. Un inseparable. Su ausencia se me antoja complicada y difícil de llevar, y la preveo con ansiedad. Aunque tengo el producto de Apple para sobrellevarla mejor, me auto convenzo y razono conmigo mismo. Retomaré la lectura de la 'Fundación' en él con la esperanza de que el mal que aqueja a mi pequeño lector electrónico sea recuperable; sobretodo sin pagar un euro. Aunque no será lo mismo.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Vaya con el Java…

Después de lo que me pasó hace unas semanas por culpa de un fallo de seguridad en Java 7 y que supuso tener que formatear y reinstalar todo en el ordenador de trabajo, estoy especialmente sensible con el Java. Hoy leo que hay un fallo de seguridad crítico en todas las versiones [@ SecLists.org]. Se hacen eco en JavaHispano.

¿Aún no has desactivado los complementos Java en tus navegadores?

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Vaya, eso es un error

Iba a responder los últimos comentarios y me sale esto tras solicitárseme autentificarme nuevamente:


Me ha hecho gracia el mensaje. Me encantan los mensajes de error cachondos. En especial el de GitHub (https://github.com/404). «Esta no es la página que andas buscando». Muy jedi eso :-D

Como curiosidad me llama la atención la referencia a Memchached (en el mensaje de error sin la d final). Otra de tantas cosas que tengo apuntado curiosear en algún momento del futuro. ¿Cuántas vidas necesito para hacer todo lo que quiero hacer? Y hablo únicamente del apartado tecnológico…

lunes, 24 de septiembre de 2012

MacPorts y el suplicio de un ordenador con cuatro años

He solicitado hacer teletrabajo semana y media desde Las Palmas. Estoy en un proyecto para iPhone, en el que me están apretando porque el proyecto principal se está llevando casi todo mi tiempo. Desatención esta por la que me temo que acabaré pagando. Es lo que tiene ser pluriempleado dentro de la misma empresa. Y con pluriempleado me refiero a que atiendo a tres jefes distintos, en proyectos diferentes y con tecnologías particulares para el caso. Pero no adelantemos acontecimientos.

Aprovechando que aquí tengo el iMac, 24" de pantalla, he querido trabajar algo más cómodo. Meterse ocho horas mirando la pantalla de un portátil y escribiendo en su teclado puede resultar agotador. Sí, mejor el iMac. Pero hace algo más de dos años y dos versiones de sistema operativo que no trabajo seriamente con él. Para ponerme al día, por ejemplo para poder usar la última versión de Subversion en lugar de la que consigues con Xcode, he tenido que usar MacPorts [@ Página oficial]. Pero ya lo tenía instalado, versión para Snow Leopard, que no funciona ni a tiros en Mountain Lion. Esto se arregla más o menos rápido con sudo port selfupgrade. Pero luego hay que hacer sudo port upgrade outdated. Y aquí es donde se ponen a prueba mi paciencia y la resistencia del ordenador. Para cada paquete se descargan los fuentes, las dependencias, las herramientas para compilarlo y se compila. Si paquetes distintos requieren versiones distintas de las mismas bibliotecas, se descargan y compilan por separado, incluyendo si necesita versiones distintas de perl, python o c++. Da igual, todo se descarga, se compila in situ y se instala. Quitando lo que ya me llevó actualizar Xcode y otras herramientas de desarrollo que tenía igual o más obsoletas, un par de gigas y con ADSL de 2 Mb antes de que me instalasen la fibra, la operación con MacPort se ha llevado casi dos días. Y es que no tenía ni idea de la cantidad de paquetes que tenía instalados en mi equipo. Se ha notado que el pobre iMac ya es un verdadero —y venerable— anciano. Cuando se pone a compilar cada paquete me deja el ordenador completamente congelado. Horrible.

Hasta los Mac sufren el paso del tiempo y dejan de ser esas bestias que se lo comen todo. Pero ya está actualizado, así que a disfrutar de la semana trabajando en una gran pantalla.

domingo, 23 de septiembre de 2012

10000% y 4000%

Cuando reinicié un nuevo ciclo de la reinvención de mi propio mito y comencé la enésima reencarnación de una bitácora, a mediados de 2008, lo hacía con una conexión ADSL ligeramente inferior a un mega cuando yo estaba convencido que tenía contratados 2 Mb [¿Banda ancha? ¿Autopistas de la información? ¿Sociedad de la Información? ¡Y un cojón de pato!]. En la entrada que referencio podrán comprobar las capturas con las velocidades que conseguía entonces. Aunque me permito repetirla aquí, por eso de tenerla más a mano.



Hace unos meses comenzaron la tan ansiada instalación de fibra óptica en mi zona. Llevo seis años llamando cada cierto tiempo para informarme de la fecha estimada y la respuesta era siempre un «no podemos darle esa información», disfrazado de buenas intenciones. Medio vivendo ahora en Madrid, cuando ya parece que me interesaba poco, comenzaron a instalarla. En lugar de meterse en una carísima obra civil lo hicieron por fachada. Tenemos fibra óptica aérea.

Como era de esperar muchos dieron el salto. Más cuando para los fieles cliente de Movistar tienen recompensa en tal fidelidad recibiendo un enchufe de 100 Mb por el precio de 50 Mb. Y aquí es cuando se dio un fenómeno curioso. Cuatro años después, comenzaba a tener de nuevo 2 Mbits de bajada y 512 kbits de subida. Desde entonces estoy esperando que ofrezcan ADSL de 10 Mb porque, a estas alturas, y siendo más bien para los fines de semana, tener fibra me parece algo excesivo e innecesario. Pero nada, no hay manera. O te pasas a la fibra o te quedas en el mega o, como es mi caso, en esos 2 Mb que se supone nunca tuve pero que ahí están. Así que, como también estoy negociando más días de teletrabajo para hacerlos desde Las Palmas, he optado por lanzarme a la aventura de los 100 Mb con la fibra Movistar.

El instalador vino ayer. Hora y poco después ya tenía mi ventana a Internet a velocidad de vértigo. Capturas del test de velocidad antes


y después


Comparado con lo que tenía cuando mi enfado de 2008, que es la misma velocidad que he tenido hasta hace unos meses, los valores actuales significan sendos aumentos de 10000% y de 4000% en las velocidades de bajada y subida, respectivamente. Aunque tras la misteriosa recuperación de los 2 Mb se queda en unos algo más modestos 5000% y 2000%. Casi nada.

La nota negra la pone que no es oro todo lo que reluce. Alquilé una película en alta definición en la PlayStation Network y tardó casi 6 horas en descargarse, cuando se supone que debería haberla podido disfrutar en tiempo real. Tampoco parece que sea muy constante la velocidad máxima. En distintas pruebas hechas a lo largo del día he tenido caídas a 5 Mb, 25 Mb y 60 Mb. Oscila muchísimo. Aunque para lo que es el día a día, que eso contempla el correo, la navegación por Internet y las cuatro o cinco cosas más que puedo necesitar, va sobrado. Todo eso mientras, ahora sí, puedo dejar descargando la película alquilada o sincronizando mi cuenta Dropbox. Por 20 € más de lo que estaba pagando antes. Pero aún es pronto para decidir si el cambio ha merecido la pena.

lunes, 11 de junio de 2012

Vaya, esperaba algo mejor

Pues la verdad que esperaba una mejora sustancial en el modelo de 13". El de 15" es demasiado grande para que sea realmente móvil-portátil. Me jode mucho no poder usarlo cómodamente en el avión, hablando claro. Quería un 13" con i7 quad core y ampliable hasta 16Gb. Pues no le han prestado demasiada atención y sigue siendo más o menos lo mismo. Apenas un poco mejor. Me pensaré entonces si tirar por el Air y apostar, definitivamente, por lo ligero en detrimento de la potencia bruta que tanto aprecio cuando programo. Quitando que, además, sale carísimo el almacenamiento.



viernes, 13 de enero de 2012

No sin mi iPhone

He sufrido un pequeño ataque de pánico tecnológico. He visto pasar toda mi vida en un instante. Y he protagonizado yo mismo, en mi película biográfica de título "No sin mi iPhone" un drama de magnitud épica. Miro una vez y 95% de batería. Miro un rato después, y completamente apagado. No respondía. Nada. Muerto completamente. Ahí fue donde sufrí el ataque de pánico que decía. Suerte que mi jefe ya había pasado por eso. El truco estaba en forzar un reinicio hardware (enter + power + botón de volumen), ponértelo en la frente, dar vueltas mientras se entona el capítulo 20 del Libro de los Profetas, con la melodía de Quién ha robado mi carro de Manolo Escobar, para exorcizarlo. Finalmente está funcionando. Como si no hubiese pasado nada. Que susto. Será capullo. Como lo vuelva a hacer vamos a tener un disgusto. Desde que salió el 4S nuestra relación anda un poco tensa.

lunes, 9 de enero de 2012

iTunes Match sincronizado


Bueno, he aprovechado estos días para dejar sincronizando (a una velocidad de tortuga paralítica) mi biblioteca iTunes con la nube. Ya tengo más de nueve mil canciones «arriba». Pero aún tengo muchos CDs originales por incluir. Que si no lo he hecho hasta ahora, no tengo muy claro que lo vaya a hacer en los próximos mil años. Siglo arriba, siglo abajo.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Cadena de consecuencias claras y probables tras malas decisiones

De forma general, no somos muy conscientes de las consecuencias de un acto simple y sencillo. Pese a nuestra inconsciencia, muchas veces las acciones originales siguen proyectando su sombra en el transcurrir del tiempo e, incluso, inducen a otras acciones. Sin embargo, también hay ocasiones en que la cadena de sucesos tiene un claro origen y resulta fácil determinar la causalidad de lo acontecido. Ayer, sin ir más lejos, me dejé imponer por mi mujer y llamé a Movistar para liberar mi iPhone, como primer paso para buscar una tarifa más económica (algo que ya adelanté aquí). Lo había ido posponiendo, pero lo de Movistar resulta sangrante, así que a la cosa había que ponerle remedio.

Tras la «liberación» el paso imprescindible es restaurar el terminal desde iTunes. Esto lo hacía en Las Palmas y —qué pronto se acostumbra uno a lo bueno— había olvidado que allí tengo «tan sólo» un megabit de velocidad en mi ADSL. La restauración tardó dos horas. Decidí empezar con esto tres horas antes de coger el vuelo de vuelta, así que la restauración se quedó a medias y ya tuve que esperar a llegar a Parla a recuperar la última copia de seguridad desde iCloud —suerte que hacía unas semanas había activado esta funcionalidad—, en lugar de hacerlo directamente desde iTunes. Esto dejó exhausta la batería durante la noche. Esta mañana salí del piso con la batería completamente descargada, con prisas, pero con la esperanza de que hubiese terminado. En la estación de RENFE me entero, por machacona megafonía, que hay problemas graves con los trenes y, lo que a diario es un paseo de una hora en tren directo desde Parla a Tres Cantos, se debía transformar en varios transbordos en estaciones al aire libre donde había que esperar veinte minutos al siguiente tren exhalando humo como un dragón. Sin móvil no he podido avisar que llegaría tarde. Tanto como tres horas y media más tarde de lo que esperaba llegar. Y ya había dejado trabajo «pendiente» el viernes antes de marcharme. Así que ha sido llegar y ponerme al tajo con ahínco desmedido. Algo que siempre se lleva mejor escuchando alguno de los cientos de discos, o miles de canciones, que tengo en mi biblioteca iTunes. De hecho, casi me resulta imposible «trabajar bien» sin mis cascos para aislarme del mundo y concentrarme en la tarea. Soy «adicto» a esos momentos, y «dependiente» de este mecanismo de abstracción.

Además del problema derivado de la liberación del terminal, el sábado me lancé a suscribir el servicio iTunes Match, por el que llevaba esperando muchísimo tiempo. Y no se me ocurrió otra cosa que, antes de terminar la restauración de la copia de seguridad de iCloud, indicar que a partir de ahora mi terminal se bajase la música directamente. He llegado a la oficina, he puesto a recargar el iPhone, lo he encendido cuando ha considerado él mismo que ya puede estar operativo, y he descubierto que aún no había terminado la restauración. Estaba intentando restaurar todas las aplicaciones usando la conexión 3G. Y he descubierto que, además, no tenía ninguna cochina canción precargada porque, al elegir la opción de iTunes Match en el iPhone, la biblioteca de canciones se elimina y espera que vayas eligiendo lo que quieres sincronizar desde la nube. Algo que no hice anoche porque, obviamente, estaba en plena restauración. Recuperar una copia de seguridad y descargar canciones usando 3G es algo que no está definido como posible en el universo conocido. Es de esos fenómenos que pueden producir bosones de Higgs que llevarían a una singularidad y a la destrucción de toda forma de vida conocida. Ante la imposibilidad de hacer algo útil al final he optado por apagar el móvil y esperar a volver al piso, bajo el amparo de la wifi, para terminar el proceso.

Pero aún hay más. Cuando el terminal resucitó tras la restauración, le dije a mi mujer que salía corriendo ya para el aeropuerto. Justísimo de tiempo, llegué a tiempo aún para el embarque. No pude disfrutar de nada de música en el vuelo, algo que me jodió mucho. Ni en el tren hasta Parla, algo que me jodió también. Pero lo realmente jodido fue dejarme atrás los retenedores de los dientes. Con las prisas, los olvidé sobre el lavamanos. Y hace apenas dos meses y medio que me quitaron la ortodoncia y la sustituyeron por unos retenedores de plástico que debo llevar, al menos durante los tres primeros meses, todo el santo día. Es algo pesado, pero te acabas acostumbrado y resulta imprescindible para que los dientes, después de dos años forzándolos a llegar a un lugar, no retrocedan hacia el punto de origen. Hasta el viernes no voy a recuperar los retenedores.

Así que, resumiendo, veamos qué ha pasado. Contrato iTunes Match y solicito a Movistar que me libere el teléfono móvil. Ello implica que casi pierdo el avión y que el teléfono se quedó a mitad de la restauración. Pero también que me dejé los retenedores atrás por las prisas. La recuperación de la copia de seguridad dejó frita la batería del móvil, así que esta mañana estaba desamparado sin posibilidad de comunicar a nadie que estaba bien, pero que llegaría tarde, ni de poder relajarme durante las sucesivas esperas escuchando buena música. Peor aún, cuando llego descubro que no hay posibilidades de escuchar nada de música y que el terminal aún no está operativo, por lo que sigo totalmente desconectado. Pero tengo que recuperar las tres horas y media de retraso y me pongo a trabajar frenéticamente, algo que sin música me resulta imposible y comienzo con el síndrome de abstinencia, que me lleva a apretar los dientes más de lo recomendable. Sin retenedores, que me dejé atrás porque se me hizo tarde porque estaba estresado por la restauración del iPhone contrarreloj, apretar los dientes más de lo recomendable puede derivar, de hecho, en que los dientes retrocedan a un estado previo a ponerme la ortodoncia. Esto significaría que, habría tirado por la borda tres mil euros de tratamiento.

Resumiendo lo resumido, por ahorrarme pasta con Movistar, igual al final voy a tener que gastarla en recuperar la posición en los dientes.

Si lo llego a saber, me quedo en Madrid este fin de semana.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Alquilando películas en la red

Como he estado todo el fin de semana un pelín «tocado», decidí, que si al final no me llamaban para salir, me quedaba en casa descansando. Es lo que he hecho. Eso y ver películas. Tengo por aquí unos cuantos Blu-Ray que ver, pero tenía ganas de ver algo ligeramente «más moderno». Aprovechando que tenía aún montón de saldo en la PlayStation Store de cuando compré 'The Last Guy', me lancé a revisar la oferta para alquiler. Más bien una mierda es lo que tienen, pero bueno, decidí alquilar 'Soy el número cuatro'. Floja, bastante floja. Pero revisando lo que había tropecé con 'Sneakers', la de Robert Redford. Es una de esas películas por las que siento una especial debilidad.



En fin, que al final disfruté más de una película de 1999 que de una película de 2011. Por cierto, entre los comentarios sobre 'Soy el número cuatro' que hay en FilmAffinity, me quedo con

Tuneo para consumidores masculinos onda geek del neorromance teen acuñado por Stephenie Meyer: un 'Crepúsculo' para quienes llegaron tarde a 'Expediente X' (...) el clímax final tiene, por lo menos, nervio y energía

y con

Una película muy idiota

En cuanto al servicio de Play Station, pues no ofrece mucho donde elegir. Encima, para mi gusto, bastante caro. Oscilan los precios, pero te piden una pasta por algo que tan sólo puedes reproducir durante 48 horas desde el momento en que comiences a verlo. Al principio la descarga iba de vértigo —lógico con 30 Mb—, pero se detuvo durante un rato y, al final, es mejor esperar hasta que se haya descargado por lo menos el 40-45% antes de empezar a disfrutarla, no te vayas a quedar a medias en una escena de acción, como me pasó a mí.

Aún me queda dinero, así que supongo que ya alquilaré algo cuando mejoren el catálogo un poco.

viernes, 21 de octubre de 2011

viernes, 14 de octubre de 2011

¿50 gigas? ¡50 gigas!

Amanecía hoy leyendo un correo que me envió el amigo sulaco. Hacía referencia a que Box.net regalaba 50 Gb a los usuarios de dispositivos iPhone o iPad. He corrido como las marujas el primer día de rebajas para hacerme con mi cuenta.

¿Y ahora qué hago yo con tanto espacio?

Es una pregunta retórica. Tengo clarísimo en qué voy a usar todos esos gigas. Los 4 Gb de Dropbox, de los que estaba tan ufano, me van a parecer una mierdita ahora.

sábado, 1 de octubre de 2011

Odiosas comparaciones

Lo primero que dije, al levantarme esta mañana, fue «a ver si este fin de semana puedo probar el último XCode» (yo me quedé en el 3). Tras iniciar sesión en el centro de desarrolladores lo puse a descargar. Ha tardado 22 minutos. 4,3 Gb. ¡Ve-in-ti-dos mi-nu-tos!. Igualito, igualito, que cuando lo he descargado en Las Palmas, que me supone más de 12 horas y, algunas veces, se jode a mitad de descarga. Lo sé, las comparaciones son odiosas, pero lo de Telefónica, que no hay forma de que mejoren la infraestructura y sigan con los mismos pares de cobre que pusieron hace 40 años, es como para hacerle una sesión triple de fistfucking anal a todo el consejo de dirección de esta magna corporación.

Ahora estoy entre seguir el tutorial Tutorial: Develop An Angry Birds Like Game With Cocos2D And Box2D Step-By-Step, leer un rato (y hacer alguna prueba) del libro 'Making Isometric Social Real-Time Games with HTML5, CSS3, and Javascript', hacer un prototipo de una CMDB para demostrar que la que usamos en el trabajo no-es-buena, disfrutar del pecado cometido hace una semana o, directamente, nada de lo anterior.

jueves, 13 de enero de 2011

Dropbox y Evernote

Esta claro, al menos para mí, que en quince años la cosa ha evolucionado muchísimo en cuanto a gestión de los datos personales o domésticos, término que uso aquí como simple contraposición a los datos de carácter empresarial. Poca gente imaginaría en el año 95, cuando el acceso a Internet empezaba a tocar en las puertas de las casas usando módems V.96 de 56 Kbps, que entrando en la segunda década del siglo XXI las personas tendrían la mitad de su información útil fuera del disco duro del ordenador de su casa y que podrían acceder a ella desde cualquier parte del Globo siempre que se dispusiera de una conexión WIFI, 3G o, ya poniéndonos clásicos, un simple ADSL. Entonces ni las empresas, que pagaban verdaderas fortunas por sistemas redundantes y copias de seguridad remotas, cuando a alguno se le ocurría que eso podría ser siquiera necesario, podían imaginar que hoy el ciudadano de a pie tendría chopocientos servicios gratuitos para tener siempre a mano aquellos datos que necesitara. También está claro que aquello que se hace común deja de sorprendernos, pero a mí me sigue fascinando cada día la facilidad con qué hoy podemos acceder a todos nuestros datos importantes desde un ordenador que llevamos en la mano y que, además, sirve de teléfono móvil. Sí, la cosa ha cambiado muchísimo en quince años. Esperemos que aún cambie mucho más en otros quince. Para mejor, se entiende.

Hace una década aún tenía que descargar el correo electrónico a mi ordenador antes de poder leerlo. Programas como Outlook Express, Mozilla Thunderbird o Eudora se encargaban de descargar todo el contenido actualizado de la cuenta de correo. Si tenías varios ordenadores —algo bastante improbable por una cuestión de precio— esto mismo debía suceder en cada equipo. Hoy en día, todo mi correo está en «la nube», a cargo de una cada vez menos fiable Google, y que puedo consultar desde cualquier parte del universo conocido con tal de disponer de un navegador y acceso a la red de redes. Hasta hace unos años cualquier archivo que quisiera tener siempre conmigo debía llevarlo en un dispositivo tipo pen que vino a sustituir a los siempre presentes discos de tres pulgadas y medias que llevaba en mis años de carrera y mis primeros años laborales. Hoy en día uso servicios de discos duros virtuales en la nube. En particular el que se ha llevado el gato al agua es Dropbox [sitio web]. Tras un año de uso, se ha convertido en un verdadero imprescindible.

Pero antes, por respeto a la antigüedad, voy a comentar otro servicio que también se ha convertido en una herramienta útil en mi día a día: Evernote [sitio web].

Evernote


No tengo muy claro cuándo me di de alta en este servicio, pero hace ya bastante. Creo no mentir si digo que llevo en él más de dos años. Puede incluso que casi tres, o algo más, porque recuerdo comentar parte de sus bondades con un compañero de trabajo que despidieron como dos años antes que a mí. Y entonces ya llevaba tiempo jugueteando con él. Sin embargo eso importa poco, he venido a encontrarle uso práctico recientemente.

Una de las virtudes de Evernote es el permitir crear notas desde cualquier fuente, incluyendo la cámara del móvil. Eso lo llevaba usando hace tiempo, desde que tengo el iPhone [Enviado desde mi iPhone: Continúa mi apuesta por la manzana], para capturar párrafos que me resultaban interesantes en las lecturas. Pero últimamente se está convirtiendo en una herramienta importante para capturar páginas web cuya lectura pospongo para otro momento. Yo opté por instalar la aplicación de escritorio (y en el iPhone y en el iPad [iPad]) y con ello gané la posibilidad de añadir como otra nota una versión en PDF de la página web que tuviera abierta en Safari. Gracias a esto, y tras sincronizar con el iPad, la puedo leer en cualquier parte exactamente tal como la tenía delante. Si sentimos pánico de estar instalando aplicaciones, lo mismo se puede hacer imprimiendo la página Web a PDF desde Safari y subiéndola al servicio Evernote usando la interfaz Web. Con eso perdemos la sensación de inmediatez que nos ofrece la integración. En mi caso opté por lo cómodo: un clic de ratón y me despreocupo de todo lo demás.


A día de hoy empleo Evernote para gestionar listas de compras y listas TO-DO. Cuando recuerdo algo lo apunto en la lista/nota correspondiente y ya lo tengo sincronizado en todos los equipos donde tengo instalado el cliente del servicio. Lo llevo en el iPhone y capturo distintas cosas con su cámara que luego reviso en el ordenador de casa o en el iPad, ambos con pantallas algo más grandes para facilitar la lectura. Y, hasta la aparición de Dropbox en mi vida, lo usaba también para guardar una versión de las reservas de vuelos y hoteles. Aunque esto, hasta hace poco, daba algunos problemas por necesitar siempre una conexión a Internet cada vez que quería consultar algo. Ahora ya funciona la marca de favorito, lo que hace que una nota se almacene también en el terminal. Para lo último que lo estoy usando es para escanear tickets y facturas de compras y dejarlas archivadas. Esto me facilita encontrarlas en caso de requerir llamar a la garantía, por ejemplo.

Sospecho que a Evernote se le puede sacar mucho partido, pero siempre será en función de las propias necesidades. En estos días estoy animando a mi mujer [Mis ratos en la cocina] a que lo use como base de datos de recetas. Amén de poder usar cualquier fuente para crear una anotación, lo cierto es que lo realmente magnífico del servicio es la posibilidad de buscar texto dentro de cualquier nota, incluso de una imagen. Antes era habitual "descuartizar" las revistas de las consultas médicas para llevarnos las recetas de cocina que aparecen publicadas por todas partes. Ahora le sacas una fotografía y ya la tienes en tu cuenta Evernote. A partir de ahí, te sientas en el ordenador, escribes el texto que quieras buscar, y como por arte de magia te aparecen las capturas que contienen dicho texto. Ya no necesitamos andar transcribiendo a un archivo de texto lo que se quiere almacenar.


En resumen, lo estoy usando para:

  • Capturar en PDF artículos y páginas Web que pueden resultarme interesante y posponer su lectura, tal vez en el iPad.
  • Listas de la compra y cosas que hacer.
  • Tomar notas (escribir) sobre cosas que me pueden interesar. A veces incluso para preparar/documentar un artículo en la bitácora.
  • Almacenar documentación escaneada que pueda necesitar en cualquier momento: facturas y tickets, contratos de seguros, etc.
  • Cualquier cosa que me llame la atención y se me presente delante. Saco una foto con la cámara del iPhone y ya la tengo en Evernote.

En algún momento del pasado se me ocurrió que tal vez podría usarlo como bitácora. En especial para Retales de sabiduría. Podemos publicar carpetas para que cualquiera pueda ver su contenido. En su momento no me lancé a ello porque no me convencía la forma en que se gestionaba vía Web. Aunque igual acabo optando por esta solución a medio plazo.

Hay que tener en cuenta que la versión gratuita tiene una serie de limitaciones. En principio no deja subir más de 60 Mb al mes (lo que ellos llaman un ciclo). Ha mejorado, al principio no llegaba a 40. Sin embargo, hasta la fecha no he necesitado más de esa cantidad (ni tampoco 40 Mb). Tampoco me importa mucho que la búsqueda no funcione dentro de los PDF's. De momento sólo los uso para posponer la lectura de las páginas Web que me interesan. En cualquier caso, si veo que al servicio le puedo sacar algún rendimiento profesional en el futuro, no descarto abonar la irrisoria cantidad de 5€ mensuales que cuesta.

Aún no le he encontrado mucha utilidad a la cuenta de correo que se crea asociada a la cuenta Evernote y que te permite, por ejemplo, enviarte copia oculta de correos que remites a terceros y que quieras revisar a posteriori. Teniendo el iPhone y la aplicación instalada en él opto por enviar las cosas directamente desde el cacharro vía captura fotográfica, llegado el caso. Seguramente que le encontraré utilidad en algún momento. Ahí está.

Dropbox


El servicio Dropbox ha resultado ser una de esas cosas que entran en tu vida silenciosamente, casi de forma desprevenida, y que luego acaba convirtiéndose en un indispensable. Acepté la invitación que en su día me envió Sulaco [Distorsiones] porque quería compartir conmigo unos archivos desde Holanda algo más grandes de lo que sería aconsejable enviar por correo electrónico. Yo andaba escondiéndome del frío madrileño de finales de 2009, creo recordar, y lo dejé aparcado porque no le vi mayor utilidad una vez copiado en mi portátil lo que nos traíamos entre manos. Cuán equivocado estaba. Un día, cerca del radiador, lejos de mi mujer y aburrido como una ostra porque nevaba en el exterior y los compañeros de trabajo preferían esconderse en sus casas que salir conmigo a comer rotos [Los rotos] y beber cervezas, conectado a Internet con un pincho USB de Simyo que fallaba cuando le venía en gana y que me imposibilitaba ver on-line cualquier capítulo de cualquiera de las series que seguía en ese momento, se me ocurrió instalar el cliente de Mac para juguetear con el servicio. Y, desde entonces, nada ha vuelto a ser lo mismo.

Hasta hace poco era una herramienta de uso diario. Cargaba todos los días con mi portátil y ya no necesitaba llevar documentación en un pen de aquí para allá. Todo estaba en la nube, en mi disco duro virtual Dropbox. Cualquier cambio que realizaba en el documento automáticamente se sincronizaba con el ordenador de sobremesa. Con el cliente instalado en el sistema operativo el servicio Dropbox aparece como otra carpeta más dentro de la jerarquía de directorios del propio sistema. Meter y sacar cosas en la carpeta Dropbox es tan sencillo como arrastrar y soltar en el Finder, si tienes Mac, o en el explorador de archivos, si eres de Windows. Mientras estás haciendo cualquier otra cosa, el servicio ya se encarga de sincronizar lo que tenga que subir o bajar a o desde la nube.


Dada las especificidades y las sobradas virtudes de Evernote, Dropbox no puede siquiera pensar en sustituirlo. Sin embargo, como disco duro virtual es una verdadera maravilla. Un portátil, el iPhone compartiendo la conexión de datos para conectar a Internet desde cualquier parte y la versión gratuita de 2 Gb —siempre que aún no hayas conseguido suficientes incautos para acumular hasta 8 Gb— es más que suficiente para tener una verdadera oficina móvil. La opción, además, de poder compartir carpetas específicas con otra gente, lo hace una herramienta imprescindible para mantener datos actualizados entre varios usuarios. Algo que, no voy a negarlo, también puedes conseguir con Google Documents. Pero en este caso puedes cifrarlo con una clave que únicamente conozcan los interesados. Lamentablemente me parece que, de progresar la Ley Sinde, mucha gente empezará a publicar los enlaces por vías alternativas como, tal vez, carpetas compartidas de Dropbox.

Buena parte de los 2 Gb del espacio disponible los tengo ocupados con una selección bastante amplia, pero siempre cambiante, de libros técnicos en formato PDF. Mi biblioteca de consulta, siempre disponible. Ahí están y puedo consultarlos desde cualquier sitio. Incluso, si tengo ganas y oportunidad, los leo en el iPad descargándolos desde Dropbox. De hecho, para PDF's esta es la forma en que transfiero los archivos al iPad. Pero de esto hablaré en una próxima entrada.

Además del uso como almacén para libros mencionado, utilizo el cliente Dropbox de iPhone e iPad para llevar conmigo documentación que necesite en viajes. Reservas de vuelos y hoteles, callejeros, guías de ciudades y todo lo que pueda considerar importante y que haya acumulado en los días previos a la salida. En este apartado sí ha desbancado a Evernote. Por defecto Dropbox, el cliente para iPad e iPhone, bajará el documento desde Internet cada vez que se acceda a él. Sin embargo existe la posibilidad de marcarlo como favorito y, consiguientemente, se almacenará en local para su uso fuera de línea. Esta misma funcionalidad ya está implementada (parece que bien) en las últimas versiones de Evernote. Pero sigo prefiriendo Dropbox para esto. Queda de un chulo insoportable acercarte al mostrador de recepción, sacar el iPad y plantarle delante de la cara al tipo o tipa correspondiente el justificante de tu reserva.


Hasta el momento lo he obviado por, precisamente, obvio. También uso Dropbox para copia de seguridad de algunos archivos importantes. Aunque en este caso, dado que el espacio disponible es limitado en su versión gratuita, no son todos los que me gustaría. Pero de momento es suficiente.

Por cierto, también estoy animando a mi mujer a que use este servicio (y de paso ganarme otros 250 Mb para mi cuenta). En este caso es para amenizarle las mañanas en el trabajo. Siempre anda pidiéndome música que pueda escuchar en su oficina. Dada nuestra gran colección de discos, no pretendo que los tenga todos ahí. Pero sí que puede ir variando ella a su gusto y dependiendo de la ocasión.

En resumidas cuentas, un servicio que en el transcurso de un año ha venido a convertirse en un imprescindible. A fin de cuentas no deja de ser un disco duro —o por tamaño un pen drive— y, dada la capacidad que tenemos los que sufrimos el síndrome de Diógenes cibernético de llenar todos los huecos disponibles, no viene mal cualquier espacio de almacenamiento adicional con el que podamos contar. Más, si además, te sirve para compartir con terceros y para mantener documentos importantes sincronizados entre varios equipos.

Unas últimas palabras


A modo de justificación, diré que sí, que ya sé que el 99% de la población del universo conocido, y otro tanto del desconocido, conoce la existencia de estos servicios, y que esta entrada tan larga y pesada de hoy no aporta nada al saber popular de la Humanidad, pero me consta que parte de ese 1% que aún la desconoce la conforma mi familia. También sé que parte de ellos me lee. Así que es una oportunidad para darles a conocer estos dos servicios que considero casi imprescindibles para cualquier persona que tenga ordenador. En especial se me ocurren una cantidad importante de cosas fantásticas que podrán hacer mis padres, cada uno en su estilo, con Dropbox y Evernote. Si los convenzo para que usen Dropbox, por ejemplo, ganaré medio gigabyte más para mi cuenta. Así que todo el tiempo invertido en escribir esto tiene, cómo no, una fuerte componente egoísta. Y ya puestos, si no eres un familiar directo, pero estás interesado en Dropbox, puedes contactar conmigo. Te enviaré una invitación y podrás darte de alta. Te aseguro que llegarás a ser muy feliz usándolo y yo conseguiré incrementar mi felicidad otros 250 Mb en el proceso. Un claro ejemplo de win-win.

miércoles, 25 de agosto de 2010

iPad

A nadie se le escaparía que, cuando escribí hace tiempo una entrada sobre el iPad [Pero… ¿para qué quieres tú un iPad, alma de cántaro?], andaba buscando una justificación para comprármelo. Una racionalización del deseo insaciable, de ese Hambre —en mayúsculas— que parece poseerme y que me empuja a despilfarrar dinero miserablemente. Así que no era más que cuestión de tiempo: Ya tengo mi iPad. En realidad lo tengo hace como cosa de dos meses, si mi percepción del tiempo no ha terminado de trastocarse definitivamente. Tal vez un poco menos. Lo que sí es cierto es que llevaba esperando por él casi otro mes y medio, porque el 3G no lo tenían en ningún sitio en Las Palmas y mi reserva parecía haberse extraviado entre los olvidadizos dependientes de la tienda de Apple por excelencia de la ciudad.

Al poco de arrancar esta bitácora ya contaba cómo había caído en las garras de la marca de la manzana mordida [Mi viaje al universo Mac]. Desde entonces hasta el día de hoy, he seguido incorporando cacharros Apple a mi vida hipertecnificada. En otoño del año pasado llegó el iPhone 3Gs, del que hablé por aquí [Enviado desde mi iPhone: Continúa mi apuesta por la manzana]. Para mi estancia en Madrid decidí que era momento de hacerse con un portátil potente y me decanté por el MacBook Pro de 15", del que no he llegado a hablar nunca, pero con el que estoy realmente encantado. Ahora le ha tocado turno al iPad.

Erich Fromm se sentiría avergonzado de mí, que no he sabido aprovechar sus enseñanzas tras leer '¿Tener o Ser?' [mi reseña], pero la verdad que sentía que necesitaba un iPad. Por supuesto nunca negaré que la compra de un cacharro de este tipo tiene un gran componente de capricho. Soy muy caprichoso, eso lo sabemos todos. Pero eso no lo hace menos necesario. Aunque la necesidad sea inventada o artificial.


En mi caso particular tenía claro para qué necesitaba el iPad: leer. Hace ya un año tuve la posibilidad de probar durante unos días al considerado entonces como el mejor lector electrónico de libros [Mi microexperiencia con el lector electrónico iLiad]. La experiencia tuvo bastante de negativo cuando se trataba de leer PDF's (de lo que más tengo), aunque la tinta electrónica es lo que prometen y más. Teniendo claro que un e-reader no era lo que buscaba, tocó esperar hasta que apareció algo como el iPad (ya había probado con un TabletPC un par de años antes y la experiencia tampoco fue buena; al igual que con el Nokia N70, demasiado pequeño).

Pero por si eso no fuera suficiente, hice una pequeña tabla repartiendo a qué dedico el tiempo cuando estoy en casa con el ordenador. (Mi mujer opinaría de forma diferente). Las siguientes medidas son en tiempo medio al mes, suponiendo que dedico unas tres horas al día delante del ordenador (noventa al mes). Obviamente esto es una aproximación, pues nunca he medido el tiempo exacto que dedico a cada cosa (aunque sí que lo intenté durante un tiempo con Slife [Página web]) y que cada mes es un universo en sí mismo. Y, repito, esto es el tiempo que dedico al mes en casa. Si sumamos lo que dedico en el trabajo a esos apartados la gráfica se saldría de escala. Hasta ahora todo eso lo venía haciendo con el ordenador de sobremesa o con el portátil.


Si agrupamos en función de la actividad mecánica principal, se podría decir que un 53% del tiempo lo paso leyendo; que un 28% lo paso escribiendo; que un 8% lo paso revisando y procesando fotos (así se explica que lleve dos años de retraso); y que el 8% restante lo paso haciendo el vegetal. Además de esas actividades y tiempos, dedico entre quince y veinte horas al mes a leer sobre papel, al estilo tradicional. Revistas, narrativa y libros de ensayo es lo que aún seguía leyendo en papel antes de tener el iPad. ¿Cambiará a partir de ahora?

Pues va a resultar que en buena medida sí que va a cambiar. Aunque no del todo. Me explicaré. Pero antes voy a atender a la mayor pega que se le pone (además del precio, claro): ¿Cansa la vista leer en el iPad? La respuesta sencilla es «sí, cansa». Sin embargo hay matices que sería bueno tener en cuenta. En primer lugar, la vista se cansa siempre que se fija en un objeto cercano. La prueba es sencilla. Coge un libro o una revista y lee durante dos horas seguidas. Ahora intenta fijar la vista en un objeto que está, por ejemplo, a seis o siete metros. Y luego en otro que esté a cincuenta. A los ojos les cuesta adaptarse a la nueva distancia focal y, durante unos segundos, no se termina de ver nítidamente aquello que estamos mirando. Se agrava si pasas aún más tiempo sin levantar la vista del papel. O si las condiciones de iluminación no son las correctas. Creo no equivocarme si digo que esto es así en un alto porcentaje de la población, pues la vista cansada es un proceso también asociado al envejecimiento y no únicamente a aquello sobre lo que posas la vista. Parece que la solución a esto es clara: intercalar descansos cada poco tiempo y dejar el libro para enfocar unos minutos la vista en algún objeto que esté lo más alejado posible. Pues es exactamente lo mismo que hay que hacer con el iPad.

La otra alternativa es que cambie de hábitos, pero me parece que eso no va a suceder. Así que si no es con el iPad, igualmente acabaré jodiendo mis ojos contra el monitor del ordenador. En este aspecto, no he notado que la lectura en el iPad canse más que leer en la pantalla del ordenador. Yo, más bien, diría todo lo contrario. A mí me resulta más cómodo para la vista. Suelo leer quitándome las gafas. Con el ordenador no puedo por la distancia. Con el iPad sí. Y eso sin tener en cuenta que con el iPad puedo acostarme a leer, mientras que con el ordenador no.

En resumen, la lectura con el iPad cansa, tal como dice todo el mundo, pero particularmente no me parece que mucho más que cuando leo un libro. Para solventar la diferencia intento intercalar más descansos. Sin embargo, hay algo que sí que he notado: leo más lento. No tiene tanto que ver con el cansancio como con el hecho de que en la pantalla las letras están peor definidas que en el papel, lo que hace que a uno le cueste un poquitín más acomodarse al texto. En este aspecto la pantalla del iPad está aún a años luz de la tinta electrónica. Habrá que ver qué tal se nota la diferencia cuando salga la versión con Retina Display. Aunque, al igual que pasa con el cansancio visual, es algo que apenas se nota y, sospecho, bastante particular de cada caso. Para que te puedas hacer una idea de lo que estoy diciendo, acabo de leer en Fotomaf una comparativa entre diferentes pantallas [Imagen: Pantalla de iPhone 4 - iPhone 3Gs - iPad - Kindle 2]. El papel electrónico es casi como el papel de verdad. A la distancia normal de lectura, las diferencias, aunque apreciables, lo son apena.

Así que, llegados a este punto, puedo decir que esas casi cincuenta horas que dedicaba a leer en el ordenador, se han pasado casi completamente al iPad. Mis ordenadores se encienden menos ahora. De hecho he incrementado el número de horas de lectura pues también estoy leyendo narrativa en el iPad; ya llevo un par de libros leídos. Como decía, me está resultando bastante cómodo leer con él.

Otra de las quejas que he leído por ahí es la relativa al peso. Otra vez hay una respuesta breve: Sí, pesa. Sorprende la primera vez que lo coges que pese tanto. Sin embargo, mi MacBook Pro pesa dos kilos y medio, así que los dos kilos de menos que pesa el iPad me permiten leer acostado sin ningún problema. Al final es como si sujetaras un libro grande (El Quijote, por ejemplo). En cualquier caso, se puede sostener bastante tiempo en el aire sin notar un cansancio especial. Eso sí, aunque el marco que le han dejado parece demasiado amplio en principio, resulta estrecho cuando quieres mantenerlo bien durante un buen rato sin que se te engarroten los músculos del antebrazo, de la muñeca y del dedo gordo. Al final acabas abriendo los dedos gordos y tocando la parte sensible, lo que provoca que te cambia de página o te haga algo que te obliga a retroceder o a reajustar lo que estabas viendo/leyendo. Echo en falta un agarre más adecuado para mantenerlo en alto cuando estoy leyendo tumbado en la cama o en el sofá.


En cuanto a la escritura, ya había supuesto que no sería muy cómodo escribir en el iPad. En este apartado no me he llevado ninguna sorpresa. Para cosas puntuales está bien, pero para escribir una entrada kilométrica como las que suelo escribir, no sirve. Habrá quien piense lo contrario, seguro, pero ya he contestado unos cuantos correos de trabajo (de varios párrafos) y he escrito parte de una entrada de la bitácora, y al final te obliga a tener apoyado el iPad sobre las piernas cruzadas, manteniendo el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante. Cuando llevas mucho tiempo así te acaba doliendo la zona lumbar, y/o el lado de la cadera de la pierna que hayas levantado para cruzar sobre la otra, y/o la rodilla que soporta el peso de la pierna levantada. Por tanto, para escribir, el iPad no podría sustituir a mi portátil. Lo veo como un complemento. Habrá quien diga que para eso puedes usar un teclado portátil Bluetooth. A lo que yo respondo que entonces es como tener un portátil en dos cachos, y que ahí mismo es donde se pierde la gracia de su transportabilidad. Para eso te pillas un Netbook. Además, que no termino de imaginarme cómo te las apañarías con el iPad y el teclado en un aeropuerto esperando a que los controladores vuelvan de la huelga, lo que te daría tiempo de escribir tus memorias.

Dando por descontado que para procesar las fotografías no me sirve, aún quedan ocho horas que suelo dedicar a vegetar viendo documentales y series de televisión. Las películas hace mucho tiempo que pasé a verlas exclusivamente en Blu Ray. Aún no he probado, pero un compañero me comenta que se ven de lujo. Estoy por pasar algunos documentales (como el maravilloso Cosmos [Una serie documental que SÍ deberías ver —pero que sí, que sí—: COSMOS]). Ya contaré cuando me ponga a ello.

Para concluir, retomaré el asunto de sustituir la lectura en papel por la lectura en el iPad. Decía que en buena medida lo he hecho, aunque es imposible que la sustituya completamente. Tras la experiencia, en la práctica resulta impensable. No me voy a poner romántico con el asunto de la sensación de tener el libro en las manos, aunque sí que influye. Es una cuestión práctica. El iPad no sirve, y lo subrayo, para leer en exteriores. Dejando de lado el riesgo material que correría de llevarlo a la playa, por ejemplo, la pantalla resulta prácticamente imposible de visualizar en condiciones de mucha luz. Se dan muchísimos reflejos en la pantalla, lo que convierte cualquier intento de lectura, en una tortura. Y, directamente, no puedo renunciar a leer en la playa. Estoy casi seguro que Sulaco [Distorsiones] me dirá, llegado a este punto, que en esas ocasiones me pase al audiolibro. Mi respuesta será, hasta que ya mi vista no pueda distinguir letras, que no, que nunca será lo mismo. El placer de leer no me lo va a quitar nadie. Así que, para mis salidas de ocio y descanso a la calle, seguiré recurriendo al papel. O a esperar a que saquen un iPad con una pantalla combinada que se deje leer en cualquier condición de luz. Hasta entonces, seguiré recurriendo a leer en papel en ocasiones puntuales. Para todo lo demás, el iPad, que ha llegado para quedarse. Y lo ha hecho por la puerta grande.

Pero si después de todo el rollo que he escrito aún tienes dudas sobre las bondades del cacharrito de marras, siempre te puedes dejar aconsejar por el esperpéntico y singular Torbe [Como mola el iPad]. Enlace cortesía de mi primo Miguel —alias «el barbas»—. El discípulo y seguidor del pecado de Onán [@ Wikipedia] es él.

domingo, 18 de julio de 2010

El día que Steve Jobs destruyó las relaciones humanas, de rebote se cargó la sociedad y el mundo, y perjudicó seriamente la salud de mi abuela

Hace unos días —en realidad bastante más de unos días— caminaba tranquilo en estado de consumista predispuesto. Ese estado en el que paseas tranquilamente por tiendas y comercios, pero sin una finalidad concreta más allá que curiosear y, eso sí y siempre, con la mano intranquila deseosa de sacar la cartera si la oferta resulta lo suficientemente atractiva.

En tan lamentable estado me acerqué a unos grandes cajones, de esos que ponen en todos los comercios, independientemente de lo que vendan, lleno de películas en formato DVD a precios increíbles. No me siento particularmente atraído por este formato. Hace mucho tiempo di el salto al formato de alta definición por excelencia [Blu Ray, PlayStation 3 y la terrible estupidez humana por querer ser el primero]. Algo de lo que cada vez estoy más satisfecho. Sin embargo, las ofertas en DVD me recuerdan a mi abuela. Principalmente si, además, son películas clásicas o, vulgarmente conocido, cine en blanco y negro del de antes. Hace unos años le regalé un buen reproductor de DVD y, cuando se presenta la oportunidad, le compro alguna película antigua. De esas que ella disfrutó cuando era joven. No hay nada como el buen cine para alegrar a una vieja (y eso que mi abuela no es especialmente vieja). Y a mí me hace muchísima ilusión regalarle esas películas porque la veo entusiasmada. Es consumismo, lo sé, pero un gesto tan sencillo como gastarse cinco o seis euros alegra a mi abuela con dos horas de buen cine.

Hace menos tiempo tuve una pesadilla. En ella me acercaba a uno de esos cajones. Estaba completamente vacío. En el fondo había un papel manuscrito en el que se leía «creo que el mundo no necesita más DVD ni Blu-Ray» y estaba firmado por Steve Jobs. Lo llamé. Extrañamente en mi sueño tenía el teléfono de Jobs y, más extraño aún, hablaba perfecto castellano —más bien el canarión del cabrón de la clase de tercero de bachiller—. Así que me quejé y le dije que no podía hacer eso. Su respuesta fue sencilla: «ajo y agua». Y se reía con voz de niño perverso. Cuando conseguí que me diese una explicación más coherente me dijo que el futuro eran los implantes capilares de fibra óptica con receptores WIFI de alta definición que me permitirían ver directamente en el cerebro una gama de colores que no me hubiese imaginado. Eso sin contar las sensaciones únicas e inexplicables que viviría con los contenidos directamente descargados de Internet con banda hiperancha tetradimensional a mi cerebro. Eso sí, tendríamos que pagarle a él (por eso de hacer estándares que únicamente funcionan con sus equipos y programas) ya que poseía todas las patentes.

Repentinamente, imaginando todas las implicaciones de aquella estrategia, me sumergí en una insoportable angustia. Entonces desperté agitado.

Ya más tranquilo pensé, entristecido, que de ser cierto que quiere erradicar el formato físico del mundo, ya no podría volver a regalarle una película a mi abuela. Ese pequeño gesto de comprarla, acercarme a su casa y tomarme un té mientras la vemos juntos. ¿Y cómo le prestaría a mis amigos esa película tan fantástica y que atesoro con mucho cariño? ['Home', precioso canto de amor a la Tierra]. ¿O lo de llamar a los amigos y proponer ir a su casa para ver una de las películas que he comprado unos días antes mientras cenamos una pizza? ¿Steve Jobs quería robarme esos pequeños momentos de placer social con los amigos? ¿O lo de acordar con mi padre hacer un pedido conjunto a Amazon UK porque la libra ha caído y allí las películas se venden a precios razonables mientras que en la república de España siguen sacándote los ojos por una película de hace dos años? ¿Quería quitarme también esas pequeñas empresas padre-hijo por el capricho de un tecnófilia extrema al creerse un ser endiosado?


Todas esas preguntas me pasaban por la cabeza tras ese despertar violento y me decía que no era posible que un hombre que había levantado una empresa como Apple, tan encariñada con el usuario final, que nos mimaba tanto, llegase a negarle esos pequeños placeres de compartir y disfrutar con amigos y familiares. ¿No hay que ser muy mala persona para quitarle eso a la gente? Me acosté tranquilo sabiendo que no, que eso no podía ser posible. Mi amigo Steve Jobs no me haría eso.

¿A que es una bonita historia hasta el momento? Pero la realidad nunca es tan humana.

Pues parece que sí, que Steve Jobs pretende quitarnos [Steve Jobs asegura que las descargas derrotarán al Blu-Ray @ Applesfera] esos placeres que, al menos yo, aprecio tanto. No niego que eso no vaya a ocurrir, pero supongo que en países como España, donde el humus técnico aún está muy pobre, a esos arbustos tecnológicos les llevará otros diez años empezar a crecer. Para entonces espero haberle puesto a mi abuela un equipo tipo GoogleTV [@ Google] o un Apple TV [@ Apple] que pueda manejar con la voz, que a cada casa llegue la fibra óptica, que la banda ancha se haya declarado bien necesario e indispensable de primer orden constitucionalmente para que los precios sean asumibles por la recortada pensión de una jubilada, que todo se pueda almacenar en la nube, y que la gestión de contenidos favorezca la creación de grupos familiares que puedan disfrutar del mismo contenido de forma comunal. ¿Es que me van a prohibir prestarle a mi padre una película que yo he comprado?

El modelo que está proponiendo la industria, el mismo que defiende Steva Jobs, y a mi modo de ver, desfavorece la interacción social con los amigos y familiares. Promueve el individualismo y el sedentarismo. En resumen, da otro pasito más en el camino de Los sustitutos [@ FilmAffinity]. No es un modelo que me disguste especialmente, pero tampoco que desee abrazar con fuerza. Al menos no en un futuro cercano. Sin embargo, supongo que será el modelo al que acabará tendiendo todo. Yo me opondré con todas mis fuerzas mientras la industria del Blu-Ray siga siendo una alternativa [La Blu-Ray Disc Association responde a las críticas de Steve Jobs @ Applesfera]. O hasta que cambie de opinión, que ya se sabe que soy muy voluble. Pero hasta que eso ocurra, yo seguiré disfrutando de la mayor calidad posible que me brinden los discos de alta definición que, pese lo que pese al que escribió el último artículo referido y a su fanatismo ciego, son muy difíciles de rayar. Seguiré comprándolos a medias con mi padre, que conjuntamente ya tenemos más de cien películas en este formato. Y seguiré tranquilo sabiendo que mi abuela podrá seguir disfrutando de películas en un modo fácil y cómodo de manipular para una persona mayor.

Para acabar, unas palabras sobre el título de la entrada de hoy. Puede parecer un poco excesivo, lo sé. Se trata de un recurso a las emociones. Forma parte de las falacias informales dentro de los prejuicios cognitivos [@ Wikipedia]. ¿Soy mala persona por ello? ¿Por intentar manipular las emociones de los demás para reforzar mi discurso? Vaya, de verdad que creí que era lícito usarlo cuando hasta las compañías que se mueven principalmente estimuladas por el ánimo de lucro lo hacen. Incluso Apple recurre a ello [Nuevos anuncios del iPhone 4, Apple tocando la fibra sensible @ Applesfera]. ¿A que viendo esos anuncios a uno se le enternece el corazón y le dan ganas de comprar el nuevo iPhone? ¿Y a que no te sientes «manipulado»? Pues espero que con el título de esta entrada a Steve Jobs —y sus cien mil fanáticos— se les ablande el corazón y se apiaden de mi abuela. Para mí su salud es importante.