Cerró los ojos y apretó los puños. No demasiado fuerte, no buscaba hacerse daño. Le ayudaba a concentrarse mejor. Comenzó a ser consciente de cada centímetro cúbico de su pequeño ser. Esa energía que iba creciendo lentamente en sus entrañas y que asumía una dualidad extraña. Ella lo poseía a él, pero él también la poseía a ella. La controlaba y la utilizaba. Y ahí estaba, creciendo rápidamente. Era tremenda, fantástica, maravillosa. Sentía una sensación magnífica que lo embargaba y que le confería una confianza en sí mismo que, a sus poco más de once años de edad no era demasiado común. Una confianza cálida, diría tiempo después. Un calidez que era inusual en su tierra natal, bañada por vientos húmedos e inviernos duros.
Tiempo ha, aprendió a controlar la forma en que crecía esa energía y la importancia de que madurase lo suficiente antes de dejarla libre. Así tal, la estaba haciendo crecer pausadamente, para que adquiriese la consistencia necesaria. Cuando ya sentía que ocupaba la mayor parte de su pequeño volumen de niño elevó sus ojos cerrados hacia el techo del recinto. Sentía que si los abriese justo en ese momento podría ver a través del cemento húmedo que los cubría, de las nubes que vertían cientos de miles de gotas sobre ellos en ese momento, y de esa atmósfera que envolvía el planeta que lo había visto nacer. Estaba seguro que de abrir los ojos se enfrentaría a la mirada del creador. Apreciaría en su rostro la satisfacción de ser su elegido, su creación más hermosa. Hacía rato que no era consciente de la cháchara que se desarrollaba a su alrededor, y difícilmente sabría decir si los congregados en aquella celebración estarían prestando atención a sus gestos, a sus formas y a la profunda y mística expresión que dibujaba su rostro. Algo en su interior le decía que sí, que debían estar atentos a él. Al menos en lo más profundo del interior de cada una de las personas que allí estaban existía la creencia de que él, allí ocupando un espacio minúsculo en el centro de la sala, pero concentrando una energía difícilmente imaginable, era el motivo real por el que habían acudido allí aquel día especialmente frío. Ellos debían estar esperando ese momento. Debían llevar esperándolo desde siempre, aunque no lo supieran de forma consciente. Él era uno de los elegidos de forma inequívoca. Y eso le confería un gran poder y, al mismo tiempo, se le permitía exigir el correspondiente respeto. Sí, debían de estar midiendo cada movimiento que hacía en ese preciso momento anhelando aquello que les iría a regalar, porque todo lo que provenía de él era un regalo para todos ellos.
Ya casi estaba. Esta era la parte más delicada. Los últimos espacios de su volumen que aún no ocupaba aquella obra maestra que crecía en él debían rellenarse sin prisa. Hacerlo demasiado pronto, a destiempo, podría estropearlo todo. Necesitaba de toda su concentración. Retiró sus ojos cerrados, los que le permitían ver a su Padre, al Padre de todos. En esta última ojeada con el ojo de su prodigiosa mente volvió a verlo sonreír. Casi pareció que le guiñaba un ojo. Sabía que estaba orgulloso de él. Y se lo demostraba. Musitó un casi inaudible «gracias por este don» y bajó la cara para enfrentarse al suelo. Podía ver, a través de sus párpados, el centro del Mundo. El núcleo de la Tierra era tan trasparente como las inmensidades del horizonte cósmico desde el que se asomaba Dios y le sonreía.
Ahora sí, ya estaba casi a punto. Apretó contundente las manos. No prestó atención a que las uñas se le clavarían en la carne, su propia carne, de la palma de las manos y que sangraría. Otras veces había pensado que sangraba como Jesucristo, sangraría por las manos. Pero hoy no. Faltaba poco y notaba cómo su cuerpo, ya ridículamente pequeño para contener tanta fuerza y energía en él, empezaba a desprender un calor intenso. Sabía que si abriese los ojos justo ahora, notaría cómo su cuerpo se iba iluminando desde dentro; que si apagasen las luces del local él sería un faro inconfundible que iluminaría completamente el recinto. Sí, era eso, él era el faro para todos.
¡Debía ser ya! Volvió a levantar la cabeza hacia el frente, elevó los brazos para ponerlos en cruz y sentía cómo sus pies se iban despegando del suelo. Sentía que levitaba por la santidad pura de la obra a la que estaba llamado conseguir. Su meta, la elegida por Él para él, lo hacía santo y merecedor del milagro de flotar por la pureza de la creación que había desarrollado en su interior. Al resto parecería pequeño simplemente porque se elevaba en el cielo mientras ellos quedarían presos, sujetos, al suelo del que nunca podrían despegarse.
Abrió de golpe los ojos, se inclinó ligeramente hacia delante y lo soltó, liberó en un instante toda esa energía que llevaba cuajando en su interior en los últimos minutos. Y todo ello en una fracción de segundo.
La física del sonido hizo el resto. Moviéndose en el espectro de los bajos imperceptibles, la onda expansiva golpeó antes de que los asistentes llegaran a escuchar nada. Los más cercanos cayeron abatidos y dispersos de forma radial. Muchas pelucas salieron volando y algunas faldas se desprendieron y cayeron al suelo hechas jirones. Tres mujeres se cayeron de espalda en la silla, el borracho del fondo que apenas se mantenía en pie se orinó encima, las ratas quedaron petrificadas en las madrigueras horadadas en las paredes y un gato que dormitaba en una esquina saltó y creció tres veces de tamaño curvando el lomo.
Poco tiempo tuvieron los presentes para preguntarse qué los había golpeado de esa forma cuando una ola de pútrido y nauseabundo olor se los fue tragando. Una vieja sufrió un infarto, el pinchadiscos se desmayó sobre el tocadiscos y los niños pequeños empezaron a llorar inconsolables. Una embarazada se puso de parto con seis meses, el capellán que oficiaba el evento deseó arder en el infierno a permanecer allí y a dos mellizas con rinitis perenne y sin olfato desde los tres años, les lloraban los ojos. En general todos los asistentes perdieron las ganas de vivir y abrazaron abiertamente la idea de acabar en ese mismo momento con su existencia, convencidos de que Dios los había abandonado. El olor era insoportable, insufrible. Todo lo que tocaba lo quemaba y, tras unos momentos de exposición, los infelices sangraban por la nariz sin control y corrían de aquí para allá, tropezando entre ellos y con los muebles que caían desordenados por todas partes. El pánico generalizado se convirtió en norma y el aturdimiento era tan común que nadie atinaba a abrir las ventanas y las puertas para dejar libre aquel espanto que los atormentaba. Tan solo el tonto del pueblo, hasta ese momento ajeno a casi todo e insensible al sufrimiento propio, aplaudía aquel espectáculo dantesco que se le presentaba y ofrecía en exclusiva frente a él.
El pequeño elegido, padre del demonio que los atormentaba, permanecía en el centro de aquel caos que había generado. Lo contemplaba con orgullo y satisfacción. No era lo que había esperado. Aquellos seres inmundos estaban reaccionando de forma primaria a aquel regalo, pero era consciente de que no lo entendían, que no sabían apreciar su trabajo y su sacrificio. Entendió, justo en ese instante, que aquellos mortales, tan lejanos del Ser que lo había creado y elegido a él para esparcir su obra en el Mundo, tardarían en aprehender y apreciar la maravilla que se le había ofrecido. Y, lo más importante, quién se los había ofrecido. Tendría que trabajar duro, muy duro, para abrir los ojos y la mente de aquel pueblo de ingratos e insensibles. Pero lo conseguiría, sabía que lo conseguiría. Tarde o temprano. Y sería llamado y elegido por esos mismos que ahora no lo comprendían. Porque él sabía que sí que valía. Y lo aclamarían a viva voz, como a un príncipe entre los príncipes. Lo elegirían para alzarse al frente de la liberación. Ese sería su gran regalo. Cuando llegara el momento lo haría. Estaba listo a esperar y estaría preparado cuando llegase el momento. La Historia lo recordaría.
Mientras aquel pedo inmundo, gigante entre los pedos, titán entre los bufos, seguía moviéndose entre los supervivientes intentando cobrarse la poca cordura que quedara, el pequeño cabrón que lo engendró, que lo parió de forma tan criminal, apuntando ya a las formas que mantendría durante toda su vida, salió de allí sin ofrecer explicación alguna sobre lo que había sucedido y el porqué del tormento al que los había sometido tan caprichosamente. Los pocos que ya comenzaban a sobreponerse vieron cómo el niño salía por la puerta grande con un andar de gran hombre.
El hecho acabaría pasando de boca en boca, de pueblo en pueblo, y con el tiempo se convertiría en leyenda y luego en mito. Y como todos los mitos acabaría tergiversándose y, de criminal se transmutaría en héroe de los niños que, creciendo junto a él, lo admiraban por aquella maravillosa obra con la que atormentó a los adultos. Crecerían junto a él y lo alabarían, perdiendo en el tiempo y la memoria el motivo que los hizo abrazarlo como su líder cuando tenían doce años.
Un pequeño grupo de filólogos sostienen que ahí fue donde nació la acepción popular para la palabra «rajarse», usada vulgarmente para referirse al hecho de tirarse un pedo en público. En honor al apellido del protagonista de aquel primer pedo que regaló al mundo.
Capítulo quinto de 'Las memorias apócrifas de Rajoy'.
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sábado, 23 de febrero de 2013
martes, 21 de diciembre de 2010
Tesoros perdidos reencontrados (XXIII): Primer Curso Multimedia
Con esto de las obras y pintar el piso, para luego andar reordenando las pertenencias [El ABC de los tiempos perdidos], uno se enfrenta a cantidades diogenianas de cosas que se van acumulando en los cajones y que, ante el nuevo status quo de falta de espacio, obligan a un proceso de filtrado cuyo fin último es soltar lastre. Ello conlleva, claro está, poner especial cuidado para no tirar algo que aún tenga valor. De no ser por ese cuidado especial, seguramente el CD con la copia de los ejecutables de los proyectos del Primer Curso Multimedia que se impartió en 1994 en la Escuela Universitaria de Informática y en la Facultad de Informática de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, hubiese acabado nuevamente y de forma anónima en el fondo de un cajón o en el fondo del contenedor de basura.
Para situarnos adecuadamente, en 1994 muy pocos —tal vez los más afortunados o adinerados— tenían lector de CD en el ordenador de su casa. Se iba poniendo poco a poco de moda en las configuraciones base. Una grabadora de CD's de doble velocidad podía costar unas ciento cincuenta mil o doscientas mil pesetas (900 - 1200 €). Yo entonces tenía un PC equipado con un Intel 386 (no recuerdo los megahercios, creo que 16 MHz), 4 Mb de memoria RAM y creo que 80 Mb de disco duro. Multimedia [@ Wikipedia] era un término que se empezaba a usar mucho en las revistas y ocupaba bastantes portadas, artículos y anuncios. Era «el futuro» y a Internet, en especial a la WWW, aún le quedaban un par de años para empezar a usarse de forma más o menos tímida en los hogares. MS DOS [@ Wikipedia] seguía siendo la plataforma de destino para cualquier desarrollo de gestión, para lo que mayoritariamente se usaban derivados de DBASE, principalmente Clipper (ya mencionado en la entrada sobre INEMA [INEMA]). Eso significaba que Windows 3.11 apenas se usaba para editar documentos Word o WordPerfect y poco más.
Sí, La Multimedia era muy futurista y cuando la EUI y la FI anunciaron que se impartiría un Curso Multimedia no lo pensé mucho y me apunté. Coincidí con Toni, un buen amigo y compañero de charlas de pasillo, y formamos equipo para acometer juntos el proyecto que habríamos de entregar al finalizar el curso. Hicimos bastantes bocetos y pusimos sobre la mesa muchísimas ideas, pero la Maldita Realidad™ —y lo que nos costaba ir aprendiendo la herramienta y el lenguaje de programación que se usaba— nos lo puso bastante difícil.
La idea original fue la de hacer un juego en el que el personaje, un turista, tendría que recorrer las diferentes ubicaciones de importancia y edificios históricos de la zona de Vegueta y parte de Triana para encontrar las cosas de su mochila que se le habían extraviado. Iría preguntando a otros personajes que le darían pistas sobre los lugares con datos del tipo «fue construido en…» y el jugador tendría que estar familiarizado con la historia del sitio para saber a dónde ir. Lamentablemente tuvimos que asumir que no seríamos capaces de hacerlo como queríamos y finalmente quedó en que Pepillo fuese pasando por los diferentes puntos de interés y se le ofrecería información enciclopédica, en versión raquítica, del punto en concreto. Metimos algunas fotos antiguas para darle algo más de sustancia y poder entregarlo en el tiempo límite con el que contábamos. Aún así, nuestro proyecto fue elegido uno de los mejores. En concreto quedamos en segundo lugar.
Para desarrollar los proyectos Multimedia, en el curso te enseñaban a usar Macromedia Director (ahora de Adobe) [@ Wikipedia] y, en especial, para todas esas cosas que no fuesen animaciones siguiendo un cronograma, su lenguaje de programación Lingo [@ Wikipedia].
Como Flickr limita el número de segundos que puede tener un vídeo (y porque no tengo ganas de andar dándome de alta en YouTube) he subido la grabación/captura en dos partes. Si la memoria no me falla, no llegamos a incorporar audio.
Lo divertido ha sido conseguir ejecutar el proyecto. En casa ahora mismo tengo una máquina virtual con Windows 7 para cuestiones pre-profesionales. Ahí no había forma de que arrancara. Recordar una vez más que lo hicimos en 1994 con Windows 3.11 (al famoso Windows 95 le quedaba aún un año para salir a la venta). Ni corto ni perezoso me he puesto a buscar alternativas en Internet. Qué grande es Internet y qué magnífica es su verdadera puerta de entrada, el buscador Google. Creo firmemente que hemos avanzado lo que hemos avanzado en los últimos años, técnicamente hablando, gracias a Google. La mayoría de los informáticos nos comeríamos los mocos si no fuese por tan poderosa herramienta.
La cosa ha pasado por usar DOSBox [página principal] e instalar Windows 3.11 sobre él. La parte complicada ha estado en conseguir una imagen del Sistema Operativo en cuestión y de los controladores de la tarjeta gráfica S3. DOSBox funciona en modo compatible con S3 y se necesitan para poder configurar Windows en modo SVGA con 256 colores. Lo mínimo con lo que funciona 'Un paseo por Vegueta'. Ya está casi todo descubierto y en Internet se encuentra casi de todo. Yo me orienté con la guía publicada en VOGONS [Windows 3.1x on DOSBox Guide] y que básicamente se resume en:
En este punto ya tenía lo necesario para ejecutar la aplicación y que se viese decentemente. Como no tenía audio (creo), no me preocupé de ese apartado. El que quiera algo más fino, acudir a la guía mencionada más arriba.
Si hace un año y medio o dos años, cuando tiré mis discos de tres y medio con la copia original que tenía de Windows 3.11, alguien me hubiese dicho que acabaría necesitándola, me hubiese reído en su cara. Pero hete aquí que ya no tenía dicha copia y sí la necesidad de usar Windows 3.11. Quedaba recurrir al plan b. El Sistema Operativo lo conseguí de forma rápida, relativamente hablando, sumergiéndome en las cloacas del contrabando mísero de las redes peer to peer, plagadas de vagos y maleantes.
Una pena que no nos diesen el código de los proyectos. En realidad se supone que nosotros lo teníamos y se lo habíamos dado a los profesores del curso para que compilaran el proyecto y nos diesen un CD con el resultado de todos. Obviamente el código sí que es, a estas alturas, un tesoro perdido requeteperdido.
Para situarnos adecuadamente, en 1994 muy pocos —tal vez los más afortunados o adinerados— tenían lector de CD en el ordenador de su casa. Se iba poniendo poco a poco de moda en las configuraciones base. Una grabadora de CD's de doble velocidad podía costar unas ciento cincuenta mil o doscientas mil pesetas (900 - 1200 €). Yo entonces tenía un PC equipado con un Intel 386 (no recuerdo los megahercios, creo que 16 MHz), 4 Mb de memoria RAM y creo que 80 Mb de disco duro. Multimedia [@ Wikipedia] era un término que se empezaba a usar mucho en las revistas y ocupaba bastantes portadas, artículos y anuncios. Era «el futuro» y a Internet, en especial a la WWW, aún le quedaban un par de años para empezar a usarse de forma más o menos tímida en los hogares. MS DOS [@ Wikipedia] seguía siendo la plataforma de destino para cualquier desarrollo de gestión, para lo que mayoritariamente se usaban derivados de DBASE, principalmente Clipper (ya mencionado en la entrada sobre INEMA [INEMA]). Eso significaba que Windows 3.11 apenas se usaba para editar documentos Word o WordPerfect y poco más.
Sí, La Multimedia era muy futurista y cuando la EUI y la FI anunciaron que se impartiría un Curso Multimedia no lo pensé mucho y me apunté. Coincidí con Toni, un buen amigo y compañero de charlas de pasillo, y formamos equipo para acometer juntos el proyecto que habríamos de entregar al finalizar el curso. Hicimos bastantes bocetos y pusimos sobre la mesa muchísimas ideas, pero la Maldita Realidad™ —y lo que nos costaba ir aprendiendo la herramienta y el lenguaje de programación que se usaba— nos lo puso bastante difícil.
La idea original fue la de hacer un juego en el que el personaje, un turista, tendría que recorrer las diferentes ubicaciones de importancia y edificios históricos de la zona de Vegueta y parte de Triana para encontrar las cosas de su mochila que se le habían extraviado. Iría preguntando a otros personajes que le darían pistas sobre los lugares con datos del tipo «fue construido en…» y el jugador tendría que estar familiarizado con la historia del sitio para saber a dónde ir. Lamentablemente tuvimos que asumir que no seríamos capaces de hacerlo como queríamos y finalmente quedó en que Pepillo fuese pasando por los diferentes puntos de interés y se le ofrecería información enciclopédica, en versión raquítica, del punto en concreto. Metimos algunas fotos antiguas para darle algo más de sustancia y poder entregarlo en el tiempo límite con el que contábamos. Aún así, nuestro proyecto fue elegido uno de los mejores. En concreto quedamos en segundo lugar.
Para desarrollar los proyectos Multimedia, en el curso te enseñaban a usar Macromedia Director (ahora de Adobe) [@ Wikipedia] y, en especial, para todas esas cosas que no fuesen animaciones siguiendo un cronograma, su lenguaje de programación Lingo [@ Wikipedia].
Como Flickr limita el número de segundos que puede tener un vídeo (y porque no tengo ganas de andar dándome de alta en YouTube) he subido la grabación/captura en dos partes. Si la memoria no me falla, no llegamos a incorporar audio.
Lo divertido ha sido conseguir ejecutar el proyecto. En casa ahora mismo tengo una máquina virtual con Windows 7 para cuestiones pre-profesionales. Ahí no había forma de que arrancara. Recordar una vez más que lo hicimos en 1994 con Windows 3.11 (al famoso Windows 95 le quedaba aún un año para salir a la venta). Ni corto ni perezoso me he puesto a buscar alternativas en Internet. Qué grande es Internet y qué magnífica es su verdadera puerta de entrada, el buscador Google. Creo firmemente que hemos avanzado lo que hemos avanzado en los últimos años, técnicamente hablando, gracias a Google. La mayoría de los informáticos nos comeríamos los mocos si no fuese por tan poderosa herramienta.
La cosa ha pasado por usar DOSBox [página principal] e instalar Windows 3.11 sobre él. La parte complicada ha estado en conseguir una imagen del Sistema Operativo en cuestión y de los controladores de la tarjeta gráfica S3. DOSBox funciona en modo compatible con S3 y se necesitan para poder configurar Windows en modo SVGA con 256 colores. Lo mínimo con lo que funciona 'Un paseo por Vegueta'. Ya está casi todo descubierto y en Internet se encuentra casi de todo. Yo me orienté con la guía publicada en VOGONS [Windows 3.1x on DOSBox Guide] y que básicamente se resume en:
- Mejor instalar la última versión de DOSBox (0.74 en el momento de escribir esto)
- Tras la primera ejecución de DOSBox modificar el archivo de preferencias (en ~/Library/Preferences/DOSBox[…]preferences) que se crea con los valores por defecto y añadir en la última parte que se monte como unidad C: un directorio dentro de los que tiene el usuario; por ejemplo ~/Documents/DOS. Lanzar de nuevo DOSBox.
- Montar en Mac alguna de las ISO's que se consiguen en Internet y luego montar como unidad A: desde DOSBox ese directorio (por ejemplo mount a /Volumes/Windows). Si no se tiene una ISO pero sí los discos, copiar el contenido de todos en una carpeta del disco duro de Mac y hacer lo mismo con la ruta que corresponda (montar como unidad A: en DOSBox).
- Instalar Windows desde A: (A:\setup.exe) y seguir los pasos. Dejar la tarjeta gráfica en VGA y pasar de la impresora y la red.
- Descargar los controladores de S3 [@ VOGONS] y montar el directorio de descomprimir el ZIP como unidad B: (mount b ~/Downloads/s3drivers)
- Instalar los controladores en Windows ya sea desde el propio Windows o desde línea de comando lanzando C:\WINDOWS\setup.exe. Si se hace desde la herramienta de configuración de Windows, reiniciar.
En este punto ya tenía lo necesario para ejecutar la aplicación y que se viese decentemente. Como no tenía audio (creo), no me preocupé de ese apartado. El que quiera algo más fino, acudir a la guía mencionada más arriba.
Si hace un año y medio o dos años, cuando tiré mis discos de tres y medio con la copia original que tenía de Windows 3.11, alguien me hubiese dicho que acabaría necesitándola, me hubiese reído en su cara. Pero hete aquí que ya no tenía dicha copia y sí la necesidad de usar Windows 3.11. Quedaba recurrir al plan b. El Sistema Operativo lo conseguí de forma rápida, relativamente hablando, sumergiéndome en las cloacas del contrabando mísero de las redes peer to peer, plagadas de vagos y maleantes.
Una pena que no nos diesen el código de los proyectos. En realidad se supone que nosotros lo teníamos y se lo habíamos dado a los profesores del curso para que compilaran el proyecto y nos diesen un CD con el resultado de todos. Obviamente el código sí que es, a estas alturas, un tesoro perdido requeteperdido.
lunes, 26 de abril de 2010
De ideales y retretes
Hasta el día de escribir esto, creo no mentir al afirmar que no puede decirse de mí que sea en exceso escrupuloso. Nunca me han afectado las conversaciones escatológicas almorzando, por poner un ejemplo tonto. Sin embargo hay cosas que no me gustan y me desagradan profundamente. En el edificio en el que trabajo, como imagino sucederá en todos los lugares donde comulgan y conviven pocas o muchas personas, sean contadas en unidades, decenas o centenas, los baños suelen ser motivo de escándalo y reflejo de las personalidades que se empaquetan en esos cuerpos supuestamente vivientes y, en muchas ocasiones, difícilmente creíble como pensantes. No es raro acercarte al retrete y encontrarte que el anterior visitante te regala la vista con restos orgánicos adheridos enérgicamente a las paredes de la cerámica. A veces en cantidades impresionantes e imposibles de describir y que mancillan la blancura de la taza resultando harto desagradable para aquel —el que suscribe en este caso— que se las encuentra cuando levanta la tapa más preocupado por desahogar sus propias necesidades perentorias que por aquello que pudiera llegar a encontrarse. Creo que ya he hecho demasiado hincapié describiendo una escena que a casi todos les habrá sucedido y les sonará más o menos común. No soy muy escrupuloso, decía, pero esta imagen me revuelve las tripas y hace que la Humanidad socializada y civilizada pierda muchos enteros en la escala evolutiva. En momentos así me dan ganas de empalar, a lo Vlad Tepes, al artífice de la dudosa obra de arte. ¿Qué más le costará al anterior usuario mantener unos principios de convivencia e higiene que él mismo agradecería? Hijo de la gran puta, es lo que pienso.
Aunque hay que ser socialmente evolucionado y ofrecer al ajeno el supuesto de inocencia, pues a muchos nos pasa que con la misma prisa con la que anhelamos cagar, deseamos salir del aseo con premura pues nuestros deberes nos reclaman y, es bien sabido, nadie hace el trabajo de otro y existen, siempre, motivos de fuerza mayor. Así que es de buena persona perdonar al prójimo los pecados en que uno mismo podría incurrir en circunstancias menos favorables y esperar que la próxima vez coja la escobilla para retirar sus restos. Yo, al menos, en eso sí soy muy escrupuloso.
Ahora bien. Supongamos que un día se cruzan con el personal de la limpieza del que conocen una predisposición y dedicación a prueba de bombas para limpiar la mierda de otros. A aquellos que hay que agradecer que los baños no den ganas de vomitar cada vez que se entra y que el sentarte a cagar no sea una prueba de entereza visceral más apta de los boinas verdes o de Rambo, capaz de comer cosas que harían vomitar a una cabra. Pero sigamos con el personal de limpieza. Hete aquí que, por esas cosas de la confianza que surge cuando se convive en las mismas instalaciones, te enteras que hay una disposición especial que les prohibe limpiar la mierda que otros han dejado el día anterior. Es más, se les amenaza con inhabilitarlos en sus funciones de persistir en esa actitud. Da igual lo que se haya avanzado en productos de limpieza. Simplemente, las cagadas pretéritas no se tocan. ¿A que sería un suceso asombrosamente extraño e inaudito?
A nadie —a menos nadie que me conozca— se le escapa a estas alturas que tengo el órgano del cinismo algo dilatado y en el momento de escribir esto anda especialmente revoltoso. Pero no son pocos los que me han escuchado decir que las sociedades no dejan de ser experimentos, retretes, donde los ideólogos dejan sus cagadas para que, durante unas pocas generaciones, las pongamos a prueba. Así hasta que llega otro ideólogo, que habrá comido de otras fuentes, y defeca unos nuevos ideales con los que tendremos que vivir otros muchos años. Otro experimento que sigue a otro experimento que sigue a otro experimento social. Cagada sobre cagada sobre cagada. Y así nos podríamos remontar hasta el comienzo de la existencia civilizada y socializada.
A veces a una generación se le da la oportunidad de limpiar las paredes de la taza para permitir, por un momento, que esa sensación de encontrarse con un espectáculo asqueroso sea menos probable y, aunque suene grandilocuente, para que se haga justicia, esa palabra tan malograda y tan mediatizada. Y dentro de esa generación hay quien decide armarse de valor y ponerse manos a la obra para retirar tanta inmundicia que se ha heredado de ideólogos anteriores. Pero, vaya ironías de la existencia, siempre habrá quienes se opongan a que se retire la mierda de otros alegando cosas tan absurdas como eso es caca antigua, caca pasada y, a fin de cuentas, ideales de terceros.
¿He dicho ideales cuando quería decir mierda de otros? Vaya, discúlpenme este desliz, ¿pero les suena toda esta metáfora? Pues sí, de eso se trata toda esta historia —que sí, que sí, que sé que es aburrida—. De una gran cagada, de esa magnífica Ley de Amnistía de 1977, que no es otra cosa que una gran cagada que en su momento pareció una buena idea a unos cuantos ideólogos que tenían unas ganas enormes de quitarse encima el problema a toda prisa —como suele ser cuando uno se deshace del apretón, se relaja el esfínter y desaparece la presión— y que ha estado adherida a las paredes de este experimento actual, de esta letrina, que es nuestra sociedad de hoy. Y, para remate de la faena, para descojono adicional de los extraños y extranjeros, le estamos dando por culo a la persona de la limpieza que ha intentando despegar un poco de esa mierda hedionda que resulta irritante a todos los que tienen cierto talante intelectual y visión crítica. No todo lo pasado ha sido mejor. Por mucho que algunos quieran seguir viviendo en las cavernas de la edad de piedra.
Aunque hay que ser socialmente evolucionado y ofrecer al ajeno el supuesto de inocencia, pues a muchos nos pasa que con la misma prisa con la que anhelamos cagar, deseamos salir del aseo con premura pues nuestros deberes nos reclaman y, es bien sabido, nadie hace el trabajo de otro y existen, siempre, motivos de fuerza mayor. Así que es de buena persona perdonar al prójimo los pecados en que uno mismo podría incurrir en circunstancias menos favorables y esperar que la próxima vez coja la escobilla para retirar sus restos. Yo, al menos, en eso sí soy muy escrupuloso.
Ahora bien. Supongamos que un día se cruzan con el personal de la limpieza del que conocen una predisposición y dedicación a prueba de bombas para limpiar la mierda de otros. A aquellos que hay que agradecer que los baños no den ganas de vomitar cada vez que se entra y que el sentarte a cagar no sea una prueba de entereza visceral más apta de los boinas verdes o de Rambo, capaz de comer cosas que harían vomitar a una cabra. Pero sigamos con el personal de limpieza. Hete aquí que, por esas cosas de la confianza que surge cuando se convive en las mismas instalaciones, te enteras que hay una disposición especial que les prohibe limpiar la mierda que otros han dejado el día anterior. Es más, se les amenaza con inhabilitarlos en sus funciones de persistir en esa actitud. Da igual lo que se haya avanzado en productos de limpieza. Simplemente, las cagadas pretéritas no se tocan. ¿A que sería un suceso asombrosamente extraño e inaudito?
A nadie —a menos nadie que me conozca— se le escapa a estas alturas que tengo el órgano del cinismo algo dilatado y en el momento de escribir esto anda especialmente revoltoso. Pero no son pocos los que me han escuchado decir que las sociedades no dejan de ser experimentos, retretes, donde los ideólogos dejan sus cagadas para que, durante unas pocas generaciones, las pongamos a prueba. Así hasta que llega otro ideólogo, que habrá comido de otras fuentes, y defeca unos nuevos ideales con los que tendremos que vivir otros muchos años. Otro experimento que sigue a otro experimento que sigue a otro experimento social. Cagada sobre cagada sobre cagada. Y así nos podríamos remontar hasta el comienzo de la existencia civilizada y socializada.
A veces a una generación se le da la oportunidad de limpiar las paredes de la taza para permitir, por un momento, que esa sensación de encontrarse con un espectáculo asqueroso sea menos probable y, aunque suene grandilocuente, para que se haga justicia, esa palabra tan malograda y tan mediatizada. Y dentro de esa generación hay quien decide armarse de valor y ponerse manos a la obra para retirar tanta inmundicia que se ha heredado de ideólogos anteriores. Pero, vaya ironías de la existencia, siempre habrá quienes se opongan a que se retire la mierda de otros alegando cosas tan absurdas como eso es caca antigua, caca pasada y, a fin de cuentas, ideales de terceros.
¿He dicho ideales cuando quería decir mierda de otros? Vaya, discúlpenme este desliz, ¿pero les suena toda esta metáfora? Pues sí, de eso se trata toda esta historia —que sí, que sí, que sé que es aburrida—. De una gran cagada, de esa magnífica Ley de Amnistía de 1977, que no es otra cosa que una gran cagada que en su momento pareció una buena idea a unos cuantos ideólogos que tenían unas ganas enormes de quitarse encima el problema a toda prisa —como suele ser cuando uno se deshace del apretón, se relaja el esfínter y desaparece la presión— y que ha estado adherida a las paredes de este experimento actual, de esta letrina, que es nuestra sociedad de hoy. Y, para remate de la faena, para descojono adicional de los extraños y extranjeros, le estamos dando por culo a la persona de la limpieza que ha intentando despegar un poco de esa mierda hedionda que resulta irritante a todos los que tienen cierto talante intelectual y visión crítica. No todo lo pasado ha sido mejor. Por mucho que algunos quieran seguir viviendo en las cavernas de la edad de piedra.
miércoles, 31 de marzo de 2010
Las siete plagas
—¡Papá!
—Ayayayayayay… Porfavornogrites. Tengo un resacón tremendo. Otra vez me la lió Odín anoche. Buff… Menuda juerga… Ay… Y este Zeus…
—Perdona, papá. ¿Papá?
—¿Eh? Ah, sí… Estooo… ¿Jesús? ¿Tú eras Jesús, verdad?
—Sí, papá, soy tu hijo Jesús.
—Bien, bien. ¿En qué te puedo ayudar? Esperaesperaespera... Por favor, no grites. Con calma, hijo mío.
—Sí, papá. Con calma. Pero de forma clara y directa. Lo de la Tierra es insostenible. Tengo a Mahoma todo el día burlándose de mí y…
—¿La Tierra? Espera, que no logro recordar… ¡Ah! Sí, aquel pequeño planeta habitado por monos. Jé. Esa fue una buena. Ahí ensayé lo de la evolución y esas chorradas. Qué buenos recuerdos. Me lo pasé muy bien metiendo miedo a toda esa gente con el truco de la zarza ardiendo y esas cosas. Jo jo jo…
—Sí, papá. La Tierra. Esa misma.
—… y lo del niño nacido de virgen… Esa fue muy buena también. ¡Hasta Huitzilopochtli se tuvo que chupar esa jugada!…
—Sí, papá. La Tierra. El hijo nacido de mujer virgen.
—… ¡Qué época más fantástica! ¿Eras tú el hijo de una virgen?
—Sí, papá, ese soy yo. Jesús. De Nazaret. ¿No lo recuerdas?
—Sí, bueno… ¿Nazaret, dices? Bueno, si tú lo dices… ¿Y qué necesitas, Jesús, hijo mío? ¿Es algo relativo a tu madre…? ¿María, no? Sabrás que lo de su virginidad y todo eso fue un montaje, ¿verdad? Yo era joven y ya sabes…
—Sí, papá, ya lo sé. No es por mi madre, la Virgen María. Es por la Tierra…
—¿Qué le sucede a la Tierra? ¿No está ya fuera de servicio? Creí que había acordado con Luzbel que él se encargaría de hacer limpieza.
—No, papá. Al final decidimos mantener lo del libre albedrío y esperar a ver qué sucedía. Me dejaste al cargo de la fe de esos mortales. Y al otro que no hace más que regalar vírgenes.
—Cierto, cierto… ¿Jesús? ¿Verdad? Mi memoria ya no es lo que era y a veces te confundo con ese otro profeta con el que estuve ensayando… ¿Cómo se llamaba? ¿Mahoma? Sí, eso es. Mahoma. ¿Cómo le va a tu casi hermano Mahoma?
—Demasiado bien. Encantado regalando vírgenes a todos los que se inmolan en su nombre y en el tuyo, papá.
—Je, je, je. Esa fue una buena también. ¿Cómo va nuestro stock de vírgenes, por cierto?
—No lo sé, papá. Eso se lo tendrás que preguntar a Mahoma.
—Te voy a contar un secreto, hijo mío… Jesús. Ahí se la jugué bien a Mahoma. En realidad contraté los servicios de una clínica china experta en reconstrucción de hímenes y nuestras… esto… vírgenes van rotando. Así mantenemos un stock reducido siempre circulando. Reciclamos vírgenes, por así decirlo. Lo único que me preocupa es que no entren muchos a la vez, porque entonces se notaría demasiado el… desgaste… si la rotación es demasiado rápida. ¿Cómo va el stock de vírgenes?
—Ya sabía eso, papá. Hasta Mahoma lo sabe, pero a él lo que le hace gracia es regalarlas para que sus fieles se suiciden en su nombre. Y te repito que lo del stock se lo tendrás que preguntar a Mahoma.
—¿Y si no has venido para hablar del stock de vírgenes para qué era entonces… Jesús? ¿En qué puedo ayudarte?
—¡La Tierra, papá! ¡La Tierra!
—Nogritesporfavortelopido… la cabeza me va a estallar…
—Lo siento, papá. Con calma, sí.
—¿Y qué pasa con la Tierra, hijo mío?
—No es exactamente "con", papá. Es "en". Lo correcto sería preguntar «qué pasa EN la Tierra, papá».
—Vaya, sí, Jesús. Ya recuerdo. Jesús, el pedante. El de los panes y los peces. Bueno. A ver… ¿Qué pasa EN la Tierra?
—La situación es insostenible, papá. Tú ministerio… Mi ministerio, aquellos que han de llevar tu palabra a la Tierra, se han desviado. Son unos depravados. Abusan de menores.
—¿Abusan?
—Sí. Sexualmente.
—¿Sexualmente?
—Sí, papá. Abusan sexualmente de menores de edad. De niños, papá. De niños. Relaciones sexuales con niños, papá. Hablo de pederastia, papá. Es horrible.
—¿Y eso es malo? En el planeta Xunapulcurno, de Alfa Centauri IV y mi victoria número cientocuarenta y tres billones doscientos uno mil cinco, eso es lo más normal del mundo…
—Papá, abusar de niños es pecado en la Tierra. Está muy mal visto y va contra el celibato impuesto a tus representantes en ese planeta. Los curas no pueden hacer eso, papá. Lo curas tiene prohibida cualquier relación carnal. Y menos aún con niños. Está terminantemente prohibido.
—¿Y yo prohibí eso?
—En realidad fue más bien una ocurrencia de Pablo…
—¿Pablo? ¡Ah, sí! El del caballo. Jo, jo, jo. Menuda leche le di a ese. Estuvo ciego un buen rato. ¿Y cómo era aquello? ¡Ah, sí! «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?»
—¡Papá!
—¡No grites! ¡Leñe!
—Perdón, papá. ¿Puedo seguir?
—Sí, por favor, que ya empiezo a tener un poco de apetito y quiero darme una ducha antes de fabricar otro mundo. Creo que a este le voy a dedicar dos semanitas para currarme un poco mejor lo de las nubes. Nunca consigo que las nubes salgan a mi gusto.
—Sí, las nubes, papá. El problema es de imagen, papá. Llevo dos mil años intentando por todos los medios que tu nombre sea enaltecido, recordado, admirado. Intentando ganar adeptos para tu causa, para dignificar tu imagen, papá. Luchando contra todos aquellos que vilipendian la idea de ti y de tu magnificencia. Y lo que están haciendo es malo para tu imagen, papá. La gente ya no cree en la iglesia. La gente ya no reza. No te respetan, papá. Ya pocos creen en ti y en que realmente te preocupes por ellos. Por unos pocos curas descarriados estamos perdiendo fieles. Y eso es malo, papá. Imagina lo que pensarán tus compañeros si llegan a enterarse. Habrías perdido la partida en ese mundo, papá. Bajarías puestos en la clasificación general en la liga cósmica de dogma y fe.
—Ahora sí que estoy convencido que fue mala idea no desmontarlo después de la partida. ¿Y qué dicen los curas?
—Lo niegan, por supuesto.
—Eso está bien. ¿Y cuál es el problema entonces? Ellos son mi palabra en la Tierra. Y mi palabra es Ley. ¿No?
—Más o menos, papá. Más o menos. El problema es que ha pasado mucho tiempo desde que te presentaste por última vez. La población es cada vez más insensible a lo que puedan decir tus representantes. Ya nadie escucha tu palabra con el mismo temor y la misma humildad. Y la prensa… Maldita sea mil veces la prensa y todos sus seguidores. Eso fariseos de los medios y su ánimo de lucro. Y los blogueros… Esas serpientes inmundas y pestilentes que no hacen más que amplificar los ecos de esas ridículas e insignificantes necesidades perentorias de tus representantes. Habría que empalar a todos esos blogueros metomentodo. La Tierra está en peligro, papá. Ya no hay valores religiosos. ¿Y qué son unos pocos niños malparados contra el bienestar de la Tierra? Cierto que hay unos pocos curas descarriados. ¿Pero y todo el bien que ha hecho mi… tu iglesia en ese mundo? ¿Para eso me sacrifiqué por ellos muriendo en la cruz? Eso dolió, papá. ¿Y todo para qué? ¿Papá? ¿Me estás prestando atención, papá?
—¿Eh? ¡Ah! Sí, sí. Fariseos. Prensa. Mal. Todo me parece muy mal, hijo mío. Esto habría que arreglarlo. Arreglarlo, sí.
—¿Y qué vas a hacer, papá?
—¿Yo? Esto… Esto parece más bien un trabajo para Mahoma, Jesús. ¿Por qué no le pides que vaya él a solucionarlo, hijo mío?
—Él tiene otros seguidores, papá. Montó otra religión. Para enaltecerlo a él antes que a ti, papá. Además, Mahoma lo arregla todo pidiendo a sus fieles que se sacrifiquen a cambio de vírgenes. No son actos desinteresados, papá. Como los que yo exijo en tu ministerio para honrar tu gracia.
—Sí, ya, bueno… ¿Y qué sugieres que hagamos, hijo mío? Si no te entendí mal, creo que la Tierra quedó a tu cuidado y al cuidado de Mahoma. ¿No es así? Y yo ando liado planificando el nuevo planeta-juego con el resto de dioses. Creo que esta vez intentaremos lo del monoteísmo antes que lo del politeísmo, a ver qué tal sale. A ver quién gana la partida. Sigo siendo el favorito, claro. Pero ese Zeus es bastante pertinaz. Esta vez creo que no intentaré lo de la evolución y sí que los haré a mi imagen y semejanza. A ver qué tal se desenvuelven teniendo cuatro patas y una polla como el brazo de un gorila. ¡Je!
—Estaba pensando en que podíamos hacerlo de nuevo, papá.
—¿Hacerlo? ¿El qué, hijo mío?
—Lo de las siete plagas. Para masacrarlos y que vuelvan a creer en ti. En tu implacable deseo de obediencia. O un diluvio. Y, luego, tal vez que yo vuelva a nacer de otra virgen. Renovar el milagro. ¿Qué te parece, papá? Es una buena idea lo de las siete plagas y que yo vuelva a nacer para volver a perdonarlos y renovar el ministerio.
—Sí, bueno, hijo mío. Verás, Jesús. Es que no sé yo si eso estaría bien. No se ha hecho antes. Las normas son las normas, ya sabes. Y por lo general ya sabes que una vez un planeta ha concluido su tiempo útil le envío un meteorito para erradicarlos. Después Belcebú se encarga de los restos. Es muy peligroso no hacerlo. ¿Qué pasaría si esos… humanos, sí eso… acaban saltando a las estrellas y se dan cuenta que todo es una proyección holográfica y que no hay ni galaxias ni más estrellas que el sol que tienen y esas cosas? Me parece que lo correcto sería terminar con esto ya. Voy a llamar a Satanás. Ya fue bastante trabajo tener que inventar lo de la física cuántica para tenerlos entretenidos unos cuantos siglos.
—¡Pero papá! Me prometiste que dejarías que yo desarrollara ese mundo, que lo dedicara a enaltecer tu gracia, a honrar tu nombre, a…
—Sí, ya, bueno… Déjame que lo piense unos días. A ver qué se me ocurre. No veo lo de las siete plagas, no lo veo. Pero lo de volver a enviarte allí. Tal vez eso sí sea una buena idea. Igual consigo librarme de ti un tiempo. Creo que voy a consultar con Vishnú lo de la reencarnación. Me debe algunos favores. Igual eso funciona.
—De una virgen, papá. Tendría que volver a nacer de una virgen. Bueno, al menos esta vez sí.
—Ya, una virgen. Vete buscando a ver si encuentras una y me avisas. ¿Ok? Yo voy a seguir pensando en alguna forma de hacerlo creíble. ¿La última vez qué envié? ¿Una paloma? Igual podría enviar un cachalote esta vez. O un elefante. Algo grande e impresionante. Eso me gusta. Déjame que lo piense y ya te contaré lo que decido… ¿Jesús? Sí, eso. Ya hablamos dentro de unos días, Jesús.
—Prométeme que lo pensarás, papá.
—Sí, claro, claro. Bueno, me voy yendo, que me espera Azrael por un tema de recogida de desperdicios… Adiós, hijo mío. La Tierra… ¿Cuánto hará que fabriqué la Tierra? ¿Seis mil años? ¿Y qué usé? ¿Leche de cabra rancia o polvo estelar? ¡Ah! ¡Lo de los dinosaurios! ¡Cómo me quedé con todos! Jo, jo, jo… ¿Curas pederastas? Vaya, vaya. ¿Tan feas son las mujeres cuando crecen que hay que fornicar con ellas aún estando verdes? ¿Y los hombres? Eso fue culpa de la evolución, seguro. Era de esperar al elegir a los monos como raíz evolutiva. Todos desviados… ¿Una virgen? Un elefante. Sí, creo que esta vez usaré un elefante para inseminarla. Tendré que resolver lo del acto en sí, no vaya a reventarla y perdamos la oportunidad de que engendre, pero será impresionante ver cómo se lo montan… Reencarnar a… Jesús, sí, eso, Jesús. Reencarnar a Jesús. ¿Y si esta vez lo mando como una mujer? ¿Clotilda? Me gusta Clotilda, sí. Bonito nombre. ¿Había dos o tres sexos en la Tierra? Tengo que consultar en la Divinopedia. Estaría bien que esta vez lo… la sacrificaran en una ceremonia bukkake. Creo que sí, que eso puede funcionar. Va a ser la repera limonera. Como poco otros cinco mil años de fe y dogma incondicionales… Inquisición. Otra vez la inquisición. Eso estaría bien. Jo, jo, jo… Espera a que se lo cuente a los otros. Esta noche la fiesta va a ser monumental. Igual nos podemos sacar unas vírgenes del almacén para animar algo más la velada. Estos chinos hacen maravillas con esa cirugía. Seguro que Odín no puede mejorar esta. Ese hijo suyo, Thor, es demasiado serio y jugando todo el día con el martillito de las narices… La Tierra… ¡Y a Zeus seguro que le saco otros mil puntos en la clasificación! Jo, jo, jo… Ayayayay… Bufff… Menudo resacón llevo, madre mía…
—Ayayayayayay… Porfavornogrites. Tengo un resacón tremendo. Otra vez me la lió Odín anoche. Buff… Menuda juerga… Ay… Y este Zeus…
—Perdona, papá. ¿Papá?
—¿Eh? Ah, sí… Estooo… ¿Jesús? ¿Tú eras Jesús, verdad?
—Sí, papá, soy tu hijo Jesús.
—Bien, bien. ¿En qué te puedo ayudar? Esperaesperaespera... Por favor, no grites. Con calma, hijo mío.
—Sí, papá. Con calma. Pero de forma clara y directa. Lo de la Tierra es insostenible. Tengo a Mahoma todo el día burlándose de mí y…
—¿La Tierra? Espera, que no logro recordar… ¡Ah! Sí, aquel pequeño planeta habitado por monos. Jé. Esa fue una buena. Ahí ensayé lo de la evolución y esas chorradas. Qué buenos recuerdos. Me lo pasé muy bien metiendo miedo a toda esa gente con el truco de la zarza ardiendo y esas cosas. Jo jo jo…
—Sí, papá. La Tierra. Esa misma.
—… y lo del niño nacido de virgen… Esa fue muy buena también. ¡Hasta Huitzilopochtli se tuvo que chupar esa jugada!…
—Sí, papá. La Tierra. El hijo nacido de mujer virgen.
—… ¡Qué época más fantástica! ¿Eras tú el hijo de una virgen?
—Sí, papá, ese soy yo. Jesús. De Nazaret. ¿No lo recuerdas?
—Sí, bueno… ¿Nazaret, dices? Bueno, si tú lo dices… ¿Y qué necesitas, Jesús, hijo mío? ¿Es algo relativo a tu madre…? ¿María, no? Sabrás que lo de su virginidad y todo eso fue un montaje, ¿verdad? Yo era joven y ya sabes…
—Sí, papá, ya lo sé. No es por mi madre, la Virgen María. Es por la Tierra…
—¿Qué le sucede a la Tierra? ¿No está ya fuera de servicio? Creí que había acordado con Luzbel que él se encargaría de hacer limpieza.
—No, papá. Al final decidimos mantener lo del libre albedrío y esperar a ver qué sucedía. Me dejaste al cargo de la fe de esos mortales. Y al otro que no hace más que regalar vírgenes.
—Cierto, cierto… ¿Jesús? ¿Verdad? Mi memoria ya no es lo que era y a veces te confundo con ese otro profeta con el que estuve ensayando… ¿Cómo se llamaba? ¿Mahoma? Sí, eso es. Mahoma. ¿Cómo le va a tu casi hermano Mahoma?
—Demasiado bien. Encantado regalando vírgenes a todos los que se inmolan en su nombre y en el tuyo, papá.
—Je, je, je. Esa fue una buena también. ¿Cómo va nuestro stock de vírgenes, por cierto?
—No lo sé, papá. Eso se lo tendrás que preguntar a Mahoma.
—Te voy a contar un secreto, hijo mío… Jesús. Ahí se la jugué bien a Mahoma. En realidad contraté los servicios de una clínica china experta en reconstrucción de hímenes y nuestras… esto… vírgenes van rotando. Así mantenemos un stock reducido siempre circulando. Reciclamos vírgenes, por así decirlo. Lo único que me preocupa es que no entren muchos a la vez, porque entonces se notaría demasiado el… desgaste… si la rotación es demasiado rápida. ¿Cómo va el stock de vírgenes?
—Ya sabía eso, papá. Hasta Mahoma lo sabe, pero a él lo que le hace gracia es regalarlas para que sus fieles se suiciden en su nombre. Y te repito que lo del stock se lo tendrás que preguntar a Mahoma.
—¿Y si no has venido para hablar del stock de vírgenes para qué era entonces… Jesús? ¿En qué puedo ayudarte?
—¡La Tierra, papá! ¡La Tierra!
—Nogritesporfavortelopido… la cabeza me va a estallar…
—Lo siento, papá. Con calma, sí.
—¿Y qué pasa con la Tierra, hijo mío?
—No es exactamente "con", papá. Es "en". Lo correcto sería preguntar «qué pasa EN la Tierra, papá».
—Vaya, sí, Jesús. Ya recuerdo. Jesús, el pedante. El de los panes y los peces. Bueno. A ver… ¿Qué pasa EN la Tierra?
—La situación es insostenible, papá. Tú ministerio… Mi ministerio, aquellos que han de llevar tu palabra a la Tierra, se han desviado. Son unos depravados. Abusan de menores.
—¿Abusan?
—Sí. Sexualmente.
—¿Sexualmente?
—Sí, papá. Abusan sexualmente de menores de edad. De niños, papá. De niños. Relaciones sexuales con niños, papá. Hablo de pederastia, papá. Es horrible.
—¿Y eso es malo? En el planeta Xunapulcurno, de Alfa Centauri IV y mi victoria número cientocuarenta y tres billones doscientos uno mil cinco, eso es lo más normal del mundo…
—Papá, abusar de niños es pecado en la Tierra. Está muy mal visto y va contra el celibato impuesto a tus representantes en ese planeta. Los curas no pueden hacer eso, papá. Lo curas tiene prohibida cualquier relación carnal. Y menos aún con niños. Está terminantemente prohibido.
—¿Y yo prohibí eso?
—En realidad fue más bien una ocurrencia de Pablo…
—¿Pablo? ¡Ah, sí! El del caballo. Jo, jo, jo. Menuda leche le di a ese. Estuvo ciego un buen rato. ¿Y cómo era aquello? ¡Ah, sí! «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?»
—¡Papá!
—¡No grites! ¡Leñe!
—Perdón, papá. ¿Puedo seguir?
—Sí, por favor, que ya empiezo a tener un poco de apetito y quiero darme una ducha antes de fabricar otro mundo. Creo que a este le voy a dedicar dos semanitas para currarme un poco mejor lo de las nubes. Nunca consigo que las nubes salgan a mi gusto.
—Sí, las nubes, papá. El problema es de imagen, papá. Llevo dos mil años intentando por todos los medios que tu nombre sea enaltecido, recordado, admirado. Intentando ganar adeptos para tu causa, para dignificar tu imagen, papá. Luchando contra todos aquellos que vilipendian la idea de ti y de tu magnificencia. Y lo que están haciendo es malo para tu imagen, papá. La gente ya no cree en la iglesia. La gente ya no reza. No te respetan, papá. Ya pocos creen en ti y en que realmente te preocupes por ellos. Por unos pocos curas descarriados estamos perdiendo fieles. Y eso es malo, papá. Imagina lo que pensarán tus compañeros si llegan a enterarse. Habrías perdido la partida en ese mundo, papá. Bajarías puestos en la clasificación general en la liga cósmica de dogma y fe.
—Ahora sí que estoy convencido que fue mala idea no desmontarlo después de la partida. ¿Y qué dicen los curas?
—Lo niegan, por supuesto.
—Eso está bien. ¿Y cuál es el problema entonces? Ellos son mi palabra en la Tierra. Y mi palabra es Ley. ¿No?
—Más o menos, papá. Más o menos. El problema es que ha pasado mucho tiempo desde que te presentaste por última vez. La población es cada vez más insensible a lo que puedan decir tus representantes. Ya nadie escucha tu palabra con el mismo temor y la misma humildad. Y la prensa… Maldita sea mil veces la prensa y todos sus seguidores. Eso fariseos de los medios y su ánimo de lucro. Y los blogueros… Esas serpientes inmundas y pestilentes que no hacen más que amplificar los ecos de esas ridículas e insignificantes necesidades perentorias de tus representantes. Habría que empalar a todos esos blogueros metomentodo. La Tierra está en peligro, papá. Ya no hay valores religiosos. ¿Y qué son unos pocos niños malparados contra el bienestar de la Tierra? Cierto que hay unos pocos curas descarriados. ¿Pero y todo el bien que ha hecho mi… tu iglesia en ese mundo? ¿Para eso me sacrifiqué por ellos muriendo en la cruz? Eso dolió, papá. ¿Y todo para qué? ¿Papá? ¿Me estás prestando atención, papá?
—¿Eh? ¡Ah! Sí, sí. Fariseos. Prensa. Mal. Todo me parece muy mal, hijo mío. Esto habría que arreglarlo. Arreglarlo, sí.
—¿Y qué vas a hacer, papá?
—¿Yo? Esto… Esto parece más bien un trabajo para Mahoma, Jesús. ¿Por qué no le pides que vaya él a solucionarlo, hijo mío?
—Él tiene otros seguidores, papá. Montó otra religión. Para enaltecerlo a él antes que a ti, papá. Además, Mahoma lo arregla todo pidiendo a sus fieles que se sacrifiquen a cambio de vírgenes. No son actos desinteresados, papá. Como los que yo exijo en tu ministerio para honrar tu gracia.
—Sí, ya, bueno… ¿Y qué sugieres que hagamos, hijo mío? Si no te entendí mal, creo que la Tierra quedó a tu cuidado y al cuidado de Mahoma. ¿No es así? Y yo ando liado planificando el nuevo planeta-juego con el resto de dioses. Creo que esta vez intentaremos lo del monoteísmo antes que lo del politeísmo, a ver qué tal sale. A ver quién gana la partida. Sigo siendo el favorito, claro. Pero ese Zeus es bastante pertinaz. Esta vez creo que no intentaré lo de la evolución y sí que los haré a mi imagen y semejanza. A ver qué tal se desenvuelven teniendo cuatro patas y una polla como el brazo de un gorila. ¡Je!
—Estaba pensando en que podíamos hacerlo de nuevo, papá.
—¿Hacerlo? ¿El qué, hijo mío?
—Lo de las siete plagas. Para masacrarlos y que vuelvan a creer en ti. En tu implacable deseo de obediencia. O un diluvio. Y, luego, tal vez que yo vuelva a nacer de otra virgen. Renovar el milagro. ¿Qué te parece, papá? Es una buena idea lo de las siete plagas y que yo vuelva a nacer para volver a perdonarlos y renovar el ministerio.
—Sí, bueno, hijo mío. Verás, Jesús. Es que no sé yo si eso estaría bien. No se ha hecho antes. Las normas son las normas, ya sabes. Y por lo general ya sabes que una vez un planeta ha concluido su tiempo útil le envío un meteorito para erradicarlos. Después Belcebú se encarga de los restos. Es muy peligroso no hacerlo. ¿Qué pasaría si esos… humanos, sí eso… acaban saltando a las estrellas y se dan cuenta que todo es una proyección holográfica y que no hay ni galaxias ni más estrellas que el sol que tienen y esas cosas? Me parece que lo correcto sería terminar con esto ya. Voy a llamar a Satanás. Ya fue bastante trabajo tener que inventar lo de la física cuántica para tenerlos entretenidos unos cuantos siglos.
—¡Pero papá! Me prometiste que dejarías que yo desarrollara ese mundo, que lo dedicara a enaltecer tu gracia, a honrar tu nombre, a…
—Sí, ya, bueno… Déjame que lo piense unos días. A ver qué se me ocurre. No veo lo de las siete plagas, no lo veo. Pero lo de volver a enviarte allí. Tal vez eso sí sea una buena idea. Igual consigo librarme de ti un tiempo. Creo que voy a consultar con Vishnú lo de la reencarnación. Me debe algunos favores. Igual eso funciona.
—De una virgen, papá. Tendría que volver a nacer de una virgen. Bueno, al menos esta vez sí.
—Ya, una virgen. Vete buscando a ver si encuentras una y me avisas. ¿Ok? Yo voy a seguir pensando en alguna forma de hacerlo creíble. ¿La última vez qué envié? ¿Una paloma? Igual podría enviar un cachalote esta vez. O un elefante. Algo grande e impresionante. Eso me gusta. Déjame que lo piense y ya te contaré lo que decido… ¿Jesús? Sí, eso. Ya hablamos dentro de unos días, Jesús.
—Prométeme que lo pensarás, papá.
—Sí, claro, claro. Bueno, me voy yendo, que me espera Azrael por un tema de recogida de desperdicios… Adiós, hijo mío. La Tierra… ¿Cuánto hará que fabriqué la Tierra? ¿Seis mil años? ¿Y qué usé? ¿Leche de cabra rancia o polvo estelar? ¡Ah! ¡Lo de los dinosaurios! ¡Cómo me quedé con todos! Jo, jo, jo… ¿Curas pederastas? Vaya, vaya. ¿Tan feas son las mujeres cuando crecen que hay que fornicar con ellas aún estando verdes? ¿Y los hombres? Eso fue culpa de la evolución, seguro. Era de esperar al elegir a los monos como raíz evolutiva. Todos desviados… ¿Una virgen? Un elefante. Sí, creo que esta vez usaré un elefante para inseminarla. Tendré que resolver lo del acto en sí, no vaya a reventarla y perdamos la oportunidad de que engendre, pero será impresionante ver cómo se lo montan… Reencarnar a… Jesús, sí, eso, Jesús. Reencarnar a Jesús. ¿Y si esta vez lo mando como una mujer? ¿Clotilda? Me gusta Clotilda, sí. Bonito nombre. ¿Había dos o tres sexos en la Tierra? Tengo que consultar en la Divinopedia. Estaría bien que esta vez lo… la sacrificaran en una ceremonia bukkake. Creo que sí, que eso puede funcionar. Va a ser la repera limonera. Como poco otros cinco mil años de fe y dogma incondicionales… Inquisición. Otra vez la inquisición. Eso estaría bien. Jo, jo, jo… Espera a que se lo cuente a los otros. Esta noche la fiesta va a ser monumental. Igual nos podemos sacar unas vírgenes del almacén para animar algo más la velada. Estos chinos hacen maravillas con esa cirugía. Seguro que Odín no puede mejorar esta. Ese hijo suyo, Thor, es demasiado serio y jugando todo el día con el martillito de las narices… La Tierra… ¡Y a Zeus seguro que le saco otros mil puntos en la clasificación! Jo, jo, jo… Ayayayay… Bufff… Menudo resacón llevo, madre mía…
martes, 18 de agosto de 2009
Tesoros perdidos reencontrados (XXII): Diseño de hojas de filatelia
Me parece una eternidad lo que ha pasado desde la última vez que retomé la colección filatélica. Hace unas semanas comentaba que echaba de menos los sellos. Aunque realmente creo que lo que me pasaba es que andaba buscando algo que llenase mi existencia, algo con lo que evadirme del tedio, cuando las mil y una alternativas que tengo, no me funcionan. Para eso y para que mi mujer siga diciendo que me dedico a despilfarrar el dinero en mis chorradas.
En cualquier caso, aprovechando aquel post, hoy publico algunos diseños de hojas filatélicas que realicé en aquella ocasión. La última vez que retomé lo de coleccionar sellos creo que fue en pleno auge de la banda ancha y, por aquel entonces, en los foros y sitios que reunían a la gente con conocimientos en la materia, comenzó a verse un movimiento de personas, con la suficiente habilidad en los programas, que, huyendo de los precios abusivos de las hojas comerciales, se montaban sus propios diseños. Los que llegué a ver en aquellos momentos eran una copia, más o menos aceptable, de la versión comercial de las hojas filatélicas: blancas con la imagen del sello en el centro o espaciando los distintos sellos de una misma serie. Pero en general muy sosas. Así que me animé a hacer mis propios diseños.

Entusiasmado con los resultados me animé a meterme en la variante de coleccionismo del bloque de cuatro. Me acercaba a la filatelia e intentaba hacerme con la esquina de una hoja, pidiendo cuatro de los sellos juntos y, a poder ser, el número de referencia de la hoja en cuestión. No siempre hubo suerte. Por otro lado, aquello quintuplicaba el gasto necesario por cada año. Imaginen que en 2000 un año completo venía costando unos 100 €. Tener los sellos por separado y en bloque de cuatro suponía emplear 500 € para un año. Una fortuna. Por eso desistí al poco. En aquel entonces me había tomado media excedencia de la empresa para terminar las asignaturas que me quedaban pendientes de la licenciatura. Mi sueldo era acorde al tiempo que trabajaba. Y trabajaba unas 16 horas a la semana. Entonces aún no había euros, pero mi sueldo por 40 horas semanales no llegaba al de un mileurista de ahora. Hagan cálculos. Como para tirarlo en sellos.

Para los textos acudí a la página de Correos, donde te cuentan, con mucho lujo de detalles, toda la historia de cada uno de los sellos que emiten en el año. Para mi gusto recargaba mucho, pero creí necesario que apareciera ese texto.

Sobra decir que todo esto lo hice usando Corel Draw, del que en más de una ocasión me he confesado ser un afortunado usuario ilícito. Bueno, ilícito hasta que me regalaron con el ordenador del trabajo una versión lite gratis. Ahora soy un usuario lícito. Aunque solo en horas laborales.
En cualquier caso, aprovechando aquel post, hoy publico algunos diseños de hojas filatélicas que realicé en aquella ocasión. La última vez que retomé lo de coleccionar sellos creo que fue en pleno auge de la banda ancha y, por aquel entonces, en los foros y sitios que reunían a la gente con conocimientos en la materia, comenzó a verse un movimiento de personas, con la suficiente habilidad en los programas, que, huyendo de los precios abusivos de las hojas comerciales, se montaban sus propios diseños. Los que llegué a ver en aquellos momentos eran una copia, más o menos aceptable, de la versión comercial de las hojas filatélicas: blancas con la imagen del sello en el centro o espaciando los distintos sellos de una misma serie. Pero en general muy sosas. Así que me animé a hacer mis propios diseños.

Entusiasmado con los resultados me animé a meterme en la variante de coleccionismo del bloque de cuatro. Me acercaba a la filatelia e intentaba hacerme con la esquina de una hoja, pidiendo cuatro de los sellos juntos y, a poder ser, el número de referencia de la hoja en cuestión. No siempre hubo suerte. Por otro lado, aquello quintuplicaba el gasto necesario por cada año. Imaginen que en 2000 un año completo venía costando unos 100 €. Tener los sellos por separado y en bloque de cuatro suponía emplear 500 € para un año. Una fortuna. Por eso desistí al poco. En aquel entonces me había tomado media excedencia de la empresa para terminar las asignaturas que me quedaban pendientes de la licenciatura. Mi sueldo era acorde al tiempo que trabajaba. Y trabajaba unas 16 horas a la semana. Entonces aún no había euros, pero mi sueldo por 40 horas semanales no llegaba al de un mileurista de ahora. Hagan cálculos. Como para tirarlo en sellos.

Para los textos acudí a la página de Correos, donde te cuentan, con mucho lujo de detalles, toda la historia de cada uno de los sellos que emiten en el año. Para mi gusto recargaba mucho, pero creí necesario que apareciera ese texto.

Sobra decir que todo esto lo hice usando Corel Draw, del que en más de una ocasión me he confesado ser un afortunado usuario ilícito. Bueno, ilícito hasta que me regalaron con el ordenador del trabajo una versión lite gratis. Ahora soy un usuario lícito. Aunque solo en horas laborales.
martes, 30 de junio de 2009
Tesoros perdidos reencontrados (XXI): La versión mejorada (o 2.0) de 'Enjoy de Sound'
Hace ya bastante tiempo hablaba sobre una serie de ocho discos recopilatorios de música que creé, 'Enjoy the Sound', buscando la forma de recuperar el interés de una chica con la que estuve saliendo y que me dio la patada. Aunque de forma figurada, el sentimiento fue parecido al sufrido si me la hubiese dado de forma literal en la entrepierna. Aunque mirado de forma retrospectiva el que me dejase es algo que le agradeceré eternamente. Sí, hablo de la chida de la prohibición.
Al principio lo importante era el disco en sí. La música que contenía. Pasaba horas buscando los temas y recortando el principio y el final para que encajasen y diesen sensación de continuidad. En la mayoría de las ocasiones conseguía que al terminar una encajase bien el comienzo de la siguiente. Sin saltos. Elegía los temas por lo que contaban las canciones o por sus títulos. El mensaje era lo esencial. Quería ablandar su duro corazón.

Pero el ímpetu inicial, el empuje causado por la patada, fue perdiendo fuerza y los discos eran cada vez más para mí que estar pensados para ella. Eso sucedió cuando montaba el cuarto, pero la inercia me hizo seguir por el mismo camino hasta el séptimo, el último que le hice llegar. Una vez pasado el empuje inicial, mientras montaba el noveno de los discos, que nunca llegué a terminar, comencé a preocuparme para que disfrutar del disco fuese una experiencia completa. Por aquella época a mí me encantaba sentarme a escuchar música los sábado o domingos por la mañana. Cogía un CD, lo ponía en el aparato de música y me sentaba a leer el libreto escuchando lo que hubiese elegido. Para mí eso significaba una experiencia completa con el disco: hojear el libreto del disco mientras lo escuchabas en el reproductor. Por supuesto eran los tiempos en que no usaba el ordenador para escuchar música ni tenía un iPod. De hecho tenía un discman con unos auriculares que parecían un casco espartano de lo grande que eran.

Tomando como referencia los discos de Pink Floyd, que cuidaban muchísimo el tema de los libretos que acompañaban los discos, principalmente por sus fotografías, me puse a buscar fotos con las que acompañar las letras. A mediados de los 90 no estaba Flickr y en Internet apenas se conseguían fotos interesantes. Salvo las relacionadas con la pornografía, claro. Así que aproveché que tenía una colección de libros de grandes fotógrafos en casa y escaneé unas cuantas. Luego cogí mi copia del Corel Draw y me puse a pegarlo todo, intentando prestar especial atención a los detalles.


No recuerdo el tiempo que me llevó hacer la mitad del primer libreto. Lo que sí sé es que acabé agotado. El ordenador personal que tenía por aquel entonces no daba para mucho, desde luego no estaba pensado para diseño gráfico, así que a medida que creía el documento Corel Draw con las imágenes, los textos y los diseños, aquello iba cada vez muchísimo más lento. Hacer cualquier modificación, cuando llevaba cuatro hojas, podía suponer tres o cuatro minutos mirando el reloj de arena en la pantalla hasta que se redibujaba todo. Agotador. En realidad tampoco sabía usar muy bien el Corel, lo que doy por hecho que era un agravante a mi sufrimiento.

Así que, cansado de darle al ratón y al cuadrante creativo de mi cerebro, bastante pequeño por cierto, apagué y me dije "ya seguiré mañana". Pero a "mañana" le siguió "pasado" y a "pasado" "el próximo fin de semana", y después de "fin de semana" vino "cuando termine el proyecto". Un gran ejemplo de procrastinación. El resumen último de mi vida.

Sé que nunca llegaré a ser un gran diseñador gráfico. Tampoco lo he pretendido. Pero de lo que hice en aquella ocasión, lo que se perfilaba y que se quedó en apenas un bosquejo presentado en las imágenes que acompañan la publicación de hoy, promesa de lo que no fue, llegué a estar ligeramente orgulloso. Gasté muchísima tinta para imprimir algunas pruebas y, sobre un papel de calidad, quedaba bastante bien. Y es que, aún mirándolo de forma retrospectiva, con la emoción del empuje totalmente disuelta en la marea del tiempo, me sigue pareciendo un diseño elegante.
Al principio lo importante era el disco en sí. La música que contenía. Pasaba horas buscando los temas y recortando el principio y el final para que encajasen y diesen sensación de continuidad. En la mayoría de las ocasiones conseguía que al terminar una encajase bien el comienzo de la siguiente. Sin saltos. Elegía los temas por lo que contaban las canciones o por sus títulos. El mensaje era lo esencial. Quería ablandar su duro corazón.

Pero el ímpetu inicial, el empuje causado por la patada, fue perdiendo fuerza y los discos eran cada vez más para mí que estar pensados para ella. Eso sucedió cuando montaba el cuarto, pero la inercia me hizo seguir por el mismo camino hasta el séptimo, el último que le hice llegar. Una vez pasado el empuje inicial, mientras montaba el noveno de los discos, que nunca llegué a terminar, comencé a preocuparme para que disfrutar del disco fuese una experiencia completa. Por aquella época a mí me encantaba sentarme a escuchar música los sábado o domingos por la mañana. Cogía un CD, lo ponía en el aparato de música y me sentaba a leer el libreto escuchando lo que hubiese elegido. Para mí eso significaba una experiencia completa con el disco: hojear el libreto del disco mientras lo escuchabas en el reproductor. Por supuesto eran los tiempos en que no usaba el ordenador para escuchar música ni tenía un iPod. De hecho tenía un discman con unos auriculares que parecían un casco espartano de lo grande que eran.

Tomando como referencia los discos de Pink Floyd, que cuidaban muchísimo el tema de los libretos que acompañaban los discos, principalmente por sus fotografías, me puse a buscar fotos con las que acompañar las letras. A mediados de los 90 no estaba Flickr y en Internet apenas se conseguían fotos interesantes. Salvo las relacionadas con la pornografía, claro. Así que aproveché que tenía una colección de libros de grandes fotógrafos en casa y escaneé unas cuantas. Luego cogí mi copia del Corel Draw y me puse a pegarlo todo, intentando prestar especial atención a los detalles.


No recuerdo el tiempo que me llevó hacer la mitad del primer libreto. Lo que sí sé es que acabé agotado. El ordenador personal que tenía por aquel entonces no daba para mucho, desde luego no estaba pensado para diseño gráfico, así que a medida que creía el documento Corel Draw con las imágenes, los textos y los diseños, aquello iba cada vez muchísimo más lento. Hacer cualquier modificación, cuando llevaba cuatro hojas, podía suponer tres o cuatro minutos mirando el reloj de arena en la pantalla hasta que se redibujaba todo. Agotador. En realidad tampoco sabía usar muy bien el Corel, lo que doy por hecho que era un agravante a mi sufrimiento.

Así que, cansado de darle al ratón y al cuadrante creativo de mi cerebro, bastante pequeño por cierto, apagué y me dije "ya seguiré mañana". Pero a "mañana" le siguió "pasado" y a "pasado" "el próximo fin de semana", y después de "fin de semana" vino "cuando termine el proyecto". Un gran ejemplo de procrastinación. El resumen último de mi vida.

Sé que nunca llegaré a ser un gran diseñador gráfico. Tampoco lo he pretendido. Pero de lo que hice en aquella ocasión, lo que se perfilaba y que se quedó en apenas un bosquejo presentado en las imágenes que acompañan la publicación de hoy, promesa de lo que no fue, llegué a estar ligeramente orgulloso. Gasté muchísima tinta para imprimir algunas pruebas y, sobre un papel de calidad, quedaba bastante bien. Y es que, aún mirándolo de forma retrospectiva, con la emoción del empuje totalmente disuelta en la marea del tiempo, me sigue pareciendo un diseño elegante.
miércoles, 15 de abril de 2009
Ego malo, ego malo...
Pues aquí estamos un miércoles más. Seré breve, que ando liado tras reincorporarme de las vacaciones de Semana Santa. Sí, soy de los que han aprovechado estos días y han intentado no dar palo a agua. En mi caso a cuenta de los días que aún me quedaban de 2008. La crisis ha permitido que me reincorpore, sin sorpresas, ayer martes.
A diferencia de lo que hice en la semana de febrero, esta Semana Santa la he empleado principalmente al fortalecimiento de mi red de relaciones sociales, no pasando un día en que no viese a algún amigo o familiar, en lugar de salir todos los días con la cámara. Me hacía mucha falta reencontrarme con gente con la que no tengo apenas contacto desde hace tiempo. Y con los que sí también, que a todo el mundo hay que tratarlo con cariño. No digo que no haya cogido la cámara, que de hecho lo he hecho, valga la redundancia. Simplemente la fotografía no ha sido el centro orbital de mis últimas vacaciones. Ha sido, simplemente, algo accesorio.
Como estoy algo liado con mi reentrada en el trabajo, estaba por no escribir nada en el día de las anécdotas, opiniones y asuntos personales, pero la semana pasada llegó la revista en que aparece mi fotografía y no podía renunciar a pavonearme ante mis pocos-pero-excelentes lectores. Los de Jardinería profesional han cumplido: publicaron la fotografía con mi nombre y me enviaron un ejemplar impreso. Escaneo al canto a modo de prueba A de la defensa.


No es gran cosa, lo reconozco, pero el ego lleva unos días muy contento. Para los muy gansos que no quieran ir a la cuenta Flickr para ver la foto original la pongo (la vuelvo a poner) a continuación:
¿A que es bonita?
A diferencia de lo que hice en la semana de febrero, esta Semana Santa la he empleado principalmente al fortalecimiento de mi red de relaciones sociales, no pasando un día en que no viese a algún amigo o familiar, en lugar de salir todos los días con la cámara. Me hacía mucha falta reencontrarme con gente con la que no tengo apenas contacto desde hace tiempo. Y con los que sí también, que a todo el mundo hay que tratarlo con cariño. No digo que no haya cogido la cámara, que de hecho lo he hecho, valga la redundancia. Simplemente la fotografía no ha sido el centro orbital de mis últimas vacaciones. Ha sido, simplemente, algo accesorio.
Como estoy algo liado con mi reentrada en el trabajo, estaba por no escribir nada en el día de las anécdotas, opiniones y asuntos personales, pero la semana pasada llegó la revista en que aparece mi fotografía y no podía renunciar a pavonearme ante mis pocos-pero-excelentes lectores. Los de Jardinería profesional han cumplido: publicaron la fotografía con mi nombre y me enviaron un ejemplar impreso. Escaneo al canto a modo de prueba A de la defensa.


No es gran cosa, lo reconozco, pero el ego lleva unos días muy contento. Para los muy gansos que no quieran ir a la cuenta Flickr para ver la foto original la pongo (la vuelvo a poner) a continuación:
¿A que es bonita?
martes, 7 de abril de 2009
Tesoros perdidos reencontrados (XIX): La práctica de Ingeniería del Conocimiento
Cuando recuperé, rebuscando entre bolsas de CD viejos, la cantidad de archivos que había dado por perdidos, también recuperé buena parte de las prácticas que hice durante los años de la carrera. Sin embargo decidí no publicarlas dentro de este marco de artículos porque me parecían más bien parte de anécdotas que productos por sí mismas. Aunque es cierto que tesoros anteriores se han solapado con el universo del anecdotario personal y no dejan de ser, de alguna forma, producto de las mismas.
En cualquier caso, y como decía, pese a no tener más fundamento que mi propio apetito y criterio, las prácticas habían quedado desestimadas completamente como parte de esta serie. ¿Y por qué nos das la brasa entonces con una, preguntarán? Pues porque la práctica de Ingeniería del Conocimiento me la he tropezado en Internet.
Tengo el raro hábito de buscarme a mi mismo en Google de vez en cuando. No es algo que tenga programado ni de lo que tenga una necesidad perentoria por realizar. Simplemente, en un momento cualquiera y de repente, me voy a la entrada de búsqueda en la esquina superior derecha del navegador, escribo mi nombre y apellidos, y compruebo qué aparece. En general es casi siempre lo mismo: La orden de caza y captura para devolver el dinero de una subvención, algunas fotos que han usado otros, una consulta que hice hace eones en un foro, algún comentario hecho en algún blog, etc., etc. Pero esta vez me he tropezado con un documento Word escrito a principios de 2000, conteniendo la susodicha práctica. Y me ha resultado curioso. Curioso porque es una de las prácticas que sí estuve a punto de poner en esta serie y saltarme con ello la decisión inicial.
No se puede decir que fuera un estudiante modelo. Lo de apoyar codos no era precisamente lo mío. Yo siempre fui de los que con asistir a una de cada tres clases y con estudiar la tarde anterior, aprobaba. A veces con notas generosas. Eso era en cuanto a la teoría, porque para las prácticas era otro gesta diferente que cantar. Les dedicaba horas, horas y horas sin importarme lo más mínimo. Siempre fui bastante perfeccionista para los detalles y las prácticas de Ingeniería del Conocimiento fueron de las que más me curré. Aunque no las que más. Gracias a eso, nuestro grupo de prácticas obtuvo matrícula de honor.
Y ahí está la parte de anecdotario de esta entrada. Ingeniería del Conocimiento fue una de las últimas asignaturas que cursé en la carrera. Después de algunos años trabajando había decidido retomar y finalizar la Facultad de Informática, antes de que se transformase definitivamente en ingeniería, por lo que me alié con Roberto para repartirnos las prácticas de las asignaturas. Él se curraba a fondo las suyas y yo las mías. Divide y vencerás. Mientras nos íbamos contando los detalles importantes de cara a las defensas. Eso fue algo que no entendió Daniel, el tercero en discordia. Nos vimos forzado a aceptarlo porque a) Roberto era demasiado bu
en tipo para negarse y b) los grupos tenían que ser de tres, mínimo. Daniel resultó ser un tocacojones de cuidado. No entendía que yo hubiese acordado eso con Roberto. Sólo participaba con nosotros en esta asignatura, así que mi trato con Roberto era algo fuera de su area de interés. En sencia se quejaba de que no hacía nada y no traía preparado nada para las reuniones de grupo. De hecho Daniel tampoco hacía gran cosa y, las aportaciones que hacía no eran demasiado adecuadas para mi enfoque del trabajo. Le repetía una y otra vez que dejase el asunto de Roberto y que confiase en lo que estaba haciendo, que no se arrepentiría. Pero no lo dejó estar y se quejó al profesor, contando que a) que no le dejábamos participar y b) que Roberto no hacía nada. Tras explicarle al profesor por activa y por pasiva que no era exactamente así, la cosa se resolvió y todos tuvimos un diez en la asignatura. Después de publicadas las actas con las notas, no tuvo ni un gesto de agradecimiento. Como dicen por ahí, hay gente pa'tó.
La práctica trataba del diseño de un sistema experto para la concesión de préstamos y créditos por parte de una entidad financiera. En aquella época yo trabajaba en una empresa que daba servicios para una caja de ahorros, de forma que tuve acceso a gente que me explicó, por encima, cómo funcionaba el asunto. El resto, los huecos que no pude consultar, simplemente me los inventé. Así funcionan las cosas.
Si has llegado hasta aquí en la lectura de la entrada del día, aprovecho para comentar que las ilustraciones con las que he ido decorando el artículo fueron todas realizadas con Corel Draw, del que ya he hablado en varias ocasiones. Aunque ahora, revisándola con un poco más de detalle, me da que más bien usé Visio. Eso también lo solía hacer: usar Visio para los diagramas de clases y luego pasarlo todo a Corel Draw para finiquitarlo. Da igual.
En fin, que si tienes ganas de meterte entre pecho y espalda un poco de mi prosa dedicada a las prácticas de Informática, ahí cuentas con la posibilidad de hacerlo con la genial práctica de Ingeniería del Conocimiento. El profesor era un buen tipo y se enrolló con la nota final. Nos la merecíamos (sé que las comparaciones son odiosas, pero el resto de grupos no hizo una práctica tan buena ni de lejos), pero no dejó de ser generoso con la nota final. Más si tenemos en cuenta el numerito del amigo.
En cualquier caso, y como decía, pese a no tener más fundamento que mi propio apetito y criterio, las prácticas habían quedado desestimadas completamente como parte de esta serie. ¿Y por qué nos das la brasa entonces con una, preguntarán? Pues porque la práctica de Ingeniería del Conocimiento me la he tropezado en Internet.Tengo el raro hábito de buscarme a mi mismo en Google de vez en cuando. No es algo que tenga programado ni de lo que tenga una necesidad perentoria por realizar. Simplemente, en un momento cualquiera y de repente, me voy a la entrada de búsqueda en la esquina superior derecha del navegador, escribo mi nombre y apellidos, y compruebo qué aparece. En general es casi siempre lo mismo: La orden de caza y captura para devolver el dinero de una subvención, algunas fotos que han usado otros, una consulta que hice hace eones en un foro, algún comentario hecho en algún blog, etc., etc. Pero esta vez me he tropezado con un documento Word escrito a principios de 2000, conteniendo la susodicha práctica. Y me ha resultado curioso. Curioso porque es una de las prácticas que sí estuve a punto de poner en esta serie y saltarme con ello la decisión inicial.
No se puede decir que fuera un estudiante modelo. Lo de apoyar codos no era precisamente lo mío. Yo siempre fui de los que con asistir a una de cada tres clases y con estudiar la tarde anterior, aprobaba. A veces con notas generosas. Eso era en cuanto a la teoría, porque para las prácticas era otro gesta diferente que cantar. Les dedicaba horas, horas y horas sin importarme lo más mínimo. Siempre fui bastante perfeccionista para los detalles y las prácticas de Ingeniería del Conocimiento fueron de las que más me curré. Aunque no las que más. Gracias a eso, nuestro grupo de prácticas obtuvo matrícula de honor.Y ahí está la parte de anecdotario de esta entrada. Ingeniería del Conocimiento fue una de las últimas asignaturas que cursé en la carrera. Después de algunos años trabajando había decidido retomar y finalizar la Facultad de Informática, antes de que se transformase definitivamente en ingeniería, por lo que me alié con Roberto para repartirnos las prácticas de las asignaturas. Él se curraba a fondo las suyas y yo las mías. Divide y vencerás. Mientras nos íbamos contando los detalles importantes de cara a las defensas. Eso fue algo que no entendió Daniel, el tercero en discordia. Nos vimos forzado a aceptarlo porque a) Roberto era demasiado bu
en tipo para negarse y b) los grupos tenían que ser de tres, mínimo. Daniel resultó ser un tocacojones de cuidado. No entendía que yo hubiese acordado eso con Roberto. Sólo participaba con nosotros en esta asignatura, así que mi trato con Roberto era algo fuera de su area de interés. En sencia se quejaba de que no hacía nada y no traía preparado nada para las reuniones de grupo. De hecho Daniel tampoco hacía gran cosa y, las aportaciones que hacía no eran demasiado adecuadas para mi enfoque del trabajo. Le repetía una y otra vez que dejase el asunto de Roberto y que confiase en lo que estaba haciendo, que no se arrepentiría. Pero no lo dejó estar y se quejó al profesor, contando que a) que no le dejábamos participar y b) que Roberto no hacía nada. Tras explicarle al profesor por activa y por pasiva que no era exactamente así, la cosa se resolvió y todos tuvimos un diez en la asignatura. Después de publicadas las actas con las notas, no tuvo ni un gesto de agradecimiento. Como dicen por ahí, hay gente pa'tó.La práctica trataba del diseño de un sistema experto para la concesión de préstamos y créditos por parte de una entidad financiera. En aquella época yo trabajaba en una empresa que daba servicios para una caja de ahorros, de forma que tuve acceso a gente que me explicó, por encima, cómo funcionaba el asunto. El resto, los huecos que no pude consultar, simplemente me los inventé. Así funcionan las cosas.
Si has llegado hasta aquí en la lectura de la entrada del día, aprovecho para comentar que las ilustraciones con las que he ido decorando el artículo fueron todas realizadas con Corel Draw, del que ya he hablado en varias ocasiones. Aunque ahora, revisándola con un poco más de detalle, me da que más bien usé Visio. Eso también lo solía hacer: usar Visio para los diagramas de clases y luego pasarlo todo a Corel Draw para finiquitarlo. Da igual.En fin, que si tienes ganas de meterte entre pecho y espalda un poco de mi prosa dedicada a las prácticas de Informática, ahí cuentas con la posibilidad de hacerlo con la genial práctica de Ingeniería del Conocimiento. El profesor era un buen tipo y se enrolló con la nota final. Nos la merecíamos (sé que las comparaciones son odiosas, pero el resto de grupos no hizo una práctica tan buena ni de lejos), pero no dejó de ser generoso con la nota final. Más si tenemos en cuenta el numerito del amigo.
martes, 24 de marzo de 2009
Tesoros perdidos reencontrados (XVIII): 'La demoledora'
Hacía tiempo que no publicaba algo un martes, día dedicado, que no reservado en exclusiva, a esos pequeños tesoros que en su día perdí y en su día recuperé.
Hoy toca otro relato. Uno de los últimos, si no el último, que tengo redactado de forma completa.
Lo escribí en una época realmente oscura de mi vida. Tal vez el que llegué a considerar el peor año de mi existencia: 1997. Especialmente hiper sensibilizado con casi cualqueir cosa, me enteré de la suerte que estaba corriendo la sobrina de unos amigos de la familia. Dieciocho años, una operación complicadísima y pérdida parcial del habla y de la capacidad congnitiva. Aguantó tres meses más, nada más.
Intoxicado por esta amarga experiencia ajena y por mis propias penalidades, que nada tenían que ver con dolencias de carácter médico, aclaro, pero sí mucho con desamores, escribí este pequeño relato que, en esta ocasión, no llegó a publicarse en el fanzine de la escuela. Hacía ya bastante tiempo que no se publicaba el propio fanzine.
Un relato algo triste que no recomiendo leer. Especialmente si no te encuentras en uno de tus mejores momentos.
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La demoledora
Llevaba varias semanas acudiendo puntualmente a su cita con el destino, como a él le gustaba llamarla. Llegaba a las ocho y media de la mañana a la ladera, frontera de uno de los barrios periféricos de su ciudad natal, y se sentaba aproximadamente en el mismo sitio. Una vez allí, se quedaba mirando, estudiando absorto, a los trabajadores de la construcción y la maquinaria que estos manejaban. Estaban derribando unos edificios de viviendas, en precarias condiciones tras veinte años, para construir a continuación otros más grandes, más feos y, posiblemente, menos duraderos.
Todas las mañanas salía de su casa a eso de las seis y cuarto. Daba un beso a su madre, otro a su padre y se marchaba sin emitir ningún sonido. Veía las tristes caras de sus padres, comprensivos, evitando decir nada; pero expresando con su mirada el dolor y la pena que los embargaba. Una vez en la calle, caminaba y caminaba, sin rumbo fijo, durante casi una hora. Al cabo de ese tiempo tomaba rumbo a la obra.
Casi siempre salía con su libro favorito, "Crónica de una muerte anunciada", en el bolsillo. Cuando en la construcción descansaban, él aprovechaba para leer y releer algunos pasajes del libro, que ya amarilleaba del uso y cuyas puntas de las hojas estaban ya bastante estropeadas. A él le era indiferente, se sumergía en aquellas palabras, en aquellas frases y párrafos; era como si tuviera la oportunidad de leer el futuro de los acontecimientos en papel y al tiempo estar seguro de que, aún conociéndolo con exactitud, nada podría hacer para remediarlo. Eso era lo que le pasaba, se decía a sí mismo: "conozco mi destino, pero no puedo hacer nada por cambiarlo".
Al mediodía, recorría los ocho kilómetros a que distaba el hogar paterno y recogía unas pocas frutas de la nevera para, acto seguido, volver a salir. Por la tarde vagaba sin rumbo. "Es lo único que puedo hacer para combatir a mi destino preestablecido: imponerme una anarquía absoluta por las tardes", se repitió miles de veces. Generalmente acababa en un parque y se sentaba a leer su libro y a contemplar a las personas que paseaban arriba y abajo. Les miraba a los ojos buscando aquello que escondían en lo más profundo. Ese sufre un desamor, ese es muy feliz, ese es estúpido, ese es un ladrón...
Muchas veces se llegaba hasta el hospital en el que trabajaba su madre de enfermera y se quedaba escondido, vigilándola al salir. Mirándola desde la distancia a los enrojecidos ojos. Los primeros días era visible que había estado llorando, pero ahora simplemente tenía la mirada completamente ida, huida de su conciencia. Siempre se quedaba allí quince o veinte minutos, a la puerta del hospital, esperando a que el padre acudiera a recogerla. Él siempre le preguntaba si llevaba esperando mucho, pero ella le mentía: "Acabo de salir hace dos minutos". Respondía quedamente.
Luego, caminaba durante dos horas hasta su casa. Besaba en la frente a sus padres, cenaba algo y se acostaba en su habitación. No dormía. Por lo menos no durante las primeras horas. Pensaba y pensaba, siempre dándole vueltas a la misma idea: a la muerta. A Su Muerte. Cuando lograba dormir soñaba con su demoledora.
Hacía ya dos meses que le comunicaran la noticia. Pidió a sus padres estar presente. "¡O de lo contrario armo la de Dios!", amenazó. Era un chico tan responsable, que sus padres, al ser amenazados por primera y única vez, de aquella forma tan decidida, no supieron como reaccionar y le concedieron estar presente. El médico, neutral, distante y ajeno como exige la profesión, resumió el diagnóstico confirmado por años de experiencia: Tumor. Riesgos inadmisibles. Dañor cerebral. Inoperable. Sentencia de muerte.
- Lamentablemente no podemos hacer gran cosa- expresó, con la misma tonalidad neutra que empleaba con todos sus pacientes, mientras señalaba la placa del escáner –. La profundidad hace inviable una intervención quirúrgica. De todas formas, vamos a intentarlo todo. Las últimas técnicas en quimioterapia han conseguido mejorar y prolongar...
- No se preocupe. Me hago cargo – interrumpió. Tras unos segundos de parecer meditar algo, y sospechando que se esperaba alguna palabra de perdón a su verdugo dijo:– Muchas gracias por todo. Si me disculpa, yo espero fuera, hable con mis padres.
Sus padres salieron a los quince minutos, sin rastro de color en sus rostros. Ambos con muestras de haber llorado amargamente. El trayecto hasta casa se desarrolló en un silencio incómodo. Pero él lo agradeció. Lo menos que le apetecía ahora eran palabras de pesadumbre o de consuelo. Mañana tal vez, pero hoy no quiero hablar absolutamente de nada. Ya en su casa, se permitió el ducharse durante una hora, bajo agua caliente; esperando tal vez que el vapor que despedía su cuerpo lo purificase y que el agua arrastrase todos sus males. Entre los chorros de agua que caían desde su cara, iban mezcladas las lágrimas que había contenido desde que salió de la consulta. Esas que no quiso mostrar a sus padres. Luego se acostó sin cenar, cerrando la puerta de su habitación con llave. No pegó ojo. Podía escuchar el silencio de sus padres en la cocina. Ambos lloraban mudamente para no estorbar el sueño de su único hijo.
Los primeros días, sus padres intentaron convencerlo de que acudiera a las terapias, pero él se negó rotundamente. La única oportunidad que tendrían de que acudiera a las mismas, era que su madre le dejara acudir un día con ella al trabajo. Trabajaba como enfermera cuidando precisamente los casos terminales. Paliativos, llamaban en modo resumido la planta en la que trabajaba. Sus padres se negaron tajantemente, creyendo que sería contraproducente; pero no estaban acostumbrados a la determinación que demostraba ahora su hijo en las decisiones, por lo que esperanzados de que con aquello pudieran convencerlo de acudir a sus sesiones de quimioterapia, consintieron. Acompañó a su madre por el servicio, observando a todos los encamados. Mostraba especial interés en los pacientes de cáncer y, en particular, en aquellos que padecieran, como él, tumores cerebrales. Los contemplaba en su inconsciencia saturada de morfina, conectados a máquinas que trabajaban exclusivamente para ellos. Extremadamente delgados y amarillos con el brillo de la cera, despedían olores que no lograba identificar, pero que le resultaban de una nocividad antinatural; "se están pudriendo en vida", creyó escandalizado. En más de una ocasión realizó un supremo esfuerzo por no vomitar allí mimo. Se marchó, sin despedirse de su madre, caminando hasta su casa.
- Sólo lo voy a decir una vez – se encaró con fiereza a sus padres a la hora de la cena -. Luego no quiero volver a insistir más en el tema. Me voy a morir. Cualquier cosa que se haga para impedirlo, lo único que logrará será mantenerme en un estado de muerte en vida; como las personas que estaban en el hospital -. Miró a su madre, que bajó la cabeza consciente de la visión que pasaba en ese momento por la mente de su hijo -. No pienso acudir ni a quimio ni a radioterapia. A todos los efectos ya estoy muerto.
Sus progenitores no daban crédito a la última afirmación. Sin esperar respuesta, su hijo se había levantado de la mesa para ocultarse en su habitación, cerrándola con llave como venía haciendo desde la última vez que vieran al médico. Sabía que si no lo hacía, su madre entraría furtivamente por la noche para cuidarlo y vigilarlo; como hacía cuando él era pequeño y se ponía enfermo: su madre pasaba las noches en vela vigilando la fiebre y la recuperación de su valioso hijo. Eso era lo que menos necesitaba ahora, compasión. Si se descuidaba, lograrían que perdiera la poca fuerza que le quedaba. Si eso ocurría, no podría seguir adelante como él quería seguir.
Dejó de hablar. Con sus padres o con cualquier otra persona. Ya no acudía al instituto. Tampoco devolvía las llamadas que le hacían sus amigos cuando él estaba fuera. Ni contestaba cuando estaba en casa. No quería cruzarse ni hablar absolutamente con nadie. Simplemente quería pasar sus últimos días completamente sólo, pensando en sí mismo. No había tenido tiempo en su corta vida en dejar huella, no quería dejarla ahora, a pocos meses de irse. Una huella con sabor de tristeza y pena.
Cuando descubrió la obra, en uno de sus primeros vagabundeos, quedó atraído por la demoledora, como él llamaba a aquella máquina responsable de destruir toneladas de bloques y cemento con un solo golpe. Aquella máquina enorme, prolongada en una gigantesca bola sujeta a una fuerte cadena, que manejaba a su antojo y lanzaba a los grandes edificios para derribarlos, le fascinaba. Así se imaginaba el funcionamiento de su tumor, como una gran bola que se lanzaba contra las construcciones de su cerebro para destruirlo. La miraba volar por el cielo y, cuando la bola golpeaba contra un edificio, se imaginaba que su tumor infernal golpeaba al unísono, haciendo vibrar a su prematuramente pútrido cerebro. Desde aquel día, no dejó de acudir un solo día de trabajo. Los domingos y festivos, se iba a la playa y, descalzo, caminaba de un lado a otro por la fría arena en un invierno especialmente frío.
Uno de los días, contemplando fascinado y absorto a su demoledora trabajar afanosamente, unos chicos se le acercaron y se pusieron a incordiarlo. Vivían, con toda seguridad, en aquella zona marginal y eran indudablemente pobres por las muy deterioradas ropas que vestían y las claras manchas de suciedad agarradas a sus rostros y brazos. Contarían entre once y catorce años, pero eran cinco e iban armados con palos y piedras. Le preguntaban quién era y exigieron que les diera todo lo que tenía. Él no les contestaba, seguía mirando a la obra y a la máquina que lo atraía de manera tan singular. Ellos, enfadados por ser ignorados, fueron estrechando el cerco para intimidarlo.
- ¡Eh tú, jodio gafúo! – gritó el más grande al tiempo que le lanzó una piedra, sin mucha fuerza, que le dio en la rodilla. El dolor del impacto pareció sacarlo del limbo y, por primera vez se quedó mirando, embobado y con la boca abierta, a la amenaza que desde hacía unos minutos lo acosaba. Continuó hablando el gamberro -. ¿Quié coño ere? Dame too lo que...- Sin terminar la exigencia, lo miró a la cara y se sorprendió:- ¡Joe! ¿Po qué sangra po la narí esta marica? –. Hizo la pregunta, tal vez asustado, tal vez sorprendido que el chico empezara a sangrar sin haber sido aún agredido.
Para cuando los otros, la mayor parte vigilando la espalda para que no huyera en esa dirección, giraron para encararlo, empezó a agitarse convulsivamente y a vomitar sobre sí mismo. Cogidos por sorpresa, y temiendo que los acuaran de los síntomas -o includo se la muerte, porque parecía que se estaba muriendo- del chaval si se quedaban, los niños salieron corriendo.
Despertó desorientado y dolorido. Buscando referencias visuales de dónde se encontraba. Pensar era tanto o más doloroso que moverse. Habían pasado unas cuantas horas, quizá cinco o seis. No podía pensar con claridad. Cuando pudo erguirse mínimamente, se quedó sentado, con los hombros caídos y las manos extendidas a los lados, mirando al infinito. La realidad fue llegándole poco a poco a través de los abotargados sentidos. Para cuando comenzó a hilar pensamientos coherentes y mínimamente complejos, ya había oscurecido completamente. Le extrañó que nadie hubiera acudido a socorrerlo, pero en el fondo dio gracias a ello. Intentaba incorporarse una y otra vez, pero no lograba mantener el equilibrio. Cada vez que lo intentaba un dolor horrible, tan intenso que le cortaba la respiración, recorría su columna vertebral. Su brazo izquierdo no terminara de responderle, ignorando cualquier orden dirigida a él. Lo sentía como corcho colgando. Como si no fuera suyo. Con cada intento, el cerebro parecía que se le iba a salir por las órbitas de los ojos. Y, cuando desistía una vez más, el mundo parecía girar incansablemente en torno a él. Esperó otra hora más, completamente insensible al frío que hacía. Tal vez a causa del frío, los músculos empezaron a dolerle menos y consiguió ponerse en pie. El regreso a casa estuvo amenazado a cada paso de caer redondo por un traspiés. Iba haciendo eses, como un borracho. Recobrar la sensibilidad en el brazo y en en todo su cuerpo trajo consigo empezar a sentir el duro frío de la noche. Cada cierto tiempo se cobijaba unos minutos en algún portal, donde recuperar algo de fuerzas, tiritando y abrazándose para entrar en calor. Las primeras veces no le importaba, pero al cabo de un rato le preocupaba que lo descubriesen escondido. Apestaba. Tenía las ropas completamente manchada de vomitos, orines y su propia mierda. En el camino volvió a orinarse varias veces encima.
En su casa encontró a sus padres sentados en la cocina intranquilos, esperando la llegada de su hijo. Siguió de largo, sin hablar como era ya natural, hasta el cuarto de baño. Escuchó la débil súplica materna queriendo saber dónde había estado hasta esas horas. No contestó. Se encerró en el baño y se duchó durante media hora, dejándo que su cuerpo se quemara bajo el agua hirviendo. Parecía haber recuperado el calor, la sensibilidad y una completa consciencia. Esta vez se había asustado realmente. En el tiempo que llevaba sufriendo su degeneración, ya había sufrido unos cuantos vahídos menores. Pero ninguno como el sufrido ese día. Entre lágrimas silenciosas se aseguró que ya había comenzado la última fase. Esa que acabaría dejándolo postrado en una cama en de hospital. Pasando la mayor parte del tiempo en una inconsciencia inducida por fármacos mientras su cuerpo seguía pudriéndose y despidiendo olores desagradables para los familiares y amigos que se acercaran a ver sus últimas inspiraciones y espiraciones. La imagen de aquellas personas completamente deterioradas le vino a la memoria con tal fuerza que estuvo a punto de perder el equilibrio. Se sentó en el plato de la ducha y lloró. Esta vez de forma sonora. Ya no le importaba que sus padres le oyeran llorar.
Una vez seco y abrigado, seguro de que sus padres ya se habían acostado, salió y cenó algo. Apenas le quedaban unas horas antes de que el padre saliera a trabajar. Se metió en su cuarto, se vistió, saliendo nuevamente. No le extrañó que sus padres no se despertasen cuando se acercó a besarlos en la frente. Tal vez no querían asumir que su hijo se iba y el único cobijo que les quedaba eran sus sueños. Tal vez soñaban con otra vida, una en la que su hijo no tenía que morir. O una en la que había una cura milagrosa y todo salía bien. Su madre sonrió y siguió sumida en su sueño cálido. Su padre comenzó a gimotear cuando el hijo ya estaba en la puerta. A lo mejor su padre sí estaba despierto y sabía porqué se marchaba. Por un momento estuvo tentado de retroceder y darle un abrazo. Como el que le daba cuando lo esperaba en la puerta al llegar del trabajo. Cogió una manzana de la cocina y salió de la casa sin hacer ruido.
Consigo llevaba el libro que tanto quería y las cartas que le había escrito su primera y única novia. Los últimos días se había acordado mucho de ella. Recordaba el día, hacía dos años y medio, en que se despidieron en el aeropuerto. El padre de ella había conseguido un ascenso en la empresa y lo mandaban a otro lugar. Se juraron amor eterno y esperar el uno por el otro, porque algún día, dijo ella, volvería. Pero el tiempo fue debilitando el sentimiento y acrecentando el intervalo entre carta y carta, por ambas partes. Hasta que en la última, tras dos meses de silencio, le decía que había conocido a otro chico. "Desde luego, soy un tío sin puta suerte", se dijo.
En la calle había empezado a llover con abundancia. El clima le hizo recordar las Navidades y, espontáneamente, cayó en la cuenta de que al día siguiente comenzaban las vacaciones de Navidad para los alumnos del instituto. Estudiaba el último curso antes de ingresar en la universidad. Quería estudiar Matemáticas. Y Física. Adoraba las ciencias y muchas veces se imaginaba a sí mismo trabajando con los mejores grupos de investigación. Por un momento se dejó creer que aquello era un mal sueño y que en realidad todo esto acabaría tan pronto lograse despertar. "Qué pensamiento más estúpido", se criticó duramente.
Ya había tomado la decisión. Se dirigió sin rodeos y sin pausas, al solar de la construcción. Saltó la valla y se encaminó al edificio que había elegido el día anterior. En el camino la asaltó el perro del vigilante, quien a esas horas estaba durmiendo. Interpuso el antebrazo derecho y el pastor alemán, una bestia enorme, lo sujetó entre sus fuertes mandíbulas, haciendo bruscos movimientos con la cabeza buscando rasgar la carne y romper el hueso; pero la ropa que llevaba impidió que se le clavaran muy profundamente los colmillos. El impacto lo había derribado y el animal aún forcejeaba sobre él, pero al instante perdió interés. El perro estaba intrigado, porque no había detectado miedo o dolor en aquella persona; soltó la presa y gruñendo desconfiado se alejó unos metros. A él le había dado igual que el perro le atacara; de hecho no le importaba lo más mínimo que lo matara allí mismo. Instantes después el perro se sentó, ligeramente intrigado, mientras aquel chico permanecía tumbado boca arriba, mirando el frío y despejado cielo, cargado de estrellas. En otras circunstancias habría dicho que aquella era una noche hermosa como pocas.
Al cabo de unos minutos se incorporó quejumbrosamente y continuó su camino, de espaldas al perro, que lo miraba ladeando la cabeza. Entró en el viejo edificio como pudo y subió hasta el último piso. Llevaba una pequeña linterna y a su luz releyó todas las cartas que recibió de su lejana novia. También leyó algunos de sus pasajes predilectos del libro, que también llevaba en uno de sus bolsillos. Dobló cada una de las cartas con sumo cariño y las encajó dentro del libro. Se dijo que tenía que haberse despedido de ella. Haberla llamado al menos una última vez. Ya no servía de nada lamentarse, se dijo, y se tumbó en el frío suelo, sin ser consciente del olor a humedad y de las ratas que correteaban cerca, mirando el cielo que le permitía ver la ventana sin cristales. Nombrando las estrellas que aparecían en ese espacio se durmió. Mintaka, la hermana de Alnitak y Alnilam fue respirada, más que pronunciada, antes de caer en un profundo y absoluto sueño. El primero, tal vez, desde que volvió aquella maldita tarde del oncólogo.
El primer golpe lo despertó. Sentía temblar el edificio. La inyección de adrenalina lo incorporó de un salto. Apenas pudo gritar "¡No moriré estúpidamente en una cama!" cuando una sombra enorme apareció en la ventana. En una centésima de segundo se veía la luz a través de la ventana y en la centésima siguiente todo el hueco estaba ocupado por una enorme bola que se abalanzaba hacia él. En la siguiente centésima ya no quedaba nada. Había desaparecido todo. Sin dolor.
Algunas de las cartas y de las hojas más sueltas lograron escapar del derrumbe. Unico testimonio de que estuvo allí en aquel momento.
Desde el amanecer sus padres lloraban en la cocina. Su madre apoyaba su mano derecha en una carta abierta sobre la mesa; encontrada junto a las manzanas. El legado de su hijo. Palabras de amor, palabras de consuelo, de ánimos y esperanza para ellos. Y un adiós.
10/noviembre/1997
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Sirva también este pequeño e insípido texto como defensa del derecho de cada cual a elegir cómo terminar.
Hoy toca otro relato. Uno de los últimos, si no el último, que tengo redactado de forma completa.
Lo escribí en una época realmente oscura de mi vida. Tal vez el que llegué a considerar el peor año de mi existencia: 1997. Especialmente hiper sensibilizado con casi cualqueir cosa, me enteré de la suerte que estaba corriendo la sobrina de unos amigos de la familia. Dieciocho años, una operación complicadísima y pérdida parcial del habla y de la capacidad congnitiva. Aguantó tres meses más, nada más.
Intoxicado por esta amarga experiencia ajena y por mis propias penalidades, que nada tenían que ver con dolencias de carácter médico, aclaro, pero sí mucho con desamores, escribí este pequeño relato que, en esta ocasión, no llegó a publicarse en el fanzine de la escuela. Hacía ya bastante tiempo que no se publicaba el propio fanzine.
Un relato algo triste que no recomiendo leer. Especialmente si no te encuentras en uno de tus mejores momentos.
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La demoledora
Llevaba varias semanas acudiendo puntualmente a su cita con el destino, como a él le gustaba llamarla. Llegaba a las ocho y media de la mañana a la ladera, frontera de uno de los barrios periféricos de su ciudad natal, y se sentaba aproximadamente en el mismo sitio. Una vez allí, se quedaba mirando, estudiando absorto, a los trabajadores de la construcción y la maquinaria que estos manejaban. Estaban derribando unos edificios de viviendas, en precarias condiciones tras veinte años, para construir a continuación otros más grandes, más feos y, posiblemente, menos duraderos.
Todas las mañanas salía de su casa a eso de las seis y cuarto. Daba un beso a su madre, otro a su padre y se marchaba sin emitir ningún sonido. Veía las tristes caras de sus padres, comprensivos, evitando decir nada; pero expresando con su mirada el dolor y la pena que los embargaba. Una vez en la calle, caminaba y caminaba, sin rumbo fijo, durante casi una hora. Al cabo de ese tiempo tomaba rumbo a la obra.
Casi siempre salía con su libro favorito, "Crónica de una muerte anunciada", en el bolsillo. Cuando en la construcción descansaban, él aprovechaba para leer y releer algunos pasajes del libro, que ya amarilleaba del uso y cuyas puntas de las hojas estaban ya bastante estropeadas. A él le era indiferente, se sumergía en aquellas palabras, en aquellas frases y párrafos; era como si tuviera la oportunidad de leer el futuro de los acontecimientos en papel y al tiempo estar seguro de que, aún conociéndolo con exactitud, nada podría hacer para remediarlo. Eso era lo que le pasaba, se decía a sí mismo: "conozco mi destino, pero no puedo hacer nada por cambiarlo".
Al mediodía, recorría los ocho kilómetros a que distaba el hogar paterno y recogía unas pocas frutas de la nevera para, acto seguido, volver a salir. Por la tarde vagaba sin rumbo. "Es lo único que puedo hacer para combatir a mi destino preestablecido: imponerme una anarquía absoluta por las tardes", se repitió miles de veces. Generalmente acababa en un parque y se sentaba a leer su libro y a contemplar a las personas que paseaban arriba y abajo. Les miraba a los ojos buscando aquello que escondían en lo más profundo. Ese sufre un desamor, ese es muy feliz, ese es estúpido, ese es un ladrón...
Muchas veces se llegaba hasta el hospital en el que trabajaba su madre de enfermera y se quedaba escondido, vigilándola al salir. Mirándola desde la distancia a los enrojecidos ojos. Los primeros días era visible que había estado llorando, pero ahora simplemente tenía la mirada completamente ida, huida de su conciencia. Siempre se quedaba allí quince o veinte minutos, a la puerta del hospital, esperando a que el padre acudiera a recogerla. Él siempre le preguntaba si llevaba esperando mucho, pero ella le mentía: "Acabo de salir hace dos minutos". Respondía quedamente.
Luego, caminaba durante dos horas hasta su casa. Besaba en la frente a sus padres, cenaba algo y se acostaba en su habitación. No dormía. Por lo menos no durante las primeras horas. Pensaba y pensaba, siempre dándole vueltas a la misma idea: a la muerta. A Su Muerte. Cuando lograba dormir soñaba con su demoledora.
Hacía ya dos meses que le comunicaran la noticia. Pidió a sus padres estar presente. "¡O de lo contrario armo la de Dios!", amenazó. Era un chico tan responsable, que sus padres, al ser amenazados por primera y única vez, de aquella forma tan decidida, no supieron como reaccionar y le concedieron estar presente. El médico, neutral, distante y ajeno como exige la profesión, resumió el diagnóstico confirmado por años de experiencia: Tumor. Riesgos inadmisibles. Dañor cerebral. Inoperable. Sentencia de muerte.
- Lamentablemente no podemos hacer gran cosa- expresó, con la misma tonalidad neutra que empleaba con todos sus pacientes, mientras señalaba la placa del escáner –. La profundidad hace inviable una intervención quirúrgica. De todas formas, vamos a intentarlo todo. Las últimas técnicas en quimioterapia han conseguido mejorar y prolongar...
- No se preocupe. Me hago cargo – interrumpió. Tras unos segundos de parecer meditar algo, y sospechando que se esperaba alguna palabra de perdón a su verdugo dijo:– Muchas gracias por todo. Si me disculpa, yo espero fuera, hable con mis padres.
Sus padres salieron a los quince minutos, sin rastro de color en sus rostros. Ambos con muestras de haber llorado amargamente. El trayecto hasta casa se desarrolló en un silencio incómodo. Pero él lo agradeció. Lo menos que le apetecía ahora eran palabras de pesadumbre o de consuelo. Mañana tal vez, pero hoy no quiero hablar absolutamente de nada. Ya en su casa, se permitió el ducharse durante una hora, bajo agua caliente; esperando tal vez que el vapor que despedía su cuerpo lo purificase y que el agua arrastrase todos sus males. Entre los chorros de agua que caían desde su cara, iban mezcladas las lágrimas que había contenido desde que salió de la consulta. Esas que no quiso mostrar a sus padres. Luego se acostó sin cenar, cerrando la puerta de su habitación con llave. No pegó ojo. Podía escuchar el silencio de sus padres en la cocina. Ambos lloraban mudamente para no estorbar el sueño de su único hijo.
Los primeros días, sus padres intentaron convencerlo de que acudiera a las terapias, pero él se negó rotundamente. La única oportunidad que tendrían de que acudiera a las mismas, era que su madre le dejara acudir un día con ella al trabajo. Trabajaba como enfermera cuidando precisamente los casos terminales. Paliativos, llamaban en modo resumido la planta en la que trabajaba. Sus padres se negaron tajantemente, creyendo que sería contraproducente; pero no estaban acostumbrados a la determinación que demostraba ahora su hijo en las decisiones, por lo que esperanzados de que con aquello pudieran convencerlo de acudir a sus sesiones de quimioterapia, consintieron. Acompañó a su madre por el servicio, observando a todos los encamados. Mostraba especial interés en los pacientes de cáncer y, en particular, en aquellos que padecieran, como él, tumores cerebrales. Los contemplaba en su inconsciencia saturada de morfina, conectados a máquinas que trabajaban exclusivamente para ellos. Extremadamente delgados y amarillos con el brillo de la cera, despedían olores que no lograba identificar, pero que le resultaban de una nocividad antinatural; "se están pudriendo en vida", creyó escandalizado. En más de una ocasión realizó un supremo esfuerzo por no vomitar allí mimo. Se marchó, sin despedirse de su madre, caminando hasta su casa.
- Sólo lo voy a decir una vez – se encaró con fiereza a sus padres a la hora de la cena -. Luego no quiero volver a insistir más en el tema. Me voy a morir. Cualquier cosa que se haga para impedirlo, lo único que logrará será mantenerme en un estado de muerte en vida; como las personas que estaban en el hospital -. Miró a su madre, que bajó la cabeza consciente de la visión que pasaba en ese momento por la mente de su hijo -. No pienso acudir ni a quimio ni a radioterapia. A todos los efectos ya estoy muerto.
Sus progenitores no daban crédito a la última afirmación. Sin esperar respuesta, su hijo se había levantado de la mesa para ocultarse en su habitación, cerrándola con llave como venía haciendo desde la última vez que vieran al médico. Sabía que si no lo hacía, su madre entraría furtivamente por la noche para cuidarlo y vigilarlo; como hacía cuando él era pequeño y se ponía enfermo: su madre pasaba las noches en vela vigilando la fiebre y la recuperación de su valioso hijo. Eso era lo que menos necesitaba ahora, compasión. Si se descuidaba, lograrían que perdiera la poca fuerza que le quedaba. Si eso ocurría, no podría seguir adelante como él quería seguir.
Dejó de hablar. Con sus padres o con cualquier otra persona. Ya no acudía al instituto. Tampoco devolvía las llamadas que le hacían sus amigos cuando él estaba fuera. Ni contestaba cuando estaba en casa. No quería cruzarse ni hablar absolutamente con nadie. Simplemente quería pasar sus últimos días completamente sólo, pensando en sí mismo. No había tenido tiempo en su corta vida en dejar huella, no quería dejarla ahora, a pocos meses de irse. Una huella con sabor de tristeza y pena.
Cuando descubrió la obra, en uno de sus primeros vagabundeos, quedó atraído por la demoledora, como él llamaba a aquella máquina responsable de destruir toneladas de bloques y cemento con un solo golpe. Aquella máquina enorme, prolongada en una gigantesca bola sujeta a una fuerte cadena, que manejaba a su antojo y lanzaba a los grandes edificios para derribarlos, le fascinaba. Así se imaginaba el funcionamiento de su tumor, como una gran bola que se lanzaba contra las construcciones de su cerebro para destruirlo. La miraba volar por el cielo y, cuando la bola golpeaba contra un edificio, se imaginaba que su tumor infernal golpeaba al unísono, haciendo vibrar a su prematuramente pútrido cerebro. Desde aquel día, no dejó de acudir un solo día de trabajo. Los domingos y festivos, se iba a la playa y, descalzo, caminaba de un lado a otro por la fría arena en un invierno especialmente frío.
Uno de los días, contemplando fascinado y absorto a su demoledora trabajar afanosamente, unos chicos se le acercaron y se pusieron a incordiarlo. Vivían, con toda seguridad, en aquella zona marginal y eran indudablemente pobres por las muy deterioradas ropas que vestían y las claras manchas de suciedad agarradas a sus rostros y brazos. Contarían entre once y catorce años, pero eran cinco e iban armados con palos y piedras. Le preguntaban quién era y exigieron que les diera todo lo que tenía. Él no les contestaba, seguía mirando a la obra y a la máquina que lo atraía de manera tan singular. Ellos, enfadados por ser ignorados, fueron estrechando el cerco para intimidarlo.
- ¡Eh tú, jodio gafúo! – gritó el más grande al tiempo que le lanzó una piedra, sin mucha fuerza, que le dio en la rodilla. El dolor del impacto pareció sacarlo del limbo y, por primera vez se quedó mirando, embobado y con la boca abierta, a la amenaza que desde hacía unos minutos lo acosaba. Continuó hablando el gamberro -. ¿Quié coño ere? Dame too lo que...- Sin terminar la exigencia, lo miró a la cara y se sorprendió:- ¡Joe! ¿Po qué sangra po la narí esta marica? –. Hizo la pregunta, tal vez asustado, tal vez sorprendido que el chico empezara a sangrar sin haber sido aún agredido.
Para cuando los otros, la mayor parte vigilando la espalda para que no huyera en esa dirección, giraron para encararlo, empezó a agitarse convulsivamente y a vomitar sobre sí mismo. Cogidos por sorpresa, y temiendo que los acuaran de los síntomas -o includo se la muerte, porque parecía que se estaba muriendo- del chaval si se quedaban, los niños salieron corriendo.
Despertó desorientado y dolorido. Buscando referencias visuales de dónde se encontraba. Pensar era tanto o más doloroso que moverse. Habían pasado unas cuantas horas, quizá cinco o seis. No podía pensar con claridad. Cuando pudo erguirse mínimamente, se quedó sentado, con los hombros caídos y las manos extendidas a los lados, mirando al infinito. La realidad fue llegándole poco a poco a través de los abotargados sentidos. Para cuando comenzó a hilar pensamientos coherentes y mínimamente complejos, ya había oscurecido completamente. Le extrañó que nadie hubiera acudido a socorrerlo, pero en el fondo dio gracias a ello. Intentaba incorporarse una y otra vez, pero no lograba mantener el equilibrio. Cada vez que lo intentaba un dolor horrible, tan intenso que le cortaba la respiración, recorría su columna vertebral. Su brazo izquierdo no terminara de responderle, ignorando cualquier orden dirigida a él. Lo sentía como corcho colgando. Como si no fuera suyo. Con cada intento, el cerebro parecía que se le iba a salir por las órbitas de los ojos. Y, cuando desistía una vez más, el mundo parecía girar incansablemente en torno a él. Esperó otra hora más, completamente insensible al frío que hacía. Tal vez a causa del frío, los músculos empezaron a dolerle menos y consiguió ponerse en pie. El regreso a casa estuvo amenazado a cada paso de caer redondo por un traspiés. Iba haciendo eses, como un borracho. Recobrar la sensibilidad en el brazo y en en todo su cuerpo trajo consigo empezar a sentir el duro frío de la noche. Cada cierto tiempo se cobijaba unos minutos en algún portal, donde recuperar algo de fuerzas, tiritando y abrazándose para entrar en calor. Las primeras veces no le importaba, pero al cabo de un rato le preocupaba que lo descubriesen escondido. Apestaba. Tenía las ropas completamente manchada de vomitos, orines y su propia mierda. En el camino volvió a orinarse varias veces encima.
En su casa encontró a sus padres sentados en la cocina intranquilos, esperando la llegada de su hijo. Siguió de largo, sin hablar como era ya natural, hasta el cuarto de baño. Escuchó la débil súplica materna queriendo saber dónde había estado hasta esas horas. No contestó. Se encerró en el baño y se duchó durante media hora, dejándo que su cuerpo se quemara bajo el agua hirviendo. Parecía haber recuperado el calor, la sensibilidad y una completa consciencia. Esta vez se había asustado realmente. En el tiempo que llevaba sufriendo su degeneración, ya había sufrido unos cuantos vahídos menores. Pero ninguno como el sufrido ese día. Entre lágrimas silenciosas se aseguró que ya había comenzado la última fase. Esa que acabaría dejándolo postrado en una cama en de hospital. Pasando la mayor parte del tiempo en una inconsciencia inducida por fármacos mientras su cuerpo seguía pudriéndose y despidiendo olores desagradables para los familiares y amigos que se acercaran a ver sus últimas inspiraciones y espiraciones. La imagen de aquellas personas completamente deterioradas le vino a la memoria con tal fuerza que estuvo a punto de perder el equilibrio. Se sentó en el plato de la ducha y lloró. Esta vez de forma sonora. Ya no le importaba que sus padres le oyeran llorar.
Una vez seco y abrigado, seguro de que sus padres ya se habían acostado, salió y cenó algo. Apenas le quedaban unas horas antes de que el padre saliera a trabajar. Se metió en su cuarto, se vistió, saliendo nuevamente. No le extrañó que sus padres no se despertasen cuando se acercó a besarlos en la frente. Tal vez no querían asumir que su hijo se iba y el único cobijo que les quedaba eran sus sueños. Tal vez soñaban con otra vida, una en la que su hijo no tenía que morir. O una en la que había una cura milagrosa y todo salía bien. Su madre sonrió y siguió sumida en su sueño cálido. Su padre comenzó a gimotear cuando el hijo ya estaba en la puerta. A lo mejor su padre sí estaba despierto y sabía porqué se marchaba. Por un momento estuvo tentado de retroceder y darle un abrazo. Como el que le daba cuando lo esperaba en la puerta al llegar del trabajo. Cogió una manzana de la cocina y salió de la casa sin hacer ruido.
Consigo llevaba el libro que tanto quería y las cartas que le había escrito su primera y única novia. Los últimos días se había acordado mucho de ella. Recordaba el día, hacía dos años y medio, en que se despidieron en el aeropuerto. El padre de ella había conseguido un ascenso en la empresa y lo mandaban a otro lugar. Se juraron amor eterno y esperar el uno por el otro, porque algún día, dijo ella, volvería. Pero el tiempo fue debilitando el sentimiento y acrecentando el intervalo entre carta y carta, por ambas partes. Hasta que en la última, tras dos meses de silencio, le decía que había conocido a otro chico. "Desde luego, soy un tío sin puta suerte", se dijo.
En la calle había empezado a llover con abundancia. El clima le hizo recordar las Navidades y, espontáneamente, cayó en la cuenta de que al día siguiente comenzaban las vacaciones de Navidad para los alumnos del instituto. Estudiaba el último curso antes de ingresar en la universidad. Quería estudiar Matemáticas. Y Física. Adoraba las ciencias y muchas veces se imaginaba a sí mismo trabajando con los mejores grupos de investigación. Por un momento se dejó creer que aquello era un mal sueño y que en realidad todo esto acabaría tan pronto lograse despertar. "Qué pensamiento más estúpido", se criticó duramente.
Ya había tomado la decisión. Se dirigió sin rodeos y sin pausas, al solar de la construcción. Saltó la valla y se encaminó al edificio que había elegido el día anterior. En el camino la asaltó el perro del vigilante, quien a esas horas estaba durmiendo. Interpuso el antebrazo derecho y el pastor alemán, una bestia enorme, lo sujetó entre sus fuertes mandíbulas, haciendo bruscos movimientos con la cabeza buscando rasgar la carne y romper el hueso; pero la ropa que llevaba impidió que se le clavaran muy profundamente los colmillos. El impacto lo había derribado y el animal aún forcejeaba sobre él, pero al instante perdió interés. El perro estaba intrigado, porque no había detectado miedo o dolor en aquella persona; soltó la presa y gruñendo desconfiado se alejó unos metros. A él le había dado igual que el perro le atacara; de hecho no le importaba lo más mínimo que lo matara allí mismo. Instantes después el perro se sentó, ligeramente intrigado, mientras aquel chico permanecía tumbado boca arriba, mirando el frío y despejado cielo, cargado de estrellas. En otras circunstancias habría dicho que aquella era una noche hermosa como pocas.
Al cabo de unos minutos se incorporó quejumbrosamente y continuó su camino, de espaldas al perro, que lo miraba ladeando la cabeza. Entró en el viejo edificio como pudo y subió hasta el último piso. Llevaba una pequeña linterna y a su luz releyó todas las cartas que recibió de su lejana novia. También leyó algunos de sus pasajes predilectos del libro, que también llevaba en uno de sus bolsillos. Dobló cada una de las cartas con sumo cariño y las encajó dentro del libro. Se dijo que tenía que haberse despedido de ella. Haberla llamado al menos una última vez. Ya no servía de nada lamentarse, se dijo, y se tumbó en el frío suelo, sin ser consciente del olor a humedad y de las ratas que correteaban cerca, mirando el cielo que le permitía ver la ventana sin cristales. Nombrando las estrellas que aparecían en ese espacio se durmió. Mintaka, la hermana de Alnitak y Alnilam fue respirada, más que pronunciada, antes de caer en un profundo y absoluto sueño. El primero, tal vez, desde que volvió aquella maldita tarde del oncólogo.
El primer golpe lo despertó. Sentía temblar el edificio. La inyección de adrenalina lo incorporó de un salto. Apenas pudo gritar "¡No moriré estúpidamente en una cama!" cuando una sombra enorme apareció en la ventana. En una centésima de segundo se veía la luz a través de la ventana y en la centésima siguiente todo el hueco estaba ocupado por una enorme bola que se abalanzaba hacia él. En la siguiente centésima ya no quedaba nada. Había desaparecido todo. Sin dolor.
Algunas de las cartas y de las hojas más sueltas lograron escapar del derrumbe. Unico testimonio de que estuvo allí en aquel momento.
Desde el amanecer sus padres lloraban en la cocina. Su madre apoyaba su mano derecha en una carta abierta sobre la mesa; encontrada junto a las manzanas. El legado de su hijo. Palabras de amor, palabras de consuelo, de ánimos y esperanza para ellos. Y un adiós.
10/noviembre/1997
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Sirva también este pequeño e insípido texto como defensa del derecho de cada cual a elegir cómo terminar.
martes, 10 de febrero de 2009
Tesoros perdidos reencontrados (XVII): Logotipos y papelería bajo petición
El Corel Draw es una aplicación que me encanta. Yo no soy diseñador ni pretendo serlo. También sé que no le sacaré nunca todo el partido (no soy diseñador, repito), pero la uso casi a diario en los intercambios de correos en el trabajo. Compramos unos equipos Fujitsu Siemens y, de regalo, venía una versión reducida del Corel Draw. Suficiente para lo que uso y necesito. Aunque a veces echo de menos las transparencias, recozco. También vino el Photo Paint redux.
Soy consciente que una imagen, bien planteada, vale más que mil palabras. Así que es común que use el Corel para añadir líneas, curvas, textos, colores a capturas de ventanas de alguna aplicación o para realizar algún pequeño diagrama explicando alguna cosa. Imágenes que acompañan multitud de los correos de discusión en los que participo. Estoy tan acostumbrado que tardo muy poco en componer lo que quiero mostrar. Yo lo veo como una ventaja competitiva. Por desgracia, hay una cláusula en mi contrato que me prohibe, so pena de engrosar las ya gordas colas del paro, mostrar aquí nada que haga bajo los fluorescentes de la compañía.
Sin embargo, el último párrafo habla del presente, y esta serie trata de mis "tesoros perdidos". O sea, cosas de hace (no necesariamente) mucho tiempo y que había dado por perdidos.
Cuando empecé a aficionarme a usar el Corel para hacer pequeñas cosillas, familiares y amigos empezaron a encargarme algunos diseños de páginas para sus proyectos de empresa. Por el 97 (finales del siglo pasado), hice algunos diseños de papelería. No muchos, porque como no tengo mucha capacidad creativa, estaban todos cortados por el mismo patrón. Para no cobrar por ello tampoco se me podía exigir más, creo yo. Y hacer siempre lo mismo cansa.


Contra todo pronóstico esos diseños se usaron. Al menos el segundo, que fue para un familiar. El primero se lo propuse a un compañero en su proyecto de empresa. Empresa que al final creo que no llegó nunca a montar.
También participé en el diseño del logo, al menos del primer logo, de la empresa que fundamos unos compañeros de universidad. Nos pareció guay el "NA" con el cubo imposible, a lo Escher, a la izquierda y encargamos dos mil quinientos folios de 90 gr que nos costaron, sin contar las tropecientas mil tarjetas de visita que nos imprimimos cada uno con nuestro nombre, una pasta obscena porque eran super recargados y había que poner no-sé-cuántos-mil colores. A ver si encuentro alguno y lo paso por el escaner. Para la posteridad.

"NA" porque la empresa, una sociedad cooperativa, se llamó Nexo Atlántico. Nombre tan o más absurdo que el logo. Más para una empresa dedicada a la programación. Cosas de la ilusión de la juventud, que nubla la razón.
Además de hacer algunos logos y diseños de papelería, también perdía el tiempo haciéndome formularios de diferente tipo. Hice alguno para clientes y muchos para mí. Aún hago alguno de vez en cuando. El que pongo a continuación es uno que me preparé para apuntar los datos del proceso de revelado cuando estaba haciendo el curso de revelado en blanco y negro.

Aunque he dicho al principio que no soy diseñador, y tampoco quiero serlo, no he dicho toda la verdad. No quiero ser diseñador. Estoy convencido que no tengo talento creativo para ello. Mi talento señala otras rutas; sólo tengo que descubrirlas. Pero sí es verdad que siempre he querido saber más sobre diseño y, en particular, profundizar en el uso del Corel Draw, aplicación que tantas horas de diversión me proporcionó.
Por cierto, con InkScape también he hecho unas cuantas buenas presentaciones de ideas. Para aquellos que usen Linux o Mac, es una alternativa -gratuita- que no deberían despreciar. Yo lo usé mucho tiempo cuando no tenía la versión chiquitita del Corel. Y no descarto acabar usándolo nuevamente.
Soy consciente que una imagen, bien planteada, vale más que mil palabras. Así que es común que use el Corel para añadir líneas, curvas, textos, colores a capturas de ventanas de alguna aplicación o para realizar algún pequeño diagrama explicando alguna cosa. Imágenes que acompañan multitud de los correos de discusión en los que participo. Estoy tan acostumbrado que tardo muy poco en componer lo que quiero mostrar. Yo lo veo como una ventaja competitiva. Por desgracia, hay una cláusula en mi contrato que me prohibe, so pena de engrosar las ya gordas colas del paro, mostrar aquí nada que haga bajo los fluorescentes de la compañía.
Sin embargo, el último párrafo habla del presente, y esta serie trata de mis "tesoros perdidos". O sea, cosas de hace (no necesariamente) mucho tiempo y que había dado por perdidos.
Cuando empecé a aficionarme a usar el Corel para hacer pequeñas cosillas, familiares y amigos empezaron a encargarme algunos diseños de páginas para sus proyectos de empresa. Por el 97 (finales del siglo pasado), hice algunos diseños de papelería. No muchos, porque como no tengo mucha capacidad creativa, estaban todos cortados por el mismo patrón. Para no cobrar por ello tampoco se me podía exigir más, creo yo. Y hacer siempre lo mismo cansa.


Contra todo pronóstico esos diseños se usaron. Al menos el segundo, que fue para un familiar. El primero se lo propuse a un compañero en su proyecto de empresa. Empresa que al final creo que no llegó nunca a montar.
También participé en el diseño del logo, al menos del primer logo, de la empresa que fundamos unos compañeros de universidad. Nos pareció guay el "NA" con el cubo imposible, a lo Escher, a la izquierda y encargamos dos mil quinientos folios de 90 gr que nos costaron, sin contar las tropecientas mil tarjetas de visita que nos imprimimos cada uno con nuestro nombre, una pasta obscena porque eran super recargados y había que poner no-sé-cuántos-mil colores. A ver si encuentro alguno y lo paso por el escaner. Para la posteridad.

"NA" porque la empresa, una sociedad cooperativa, se llamó Nexo Atlántico. Nombre tan o más absurdo que el logo. Más para una empresa dedicada a la programación. Cosas de la ilusión de la juventud, que nubla la razón.
Además de hacer algunos logos y diseños de papelería, también perdía el tiempo haciéndome formularios de diferente tipo. Hice alguno para clientes y muchos para mí. Aún hago alguno de vez en cuando. El que pongo a continuación es uno que me preparé para apuntar los datos del proceso de revelado cuando estaba haciendo el curso de revelado en blanco y negro.

Aunque he dicho al principio que no soy diseñador, y tampoco quiero serlo, no he dicho toda la verdad. No quiero ser diseñador. Estoy convencido que no tengo talento creativo para ello. Mi talento señala otras rutas; sólo tengo que descubrirlas. Pero sí es verdad que siempre he querido saber más sobre diseño y, en particular, profundizar en el uso del Corel Draw, aplicación que tantas horas de diversión me proporcionó.
Por cierto, con InkScape también he hecho unas cuantas buenas presentaciones de ideas. Para aquellos que usen Linux o Mac, es una alternativa -gratuita- que no deberían despreciar. Yo lo usé mucho tiempo cuando no tenía la versión chiquitita del Corel. Y no descarto acabar usándolo nuevamente.
martes, 4 de noviembre de 2008
Tesoros perdidos reencontrados (XVI): Los primeros diseños para 'Enjoy the Sound'
Estuve dudando en cómo clasificar esta entrada. Podría ser tanto un 'tesoro perdido', ya que los archivos originales habían 'desaparecido', como una entrada del 'anecdotario'. Al final ha pesado más el componente de 'tesoro', así que lo dejo por esta categoría, porque le doy más importancia al diseño que a la experiencia personal que acompaña al mismo. Al menos eso creo.
Hace dos semanas hablé de una chica con la que tuve una relación de cuatro años. Sí, hablo de esa que he dado en llamar Noemí para no dar a conocer su verdadera identidad. Entre que me dio la patada en el culo y lo sucedido en el CULP -y narrado hace dos semanas- pasaron unos cuantos meses. Muchos meses, en realidad. En los primeros meses de esa transición forzada de una relación mala a una soledad jodida andé buscando muchas formas de 'recuperar' su interés por mí. Retrospectivamente debo agradecerle que no lo hiciera. Dado cómo mejoró considerablemente mi vida después creo que hubiese sido inmensamente infeliz a su lado.
Como adicto a la música que soy -no vamos a entrar en si de calidad o no-, se me ocurrió grabarle una serie de discos recopilatorios en los que seleccionaba, con cuidado y cariño, la música que quería incluir. Además, aprovechando que me gustaba juguetear con el Corel Draw me curraba las portadas y los interiores de la caja (usaba cajas transparentes). En total grabé ocho recopilatorios, a uno por semana, que fue más o menos lo que me duró el estadio de la negociación, el que sucede a la ira y va antes de la depresión en el modelo Kübler-Ross, de la angustia existencial.
A la serie 'limitada' de ocho discos, de los cuales Noemí tan solo recibió siete, la llamé 'Enjoy the Sound', porque 'Enjoy the Music' no me gustaba. Aunque hubiese sido más acertada. Alejandro, un amigo que era como un hermano, recibió otra copia de cada disco.
Después de elegir las canciones que quería incluir en cada volumen y de recortar los comienzos y finales para que al terminar una, en muchos casos, continuase la siguiente sin pausa, me ponía a 'diseñar' la portada y contraportada, que imprimía en papel de calidad a todo color. A continuación algunos ejemplos de estos 'tesoros perdidos' que me tropecé el otro día en un CD viejo, pero viejo. ¿Alguien recuerdan los cd's dorados?



En el interior del 'libreto' que hacía de portada del cd, solía copiar citas y frases célebres que sacaba de unos libros enormes que tenía en casa. La mayoría hablando del amor, la amistad y ñoñerías similares.

Después de hacer los ocho discos, este diseño no terminaba de convencerme, así que me dediqué a hacer uno nuevo, más dedicado a mí, porque la colección tan ingratamente despreciada, trascendió su intención inicial y pasó a ser algo más personal. Personal para mí. Pero de ese hablaré en otro momento.
Hace dos semanas hablé de una chica con la que tuve una relación de cuatro años. Sí, hablo de esa que he dado en llamar Noemí para no dar a conocer su verdadera identidad. Entre que me dio la patada en el culo y lo sucedido en el CULP -y narrado hace dos semanas- pasaron unos cuantos meses. Muchos meses, en realidad. En los primeros meses de esa transición forzada de una relación mala a una soledad jodida andé buscando muchas formas de 'recuperar' su interés por mí. Retrospectivamente debo agradecerle que no lo hiciera. Dado cómo mejoró considerablemente mi vida después creo que hubiese sido inmensamente infeliz a su lado.
Como adicto a la música que soy -no vamos a entrar en si de calidad o no-, se me ocurrió grabarle una serie de discos recopilatorios en los que seleccionaba, con cuidado y cariño, la música que quería incluir. Además, aprovechando que me gustaba juguetear con el Corel Draw me curraba las portadas y los interiores de la caja (usaba cajas transparentes). En total grabé ocho recopilatorios, a uno por semana, que fue más o menos lo que me duró el estadio de la negociación, el que sucede a la ira y va antes de la depresión en el modelo Kübler-Ross, de la angustia existencial.
A la serie 'limitada' de ocho discos, de los cuales Noemí tan solo recibió siete, la llamé 'Enjoy the Sound', porque 'Enjoy the Music' no me gustaba. Aunque hubiese sido más acertada. Alejandro, un amigo que era como un hermano, recibió otra copia de cada disco.
Después de elegir las canciones que quería incluir en cada volumen y de recortar los comienzos y finales para que al terminar una, en muchos casos, continuase la siguiente sin pausa, me ponía a 'diseñar' la portada y contraportada, que imprimía en papel de calidad a todo color. A continuación algunos ejemplos de estos 'tesoros perdidos' que me tropecé el otro día en un CD viejo, pero viejo. ¿Alguien recuerdan los cd's dorados?



En el interior del 'libreto' que hacía de portada del cd, solía copiar citas y frases célebres que sacaba de unos libros enormes que tenía en casa. La mayoría hablando del amor, la amistad y ñoñerías similares.

Después de hacer los ocho discos, este diseño no terminaba de convencerme, así que me dediqué a hacer uno nuevo, más dedicado a mí, porque la colección tan ingratamente despreciada, trascendió su intención inicial y pasó a ser algo más personal. Personal para mí. Pero de ese hablaré en otro momento.
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