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miércoles, 2 de enero de 2013

'Simiocracia'

En lo tocante a literatura, terminé el año comentando un cuento gráfico de Aleix Saló, 'Españistán' [reseña], y decido que la primera reseña del año corresponda a la última obra del mismo autor: 'Simiocracia', con el pretencioso subtítulo «Crónica de la Gran Resaca Económica».

Lo compré el mismo día que el anterior porque estaba a dos euros y medio. Vamos, que me llevé las dos obras del autor por menos de lo que te cobran en un pub por dos cañas. Aunque tras leer/ojear el primero no estaba demasiado animado a leer/ojear este segundo. Para el que no haya leído la entrada correspondiente, o lo haya olvidado ya (y mira que solo hace dos días de eso), no me convenció nada. Muy simplón, fue el regusto final que me dejó. Pero bueno, había que aumentar las estadísticas de lectura del año, y si mi amigo sulaco considera que escuchar libros es leer yo me autoconcedo que ojear un comic es también leer. Aunque, para ser sincero, en el caso de 'Simiocracia', hay mucho más texto que viñetas. En este caso, además, las viñetas no cuentan la historia, sino que están para acompañar las explicaciones textuales e incorporar alguna gracia, chiste visual o apunte cómico a las palabras del autor.

La tarea de este libro, tal como su subtítulo señala, no es moco de pavo. Hacer un análisis de los motivos de la actual crisis (o resaca económica, como la tilda el autor), no debe ser sencillo y se presta mucho al mensaje populista (¡ay! ¡la herencia, la culpable herencia!) y al prejuicio facilón. Vamos, que tras la experiencia del anterior, ya iba con la mosca detrás de la mosca ante tan pretenciosa intención. Y más en un cómic. Pero ya en la introducción el propio autor hace autocrítica y avisa de que lo que nos va a exponer peca de simplista, algo que agradecía y me permitió disfrutar de otra forma de lo que iba a consumir.


Y me ha encantado. Sí, simplista, que no simplón, pero muy acertado. Bastante neutral en sus tesis —aunque resulta imposible ocultar algún que otro prejuicio—, pero con un lenguaje cotidiano de calle o barra de bareto con los colegas. Un lenguaje muy latino, a fin de cuentas. Viene a ser como la explicación para dummies de porqué estamos donde estamos a estas alturas. Y repleto de ilustraciones divertidas. De hecho más de una vez me partí de la risa con la combinación. Realmente efectivas. Y con muy mala leche (alguna de ellas). Lo que hacen que me gusten más.

Desde que ha empezado esta crisis he escuchado, he participado y, a fin de cuentas, he discutido múltiples veces en ese infinito bucle que es la búsqueda del culpable último de la situación actual. Somos un pueblo propenso a practicar ciegamente aquello de la paja en el ojo ajeno y, autocondonándonos los peores de los pecados —sí, hijo sí, la envidia, la avaricia y la soberbia son pecados capitales—, nos prestamos a poner erecto el índice y señalar a los malos de la película con la rapidez que dan los prejuicios. En una variante perversa del lejano oriente estadounidense, aquí no sobrevive el que hace una reflexión más pausada y neutral, sino el que es capaz de autoexculparse más rápido empujando a otro a la hoguera. Forma también parte de nuestro carácter latino. Y si no es eso, nos lo pasamos teta jugando al pingpong de las acusaciones. «los bancos abusaron de la confianza», «nadie le puso una pistola en el pecho para que pidiera una hipoteca», «los políticos son todos unos corruptos», etcétera, etcétera, etcétera. ¿Quién es el verdadero culpable? con esa idea empecé a leer el libro. No porque yo crea que hay un «verdadero culpable» o una conspiración en la sombra, sino porque pensé que el autor nos lo colaría en algún momento. Y aunque señala algún posible, o mejor dicho deja algunos cabos sueltos, en realidad llega a la misma conclusión que llegué mucho tiempo ha, y que es difícil de aceptar: esto nos lo hemos sancochado nosotros solitos. Hemos sufrido una especie de histeria colectiva, esa misma que hace que los espectadores salten al campo de fútbol y se pongan a dar leña al del pito, pero en un ciclo de realimentación positivo y perverso parecido a una cinta de Moebius que se enrosca en sí misma. ¿Son culpables los bancos? Sí, de avaricia. ¿Y los especuladores? También, por lo mismo. ¿Y los hipotecados? De envidia (¿o es que tan difícil era aceptar que con mil euros no podías emular lo que hacía el vecino que estudió medicina y que tampoco era necesario estrenar una casa porque «tú sí que vales» y te lo mereces todo?). ¿Y los políticos? De soberbia. Extrema, además. Un cóctel jodido de consecuencias trágicas que nos toca vivir. Que dejará a muchos en el camino y, espero, la mayoría consiga sobrevivir. O, en palabras de nuestro actual presidente del gobierno y contextualizadas al día en curso, nos tocará vivir un año muy complicado.

En resumen, un… ¿libro? —si al otro me costó clasificarlo dentro de las novelas gráficas, este ya ni te cuento— o lo que sea, muy recomendable. Simple —pero sin caer en la argumentación simplona y manida— y al tiempo contundente. Algo que se lee en un rato y con el que te ríes. Que debería despertar nuestro sentir crítico y, ya para terminar, que sí hace honor al vídeo [@ YouTube] con el que promocionó su libro anterior. Este sí es heredero de aquel magnífico ejercicio crítico que fue el vídeo. Por cierto, que este también tiene su vídeo promocional [@ YouTube, también]. Y es rematadamente bueno.

¿He dicho ya que lo recomiendo? ¿Y que tienes que ver los dos vídeos también?

lunes, 12 de noviembre de 2012

'Las ventajas del deseo'

Han anunciado el tercer título del autor traducido al español y aún no he terminado y publicado la entrada del segundo, que lleva a medias desde tiempos inmemoriales. Leer 'Las trampas del deseo' [reseña] supuso el refuerzo a todo un descubrimiento realizado poco antes con la lectura de 'Freakonomics' [reseña]. Había despertado un gusto especial por los libros divulgativos donde se pone en entredicho la racionalidad humana y se nos cuenta, de forma amena, el resultado y las conclusiones de una serie de experimentos que, repito, ponen bajo sospecha nuestras teorías íntimas y nuestra visión particular del suelo firme que es —o debería ser— la (maldita) realidad, en lo que a su percepción inequívoca se refiere. Dicho de otra forma, que se ríen en nuestra jeta, se burlan y nos sacan la lengua, cuando aseguramos estar en plena posesión de la verdad absoluta sobre algo (o alguien). Estos son los libros que me gustan, sí.

En cuanto me enteré que Dan Ariely publicaba en lengua de Cervantes una continuación, que no sé si esperada o no, y que para mí fue casi tan sorpresivo su descubrimiento en las estanterías de una librería cuando andaba husmeando otras cosas como fue descubrir la existencia de la primera a través de un buen amigo, no dudé ni un momento en hacerme con ella. «Aquí tiene mi tarjeta» sonreí a la dependienta —con una de esas estúpidas sonrisas que sufre aquel que acaba de descubrir un gran tesoro y lo embarga un sentimiento de posesión que él sólo es capaz de entender— tras pasar las etiquetas del nuevo montón de libros que decidía cargar ese día a casa. Sonreía de sincera felicidad. Qué jodida es la estabilidad hedónica, qué jodida.

Tan contento estaba de comenzar a leerlo que hice gala de ello en la recientemente extinta cuenta de Facebook, contándolo a todos mis amigos y forzando el proselitismo hacia el autor. Que se sepa que había un nuevo libro de Dan Ariely, que yo ya lo tenía y estaba encantado de leerlo. El título de tonto ya lo tengo, así que habrá que aprovecharlo de vez en cuando haciendo tonterías. Por mucho que me arrepienta pasado el tiempo.

Puesto que no conseguimos prever el alcance de nuestra adaptación hedónica, como consumidores solemos necesitar adquirir siempre nuevas cosas, con la esperanza de que un nuevo cacharro nos haga más felices. Es más, un nuevo coche nos sienta de maravilla, pero ese sentimiento dura sólo unos pocos meses. Cuando nos acostumbramos a usar el coche el entusiasmo se desvanece. Así que buscamos alguna otra cosa que nos haga felices: pueden ser unas gafas de sol nuevas, un nuevo ordenador u otro coche nuevo. Este ciclo, que es el que nos lleva a querer tener más que el vecino, también se conoce como estabilidad hedónica.

En esta ocasión Dan Ariely nos embarca en otra serie de experimentos y estudios usando su propia vida como hilo conductor. En estos términos podría resultar una obra un poco más íntima, pues en algunos momentos nos cuenta lo mal que lo pasó tras quemarse y la poca autoestima que le quedó durante un tiempo, o la amplia tolerancia al dolor como secuela de su paso por el hospital y las curas eternas e infernales a las que estuvo sometido; excusa esta o aquella otra para embarcarse en algún experimento particular. Para mi gusto, esta mezcla de introspección personal y experimentos en busca del carácter general de la irracionalidad, no terminó de encajarme bien. No digo con ello que estuviera mal, pero introduce mucha paja y resta efectismo a la verdadera sustancia. Es como esas grandes cajas que uno recibe y que tras abrirlas descubre que hay mucho hueco dedicado a amortiguar el golpe y poco objeto que proteger. Pues algo así me pasó durante la lectura de este libro: había demasiado del autor, quizá únicamente con sentido para sí mismo, que en lugar de conseguir encauzarte adecuadamente ansiando el resultado de los experimentos, más bien aturdía y entremezclaba y ya no terminabas de saber muy bien qué esperar, si otro capítulo de su vida o el resultado de otro experimento. Tal vez sea poco empático, pero para mi gusto la mayor parte de 'Las ventajas del deseo' es relleno innecesario. A ojo de cubero, bueno o malo, le sobra la mitad, diría yo. En realidad es una exageración, pero hubo algunos capítulos en los que sí que me sentía un poco reacio a seguir a causa de tanto dato personal. Y sí, sé que yo hago lo mismo cuando escribo sobre cualquier cosa, pero creo no estar pecando del mal de la paja en el ojo ajeno, ya que yo escribo más bien para mí y unos pocos, la mayoría de ellos sabiendo quien soy y conociendo mis innumerables, irracionales e incorregibles defectos, mientras que este hombre pretende hacer descubrir su ciencia a la gran masa pensante que hay más allá de los mares.

Sin embargo, y pese a ese escorar hacia lo personal, los temas tratados y los resultados de los estudios, las conclusiones a las que se llega, demuestran una vez más que somos todo lo contrario a lo que nos creemos y que, por segunda vez, la irracionalidad, o esos comportamientos que no nos gusta reconocer como propios, siempre está ahí para dar su toque personal a todo cuanto hacemos. En cuanto a esto, reconozco que me ha encantado.

El libro se divide en dos partes y once capítulos, más un pequeña introducción tratando la procrastinación y sus efectos médicos. La primera parte se orienta a la lógica del trabajo, mientras que la segunda la orienta más a la lógica, el desafío que se le hace, en el hogar. Se tratan temas como lo contraproducente de las primas, principalmente cuanto más altas son, la importancia de dar sentido al trabajo o el gran valor que le damos a nuestros propios esfuerzos, independientemente del resultado, mientras cuán poco le damos al esfuerzo ajeno, dedicando un última capítulo al sentimiento de venganza. Esto para la primera perte, la dedicada a cómo afectan y podemos aprovechar los sentimientos irracionales en el entorno empresarial. Ya en la segunda parte, la dedicada al hogar, se nos cuenta cómo somos capaces de acostumbrarnos a casi todo, sobre la adaptación y ligar en Internet, ejemplo de fallo del mercado, por qué somos capaces de ayudar a algunos y condenar a la miseria a otros y, quizá uno que me gustó especialmente, cómo afectan nuestras explosiones emocionales en el largo plazo aunque sea una respuesta para algo concreto en el corto plazo. Mucho cuidado con esto último.

Resumiendo, y ya para finalizar, 'Las ventajas del deseo' es un libro que gustará a todo aquel que, como yo, ande siempre buscando la verdad absurdamente irracional que se esconde tras todos nuestros actos; o buena parte de ellos. Es, como decía al principio, uno de esos libros que gustan si aprecias que desnuden tus miserias y que te demuestren que no eres más que una máquina de emociones y conductas poco racionales y que, por mucho que te empeñes en llevar la contraria, no eres ese dechado de objetividad que siempre te ha gustado creer que eres. Para aquellos que no gusten de ser desnudados de esta forma, y crean en su propia superioridad intelectual, este libro puede ser contraproducente, claro está. Quitando los párrafos que el autor dedica a hablar de sí mismo, como ejemplo particular de aquello que quiere generalizar, y como vehículo de remolque para tirar del resto del contenido, el libro sería un gran libro. Aún así es un texto que recomiendo leer. Aunque el primero estuvo bastante mejor.

domingo, 11 de noviembre de 2012

'La librería de las nuevas oportunidades'

Primero, y antes de entrar en materia, permítome hacer una aclaración. Sinceramente creo que la mejor forma de abandonar este mundo es peleando en las Termópilas, arrasando a los enemigos, insuflándoles temor hasta los tuétanos con cruenta bravura, plenamente consciente del llanto arrancado a sus viudas y vástagos cuando el corazón del enemigo es salvajemente atravesado por la espada y la lanza y reciban la noticia de que sus seres queridos abonan la tierra con sus cuerpos descomponiéndose en el campo de batalla. Y, a poder ser, mejor entrar en batalla y destruirlos en compañía de trescientos hombres igual de despiadados a los que confiarías tu vida, y que han hecho del combate su sentido de ser. ¡Au! ¡Au! ¡Au!

Y tras disipar cualquier duda sobre mi hombría y virilidad vayamos al grano.

Adquirí, más bien abduje a lo tercera fase, 'La librería de las nuevas oportunidades' porque su título me pareció muy sugerente y porque la foto de una chica, muchacha, o mujer con aspecto de muchacha, durmiendo encima de una pila de libros me resultó sumamente evocadora. Hay una canción de Aute que me encanta. Se trata del tema Arrebato [@ Goear]. Fantástica letra y una magnífica participación de Mísia [@página oficial] que con esa voz derrite los corazones más fieros e imperturbables. Lo curioso es que lo primero que uno piensa escuchando esa canción es que se trata de una declaración, de amor sin duda, hacia otra persona. Y seguramente lo es, lo que no es lo curioso en sí. Pero creo que es igualmente válida, la declaración, de amor, y aquí lo curioso y no lo de antes, hacia los libros, hacia las historias que cuentan. Un libro te hace soñar, permite quemar los días y sentir que las lunas son un derroche; consigue desenmascarar a popes y fantoches, y conocernos mejor como para desear quemar nuestras propias cobardías en la hoguera; con un libro en las manos el tiempo, ese payaso, verá que llega con retraso; y siempre traerá la sugerencia de navegar las olas del corsario, aunque prefiramos leerlo tranquilamente junto a las olas de un acuario. Sin los libros morir sería tan solo un dato. Con ellos se siente el arrebato de vivir.

La imagen mental, tal vez la fantasía, de dormir en una librería, tal como ilustra la chica de la portada, que parece tan apaciblemente sumida en sus propios sueños de reparación, es una de esas ideas románticas —de ese romanticismo que parece más místico y aventurero que emocional— que embaucan. En mi caso sería casi un suicidio. Alérgico, asmático y, en esencia, tan mal fabricado, alojarme tan solo una noche en un lugar donde el polvo acumulado se manipularía por paladas y su sedimentación se mide en centímetros de profundidad, un paraíso para ácaros y otros bichos, supondría despertar con los ojos hinchados como pelotas, la nariz hecha un pimiento y en carne viva y con la cara morada por la hipoxia. O, directamente, no despertar por colapso respiratorio. Aún así es una idea evocadora y romántica que me engancha con tan solo imaginarla.

Por último, ese «nuevas oportunidades» resultaba también sugerente. Nos pasamos la vida malgastándola como si fuese un videojuego, en el que podemos guardar y si la fase no nos sale como queremos, volver al último punto de control. Y cuando descubrimos que no es así, la pasamos soñando con volver al pasado y elegir el camino de la izquierda en aquella bifurcación a la que culpamos como causa palpable y demostrable de todos nuestros males o, como poco, partícipe, compinche y cómplice del culpable, siempre ajeno a nuestros deseos e intenciones de entonces, y que con suma inquina nos empujó a lo que somos ahora. Porque, está claro y es una de esas verdades universales que todo hombre y mujer de este planeta sabe, todo lo mal que lo pasamos y todas las desgracias que vivimos son siempre, y con carácter exclusivista, culpa de otros. En resumen, que nos pasamos la vida añorando lo que no pudimos ser y soñando con una nueva oportunidad que nos permita redimirnos y desprendernos de nuestro propio infierno personal. Al menos la mayoría, incluso los que van de duros y sobrados por la vida. En resumen, que lo de pensar en nuevas oportunidades siempre resulta atractivo.

   Oigo sonoros ronquidos procedentes de un pasillo de la sección de historia que, según reza el letrero, alberga libros sobre la Segunda Guerra Mundial. Un hombre barbudo duerme a pierna suelta en el sillón. Sobre su pecho descansa un libro que habla de acorazados, abierto boca abajo. Es increíble la cantidad de tiempo que tienen algunos para dormir, para leer. ¿Acaso no tienen cosas que hacer, correos electrónicos que mirar?

Juntando todo ello, me faltó tiempo para lanzarme a su lectura sin siquiera pararme a leer la sinopsis. Así soy yo, de un pronto que no me aguanto ni cuando me miro al espejo. ¡Au! ¡Au! ¡Au!

Al poco tiempo me percaté que estaba leyendo una novela romántica. Y me parece que es la primera vez que dedico tiempo a leer algo de este género que tanto parece agradar al sexo débil. Y me lo estaba pasando bien, pero realmente bien, leyéndolo. Algo que me resultaba chocante porque, como ya he aclarado al principio, yo soy un hombre muy hombre, un macho muy macho, que nunca, nunca, y nunca, se dejaría llevar por los sentimentalismos absurdos e innecesariamente edulcorados de la novela romanticona, ñoña y blandenguera al uso y abuso que tanto gusta a las féminas. Pero ahí estaba yo, absorto en las palabras que narraban las vivencias de la protagonista, que arranca en la historia tan desorientada como la mayoría de los mortales adultos que alcanzan esta edad sin saber cómo, exactamente, han llegado hasta aquí, generalmente culpando de todo a las traiciones ajenas, devorando párrafo tras párrafo, flotando entre las páginas, y queriendo saber más de la historia y de la forma en que se iban tejiendo los acontecimientos, siempre albergando la esperanza, en algún rincón oculto de mis vísceras, que el final fuese feliz, que el destino pusiera en su sitio todas las cosas y que, de alguna forma extraña, sobrenatural y mística, por una vez pudiera decir aquello de que el karma, a fin de cuentas, sí que existe y recompensa a quien debe recompensar. Por un momento me sentí como el protagonista de la película 'El viejo que leía novelas de amor'; viejo sí, pero sin selva ni tigresa, de género felino, que no humana, a la que dar caza. Por cierto, que tengo apuntada la novela de Sepúlveda, de la que parte la historia del viejo, para leer cualquier tarde de estas.

La historia narrada por Anjali Banerjee arranca de forma genial, de esas formas que atrapan tan pronto has leído los tres o cuatro primeros párrafos. Parece una historia normal de cualquier mujer normal con una edad normal y con problemas normales en un lugar poco normal. El lugar, una bucólica librería construida y mantenida en una apartada isla perdida de las ondas electromagnéticas y regentada por una vieja, la tía de la protagonista, y que es tan poco normal como la librería en sí misma, donde suceden cosas poco normales y donde los libros parecen marcar el control de los acontecimientos. Lamentablemente, y siempre para mi gusto, el libro va perdiendo fuerza poco a poco, se desinfla, y cuya historia resulta hasta predecible desde la mitad aproximadamente. No tengo experiencia en la prosa romántica, pero ese cambio de aptitud de la protagonista después del previsible revolcón con el espíritu aventurero, que poco a poco la va seduciendo, es, cuando menos, bastante primario, ¿no? Porque vamos a ver, que un tipo vaya por la vida convencido de que darle un viaje a una chati le puede cambiar la vida, a la chati claro, pues es normal; a fin de cuentas somos bastante primarios, tal como las chatis recurrentemente remarcan sobre nuestra condición de hombres. Pero que a la chati de la novela le pase lo mismo, pues como que deja a nivel muy primario también a las mujeres, digo yo. Que sí, que vale, que el alma cándida se lo curra poco a poco y tal y cual, pero vamos, que lo que pasa en la buhardilla de la librería, con esas posturas que no recordaba desde sus tiempos de adolescente, me parece a mí muy básico y primario. En cualquier caso, y aunque esto no es más que un punto de destino de la novela, y casi se podría afirmar que he reventado el final, algo que no es así, la historia es realmente interesante porque nos va narrando el proceso de ajuste, de redescubrimiento de todo aquello que gustaba a la protagonista y que, por esas cosas que pasan en el día a día y que tampoco sabemos explicar muy bien cómo ni porqué, se van olvidando en algún rincón del alma. Precisamente por eso, puede que acabemos sintiéndonos incompletos y a disgusto con ese mismo día a día. En la historia se nos cuenta la importancia de la buena lectura —punto a su favor— y cómo los libros, las historias que nos cuentan, pueden ser tanto o más importantes en nuestras vidas de lo que a priori creeríamos. Pueden ofrecernos un descubrimiento que haga de nuestra vida una existencia mejor. En serio.

En definitiva, una novela agradable, que aunque bastante lineal y que decae relativamente pronto, es de esas novelas que apetece leer en una tarde de otoño o invierno, bajo una manta, disfrutando del tiempo y dejándolo hacer a su antojo mientras nosotros, los verdaderos protagonistas del acto de leer, nos embarcamos en la travesía sobre los mares que nos abren las hojas desplegadas del libro. Un parábola cuya moraleja podría ser la de que no debemos dejar de ser nunca nosotros mismos, y que buena parte, tal vez la más importante, de aquello que somos, nuestra identidad, son esas cosas que tanto nos gustaba y de las que aprendimos a disfrutar desde la infancia. Un historia que deja muy buen sabor de boca y la satisfacción de que, de una forma u otra, las cosas tienden a terminar bien. Un libro que nos hace sentir un poquitín más humanos, mejor con nosotros mismos y con los demás, y con la breve satisfacción de pensar que el universo no conspira constantemente contra nosotros.

Al final resultará que no soy tan fiero como me creo… ¿Au?

lunes, 5 de noviembre de 2012

'El cuento de la isla desconocida'

Un hombre llamó a la puerta del rey y le dijo, Dame un barco. La casa del rey tenía muchas más puertas, pero aquella era la de las peticiones. Como el rey se pasaba todo el tiempo sentado ante la puerta de los obsequios (entiéndase, los obsequios que le entregaban a él), cada vez que oía que alguien llamaba a la puerta de las peticiones se hacía el desentendido […]

Así da comienzo un pequeñísimo cuento de José Saramago [@ wikipedia] publicado en 1998 y cuya recaudación, mil pesetas en la moneda en circulación de aquel entonces, se destinaba íntegramente a la Cruz Roja. Tan pequeño es que, aún en tapa dura no llega al centímetro de grosor en su lomo, su área no es mayor que la de una caja de disco compacto, lo engordan unas pocas ilustraciones dispersas en su interior, y, en páginas, con letra para cegatos, no llega al medio centenar, que si puestos los párrafos en páginas din a4, no llegaría a la decena. Es tan pequeño que no resulta extraño que se extravíe entre los estantes, apretujado entre libros más grandes, altos y gordos, pesados a fin de cuentas, y pase desapercibido meses y años a su sombra y, por qué no decirlo, abrigo y protección. Pero ahí está, cuando toca reducir inventario, para buscar sitio a las novedades, reaparece y, por su pequeñez, y por ser de quien es, se queda otro ciclo vital, en lo que a ciclos vitales de libros se refiere.

Pero es engañoso, porque en la tradición de los grandes cuentos, con moraleja incluida al final, es un libro grande, con la salvedad que se lee en un plis plás. Bonito, en la forma en que Saramago sabe hacer las cosas bonitas —o sabía, que no hay que olvidar que el genio murió hace poco más de dos años— y con esa dinámica que su forma tan particular de contar, donde abundan las comas y las mayúsculas después de las comas y escasean los puntos, sean seguidos o a parte, donde los diálogos se leen en horizontal en lugar de en vertical, y, en definitiva, donde narrativa y mecánica cinética se abrazan en simbiosis para mantener un ritmo emocionante, aún en las situaciones más mundanas. Es una historia que, salvo que la alquimia de la exposición a todo lo social, hoy amplificado a grado superlativo en su versión dos punto cero, haya transmutado en piedra todo rincón del seso, consigue hacer pensar tras su brevedad, e, incluso, inspira a soñar, porque el empeño, puesto a ello, todo lo puede y, en definitiva, aplicarse a propósitos imposible es el mejor camino para descubrirse a uno mismo en el proceso.

Un minúsculo libro que agradeces reencontrar de vez en cuando y en el que da gusto perderse un ratito, que no alcanza a mucho más, y que deja un gran sabor tras su lectura. En literatura, lo que un bombón es para el sentido del gusto, 'El cuento de la isla desconocida' es para el sentido del propio ser y de la propia identidad: Te hace sentir mejor contigo mismo y con los demás.

sábado, 16 de junio de 2012

'El lamento del perezoso'

La lectura de 'Firmin' [mi reseña] fue una experiencia inmensa. Sobrecogedora con sentimientos enfrentados. Alegría, humor y placer por el recorrido de situaciones y bufonadas del protagonista; tristeza y pena por las penurias que su condición le regala en la persecución de sus deseos y aspiraciones y por una vida plagada de tropiezos. Una rata que, en alma, no dista mucho de la mayoría de nosotros. Diría, incluso, que más humana que muchas personas que conozco. Dichosa empatía la mía.

Con su primera novela traducida y publicada [1] en lengua de Cervantes, Sam Savage [@ Wikipedia] me ganó como fiel seguidor y amigo incondicional. Incondicional en la manera que encorseta la unidireccionalidad del admirador anónimo que es desconocido por el admirado. Y a mi manera de ser fiel, claro, que como en todo y con todo hay matices, facetas y gamas cromáticas. Poco tiempo después de concluir la lectura de la primera descubrí en las librerías la recién publicada segunda (tercera), 'El lamento del perezoso', que el lamentado lector ocasional de la discontinuidad que resulta ser este mi rincón tendrá que lamentablemente sufrir leyendo y lamentándose observando impotente cómo destrozo su esencia y carisma, las del libro, con mis palabras, mis circunloquios y, en general, mis idas y venidas sin concretar destino claro y sin concluir nada aprovechable por generaciones venideras. Me considero amigo fiel, como decía, hasta el extremo del sacrificio si la ocasión lo demanda, pero de forma sosegada y, en crítica de muchos, desapegada. Así que aún viéndola expuesta en mis visitas periódicas a las librerías en busca del consuelo del consumista, que no es otro que dar satisfacción al deseo de consumir, la ignoré de forma reiterada, tozuda y persistente mientras la conciencia, ese parásito que nos recuerda a cada paso que no somos realmente tan fidedignos y en general algo peores de como nos vemos a nosotros mismos, me obligó a adquirir la edición de bolsillo por cinco euros en lo que, a escala cuántica, sería el equivalente al tiempo infinito y difícilmente imaginable entre causa y efecto.

Tal vez por resarcir al autor, o por acallar a mi conciencia, poco después [2] comenzaba su lectura. ¿Qué decir tras concluirla? Pues más bien poco. O mucho. En esencia, que no defrauda. Pero tampoco entusiasma como la primera. Aunque comparten la ambigüedad magistralmente retratada de la vida de comedia de un bufonesco protagonista —aquí un intransigente cuarentón proselitista del propio ego, allí una rata de portentos intelectuales de difícil imaginación—, que hace reír y divierte, y el drama impermeable, reverso de una misma moneda, de las aspiraciones y deseos insatisfechos e insatisfacibles que lo empujan y arrastran en la deriva existencial, esbozo amargo en esencia de cada uno de nosotros. Y en ambos textos, los protagonistas dan muestra sobrada, a veces en exceso relamida, de un intelecto de prodigio que asustaría al más pedante y que, al lector que fui yo, empequeñece por la fertilidad del verbo y la riqueza del sustrato lingüístico con el que el autor insufla argumentos y vida a los personajes protagonistas de sus dramas. Para quitarse el sombrero.

Queridos Vikki y Chum-Chum:
    No hagáis caso de lo que dicen. Os lo prometo, no hay absolutamente nada de qué preocuparse. Estoy en el convencimiento de hallarme en un momento decisivo de mi vida, a pesar de todo, un momento que un día, al mirar atrás, consideraré el «pórtico de todos estos años tan fructíferos», o algo por el estilo.

                  Con mucho cariño para los dos,
                  Andy

Que entusiasme en grado menor que la primera no significa que no suponga una lectura apasionante. No tan arrebatada como 'Firmir', pero igualmente absorbente y que cumple con creces el fin con el que nace todo libro, hacer disfrutar —aunque sea sufriendo la vida del personaje— con una historia bien contada y expuesta. Algo que parece ser, con tan breve recorrido en producción literaria, marca del autor.

Para esta ocasión Sam Savage elige contarnos la vida y obra de Andy, el protagonista, como si fuese una exposición de fotografías cronológicamente ordenadas, donde aquí el fotograma se sustituye por un texto, la mayoría de las veces cartas que envía en respuesta o demanda a terceros, pero también en anuncios de prensa que publica o en narraciones que el protagonista, como autor, editor, director y promotor de una revista, produce. Entre una fotografía y otra somos nosotros, en el papel de ávidos lectores, drogadictos que no ven el momento de encontrar otra dosis, los que rellenamos el intervalo transcurrido con la pieza que falta y en el que los actores secundarios, simplemente mencionados como destinatarios de respuestas escritas, toman cuerpo y ganan en presencia por las descripciones, el lenguaje y las emociones con que se les responde en las epístolas. En este aspecto, y para mi gusto personal, 'El lamento del perezoso' consigue superar a 'Firmir' al darnos la oportunidad de ser nosotros, al transmutarnos en una suerte de copilotos de la carrera, poniendo nuestra imaginación a trabajar a destajo para rellenar los huecos entre respuesta y respuesta.

El preámbulo de la narración, en la forma de sus primeras cartas, comienza de forma cómica, y porque aún no conocemos en profundidad al protagonista, del que casi se sospecha inmediatamente, sinceramente se presta a ello, que se trata de una versión agorafóbica, más sociópata y refinada, pero igualmente estrambótica y catártica, de Ignatius J. Reilly [3]. Pero a medida que avanza la historia se torna, a cada mensaje y carta enviados, en trágica, tragicómica, de la forma en que un personaje de las características de Andy (o Ignatius) puede ir sumergiéndose en las miasmas de la cocción lenta de sus neurosis hasta el punto de creer, poco después de alcanzado la meta volante que suponen las dos terceras partes del libro, que únicamente hay un final posible. A esa misma altura de la lectura se observa, como inspirado, de la forma en que inspira la buena prosa, que es observable, ahora ya transcurrido un tiempo, algo que pasa igualmente con las marcas de la edad, perceptibles únicamente cuando pasa un lapso considerable entre dos vistazos, la forma en que con cada carta se va erosionando el talante moral que amalgama al protagonista. Como si con cada correspondencia se arrancase parte del cemento con el que se sujetan los ladrillos que conforman la identidad del ser, preñado con sus anhelos y sus miedos, y que, a estas alturas de la lectura, lo que se percibe aún desdibujado es un castillo de naipes de precario equilibrio preparado y esperando al golpe de gracia. Y uno se adentra en el último tercio sobresaltado, deseando que no llegue lo inevitable y que el golpe finalmente yerre diana. También en ese momento te sorprendes con qué facilidad el autor, casi con la magia de un ilusionista, consigue embaucarte para que subas al escenario y permanezcas un poco más esperando la conclusión del número de prestidigitación magnífico en el que no haces más de preguntarte dónde estará el truco. Porque todos los buenos espectáculos de prestidigitador y todos los buenos libros deben sorprender al final.

'El lamento del perezoso' es un muy buen libro, para mi gusto, que, como poco, es muy, mucho, recomendable, pero que yo, y pese a la devoción adquirida por su autor, no concluiré con un must read. Pero se le acerca. Si puedes, léelo. Merece la pena.


[1] Sorprendentemente, hasta el momento de escribir esta cutre-reseña estaba convencido de que era la primera novela escrita por el autor a nivel universal, indistintamente de lengua y credo del que leyese, pero una rápida y fugaz visita a Wikipedia, por eso de intentar parecer más culto de lo que soy realmente cuando escribo, dio lugar al descubrimiento de que no, no era la primera y sí la segunda. Aunque tampoco es que haya publicado mucho más.
[2] Aunque no debería ser sorpresa para nadie a estas alturas, y aunque de la sensación de que es fresco el lenguado que corto y presento en esta entrada, en realidad se cuenta en meses el tiempo que ha transcurrido ya desde su lectura. Si me descuido un poco más, incluso diría que ha cumplido el primer aniversario —y algo más—. Se está convirtiendo en práctica habitual en mí.
[3] El protagonista de la genial 'La conjura de los necios' que, aprovechando el momento para seguir pariendo texto sin más finalidad que la de aumentar la entropía del universo en la forma del movimiento obligatorio de electrones y fotones llevando reiteradamente esto a un ordenador y a otro, y de ahí a la retina y cerebros de los despistados visitantes, que la novela de John Kennedy Toole ha subido en las últimas semanas puestos para ser releído, y disfrutado, en breve. Diría que va a por la cuarta relectura de tan magna novela.

miércoles, 11 de enero de 2012

'La dictadura de la incompetencia'

En general no me escucharán nunca —o leerán por aquí— que defienda el espíritu suprafuncionarial de este país. De hecho ya me he quejado alguna vez [1] sobre esa tendencia o deseo generalizado de alcanzar un puesto de funcionario, o de trabajador para el Estado, que «garantice» un ingreso de por vida y, parece que viene relacionado, «pegarse la vida padre» a costa de los impuestos de todos. Aclarar también —o mejor dicho, por otro lado, paralelamente o en contra de lo anterior—, y para que conste que a) no me parece mal que todos deseemos estabilidad, es lo lógico; y b) menos aún que no haya funcionarios. En todo país democrático deben existir mecanismos del Estado, ajenos a los intereses privados, que garanticen el buen funcionamiento de las instituciones y que velen por las necesidades de los «menos afortunados» o, en virtud de una enseñanza realmente libre y plural, por poner un ejemplo particular, tengamos —todos— una educación de primera. Para ello es imprescindible contar, como sucede en la empresa privada, con buenos profesionales. Y, juntándolo todo, es imprescindible tener buenos, competentes y entregados empleados públicos. Pero de ahí a tener una población cuya única aspiración laboral es la de ser funcionario porque sí, porque parece que es la única forma de estar tranquilo y tener vacaciones de lujo, sin importar si hay duplicación de puestos, si se hace mejor o peor la función o, directamente, porque nadie te puede ya ni soplar a la oreja, hay un trecho inmenso. Sin embargo este país lleva bebiendo, toda una generación, de la creencia de que lo óptimo, lo correcto y lo justo, es aspirar a un puesto de funcionario.

Así que no es de extrañar que, con este planteamiento previo, tal vez ligeramente atravesado, y tras haber leído el resumen sobre el libro 'La dictadura de la incompetencia', no lo pensara mucho y me lanzara a su compra y posterior lectura. Casi esperaba poner en marcha ese fantástico prejuicio cognitivo que es el sesgo de confirmación, que casi siempre lleva a la profecía autocumplida, con la lectura de este ensayo. No en vano considero que rayo la tontería suprema y que bien me vale, a falta de una pasión deportiva que me conforme con la lectura del Marca o el As, leer las Verdades que otro iluminado, de similar pensamiento al mío, ha logrado grabar en una tirada de libros. Sí, es agradable creer que uno no está sólo en el universo.

El libro se lee rapidísimo. Incluso, por ese lenguaje de primera persona elegido para contar las cosas, resulta ameno. Y hay muchos datos, que en una primera lectura, sorprenden. Con muchas de las anécdotas, además, estoy muy de acuerdo con el autor. Aunque, en general, comete bastantes errores, a mi parecer imperdonables, con su argumentación. De hecho, a veces sospecho que cae en la exageración gratuita, o forzada, para sustentar su postura tocante en lo radical, con datos e información que no parece especialmente real. En particular, de la lectura del capítulo correspondiente, parece que el rendimiento productivo del español medio entra de lleno en la categoría de detritus desastroso, cuando, visto en análisis de otras fuentes, tampoco somos tan gandules [2]. Y ese, resumiendo muchísimo, incluso hasta el punto de parecer injusto, es en general el soliloquio del autor. Algo así como «mira bien, para que veas que tengo razón, te presento este dato y esta otra gráfica y, además, los justifico dando por sentado que los funcionarios son unos gandules que se pegan la vida padre». Y es que claro, si no partimos de la idea de entrada de que los funcionarios son gandules, igual la argumentación se tambalea un poco.

    Lo que quiero decir es que tanto los trabajadores como la sociedad en general deben recibir una educación —que debería empezar en la escuela— que les enseñe que el individuo tiene que ser más autónomo y, en definitiva, más libre. No podemos esperar que los poderes públicos vengan a sacarnos las castañas del fuego, bastante trabajo tienen procurando no pisarse los cordones de los zapatos demasiado lujosos que les hemos comprado entre todos. Deberíamos acostumbrarnos a la idea de que el futuro es incertidumbre. No querer aceptar esto es como no querer aceptar que en verano hace calor.

Pero no son, en realidad, los funcionarios los peor parados ni el objetivo principal de este libro. En general el ataque se dirige contra la clase política. Y he de decir, confieso cual bellaco sometido a un interrogatorio duro, que esta parte me gusta más. No en vano se han convertido, por obra y milagro de un sistema electivo algo defectuoso, en una clase que, con acto tras acto, parecen querernos transmitir que andan por encima del bien y del mal o que, a todas luces, están fuera, en su Olimpo particular, del alcance de las críticas del populacho. Al menos esa es mi visión y, cuando el autor carga contra ellos, no dejo de sentir cierta satisfacción. Pero, una vez más, hay que coger con cuidado los hilos argumentativos. Por ejemplo, tomando la cita elegida para este libro y esta entrada, podemos ver que hay, al menos, cuatro o cinco ideas en el párrafo: a los individuos de una sociedad hay que educarlos para ser autónomos (A), autonomía es libertad (B), los poderes públicos (Estado) no debe sacar las castañas del fuego (C), los poderes públicos son corruptos y malversan el dinero de todos (D) y el futuro es incierto (E). Quitando (E), por tautológico, parece que quiere decir, por un lado, que como (D), entonces mejor no (C) y que, por tanto, (A) y (B). O, dicho con palabras: Dado que no podemos esperar gran cosa de nuestros dirigentes, más bien dedicados a malgastar el dinero de todos, no debemos pedirles que se dediquen a sacarnos las castañas del fuego, por lo que hay que enseñar a los ciudadanos a ser más autónomos ya que, como todos saben, la autonomía es libertad.

¿Por dónde empiezo a desmontar tanta patraña? Para empezar, hay hipótesis de fe. O sea, tenemos que creernos, necesariamente, que autonomía es libertad. ¿Entonces, una persona que requiere cuidados por ser tetraplégico no sería una persona libre? Al menos autónomo no parece serlo. Por otro lado, afirma que los poderes públicos no deben sacarnos las castañas del fuego. ¿Entonces para qué coño están? Es precisamente para velar por el bienestar de todos, y eso significa sacar las castañas del fuego cuando es necesario. Llevado al extremo, ¿significa que si alguien me intenta robar el coche, debo ser autónomo, pues eso significa ser libre, y, si se da la oportunidad, meterle cuatro puñaladas por la espalda ya que no puedo esperar que los poderes públicos me saquen las castañas del fuego (o sea, velen por mi propiedad)? Pero, además, da por hecho que esto es válido porque los gobernantes son todos corruptos. Sinceramente, es una argumentación bastante floja e inconexa. Y, en general, hay unas cuantas más en el libro.

Sin embargo y pese a todo lo comentado, el texto ofrece también bastante puntos de vista interesantes —y en primera instancia sustentados con datos objetivos— por lo que merece la pena ser leído. Cierto que se corre el riesgo de sumergirse, sin actitud crítica, en un universo de medias verdades, abreviaciones perversas y de visiones particulares, pero, en general, el libro en sí mismo es un claro ejemplo de una actitud crítica, del valor importante que significa la libertad de expresión —libertad, a fin de cuentas— y, fundamentalmente, de que hay otros puntos de vista totalmente válidos y de los que, al menos ha sido mi caso, se pueden sacar datos e información útil y esclarecedora. Incluso aprender, que muchas cosas he aprendido también. Es un libro que recomiendo leer. Con cautela, eso sí, pues no deja de ser una pataleta literada. Pero hasta de las pataletas, algo bueno se puede sacar. Y de esta, en particular, unas cuantas.


[1] Hace más de un año ya publiqué una reflexión al respecto: ¿A qué coño aspiramos como personas? ¿Y como nación?
[2] ¿Quien trabaja más en Europa y cual es el país más productivo?

martes, 11 de octubre de 2011

'La brújula interior'

Cuando estuve en Madrid la época anterior (octubre 2009 a marzo 2010), cada vez que venía a Las Palmas, paraba en uno de esos kioskos de venta de prensa, chucherías y mil artículos más, que hay en cada uno de los aeropuertos del territorio, a veces con varias réplicas de sí mismo repartidos por las terminales. En el que se encuentra justo a la entrada a la zona correspondiente a las puertas E y F de la Terminal 2 del aeropuerto de Barajas, hay un estante en la puerta repleto de libros de esos que han venido en agrupar en la colección Empresa activa [sitio web] y que se supone que representan las ideas punteras sobre gestión empresarial de comienzos del siglo XXI, pero que en la práctica no dejan de ser libros de autoayuda disfrazados por la idea grandilocuente del «desarrollo personal para la gestión empresarial». Cada vez que cogía un vuelo para Las Palmas paraba allí y, por arte y gracia de mi ansia consumista, acababa comprando uno, dos, incluso cuatro, libros cuyos títulos me inspirasen confianza. Así tengo la estantería llena de estos libros que, de momento, y salvo porque en algunas ocasiones resultan en historias curiosas y entretenidas, carecen de una aplicación práctica que merezca la pena reseñar. Aunque eso sí, en varias ocasiones, al menos, consiguen que te pares a pensar y meditar las cosas.

Y, precisamente, dentro de ese reducido grupo de libros que te obligan a pararte a pensar las cosas cae 'La brújula interior', de Álex Rovira Celma [sitio web], autor que aparece en portada de varios de los libros de esta colección. El texto está estructurado como una serie de cartas que envía el autor, cansado de su existencia y quemado con su trabajo, a un hipotético jefe que no resulta ser otra cosa que él mismo (su yo inconsciente, supongo). El éxito del mismo se basa en que cada carta suelta una carga de profundidad que remueve los cimientos de tu consciencia y que han de suponer un revulsivo que te haga reaccionar. Al menos eso en teoría. En la práctica los primeros capítulos —o cartas— resultan de una contundencia tal que te hace boquear, pero después, a partir de la cuarta o quinta carta es una reiteración de las mismas ideas, básicamente. Aunque, sinceramente, no me parece mal que lo recalque, porque nuestros cerebros no dejan de ser en su esencia de lagarto abrigados en gelatina de mono. Y necesitamos que nos repitan una y mil veces la misma idea para que cale.

DECIR QUE NOS TENEMOS QUE GANAR LA VIDA IMPLICA PARTIR DE LA PREMISA DE QUE LA VIDA ESTÁ PERDIDA.

'La brújula interior' es un texto que recomiendo. Básicamente porque se lee casi de un tirón —precisamente gracias a lo cual llega a la categoría de recomendado, caso contrario dudo que lo hubiese incluído— y porque, al menos para muchos, parece que es necesario que nos recuerden con frecuencia algunas de las ideas sumamente importantes que acompañan a cada carta. Desde luego mal no te hará leerlo, y es posible que bastante bien consiga hacerte si te paras a reflexionar en lo que expone y en las ideas que ofrece.

jueves, 22 de septiembre de 2011

'¿Quién se ha llevado mi BlackBerry™?'

A veces está bien fiarte del criterio de otros para elegir los libros. Ya resulta archiconocida (al menos para los que sigan este blog de forma asidua; sulaco, Luis, mi mujer y nadie más mi hermana y adastra y Esteban y ladrona de calcetines y… ¿alguien más? Juer, si al final esto va a estar más transitado de lo que creía) mi tendencia a comprar libros por el título. Y lo cierto es que si no es porque me lo recomendó encarecidamente un amigo, nunca me hubiese comprado voluntariamente '¿Quién se ha llevado mi BlackBerry™?'. No es menos cierto que el libro resulta sumamente entretenido y que le agradezco la recomendación.

El texto está genialmente planteado utilizando mayormente los mensajes de correo electrónico enviados por el protagonista para contarnos el día a día de un directivo de una multinacional. Por el contenido de los mismos uno puede imaginar lo que ha escrito la otra parte, y cómo son las relaciones del fulano con el resto de compañeros de la empresa y sus más y sus menos con la familia, lo que lo convierte en un experimento entretenido para la imaginación.

También resulta genial la visión crítica, a modo de burla inmensa, con la que nos cuenta, desde el punto de vista del protagonista, un ególatra desmesurado, machista y directivo de altos vuelos, los tejemanejes de una gran corporación y de los valores morales, éticos y estéticos, sospecho que de total actualidad y triste validez en la mayoría de las empresas del Mundo, en especial y por cercanía las españolas, que imperan en los pasillos de la compañía y en las mentes de aquellos que manejan el cotarro.

De: Martin Lukes
A: Jenny Lukes

Cariño, creo que no has entendido que se trata del mayor punto de inflexión en mi carrera hasta la fecha. Estoy seguro de que a tus padres no les importará; de todos modos no les caigo bien.

Las cuitas —desternillantes en muchas ocasiones para el lector— del protagonista se presentan a lo largo de un año, cuya justificación para esta arbitrariedad la encontramos en una asesoría a distancia contratada por él mismo con una experta en couching coaching y cuyo programa se limita a una serie de ejercicios fijados a principio de cada mes y al intercambio de correos electrónicos que ello implica. Especial mención merecen las respuestas de este cretino ilustrado a los ejercicios propuestos por la asesora. Si no fuese porque es un reflejo, creo que bastante acertado de la realidad, uno se preguntaría cómo demonios ha llegado un tipo como ese a un puesto de tanta relevancia.

Mis últimos años profesionales —hablo de los correspondientes a la empresa anterior— se desarrollaron en una gran empresa. Particularmente me resultó imposible no tender puentes entre lo que leía y lo que había vivido —a veces sufrido miserablemente— en esa organización. Había momentos en los que sinceramente creía que la autora conocía personalmente a toda la plantilla directiva que decidía hacia qué iceberg nos dirigíamos a todo vapor.

Un libro realmente divertido y que merece la pena leer, que se lee rápido porque no es demasiado largo y engancha desde las primeras páginas. Altamente recomendado.

miércoles, 2 de marzo de 2011

'La proporción áurea'

En el primer día de la visita a Sevilla [1], tropecé con uno de esos quioscos de prensa que tienen todas las grandes ciudades repartidos por sus aceras. Como en Las Palmas no abundan —de hecho ahora mismo soy incapaz de recordar ninguno—, tropezármelos siempre atrae mi mirada [2]. En esa ocasión inmediatamente identifiqué la palabra «Matemático» —debo tener algún trauma infantil al respecto que antes de darme cuenta ya he leído palabras como «metemáticas», «científico», etcétera, etcétera, etcétera— y me lancé a mirar de qué se trataba con mayor detalle. Mi visita a Sevilla coincidía con el lanzamiento de la serie 'Mundo Matemático' editada por RBA. Sin meditarlo mucho compré allí mismo el primer volumen y, al llegar al hotel, formalicé mi suscripción por Internet. Al poco me llamaban para decirme que por motivos de calidad en la impresión cancelaban la colección hasta nuevo aviso. Meses después se ponían nuevamente en contacto para decirme que relanzaban la colección, por si estaba interesado en reanudarla. Como en aquella primera ocasión, no lo dudé demasiado.

Ahora mismo hará dos años del viaje a Sevilla y en unos meses concluirá el ciclo por el que recibo dos libros cada mes. Decía lo de casi dos años porque es lo que he tardado en leer el primero. No tengo perdón, pero ya he comentado muchas veces por aquí que soy de compra compulsiva en cuanto a libros y que entran en mis estanterías más de los que leo y, posteriormente, salen. Para sufrimiento en silencio de mi infinitamente paciente mujer [Mis ratos en la cocina]. Pero es que yo soy así y qué le vamos a hacer si tonto me han parido. El caso es que no sé a qué problema de impresión se referían. La nueva edición, que ahora lleva en la portada «El mundo es matemático», además de ser de un tamaño menor, sí llevan el nombre del autor de cada libro en el lomo. Tal vez fuera esto, pero el formato del primero me gusta más que los nuevos. Eso sí, tiene mucho margen en las páginas que no deja de ser papel desperdiciado. Por cierto, el papel también parece de mejor calidad en el primer intento. Sospecho que lo que la editorial quería decir era que tenía menor margen de beneficio. Pero no es mi intención discutir sobre el cálculo del beneficio ni de las matemáticas financieras de la editorial.

Esto no es una novela, así que no tengo que controlarme a la hora de hablar sobre el argumento para no desvelar parte —y no hay mucho peligro si lo hago—. Aunque tampoco hay mucho que contar que no sea un resumido, y para mí apasionante, viaje por la historia de uno de los miles de afluentes que alimentan las Matemáticas y de las curiosas relaciones que hay entre Naturaleza y Arte, por ejemplo, con el número Φ (fi) [3], denominado así en honor al arquitecto griego Fidias (tal como lo cuenta el propio libro), y también conocido como número de oro o proporción áurea. Incluso dentro de las propias Matemáticas se encuentran relaciones con la proporción áurea dentro de la Geometría —de hecho principalmente con ésta— o los Fractales, por poner algunos ejemplos. De hecho, tal como indica el texto, la relación entre los lados de una tarjeta de crédito, de cualquiera porque todas tienen las mismas dimensiones, dan como resultado el número de oro; se trata de un rectángulo áureo. Pero el número de oro tiene también particularidades casi únicas consigo mismo y relaciones estrechas con una de las sucesiones más famosas de los ejercicios de recursividad en Informática: la Sucesión de Fibonacci [4].

[…] Si alejamos nuestra mirada de los trabajos del hombre y la posamos en la naturaleza que nos rodea, también allí nos espera, enigmática y sonriente, la proporción áurea. El crecimiento de muchos seres vivos sigue las pautas marcadas por ella, e incluso los fractales, unos recién llegados al universo de la ciencia, exhiben propiedades que los vinculan con la divina proporción.

Obviamente es un libro que gustará a aquellos que, de por sí, ya tengan cierto gusto por las Matemáticas. Es mi caso. O de aquellos que, sintiendo gusto por la Historia de la Ciencia, aprecien una suave aproximación a la influencia de un número tan particular en diferentes momentos de la Historia. El recorrido, que huye de profundizar en exceso en aspectos complicados y aburridos que se suelen relacionar con la materia, cuenta buena cantidad de anécdotas y se para a detallar algunos aspectos de la biografía de algunos de los personajes que elevaron a grado de divino el número Φ, o de las particularidades puntuales de algunos aspectos de las curiosas relaciones que tiene con otras doctrinas. Es, en resumen, un libro de lectura amena y recomendada, cuyas apenas ciento cuarenta páginas son buena compañía para cualquiera que, como decía al principio de este párrafo, aprecien en su digna medida los distintos cauces que ha tomado el conocimiento humano. O que símplemente tenga curiosidad por saber qué proporciones son las consideradas perfectas en la figura humana, por poner uno de muchos ejemplos.


[1] Hay tres entradas en el blog al respecto. La primera: 'Unos días por Sevilla'. Las otras dos entradas son 'Sevilla. Dormir y comer' y 'Sevilla en números'.
[2] Hay una cosa que me encanta de las ciudades culturalmente avanzadas. Al menos las que yo he visitado, que son muy pocas. En todas hay muchos quioscos de prensa en la calle. Disfruto del hecho de pasear por la zona centro de Madrid, sobretodo por Gran Vía, y ver cada dos por tres un quiosco repleto de revistas y periódicos. Siempre son los mismos periódicos y las mismas revistas, pero siempre me quedo mirando a ver si hay alguna cosa distinta al que acabo de dejar atrás.
[3] En la entrada de la Wikipedia relativa al número áureo, http://es.wikipedia.org/wiki/Número_áureo, hay un buen resumen de todo lo que se pueda relacionar de diferentes ramas de conocimiento con la proporción áurea.
[4] En particular en Algoritmia, cuando se introduce el concepto de función recursiva, al final acaba uno implementando el cálculo del factorial de cualquier número y el cálculo de cualquier término de la Sucesión de Fibonacci (http://es.wikipedia.org/wiki/Sucesión_de_Fibonacci).

sábado, 8 de enero de 2011

'El bufón'

En las portadas de todas las novelas de Christopher Moore que he tenido en mis manos, o en las entrañas de mi iPad, hay una frase que aparece siempre con apenas variación en su morfosintáxis: «Del autor de El ángel más tonto del mundo». Al menos en las ediciones en español. Y salvo, claro está, la propia novela 'El ángel más tonto del mundo' [mi reseña]. Aunque el editor más tonto del mundo podría haberla puesto por aquello de reforzar la idea global de que la mejor novela del autor es, precisamente, esa. Algo que, tras leer 'El bufón', que por cierto también trae en su portada o pseudo portada, electrónica en este caso, esa misma declaración, estoy por jurar: De momento, la novela del ángel con serio síndrome de cretinismo es la mejor de todas. Aprovecho para volver a recomendar aquí su lectura.

Sin embargo, si hay una novela de Christopher Moore —de las leídas hasta ahora— que está casi a la altura de la tan mencionada crónica de un ángel tonto es, y con diferencia hasta la fecha, 'El bufón'. Por el toque original con el que se dedica a revolcar, revolver y retorcer la hipertragedia y megadramón clásico de Shakespeare 'El rey Lear', y por la gran cantidad de momentos divertidos y carcajadas que uno suelta durante su lectura. Si en nuestro universo conocido a la materia le corresponde la antimateria, a 'El rey Lear' le corresponde, en justo y merecido primer lugar, 'El bufón', que en ésta adquiere el mayor de los protagonismo narrando las vicisitudes de todos los personajes en un tono de egoísta, descarada y cínica primera persona.

Reconozco que soy de espíritu crítico débil y que si un chiste o un párrafo cargado de prosa imaginativamente cómica, ocasionalmente rayando en lo soez, me pilla por sorpresa, la obra que lo contiene gana muchos puntos en mi marcador personal. Con 'El bufón' tropecé con algunos de esos párrafos que pasarán a mi colección de momentos de lectura geniales y de atragantadera por risa descontrolada. En estas ocasiones doy gracias si la carcajada tonta me pilla en la intimidad de mi casa y no en el transporte público. (Aclaro que evito elegir esos párrafos para acompañar mis reseñas por aquello de favorecer que posibles, aunque improbables, lectores disfruten de ese mismo placer del descubrimiento abrupto y de la carcajada espontánea).

    —Nada de eso, muchacho, nada tan sórdido como la política. Lo nuestro es venganza pura y dura. A nosotras la política y la sucesión nos importa un comino.
    —Pero vosotras sois el mal encarnado y triplicado, ¿no es cierto? —pregunté yo, respetuoso. Los méritos hay que reconocerlos.
    —Sí, lo nuestro es el mal, pero no llegamos a tanto como para meternos en política. Mejor lanzar contra las piedras el cerebro de un recién nacido que hervir en esa caldera de ordinariez y vulgaridad.

'El bufón', penúltimo libro editado en castellano hasta la fecha, y cargado con cantidades industriales de humor negro del más burro que uno pueda esperar y desear, es una novela que merece la pena leer y que garantiza unas buenas horas de divertimento superficial e insustancial. De ese mismo humor superficial e insustancial que tanto aprecia el hedonista medio. Grupo generacional en el que me incluyo. Novela totalmente recomendada.

viernes, 7 de enero de 2011

'Maldito Karma'

Se le coge bastante rápido el punto a esto de leer en el iPad. Así que, tras terminar de leer el anterior ['Un mundo feliz'], me puse a leer el libro 'Maldito Karma' —con objeto también de cambiar la escala dramática—, primera novela de David Safier y que deja entrever, al menos ante mi inexistente criterio literario, una promesa en cuanto a literatura de corte humorístico se trata. Tendré presente al autor para hacerme con su segunda novela en cualquier momento.

A veces resulta curioso lo que pasa con un libro. Yo leí la versión electrónica del mismo, obtenida por vías poco lícitas aunque aún legales —Ley Sinde mediante—, pero sabía que una copia en papel y comprada unas semanas antes para regalar a la que me trajo al mundo venía en camino. Sin embargo, antes de recibir esa copia, cuando ya tocaba la puerta como quien dice, resultó que mi padre se presentó con el libro bajo el brazo y me lo regaló tras leérselo; sin saber que había otro ejemplar circulando por las manos de los miembros del clan. Lo había comprado porque —se nota que soy fiel heredero de su espíritu— el título le había resultado atractivo. El mismo motivo por el que se le había regalado a mi madre en su momento. Acababa de leerme la versión electrónica por impaciente, rayando incluso la ilegalidad, y resultó que atropelladamente llegaron dos copias en papel. ¿Será cosa del karma?

'Maldito karma' es una novela que se lee en un santiamén, porque resulta grata y a veces genialmente entretenida, y en la que, como si de un videojuego se tratara, el personaje principal de la trama va perdiendo vidas y reiniciando la partida tras cada fallo mortal. No faltarán las situaciones completamente absurdas, de las que me reconozco especialmente adicto, y que consiguen que el libro mantenga el tono y calidez durante la casi totalidad de sus páginas. De ahí que se trate de una novela que enganche. Conjuntamente a este último hecho, está que su prosa es ligera facilitando una inmersión cognoscitiva completa en la narración. O sea, proceso de abstracción del entorno que resulta de —o se consigue gracias a— un lenguaje asequible sin exceso de florituras. Funcional y práctico, sería en esencia. Casi periodístico (pero del periodismo bueno).

    Me miraron de nuevo un instante con la mirada vacía y prosiguieron con su trabajo. Como yo no era su comandante ni mucho menos su reina, mis advertencias les importaban tres pitos. Ocurría lo mismo que en las grandes empresas: el sano juicio se estrellaba en la jerarquía interna.

Cuando alguien coge un libro puede andar buscando en él diferentes cosas. Tal vez un instrumento de aprendizaje e instrucción. Tal vez un amigo fiel con el que abrirse y compartir intimidades, pues el reflejo de las emociones de lo que leemos convierte al libro, en principio objeto pasivo de un acto en sí sosegado, en un activo de nosotros mismos. O tal vez se busque un simple pasatiempo de una noche (si se lee muy rápido) y que se olvida en cualquier rincón o estantería tan pronto llega el alba. 'Maldito karma' no es ni lo uno. Se trata de un buen compañero de camino con el que pasar unas horas divertidas y que, sin llegar a dar gracias al cielo el haberlo encontrado, sí perdurará alegremente en la memoria durante un tiempo. No en vano lleva una jartá de ejemplares vendidos en la tierra de su lengua materna y que, allí donde llega traducido, cosecha similar éxito. 'Maldito karma' no es una novela que te cambiará la vida, pero desde luego te la hará más llevadera unas horas. Libro recomendado.

domingo, 7 de noviembre de 2010

'Superfreakonomics'

Nunca he terminado de entender la fuerte atracción que siente el mundo latino por acoger sin mucha resistencia expresiones de uso popular dentro del mundo anglosajón. El fenómeno Web 2.0 únicamente ha amplificado dicho fenómeno, por lo que no es raro que las bitácoras, foros y otros submundos estén plagados de expresiones como LOL o WTF, por poner un par de ejemplos. ¿Dónde estará el tan castizo y sonoro «¡Pero qué coño!».

En fin, como la entrada de hoy no pretende hacer un análisis sesudo sobre lo permeables que somos a las modas lingüísticas, y por eso de seguir en mi papel de fashion victim, diré que el libro 'Superfreakonomics' está plagado de párrafos en los que exclamaremos algún que otro WTF o, cuando menos, algún LOL. Aunque yo, mientras lo leía, soltaba más «¡Vaya!», «¡Hay que joderse!» o, simplemente, algún «¡Joder!». El libro está repleto de datos e información, cuando menos, curiosa. Muchas veces sorprendente. Además, resulta muy divertido de leer, pasándose las páginas una tras otra a gusto. No aburre, no.

'Superfreakonomics' es, como no se le escapará a (casi) nadie, la continuación del libro 'Freakonomics' [mi reseña]. Más que una continuación, tal como se podría contemplar desde el punto de vista de un argumento o una historia, resulta un «más de lo mismo», pero con casos/estudios nuevos y siguiendo la dinámica del libro anterior. Ha mejorado, para mi gusto, en la forma de exponer las situaciones. Resulta más ameno que el primero.

Otra componente que me ha gustado particularmente del texto es que hace bastante hincapié en la forma en que debe realizarse un estudio. No es que la describan paso a paso, pero sí que se preocupan en explicar por qué y por qué no se pueden hacer ciertas suposiciones en función de cómo se han obtenido los datos. En este aspecto es un libro que, pese a su superficialidad —pero muy, muy, muy superficial— en este tema, sí que resulta instructivo en la forma en que se procede a estudiar el dominio del problema. Lo araña apenas, pero resulta interesante para alguien al que le guste el tema del análisis estadístico de datos.

    Un análisis similar de Claude Berrebi sobre terroristas suicidas palestinos reveló que solo el 16 por ciento procedían de familias pobres, frente a más del 30 por ciento de los varones palestinos en general. Por otra parte, más del 60 por ciento de los terroristas tenían estudios superiores, frente al 15 por ciento de la población en general.

De los cinco bloques en los que se divide el libro, el que quizás menos me gustó fue el último. Ese bloque hace de plataforma contra Al Gore y su visión del calentamiento global. No digo que necesariamente Al Gore esté en lo cierto porque sí, pero desde luego a mí, gustos políticos aparte, me resulta loable su preocupación por cómo se está destruyendo el Planeta. En ese aspecto, los últimos capítulos resultan una obstinada prosa por desacreditar al hombre (también Lovelock, otro talibán ecologista, recibe muchas críticas), para justificar la visión alternativa. Esos capítulos me dejaron un poco frío. Por no confesar que un poco irritado. Tal vez se deba a que yo soy algo radical con el asunto del calentamiento global, la contaminación desmedida y la exterminación indiscriminada y lucrativa de ecosistemas y especies animales y vegetales. Suerte que sí tengo contratado un seguro de vida. En caso contrario podría pasar por un terrorista.

En fin, 'Superfreakonomics' cumple lo que promete, ilustrar divirtiendo. Al menos en la mayor parte del texto. Por eso lo sugiero como experiencia recomendada. Algo que le importará a nadie, probablemente. Pero ahí queda.

¡Ah, sí! Una última cosa. A ver si para hiperfreakonomics, o como decidan llamar a la tercera parte, estudian y descubren la causa por la que somos tan tendenciosamente tontos como para acuñar tanta moda extranjera y dan respuesta a mi pregunta del WTF y el LOL. A lo mejor acabo exclamando un sorprendido «¡Hay que joderse!» cuando lo lea.

lunes, 18 de octubre de 2010

'Necesario, pero no suficiente'

Hace ya algo más de un año comentaba por aquí la primera novela empresarial de Eliyahu M. Goldratt, 'La meta' [Hoy recomiendo 'La meta'], que resultó ser todo un descubrimiento. Ya iba siendo hora de que le tocara el turno al último de los libros que hay publicados del autor en español: 'Necesario, pero no suficiente'. Entre otros posibles motivos porque lo compré junto con el resto tan pronto acabé el primero y ha estado esperando todo este tiempo su pequeño momento de gloria.

Con la primera novela quedé automáticamente atrapado por la creencia ciega del potencial de la Teoría de las Limitaciones [@ Wikipedia]. Libro tras libro he intentado averiguar más sobre los mecanismos, las herramientas y las particularidades de esta teoría tan lógica pero que a mí, especialmente, me resulta algo esquiva en la lectura de los textos que prepara Goldratt para demostrarnos lo importantísima que es su aplicación con objeto de sobrevivir a las situaciones límite. En una ocasión más he leído otra novela de las que llaman empresariales buscando profundizar en la TOC, el acrónimo en inglés, quedándome casi como estaba al principio. Las novelas de Goldratt no buscan que aprendas en detalle, sino que te quedes con la esencia y que sirvan de enganche, de señuelo, para que muerdas el anzuelo y que tu deseo de saber más, la curiosidad, te impulse a seguir indagando. Y, supuestamente, pagar por ello. Por desgracia —para mí— la mayoría de las cosas que he encontrado en Internet y que parecen realmente interesantes están escritas en lenguas bárbaras como el inglés y que, siendo el vocabulario de la gestión de producción empresarial casi un subdialecto, es casi imposible de descifrar. Por suerte, pasado otro ciclo de espera, cada vez que le pido al amo de las redes sondear nuevamente en busca de contenido del tópico en cuestión van apareciendo más apuntes dignos de interés escritos en la lengua de Cervantes. Aunque muchos son parodias y refritos de otros.

Lo mismo que los libros del propio Goldratt. Cada uno viene a ser un refrito —en este caso en el buen sentido— del anterior, cambiando el escenario en el que se aplica la Teoría de las Limitaciones para salir victorioso. A fin de cuentas una de las premisas en las que se basa la TOC es su aplicabilidad universal. Sirve para todo. Se basa en que es pura y sencillamente un proceso intelectual deductivo circunscrito a cinco pasos que concluyen con una orden global, un mandamiento único, que hay que mantener y obedecer a toda cosa: evitar la inercia. Todo tiende a acomodarse y a dejarlo tal como está cuando se sale del bache. Ese es el gran enemigo de las empresas, el status quo adquirido y mantenido a toda costa mientras las cosas «van bien». Cuando viene un bache se ha perdido la práctica de superar la adversidad y las empresas se van al garete pero sin antes haber echado cuanto lastre podían echar. Expresión abstracta que se concreta en el despido, a veces masivo y a veces a cuenta gotas, de personal productivo. Es una especie de agonía en el que una empresa va perdiendo aquello que la hace mantenerse viva, aquello precisamente para lo que se montó. Alcanzado el punto de no retorno, la empresa pierde todo su sentido de ser y, simplemente, muere.

    Si quiere encontrar una solución potente pero simple, también tiene que ver las conexiones entre estos dos problemas.
    Scott se obliga a revisar la situación sistemáticamente. Lenny expresó el problema que tienen con el producto de manera muy concisa. Para satisfacer la demanda del mercado, tiene que seguir agregando más y más características, lo cual significa que tienen que seguir complicando el sistema. Pero para poder dar un servicio adecuado, deben simplificar el sistema. El dilema que tienen con el producto es claro, pero este dilema es el mismo, independientemente de que se estén orientando al mercado de las grandes empresas o al de las empresas medianas.

El esquema de esta novela es el mismo de las anteriores del autor: chico tiene gran responsabilidad, chico descubre que ha empezado la cuenta atrás antes de que la cosa estalle, chico se embarca en la búsqueda de una vía para salir adelante, chico descubre TOC —o alguna de las herramientas de la Teoría de las Limitaciones—, chico empieza a aplicar maravillado el esquema del Truput [@ Wikipedia], chico va aplicando reajustes a medida que va aprendiendo en el proceso, chico obtiene un beneficio total infinitamente superior al esperado, y chico pone sus barbas a remojar mientras la competencia se va a tomar por… En su primera novela, 'La meta', esto sucede en una fábrica y, por tanto, la TOC se aplicó para mejorar la productividad y los tiempos de respuesta de producción, reduciendo el inventario hasta cotas inimaginables. En la segunda, 'No es cuestión de suerte' [mi reseña], serán los mismos protagonistas de la entrega anterior los que tengan que maximizar el precio de unas empresas del grupo para lo que se embarcarán en el proceso de mejora de la logística y del marketing. Obviando el tercer libro, un ensayo algo espeso y obsoleto, 'El síndrome del pajar' [mi reseña], en su tercera novela empresarial, 'Cadena crítica' [mi reseña], se dedica a contarnos cuán beneficiosa sería la aplicación de las técnicas derivadas de TOC, en forma de un nuevo postulado denominado cadena crítica [@ Wikipedia], como el título de la obra, a la gestión de proyectos de cualquier tipo y finalidad. En esta ocasión, con su cuarta novela empresarial, la vicisitudes las pasará una empresa de software que, en el momento de escribirse el libro, finales de la década de los noventa del siglo pasado, resultaban muy atractivas al capital de inversión y que ya entonces se veía que era insostenible mantener el crecimiento tan desmesurado que estaban viviendo [Burbuja punto com @ Wikipedia].

Tengo claro que Goldratt no ganará nunca un Nobel por su prosa. Pero ya se sabe que si se quiere buena literatura mejor leer algo de García Marquez o del recién condecorado Vargas Llosa. No, Goldratt no pretende deleitarnos con buena literatura; lo que quiere es que te dejes convencer de cuán importante es la TOC. Algo que puede suponer la diferencia entre la vida y la muerte de tu empresa. Incluso de tu carrera profesional. En este aspecto la novela consigue mantener el interés en su Teoría de las limitaciones (o restricciones) y enseñar cómo sería la forma, in extremis y algo cargada de dramatismo de culebrón para mi gusto, de sobrevivir a la hecatombe cuando ya todo estaba sentenciado, aplicando un proceso puramente deductivo enmarcado en la TOC. En estos términos la novela resulta entretenida y, dicho a modo simplista y vulgar, mola.

Si te llama la atención el tema considero que forma parte de las novelas recomendables, aunque para mi gusto las dos primeras son las mejores. Esta apenas aporta mucho más a lo que ya se puede encontrar en aquellas, salvo por el hecho de estar representada en un escenario que a mí me es más cercano y familiar que las fábricas o las industrias de las primeras entregas. En este aspecto supone un refuerzo a lo que ya se hubiera podido vislumbrar en las anteriores y representa un empujoncito más de cara a seguir indagando y profundizando en la materia.

viernes, 24 de septiembre de 2010

'No es país para viejos'

Mientras leía 'La carretera' [mi reseña] tenía la sensación de que acabaría desarrollando verdadera afición por su autor, Cormac McCarthy [@ Wikipedia]. No es difícil afirmar tal cosa cuando uno está leyendo una novela como 'La carretera'. Pero en contra de lo que cree la mayoría de los románticos, un primer beso espectacular no dice nada de cómo será una relación. Por eso mismo estaba expectante y ansioso por leer otro libro, al tiempo que temeroso para que no me pasara lo que ya me ha sucedido en varias ocasiones: tropezar con un buen libro de un autor, que deja el listón muy alto, para despeñarme por un acantilado con la lectura del siguiente que caía entre mis manos.

Pero a las dudas de cómo sería la siguiente lectura, se sumaba la de qué libro elegir. La última no tardó mucho en resolverse gracias a mi padre. Me traspasó su ejemplar de 'No es país para viejos' tras leérselo y así yo no tuve que andar meditando mucho al respecto. Tan solo encolarlo en la lista de espera y leerlo tan pronto tuviese ganas de ponerme con él, lo que sucedió más bien pronto.

He de decir que tengo hace bastante tiempo la película en Blu-Ray. También cosa de mi padre, que se la compró y me la dejó y aquí sigue esperando (en el momento de escribir esto aún no la he visto). Para ser sincero, leí la sinopsis y no me atrajo demasiado. Así que confieso que de no haber leído el libro anterior, 'No es país para viejos' hubiese corrido similar suerte que su versión cinematográfica: acumular polvo indefinidamente. Pero hete aquí que tenía muchas ganas de volver a disfrutar del estilo tan particular con el que escribe Cormac McCarthy.

Es una novela relativamente corta y que se lee de un tirón. En realidad son como dos novelas o historias. Al principio de cada capítulo se presenta, a modo de monólogo, la percepción del viejo Sheriff, protagonista absoluto de esta parte, sobre el devenir del mundo en general y de su propia historia personal. El Sheriff será también elemento importante, aunque con carácter de personaje secundario, dentro de la narración de la historia principal del libro. La introducción del viejo Sheiff hace de marco emocional perfecto porque consigue que simpatices con su asombro ante la forma en que las cosas van empeorando irracionalmente en este mundo y su sentimiento de desamparo ante una crueldad y un mal que ya resultan incomprensibles en su origen y naturaleza. Te sientes desamparado con él y ya estás listo para la segunda parte de cada capítulo. Que es simple y llanamente cruda y descarnada. A lo que ayuda la prosa parca, austera y directa del autor. Cortante y afilada. La suma de las dos partes hace que acabes cada capítulo ligeramente acongojado.

Y realmente funciona. Engancha.

Cruzó Ryan Street con la sangre que se le encharcaba en las botas. Se puso la bolsa delante y abrió la cremallera y metió la escopeta dentro y la volvió a cerrar. Se quedó en pie tambaleándose. Luego se dirigió al puente. Tenía frío y tiritaba y pensó que iba a vomitar.

Disfruté mucho con la lectura de 'No es país para viejos'. Aunque reconozco que 'La carretera' me gustó más. Bastante más. Este es un libro bastante duro, aunque en otros aspectos y, quizá por ello, más realista. 'La carretera' es intensamente devastador porque nos habla de un futuro plausible, distópico, aunque nos deja la posibilidad de creer que nunca llegaremos tan lejos. 'No es país para viejos' no te deja oportunidad. Es un retrato visceral de un universo al que no queremos mirar, pero que nuestro cerebro de lagarto reconoce como existente y siempre cercano. Hay un Anton Chugurh acechando tras cada esquina. Está aquí. Convivimos con él. Es inquietante por ser tan próximo a la realidad.

Libro recomendable.

lunes, 6 de septiembre de 2010

'Marvel Zombies'

¿Nadie más considera que ya le estamos dando algo más que otra vuelta de tuerca al asunto de los Zombis? Yo sí creo que se nos está yendo un poco de las manos la moda de los los muertos-no-muertos andantes con un apetito infinito de carne humana. ¿O no? Después de tropezarme libros —algunos de ellos en los primeros puestos de las listas de ventas— como 'Zombi - Guía de supervivencia', 'Guerra Mundial Z' o ese con un título algo más surrealista 'Orgullo y prejuicio y zombies', —no he leído ninguno, así que tampoco puedo decir si merecen o no la pena; aunque no niego que han despertado en mí cierta curiosidad, especialmente el último, del que hasta parece que se hará una película [@ IMDb]— me encuentro, hurgando en los fondos mafiosos de los vagos, viciosos y maleantes, una serie de cómics bajo el título de 'Marvel Zombies' [@ Wikipedia]. Quedé alucinado. Y, al menos en primera instancia, no positivamente.

Di con ellos explorando otras formas y otros contenidos con los que explotar mi nueva maravilla tecnológica [iPad], viendo que algunos fanáticos andaban subiendo a la red de redes los volúmenes de comics que se hicieron famosos a finales de los 70's y principio de los 80's [El boom del cómic adulto @ Wikipedia]. Publicaciones como CIMOC, 1984, COMIX, etc. Aquel que haya llegado aquí accidentalmente desconocerá que yo crecí y me crié desde los seis o siete años leyendo primero cómics de Asterix y de superhéroes, como Thor, Spiderman, La Masa y Capitán América, luego Mortadelo, Filemón y Superlópez, y, después, en los años de instituto, 1984 y CIMOC, que compró puntualmente mi padre, por aquel entonces aficionado a dicha revista, y que acabaron desapareciendo poco a poco de las estanterías donde él los guardaba. Pues, para aquellos nostálgicos, en Internet se pueden conseguir todos o casi todos esos volúmenes escaneados. Además de muchas otras cosas, como 'Marvel Zombies'. ¿Qué no se puede conseguir en Internet a estas alturas?

Lo confieso. Me pudo muchísimo más la curiosidad que la sorpresa, el desagrado y el desconcierto que me produjo la simple idea de leer un cómic de superhéroes convertidos en zombies hambrientos que se lanzan a hincarle el diente y zamparse todo lo que tengan al alcance y que aún no haya sido infectado. Pero lo peor de todo esto, y contra todo pronóstico (o no), es que me he divertido muchísimo con esta serie limitada que, debe ser por el éxito cosechado, ya van como por cuatro o cinco partes (miniseries de pocos volúmenes). ¿También harán una película?

A bote pronto, sin tener ni idea de qué iría la historia, y teniendo ya la imagen de zombies como seres poco menos que idiotas que se mueven por una especie de instinto animal, no conseguía encajar la idea del superhéroe tambaleándose de un lado a otro, con los brazos extendidos y la boca abierta para intentar alcanzar al superviviente de turno. Lo mejor de la historia, lo que más me gustó, es que los personajes siguen disfrutando de su capacidad intelectual casi completamente intacta, pero que el hambre que sienten los ciega totalmente y los empuja a cazar lo que puedan para darse un atracón. Tras lo cual se calman por un tiempo hasta que vuelven a tener un mono inmenso. Durante el tiempo pos-papeo, son casi normales y, quitando la descomposición característica de los zombies, son completamente racionales. En la historia se presenta la infección como una adicción irrefrenable que los convierte en monstruos hambrientos.


Todo esto lo cuento —además de porque apenas fastidia la historia, algo que evito hacer a toda costa— porque, lo juro por el Monstruo Volador del Espagueti, no he podido evitar lanzar globos sondas al universo de las analogías que me han devuelto un paralelismo inquietante. He visto reflejada, en un juego de dos grados de relación, primero entre el zombi tonto y el zombi inteligente irrefrenablemente adicto y segundo entre este último y el hombre vulgar y corriente, que al final los zombies somos todos nosotros, siempre hambrientos de más y más. Nos movemos por la vida como seres insaciables, creyéndonos racionales, pero completamente dominados por la sinrazón que provoca el hambre infinito. Hambre que aprovechan para manipularnos pues, a todas luces, no dejamos de ser unos verdaderos analfabetos funcionales [Cómo fabricar un engañabobos]. Andamos constantemente buscando más y más y más y más, llenándonos parcialmente cuando conseguimos algo para, tan pronto ha dejado de ser nuestro foco de interés, aspirar al siguiente objeto-persona-sentimiento que despierte nuestra atención. La próxima vez que vayas a un centro comercial y veas a toda esa gente de un lado para otro buscando en qué gastar el dinero, con qué divertirse o a quién exigir compañía, superpón en la imaginación una secuencia de cualquier película de zombies andando y vagando buscando a qué darle un mordisco.

Esto es lo que me pasa por leer tan seguido '¿Tener o Ser?' [reseña] y 'Marvel Zombies'. ¿Acabaré como el protagonista de 'Psiquiatras, Psicólogos y otros enfermos' [reseña]? Espero que no.

Aunque pierda mi —ya de por sí raquítica o inexistente— credibilidad con ello, voy a recomendar la lectura de al menos las dos primeras mini series de 'Marvel Zombies'; las que yo he leído hasta el momento. Con matices, claro. Si en alguna ocasión fuiste seguidor o aficionado a los cómics de superhéroes, al menos hasta el punto en que identificas a buena parte de los que forman parte de la trama principal (Lobezno, Capitán América, Ironman, Hulk, Spiderman, Magneto, Estela plateada o Galactus, por enumerar a unos pocos), entonces creo que te lo pasarás muy bien con esta historia. Al final de eso se trata. En caso contrario, si eres una persona normal, que tuvo una infancia normal, normalmente alejado de este tipo de personajes e historias, entonces esto te parecerá una payasada y, obviamente, para ti no es, ni está recomendado.

A modo anecdótico, decir que el iPad es un cacharro cojonudo, pero la aplicación —gratis— que estoy usando para leer los cómics —ejem, ejem— piratillas, ClourReaders [@ iTunes], no termina de funcionar del todo bien. A veces no se distinguen bien los textos dentro de los bocadillos o globos, por el tamaño relativo de la letra, y es un coñazo andar ampliando y reduciendo la página. Así que, enganchado a la puñetera historia de los héroes Marvel convertidos en muertos vivientes, acabé terminando de leerla en el iMac. Con el iPad me estaba poniendo de los nervios. Para eso descargué la aplicación Simple Comic [Web], que funciona bastante bien. Por si a alguien le llegara a interesar compartir la experiencia de los 'Marvel Zombies' en la oscuridad de su habitación.