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sábado, 26 de abril de 2014

Cosmos, 2014

Cuando empecé esta bitácora, a mediados de 2008, tercera o cuarta reencarnación de mi deseo de trascender por la vía del exhibicionismo ciberespacial valiéndome del simplón mecanismo de ventilar las nimiedades que me acontecen o en las que participo, andaba también revisitando la mejor de las series divulgativas rodadas hasta la fecha, la mejor por su carácter y enfoque holístico: Cosmos. Algo de lo que dejé constancia unos meses más tarde —con mi particular forma de decir y escribir las cosas— en su correspondiente entrada [aquí].

Hace bastante tiempo, tal vez un par de años, tuve conocimiento del rumor que hablaba de una reencarnación o modernización de la serie, esta vez sin presencia de Carl Sagan por pasar éste a un plano existencial distinto al tangible nuestro tiempo atrás. No le di mayor importancia porque era un rumor o un proyecto, que como otros tantos podía quedar en aguas de borrajas. Y el tiempo pasó. Hace unos meses se anunciaba, con menos bombo y platillo del que se merece un evento como éste, su próximo estreno en las cadenas de nuestro país, y simultáneamente en las de otros muchos. Esta vez le di mucha más importancia a la noticia. Supongo que en forma similar a como los fans de una serie clausurada tiempo ha acogen la noticia del estreno de la película creada para satisfacer a tan selecto grupo. Pero fue el día que cayó en mis manos el primer capítulo, obtenido por esa vía de la que uno no se siente especialmente orgulloso de conseguir la cosas en el capitalismo cimentado sobre un consumismo exacerbado en el que vivimos, cuando me puse realmente nervioso. ¿Haría siquiera honor la nueva serie a la protagonizada por —y que tan bién condujo— Carl Sagan? ¿Sería un intento de sacarnos los cuartos a los nostálgicos? ¿Sería otro intento Freemaniano de convencernos de que hay fantasmas ahí afuera? Con sentimientos encontrados busqué hueco para ver el primer capítulo, convencido de que nadie conseguiría imprimir ese aura carismático que tenía Sagan en sus exposiciones y de que lo que me esperaba durante los próximos 50 minutos sería una cagada de proporciones cósmicas e infumable de principio a fin que no haría otra cosa que mancillar el admirado recuerdo del protagonista original y estropear con adornos innecesarios lo que es una obra magnífica de por sí.

Lo que tiene el sesgo de confirmación es precisamente eso, que nuestros prejuicios nos dominan y consiguen hacernos ver lo que estamos esperando ver. Dicho en plata: Neil deGrasse Tyson presenta mucho peor la serie que Carl Sagan. Esa fue la errónea conclusión que saqué en el primer capítulo, olvidando que realmente lo importante era el tema que contaban, no quién lo contaba. A lo largo de las últimas semanas desde su estreno, replanteándome la forma en que empecé a ver la serie, he pasado de esa sensación nostálgica de pérdida del original que provoca reforzada el sucedáneo, a disfrutar con la forma y estilos de un divulgador con nombre propio, el mentado Neil Tyson, quien no tiene nada que demostrarnos y que ha conseguido que me enganche a esta reencarnación de la que fuera mi serie divulgativa favorita de las últimas décadas. En resumen, Neil deGrasse Tyson está sobradamente cualificado para hacernos disfrutar de esta nueva andadura cósmica. Y la producción, en su conjunto, es simplemente magnífica.

A día de hoy Cosmos 2014 es la única serie de televisión que sigo fielmente semana tras semana y que hace que bucee cada fin de semana en las redes del P2P para descargar el último capítulo. Pero han de permanecer tranquilos los empresarios, productores y subespecies alimentadas por el ánimo de lucro de este tipo de producciones, porque es mi intención resarcirlos —y siempre lo hago con lo que disfruto— comprándola en BluRay cuando tengan a bien publicarla en nuestro país.

Imagino que temiendo que muchos sentirían lo mismo que yo al ver al nuevo conductor acaparando los créditos de la serie, o porque es lo que es, un tributo a Carl Sagan, se lo suele mencionar en los capítulos; dejando claro que no intentan hacer borrón y cuenta nueva —como esos reboots a los que nos tienen acostumbrados en la industria del celuloide—, sino que es una merecida continuación. Es un puente a los nostálgicos y siempre se agradece. Pero también sirve, al menos a mí me sirve, para contemplar este nuevo Cosmos no como una serie distinta, sino como una segunda temporada de la misma serie. Tal es así que ya no hay competencia posible, ni con ello ganador ni perdedor. En mi fuero interno Cosmos pasa de tener 13 capítulos en su edición original a tener 26 en su nueva edición, consiguiendo entonces el seguir siendo la mejor serie de divulgación producida hasta la fecha por la Humanidad. Con este talante nostálgico, y la certidumbre de que pronto volveré a ver la primera temporada, rompo mi promesa original por enésima vez y anclo aquí un vídeo con los primeros minutos del primer capítulo donde Sagan nos promete lo que será un viaje inolvidable para toda una generación (o al menos la parte interesante de ella):


Por no desmerecer a la nueva, que no es mi intención, pero ya que me prostituyo hacerlo a lo grande, pongo el trailer promocional del nuevo Cosmos:


Aunque más moderado en las formas a cuando escribí la entrada sobre la serie original, no porque no piense lo que ya pensaba entonces sino porque he entendido que a nadie le importa lo que piense al respecto, sigo creyendo que el visionado de este tipo de productos, y en especial del que hablo hoy, nos abre la puerta a ser mejores personas y seres humanos más conscientes del lugar que nos toca ocupar. El partído político que tenga en su programa sustituir religión en los colegios por el visionado de series divulgativas serias como Cosmos tiene casi asegurado mi voto.

martes, 8 de mayo de 2012

'Las uvas de la ira'

Creo no errar si afirmo que me sobran dedos de una mano —y la otra entera— para contar las conversaciones que mantuve con mi tío Andrés, hermano mayor de mi padre, durante mi edad adulta —al menos la que corresponde desde el momento en que uno tiene libertad para votar y la actual—. Tampoco creo caer en el equívoco si digo que esas pocas conversaciones fueron realmente interesantes. Entrañablemente rojete él, en una de esas conversaciones me recomendó 'Las uvas de la ira', como ejemplo de aquello en lo que el capitalismo más recalcitrante y el neoliberalismo indolente pueden acabar. Acto seguido lo buscó en su biblioteca y me prestó su ejemplar, con la intención de que lo leyese pronto e intercambiáramos comentarios. Unos meses después me pedía que se lo devolviese, dado que era patente que no me lo había leído y que, menos aún, tenía intención de leerlo en breve. Y entre que sí, que ahora voy, y que mañana estoy muy liado, ya iré pasado, mi tío falleció por un un infarto a los 71 años. Esto sucedía en 2004, poco tiempo después de haber comprado mi propio ejemplar del libro y de haber empezado las reformas de mi propia casa, pero sin haber devuelto a mi tío el suyo. Luego una cosa, luego la otra, y, finalmente, el libro se quedó olvidado en las estanterías de la que fuera el hogar donde crecí, el piso de mis padres, hasta que me mudé al mío propio. En una visita a mi madre lo encontré (curiosamente mi ejemplar no aparece por ninguna parte). Inmediatamente sentí que le debía a mi tío, al menos a la memoria que mantengo de él, leerlo. Y a eso me puse hace poco.

Y me arrepiento de no haberlo hecho antes. Es un libro magnífico. Inmenso. Un «must read» que todo, todo el mundo debería leer. Sí o sí. Un libro que nos haría mejores personas. O, dicho de otra forma, si más gente se diese a su lectura, la concepción de la realidad y del mundo sería distinta y conduciría a un mundo mejor, donde las personas fuesen buenas por naturaleza con sus congéneres. Al menos eso me gustaría creer. Soy un ingenuo, lo sé.

Pero no. La realidad es terca y siempre nos demostrará, de una forma u otra, generalmente en los momentos en que sería más necesario actuar como un verdadero colectivo y cooperar, aquello de «Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit». Un ejemplo de ello es esta obra de John Steinbeck, que se transforma en una magistral crónica de lo que es capaz de hacerse el Hombre a sí mismo, para el que cualquier excusa es válida para justificar el horror al que es capaz de someter a sus semejantes. Tal como demostrara empíricamente el experimento de Milgram [@ Wikipedia] varias décadas después.

     —¿No has pensado cómo será cuando lleguemos allí? ¿No tienes miedo de que no sea tan hermoso como hemos imaginado?
     —No —dijo ella rápidamente—. No, no tengo miedo. No puedes tener miedo, y yo tampoco. Es demasiado…, como vivir muchas vidas. Allí hay mil vidas que podremos vivir, pero cuando llegue el momento, sólo viviremos una. Si me las imagino sería demasiado. Tú tienes que vivir de antemano porque eres muy joven, pero… para mí sólo se trata de vivir este momento. Y de saber cuándo les darán deseos de comer esos huesos de cerdo que traemos.

El autor estructura la narración en dos flujos totalmente relacionados, pero bien diferenciados. Por una parte nos va contando las miserias de una familia que se ve arrojada a la carretera cuando el banco, ese monstruo que supera a los hombres que lo componen y trabajan para él aunque ellos mismos estén en contra de lo que hace esa abstracción en la que se convierte la entidad financiera, les quita las tierras donde generaciones de padres e hijos nacieron y crecieron y comieron de ella. En estos capítulos, personajes concretos con nombres y apellidos, a los que el lector va conociendo en detalle, con deseos propios y específicos, y que golpe tras golpe van descubriendo un presente y un futuro, un entorno y personas empecinados en machacar cualquier ilusión y cualquier sueño con el que se embarcaron en ese viaje forzoso. Milla tras milla, mientras la familia cruza el país, la historia transforma al lector en espectador impotente dejándole la única esperanza de que en el siguiente cruce por fin consigan un respiro. Con embargo, cada giro, sea a derecha o izquierda, vuelve a golpearles. Aunque ficción, no deja de sorprender la fortaleza de las personas, o de los personajes, todo vale, para seguir adelante, luchando por los suyos. Un detalle conmovedor fue descubrir en la narración la documentación de un hecho que suele ser cierto —o que creemos como cierto porque tal vez esa es la esperanza que nos queda— que cuando menos tienen las personas, más ayudan a sus semejantes. Es algo que recuerdo vagamente de mi infancia, de haber crecido en un entorno humilde y obrero donde todos colaboraban para sacar el barrio adelante.

Entre capítulos que hilvanan las desgracias de la familia Joad, que podría ser cualquier familia humilde en los años posteriores al Crac del 29, el narrador nos intercala la visión de la realidad paralela en forma de arquetipos, de actores secundarios de la tragedia, muchas veces los que se aprovechan de ella, en el formato de denominadores comunes. El contraste de pasar de lo específico, el desgraciado, a lo general, el abusador como la otra cara de la misma moneda, y de nuevo a lo específico resulta en una narración dinámica que explica cada uno de los rincones de la miseria humana. La mezquindad del que explota y el infortunio del explotado.

Cuando uno se tropieza con un libro como 'Las uvas de la ira' aprehende el concepto de literatura clásica y lo que ello significa. Aunque en este caso, además, parece casi atemporal, dado que es inevitable encontrar puntos comunes con los acontecimientos de hace un siglo y con las experiencias que vivimos en estos días. Y, como insinué antes, puede que sea simplemente ficción, pero terriblemente próxima y realista. Un libro que debería leerse al menos una vez. Y que debería volverse a leer de vez en cuando para no olvidarnos accidentalmente de los demonios que siempre acechan: Nosotros mismos.

martes, 10 de enero de 2012

'Dioses menores'

Ya puestos a retomar la colección de Mundodisco [@ Wikipedia], y dado que la lectura del libro anterior consiguió con creces su objetivo, distraerme, decidí dar una nueva oportunidad a la serie pasando a leer la siguiente novela, siempre por orden de publicación original, que se corresponde con la décimo tercera (o doce más uno, como le gusta ordenar las cosas a los supersticiosos), y cuyo título es 'Dioses menores'.

Si hay una cosa que queda más o menos patente a lo largo de la lectura de las novelas de Terry Pratchett —o al menos eso es lo que parece— es que tiene una visión un pelín crítica y particular sobre la religión. En particular sobre el talante fundamentalista de algunos religiosos. Y 'Dioses menores' va, precisamente, sobre el uso y abuso del nombre de cualquier dios como mecanismo que sustente el poder y las ambiciones personales. En los tejemanejes de un sacerdote hambriento de poder, que recurre a los fundamentos de la religión, comportándose como un talibán —en algún momento le viene a uno a la cabeza el ilustre, excelentísimo e inmortalmente famoso, a la par que hijo de puta extremista y celoso, Torquemada [1]—, siempre explotando el miedo ajeno, se encontrará el protagonista, de nombre Brutha, un poco lento en la captura de conceptos, pero con una memoria elefantiaca, intentando salir más o menos entero de las diferentes aventuras en las que se verá embarcado y todo para permitir que la reencarnación quelónica del antaño dios mayor Om alcance indemne su próximo nivel existencial, el que le corresponde por derecho propio.

Con este planteamiento, tan resumido, uno podría pensar que la novela, ambientada en un universo tan particular como es un mundo plano, a hombros de elefantes y llevados por el cosmos por una tortuga de dimensiones planetarias, no sería más que otra de esas novelas de fantasía zurda, que es lo que parece cada uno de los libros del autor, con no más que algún toque de humor esparcido por aquí y por allí. Nada más allá de la realidad. El libro es una crítica magnífica, descarnada, mordaz y bien narrada, siempre con unas buenas dosis de humor negro y rezumante sarcasmo, sobre las religiones, los religiosos y las formas de poder sustentadas por la superstición y los miedos místicos a entidades superiores; y en este caso a la exquisición, forma mundana con la que los representantes de los dioses en la Tierra velan por el respeto a la fe y los mandamientos y cuyo éxito comercial se descubre en las puestas a punto y los tuneos realizadas con —y sobre— los herejes, lo sean o no pero en todo caso enemigos del discurso reinante, con toda suerte de mecanismos y técnicas de tortura. Salvo por la primera parte, que resultó un tanto aburrido en su arranque, el libro es magnífico hasta su desenlace. Repito y remarco en negrita: Magnífico.

    —Aquí dice que subió a un barco que puso rumbo hacia una isla en el límite y que miró por el borde y…
    —Mentiras —dijo Vorbis sin inmutarse—. Y aunque no lo fuesen daría igual. La verdad está dentro, no fuera. En las palabras del Gran Dios Om, tal como fueron transmitidas por sus profetas elegidos. Nuestros ojos pueden engañarnos, pero nuestro Dios nunca nos engañará.
    —Pero…
    Vorbis miró a Fri'it. El general estaba sudando.

Dentro del universo de Mundodisco existen varias tramas o arcos argumentales compuestos por varias novelas. Las historias de los magos, las brujas, la muerte y la guardia de la ciudad son los casos, hasta el momento, principales. También hay algunas novelas sueltas, como 'Pirómides', ya comentada por aquí [mi reseña], y ésta. Aprovechando lo absurdo como contexto, e indistintamente a que no guarde relación con personajes y hechos anteriores, 'Dioses menores' encaja perfectamente en este universo, pero por la profundidad de su crítica, bien podría ser narrada dentro de cualquier universo y contexto. Dicho de otra forma, esta novela merece la pena ser leída, indistintamente se haya leído antes, o no, algo de Terry Pratchett, o que se tenga intención de leer nada más después de acabarla. Es una novela, para mi gusto, que cae directamente en la categoría de los must read, y cuya crítica certera se puede aprovechar también, o especialmente, para nuestra actualidad cotidiana o, al menos, para nuestro pasado no tan lejano.

Lo dicho, un must read. Y fin del comentario sobre el libro.

Para finalizar, un apunte anecdótico. Comenté hace tiempo que con la colección de libros regalaron tres láminas. Cada una con la ilustración utilizada en alguno de los volúmenes como portada. La tercera, última y, quizás —al menos para mi gusto— la mejor, se corresponde con la portada de esta novela. Como en todos los casos, representa una idea general, centrándose en un momento álgido, de la historia.



[1] No en vano se le atribuyen, bajo su mandato, la friolera cantidad de diez mil barbacoas humanas y veintisiete mil homínidos convertidos en despojos tras pasar por su taller de ajustes, bajo el auspicio de la Santa Inquisición [@ Wikipedia].

jueves, 5 de enero de 2012

'La sorprendente verdad sobre qué nos motiva'

Voy acumulando libros leídos y ya va siendo hora de intentar poner esto al día. Tan pronto lo escribo me doy cuenta que no lo haré, pero de alguna forma tendré que motivarme; aunque sea mintiéndome, de forma piadosa, a mí mismo. Construcción semántica esta última que da lugar a pensar que tengo que buscar una forma externa, un incentivo, para hacer algo que, de motu proprio no me apetecería hacer. Y éste párrafo, en esencia, explica una de esas tantas cuestiones que me pregunto de tanto en tanto: ¿por qué hacemos lo que hacemos? ¿Y por qué lo hacemos de la manera en que lo hacemos?

¿Y por qué parece que necesito autoincentivarme para escribir y mantener mi propio blog?

La «motivación» es una de esas cosas tan misteriosas que siempre han cautivado e intrigado mi intelecto. Lo poco que tuve y queda, claro. Es de esos temas de los que me gusta leer, de cuando en cuando, alguna colección de artículos, escuchar alguna ponencia [1] e, incluso, leer algún que otro libro. No en vano la vida, ese sinsentido fortuito que es la carrera por la supervivencia, y su contraparte filosófica, la existencia, deben colmarse de algún fin que lo haga, cuando no más significativo, sí al menos más ameno. De ahí que me intrigue y fascine tanto lo que nos empuja a hacer las cosas que hacemos. O, planteado de otra forma, ¿por qué hay cosas que no estaríamos dispuestos a hacer ni aunque nos paguen montañas de dinero mientras que hay otras que haríamos casi gratis?

Tropecé por casualidad, un día que perfectamente se podía confundir con cualquier otro de aquella época —ahora particular y aparentemente lejana—, con el libro 'La sorprendente verdad sobre qué nos motiva'. Fue leyendo alguna entrada de algún blog de esos en los que atracas en mitad de un naufragio en Internet, forma recargada esta de decir que andaba procrastinando de forma exagerada ese día, en un tiempo en que la desmotivación parecía el pan nuestro de cada día. Tal vez por eso mismo me llamó muchísimo la atención lo poco que leí sobre él e, inmediatamente, lo apunté en mi lista de «compras inmediatas» y me lancé a conseguirlo. Lo leí de un tirón, entre fascinado por lo que leía y complacido por descubrir «que siempre había tenido razón» [2] al creer que la forma en que la dirección de las empresas se aproximaba al problema de los empleados no era el más adecuado [3]. Es más, casi doy saltos de alegría cuando leí la parte en que se demostraba, aunque de forma un poco indirecta, que a cuanto más se pagaba, menos interesada estaba la persona en hacer bien su trabajo. (¿Otra aproximación, tal vez oblicua, al Principio de Peter [4]?).

    Estas aportaciones fueron tan controvertidas —al fin y al cabo, ponían en duda una práctica habitual de la mayoría de las escuelas y empresas— que en 1999 Deci y dos colegas volvieron a analizar casi tres décadas de estudios sobre el tema para confirmar sus hallazgos. «La consideración detallada de los efectos de las recompensas analizadas en 128 experimentos llevan a la conclusión de que las recompensas tangibles tienden a provocar un efecto significativamente negativo sobre la motivación intrínseca», determinaron. «Cuando las instituciones —familias, colegios, empresas o equipos deportivos, por ejemplo— se centran en el corto plazo y optan por controlar la conducta de las personas» provocan un daño considerable a largo plazo.

El texto, bastante bien escrito, lo que siempre ayuda, se divide en tres partes, de las cuales la tercera, «La caja de herramientas del Tipo I», orientada a inculcar los principios introducidos en la primera parte, «Un nuevo sistema operativo», y elaborados en detalle en la segunda, «Los tres elementos», es quizá la que menos me ha gustado. Aunque, como en todos los consejos dados con fundamento, siempre hay algo —y en este caso, además, mucho— que se puede aprovechar. Sin embargo, a mí, de corte siempre más teórico, me bastaría con las dos primeras.

Traicionando mi credo particular, aquel que predica que no hay que reventar las lecturas y facilitar su descubrimiento a todo nuevo lector, aclarar que son la autonomía, el dominio y la finalidad los secretos para conseguir la motivación intrínseca de los empleados, cuando se desarrolla en una corporación, o de uno mismo, cuando ha de enfrentarse al trabajo del freelance. Verdaderamente sencillo, pero de esas cosas que parecen inconcebibles para el directivo medio. Al menos para aquellos con los que tuve que lidiar durante años. Lo triste es que en lugar de ser minoría, en mi desigual trayectoria profesional, han sido masa crítica. Ojalá que el tiempo, proyectado en estadísticos personales, me lleve la contraria. Aunque todo el articulado empresarial va siempre en el sentido contrario. No se explica de otra forma la diferencia cada vez más acentuada en salarios entre el alto ejecutivo y el obrero de fábrica.

Volviendo al libro, creo sinceramente que este es uno de esos textos que deben convertirse en imprescindible para todo aquel que, seriamente, considere la cooperación de las personas en lugar de la imposición y el «soborno», en forma de bonificaciones e incrementos salariales orientados, en muchas ocasiones, a que otros «produzcan» más. Un must read por derecho propio.


[1] Me viene ahora mismo a la memoria el magnífico (aunque a la vez histriónico, a tiempos inconexo y de gradiente caótico) monólogo que dio Emilio Duró en el VI Congreso de Comercio Gallego. Vídeo en YouTube: http://youtu.be/zK4sB_rWhF8
[2] Bueno, eso de siempre, siempre, no es del todo así. Algún día confesaré sobre aquella época, breve diré en mi defensa, cuando tonteé con el talante reaccionario y fastizoide de la Alta Gerencia. Todos tenemos que andar antes de aprender a volar, libre de prejuicios y tóxicas creencias taylorianas de los «empleados tipo buey».
[3] Dichoso sesgo de confirmación (@ Wikipedia) que hasta a mí me subyuga.
[4] http://es.wikipedia.org/wiki/Principio_de_Peter

viernes, 4 de febrero de 2011

'El oficinista'

Alguna vez he contado que tiendo a ser inmune a las autopromociones grandilocuentes que aparecen en las portadas de los libros rezándose como ganadores de algún premio. Lo mío es sentirme atraído por el título o, cuando menos, por la portada y el resumen ejecutivo que suele haber en la contraportada. De seguir estos principios nunca me hubiese lanzado a comprar 'El oficinista' por voluntad propia. De hecho no lo hice pese a que lo tuve alguna vez entre mis manos al poco de publicarse. Pero mi padre, que suele dejarse caer con algún libro inesperado en ocasiones especiales, me lo regaló.

Y menos mal, porque de no haberlo hecho hubiese perdido la oportunidad de leer un libro realmente magnífico. Me sentí atrapado desde la primera página por un universo oscuro y tan denso que casi podía cortarse con un cuchillo de untar mantequilla. Es apasionante, a veces casi en modo enfermizo, la forma en que esta novela de ficción es casi un reflejo, en proyección sobre una topología no euclidiana, de las miserias existenciales de muchos de nosotros mismos. Sin ser, eres. Y sin padecer, sufres. En sí mismo, el universo creado en esta novela es la constatación y recordatorio constante del puedo pero no consigo, o del quiero pero no tengo. Como si de un juego de oca perverso, y tirando porque me toca, es un retrato del miedo a los miedos. Real como la vida misma, pero ambientado en un cosmos sucio y turbio donde lo peor de nosotros mismos se maximiza para dibujar aquello que fue antes y que podría volver a pasar. Es, en resumen, una historia que magnetiza la atención y que captura la consciencia. No puedes, al menos ese fue mi caso, parar de leerlo hasta que lo terminas.

     El ejercito controla el ingreso a la boca del subte. Le piden el documento, lo palpan. Lo último que falta es que lo confundan con un guerrillero y lo carguen a un centro clandestino de detención, lo torturen y después lo tiren al mar desde un avión. Es que hoy en día no se puede saber quién es un subversivo y quién un ciudadano común. Le devuelven el documento. Puede pasar. Cuenta las monedas para el viaje. Toda su vida contó monedas. Si fuera rico, ya renunciaría al empleo, abandonaría la familia y, por supuesto, huiría con la joven. Le regalaría un implante odontológico. Cuando piensa, como ahora, en la fortuna, se ilusiona con un golpe de suerte o de arrojo. A través del azar o del robo. La lotería o un desfalco. En su caso, reflexiona, la suerte estuvo siempre en su contra y la tentación del robo no pasó nunca de una fantasía desesperada.

Aún compartiendo origen lingüístico, el dialecto algo distante y particular del autor hace que uno navegue por la narración con el encanto de aquello que viene de ultramar. Con un lenguaje casi periodístico, a veces cantarín, Guillermo Saccomanno, hasta hoy extraño para mí, ha conseguido que mi imaginación baile al son de sus palabras. 'El oficinista' es un libro, casi un cuento de terror sin miedo, que debería ser leído y que, por tanto, consigue entrar por méritos propios más que válidos, entre aquellos que, en mi ilusa creencia de tener capacidad de crítica, merecen la calidad de must read. Si no lo has leído ya, no pierdas la oportunidad.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

'Un mundo feliz'

Después de probar con un PDF ['La sanguijuela de mi niña'] quise ponerle el ojo encima a uno de esos tan afamados ePub [@ Wikipedia]. Hasta la fecha no tenía ni idea de la existencia de tantos formatos diferentes destinados al mundo de los lectores electrónicos de libros, pero parece que el ePub es el que está ganando la batalla. Ha sido el elegido por Apple para su librería virtual y es el que usa su aplicación iBooks [@ iTunes]. Para lo único que sirve, por cierto.

Dentro de la inmensa oferta de libros electrónicos, elegí estrenarme en el formato ePub con la obra de ficción 'Un mundo feliz', fascinante y en cierta medida visionaria novela escrita por Aldoux Huxley [@ Wikipedia] unas ocho décadas atrás. A la novela en cuestión le tenía ganas hace mucho tiempo —de hecho hay, o había o debería haber, una versión impresa de cuando los dinosaurios despejaban asteroides con la cabeza en algún rincón de casa de mi madre— pero siempre la iba dejando atrás. Hasta que el libro desapareció de mi vista y de la estantería donde se suponía estaba. Ahora, gracias a las redes mafiosas del peer to peer he podido hacerme con una copia de forma cómoda y la he podido leer en mi fantástico iPad. Copia que, por cierto, no acumula polvo.

La lectura de 'Un mundo feliz' es altamente recomendable. Diría más, es un must read. Me pasé el libro asombrado con la idea del mundo que nos ofrece y de cómo es tan parecida con la sociedad que tendemos. Siempre salvando las distancias, claro. Es al tiempo una crítica feroz al estilo de vida consumista y cómo éste crea, de forma sutil pero marcada, castas. Aunque la diferencia es que actualmente las castas inferiores presionan a las superiores en su ansia de ascenso. Lo que ha conseguido la sociedad modélica de la novela es condicionar a las castas inferiores biológica y psicológicamente con herramientas como la Hipnopedia [@ Wikipedia]. Mecanismos orquestados por el propio sistema, por el gobierno —que al tiempo es la propia industria y, como tal, rinden culto a un profeta convertido en dios de la industria—, para crear individuos dóciles. Los mecanismos modernos son más maquiavélicos, pero ahí está: El Miedo.

Hacía tiempo que no leía una novela de ciencia ficción en la que se emplearan tantos mecanismos científicamente plausibles y se usaran (tan bien) tantos argumentos lógicos y racionales para sustentar la idea de sociedad perfecta que se nos ofrece en la historia. Y todo ello sin llegar a ser pesado ni árido. La dosis justa. Huxley lo plantea claro: el éxito de la sociedad del bienestar es que la gente consuma; para que la gente consuma hay que fabricar constantemente cosas nuevas que dejen obsoletas las anteriores. Hay tantos paralelismos en estas ideas con la sociedad de consumo contemporánea… Incluso el hecho de que se trate de una distopía es cuestionable. Tal como pinta la situación presente y futura, estoy convencido que muchos estarían dispuestos a suscribir un plan maestro como el que articula la sociedad de esta magnífica obra. Para muchos es casi una utopía, me arriesgo a afirmar. Es el sueño húmedo de más de un mandatario. Esta última afirmación suscita una curiosidad: ¿Cuántos políticos se habrán metido en la profesión a causa de esta novela?

A la sazón, la gente ya estaba dispuesta a que pusieran coto y regularan sus apetitos. Cualquier cosa con tal de tener paz. Y desde entonces no ha cesado el control. La verdad ha salido perjudicada, desde luego. Pero no la felicidad. Las cosas hay que pagarlas. La felicidad tenía su precio.

En fin, y repitiendo lo de antes, 'Un mundo feliz' es un libro que todo el mundo debería leer. En especial la gente joven. Tengo una vaga idea de por qué no sería propuesto nunca como texto obligatorio en los institutos, pese a que considero que es un libro que los estudiantes de bachiller deberían leer y comentar lo antes posible. Es un texto que hace pensar seriamente en las sociedades y sus alternativas. Que introduce la semilla de la disconformidad. Que puede hacer sospechar que, aunque no de forma tan clara, nos manipulan constantemente y nos condicionan. Es un libro que tal vez despierte en los jóvenes ideas revolucionarias.

O, tal vez, simplemente sea un libro más en el que un viejo como yo quisiera ver semillas de crítica descarnada a las sociedades vacías basadas en el tener y no en el ser, tal como ha postulado Fromm ['¿Tener o Ser?'].

En fin, 'Un mundo feliz' es un must read por derecho propio.

sábado, 18 de diciembre de 2010

'Microcosmos'

Creo que desde siempre me han fascinado los documentales de bichos. Desde que tengo memoria me han maravillado los insectos —y la fauna en su conjunto— pero como soy bastante tiquismiquis igualmente desde que tengo recuerdos he preferido mantenerlos a cierta distancia. Puede que ese deseo de distanciamiento sea la causa de que nunca me lance a la macrofotografía de insectos.

Mis padres me regalaron de pequeño una enciclopedia de seis tomos dedicados a los animales y me pasaba horas mirando las imágenes que acompañaban los distintos artículos. Recuerdo muy vívidamente —cerrando los ojos aún puedo distinguir muchos de los detalles— las fotografías de los ácaros de terciopelo [@ Wikipedia (en)] y de un escorpión acarreando a espaldas toda su prole. Y tiene mérito, porque podemos estar hablando de fotografías que estudié hace casi tres décadas. Sí, siempre me han gustado los documentales de animales en general y los de bichos en particular. Y sí, me lo pasaba genial con la enciclopedia de animales que me regalaron mis padres. (Aún está en casa de mi madre.) Aunque también tuve claro siempre que no me dedicaría a la biología.

Puestos a perder tiempo, ver documentales es una de las alternativas preferidas. De ahí que no escatime mucho si tengo la oportunidad de comprar alguno en Blu-Ray para disfrutar de la mejor calidad de imagen y sonido posibles. Y eso es lo que pasó con 'Microcosmos' [@ IMDb], que aprovechando un pedido de películas a Amazon UK acabó cayendo en el carrito de la compra a sabiendas de que era uno de esos que se vienen en denominar «película no verbal», a los que tan aficionado me he vuelto desde que vi 'Baraka' [reseña], y que el idioma no sería un contratiempo. Más o menos. Al final resulta que no era tan no verbal como creía y hay una voz en off de mujer (en la versión en inglés) que suelta un pequeño discurso al principio de la cinta, pero que resulta relativamente fácil de entender (no hay subtítulos, que conste).

'Microcosmos', como película básicamente no verbal, combina imágenes y sonidos como herramientas narrativas. Y lo consigue de forma fantástica. Las imágenes y secuencias, rodadas empleando distintas técnicas, son dignas de ver, mientras que el sonido acompaña perfectamente. En buena medida porque aprovechan los propios sonidos naturales para la ambientación; a veces un poco exagerados, eso sí. Como decía, la combinación resulta fantástica y sumamente entretenida. La hora y poco que dura el documental se pasa en un santiamén disfrutando, casi obnubilado, de las imágenes de los animales que se pueden encontrar en una pequeña extensión de campiña francesa a medida que va transcurriendo un día. El ciclo solar es la marca de tiempo empleada.

'Microcosmos' no es un documental al caso, pues al no contar apenas con explicaciones verbales, queda más como un ejercicio narrativo destinado a inflamar la imaginación del afortunado vidente. Sin embargo —o precisamente por ello— es una película recomendable para desconectar el mundo cotidiano y ordinario durante una hora y dejarse llevar por esos universos alternativos que nos rodean pero que, por ser aparentemente insignificantes, no solemos prestar atención. Insignificante en apariencia, sí, pero no en esencia. La Naturaleza no deja de sorprenderme con su fastuoso despliegue de formas y colores, en particular dentro del cosmos de los insectos. Y 'Microcosmos' es un fiel exponente de esa cantidad de maravillas que, día a día, nos perdemos por estar preocupados en cosas, aparentemente, más importantes. Película muy recomendable.

Si estás dispuesto a desperdiciar la oportunidad de disfrutarla en la mejor calidad posible, para lo que te recomiendo que recurras al soporte en alta definición por excelencia, tienes ocasión de verla en Google Videos [microkosmos.avi]. Al menos en el momento de escribir esta entrada ya llevaba tres años colgado.

sábado, 25 de septiembre de 2010

'Inception'

Ojo si no has visto la película. No cuento nada del argumento, pero durante mis divagaciones psico-filosóficas puedo darte algún dato, alguna información u opinión que podría predisponerte a cómo verías la película y, por ende, fastidiarte lo que podría ser una de las mejores experiencias psicocognitivas que se te ofrecerán en este pésimo año 2010. Así no me extraña que Sulaco [Distorsiones] la haya visto como diez veces ya. Se presta a eso, desde luego.

Allá tú si sigues a partir de este punto.

He hecho un pequeño experimento. No es la primera vez, pero es lo suficientemente raro como para no recordar claramente en qué otras ocasiones compré una banda sonora antes de ver la película. Sé que lo hice con 'Killing Fields' de Mike Oldfield porque estaba en «mi época Mike Oldfield» y compré todos y cada uno de los discos que había sacado hasta el momento. Alguna vez más, pero no sabría decir cuáles. Sean cuales fueren, la última ha sido la de 'Inception', que en España se ha llamado 'Origen'.

Ninguna de las películas de Christopher Nolan [@ Wikipedia] que he visto me ha defraudado, aunque me he dejado la primera en un camino relativamente poco poblado de producciones. 'Memento' me pareció buenísima. La enésima reconstrucción de Batman me parece prodigiosa —tanto que a día de hoy tan solo hay un Batman de verdad y el resto son meras parodias del personaje— hasta el momento con sus dos películas a cada cual mejor. 'The Prestige' estuvo entretenidísima. Incluso la de 'Insomnio' cumplió bastante bien y no salí con mal sabor del cine cuando la vi. Ahora le ha tocado el turno a 'Inception'. Creo que a día de hoy es uno de los pocos directores a los que le sigo siendo «fiel» e intento ver sus películas en el cine antes de volver a verlas en alta definición arropado por el Home Cinema doméstico. 'Inception' no iba a ser una excepción. Máxime cuando las opiniones «de fiar» la tildan de magistral. No iba a ser una excepción aunque casi acaba siéndolo.

He ido dejando pasar el tiempo, primero porque me iba de vacaciones y luego por los jaleos en el trabajo, diciéndome todos los días que del siguiente fin de semana no pasaba. La he ido dejando pasar olvidándome que Las Palmas no deja de ser una ciudad pequeña y que aquí se pierde el interés por las novedades de cartelera como se pierde el interés en el papel higiénico tras limpiarse el culo. Tan pronto lo coges, acaba cayendo en el cagadero del olvido. En Las Palmas las películas no duran un suspiro en la cartelera. Fui corriendo el jueves porque era el último día que la ponían en el cine. In extremis, casi.

Antes de enterarme de que la quitarían de cartelera esta semana, me juré el lunes que de esta no pasaba e, inspirado por las palabras de Adastra sobre la banda sonora [Inception], además de por el hecho de que escucho con muchísima frecuencia uno de los últimos trabajos de Hans Zimmer [@ Wikipedia], 'The Dark Knight', cooperando con otro grande de las bandas sonoras, James Newton Howard [@ Wikipedia], pasé por caja en iTunes Store para ir abriendo boca (no, no le hice caso y no las escuché en YouTube; ¡faltaría más!).

Hay un par de temas que inmediatamente se han convertido en ídolos que adorar por mi DOC. Buenísimos. El contador de reproducciones está que echa humo en esos temas de tanto repetir. Aunque, para ser franco, en su conjunto la banda sonora tampoco me parece tan excepcional. Como conjunto sigo prefiriendo la mencionada hace un momento 'The Dark Knight'. De hecho, por usar el apelativo empleado por Adastra, me parece mucho más épica la banda sonora de 'Gladiator', del mismo compositor y de hace una década. Tal vez esto sea lo que tiene escuchar una banda sonora antes de ver una película, que no llena igual.

La banda sonora musical es una parte importante y vital de una película, eso no hay quien lo discuta (salvo los de Dogma, claro). Cierto que hay muy buenas películas sin música, pero si la banda sonora es la correcta, el maridaje, la experiencia conjunta, se convierte en magistral, en colosal incluso. El proceso normal es ver la película y que la banda sonora penetre a nivel subliminal en uno, saliendo de la sala con un buen sabor de boca. El segundo paso es hacerse con las pistas de sonido y rememorar secuencias especialmente emotivas. Ahí está lo grande, porque la banda sonora hace de catalizador, de recordatorio, de las sensaciones vividas o experimentadas tras ver la película. Son pocas, muy pocas, poquísimas, las bandas sonoras que podrían vivir sin la película; de conseguir tener una forma de existencia independiente y convertirse en evocadoras de sentimientos sin pasar por la visualización previa del metraje. No, por desgracia, o por suerte, las bandas sonoras de películas son criaturas dependientes. La banda sonora de 'Inception' no es una excepción.

¿Pero qué pasa cuando uno se lanza a escuchar una banda sonora sin haber visto la película? No puedo hablar por el resto de la Humanidad, pero cuando una banda sonora es tan dependiente como lo es la de esta película, mi cerebro ha estado recurriendo a recuerdos intentando llenar lo que faltaba. Sin tener ni una sola idea de la historia —me negué rotundamente a que nadie me contara cualquier cosa ni a leer absolutamente nada que apestara a posible reventada de argumento. ¡Ni la sinopsis he leído!—, sin haberla visto por tanto, no sabía si mi cerebro estaba rellenando con imágenes y sensaciones de la película más acertada por el tipo de banda sonora o si es que debería empezar a tomar ya la medicación que me mandará el psiquiatra cuando decida visitarlo. El caso es que cuanto más la escuchaba más ganas tenía de volver a ver la película 'Dark City', una película, permítaseme decirlo, fantástica y sobresaliente. Cuanto más la escuchaba más me recordaba a las sensaciones vividas con esa película y su también fantástica banda sonora.

Después de verla he entendido por qué. Personalmente creo que la banda sonora de Trevor Jones [@ Wikipedia] es incluso más épica —¡epiquísima!— que la de Zimmer y —¡herejía! ¡herejía!— hubiese funcionado igualmente bien con 'Inception'. Y si no me crees, y has visto la película de Nolan, intenta decirme qué partes de la misma te evocan o hacen recordar los siguientes temas: The Wall, Into The City, The Strangers Are Tuning o You Have The Power. Todas en YouTube. Sinceramente, dime si no son dos bandas sonoras que te encajan/intercambiables la una con/por la otra.

Eso sí, de tanto hablar de ella, me han entrado unas ganas irrefrenables de escuchar compulsivamente la banda sonora de 'Dark City'. A ver cómo consigo hacerme con ella. No hay forma de engañar a Amazon para que me la venda en MP3. Y parece que únicamente se puede conseguir en USA. Mientras busco la forma, y de momento, seguiré amortizando la compra de 'Inception' durante unos cuantos días más. Que sí, que lo confieso: cada vez que la escucho me gusta más y, después de todo, Adastra va a tener razón: «Hans Zimmer debe desayunar trolls vivos todos los días».

Si pudiese repetiría al menos otra vez más en el cine. Pero tendré que esperar a diciembre o enero, como muy pronto, para poder verla en Blu-Ray en la tranquilidad de mi salón.

jueves, 5 de agosto de 2010

'Toy Story 3'

Cuando tenía 13 o 14 años, se produjo un cambio importante en las percepciones de algunos de los amigos de la pandilla. Y, por consiguiente, en sus conductas. Mis dos mejores amigos de infancia, Paquito y Jose Carlos Peña (o pepepeña, como lo llamaba mi padre), cambiaron repentinamente su forma de concebir la realidad. Con 13 años ya debías «comportarte como un adulto». ¿Y cómo se comporta un adulto?, preguntaba yo. A lo que me respondían no explicando qué conductas eran las más adecuadas y que debía añadir a las ya desarrolladas, sino recriminando aquellas que se consideraban inválidas para la edad adulta, invitándome a abandonarlas. Vamos, resumiendo, que lo que me intentaban decir era que convertirse en adulto implicaba sustituir algunas actividades e intereses por otros más acertados. Actividades e intereses, por otra parte, que no sabían explicar demasiado bien, todo sea dicho de paso.

Sospecho que de alguna forma, este cambio de punto de vista tuvo como catalizador la incorporación de mayores a nuestro grupo de amigos de «charlas profundas y existenciales». La población del grupo, siempre creciente durante los meses de verano, incluía individuos cuyas edades oscilaban entre los 11 y los 18 años. Un rango de edades amplísimo para, valga la redundancia, las edades que teníamos. Esos 7 años de diferencia se notan muchísimo cuando se tiene menos de veinte y casi nada cuando se tiene cincuenta. Acabo de enunciar una perogrullada, lo sé.

Alguno de edad aún mayor habría, estoy casi seguro. Sin mucho esfuerzo deduje que aquellos que rozaban la mayoría de edad, o ya tenían edad para decidir el futuro de nuestro país en las urnas, estaban básicamente interesados en la carne y, digámoslo pusilánimemente, en las «relaciones de pareja y de amor». Y eso era lo que parecía atraer a los de mi edad, a los menores, como la miel —o como su variante más prosaica y abundante, la mierda— atrae a las moscas. A mi edad de niño concluyendo la Educación General Básica, los chochitos y las tetitas no me resultaban del todo ajenos y, aunque siempre tuve un interés apasionado en el asunto, seguía disfrutando de aquellas actividades, usando la descripción despectiva aconsejada por mis mejores amigos, «infantiles» o «poco adultas». Vamos, que con trece o catorce años seguía jugando a la cogida, al escondite inglés y a los superhéores con los niños menores, discutiendo quién ganaría una pelea entre Superman y Hulk; jugando a juegos de ordenador en mi Spectrum-48k-teclado-de-goma, soñando que sería mejor aventurero que Indiana Jones, mejor Jedi que Luke Skywalker o mejor luchador que Bruce Lee y, cuando había oportunidad, viendo películas de dibujos animados para alimentar y enriquecer mi imaginación siempre desbordante. Sin desmerecer la búsqueda activa de niñas con las que jugar a los médicos o, en ausencia de voluntarias para mis prácticas de medicina, consolarme en solitario con la lectura rápida de alguna revista de esas en las que no queda nada para la imaginación y que únicamente se podían conseguir por la vía del contrabando con los niños mayores de edad. También me apasionaban los documentales, la Ciencia, la programación de ordenadores y el conocimiento en general, cosas a mi entender aún más allá —y mejores— que la madurez orientada al sexo contrario que postulaban y defendían mis amigos.

Entonces ya creía que lo realmente infantil —y añado que estúpido— era negarse los placeres de la infancia con tal de emular una mayoría de edad que aún quedaba a cuatro o cinco años de distancia. ¿Por qué tenía que privarme de algunas cosas si las podía hacer todas? Al menos entonces, tiempo había. Siempre concluía las discusiones de este tipo con «ya creceré cuando toque crecer». Supongo que por esa forma tan particular de ver la infancia y la madurez tardé tanto en tener novia, y sufrí escasez de candidatas para las prácticas médicas, también sea dicho.

Es cierto que la edad y el tiempo van modificando la conducta al igual que erosionan la roca. Las vivencias te condicionan y los intereses varían. Para algunas personas eso significa que capas de lodo existencial cubren capas anteriores, como si de un proceso de sedimentación constante se tratara, y que conlleva la renuncia y olvido de todo lo anterior. También es cierto que ya el tiempo no da para hacer todas las cosas emocionantes y divertidas que me gustaría hacer o que de niño me imaginé haciendo. El cuerpo —en especial las rodillas— tampoco aguantaría, diré en mi defensa. Pero en la medida de lo posible, cada vez que tiro una capa de lodo sobre la anterior, intento mantener las actividades que aún merecen la pena. Entre ellas, y por el asunto de la entrada de hoy, ver películas de animación (o de dibujos animados).



No menos cierto es que mi capacidad crítica se ha modificado. Me gusta creer que ha evolucionado. Así es normal que, cuando intente ver algún capítulo de alguna de las series que marcaron mi infancia (como Ulises 31 [@ Wikipedia]) me sorprenda a mí mismo preguntándome cómo podía tragarme semejantes bodrios y andar canturreando todo el santo día las melodías de apertura. Algo parecido me sucedió intentando volver a ver hace unos meses la película de Los Goonies y alguna de las primeras de Bruce Lee. Simplemente eran tan malas que tuve que dejarlas a medias. Uno acaba descubriendo que la vejez también conlleva aburrirse con las cosas que antes te gustaban. Una lástima. Por suerte, en mi caso, he conseguido encontrar otras actividades y otras fuentes de experiencias más enriquecedoras. No puedo decir lo mismo de aquellos chicos, amigos de infancia, que entonces me vendían un estado adulto adulterado, y que ahora, cuando los escucho hablar, no han variado mucho sus ejercicios conversacionales tras un cuarto de siglo: coches, deporte y chochitos. Y, alguna vez, quejas sobre lo mal que va todo en este «puto país». Sí, votan al PP. O, directamente, son idiotas.

A pesar de que hoy en día me cueste encontrar interesante las películas de animación (en realidad cualquier película que no tenga un argumento bien planteaddo o entretenido), he de decir que las de Pixar [web oficial] siguen siendo increíbles. Consiguen transportarme a un estado previo a las preocupaciones de adulto (me río ahora de aquel ideal de adulto que tenían en la quincena mis amigos, carente de preocupaciones), aunque no caería en el error de decir que vuelvo a ser un niño. Están tan magistralmente contadas que son divertidas para un niño, pero que precisamente están narradas para gente mayor. Es el caso general de todas las películas de la productora —salvo Cars, malísima— y de Toy Story 3 en particular.

Toy Story 3 es una película genial, fantásticamente contada. Me pasé riéndo la mayor parte. A mandíbula batiente. Carcajada y carcajada que acababan haciéndome lagrimear de la risa. Pero también hay momentos realmente emotivos. De esos que te dejan con un nudo en la garganta. Claro que, para eso, hay que ser un adulto empático, especialmente sensible y no, únicamente, una persona con mayoría de edad. Hacía muchísimo tiempo que no me divertía tanto con una película. Se produjo como un salto en el tiempo. Durante la hora y pico largo que duró la proyección no hubo nada más que una fantástica animación y una historia magistralmente presentada dentro de mi universo particular. Estaba obnubilado por la historia. No existía nada más durante ese tiempo. Pocas películas consiguen arrastrarme a esa sensación de inmersión que me produjo Toy Story 3. Estoy casi seguro que si estuviera hecha con personajes de carne y hueso, sería ganadora del Oscar a la mejor película. Pero los adultos seguimos creyendo que la animación es para niños. Prejuicios.

Lo triste es que no hubiese ido a verla al cine de no ser por haber coincidido con mi última estancia en Madrid. Apenas voy ya al cine, menos aún solo. Aunque suene prepotente, para eso me he gastado una pasta en un sistema de alta definición con el que sí consigo disfrutar del cine en casa (por muy aberrante que le suene a los puritanos). Pero celebrando la despedida de Stefano, surgió la posibilidad de aprovechar el día siguiente para ir a verla. ¿Por qué no? Así que fui con algunos de los mejores amigos que tengo en esa ciudad, los que hacen que valga la pena gastar dinero en pasar unos días allí. Toy Story 3 no sólo consiguió que pasara un rato estupendo con una de las mejores películas que he visto en los últimos años. También consiguió rescatar, excavando a través de varias capas de lodo existencial, una vivencia o experiencia que hacía décadas que no tenía. Creo que desde que iba al cine con los amigos del instituto no había salido de la proyección comentando escenas y secuencias de la película. «¿Y viste cuando…?», «¿Te diste cuenta que…?», «¿Pero cómo se les pudo ocurrir…?», etcétera, etcétera, durante la media hora siguiente a salir del cine, mientras rumiabas, en una segunda pasada, los mejores momentos de la historia que acababas de ver. Y al día siguiente, en el trabajo, aún seguimos comentando algunas de las secuencias. Lo dicho, hacía más de dos décadas que no había sufrido una respuesta emocional similar.

Toy Story 3 es una película muy recomendable. Un must see por derecho propio y elevado a la enésima potencia. Una película que no hay que perder la oportunidad de ver, al menos una vez en la vida. Y, si como es mi caso, tienes la glándula del consumismo algo inflamada —El Hambre, como lo llamo últimamente—, acabarás pasando por caja y comprándola en Blu-Ray. Es una película que merece la pena ser vista en las mejores condiciones posibles.

Concluyo la entrada de hoy, larga, como suelen ser las entradas de éste mi rincón, pidiendo disculpas a los posibles lectores anónimos que sin conocerme llegaran aquí buscando una crítica al uso de la película. Los que me conocen sabrán que de eso aquí hay poco. Y los que me conocen lo suficiente, siquiera entrarán aquí a perder el tiempo. Rara vez me entrometo a dar la opinión sobre una película. De hecho, casi siempre recomiendo para eso visitar la web de sulaco [Distorsiones], quien hace mejores reseñas que las que podría hacer yo y que seguro que con la de Toy Story 3 [Toy Story 3 @ Distorsiones] te lo pasas mejor. Yo, en cambio, prefiero aprovechar estas pequeñas cosas, las vivencias y experiencias con los objetos y situaciones, para regurgitar mis propias experiencias pretéritas. Los artículos que comento suelen servir de excusa para reflexiones existencialistas, suene en este caso con tono despectivo ese «existencialistas». En cualquier caso, así es Internet, y como dicen por ahí, la bitácora es mía y la jodo como mejor me parezca. Que tengan buen día. Y no pierdan la oportunidad de ir a ver tan magnífica película.

jueves, 24 de junio de 2010

El Centro Espacial Kennedy - Orlando

Desde niño siempre he sentido fascinación por el espacio. No. Debería corregir la preposición y el tiempo verbal y decir «de niño sentí» fascinación por el espacio. Era la fascinación derivada de la visión y propuesta hollywoodense. O sea, naves espaciales, pequeñas, grandes y de dimensiones planetarias, batallas entre naves incorrecta y excesivamente sonoras a velocidades de vértigo, clases de esgrima fundamentadas en una física extraña, héroes enfrentados a monstruos y monstruos interdimensionales imposiblemente hambrientos, robots con muy mala leche y más listos que el hambre y que muchos humanos, robots más tontos e inútiles que una piedra, inteligencias artificiales con una nave como cuerpo, extraterrestres milimétricamente idénticos a los terrícolas o con parecidos carnalmente sospechosos, agujeros negros que conducían a universos infernales, y, en definitiva, fenómenos cósmicos inciertos que argumentaban y justificaban dos horas de cinefilia abnegada. En fin, que me fascinaba todo lo que el espacio imposible podía ofrecer a una imaginación calenturienta y flexible como la que yo tuve en el rango de edades de un dígito y en buena parte de los comienzos de los dos dígitos.

Aunque la edad disminuye muchas cosas, entre ellas la inquietud y disfrute por y con la ciencia ficción (a veces desmedida), mi abuelo consiguió inculcarme cierto interés por el espacio en su vertiente científica y casi anónima. Anónima, al menos, para el que no esté realmente interesado en el cuerpo de esta ciencia. A mi abuelo lo perdí bastante joven, así que su afición por una ciencia silenciosa, de espera paciente y de memoria prodigiosa, no tuvo tiempo de competir con los apabullantes efectos especiales de corte millonario, primero, ni con la sobredosis hormonal, después. Creo que de haber tenido un corazón más fuerte —no se puede decir que llevase una vida especialmente insana—, habría conseguido vencer buena parte de esa dejadez que predomina sobre todo lo que me atrae. No es falta de curiosidad, que de eso tengo en dosis imposibles. Es gandulitis crónica, como bien decía mi madre mientras viví bajo su techo y como yo mismo no dejo de repetir en mis infrecuentes entradas. Nunca haré el esfuerzo de memorizar los nombres de las estrellas ni de la arquitectura de las constelaciones. Mi abuelo sí conocía la mayoría de ellas.

Pero supongo que algo de esa intención debió quedar enterrada. Algo así como un rumor sordo. Porque cada vez que tengo la oportunidad, que no son muchas, me acerco a los lugares de culto, allí donde hombres y mujeres de verdad, muchos de ellos incluso permanecerán en el anonimato eternamente, hicieron, hacen y harán ciencia y, con suerte y fortuna, historia. En el viaje de novios a La Palma, disfruté como un niño de uno de los poquísimos días de «puertas abiertas» que al año ofrece el Observatorio del Roque de los Muchachos y de la oportunidad de conocer, de primerísima mano, lo que allí se hacía y a los jóvenes, la gran mayoría, que hacían una vida en un reducto aislado. Vida que a mí se me antojaba interesantísima, pues, en el fondo, siempre he anhelado y envidiado la posibilidad de dedicarme a la investigación. Morirme de hambre, sí, y posiblemente virgen, también, pero disfrutando de la búsqueda del conocimiento.

El astronauta perenne

Ya de entrada, y con la perspectiva del viaje a realizar, lo que más me atraía de la oferta lúdica de Orlando era acercarme a Cabo Cañaveral y visitar el Centro Espacial Kennedy [web oficial]. Retrospectivamente, es lo único (salvando algunos pequeños detalles de la visita a Miami) que mereció la pena del viaje. De verdad, de las dos semanas que estuvimos en esa dichosa ciudad —más bien no-ciudad—, el único día que se puede decir que fui feliz fue el día que visité el Centro Espacial Kennedy y vi, aunque todo muy orientado al espectáculo, los sitios reales donde hombres y mujeres de verdad escribieron capítulos de la historia de la humanidad. Visitamos la sala (una de ellas) donde se hizo el seguimiento de alguno de los Apollo enviados a la Luna. Vimos el interior de un transbordador de verdad. Subimos a una de las torres (si a eso se le podía llamar torre) desde la que se supervisaba el lanzamiento de algún cohete. En fin, que lo que allí vi era todo de verdad. En un sentido de realidad intangible diferente y genuino, pues ya se sabe que el cartón piedra y el plástico de los parques de atracciones también existen en esta realidad física que nos circunscribe. Todo estaba allí en una función trascendente muy distante y diferente en proposición, ajena a y de turistas ávidos, del entretenimiento lúdico que bañaba el resto de actividades de la región. En las pocas horas que estuve allí, creo que rejuvenecí quince o veinte años. Imposible de aspecto, pero sí de ánimo. Me sentía como un niño pequeño lleno de ilusión en aquel rincón del mundo mirando con ávida curiosidad todos los cachivaches que allí había colgados o aparcados, como el módulo lunar que tenían en mitad del la nave-almacén destinada a los visitantes.

Cierto que todo estaba filtrado y destilado, a veces hasta la saciedad, el aburrimiento y el empalago, por la mano de la mercadotecnia. Lo que a mi gusto le restaba mucho a la experiencia, pero había una diferencia sustancial, casi abismal, entre saber que dentro de aquella colorida corteza de gomaespuma y materiales sintéticos había un tipo, posiblemente una suerte de becario que malvivía con los pocos dólares que ganaba agitando esa piel tan atractiva para los niños y para aquellos adultos con poco atisbo de inquietud cognitiva, y saber a ciencia cierta que tras una de aquellas tantas puertas que había en todos los edificios del complejo espacial había gente haciendo un trabajo destinado a responder preguntas, a controlar instrumentos de los que depende otras vidas y, en general, a contribuir, granito a granito, a engrandecernos como especie enriqueciendo nuestro conocimiento y saber sobre el cosmos. Si alguno no es capaz de percibir la diferencia, entonces, le recomiendo encarecidamente que siga recurriendo a las revistas del corazón y los programas del marujeo para seguir sustentando su, diría, inexistente existencia. Pero yo sí soy capaz de entender la diferencia, abismal, cósmica, entre un modelo de entretenimiento y otro. Pero como muchas otras, esa capacidad reside en el cerebro. A veces más, a veces menos, desarrollado.

Retrospectivamente hablando, repito, la visita al Centro Espacial Kennedy es lo único que podría justificar un viaje de veinticuatro horas de ida y otras tantas de vuelta. Por desgracia no lo suficiente como para olvidar y rectificar el resto de las vivencias y experiencias mediocres, insustanciales y —en algunos momentos incluso— detestables que tuve que vivir o sufrir. Pero si en alguna ocasión tuviese oportunidad —u obligación— de pasar por esa zona, volvería a visitar el Centro Espacial Kennedy. Incluso me plantearía el poder compartir comida con un astronauta, para lo que hay que pedir cita previa. Aunque dudo que yo vuelva a tener esa oportunidad, sí recomendaría a todos que intentaran disfrutarla. Un viaje bien programado, que busque aprovechar lo exclusivo que nos pueda ofrecer la zona y no tanto mimetizar el estilo de vida norteamericano, debería —casi por obligación, por deuda moral con la gente que escribió allí la historia— pasar por Cabo Cañaveral y por el Centro de Visitantes del Centro Espacial Kennedy.

En mi caso hubiera sido perfecto si, además, hubiese podido visitarlo con mi abuelo. Creo que a él también le hubiese gustado. Pero aún con su ausencia de forma presente, y acompañado por una de las personas más importantes de mi vida, mi mujer, la visita fue fantástica.

lunes, 17 de mayo de 2010

'La carretera'

La última semana de mi destierro en Madrid, cuando ya empezaba el ciclo de «despedida y cierre» con los amigos, intercambié algunos presentes con algunos de los más afines. En realidad quería regalar a más gente, pero el tiempo se me echó encima y apenas pude encontrar casi nada que me llamase la atención. A Kiko sí tenía claro qué le iba a regalar. Le regalé la versión en DVD de la película 'Home' [reseña], de la que siempre hablo maravillas, y él me regaló una novela de Cormac McCarthy [@ Wikipedia] que le había parecido muy buena: 'La carretera' [@ Wikipedia]. De hecho el intercambio de regalos entre nosotros dos se realizó de forma simultánea la misma mañana, pues yo le quería dar la sorpresa con la película y él quiso darme a mí una sorpresa con el libro. Y los dos, de forma fortuita, elegimos el mismo día para dar la sorpresa. Por cierto, sí, hablo del mismo Kiko que me caricaturizó como un sabiondillo pedante.

Después de obsequiarme junto al libro una magistral charla informativa sobre el autor, al que yo en mi supina ignorancia desconocía completamente, me recomendó encarecidamente su lectura concluyendo con la afirmación «estoy seguro que te va a gustar». Y el tiempo dicta que la razón no le ha faltado. Desde que viese las películas 'Cuando el destino nos alcance' [@ Wikipedia] y 'Mad Max' [@ Wikipedia], en mi pubertad tardía o en mi adolescencia tamprana, no recuerdo, he sentido cierta inclinación, cierta pesimista predisposición, por los destinos apocalípticos y por los futuros distópicos; aquellos que considero como el final más probable de nuestra civilización. No hay nada como una buena distopía para sentirte de verdad agradecido por vivir dónde vives, cómo vives y cuándo vives. Ya se sabe aquello que reza «no sabrás lo que vale hasta que lo pierdas».

Siguiendo su deseo expreso para que lo leyese lo antes posible, lo encajé entre los «cinco próximos», mi especie de cola de la suerte, que siempre están esperando y, en el último fin de semana, entre despedidas, preparativos y maletas, y pese a que tenía una sinusitis de caballo —algo que no supe hasta que llegué a Las Palmas, por cierto—, me lo leí. Casi de una sentada. Lo que tampoco tiene mucho mérito porque apenas supera los dos centenares de páginas y, en el formato de bolsillo, cada página tiene una superficie más bien pequeña. Pero este no sería el único motivo. El verdadero motivo, la causa de que me tragase en un santiamén la novela, es que la historia es magnífica, aunque trágica, y está genialmente escrita. Engancha.

      ¿A vuelo de cuervo?
      Es una manera de hablar. Quiere decir en línea recta.
      ¿Y llegaremos pronto?
      No mucho. Bastante. Nosotros no vamos como los cuervos.
      ¿Porque los cuervos no han de seguir la carretera?
      Por eso mismo.
      Ellos van por donde quieren.
      Sí.
      ¿Tú crees que puede haber cuervos en alguna parte?

Como supongo sucederá con muchos otros escritores a los que aún no he tenido la fortuna de leer, y no sé si tendré la suerte de llegar a hacerlo con la mayoría de ellos, amén de los que he descubierto en estos últimos tiempos y han resultado ser magníficos, leer a Cormac McCarthy ha resultado ser una experiencia fantástica, casi sublime. Su prosa es sencilla. Pero su uso magistral de las oraciones cortas y contundentes, capaces de hacer visualizar nítidamente lo que está narrando, hace que llegue a resultar adictivo leer una tras otra las palabras del texto. Es, simplemente, hipnótico. Al menos en mi caso, me sentía como deslizándome línea tras línea de un texto marcado por la tragedia y por el destino claro y cierto que correrán sus protagonistas. Y aún sabiéndolo, sigues y sigues con la esperanza de que no sea eso en lo que acabará. Es, llana y claramente, un libro duro y dramático pero fantástico. Un must read. Un libro que merece mucho la pena leer. En cuanto al autor, se trata de un escritor en el que debería uno incurrir en su lectura. Yo lo tengo ya apuntado como candidato a ser leído con pasión en el futuro. A poder ser no muy lejano.

Hace mucho tiempo que dejé de ir al cine con frecuencia. Básicamente voy cada tres o cuatro meses acompañado de mi sobrino, camino ya de los quince años. Alguna película de acción de esas en las que generalmente no tienes gran cosa en lo que pensar salvo en las cada-vez-más-exageradas escenas de acción. Cuando vi el anuncio de La carretera —se puede leer una reseña de la misma en la web de Distorsiones, las cuales resultan siempre muy entretenidas— estuve tentado de ir. Pero me dije que ya haría lo mismo que hago siempre. Esperar a que saliese en alquiler, o venta, y disfrutarla en alta definición en mi casa. No me importa esperar pues en casa dispongo de todo lo necesario para disfrutarlas en todo su esplendor. Supongo que de haber visto la película no hubiese llegado a leerme el libro. Por mucho que me lo hubiesen regalado y recomendado. Pero he tenido la suerte de que no fuera así. Se puede decir que el descubrimiento de este libro ha sido, por tanto, doblemente afortunado. Algo de lo que me alegro muchísimo. Y después de leído el libro, no sé si llegaré a ver la película alguna vez. Quién sabe. Es algo que tampoco tiene mayor importancia. En los últimos años he desarrollado un mayor gusto por los libros que por las películas. En cualquier caso, por cambiar de asunto y dar término a la entrada de hoy, me disgusta que hayan puesto la imagen de la película como portada del libro. ¿Pero qué le vamos a hacer si los chicos del marketing editorial tienen esa forma de pensar? Ahí queda.

viernes, 7 de mayo de 2010

'El asombroso viaje de Pomponio Flato'

De Eduardo Mendoza no he leído mucho. Los dos primeros de la trilogía del detective innombrado, hace muchos años y que volveré a leer como paso previo a meterme con la tercera de las novelas, y 'Sin noticias de Gurb'. Éste último no me gustó especialmente. No, ver escrito Eduardo Mendoza en la portada de un libro no suele despertar especial interés en mí. Sin embargo, con esta enfermedad crónica que deriva en consumismo inusitado y que se estimula con los títulos de los libros, se me iban constantemente los ojos al último libro que ha publicado: 'El asombroso viaje de Pomponio Flato'. Mi familia sabe que tengo una cantidad insultante de libros que aún no he leído —y que dudo que alcance a leer en toda mi existencia—, pero también sabe que aprovecho los eventos especiales como el día de reyes para regalar libros con la alevosa mala intención de ser beneficiario indirecto del presente. ¿Qué mejor se puede hacer con un libro que leerlo? Pues cuanta más gente lo lea mejor. Y si yo soy de los afortunados, qué te voy a contar. Así que, aprovechando los regalos de relleno le regalé a mi mujer la catorce edición y, pasado el tiempo discreto para no despertar sospechas, me lo zampé en dos días.

Y mira que me he reído con el libro. No me lo esperaba tan entretenido. De principio a fin se te hace corto, pues además de ser un libro corto —no llega a las doscientas páginas— se te van las hojas unas detrás de otras por la cantidad increíble de situaciones extravagantes, las dosis masivas de humor y el enorme volumen de sátira —y a veces de mala leche— que rezuma por los cuatro costados. Se te pasa volando el tiempo leyendo las peripecias de un filósofo con un vocabulario excesivo y pedante que se ve protagonizando las pesquisas como detective inusual y algo andrajoso, requeridas por un niño singular que desea resarcir la honra de su padre, acusado de asesinato que jura no haber cometido pero que prefiere aceptar antes de contravenir su conciencia contando lo que no debe, y salvarlo así de una muerte segura. Todo ello ocurrido en un Oriente Próximo que la narración sitúa cronológicamente a principios de la era cristiana.

Y hasta aquí puedo leer para no entorpecer el placer de su lectura con más datos de los justamente necesarios.

[…] Como están obligados a convivir los unos con los otros día y noche, desde la infancia hasta la muerte, tienen por norma estricta evitar la familiaridad que con toda seguridad derivaría en conflicto y degeneraría en enemistad. Por esta causa extreman la formalidad y la discreción y son muy ceremoniosos. Comen y duermen separadamente, y cada vez que se dan por culo se hacen mil reverencias y se interesan por la salud del otro y por la marcha de sus negocios, como dos amigos que se reencontraran tras una larga ausencia. […]

Un libro en grado sumo entretenido, con un lenguaje especialmente rico —disfruto de forma especial con textos donde se hace un uso extenso de un vocabulario poco común, aunque comprensible—, con un gran sentido del humor y plagado de personajes disparatados y conversaciones y situaciones hilarantes. ¿A quién no le gusta reírse? Yo lo hice mucho con las aventuras —más bien desventuras— del protagonista, Pomponio Flato. A mandíbula batiente.

Un must read por méritos propios.

miércoles, 5 de mayo de 2010

'Encuentros en el fin del mundo'

Hay una canción de Sabina que, a marcha de Rock, nos narra el anhelo humano por soñar y vivir otras vidas distintas a la que vivimos. Está en nuestra naturaleza —casi diría que escrito a fuego en algún transposón tramposo heredado de alguna permuta génica con algún virus en la prehistoria— la insatisfacción perenne que nos obliga a buscar más. A desear más. Hasta el que proclama a los cuatro vientos estar plenamente satisfecho con su forma de ser, hacer y estar, desmiente con sus actos tal afirmación con la búsqueda de más y de más, repitiendo —intentando repetir, al menos— y reiterando el esquema de su éxito. Fromm diría que persisten en su modo de vida orientado al «tener» en lugar de vivir en el «ser». Pero allá cada cual con sus pupas y sus penas.

Sabina eligió ser un pirata cojo. A diferencia de muchos compañeros de aula, yo estoy contento con la profesión elegida, me identifica y me sigue regalando momentos de placer intelectual, pero no negaré —no puedo hacerlo— que en mi vida ha habido, hay y habrá momentos en los que he soñado, sueño y soñaré, he anhelado, anhelo y anhelaré, experimentar lo que podrían haber sido otras vidas. Quizá otras profesiones. Pirata con una pata de palo podría ser una de tantas buenas experiencias que vivir, pese a que la hemos heredado edulcorada en las proyecciones cinematográficas. Aunque en mi caso no hay una sola vida que prefiriese vivir, hay muchas que me encantaría experimentar, de los primeros exploradores de los polos terrestres sería aún mejor que abordar calaveras, bergantines, goletas y demás naves españolas, inglesas u holandesas según la bandera que me apadrinara y el viento de dónde soplara.

Con este esquema mental —potaje o puré, que dirían algunos— no es extraño que la atípica película documental 'Encuentros en el fin del mundo', dirigida por Werner Herzog, me haya encantado. Me la compré en Blu Ray en un arrebato consumista de esos que tanto me caracterizan, sin tener la más mínima idea de qué iba la historia pero buscando imágenes con una definición tan extrema que me hicieran saltar las lágrimas de puro placer visual, y me tropecé con un documento humano realmente valioso e inestimable. Una obra de culto dedicada al ser, un tributo libre de prejuicios y cuya búsqueda perpetua toma descanso allí donde las líneas de los mapas convergen —expresión tomada de uno de los protagonistas del filme—.

Como el propio director proclama al principio, no es un documental de pingüinos más. En la película encontraremos personajes infrecuentes, realizando cosas aparentemente mundanas en parajes hostiles y nada comunes. Un experto en finanzas que cambió el éxito del dinero por la conducción de vehículo dedicado al transporte de personas —guagua, bus— de dimensiones irreales en la base o ciudad de McMurdo, en el Polo Sur del planeta. O el de un filósofo que maniobra un tractor grandísimo. O un lingüista cuidando de un vivero o un invernadero en mitad de una noche soleada. Todos, junto con otros personajes casi de ficción, conviven en un lugar no hecho para cualquiera y que, por esa suerte especial que da la narrativa, te presentan como lugar de encuentro. Algunos dirán que hay que estar mal de la «azotea» para irse a vivir y trabajar a un sitio como ese. A lo que yo les preguntaría «¿tú eres feliz?», porque esta gente sí parece serlo pese a las condiciones extremas en las que viven.

Sin embargo, pese a que el documental se centra en el motivo, en la causa, que persiguen aquellos que se lanzan a lo desconocido buscando vete a saber qué, no se desperdicia la oportunidad para visitar enclaves de investigación científica y presentarnos a los que allí trabajan y viven. Y, cómo no, meditan sobre la existencia y sus trabajos. Hay momentos para sorprenderse con la riqueza que nos regala este mundo, como el sonido extraterrestre que emiten las focas de Weddell bajo el mar helado. De verdad que merece la pena escucharlo. ¿Qué soñarían los exploradores en tiempos de Amundsen y Scott al escuchar esos sonidos, recostados en plena noche, tal vez añorando el calor de los cuerpos de sus amantes, cuando aún no existían sintetizadores y la imaginación colectiva sobre extraterrestres y platillos volantes no hablaba de efectos especiales digitales, de rayos láser o de sables de luz?

En definitiva, 'Encuentros en el fin del mundo' es un documental difícilmente encasillable que nos brinda una oportunidad exquisita para conocer a la gente que hace posible que hayamos llegado a lugares increíbles. Un 'must see' que, por la condición humana egocentrista reacia a aceptar lo distinto, lo genuino, difícilmente será apto para cualquiera. Creo sinceramente que se ha de contar y disponer de una sensibilidad especial y de una mentalidad abierta para poder disfrutar de un documento visual, espiritual y transcendental como éste.

martes, 20 de abril de 2010

'El ángel más tonto del mundo'

Una tarde que salgo temprano —si es que a las seis y media de la tarde se le puede decir temprano— del trabajo decido ir a pasear por la que se ha convertido en zona predilecta en Madrid durante mi estancia: Callao, Sol, Plaza mayor, Gran vía… Ese día, después de llegar a Ópera, me doy cuenta que no tengo tantas ganas de caminar, al fin y al cabo. Altero los planes y opto por acercarme a la FNAC, a poco más de diez minutos a paso lento. ¿Qué hacer en la FNAC sino mirar discos, películas, cómics y libros? Me voy a la sección de libros y alcanzo a ver la dedicada a las ediciones de bolsillo. Hacer algo de tiempo es el objetivo, pues no quiero meterme tan pronto en el piso. En el último momento los compañeros me han dejado tirado. Dichoso trabajo que elimina cualquier deseo de vivir… Aunque no tengo intención de comprar. Parece tragicómico —casi patético— pasar el rato rebuscando entre los libros cuando no hay intención de comprar. Sin embargo, tropiezo con un libro que me llama la atención. Su título, qué novedad. Decido llevármelo, pero en la base de la portada reza «Por el autor de 'El ángel más tonto del mundo'». Libro que, por cuestiones de la mercadotecnia, se encuentra justo al lado y con una portada de color llamativo. «Tarjeta de crédito que paga uno, soporta dos», pienso, y me lo llevo también.

Ya en el piso, decido que los leeré en orden cronológico y los pongo, a la espera, para cuando termine el que estoy leyendo y los dos encolados y que van antes. Y así comienza mi descubrimiento de Christopher Moore, escritor del que he de decir que me ha sorprendido enormemente, y encantado, esta primera novela que leo. No es su primera novela, de hecho, pero uno es ignorante por práctica habitual y no necesariamente he de conocer a todo autor que ha pergeñado una obra. Lo bueno de la ignorancia es ese sentimiento de placer y satisfacción que te ofrece el descubrimiento. Y haber leído este libro ha resultado un completo descubrimiento. Un fall in love absoluto con la historia.

'El ángel más tonto del mundo' (recomendaría encarecidamente NO LEER el resumen de la trama porque podrían perder la oportunidad de gozar de un par de buenas sorpresas de esas con las que exclamas «¡Anda!») es un libro fantástico, en género y en exclamación, cargado hasta la última página de humor absurdo, escrito con un estilo sencillo, directo y desenfadado, que no puedes dejar de leer desde que empiezas en la primera página y que, al concluirlo, consigue que aún te queden ganas de seguir con más y más. Uno de esos libros que devoras y que producen una pena terrible cuando se alcanza el último punto y aparte. Aunque en este caso el autor nos regala, a modo de conclusión del volumen, una historia corta que sucede un año después de los disparatados acontecimientos que se narran en el cuerpo principal de la obra.

      —Cerrad la puta boca y llevad el puto árbol a la puerta de atrás —gritó Dale mientras agitaba el revólver.
      —La pólvora les da un toque a pimienta muy agradable —se defendió Marty.
      —No sigáis —dijo Bess Leander—, que me muero de hambre.
      —Habrá suficiente para todos cuando consigamos entrar —les animó Arthur Tannbeau, el granjero de cítricos.

No soy muy amigo de creerme los premios. Entre otras cosas porque rara vez leo todas las novelas que compiten. Pero he de decir que no me extraña nada que a 'El ángel más tonto del mundo' le dieran en 2005 el Quill Book Award. No porque conozca ese premio en particular o porque sea un entendido en la materia. Simplemente porque había que darle un premio y, supongo, ese es tan bueno como otro cualquiera. Ya que, al menos para mí, es de esas historias que, por original, fresca, hilarante y bien narrada se merece un premio.

La historia aún consigue que me ría yo solo cuando recuerdo algunos pasajes, momentos y personajes. Hasta los títulos de los capítulos resultan en ocasiones desternillantes. Y es que hay algunos como «Las armas de tu insignificante dios gusano son inútiles contra mi superior kung-fu navideño», que son para quitarse el sombrero (si lo llevara) y hacer una reverencia. ¡De cabeza a la lista de los must read!

martes, 6 de abril de 2010

'Firmin'

Hace unos días iniciaba mi reseña de 'El mundo' quejándome de cómo ignorábamos algunos libros por más que se nos pusieran delante en las librerías. Sin embargo, una suerte de efecto contrario también se presenta muchas veces. Hay libros que te atraen poderosamente pero que, por algún motivo que aún no consigo identificar, no terminas de decidirte a comprarlos. 'Firmin' es el ejemplo más claro. Habré estado unas veinte veces, si no más, con él en la mano para llevármelo. Me leí varias veces la reseña de la contraportada. Tuve incluso el dinero en la mano para comprarlo cuando lo vi expuesto en el dispensador de Príncipe Pío. Hasta que en una de las visitas a La Casa del Libro dije «vale ya» y lo compré.

Y estoy encantado de haberlo hecho. El texto de Sam Savage tiene un arranque prodigioso. Fulgurante. Un comienzo tan electrizante que aturde y engancha. Tal vez premonitorio de lo que has de esperar del resto del libro. Y el resto resulta muy entretenido de leer. Es un buen libro.

'Firmin' es un libro de libros. Una historia de historias. Pues en la autobiografía de la rata protagonista, van paseando ante nosotros las historias de aquellos libros que prodigiosamente alcanza a leer y a entender. Es un libro culto y de prosa rica en vocabulario sin que por ello llegue a pecar de pedantería insustancial. Es un canto al placer de leer y al camino que uno puede andar en compañía de libros, amigos silenciosos y siempre dispuestos a abrirse para entregarse completamente a aquel que los trate con mimo y cariño. Es, a todas luces, un libro enriquecido y enriquecedor por la cultura que destila el autor en sus páginas. Cultura hecha palabras con las que uno sueña los lugares, los rincones y los libros a los que se refiere. Es un libro emocional y emotivo que se disfruta con la mente y el corazón.

[…] Era mágico. Anhelaba presentarme ante ella como un suplicante, llevando en la mano una rosa sin tallo, y colocar humildemente el capullo en el arriate de su ombligo, como una ofrenda. Pero supongo que tanta emoción, tanta ansia, eran demasiado enormes para un cuerpo tan pequeño como el mío, y aquellas noches, durante el camino de regreso a mi polvoriento cuchitril del techo de la librería, me agarraba unas depresiones terribles. Malo es el amor no correspondido; pero lo que verdaderamente puede hundirlo a uno es el amor no correspondible.

Para mi gusto un libro harto recomendable, de esos que caen por carácter, por su historia tan bien contada, y por ese sabor tragicómico que arrastra durante toda la narración, en la exquisita familia de libros must read. Libro para disfrutar sólo. Y también en compañía.

jueves, 1 de abril de 2010

'El juego de Ender'

La conversación telefónica fue más o menos así:

      —Hola mami.
      —Hola hijo. ¿Sabes dónde dejaste el libro El juego de Ender? Le había dicho a tu prima que se lo iba a dejar, que tú no tienes ningún problema en prestárselo. Pero he mirado varias veces y no lo encuentro por aquí. ¿Ya te lo llevaste?
      —No, mamá. Debe estar ahí. Recuerdo haberlo visto la última vez que estuve comiendo en tu casa.
      —¿Seguro? Llevo una hora mirando y no lo veo por ninguna parte.
      —En las estanterías d'arriba, mamá. El lomo es de color gris metálico. La edición del Círculo de Lectores.
      —Si ya lo sé, pero es que no lo veo. Y me estoy volviendo loca buscándolo por todas partes. ¿Seguro que no te lo has llevado?
      —Seguro, mamá. Pero no sé dónde estará si no está ahí. No recuerdo haberlo prestado, pero es posible que lo tenga alguien. Los libros se prestan y se les pierde el rastro, ya sabes. Una pena. Quería volver a leerlo en breve.

La última parte la dije más para mí que para mi madre, lamentándome por la noticia de la pérdida. Aunque, en realidad, siendo mi madre como es (y sé que leerá esto) la conversación se extendió un poco más, mucho más, repitiéndose algunas preguntas y algunas respuestas. Así es mi madre. Así soy yo.

Creo que fue en el año 1990 cuando el Círculo de Lectores, del que entonces éramos socios, sacó una edición de 'El juego de Ender' dentro de una colección dedicada a la ciencia ficción, género que me encantaba. Aunque no se puede decir que fuera un ávido lector en mi adolescencia, en sus últimos coletazos, y recién adquirida mayoría de edad. Fue un libro que empecé a leer al poco de recibirlo y que me enganchó. Recuerdo estar leyendo hasta las cuatro de la madrugada teniendo que ir a clase al día siguiente. Aluciné con la historia, el personaje de Ender, sus hermanos y la forma en que estaba contada. Con él caí en adoración hacia su autor, Orson Scott Card, que luego me decepcionó vilmente con su asquerosa e infumable saga del retorno.

Tenía claro que este año volvería a leer uno de los libros que más me han gustado. Desde su primera lectura, comenzando la última década —o terminando la penúltima— de decadencia del siglo XX, hasta la fecha de escribir esto, habré leído 'El juego de Ender' unas diez veces. He perdido la cuenta, claro está, pero me extrañaría que fueran menos. Decía que es uno de los libros que más me han gustado y, por más que lo leo, siempre lo encuentro un relato fascinante. Absoluto merecedor de los premios que le otorgaron.

Debió ser la sensación de pérdida inyectada por las preguntas de mi madre que me dejé llevar cuando lo vi en el dispensador de libros de Príncipe Pío y comencé a leerlo casi de forma inmediata. Sigue siendo un libro excepcional, que me hace pasar muy buenos ratos con la lectura y que volveré a leer de nuevo dentro de otros dos o tres años. Posiblemente la saga completa que, aunque va decayendo a medida que avanza en la publicación de libros, no deja de ser una saga que me gusta de forma considerable. Sí, también 'Ender el Xenocida' e 'Hijos de la mente'. Aunque suene extraño.

      —[...]Y todo se reduce a esto: en el momento en que entiendo verdaderamente a mi enemigo, en el momento en el que le entiendo lo suficientemente bien como para derrotarle, entonces, en ese preciso instante, también le quiero. Creo que es imposible entender realmente a alguien, saber lo que quiere, saber lo que cree, y no amarle como se ama a sí mismo. Y entonces, en ese preciso momento, cuando le quiero...
      —Le vences
      —No, no lo entiendes. Le destruyo. Hago que le resulte imposible volver a hacerme daño. Lo trituro más y más hasta que no existe.

No voy a comentar nada sobre el argumento porque es archiconocido. Y si no lo conoces puedes leer de qué va pulsando sobre el título que te lleva a la Wikipedia. Aunque si eres uno de los muchos desafortunados que no lo han leído, no cometas el error de dejar que te cuenten de qué va y sumérgete en su lectura lo antes posible. Sospecho que, aunque de género ficticio y científico, su lectura es asimilable y apreciable para cualquiera que no sea especialmente aficionado al susodicho género. Digo «muchos» porque las nuevas generaciones parecen desconocer su existencia. Entre los amigos que hice en Madrid, muchos de ellos aún rozando el cuarto de siglo de edad, cuando lo comentaba, ninguno parecía conocerlo. Y algunos de ellos eran aficionados a la ciencia ficción.

Al final la edición del Círculo de Lectores sí apareció. Claro que tuve que pasar por casa de mi madre para encontrarlo. En dos segundos. Seguía allí donde lo había visto hacía meses. Ahora tengo las dos ediciones. Supongo que «liberaré» una. Y supongo que será la que compré en Madrid, pues a la primera, aunque con las páginas ya amarillas de viejo que está, le tengo un cariño especial. Los primeros amores nunca se olvidan. Aunque también es cierto que el último que compré me gusta más. Es más robusto y tiene esa cosa que atrae tanto a los hombres maduros: juventud. ¿Pero de qué estoy hablando?

Un libro que cae por méritos propios, y de forma incuestionable, en los must read y que recomiendo que lea a todo el incauto que acaba bajando sus defensas y dejando que amiguee con él. Leerlo al menos una vez en la vida. Y a poder ser antes de que produzcan la película. Si es que al final llegan a hacerlo.