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miércoles, 31 de octubre de 2012

Tributo a los Grimm entre las nubes

Creo que lo normal es que, cuando subes al avión, te reciban una o dos de las personas que componen la tripulación de cabina (también conocidos como azafatas y azafatos), y que a medida que te adentras por el pasillo te vayas encontrando al resto. Te dan la bienvenida con una sonrisa, te ofrecen indicaciones sobre el equipaje, te señalan dónde sentarte (o dónde no hacerlo) e, incluso, te ayudan a buscar un sitio donde dejar la maleta si el compartimento superior de tu fila está a reventar. Eso es lo normal en todas las compañías en las que he volado. En Ryanair también. Aunque a veces parece que estos lo hacen con menos ganas, que tampoco es lo normal.

Hoy, al subir al avión para venirme a Las Palmas, con dos horas y media de sueño, que es lo que pude dormir anoche, me daba la bienvenida un hombre un poco más bajo que yo. Yo medía en mis tiempos de juventud 1,72, tirando para lo bajo según la media española de mi generación. Ahora debo medir 1,68, por eso de que la vida sedentaria y la evolución hacia la madurez recorta centímetros. Aún así el que revisaba mi tarjeta de embarque, recortada unos minutos antes por el personal de tierra que te mide hasta el tamaño de las pestañas por si pueden sacarte un euro más, en la puerta del avión era apenas un poco más bajo que yo. Me gusta sentarme por la parte de atrás, recorriendo casi todo el avión. Al poco me encontré a otro chico, este bastante joven, más bajo aún. ¿Llegaría a 1,60? O yo estaba agrandándome asiento tras asiento, o la tripulación estaba encogiendo rápidamente. Esta ilusión acabó al llegar a la mitad, por donde están las salidas de emergencia. Los buenos días me los arrojaba, desde las alturas, una teutona de un metro ochenta largo. Una de esas mujeres del norte o noreste de Europa, de tez pálida, de melena rubia y ojos claros. Tras reponerme de la tortícolis y llegar a la fila veintisiete, que es donde suelo quedarme, miré al final del pasillo y descubrí el último de los tripulantes. También varón y que, al menos desde esta distancia y traspasando el velo obtuso del sueño, no superó las pruebas de acceso al equipo de baloncesto escolar. Cansado como estaba, no di más importancia a todo esto, me senté, apoyé el cuerpo contra el lateral del avión, me tapé como pude con la chaqueta y me eché a dormir. Tantos vuelos de ida y vuelta llevo acumulados que ya no me impresiona nada del avión y duermo la mayor parte del viaje. Para el infortunio del resto del pasaje, condenado a soportar mis ronquidos.

Me desperté cerca de una hora más tarde, ya en travesía y justo cuando servían (¿por segunda vez?) bebida caliente y comida. Lo suelen hacer en parejas, con dos carritos empezando desde cada extremo y recorriendo el pasillo en sentidos contrarios hasta que se tropiezan. Abrí los ojos justo en ese instante y me percaté de lo que allí sucedía. Observé a una valquiria rodeada (en un universo bidimensional a lo Abbott, tener delante y detrás sería estar rodeada) por, cosas de los sistemas de referencia de escalas y de las ilusiones ópticas postdespertar mediante, tres pitufos. Y me reí, porque ante mis ojos veía la representación cafre de Ryanair del cuento que tan de moda se puso en el mundo del celuloide y la farándula el año pasado: Blancanieves y los siete enanitos. Todo un homenaje a los hermanos Grimm entre las nubes. Dejé de reírme, no fuese que tuviesen idea de cobrarme también por eso, estiré un poco las piernas, acomodé nuevamente las nalgas, y seguí durmiendo otro rato. Supongo que con una sonrisa en la cara. Al menos hasta que los ronquidos tomasen nuevamente protagonismo.

viernes, 6 de julio de 2012

Ya no tengo Facebook

Tampoco es algo que resulte especialmente reseñable. Llevaba tiempo dándole vueltas a la idea. Finalmente eliminé mi cuenta de Facebook.

No, no la desactivé. Desactivar lo puedes hacer directamente desde las opciones de la administración de la cuenta. No. La eliminé completamente. Antes borré una a una las publicaciones y las fotografías que tenía desde que la abrí. Toda precaución es poca. Bueno, eliminada en teoría, porque te mandan un correo diciendo que durante dos semanas aún te puedes arrepentir. Pasado ese período de gracia será como si nunca hubieses estado en esa red. No hay marcha atrás.

Ha transcurrido una semana. Me embarga cierto sentimiento de libertad y de satisfacción abstractos.

Ojo con pulsar el enlace anterior, que si tienes cuenta abierta se la cepilla.


¿Me cepillaré también la de Google+?

Foto tomada aquí. Autor: Alan Levine.

viernes, 1 de junio de 2012

Hasta los superhéroes se «empujan la caquita»

Me imagino al Valera trastocado leyendo la noticia: «A Linterna Verde le van los cipotes» (aquí). Esto es «Educación para la Ciudadanía » por la vía bestia y del hardcore. A ver cómo se las ingenian los wertianos para impedir que estos comics alcancen al cándido pube, sumido en la inocencia que a su edad le corresponde, y evitar que se lo adoctrine, se le tiente e invite a participar de los amarenamientos antinátura de esos sodomitas desviados y perversos que son los maricas y maricones. ¿Veremos tiendas de comics quemadas por fanáticos ultraderechistas? Esto se pone interesante, sí señor.

A ver cuándo DC se une a la nueva moda de agradar a los colectivos gay y sacan del armario a Bruce Wayne, que siempre hubo habladurías de ese rollito Batman-Robin que se traían. Eso sí, que lo hagan después de ver la esperadísima conclusión de la trilogía de Nolan sobre el caballero de Gotham. El único acercamiento del celuloide digno de mención a este personaje. Reconozco que ya no ando en edad de que me cambien estos esquemas así de un día para otro X-D

jueves, 19 de abril de 2012

Derrape cerebral intenso

¿Te ha pasado escuchar alguna vez un sonido intenso sin haberse llegado a producir realmente? No hablo de escuchar voces, en plan paranoico, sino de percibir un ruido, generalmente intenso, y no haber indicios cerca de nada que lo haya generado. A mí a veces me pasa. Me despierto de madrugada sobresaltado creyendo que el timbre de la puerta ha sonado. Y me quedo escuchando, con el corazón rebotando contra los pulmones a toda máquina, y no suena nada fuera. Rara vez ha sucedido sin haber estado dormido. Hasta el otro día. Hacía tiempo con una cerveza, un pincho de tortilla y lectura técnica, esperando a que mi amigo David saliese del trabajo para ir al estreno de Battleship. Al lado hablaban tres, más bien gritaban. Dos mujeres y un hombre. Todos comerciales, seguro, por el poco sustrato técnico que demostraban y por la cantidad de anglicismos, barbarismos y burradas con las que se llenaban la boca y hacían grandes planes de negocio. En realidad no prestaba demasiada atención porque son discursos rayados y redichos mil veces, cambiando un nombre aquí, poniendo otra tecnología allá. Hasta que la más vieja de las mujeres, con la voz también más estridente, regaló al pequeño bar/restaurante, y me arriesgaría a afirmar que a la Humanidad en mayúsculas y las próximas generaciones, con una de las frases más célebres que habré escuchado en los últimos tiempos: «Platform as a Service es la web dos punto cero». Y ya está. Y tan pancha que se quedó la señora.

Estoy casi seguro de haber escuchado un intenso, estridente, ensordecedor y brutal derrape en el interior de mi cráneo. Había terminado el pincho, el resto infinitesimal de cerveza descansaba en la mesa y el iPad estaba apoyado. En caso contrario creo que me hubiese atragantado y muerto en el acto. O hubiese perdido fuerza muscular y estrellado el iPad contra el suelo. Creo que sufrí un reset de la cola de prefetch y olvidé, del shock, los últimos cinco o diez minutos de mi existencia. O quedé inconsciente ese tiempo.

Brutal.

Por cierto, no entiendo la manía de la gente de forzar el acento cuando pasan a usar expresiones en inglés. Ese «platfoom asa serviis», dicho como si fuese nativa bilingüe de toda la vida, quedó ridículo.

Por cierto, por cierto, la de Battleship se deja ver. Y más si pagas el euro extra por las butacas deluxe y sales con un masaje relajante recibido por el precio. Con cada cañonazo y explosión que salía en la película —y son una jartá de ellos—, ganaba sentido aquella célebre frase que leí hace tanto tiempo y que empezaba con «¡Mi culo vibró...!» Agujetas tenía al día siguiente.

domingo, 4 de marzo de 2012

La Cosa: prueba de la existencia de Dios

Este fin de semana ha tocado quedarme en Madrid. Suelo llegar roto al fin de semana, por lo que es raro que salga por ahí si no me llaman. Y no me llaman casi nunca. Aunque este fin de semana sí que fui a darme una vuelta por el centro, que hacía tiempo que no visitaba. Es curioso cómo no me molesta ir tropezando con la gente cuando es en plan visita (cuando vivía en la calle Mayor sí que me fastidiaba ir tropezando y rebotando entre la muchedumbre). También ha sido un fin de semana de películas. Ya estoy cogiendo como hábito alquilar películas en la PlayStation Network —que tiene un catálogo pobre y unos precios exagerados—. Este fin de semana han sido tres: Contagio, La Cosa (precuela) y Noche de miedo (remake). La primera me gustó mucho, la segunda también me gustó (aunque no supera ni de broma la de John Carpenter) y la tercera, para pasar el rato (también me gustó mucho más la original).

Mientras veía La Cosa, pensé que era una demostración de la existencia de Dios. Nos hemos pasado los últimos siglos intentando explicar la conciencia, buscando su razón de ser, y resulta que al final es bastante fácil demostrar que es cosa del creador. Los científicos se han pasado todo este tiempo intentando demostrar que la conciencia es un fenómeno emergente, algo que supera a la simple suma de sus partes. Viendo cómo un «algo» que realmente se dedica a copiar las células, consigue replicar no sólo la estructura completa, sino también todo el ser y sus recuerdos (porque el lenguaje y las palabras no dejan de formar parte de la estructura de los recuerdos) y, al mismo tiempo, seguir manteniendo conciencia de sí mismo como ser sobrenatural, es la demostración de que podemos ser exactamente iguales pero, al mismo tiempo, dar cabida a la gracia del señor. Asombroso. Es la explicación irrefutable de que Dios sí que puede estar dentro de nosotros y de que nuestra conciencia es nuestro alma. Y sí, ahora estoy seguro que una Cosa tal es la explicación de la Santísima Trinidad. El padre y el Hijo y el Espíritu Santo todos en uno y siendo lo mismo. Asombroso, repito.

Hala. Ahí queda la rayada del fin de semana.

Por cierto, ya he dicho que la versión de los 80 estaba bastante mejor. Y es que ninguno de los bichos, mutaciones, muñones arácnidos o, simplemente, cagarrutas multiformes del engendro que aparecen en la nueva, supera en horror a las de Carpenter. Y si no, aquí va el trailer cargadito de bichos para quitar el sueño:

viernes, 13 de enero de 2012

No sin mi iPhone

He sufrido un pequeño ataque de pánico tecnológico. He visto pasar toda mi vida en un instante. Y he protagonizado yo mismo, en mi película biográfica de título "No sin mi iPhone" un drama de magnitud épica. Miro una vez y 95% de batería. Miro un rato después, y completamente apagado. No respondía. Nada. Muerto completamente. Ahí fue donde sufrí el ataque de pánico que decía. Suerte que mi jefe ya había pasado por eso. El truco estaba en forzar un reinicio hardware (enter + power + botón de volumen), ponértelo en la frente, dar vueltas mientras se entona el capítulo 20 del Libro de los Profetas, con la melodía de Quién ha robado mi carro de Manolo Escobar, para exorcizarlo. Finalmente está funcionando. Como si no hubiese pasado nada. Que susto. Será capullo. Como lo vuelva a hacer vamos a tener un disgusto. Desde que salió el 4S nuestra relación anda un poco tensa.

lunes, 9 de enero de 2012

iTunes Match sincronizado


Bueno, he aprovechado estos días para dejar sincronizando (a una velocidad de tortuga paralítica) mi biblioteca iTunes con la nube. Ya tengo más de nueve mil canciones «arriba». Pero aún tengo muchos CDs originales por incluir. Que si no lo he hecho hasta ahora, no tengo muy claro que lo vaya a hacer en los próximos mil años. Siglo arriba, siglo abajo.

martes, 8 de noviembre de 2011

hitchconiano perdido

…mientras trajinaba pa'lante y pa'trás en la cocina, pude ver un fugaz reflejo de mi perfil en la ventana de la cocina —es lo que tiene cocinar de madrugada, que la oscuridad exterior convierte en espejos de feria los vidrios de las ventanas— y tuve la sincera sensación de parecerme cada vez más al grande Hitchcock. De ahí se derivaron dos hilos de pensamientos paralelos —para ello cuento con dos hemisferios cerebrales—. El primero que tengo que poner pronto remedio a la panza incipiente de un precuarentón. Esta misma noche me paso por donde el gimnasio a preguntar por algún plan de ejercicios ligeros. Segundo, que me han entrado unas ganas irrefrenables de volver a ver La soga.

Y…

Tiembla Arguiñano, ¡Tiembla! (2)

Esta mañana abrí los ojos como platos tomando dura y plena conciencia de que no había sacado la comida del congelador el día anterior y que, por inducción deductiva, no tendría qué almorzar hoy en el trabajo. Soy pobre, como el banco insiste en recordarme, así que eso de comer fuera lo dejo para los jueves, salvo que la imperiosa necesidad se imponga, ya que el jueves viene a ser el día madrileño del colegueo restaurantil. El menú cuesta ocho euros. No es mucho, la verdad, y es algo más bien raro en Madrid, donde lo mínimo son diez, pero con eso puedo comer hasta tres días, según lo sibarita que me ponga.

Así que ni corto ni perezo, casi sin restregarme las legañas de los ojos, me metí en la cocina e improvisé unos macarrones con tomate. Mientras se guisaban los macarrones en la fussion —sí, sí, soy un fussionita más—, sofreía unos pocos trocitos de cebolla dulce en una sartén, que una vez ligeramente dorados —alguno salió aún peor parado que eso—, fueron acompañados por unos champiñones en laminas de lata y que, todo ello junto, una vez caliente, fue acompañado de un tetrabrick de tomate frito, ligeramente azucarado para restarle la acidez del fabricante, y que concluyó, una vez caliente todo, con un poco de atún de lata. Todo ello echado sobre los macarrones guisados seis minutos y enfriados bajo agua para que se quedaran al dente y ligeramente espolvoreado con albahaca. La operación no llevó más de diez minutos. Lo que ya no tengo tan claro es si ese mejunje improvisado será comestible o si, al final, tendré que acercarme al restaurante a por el menú de ocho euros.

Lo que me queda claro es que, a este paso, monto mi propia cadena de restaurantes en un par de años. A Arguiñano ya lo tengo superado. Ahora voy a por el Jaime Oliver ese. Se va a cagar.

Y…

Actualización de las 15:55: Después de almorzar puedo confirmar, y confirmo, que el mejunje no quedó tan malo, después de todo. La pasta, de esa económica, por no decir directamente que «barata», del Carrefour, le restó impacto gustativo al experimento estreso-mañanero. Repetiré, seguro. Esta vez espero que con más tranquilidad.

jueves, 29 de septiembre de 2011

¿Crisis? ¿Qué crisis?

Leía esta mañana en la portada del ADN el siguiente titular: «El Rey augura más sacrificios» (aquí el artículo en la web del periódico). Y me pregunto yo si no podríamos empezar sacrificando algún Borbón, que bien gorditos, creciditos y rollizos se los ve a todos. Buena cantidad de euros que nos cuesta a los contribuyentes.

Nadie dijo que los pobres no pudiésemos soñar, ¿no?

A veces me dan unos prontos republicanos que no me soporto ni yo mismo.

PD: También podemos conformarnos quemando a algunos políticos, que ya quisiera yo el sueldo neto mensual de Esperanza Aguirre.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Empanada de Vengadores: me lo tengo que mirar

Hoy he llegado especialmente empanado a casa. Con lo del mosquito y que ya arranqué la semana durmiendo mal, he llegado al ecuador casi agotado. Así que me he sentado delante de la tele y, estrujándome el cerebro para escribir las dos entradas anteriores, he encendido la tele y el cacharro que me pusieron los de ONO al contratar la línea. En el tiempo que llevo con fibra la habré encendido dos veces. Después de buscar y rebuscar en la oferta gratuita de la sección Videoclub acabé optando por una de dibujos: Ultimate Avengers 2. Es un truño impresionante, insufrible y apestoso, pero aquí estoy atontao esperando que acabe para saber qué pasa al final con la invasión alienígena.



Madre mía, esto me lo tengo que mirar urgentemente. ¿Tendrá cura?

lunes, 26 de septiembre de 2011

Otro pecado

Pese a la polémica sobre la calidad del audio en la edición española, que me había convencido para no comprarla, al final acabé cayendo en la tentación.


La vi tan bien puesta al entrar a Media Markt, mirándome con esos ojillos tan tiernos de «cómprame por sólo 72€», que no pude resistirme. Otro asalto a la economía doméstica, ya bastante maltrecha. En fin, como dice mi padre, "la pobreza me hará más espiritual y me acercará al Dalia Lama".

jueves, 15 de septiembre de 2011

Asociación de ideas terrorífica

El tren es un escenario inmejorable que se presta a la puesta en escena de la variada y fértil riqueza de comportamientos humanos que existen. Es raro el día que no vea a alguien que no llame mi atención (y a veces prefiera evitar). Aquí el que parece ser alérgico al agua y nos recuerda que el olfato es también un sentido que duele; allá el que, en guerra simétrica, se ha nombrado paladín de algún fabricante de perfumes; en este otro lado esa guapa y grácil chica que lee con concentración suprema mientras hurga en su nariz, extrae el género con delicadeza, le da forma esferoide y lo proyecta al infinito en certero movimiento de índice y pulgar sin perder la línea de la página que la entretiene; o el que lleva unos auriculares del tamaño de dos sandías de premio Guines, siguiendo el ritmo musical con el cuello, que mientras canturrea para sus adentros se mete la mano en los pantalones para amansar -y masajear- a las ladillas compañeras; cuando no es un hombre orquesta maltratando guitarra y tímpanos a la espera de que sus esfuerzos fueren recompensados con una transferencia de riquezas en su beneficio, una misionera de algún credo extraño y contemporánea de Matusalén que ruge los milagros de un dios ausente, o aquella del fondo, que bosteza con tal naturalidad y tal carencia de inhibición que se puede saber lo que ha cenado anteanoche.

Sí, de todo hay, y de todo habrá.

Pero el objeto de mi atención en el día de hoy fue una pareja joven, en esas edad elástica que hay entre la adolescencia y la primera edad adulta. Poseídos por la pasión desenfrenada (que no faltó quien con la mirada cortante y cara enrojecida de ira expresaba sin palabras aquel célebre requerimiento de "¡buscaos una habitación, degenerados!") daba la sensación que no había dos bocas sino una y que aquellos eran siameses raros y completamente diferentes, unidos por los labios. Por algún sitio debían respirar, así que andaba yo buscando desde la distancias las branquias de aquellos dos, cuando se dieron una pequeña tregua y separaron infinitesimalmente sus orificios bucales. Y ahí fue cuando vi la lengua de ella moviéndose de un lado para otro buscando, deseando, exigiendo, forzando sin tregua. Madre mía, cómo se movía aquella cosa. Y ahí fue donde tuve la asociación de ideas, tanto o más bizarra que la escena de ese músculo tan vital para la deglución, el habla y continente del gusto, convertido en anguila retorcida. No sé cómo ni porqué, pero recordé la escena de Terroríficamente muertos: "¡Me comeré tu alma! ¡Me comeré tu alma!"



Está claro que si bien la conducta humana es ricamente variada y bizarra, si encima la pasamos por el cristal con que yo la veo, acaba pareciendo aún más surrealista si cabe. Ha de ser tanta soledad, que deteriora mi percepción de la realidad.

XD

[Publicado originalmente en mi muro de Facebook el 5 de septiembre]

lunes, 12 de septiembre de 2011

Bichos, fábulas y patrones

A John (Forbes) Nash, mente maravillosa donde las haya, le perdían los patrones, existiesen o no. A mí las formas literarias, los géneros narrativos y las figuras retóricas. Aquí yo veo La fábula del banquero y el hipotecado.



También vale la del político y el votante o, tal vez por ser más actual, la de Rodrigo Rato y el trabajador.

Apostilla: Madre mía cómo se las gasta el bicho de los cojones.

viernes, 8 de enero de 2010

Mazinger Z (y las cosas de mi hermana)

Creo que tendría 6 o 7 años cuando en Televisión Española comenzaron a emitir los capítulos de Mazinger Z. Si no recuerdo mal lo hacían después del telediario, a las dos y media de la tarde, y únicamente emitían los sábados. Como todo niño la gran mayoría de los niños de mi edad, porque también los había raritos a los que no les gustaba, alucinaba con la serie de dibujos más cañera que recordaba; con esa edad tampoco es que hubiera visto mucho digno de recordar en un sistema en el que, en la práctica, solamente existía una cadena de televisión y era pública. Las otras serie de dibujos que recuerdo de esa época era Heidi, entretenida pero un pelín terriblemente ñoña, y La abeja Maya, demasiado suave.

Hace unos años volví a ver, de casualidad, un capítulo. En realidad cinco minutos de un capítulo. En alguna reposición de alguna de las tantas cadenas que hay ahora. Visto con ojos de —algo más— adulto, el argumento, la serie y el propio concepto, son bastante malos. Tanto que sufrí una pequeña punzada de vergüenza ajena al recordar cómo babeaba con la serie. Creo que algo más de cerebro he adquirido en el proceso de envejecimiento. Sin embargo, por entonces, yo era un niño y para mí era lo mejor del mundo mundial. Muchísimo más que la playa. De hecho la playa nunca me ha gustado demasiado. Ya desde pequeño me parecía muy aburrida e incómoda. Era jodido que se te metiera la arena en el bañador y caminar con la molesta carga en el trasero, tan pesada e incómoda que parecía que caminabas con el producto de una defecación que no pudieras echar fuera del bañador. Un lastre. Y mis claras preferencias eran un problema. Mis padres, que veían esos dibujos animados con ojos adultos y preocupados —ya entonces los adultos se preocupaban de la influencia que pudiera tener la violencia en la televisión sobre sus vástagos; y lo correcto entonces eran los dibujos de Hanna-Barbera—, no consideraban que fuese tan importante como para prescindir de un día en la playa. En aquel entonces era casi ritual ir al sur de la isla a pasar el día en la playa en familia.

Para mí resultaba angustioso —sufría— levantarme el sábado y ver que mi madre empezaba a preparar la tortilla de papas —o la ensaladilla—, la neverita, las toallas y que nos encasquetaba la ropa de la playa, porque sabía que, con casi toda probabilidad, no volveríamos a tiempo para ver el capítulo del día. Horrible. Y en la playa no hacía más que preguntar por la hora y si aún quedaba mucho para irnos, porque «estoy aburrido». Una vez, de tan pesado e insistente, me gané un capón de mi padre. Mi padre propinaba unos capones que dolían mucho. Y mi hermana se reía.

Mi hermana, en una de esas sorpresas que se le ocurre dar —en plan «espontáneo»— por el Día de Reyes, quiso que recordara mis perretas infantiles regalándome un Mazinger Z de tamaño descomunal. Aunque parezca extraño me hizo bastante gracia e, incluso, ilusión. Tal vez estoy entrando en la crisis de los cuarenta y empiezo a añorar las sensaciones y emociones de la infancia, pero lo cierto es que lo he puesto al lado del ordenador de mi casa. Así, para que me mire a los ojos cuando esté por allí. No todos tienen la posibilidad de ver cada día a uno de los iconos de su infancia. Mola mucho y es casi tan alto como el iMac de 24". En el fondo no dejo de ser un niño grande.



El punto anecdótico lo pone el hecho de que, días antes, buscando unos regalos para la sobrina de mi mujer, me tropecé con otra copia en una juguetería y pensé, inmediatamente, «si mi hermana lo ve seguro que me lo regala». Y me lo regaló. Y dudo que nadie le chivara nada porque no llegué a comentarlo con nadie. Fue un pensamiento tan fugaz que tal como vino se fue. Pero conozco lo suficiente a mi hermana como para que la red neuronal del instinto supiese que, siendo como es, seguro que no sería descabellado que me lo regalase. Y ahí lo tengo. ¿Poderes de presciencia? No lo dudo, porque no es la primera vez que me pasa. Pero tampoco le doy demasiada importancia. Para lo que sirve, que es bien poco, mejor ignorarlo.

Mi relación con la playa no ha cambiado demasiado en treinta años. No creo que tuviera mucho que ver con la impotencia de no llegar a ver el capítulo de Mazinger Z —y entonces no creo que hubiera nada peor que pudieran hacerme mis padres— o con el capón de mi padre, el que apenas llegó a ponerme la mano encima en contadísimas ocasiones —y siempre consciente de haberlo ganado a pulso— y que se conformaba con un capón o con un cachetón como castigo único y absoluto —la unicidad del acto que se transforma en un mensaje rotundo—. Prefería el cachetón, que sonaba más pero dolía menos. Mi padre tiene buenos nudillos, y yo muy sensible la tapa de los sesos. Mi relación con la playa no ha cambiado mucho porque sigue sin gustarme demasiado pasar horas y horas y horas haciendo el lagarto, sintiendo mi piel llena de arena pegada y que el sudor mezclado con los protectores solares hacen que se convierta en una especie de rebosado. Una croqueta humana que respira mientras se cuece en sus propios jugos. No, no me gusta la playa. Algo extraño para ser un canario. De ahí que un reportero interpretara incorrectamente la palidez de mi piel y la asociara con que trabajo en Madrid. Pero eso es una historia ya contada.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Tito, ¿qué es egolatría?

tactactactactactactactactactactactactactac...

- ¿Qué estás haciendo, chavo? ¿Trabajar?
- No. Escribir.
- ¿Y qué escribes?
- Escribo sobre un libro que he leído.
- Ah...

tactactactactactactactactactactactactactac...

- ¿Qué es egolatría?
- Es el culto a uno mismo, a mí, ser sobresaliente, superior, superlativo; de mente prodigiosa, deslumbrante y ejemplarizante, sin comparación posible con el resto de mortales, inferiores; de ánimo y alma magnánimos y, no lo olvidemos, amo y señor de mi tiempo y de esta casa, mi reino, donde soy el único y verdadero dios.
- Ah, vale...

«Niños»...

tactactactactactactactactactactactactactac...

Conversación con mi sobrino Samuel.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Las anécdotas de mi pulsión consumista

Hace tiempo que sospecho que padezco algún tipo de desorden obsesivo compulsivo. Alguna especie de pulsión que anula cualquier capacidad de buen juicio que pueda tener. Y de buen juicio sí sé que tengo poco. Aunque a veces creo que se trata, simplemente, de un problema de aburrimiento. En cualquier caso me lo tendré que mirar.

Últimamente me ha dado por leer. Estoy leyendo mucho. Al menos «mucho» para alguien como yo, que lo más que leía eran artículos y libros técnicos. Como consumista compulso ya tengo una buena cantidad de libros que no he leído aún. Sin embargo en los últimos meses he desarrollado un gusto extraño en mí y me ha dado por leer narrativa de esa que dicen «de no ficción». En particular, llevo un tiempo recopilando libros sobre Lógica, tema que siempre me ha llamado la atención y al que nunca le había dedicado demasiado tiempo. Sí, hablo de la Lógica formal, y variantes, el sustrato sobre el que se edificó el pensamiento racional y científico que nos llevó a los extensores de penes. Pero de eso creo que hablaré otro día.

Revisando lo que recomendaban en algunos foros, buscando bibliografía existente sobre la materia, di con los títulos de un par de libros de reconocido prestigio -al menos eso creo como absoluto lego en la materia-, pero que estaban agotados en todas partes. Lejos de darme por vencido, pregunté a mi madre, que se mueve bastante bien por el universo de los libros de segunda mano y me recomendó usar el servicio de Uniliber. El descubrimiento de este portal me ha provocado tanto placer que estuve a punto de rascarme detrás de la oreja con el pié mientras aullaba de puro orgasmo. He tenido que hacer unos esfuerzos titánicos para no lanzarme a pedir libros y más libros por el simple hecho de estar, en algunos casos, tirados de precio.

De los dos libros que quería comprar, me arriesgué a pedir primero uno y la cosa salió bien, bastante bien. Bueno, hay complicaciones secundarias que ya pasaré a narrar en otro momento. Pasada con gloria la prueba piloto me lancé a por el segundo. Ante mi asombro tropecé con una librería que ofrecían el libro de segunda mano, aclarando eso sí «perfectas condiciones» a solo 4,95 €. «¿Cómo es posible?», me pregunté. El segundo de la lista, ordenada por precio, lo tenía unos veinte euros más caro. Y antes de agotarse el libro costaba treinta y cinco.

Parecía la ocasión perfecta, una de esas ofertas difíciles de rechazar. Y lo hubiese sido de no ser porque los gastos de envío a Canarias que ponía esa librería eran cercanos a los 15 €. Salvo para pedidos cuyo importe superase o fuese de 60 €. En ese caso no había gastos de envío. ¿Y quién se puede negar, sufriendo un desorden como el mío, a una oferta como esa? Así que ni corto ni perezoso, tras lanzarme a sumar otros dos libros que tenía en la lista, y que elevaban el importe del pedido a cuarenta y cinco euros, solicité una búsqueda en esa librería de libros que contuvieran la palabra «lógica» o la palabra «razón».

Apenas recuerdo el intervalo de tiempo que vino a continuación. Mi memoria tiene recuerdos neblinosos acerca del ímpetu con el que recorría la lista devuelta y pulsaba sobre el icono para añadir a la cesta de la compra. Después de la orgía de añadir libros de lógica por importes de uno o dos euros en la cesta, alcancé la deseada cantidad de sesenta euros y di por concluida, con mucho dolor y pena, la cacería, solicitando que la entrega se realizara contra reembolso. Estaba tan cegado que no pensaba en cómo le explicaría a mi mujer que andaba malgastando dinero en libros viejos y, seguramente, «inútiles».

Pasaron unas cuatro o cinco semanas y, llegó la notificación de Correos. En verano el horario en que atienden es incompatible con mi vida laboral, así que mi hermana se encargó de pasar a recogerlos. Al llegar a casa me encontré el paquete, de esos envueltos con el típico papel marrón de embalar. Repasando los libros que había comprado a ciegas, no pude evitar echarme a reír. Entre una buena cantidad de libros intelectuales había un par de libros pequeños que no tenían nada que ver con el tema y cuyas portadas son las que acompañan esta entrada. Literatura romántica y algo de literatura moralizante formaban parte del conjunto de libros que me empaquetaron en la librería. Me reía al intentar imaginar qué estaría pensando la persona que los empaquetó mientras, entre tanto libro de contenido para sesudos, colaba estas dos obras de temática tan... ¿vulgar? Me lo imaginé inmerso en la tarea de tetrisficar el paquete diciendo en voz alta, y para sí mismo, «qué tío más raro». ¿Se estaría intentando imaginar, por mi pedido, qué tipo de persona era la que combina de esta forma la literatura? ¿A qué conclusiones habría llegado?

Otra absurda anécdota más de mi existencia. Al menos esta vez la anécdota no ha supuesto más de un par de euros tirados a la basura en forma de libros que apestaban a humedad, eso sí. A saber de qué oscuro rincón tuvo que rescatarlos el librero -o la librera- para poder completar el envío.

sábado, 22 de agosto de 2009

Diseño de un experimento absurdo para medir el grado de incomodidad en el uso de los baños

Hace un par de semanas leí una entrada, Los baños de empresa son sistemas caóticos, del amigo Adastra, y teniendo reciente la lectura del libro 'Las trampas del deseo', se me ocurrió un experimento social. No sé si entraría dentro de la categoría de economía conductual, pero yo se los planteo igualmente y ya me cuentan su opinión al respecto.

Adastra comentaba que, pese a tener un letrero en los baños que su empresa que reza «Deja el baño como lo encuentras. Tus compañeros lo agradecerán», la gente pasaba olímpicamente y el baño acababa siempre como los zorros. Un asco, vamos. ¿Pero pasa la gente olímpicamente de esos letreros? ¿Realmente no tiene ningún efecto sobre el comportamiento de los excretores (los llamaremos de esa forma para despersonalizar el experimento :-D)? ¿Tiene algún efecto real y mensurable este tipo de mensajes? ¿O hay otros mensajes que resulten más eficaces para el fin que perseguimos? De ser así, ¿cuáles serían esos mensajes?

El experimento que se me ocurre es medir cómo influyen distintos mensajes en la gente. Si se cuenta con cinco cuartitos independientes con su respectivo retrete, se podrían poner diferentes mensajes y ver cuál es el que surte mejor efecto. Se sabe que la gente es susceptible a la forma de mensaje y a los términos en que se refiere el mismo. Así, un mensaje del tipo «De seguir con una conducta tan poco higiénica, la empresa se verá obligada a sancionar con multas al personal por mal uso de las zonas de aseo» probablemente consiga el efecto contrario (leer el capítulo cuarto del libro de Dan Ariely: «El coste de las normas sociales. Por qué nos gusta hacer cosas, pero no cuando nos pagan por ello»). Así que lo ideal serían mensajes con contenido exclusivamente de tipo moralizante. Y evitemos meter a dios en esto, aunque igual se podría probar...

Supongamos que tenemos cinco retretes, así que se podrían enviar cinco mensajes distintos. ¿Qué les parece la siguiente lista?

  1. Sin mensaje. Sería el baño del grupo de control. El que no se ve afectado por intentos de cambiar su conducta.
  2. «Deja el baño como lo encuentras. Tus compañeros lo agradecerán». Sería el mensaje que ya se utiliza en los baños de la empresa de Adastra.
  3. «¿Sabes la cantidad de infecciones que se contagian por una mala limpieza? Si nos ayudas, te ayudas». En este caso intentaríamos atacar al miedo irracional que sentimos por el dolor causado por enfermedades. Todos estamos influenciados por las imágenes que vemos en la televisión. Atacamos a la parte egoísta del individuo. A su instinto de supervivencia.
  4. «Si no ayudas a mantener limpio el baño tendremos que usar más detergente. Al año los detergentes vertidos en las alcantarillas y luego a los mares matan tantos seres vivos como la malaria y perjudican seriamente los ecosistemas marinos. Los detergentes contribuyen a la extinción acelerada de especies y a empeorar el mundo». Mensaje con el que se intenta despertar el sentimiento cooperativo y voluntario. Su amor por el medio ambiente. O por el mundo. Tanto monta, monta tanto.
  5. Por último, cambiaría el registro, y usaría un mensaje totalmente egoísta. «Actualmente la empresa tiene contratado un servicio de limpieza. Es su obligación mantener limpios los servicios. Si ves que las condiciones del baño no se adecúan a tus necesidades higiénicas, por favor, cuando acabes comunícanos que el baño necesita un repaso y nosotros exigiremos al personal de limpieza que vaya a limpiarlo inmediatamente. Ayudamos a maximizar el aprovechamiento de nuestra contrata. Nuestra responsabilidad es exigirles un mejor servicio». Intentamos despertar el sentimiento de exigencia más egoísta y de «yo no estoy aquí para limpiar los baños». La empresa, una entidad superior, les libera de la culpabilidad.

Ocasionalmente, si tenemos un sexto baño, podríamos poner otro cartel atacando el sentido del humor. Creo que la gente funciona mejor si las cosas se las dices -o exiges- con humor. Algo del estilo «Cada vez que olvidas limpiar el baño, Dios mata un gatito». Pobres gatitos. ¿No fue suficiente con decir «gobernarás sobre todas las bestias» cuando creó al hombre? Pobres gatitos.

Una vez establecidos los mensajes, ¿cómo mediríamos la eficacia de cada uno? Bueno, podríamos preguntarle a la persona experta en la materia, la que conoce los baños y los limpia, y pedirle que evalúe diariamente en qué grado de deterioro se los encuentra. Aunque subjetiva, sería una forma homogénea de evaluar cada caso. Se establecería una valoración relativa entre ellas. Es de suponer que transcurrido un tiempo, los valores se deberán estabilizar y permanecer en unos rangos homogéneos. Si queremos, además, eliminar la aleatoriedad, podríamos cambiar cada cierto tiempo los letreros de los retretes y confirmar que no hay otros factores -como que es el que se encuentra primero al entrar por la puerta, o el último, etc.- que afectan a la elección de los excretores.

Pero creo que esto sería una medida incompleta o no determinante. La estado final de limpieza es función del uso, no solo del tiempo. El uso estaría en función de la comodidad con que se encuentran los excretores con su utilización. Tal vez una medida más acertada sería el obtenido de medir el valor inverso, la incomodidad, que generan los mensajes. Como si un experimento de condicionamiento pavloviano se tratase, estoy casi seguro que la gente recordaría qué baño le ocasiona más desasosiego moral e intentaría evitarlo en la medida de su condicionamiento. Así que, a la larga, aquellos mensajes que resulten más incómodos, empujarían a la gente a evitar el uso de los retretes y, con ello acabarían en un estado más aceptable al final del día. Para evitar aleatoriedad se podría cambiar los letreros, una vez más, cada cierto tiempo.

El quid es averiguar cómo se mediría el uso del retrete. Tal vez con un mecanismo que contabilice las veces que se cierra la puerta desde dentro. O las veces que se tira de la cadena. Un contador de agua, como el que tenemos en nuestras casas, para cada retrete, podría ayudar a medir el agua consumida (la cantidad de veces que se tira de la cadena se calcularía de dividir el total de agua consumida por el volumen de la cisterna, suponiendo cisternas que solo evacuan un volumen fijo de agua). Sin embargo, el segundo método, tiene un inconveniente. Aquellos excretores que se sientan empujados a mantener más limpio el baño necesitarían, tal vez, usar más agua para llevar a cabo la limpieza. No sería un método fiable. Pese a no ser tampoco tan fiable el primero, hay gente que padece desorden obsesivo compulsivo que les hace abrir y cerrar varias veces las cerraduras, creo que medido en largos períodos de tiempo sería un mecanismo válido para evaluar la incomodidad de la gente.

Aunque, tal vez, habría otra forma de hacer esto mismo. Se podría organizar charlas informativas exponiendo la importancia de mantener limpios los baños y que la limpieza es cosa de todos. Enumerando las diferentes ventajas que se encontrarían y los inconvenientes que se evitarían. Así, tal vez, la gente empezaría a dejar de ser tan sumamente guarra en cuanto al estado del baño colectivo se refiere. En el edificio donde trabajo, los baños también acaban hechos una mierda al final del día. Y no es un eufemismo.

En fin, esta ha sido la rayada del día. Tenía un día tonto, así que espero sepan disculpar lo absurdo de la propuesta. Buen fin de semana. Yo me voy a la playa.

martes, 11 de agosto de 2009

PHP y JavaScript (4)

Me ha costado, pero he conseguido meter -con un gran calzador- el puñetero código JavaScript para mantener una paginación cutrilla. 24 horas antes del tiempo límite que me habían dado. Soy la polla de bueno. De aquí al infinito...