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lunes, 11 de abril de 2011

Santiago de Compostela

Anoche llegué tarde a casa tras pasar tres días —sin contar el jueves, que llegamos por la noche al destino— en Santiago de Compostela. Sin desmerecer los viajes más largos, pero que por experiencia suponen un riesgo mayor al tratarse —repito que por experiencia propia— casi de un «todo o nada» [1], los microviajes, «escapadas» o pequeños viajes de corta duración cuyo destino sea algún punto de la geografía nacional, van ganando presencia e importancia en las opciones que vamos prefiriendo en los últimos meses. Pueden ser tanto o más agotadores que otro tipo de viajes, pero permiten concentrarnos en un elemento concreto, que suele ser aquel que motiva o articula el propio viaje y establece los parámetros de la experiencia vivida. En esta ocasión la excusa la puso una «quedada bloguera» de gente aficionada a la cocina. Mi mujer me comentó hace unas semanas que se organizaba una en Santiago de Compostela, ciudad que yo visité con dieciocho años pero que ella aún no conocía, miré opciones y con Ryanair fuimos y volvimos por apenas [2] sesenta euros cada uno; una ganga. Alguna ventaja sigue teniendo ser residente canario y el descuento que se nos aplica por esta condición en los viajes nacionales.

Catedral de Santiago de Compostela


Decidimos coger tres días para dedicar dos a visitar la ciudad con calma y dedicar el tercero, en este caso en medio, al evento ludicofestivo que usamos como excusa. Con dos hubiese bastado, porque el viernes ya habíamos recorrido la ciudad, la parte antigua que es la que realmente resulta interesante, varias veces. Es posible que sea necio asegurarlo, pero yo tengo serias dudas de que nos quedase una sola calle del casco antiguo por la que no hubiésemos pasado al menos dos veces en ese día. Vamos, que con dos días era más que suficiente para hartarse a ciudad y marisco y, en consecuencia, gastronomía típica. Pero menos mal que optamos por la solución de tres días, porque ayer domingo amanecimos gástricamente destrozados por la susodicha gastronomía y decidimos languidecer en la habitación del hostal a la espera de la hora de salir para el aeropuerto y coger el avión. Aquí toca agradecerle al dueño del Lar de Compostela que nos dejase salir a la hora que mejor nos viniese dado nuestro lamentable estado sin cobrarnos «salida tarde».

La quedada bloguera resultó ser muy divertida. Mira que llevo años reencarnándome, blog tras blog, en esto de ser un exhibicionista, pero nunca me había dado por apuntarme a una. Y resulta que me animo de compañero para una quedada de blogs de cocina. Me junté con otros acompañantes, en este caso que venían de Lisboa, y nos lo pasamos genial durante horas. Una forma genuina de conocer gente y socializar fuera de las redes sociales como Facebook. Pero como yo iba en condición de hombre florero, ya se encargarán los blogs del sector de dar la debida y merecida cuenta del evento, como la crónica del mismo narrada por su promotor.

Por el Mercado de Abasto de Santiago de Compostela


Si no hubiese sido por la quedada, seguramente Santiago no hubiese estado dentro de nuestros planes inmediatos. Tal vez como visita puntual de un viaje por Galicia que llevamos tiempo queriendo hacer. De hecho se volvió a dar ese fenómeno de cargar con la cámara y apenas sacarla de la mochila porque, sinceramente, ya ando un poco harto de «piedras»; sin querer desmerecer o dar lugar a creer que siento desprecio alguno con estas palabras a la merecida importancia histórica, artística y/o arquitectónica de las mismas. Pero es lo que tiene la construcción sacra. Si uno no es especial fanático de la Historia del Arte, de la arquitectura o, en general, del corpus de conocimiento que derive en un aprecio especial de los matices arquitectónicos y artísticos, después de haber visitado otras tantas ciudades donde su atractivo principal pasa por la arquitectura y el arte dedicado y destinado a alabar al Señor, la Catedral de Santiago, con toda su imponente y magistral presencia, que sí que reconozco que la tiene, acaba pareciendo «una más». Al resto de segundonas que pueblan el resto de las calles ya es que ni les prestas atención. Aunque sí que confieso que el Mercado de Abastos me llamó la atención. Ese me gustó y recomiendo visitar en un día de especial movimiento (en nuestro caso el sábado) a primera hora.

La gastronomía, tan alabada y recomendada por aquellos conocidos que se enteraron que íbamos, no corrió mejor suerte que la arquitectura y el arte. Es posible que tuviésemos mala suerte eligiendo los sitios, pero viviendo en un lugar rodeado por el mismo mar Atlántico que baña las costas gallegas, no encontré especialmente memorable aquellos platos que decidimos elegir. Acabamos de pulpo a la feira hasta las narices, y la mariscada… En cuanto al lacón con grelos, no es una carne que me hiciese sentir como un quinceañero que acaba de conocer a la chica de sus sueños. En fin, que no sentí que comiese especialmente bien, y que tal vez siendo gastronómicamente más modestos, yo sigo prefiriendo las fritadas o parrilladas de pescado que a veces tengo el placer de comer en muchos restaurantes de las costas isleñas, con ese gofio escaldado que tan rico queda de compañía. Por cierto, dentro del anecdotario personal, me ha pasado con el pan gallego algo parecido a lo que con la cocina china. Un día descubrí que la verdadera cocina china tradicional no tiene nada que ver con la que uno lleva años comiendo tan bien condimentada con el glutamato monosódico. La verdadera comida china es infinitamente mejor. Con el pan gallego me pasó al revés. Acostumbrado a la versión exquisita del pan gallego que uno encuentra cuando la compra en los hipermercados, no hubo trozo de pan que te pusieran con la comida que, en lugar de corteza, no tuviese una espesa cáscara que partir con los dientes. Viene a ser como el marisco de los panes, con su concha casi inmasticable.

Pero más allá de las malas experiencias de este viaje, lo realmente genial, lo que ha merecido la pena y por lo que merecería la pena repetir si se presentara la ocasión, y eso sí que no se lo puedo negar ni quitar, fue la compañía de los blogueros aficionados a la cocina y de sus acompañantes.


[1] No quiero volver a hablar del viaje a Florida.
[2] Lo curiosísimo de Ryanair es que si bien aún sigue siendo barato, te cobran absolutamente por todo. En principio no me parece mal que te exijan cuidado con el peso que eliges llevar, pero que te cobren 32 € adicionales en concepto de gastos administrativos por la gestión de cobro cuando pagas con la VISA me parece UNA ABSOLUTA BARBARIDAD. Estamos hablando de que el 25% de lo que costaron los pasajes se fueron en esos 32 € de impuesto revolucionario por ser víctima de los tiempos que corren y usar el pago con tarjeta de crédito.

lunes, 27 de diciembre de 2010

De paseo por La Palma

En nuestra última salida juntos [Paseo con Luis, Sulaco y un holandés (supuestamente no errante)], Sulaco [Distorsiones], Luis y yo estimamos que tal vez la propia isla se nos estaba quedando pequeña para nuestras salidas fotográficas en coche. En ese mismo momento propusimos que podríamos cambiar de isla para la siguiente ocasión. La Palma parecía la mejor candidata.

Sulaco percibió en la posterior publicación de mi viaje de bodas en 2006 a esa misma isla [La Palma] una clara intencionalidad para recordarles que habíamos hablado de esa posibilidad. En realidad fue más bien a la inversa y la conversación que mantuvimos sobre esa isla me empujó a escribir sobre la experiencia de mis visitas. Sirvió, sin embargo, para cerrar con bastante antelación una visita fugaz para pasar un día en el siguiente encuentro con el canario-holandés. Ese día fue ayer mismo.

Teneguía

Extrapolamos el modelo de paseo que realizamos en Gran Canaria a nuestra visita de La Palma: apenas nos bajamos del coche. Pero las pocas veces que lo hicimos merecieron la pena. En compensación, recorrimos muchos kilómetros en poco tiempo y pudimos disfrutar de los grandes contrastes en sus paisajes que tiene La Palma. Estoy enamorado de esta isla desde la primera vez que fui. Creo que sigue siendo, con diferencia, la isla que tiene más encanto. O que tal vez encaje más con mi concepción de lo que debe ser un paraíso terrenal en equilibrio con el hombre. Desde la visita anterior apenas he percibido cambios significativos. Imagino que el cemento y el hormigón seguirán comiendo, poco a poco, terreno y que la corrupción seguirá filtrándose en los sentimientos de un pueblo con fonemas musicales y de cuerpos tranquilos, pero no es lo que hemos vivido en la isla de Gran Canaria. Está a varios órdenes de magnitud de distancia. Por suerte para los palmeros.

Un día da para muy poco. La Palma debe tener infinitos rincones que daría gusto visitar, pero para alguien que apenas la ha rozado en dos ocasiones, es demasiado pedir encontrarlos. Está claro que el modelo de paseo en coche nos aleja e impide acercarnos a muchos de ellos, por lo que espero volver otra vez en breve para caminar. A ver si de una vez por todas puedo hacer la caminata de Marcos y Corderos; o repetir la ruta de los volcanes tal como la hice con mi tío Rafa. En cualquier caso, venía en el avión de vuelta meditando que La Palma podría ser un destino fantástico para celebrar el quinto aniversario de bodas con mi mujer [Mis ratos en la cocina]. Sospecho que a ella le hará tanta ilusión como a mí.

Puesta de Sol desde el Roque de los muchachos

Últimamente no saco muchas fotografías. Aunque la salida sea supuestamente para eso. De hecho, en esta ocasión, la cosa se agravó un poco porque muchas de las imágenes que vimos yo ya las había fotografiado en viaje de bodas. Sin embargo, aunque pocas, he visto algunas imágenes que merecen la pena y que me gustaría terminar de revisar. Ahora bien, lo de sacar pocas fotografías no reduce considerablemente el problema de tener varios años de archivos aún por revisar. En una primera pasada he cogido las dos que acompañan a la entrada de hoy. Hay que tener en cuenta que esto lo he escrito con los ojos cerrándose por el cansancio lógico que supone andar todo un día fuera, madrugando para estar en el aeropuerto a las siete y media de la mañana y cruzando la puerta del hogar a las diez y media de la noche para soltar la mochila y disfrutar de una merecida y reconfortante ducha caliente. No sé cuánto tiempo tardaré en revisar más pausadamente las pocas imágenes que tomé. Pero sí sé que la satisfacción de haber visto un mar de nubes en el Roque de los muchachos cubriendo completamente La caldera de Taburiente, y de haber pasado tan cerca del observatorio, me va a durar unos cuantos días. Me alegro enormemente de haber protagonizado este fugaz paseo por la «isla bonita».

jueves, 14 de octubre de 2010

Pero antes fueron Madrid y Salamanca

Hace unos días contaba, así en plan «batallas del abuelo Cebolleta», el primer viaje que hicimos de casados [La Palma]. También contaba que por motivos económicos no habíamos podido viajar casi nada antes de la boda. La cual tuvimos que aplazar unos años, por si no había quedado indirectamente claro, porque no se terminaban las reformas del piso que compramos. El piso lo compramos a mediados de 2003 y nos casamos en julio de 2006. Resten y sabrán cuánto tardamos en tener el piso listo para convivir. Los amigos que no son amigos se burlaban diciendo que aquello parecía la obra del Escorial.

Si mi memoria no me falla (y yo no me fiaría mucho de ella, maldita), a mediados de 2002 llevábamos más de un año buscando nuestro nidito de amor y no conseguíamos ni un alquiler ni una hipoteca en la que sintiésemos que estábamos pagando un precio justo y adecuado por lo que íbamos a disfrutar. Uno, que siempre ha sido un idealista. Hartos de estar hartos, y de buscar y rebuscar algo que realmente nos hiciera creer en el libre mercado y en el quid pro quo entre seres humanos, decidimos despilfarrar parte de los ridículos ahorros —ridículos en parte porque siempre tendimos hacia la manirotura en lo tocante a la tesorería y en parte porque con sueldos miserables (yo fui menos que un mileurista) poco queda para ahorrar— y darnos el merecido lujo de viajar y visitar a nuestros amigos de Madrid que, por entonces, vivían entre Madrid y Ciudad Rodrigo. Ser ingeniero de caminos te ofrece la posibilidad de habitar en dos sitios a la vez, por lo que pude observar. Allí donde la obra te lleve, podría ser el título de una novela de aventuras. Ser ingeniero informático a lo más que te permite es a aspirar a ser un emigrante y encontrar un sitio donde te traten mejor. Pero no enturbiemos la entrada de hoy con penas y ni con miserias.

La plaza mayor

Hasta entonces no había estado nunca en Madrid, la capital de reino, y pude disfrutar por primera vez de calles y lugares que luego serían referentes en mis desplazamientos y visitas posteriores —incluso en los períodos de vivencia—. Hablo, claro, de la zona de Puerta del Sol y alrededores. De los nueve días que duró el viaje, cuatro los pasamos en Madrid aprovechando para visitar algún lugar cercano de índole histórico y cultural. Léase el Valle de los Caídos [@ Wikipedia], homenaje a la sinrazón de los ideales y a la expresión máxima del desprecio al que piensa distinto, que no tiene forma de concretarse más vil que en el asesinato sostenido e institucionalizado como forma de gobierno. Pero como forma parte de nuestra historia y hay que reconocer que es un pedazo de proyecto de ingeniería digno de la serie Magaconstrucciones, de la que soy adicto, hay que saber dejar de lado ese mismo sentir de desprecio idealista que llevó a que se pudiera construir, y visitarlo rindiendo tributo a quien se quiera rendir. En mi caso a los que realmente lo construyeron. Vale que lo idearan los victoriosos, pero fueron las manos de los perdedores, muriendo en el proceso de construcción, los que lo edificaron y excavaron. A ellos les corresponde el verdadero mérito. Casi parece una metáfora de la vida empresarial a día de hoy. ¿Quién si no saca verdaderamente adelante la empresa? ¿El que va a un almuerzo de empresa pagado por la empresa en un coche de ochenta mil euros pagado por la empresa? ¿O el que acepta los mil euros con la ilusión de que aprenderá lo suficiente como para ser el siguiente en tener coche de empresa?

¿No había dicho que nada de penas y tampoco nada de miserias?

Por cierto, y como colofón al párrafo dedicado a mencionar tan espinoso —y enquistado en nuestra historia y en las pasiones de vencedores y vencidos— lugar, me permití el placer de dar unos pasos de baile sobre la tumba de Franco mientras, a unos pocas decenas de metros, unos subvencionados empleados del clero preparaban algún homenaje sufragado por la Hacienda Pública a la memoria victoriosa del finado. Mientras me alejaba nervioso y excitado por la osadía y temeroso de que algún extremista presente e iracundo por la profanación allanase nocturnamente mi casa, me arrancase del calor de los brazos de mi novia y me llevase a algún lugar apartado para fusilarme sin juicio previo y para, acto seguido, abandonar mi aún caliente cadáver en alguna fosa común y anónima cavada en la curva de cualquier carretera secundaria, escuchaba la voz de una chica azuzando a su novio, marido o pareja con un casi imperceptible pero excitado «¡baila tú también!». Héroe por un minuto. No en vano —o tal vez para mi desgracia futura— soy descendiente sanguíneo de rojos e ideológicamente heredero de Humanistas que desprecia con vehemencia las venganzas sostenidas por décadas y sustentadas por simples creencias.

Hay una especie de prueba gráfica de mi osadía o insensatez. Prueba que, por carencias técnicas, dudo que llegue a publicar nunca. Forma parte del anecdotario personal y poco más.

Entre Salamanca y Extremadura

Los cinco días restantes los pasamos a unos trescientos kilómetros de la capital, en Ciudad Rodrigo [@ Wikipedia], donde tenían la «residencia de los días laborales» nuestros amigos. En esa ciudad pasamos más bien poco tiempo, pues se convirtió en el campo base para las incursiones de un día a otros lugares. Andando de aquí para allá visitamos La Alberca [@ Wikipedia], lugar realmente pintoresco digno de verse con los propios ojos, la propia y encantadora Salamanca y la no menos pintoresca Cáceres, Extremadura. El primer viaje que hicimos juntos mi mujer y yo, entonces como novios, tuvo mucho de Road Trip. De dramatizarlo como Road Movie se hubiese llamado 'Telma, Louise y el berraco', ya que mientras nuestro amigo Javier se deslomaba de sol a sol poniendo orden y sacando adelante una obra faraónica, su mujer Rocío intentando contener el genio de la criatura, su hija —la mentada criatura— de un año Sandra intentando gobernar el universo conocido a base de berrinches, mi entonces novia encargándose del volante y yo mismo, el que escribe este vertedero de sinrazón y disfrutando en el rol del berraco con el paisaje y las obras artísticas y monumentales que pueblan gran parte del territorio habitado de la Península, nos dedicábamos a quemar neumáticos kilómetro tras kilómetro. Fue un viaje fantástico del que guardo muy buenos recuerdos y buenas anécdotas. Como la de pasar de una visita temprana a La Alberca a unos 8 o 9 grados centígrados, a encontrarnos unas pocas horas más tarde en mitad de una Salamanca caldeada por el Sol con 22 grados y que a mí me supuso tener la garganta con molestias durante unos días.

Aunque lo exclame, realmente no resulta nada sorprendente lo bien que te lo puedes pasar en un viaje que vas improvisando sobre la marcha, como la gran mayoría de los que he hecho hasta la fecha, si puedes ejercer algo de control sobre lo que quieres ver y si todas las partes concursantes del evento se avienen a respetar el pacto ancestral de la buena convivencia, del cual uno de sus principales fundamentos es el deseo de disfrutar conjuntamente de la experiencia. Da gusto poder compartir experiencias novedosas, encontrar lugar nuevos, perderte «más o menos» por rincones desconocidos, y todo ello con buenos amigos. En Teoría de Juegos eso se llamaría simple y llanamente un gana-gana.

Casa de las conchas, en Salamanca

Desde el punto de vista fotográfico, este viaje supuso el salto al formato digital sin posibilidad de marcha atrás. Hasta poco antes del viaje seguía fiel a la cámara Nikon F-801 que mi padre me traspasó como herencia adelantada. Una fidelidad que le costaba a la tesorería común algo así como entre diez y once mil pesetas (aproximadamente 60 €) mensuales en negativos, revelados, ampliaciones, etc., etc. Decidimos que para eventos familiares y cosas similares de poca importancia era mejor usar una cámara digital por aquello del desechar las fotos directamente antes de incurrir en gastos de procesado químico. Nos presentamos en El Corte Inglés para llevarnos la Coolpix 950 que, en aquellos momentos, acababa de nacer al mercado isleño. Acabamos llevándonos la Coolpix 5700 que tenía reservada un anónimo que no había ido a buscarla en el tiempo que estipula el competitivo mercado de la oferta y la demanda, y pagando por ella el doble de lo que estábamos dispuestos a gastar: La nada despreciable cantidad de 1.500 € que, repartidos en las mensualidades del proletario, quedaba en porciones de 54 € que acabaron por sustituir en equidad todo lo que me quemaba en tratamientos químicos de mis instantáneas. A la vuelta del viaje se me ocurrió probar a ampliar unas fotos de cinco gediondos megapíxeles a tamaños de 50 x 40 y, simple y llanamente, aluciné en colorines. A finales de septiembre de 2002 tomé la decisión, basándome en los resultados, de no volver a sacar una fotografía analógica. No fue una decisión consciente, sino la desidia de la comodidad. Simplemente, evento tras evento, optaba siempre por la facilidad y los resultados garantizados de mi primera Nikon digital. Lo que iba a suponer una reducción en gastos de procesado químico acabó siendo una sustitución completa.

Sí, efectivamente, hay cosas que resultan fácilmente sustituibles. Como un sistema de capturar momentos por otro. Pero es difícil que unas vivencias sustituyan a otra. En especial, las de ese primer viaje que hicimos mi mujer y yo, serán difíciles de sustituir. Tal vez la memoria, en su deterioro constante segundo a segundo, acabe transformándolas en pausas del tiempo de grosor casi fantasmagórico y de significado casi irreal. Por suerte esta entrada y las imágenes que la acompañan perdurarán. En alguna medida que aún no llego a percibir completamente, lo digital también está sustituyendo a lo analógico para la persistencia de los recuerdos. Al igual que la Coolpix apareció para complementar a la veterana F-801, esta bitácora parece tener cada vez más la carga y responsabilidad de sustentar mi falible memoria. Esperemos que no llegue a sustituirla completamente.

Nota: Hay más imágenes de ese viaje en el álbum Flickr creado al efecto [Entre Madrid y Salamanca].

sábado, 11 de septiembre de 2010

Val d'Aran (prolegómenos)

En el momento de publicarse la entrada de hoy, yo debería estar de camino al aeropuerto de Bacerlona y coger el avión de regreso a Gran Canaria. Acabo de pasar dos semanas de viaje en unas más que merecidas vacaciones.

Desde que mi mujer [su blog] y yo comenzamos nuestra relación, allá por octubre de 1998, tuvimos muy claro que, tan pronto pudiésemos, comenzaríamos a viajar. Por separado lo habíamos hecho muy poco, pero al poco de conocernos, descubrimos que ambos teníamos muchas ganas (latentes) de conocer Mundo. Así que, año tras año, teníamos la esperanza de comenzar a poner en práctica esa actividad que queríamos disfrutar juntos. Tardamos mucho, pues cuando el dinero no abunda, poco se puede viajar. Cuando yo ya tenía un trabajo ligeramente mejor remunerado (vamos, que ya podía decir que «ahora sí» era mileurista), llegó la compra, reforma y acondicionamiento mínimo del piso. El que se haya metido en estos temas sabrá cuán fácil es que los presupuestos se salgan de madre. Hubo una época en que creíamos de la existencia de algún tipo de conspiración, porque como uno fuera a mirar cualquier cosa para la casa, incluso la más nimia e insignificante, no volvía sin haberse dejado menos de 100 € en la compra. «¿Pero es que todo está a 100 €?», nos preguntábamos asombrados. En fin y resumiendo, tragadero de perras, tras tragadero de perras, se iban demorando los proyectos de viaje.

Planell d’Aigüestorte

Aunque nos pudimos permitir alguna escapada durante los primeros años de noviazgo, tuvimos que esperar bastante para comenzar con la práctica. Así que, tras el primer viaje de casados [La Palma], todos los años buscamos la forma de hacer coincidir al menos dos semanas de nuestras vacaciones e irnos a alguna parte. Aunque sea a la vuelta de la esquina para pasar únicamente una noche. Pero que no se diga que ese año no viajamos. Así ha sido desde 2006.

Este año, sin embargo, ha costado bastante que me decidiera. La experiencia maligna de Orlando, me hizo pensar seriamente en los motivos para viajar. Dejarte una pasta en una experiencia que no te aporta nada, no es algo que me apasione ni creo que sea la forma más inteligente de gastar dinero. Eso y que la verdad que no he tenido un año especialmente bueno en otras áreas. Todo ello, a modo de potaje, me empujaba a mirar y mirar alternativas sin decidirme nunca por alguna. Se iba acercando la fecha en que había solicitado vacaciones, la primera quincena de septiembre, y aún no habíamos decidido. Generalmente suelo solicitar las vacaciones con bastante antelación (este año lo hice en abril), en agosto aún no sabía dónde quería ir. Apremiado por la cercanía de las fechas, yo estaba por pasar unos días en un balneario para desconectar absolutamente de todo, incluso encerrarme durante una semana en una cabaña en Finlandia junto a un lago. Mi mujer, que me conoce mejor que yo mismo, sabía que eso no era lo que realmente me iba a satisfacer. Al menos este año. Uno no puede huir de sus problemas.

Caballo pastando en Pirineos

Mi mujer ha tenido que aguantar todo este tiempo mis frecuentes ataques aventureros. Ataques en la forma de retahíla con todos los lugares que me gustaría ver. Japón, Canadá, Nueva York, Yellowstone y Cañón del Colorado, Nueva Zelanda y Australia, La Patagonia, Grecia, Noruega, Finlandia, Islandia, etcétera, etcétera, etcétera. De hecho ha tenido que aguantar también, que vaya cambiando el orden cada vez que me pongo a enumerarlas. O que añada, como es el caso de Nepal, que desde hace un par de años tengo ganas de visitar. Uno, que es muy voluble. En esa lista estaba, también, volver al Valle de Arán [@ Wikipedia].

La primera vez que estuve en Valle de Arán contaba con cinco años. Mis abuelos maternos decidieron cargar conmigo. A todos los efectos, mi abuela teniendo entonces 39 años y mi abuelo cuarenta y pocos, era su «hijo menor». Mi tío Rafa, el menor de sus hijos y, por tanto, el menor de mis tíos, tenía 7 años más que yo. Siempre lo he considerado más un hermano que un tío. Sí, efectivamente, se podía decir que era el pequeño de la familia. Al menos hasta que mi hermana [su blog] decidió que tenía que aparecer en este universo para quitarme el privilegio de los mimos de padres y abuelos.

Vista del Glaciar del Aneto

Es de esperar que, habiendo ido con esa edad, hace ya más de tres décadas, no recuerde absolutamente nada de aquel viaje. Pero lo cierto es que aún conservo una serie de recuerdos. Algunos más fiables que otros. Soy consciente que año tras año se van difuminando. Ahora no podría describir la cara que tenía entonces mi abuelo, por ejemplo. O de si había más o menos hierba en los prados que visitamos (aunque creo recordar que era abundante y bastante alta). Ni mucho menos los sitios que visitamos. Pero sí tengo recuerdos precisos de algunas cosas y vivencias. Recuerdo un túnel infinito hasta llegar al Valle de Arán. Recuerdo que, siendo el enano, me cogían en brazos para que no me mojara los pies en el agua helada. Recuerdo perfectamente a mi abuela y a su amiga Teresa —fuimos dos familias al viaje— con calambres en los pies tras mojarlos en el riachuelo. Justo después de pisar mierda de vaca en un prado completamente lleno de ella. O intentar cruzar un río por unos troncos. Y jugar al póquer de dados en el hotel y traerle suerte a mi abuelo. Y las provocaciones de mi tío para escucharme gritar llamando a mi abuela. También lo de escondernos bajo mantas en la parte de atrás del monovolumen porque íbamos más de ocho, sumando los cuatro adultos y los seis niños, en el coche alquilado. El susto que me dio mi abuelo cuando esperábamos en un cruce para cortarme el hipo yendo yo de copiloto distraído a la búsqueda de pan (y funcionó). De cuando mi tío Rafa se adelantó para llegar a una mancha blanca que había en una montaña, más bien unos riscos, en nuestra búsqueda de nieve y/o hielo. En fin, muchas pequeñas anécdotas que aún recuerdo y que, de vez en cuando, le contaba a mi mujer, añadiendo el «algún día me gustaría volver al Valle de Arán».

Fue mi mujer la que, aprovechando ese «me gustaría volver» la que me propuso olvidarnos de escondernos en un balneario o en una cabaña en el quinto pino y lanzarnos a visitar el Valle de Arán. Y eso es lo que hemos hecho. Y, de paso, lo extendimos para visitar algún sitio más.

Artiga de Lin - Uelhs deth Joeu

Supongo que ya iré desgranando el viaje en futuras entradas de esta bitácora. Aún, terminándolo (en el momento de escribir esto), está demasiado reciente como para hacer una valoración sosegada. Diré que el viaje no ha salido del todo como lo imaginaba originalmente, y que en algún momento me ha desilusionado no poder hacer alguna de las cosas que me apetecía hacer —principalmente senderismo—, pero sí sé que, en su saldo total, el viaje ha sido espléndido y muy positivo. La mayor parte del tiempo me he sentido como un niño descubriendo un mundo nuevo. Fantástico. Francamente memorable. De esas experiencias que te obligan a reconocer que no hace falta salir de España para asombrarse con sus paisajes y sus rincones. Para repetir, porque me temo que mi mujer tendrá que seguir aguantando el «algún día me gustaría volver al Valle de Arán». Ahora con más razón. A poder ser, eso sí, en otra época del año. Creo que todos estos paisajes que he visto terminando el verano estarán increíbles en tiempo de deshielo.

viernes, 3 de septiembre de 2010

La Palma

¿Y por qué no? No, no me refiero a que vaya a visitar La Palma [@ Wikipedia]. Bueno, sí, es probable que a final de año con Sulaco y Luis. Y también es posible que vuelva con mi mujer el año que viene, quizá para celebrar nuestro quinto aniversario de bodas. La Palma es una isla fantástica en muchos aspectos. De hecho es, para mi gusto, la mejor del archipiélago. Pero no, no es por eso. Este año, al menos, el viaje será a Pirineos.

Me apetece hablar de La Palma. Simplemente. Bueno, por eso y porque ya he tenido varias bitácoras o blogs o como quieran llamarlo. Al final los acabo borrando cuando me aburro o pasan a tener un tono y contenido demasiado personales. Es una maldita tendencia que tengo: hacerlos demasiado personales. Siempre. Y por eso los acabo borrando. Pero este, sin embargo, vertedero de todas mis frustraciones —y no se me ocurre nada más personal que eso—, parece que va a perdurar. Hasta ya me hace gracia, para ser sincero. Así que, aunque en su momento lo publiqué en la bitácora que entonces tenía abierta (encefalogramaplano), hoy haré un pequeño repaso de la experiencia. Sirva a modo de backup de mi cada vez más fallida memoria. También porque no he perdido la esperanza de que algún fotógrafo de Magnum [Web] vea mi trabajo y me pida que trabaje para ellos. O, tal vez, que los de Lonely Planet [Web] me ofrezcan unirme a recorrer mundo y contar mi peripecias. Tampoco quiero descartar que sirva para que dentro de diez mil años, algo parecido a un arqueólogo cibernético cuando la raza regrese a la Tierra, sus orígenes, descubra este rincón y concluya que los terrícolas éramos una panda de brutos pedantes que nos enrollábamos en exceso. En el peor de los casos que sirva, si nada de lo anterior cristaliza, para recordarme, en el otoño de mi vida —si llego—, tal vez cuando mi memoria flaquee tanto que no recuerde si he comido ya o aún tengo que cocinar el almuerzo, para recordarme que una vez visité una isla maravillosa de nombre La Palma. En realidad dos veces.

Casetas para cambiarse


La primera vez fue en 1995 —¿o en el 96?—, tenía 15 años menos, y pesaba unos 76 o 78 kilos. Fui de la mano de mi tío Rafa para recorrer la Ruta de los Volcanes [la última que aparece en Tourlapalma.com; aunque nosotros empezamos desde más atrás (recorrimos/ascendimos más)]. Ya entonces lo sedentario me atraía más que lo activo y acabé reventado. Guardo muy buenos recuerdos de aquel paseo agotador, con noche al raso bajo lluvia, truenos y relámpagos, pero no los negativos de las fotografías que saqué. Los negativos se perdieron. Conservo, eso sí, las primeras copias impresas que algún día tendré que digitalizar para garantizar que se conserva alguna instantánea. Sigo manteniendo la ilusión de repetir la caminata con mi tío.

La segunda vez que fui ya estábamos a mediados de 2006, acababa de casarme con la mujer de mi vida —al menos hasta el momento de escribir esto— y ya pesaba yo entre 90 y 92 kilos. El peso es importante porque a) si hacemos caso al dicho que causaliza la gordura partiendo de la felicidad, era uno de los tipos más felices del mundo (exactamente a kilo y medio de incremento de felicidad por año); y b) porque el sobrepeso limita mucho lo que puedes hacer. Que se lo cuenten a mis rodillas. De todas formas era nuestro viaje de bodas, regalo de mi familia, y tampoco teníamos pensamiento de hacer una caminata como la que yo hice la primera vez que fui. Nos movimos en coche y visitamos todos los rincones que pudimos y nos dio tiempo. Quedaron algunas caminatas que nos apetecía hacer, pero mantenemos la esperanza de volver para completar lo inconcluso.

El viaje a La Palma de 2006 tuvo el sabor de la improvisación. Nosotros no teníamos dinero para viajar. El poco que habíamos ahorrado decidimos dedicarlo a terminar de amueblar la casa. (O de avanzar, porque uno acaba descubriendo que no se termina nunca de amueblar completamente la casa.) Y decidimos, por eso de ser distintos, que a nuestra boda no irían más que los allegados. (No hay diferencia apreciable entre «muy» y «no muy»; se es allegado o no.) Nada de lista de bodas, tampoco. Queríamos que quienes fueran se sintiese libres de ir. Sin compromisos. En la celebración, aquel que quisiera acompañarnos en la pequeña cena que tomaríamos, lo haría sabiendo que cada uno se pagaba lo suyo. Ese era cuanto dinero tenían que dejar, por lo que no ganamos nada con el evento. Y no queríamos. Así de sencilla planificamos nuestra boda. Y, a falta de lista, mi familia materna se descolgó por sorpresa con una semana en La Palma como regalo de bodas. Veinticuatro horas después de dar el «sí, quiero» estábamos dejando las maletas en nuestra habitación de La Hacienda de San Jorge [Web del hotel]. Un hotel que, para ser de tres estrellas, el personal nos hizo sentir como si estuviéramos en uno de cinco. O, dicho de otra forma, habiendo después disfrutado de un fin de semana en el H10 de Meloneras, de súper lujo pijo, sigo prefiriendo el de La Palma. ¿De qué me sirve que cambien las sábanas todos los días si luego es todo frío, sintético e impersonal?

Navegando bajo el Sol


Además de la Ruta de los Volcanes, que yo sí hice una década antes, y de Marcos y Corderos, que decidimos dejar para otra ocasión, nos quedó pena de no llegar temprano para bajar a La Caldera de Taburiente. Fuimos, pero el día estaba demasiado caluroso como para empezarla cuando llegamos. Éste también deberemos hacerlo en el próximo viaje. Asumiendo que habrá que madrugar mucho. Sin embargo tuve muchísima suerte. Pudimos ver muchos rincones increíbles de la isla, independientemente de que destaque lo que no llegamos a ver. Pero cuando llegamos lo primero que hice fue acercarme a una oficina de turismo y preguntar si había la posibilidad de visitar el observatorio del Roque de los Muchachos. No tenía esperanza, pero nunca se sabe. Pues, precisamente y contra todo pronóstico, el sábado que nos volvíamos de La Palma había jornada de puertas abiertas y aún quedaban plazas. Y sólo se organizaban ese año cuatro jornadas. También era suerte que llegásemos para aprovechar justo la última. No me voy a extender con lo genial que estuvo la visita al observatorio, pero me sentía como un niño pequeño. Creo que de siempre había tenido ganas de entrar en un sitio de esos donde se hace ciencia de verdad, donde se indaga y se busca descubrir la verdad sobre el universo. Para no aburrir mucho con este tema, concluir que la visita la Observatorio Astronómico del Roque de Los Muchachos [Web del Astrofísico de Canarias] el día que nos volvíamos fue la guinda al tremendo pastel que supuso la estancia en esa magnífica isla, llena de rincones increíbles que merecen muchísimo la pena visitar. Una semana no es tiempo suficiente para disfrutarlos todos.

La Palma es una isla fantástica que nos recuerda y demuestra que no es necesario recorrer miles de kilómetros para descubrir rincones cargados de naturaleza y de paisajes de fotografía. La Palma es un sitio que todos deberíamos saber disfrutar más y apreciar mejor. Volveré. Seguro. Y, si puedo, vuelvo al astrofísico. De hecho parece que ahora hay más posibilidades de visitarlo durante el verano. El año que viene.

jueves, 22 de julio de 2010

Miami y Everglades - Florida

En el anterior capítulo de la saga de Florira [El Centro Espacial Kennedy - Orlando], comenté que la visita a Cabo Cañaveral fue la mejor experiencia del viaje de dos semanas que hicimos mi mujer y yo con una pareja de amigos a Florida a finales de septiembre del año pasado. Visitar el centro espacial fue una ruptura a la monotonía de los parques de atracciones de Disney y Universal [Los parques de atracciones en Orlando] y a la sobredosis de outlets y centros comerciales [Jet Lag prorrateado] que predominaron en el día a día de esas dos semanas.

La otra actividad diferente se planteó en la visita a Miami y recogiendo la única condición que puse para viajar a Florida: visitar el Parque Nacional de los Everglades [@ Wikipedia]. Dada la escasez de parques naturales de estas características en la isla donde vivo, me atraía muchísimo dar una gran caminata por esos parajes. Al fin y al cabo, si uno se gasta una pasta en viajar, al menos que sea para vivir experiencias distintas a las que puede encontrar en su sitio habitual de estancia. Y por muy impresionantes que sean los centros comerciales en EEUU, en Gran Canaria también los hay.

Distrito Art DecóLa visita a Miami fue fugaz. Aprovechamos para ver a familiares, sub-rama que emigró a cuba hace un siglo y de allí saltó a EEUU y que hay en el árbol familiar de mi mujer, y como lanzadera para ir frescos al día siguiente tempranito a los Everglades, lo que yo más deseaba de este viaje. Pasamos noche en Ocean's Drive, calle de apenas unos pocos cientos de metros que se tarda una hora en cruzar en coche por la tarde y por la noche porque está llena de gente buscando gente. Un sitio horrible. Lo positivo es que el hotel en el que pasamos noche, pese a que la primera habitación que nos dieron estaba plagada de cucarachas, resultó ser muy cómodo y agradable, con el estilo típico del distrito en el que se ubica: El Distrito Art Decó. Además, pertenece a Gloria Estefan [Cardozo Hotel] y ya nadie podrá negarme nunca que pasé la noche en la cama de la afamada cantante. Al menos en una de ellas. Otra cosa bien distinta es que la pasara, además, con ella. Esos son detalles sin importancia. Aunque, para mi gusto, la pasé con una persona que me gusta más: mi mujer.

El Distrito Art Decó [@ Wikipedia], también zona de marcha importante de South Beach, como decía antes, resultó muy pintoresco. Para mi gusto muy mal tratado, porque había bastante suciedad y los edificios daban muestra de decadencia. O tal vez este fuera el atractivo que no supe apreciar. Dicho distrito, además, está a pie de playa. Playa a priori impresionante, por la blancura de sus arenas, pero yo he vivido toda mi vida en una isla llena de playas con encanto. No valoro igual ese tesoro teniendo mi propia riqueza. Supongo que para alguien que haya crecido toda su vida en una meseta, alejado de costas y playas, será lo más fantástico del mundo mundial y alucinará con la playa de South Beach. No fue mi caso. Yo no necesito cruzar el Atlántico para eso. Eso sin contar que todas las mujeres que hay en Miami tienen silicona en las tetas. ¿Se puede ser más sintético en la vida? Me quedo con las féminas autóctonas de canarias, más naturales, pese a su peculiar forma de hablar tendente al poligonismo. Siempre que mi mujer ande mirando para otro lado, claro.

Pero antes de llegar al hotel paramos a comernos una frita en Calle 8, el reducto —más bien una colonia en toda regla— cubano. La calle en sí es enorme —de hecho conduce, en línea recta, y sin percatarte de cambios significativos, a la carretera 41 que cruza el estado de costa a costa—, aunque la zona típica es algo más reducida. Allí paramos a comer una especia de hamburguesa típica que Luis me había recomendado probar. Sin lugar a dudas muy buena. Pero fue lo único interesante del lugar. Por lo demás, la Calle 8 tampoco me pareció gran cosa. Cierto que uno es poco impresionable, pero es que calles sucias, desatendidas, con pintadas y etnias específicas, las hay en todas partes. En Las Palmas, por ejemplo, tenemos la calle de la Naval, que me pase ahora a la memoria.

Coquetería canina en Miami

Resumiendo, Miami no me pareció tampoco un sitio destacable. Ni recomendable para ir de vacaciones. Los pocos edificios grandes que hay en South Beach ofrecen una buena instantánea. Si encuentras un buen lugar desde el que poder fotografiarlos. Mejor de noche. Por lo demás no supe encontrarle el encanto. Y adolece del mismo mal que Orlando: no te puedes mover por la ciudad sin coche. Además, ignoré el paseo en barco para ver las casas de las estrellas. Supuestamente la otra gran atracción de Miami. La idolatría a famosillos de medio pelo me trae un poco sin cuidado. Por mí como si se los comen los aligatores. O los abducen extraterrestres deseosos de practicar exploraciones rectales con ellos.

Lo único realmente destacable de aquel día fue la visita a los familiares. Impresionante el trato que nos dieron y la cena en el restaurante típico cubano al que nos llevaron. Siendo unos completos desconocidos me hicieron sentir como familia de toda la vida. Estuvimos hasta las tantas charlando. Fueron cinco horas geniales. En tan poco tiempo conseguimos disfrutar más de lo que pudimos disfrutar sumando la mayor parte de los días que estuvimos en Orlando (quitando la visita a Cabo Cañaveral, claro). Nos quedó pena de no haberlo programado de otra forma y no poder quedarnos unos días con ellos. Ya teníamos pareja para el baile. Ha quedado pendiente una visita más larga y mejor programada para disfrutar con ellos más tiempo. Esperemos no tardar mucho en cumplir la palabra.

Tal vez en esta nueva visita consiga visitar los Everglades como yo quería. Y llegarnos a Cayo Largo y recorrer las impresionantes autopistas sobre el mar que se ven en la película Mentiras arriesgadas [@ FilmAffinity]. ¿O esas salían en otra película?

Entre lo que mi imaginación daba por hecho que sería la visita a los Everglades y lo que fue, hubo una grandísima diferencia. Casi un salto cósmico, me atrevería a afirmar. Para empezar, yo me imaginaba caminando por los caminos que me había referido el amigo Luis en sus crónicas, guiado por un ranger. Segundo, que sería una paseo sin límite de tiempo. A nuestra bola, comiendo en algún chiringuito de la zona, como me había señalado sulaco [Distorsiones]. Ni lo uno ni lo otro. Paseo larguísimo en guagua con una conductora que no paraba de cacarear cosas sobre la ciudad y concertado desde el mismo Miami. Un show mediatizado, manido y remanido, con cocodrilo domesticado. Pagar por cada foto que te haces con un bicho y la posibilidad de comer una hamburguesa de carne de cocodrilo. Eso sí, con tiempo límite porque la guagua no esperaba. No creo que llegara a estar más de dos horas en el lugar antes de volver a Miami. Vamos, ni color con lo que mi imaginación esperaba que fuera la experiencia. Yo deseaba algo al estilo de lo que te cuentan en la web de Miami [Everglades para turistas]. Eso sí, el paseo en el bote aéreo fue cojonudo. Aunque corto.

El show del ranger y el cocodrilo

Con el capítulo de hoy doy por finalizada las avenencias y desavenencias del viaje a Florida en el que nos embarcamos hace ya casi diez meses y del que, para mi desgracia, traje las maletas llenas —pagando incluso cien dólares de sobrepeso por ello— de malas experiencias. Sin embargo creo que, con otro planteamiento de base, la experiencia de Florida podría haber sido una gran experiencia y no un gasto compartido a medias como resultó ser. Una pena. Pero es lo que tiene viajar con gente que no comparte tus mismas inquietudes y tus mismos anhelos. Aunque todo esto ya es agua pasada y ha acabado importándome poco, tras todos estos meses.

En cualquier caso, el acercamiento a la familia de mi mujer nos permite que en el futuro dispongamos de una base de operaciones desde la que poder replantear la experiencia a vivir en ese estado. Aunque, dado el gran mundo que hay que ver, y el poco tiempo que nos toca vivir, no tengo yo muy claro que pise esa tierra nuevamente más que de paso a algún otro destino de ese país que ha venido en autoproclarmar a su presidente el hombre más poderoso del mundo… Ya les vale. Para eso y para —a ver si esa vez sí que sí— pasear a mi gusto por los Everglades y pelearme con un cocodrilo como hiciera el Tarzan de mi niñez, que con taparrabos y mucha mala baba en blanco y negro acuchillaba al pobre bicho sin piedad.

jueves, 24 de junio de 2010

El Centro Espacial Kennedy - Orlando

Desde niño siempre he sentido fascinación por el espacio. No. Debería corregir la preposición y el tiempo verbal y decir «de niño sentí» fascinación por el espacio. Era la fascinación derivada de la visión y propuesta hollywoodense. O sea, naves espaciales, pequeñas, grandes y de dimensiones planetarias, batallas entre naves incorrecta y excesivamente sonoras a velocidades de vértigo, clases de esgrima fundamentadas en una física extraña, héroes enfrentados a monstruos y monstruos interdimensionales imposiblemente hambrientos, robots con muy mala leche y más listos que el hambre y que muchos humanos, robots más tontos e inútiles que una piedra, inteligencias artificiales con una nave como cuerpo, extraterrestres milimétricamente idénticos a los terrícolas o con parecidos carnalmente sospechosos, agujeros negros que conducían a universos infernales, y, en definitiva, fenómenos cósmicos inciertos que argumentaban y justificaban dos horas de cinefilia abnegada. En fin, que me fascinaba todo lo que el espacio imposible podía ofrecer a una imaginación calenturienta y flexible como la que yo tuve en el rango de edades de un dígito y en buena parte de los comienzos de los dos dígitos.

Aunque la edad disminuye muchas cosas, entre ellas la inquietud y disfrute por y con la ciencia ficción (a veces desmedida), mi abuelo consiguió inculcarme cierto interés por el espacio en su vertiente científica y casi anónima. Anónima, al menos, para el que no esté realmente interesado en el cuerpo de esta ciencia. A mi abuelo lo perdí bastante joven, así que su afición por una ciencia silenciosa, de espera paciente y de memoria prodigiosa, no tuvo tiempo de competir con los apabullantes efectos especiales de corte millonario, primero, ni con la sobredosis hormonal, después. Creo que de haber tenido un corazón más fuerte —no se puede decir que llevase una vida especialmente insana—, habría conseguido vencer buena parte de esa dejadez que predomina sobre todo lo que me atrae. No es falta de curiosidad, que de eso tengo en dosis imposibles. Es gandulitis crónica, como bien decía mi madre mientras viví bajo su techo y como yo mismo no dejo de repetir en mis infrecuentes entradas. Nunca haré el esfuerzo de memorizar los nombres de las estrellas ni de la arquitectura de las constelaciones. Mi abuelo sí conocía la mayoría de ellas.

Pero supongo que algo de esa intención debió quedar enterrada. Algo así como un rumor sordo. Porque cada vez que tengo la oportunidad, que no son muchas, me acerco a los lugares de culto, allí donde hombres y mujeres de verdad, muchos de ellos incluso permanecerán en el anonimato eternamente, hicieron, hacen y harán ciencia y, con suerte y fortuna, historia. En el viaje de novios a La Palma, disfruté como un niño de uno de los poquísimos días de «puertas abiertas» que al año ofrece el Observatorio del Roque de los Muchachos y de la oportunidad de conocer, de primerísima mano, lo que allí se hacía y a los jóvenes, la gran mayoría, que hacían una vida en un reducto aislado. Vida que a mí se me antojaba interesantísima, pues, en el fondo, siempre he anhelado y envidiado la posibilidad de dedicarme a la investigación. Morirme de hambre, sí, y posiblemente virgen, también, pero disfrutando de la búsqueda del conocimiento.

El astronauta perenne

Ya de entrada, y con la perspectiva del viaje a realizar, lo que más me atraía de la oferta lúdica de Orlando era acercarme a Cabo Cañaveral y visitar el Centro Espacial Kennedy [web oficial]. Retrospectivamente, es lo único (salvando algunos pequeños detalles de la visita a Miami) que mereció la pena del viaje. De verdad, de las dos semanas que estuvimos en esa dichosa ciudad —más bien no-ciudad—, el único día que se puede decir que fui feliz fue el día que visité el Centro Espacial Kennedy y vi, aunque todo muy orientado al espectáculo, los sitios reales donde hombres y mujeres de verdad escribieron capítulos de la historia de la humanidad. Visitamos la sala (una de ellas) donde se hizo el seguimiento de alguno de los Apollo enviados a la Luna. Vimos el interior de un transbordador de verdad. Subimos a una de las torres (si a eso se le podía llamar torre) desde la que se supervisaba el lanzamiento de algún cohete. En fin, que lo que allí vi era todo de verdad. En un sentido de realidad intangible diferente y genuino, pues ya se sabe que el cartón piedra y el plástico de los parques de atracciones también existen en esta realidad física que nos circunscribe. Todo estaba allí en una función trascendente muy distante y diferente en proposición, ajena a y de turistas ávidos, del entretenimiento lúdico que bañaba el resto de actividades de la región. En las pocas horas que estuve allí, creo que rejuvenecí quince o veinte años. Imposible de aspecto, pero sí de ánimo. Me sentía como un niño pequeño lleno de ilusión en aquel rincón del mundo mirando con ávida curiosidad todos los cachivaches que allí había colgados o aparcados, como el módulo lunar que tenían en mitad del la nave-almacén destinada a los visitantes.

Cierto que todo estaba filtrado y destilado, a veces hasta la saciedad, el aburrimiento y el empalago, por la mano de la mercadotecnia. Lo que a mi gusto le restaba mucho a la experiencia, pero había una diferencia sustancial, casi abismal, entre saber que dentro de aquella colorida corteza de gomaespuma y materiales sintéticos había un tipo, posiblemente una suerte de becario que malvivía con los pocos dólares que ganaba agitando esa piel tan atractiva para los niños y para aquellos adultos con poco atisbo de inquietud cognitiva, y saber a ciencia cierta que tras una de aquellas tantas puertas que había en todos los edificios del complejo espacial había gente haciendo un trabajo destinado a responder preguntas, a controlar instrumentos de los que depende otras vidas y, en general, a contribuir, granito a granito, a engrandecernos como especie enriqueciendo nuestro conocimiento y saber sobre el cosmos. Si alguno no es capaz de percibir la diferencia, entonces, le recomiendo encarecidamente que siga recurriendo a las revistas del corazón y los programas del marujeo para seguir sustentando su, diría, inexistente existencia. Pero yo sí soy capaz de entender la diferencia, abismal, cósmica, entre un modelo de entretenimiento y otro. Pero como muchas otras, esa capacidad reside en el cerebro. A veces más, a veces menos, desarrollado.

Retrospectivamente hablando, repito, la visita al Centro Espacial Kennedy es lo único que podría justificar un viaje de veinticuatro horas de ida y otras tantas de vuelta. Por desgracia no lo suficiente como para olvidar y rectificar el resto de las vivencias y experiencias mediocres, insustanciales y —en algunos momentos incluso— detestables que tuve que vivir o sufrir. Pero si en alguna ocasión tuviese oportunidad —u obligación— de pasar por esa zona, volvería a visitar el Centro Espacial Kennedy. Incluso me plantearía el poder compartir comida con un astronauta, para lo que hay que pedir cita previa. Aunque dudo que yo vuelva a tener esa oportunidad, sí recomendaría a todos que intentaran disfrutarla. Un viaje bien programado, que busque aprovechar lo exclusivo que nos pueda ofrecer la zona y no tanto mimetizar el estilo de vida norteamericano, debería —casi por obligación, por deuda moral con la gente que escribió allí la historia— pasar por Cabo Cañaveral y por el Centro de Visitantes del Centro Espacial Kennedy.

En mi caso hubiera sido perfecto si, además, hubiese podido visitarlo con mi abuelo. Creo que a él también le hubiese gustado. Pero aún con su ausencia de forma presente, y acompañado por una de las personas más importantes de mi vida, mi mujer, la visita fue fantástica.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Los parques de atracciones en Orlando

Haca un mes rompía el silencio sobre el último viaje que he realizado hasta la fecha, las dos semanas que pasamos en Florida a finales de septiembre del año pasado, y comentaba una serie de impresiones que traje conmigo. Esto fue una visión más o menos general.

Mickey en Disney's Hollywood StudiosHoy, por eso de hacer algo más variado el contenido de este mi pequeño rincón para la búsqueda de la trascendencia personal, ahondaré un poco más en el tema y me centraré en los parques de atracciones de Orlando. Orlando es una ciudad construida por y para los parques de atracciones. El que diga lo contrario miente como un bellaco. Y he descubierto que lo mío no es andar de parques de atracciones. Es más, me parece una de las formas más absurdas de pasar el tiempo. Desde luego, lo que se dice divertido, no lo es tanto. O, al menos desde mi punto de vista, la cantidad de minutos que pasas divirtiéndote no compensa la cantidad de minutos que pasas no divirtiéndote. Creo que puedes considerarte verdaderamente afortunado si consigues que, por cada diez minutos que pasas cociéndote bajo el sol, sudando mientras esperas a que la cola avance la millonésima parte de un milímetro o, directamente, viéndote arrollado por multitudes de gente, logras disfrutar uno. Porque esa es, más o menos, la relación de tiempo entre lo que hay y lo que no hay. Yo creo que es un problema de percepción sensitiva el negarnos a confirmar que es así, pero estoy completamente seguro de haber pasado más tiempo en colas, caminando de un sitio a otro, pasando calor en definitiva, que disfrutando de una atracción en concreto. La media de duración de las atracciones como montañas rusas y «zarandeo en general» era de apenas un minuto, si llegaba. Y la de atracciones tipo espectáculo, de unos cinco o diez minutos. Hacer una cola de cuarenta minutos —porque tuvimos suerte que no fuimos en temorada alta, cuando hay que esperar hasta casi dos horas para entrar— o hacer tiempo caminando y dando vueltas de un sitio a otro, sumando varios kilómetros andados al final del día, creo que no compensa la brevísima duración de aquello a lo que acudes para divertirte. Cuando te divierte. Porque hay veces que ni eso. En realidad casi todas las veces no te diviertes. La mayoría de los espectáculos que vi no consiguieron despertar en mí un gran interés, la verdad. Es más que probable que eso haya que achacarlo, al menos en parte, a mi deficiencia a la hora de defenderme con el inglés. Idioma bastante bárbaro, por cierto.

Un AT-AT en mitad del parqueEn dos semanas que íbamos a estar, decidimos que la mitad del tiempo la dedicaríamos a los parques de atracciones. Hasta este viaje nunca había hecho ni programado un viaje orientado a los parques de atracciones. De hecho, siquiera había estado en un parque de atracciones el tiempo suficiente como para hacerme una idea clara de qué iba esto. A lo más que había llegado es a visitar el parque de atracciones de Madrid con los amigos y sus hijos para que fueran estos últimos los que se divirtieran montándose en las atracciones. Nunca había hecho un viaje —ni planes— siendo yo el que tendría que disfrutar con las visitas a los parques. Pero allí estaba y ese era el plan.

De los casi tres billones de parques de atracciones —abuso de la confianza del lector con mi tendencia a exagerar, obvio— que hay en Orlando, descartamos todos los acuáticos. Lo que nos dejaba una cantidad bastante más limitada, pero que sumando todos los alternativos, por llamarlos de alguna forma, aún se hacían muchos para el tiempo que habíamos decidido dedicar a este menester. Así que hicimos lo que hace todo el mundo: Ir a los parques de atracciones oficiales o más conocidos, tanto de la factoría Disney como de los estudios Universal. En total, seis parques de atracciones. Cuatro de Disney y dos de Universal. Y, salvando alguna más que honrosa experiencia «que sí que vale que me lo pasé bien» puntual y que francamente no merece ni la pena tener en cuenta por lo fortuito y extraño del fenómeno, mi sensación residual es que fueron seis días tirados por el retrete. Completamente. El dictamen final es que desperdiciar esos seis días no solo no me enriquecieron sino que, a la larga, me empobrecieron como ser humano. Horrible.

Fuegos artificiales Magic Kingdom


De lo que comentaba en la entrada del mes pasado sobre esa sensación de que todo resultaba artificial, fue en los parques donde más me embadurnó esa forma de ver lo que estaba viviendo. Por ejemplo, en el Animal Kingdom, pese a los animales de verdad y ser en buena parte un zoológico, me inundaba, casi me ahogaba, esa sensación de que era un espacio para el conformismo o para la cobardía. Conformismo de aquel que no puede ir a un entorno de verdad, tal vez Kenia, y recurre a este zoológico con toxinas de parque de atracciones para hacerse la ilusión de vivir la experiencia de un safari. O que es demasiado cobarde para ir a Kenia y apenas se asoma al bordillo del acantilado. Era todo tan falso, que no podía sentir más que pena por aquellos que parecían estar pasándoselo bien. ¿Tal vez se estaban negando a sí mismos experiencias más reales, más vívidas? Animal Kingdom fue, con diferencia, el peor de los parques de atracciones que vimos en ese tiempo. El Epcot Center fue, tal vez, el mejor, hasta que te adentras en el World Showcase o como le llamen. Una suerte de Expo desvirtuada y ridícula donde, supuestamente, tocaba visitar los pabellones de los países participantes y donde, con suerte, podías farfullar una especie de «oh, vaya» enarcando una ceja e intentando que no se notara mucho que estabas fingiendo sorpresa. Uno detrás de otro todos fueron por un estilo. Casi patético.

Tal vez resulte tajante, pero es mi vida y es lo que cuenta. Visitar Orlando por sus parques de atracciones fue una experiencia absurda que no me aportó nada de nada. Salvo la visita de Cabo Cañaveral. Pero eso lo contaré más adelante. Cada una de las visitas servía únicamente para reforzar esa sensación de hastío que me producía tanta vivencia sintética. Y, sin embargo, parecía que había gente que sí que se divertía. ¿No será entonces que soy yo el raro? Séalo o no, está claro que la integridad física de aquel que me mencione la idea de viajar a un parque de atracciones puede correr serio peligro. O, lo que es peor, lo puede correr su integridad psíquica. Se arriesga a que le detalle, una por una, las peores vivencias que he tenido en el viaje a Florida. A menos que seas masoquista, o un lector concienzudo de esta entrada, en particular, y del blog en general, es algo que no te recomendaría.

Orlando es para padres con niños. Padres que no tengan miedo al hastío profundo y que sean capaces de ilusionarse con la ilusión vivida por sus hijos. Y niños lo suficientemente pequeños como para no desarrollar un criterio propio, amén de ser lo suficientemente grandes como para aún tragarse e identificar el sentimiento abstracto de ver a sus personajes favoritos. También sería apto para adultos sin capacidad crítica. De esos, lástima, los hay muchos. Para los demás, creo que es muchísimo más apasionante apuntarse a una ONG. O a un torneo de dardos. Seguro que menos artificial resultará todo.

lunes, 12 de abril de 2010

Impresiones imprecisas de Orlando

Parece mentira, y por más que uno no haga otra cosa que repetírselo en infinitas ocasiones, el tiempo pasa con una celeridad pasmosa. Tengo la sensación de que fue ayer cuando volvía de Orlando con un cabreo considerable convencido de que había sido el peor viaje de mi vida. Aclaro que en mi vida no he alcanzado a viajar mucho, pero ya hacen falta dedos de ambas manos para contarlos, por lo que me considero capacitado —creo— para construir con ellos una escala cualitativa; sin esconder que a veces también con intenciones cuantitativas. Dicho lo cual, sitúo el viaje a Orlando como el peor hasta el momento. Lo relativamente bueno de tener un «peor viaje» es que a partir de ahí, los siguientes los podrás comparar con éste. Tengo la esperanza de seguir viajando en el futuro y la confianza de que ninguno sea peor, ni comparable, con el viaje a Orlando. Parte de mis quejas ya se pudieron intuir en la entrada que publiqué nada más llegar, Jet Lag prorrateado, por lo que no voy a profundizar más en el asunto ni seguir metiendo el dedo en la llaga; aunque los recuerdos de las vivencias me empujan a desear meterle el brazo por el ano a más de uno.

Empezaba diciendo que parecía mentira, pero hace ya medio año que volví de pasar dos semanas en Florida. Y, repito, tengo la sensación de que sucedió ayer. Pero lo cierto es que la memoria es engañosa y las vivencias y sensaciones se van desdibujando, emborronando. Tal vez gracias a eso, las asperezas se van limando con el tiempo, y lo que te pareció tan terrible entonces ahora no deja de ser una anécdota más del viaje. Pero con lo bueno también pasa lo mismo. Así que, antes de que degenere completamente mi cerebro, quería trasladar algunas de las cosas que me sorprendieron del viaje en su conjunto, de Orlando en particular, y de Florida en general. Buenas y malas. E intentaré hacerlo en orden cualitativo en función de cuánto me llamó la atención.

La primera cosa que me llamó mucho la atención, con diferencia, fue la cantidad de gente mayor que trabajaba. Cuando digo mayor no me refiero a gente de cuarenta y cinco años hasta la edad de jubilación. Hablo de gente vieja, muy vieja. Gente que, normalmente, deberías y esperarías ver sentada en su mecedora esperando la visita de sus nietos. Abuelos y abuelas, vamos. «Tragicómico» es una palabra poderosa que, sin embargo, se tiende a asociar más la parte cómica que con la trágica. Así que, para evitar despistes en este punto, diré que si al principio era curioso, casi cómico, ver a los abuelos servirte en los restaurantes o recoger las papeleras, me resultó terrible, trágico, dramático incluso, ver a un vieja de ochenta y tantos años, completamente encorvada y sin apenas poder subir los brazos —¿problemas en los manguitos de los rotadores?— sirviéndote la ensalada. A mí, al menos, que me considero hasta cierto punto empático, se me rompía el alma viendo a aquella mujer. ¿Qué empuja a estas personas a necesitar trabajar a estas edades? ¿Qué sistema inhumano permite que se produzca? ¿De que sirve que un país se enriquezca aumentando su PIB constantemente si no es capaz de garantizar una vejez digna y despreocupada a los veteranos de esa sociedad? ¿Será este el futuro que nos espere cuando lleguemos a esas edades? ¿O, por el contrario, es una forma de hacer que se sienta útiles? Dudo esto último. Terrible.

También los peces mueren allí donde los sueños se hacen realidad - Orlando - Florida


Todo se mide en otra escala. Todo es grande. Incluso inmenso. Los coches, las casas, las garrafas de té (el té verde también se vendía en garrafas de un galón y pico —aproximadamente cinco litros—), los paquetes de carne o embutidos, las distancias, el número de carriles en la calzada. De todo lo había en tamaño gigantesco y/o descomunal. Recuerdo ver solamente una vez, en el día que pasé en Miami, un coche pequeño, tipo el Toyota Yaris, porque hasta el Yaris en versión norteamericana es monstruosamente grande. Hasta los bichos venían en tamaño extra grande.

Aunque claro está anduve por una zona netamente turística —el parque de atracciones de EEUU, le dicen—, la gente por lo general te respondía siempre de forma agradable. Claro que de ello dependía las propinas. La única pega eran los conversos. Esos son los peores que hay. En todas la épocas, sociedades o religiones, lo pero será siempre topar con un converso. Aunque te viesen con dificultades para expresarte en inglés, y ellos supiesen español, no te ayudaban hablándote en tu lengua. Eso pasó en una gasolinera y en una tienda. Sin embargo era muy gracioso ver cómo gente nativa, con un dominio escaso de la lengua de Cervantes, intentaban explicarte las cosas y ayudarte. O molestarse en ir a la cocina y traerte alguien que sí hablase español.

Las propinas se usan para todo y para todos. En cualquier sitio es habitual que te agradezcan una propina. Incluso los hay que ya lo adelantan con algún cartelillo gracioso en el que se pueda leer algo del estilo «las propinas serán bien recibidas». Y en cualquier restaurante, cuando ya no te lo han cobrado previamente, te dejan que decidas tú la cantidad que vas a dejar de propina. Rara vez aceptan menos de un 10 o 15%. Salvo que tengas claro que no vas a volver al sitio y te de igual que te escupan en el plato o claven alfileres en algún muñeco vudú con tu cara.

El guía currándose la propina


Empleando el razonamiento inductivo, si éste negro de dos por dos es un agente del sheriff y si éste negro de dos por dos es un agente del sheriff, entonces todos los agentes del sheriff son negros de dos por dos. Vi unos cuantos agentes y había una constante. Todos era negros, altos y con unos brazos como jamones. Por deducción, si eras negro y alto, eras agente del sheriff. Imponían. Te quitaban las ganas de pensar, siquiera, en cosas sucias. La primera noche, buscando un 7-Eleven nos metimos en una gasolinera y había tres coches del sheriff. Los agentes estaban fuera hablando. La imagen era de estampa y estuve tentado de sacarles una foto. A lo que el resto me interpeló con algo así como «¡tú estás loco!». Así que seguimos nuestro camino agachando la cabeza y con sensación de culpabilidad por algún delito que tuviste que haber cometido en nuestra infancia. Tanto imponen. Te miran, enarcan una ceja y tú, inmediatamente te dices de forma atropellada «¡lo sabe! ¡le robé a mi madre cinco pesetas para bolas de chicles cuando tenía ocho años!».

Por las distancias tan grandes (dicho hace un par de párrafos), sin coche no eres nadie y buena parte de la vida se hará dentro de él. Sabiendo esto, y habiendo vivido en Las Palmas toda mi vida, y en Madrid durante unos meses, me sorprendió que la gente fuese bastante educada en la carretera. Rara vez vi a alguien ir más rápido de lo estipulado por ley, hacer alguna maniobra brusca que te perjudicara y, en general, todo el mundo mantenía la distancia mínima con el coche siguiente. Claro que, de no hacerlo, te veías al coche del sheriff deteniéndolo y a un negro enorme (leer párrafo anterior), con la mano apoyada en la culata de la pistola, acercarse al coche. De estar en esa situación, ese hubiera sido el momento adecuado en el que cagar hasta la primera leche materna.

La cantidad de anuncios que ponen en las cadenas de televisión es irritante. Apenas vi televisión, pero cuando veías algo, era completamente normal que se interrumpiese cada diez minutos para meterte veinte de publicidad. Y los canales de habla hispana eran para darle de comer aparte. Había una serie de anuncios machacones y risibles contándote que según las leyes de La Florida si sufrías un accidente de tráfico tenías derecho a una indemnización de hasta diez mil dólares. Esos anuncios y la cantidad de abogados hispanohablantes ofreciendo sus servicios eran la tónica. Sin embargo la televisión era un medio perfecto para saber que en un mismo lugar coexistían dos culturas completamente distintas. Por lo que ponían sabías diferenciarlos. En los pocos canales hispanos abundaban programas tipo reality en las que dos tipas se peleaban por un macho gritándose palabras tan raras como «piqui», o de corte religioso que, junto a los anuncios ya mencionados, daban cuenta de la escala intelectual de los telespectadores que optaban por ellos.

Hay más. Muchas más anécdotas que, sin embargo, creo que ya ni merecen la pena ser mencionadas y, aún menos, recordadas. Quitando la de los parques de atracciones, que esas las dejaré para otro momento. Sin ser estas últimas, creo que he elegido un grupo aceptable con el que aburrir al casual lector y que me servirán a mí, tal vez dentro de uno, dos, diez años, si sobrevivo al transcurrir de tanto tiempo, como recordatorio general de lo que viví y experimenté. Pero aún me queda una más que sí quería contar.

Limusina para las madonnas


Había dicho que las iba a colocar en cierto orden desde lo que más me llamó la atención a lo que menos. Sin embargo he reservado para el final, siendo tal vez la más importante y parcial motivo de que mi valoración del viaje fuese tan mala, una sensación de la que no fui consciente hasta haber vivido allí unos cuantos días. De un modo extraño se te iba introduciendo lentamente, calándote poco a poco. Algo que no se podría explicar con ejemplos concretos —alguno sí hubo—, ni señalar con el dedo, pero que estaba en todas partes; que lo impregnaba todo. Esa sensación era, más allá de la que puede producir estar fuera de tu casa, en un lugar que no conoces y eres un extraño, que todo, absolutamente todo, rezumaba falsedad. Esa falsedad que te da lo sintético, el plástico. Hasta el tiempo allí parecía artificial. Volví de Florida con la sensación de no haber vivido ninguna experiencia genuina, sino una forma refinada de existencia, marcada por y cargada de espectáculo, en la que nada era cierto y en la que predominaba el temor a mirar detrás del telón para no descubrir los espejos con los que se consigue la ilusión y perder con ello el encanto. Tal vez por ese miedo, todo el mundo caminaba como de puntillas en esa realidad virtual, queriendo no despertar al consciente que nos gritaría inmediatamente que todo aquello era falso. Que todo era cartón piedra, plástico y gomaespuma.

Siempre creí que mi primera visita a EEUU sería entrando por la ciudad de Nueva York. No fue así. Y la sensación que me quedó de esta primera visita a ese país ha sido bastante mala. Sé que no todo EEUU es así y que hay sitios que sí merece la pena visitar. Además de Nueva York, una de mis ilusiones es pasear por los parajes naturales de ese país: Yellowstone, El cañón del Colorado… Pero desde luego Orlando, tal vez por extensión Florida, es uno de los que no creo que vuelva a ver en mi vida.

sábado, 12 de diciembre de 2009

Sevilla en números

Después de casi cuatro meses desde que hicimos el viaje, he terminado de repasar y elegir las fotografías que he venido publicado, poquito a poco, en el álbum de flickr relativo a los días que pasamos en Sevilla. En total pasaron 152 fotografías. Menos si no eres familiar, motivo por el que reflejará una cantidad inferior. Lo que no está nada mal teniendo en cuenta que en cinco días y medio pulsé 580 veces el disparador, dejando que la cámara produjera su particular sonido de apertura y cierre del obturador. Es una relación, como digo, nada mala, pues significa que una de cada cuatro fotografías ha pasado la criba. Reconozco que no soy especialmente bueno criticando mis propias instantáneas. Primero porque no considero casi ninguna especialmente buena. Y segundo porque, dado que todas me parecen -y si parecen deberán serlo- mediocres, no consigo discriminar con acierto y reducir a un número especialmente pequeño. Lo que, como desventaja adicional, conlleva que aburriré a la gente cuando les presente el fotolibro del viaje, que de forma rutinaria llevo montando desde 2006 para cada viaje (o situación especialmente destacable), y que para la ocasión he optado por uno de 80 páginas. Sin olvidarnos que desde hace unos cuantos libros, me decanto por disponer una imagen por página, eso hace que de las 152 me quede con unas cuantas menos. Tampoco está mal. De cada seis o siete veces que sonó el obturador, una fotografía acabará en el fotolibro del viaje. Es un porcentaje más que aceptable.

Giralda desde el patio interior de la catedral¿Podría ser el número de fotografías elegidas un buen indicador de la satisfacción que produce un viaje? A nadie que me conozca, que haya leído el preámbulo tras la vuelta, o que, simplemente, me haya preguntado por mis experiencias en Florida, le sorprenderá que afirme, vehementemente si me obligan, que de los dos viajes realizados en 2009, el de Sevilla fue el mejor, con varios órdenes de magnitud de diferencia. En Sevilla no recordaba mi casa ni tenía ganas de volver. En Orlando no veía el momento de volver, pese al sufrimiento de 20 horas en vuelos que me separaban de mi hogar. Y esto se notó en las ganas que tenía de usar la cámara. En Sevilla siempre la tenía fuera, colgando del cuello. En Orlando, salvo en ocasiones muy puntuales, iba casi todo el tiempo en la mochila; que por cierto compré allí. Todo ello conduce a la inevitable apreciación de que hubo días en los que no hice una sola fotografía en Orlando. Aunque aún tengo que revisar cuántas disparé. Por tanto, repito la pregunta. O la modifico, porque es de suponer que una cosa es el abuso, el número de disparos, y otra el uso, las que llegarán a buen término: ¿Se podría aducir que el número de fotografías disparadas durante un viaje podría ser un buen indicador de lo bien que nos lo pasamos? Dando por afirmativa la respuesta a esta pregunta, diré que, por tanto, el ratio de fotografías tomadas por día fue de unas 100. Como curiosidad, eso vendrían a ser tres carretes de 36 fotografías de los de antes. Y, tomando las elegidas, serán unas 27 al día. ¿A alguien le parecen pocas imágenes por día?

Puente Reina Isabel II o de Triana - Sevilla

En cuanto a la dimensión monetaria, algo que ya adelanté en Jet Lag prorrateado, la métrica adecuada, si es que hubiera alguna, sería la de euros/día por persona, sin incluir las entradas a los sitios ni los gastos extraordinarios. Dicho lo anterior, veamos los gastos que entrarían en este capítulo:

  • Vuelos de ida y vuelta: 70 € cada uno
  • Cinco noches de hotel: 350 € (incluyendo desayuno)
  • Comer y cenar: aprox. 60 € de media por día (los dos)
  • Transporte público: 40 € (en total)

Sumemos: 70 x 2 + 350 + 60 x 5,5 + 40 = 860 €. Cantidad que habría que dividir entre dos y entre cinco días y medio. A saber: 860 / 2 / 5,5 dará aproximadamente 80 € persona/día. O sea, que vivir en Sevilla durante cinco días y medio suponía 80 € por cada uno. Recordemos: eso es lo que costaba sólo estar y moverse por Sevilla. Cada uno. O, dicho de otra forma, eso vendría siendo el precio base de estar en la ciudad. A lo que habría que sumar lo que se gaste cada uno de los días en otras actividades. Por ejemplo, uno de los días alquilamos un coche (70 € más 10 € de gasolina) para acercarnos a Itálica y a Carmona.

No recuerdo el precio de las entradas de los distintos sitios en los que entramos, pero creo recordar que no fue mucha la cantidad cuando tocó pagar ni fueron muchos los sitios en los que se exigía pago. Comentándolo con mi mujer creo que en total nos gastamos unos 40 €. Tal vez 50 €.

Iluminación nocturna de La Giralda - Sevilla

Resumiendo. En total nos gastamos unos 1000 €. 500 € cada uno. O sea, menos de 100 € al día cada uno. En un viaje que resultó ser genial en una ciudad que merece la pena visitar y disfrutar.

Siguiendo con la neura de los números. ¿Se podrán relacionar ambas magnitudes? No sé. Tal vez podría convertirse en una métrica interesante, suponiendo que el número de fotos tomadas es un indicador de la satisfacción de estar en el lugar, en el que se relacione la cantidad de dinero con el trofeo de las instantáneas. ¿Algo como 100 €/día entre 27 fotos/día que serán 4 €/foto? ¿Es esto mucho? ¿Poco? En realidad debería ser el doble, ya que he usado la cantidad de uno, pero al ir en pareja, sería un coste indivisible. ¿Qué tal usar las páginas del fotolibro? 1000 € entre 80 páginas tendría que reflejar la experiencia vivida en un libro estaría a unos 13 €/página.

Quedarían otras dimensiones que tal vez acabe explorando. ¿Qué tal las distancias recorridas? Pero para ser la primera vez que me meto a analizar el viaje de esta forma, creo que lo voy a dejar como está. Ya lo iré perfeccionando en próximos viajes. Si me da la gana. De momento me quedo con estas dos ideas: 80 €/día persona no es especialmente caro y quedarme con 27 instantáneas por día es una cantidad más que digna.

Sé que todo esto suena muy materialista, pero al final, dentro de 10 años, cuando apenas recuerde los detalles, y ya solo quede la sensación general, las fotografías, o las páginas del fotolibro, serán ese pequeño -o gran- recordatorio de todo lo bueno que pasamos y vivimos en Sevilla. Siendo así, ¿es justo que me obceque en darle una dimensión monetaria a todo esto? En realidad sospecho que no será válido hasta que las compare con los números que arroje cualquiera de los otros viajes que haya hecho. Ya veremos.

viernes, 9 de octubre de 2009

Jet Lag prorrateado

No hace ni tres días que he llegado de un viaje a Florida. Con mi sistema nervioso aún adaptándose a las cinco horas de diferencia e intentando reponerse de las 24 horas de viaje puerta a puerta que supuso regresar, ando con la mente puesta en mi próxima estancia de larga duración en Madrid. No se sabe exactamente cuánto tiempo estaré. Puede que tres meses. Puede que seis. Tal vez un año. Todo depende de cómo se vaya desarrollando el proyecto. Lo único seguro es que salgo esta misma tarde y que intentaré volver al menos un fin de semana al mes para pasarlo con mi familia.

El viaje a Orlando ha sido el primer viaje largo que realizo y la primera vez que experimento el famoso jet lag. Para la ida, que también supuso veinticuatro horas de viaje, contando desde que salímos de la puerta de casa a las cinco de la madrugada y llegamos a la casa de destino a las doce de la noche según horario de Orlando (cinco horas más en Canarias), el acomodarme al nuevo horario no resultó tan difícil. Estar las 24 horas sin dormir, y coincidir con la hora de irse a la cama allí, ayudó a cambiar rápidamente los biorritmos. También la ilusión de estar en un sitio distinto ayudó mucho. El día siguiente a nuestra llegada lo pasamos como si nuestro horario natural fuese el de allí.

En esta entrada no voy a hablar de la experiencia del viaje, algo que dejaré, supongo, para más adelante. Hoy quiero hablar de mi «mal hábito» de medir todas las cosas de forma monetaria. No es que el dinero me importe mucho. Nadie que me conozca podrá decir que sea un roñica. Más bien soy un manirroto para el dinero. Sin embargo, desde que tengo uso de capacidad adquisitiva, que no es lo mismo que uso de razón, todo lo que hago lo suelo evaluar en términos de tiempo y dinero. Recientemente me he enterado, leyendo los libros de Goldratt, que no lo hago del todo bien. Pero hasta la fecha me ha servido. Básicamente lo que hago es dividir lo que me gasto entre el tiempo de amortización que considere oportuno aplicar para el caso concreto. Un ejemplo de esta desviación, en este caso orientada a justificar el ocio, lo podemos encontrar aquí, donde el período de amortización se medía en horas. Con los viajes hago lo mismo, pero en días.

Espantapájaros de la casa de Mickey - Magic Kingdom

Por poner un ejemplo usando los costes del último viaje. Cada día que pasaba en Orlando suponía unos 90 € por persona. En estos noventa euros están incluidos el prorrateo de los pasajes de ida y vuelta, el alquiler de la casa, el del coche, los gastos proporcionales de combustible (el transporte, vamos) y el promedio de lo que nos gastábamos para comer -desayuno, almuerzo y cena- cada uno de los días. Todo ello hace que esa sea la cantidad que se supone que costaba permanecer un día en Orlando. Para cada uno de nosotros. Sin hacer nada más que estar allí. A esa cantidad se le sumarían los gastos específicos de la actividad, si decidíamos salir de la casa.

Hago todo esto porque es la forma en la que comparo luego la experiencia vivida. Parece mezquino, pero creo que es lógico y defendible que si uno se deja 130 € -a los 90 € persona/día de antes le he sumado los 40 € de promedio que costaban las entradas- en pasar un día en un parque de atracciones, no lo viva «exactamente» igual que alguien al que le pagan todo y no se gasta un euro. Uno trabaja una jartá de días al año para conseguir un día de vacaciones. A unos dos días y medio por cada mes trabajado es lo que te viene correspondiendo. Y curra muchas horas para poder permitirse el lujo de permanecer un día en Orlando. Eso depende del sueldo de cada cual, pero para un mileurista, como hay muchos, supone que debe trabajar durante tres días para permitirse el permanecer un solo día según las condiciones que nosotros elegimos para la estancia. Cambiando de escala: O trabajar tres para permanecer una semana. Y eso sin contar gastos adicionales como las entradas a los parques de atracciones.

Reitero que tiene la apariencia de la mezquindad, pero yo creo que evaluar estas cuestiones de forma monetaria permite que la mayoría de la gente interiorice mejor las cosas según sus propias circunstancias. Vuelvo a poner un ejemplo: «Veinte euros». Después de mucho tiempo dos compañeros quedan para cenar y, a la hora de pagar, toca a veinte euros por barba. El amigo A cobra dos mil quinientos euros netos al mes; paga una hipoteca de mil trescientos y, entre otros gastos domésticos -comida, coche, teléfonos, etc., etc.-, se «pela» otros mil euros. Su saldo a final de mes es positivo, de doscientos euros, y pagar veinte euros en una cena supone un 10% de ese saldo positivo. El amigo B es mileurista -estudió filosofía en lugar de una carrera de futuro-, comparte hipoteca y le toca pagar cuatrocientos euros por la misma. Comparte gastos domésticos y le toca pagar otros cuatrocientos. Al final de mes también le queda un saldo positivo de doscientos euros. La salvedad es que como comparte gastos, mientras cena tiene la mente pensando en cómo afrontará el pago de los recibos ya que su pareja acaba de quedarse en paro y no podrá aportar lo mismo que él a partir del próximo mes. ¿Significa lo mismo veinte euros para cada uno? ¿Cuando yo digo que permanecer en Orlando significaba 90 € diarios, solo en estar allí, cómo interiorizas eso desde tu experiencia personal y el esfuerzo que te supone conseguir ese dinero? Puedo asegurar que yo no soy el amigo A.

Hago hincapié en todo ello porque será un poco la forma en que mida el valor existencial reportado de las experiencias vividas en el viaje, a medida que me dedique a contarlas. Sin embargo ya decía Machado que «es de necios confundir valor con precio», así que lo que es aplicable para mí nunca lo será para otros. Pero esta es mi bitácora.

En mi caso, cuando viajo, intento aprovechar para ver, visitar y vivir todo aquello que difícilmente encontraré en otro sitio a sabiendas que será difícil que vuelva al mismo lugar en un futuro cercano. Tampoco en uno lejano. Hay demasiado que visitar en este planeta como para estar repitiendo lugares. Así, para ir concluyendo, la visita al Kennedy Space Center en Cabo Cañaveral me aportó un valor enorme, tanto que no me pareció nada caro lo que suponía la estancia más la entrada, mientras que dedicar un día a visitar un centro comercial típico americano (que es como el del resto de los que hay repartidos por el mundo con la salvedad de ser más grande) me aportó un valor nulo o cercano a serlo. Poniéndoles valores cuantitativos, además de cualitativos, ver naves espaciales y el sitio desde el que se lanzan me reportó un 8 en mi escala personal del valor existencial, frente a los consabidos 130 € que significaba estar allí. Mientras tanto curiosear entre camisas y pantalones «tirados de precio» en un Prime Outlet de Orlando me reportó un valor existencial de cero patatero. Lo que vendría a ser tirar 90 € por el retrete, hablando en plata. Sin contar que eso, además, tiene un alto coste de oportunidad, dado que mientras entras y sales de tiendas de marcas para ver si consigues una «ganga» no puedes estar visitando a la tribu seminole en los Everglades, por poner un ejemplo. Y a los seminole difícilmente los encontrarás al lado de tu casa. Y el tiempo que vas a permanecer en el lugar tampoco es infinito. No es algo que puedas «dejar para mañana».

martes, 23 de junio de 2009

Sevilla. Dormir y comer.

Hace unas pocas semanas comentaba que había pasado unos días por Sevilla. En ese mismo post comentaba que se me estaba pasando por la cabeza hacer algún resumen del viaje e iniciar con ello otro arco argumental de entradas cutres. En principio he elegido los martes para ello. De momento, y hasta que se me acaben, cosa que sucederá muy pronto, para los martes sólo tengo los 'tesoros perdidos'. Así que puedo ir complementando con datos y anécdotas de viajes hasta que encuentre algo con más sustancia. O no.

Está muy bien eso de viajar y ver cosas. Esto nos llena de satisfacción y autorrealización, lo que forma parte de los niveles altos de la jerarquía de necesidades en la pirámide de Maslow. Y eso está, como digo, muy bien. Pero si nos fijamos en esa misma pirámide, podremos ver que en la base tenemos la alimentación y el descanso como necesidades fisiológicas. Básicas y primarias, vamos. Así que, digan lo que digan, lo más importante en cualquier viaje es tener un sitio cómodo donde dormir y poder disfrutar de buena comida. Al menos sana.

Alcázar desde la Plaza del Triunfo

En nuestro caso para descansar y ducharnos elegimos el hotel Puerta de Triana, de la cadena Confortel. El precio normal resulta excesivo, pero conseguimos una oferta para cinco noches, desayuno bufé incluido para los dos, por algo menos de 350 euros. Sin estar tirado de precio sí que ofrece, a ese precio, una gran relación calidad-precio. A cinco o diez minutos caminando de casi todo lo interesante, aire acondicionado, reposición gratis a diario de botellitas de agua en el frigorífico, conexión wifi gratuita, limpieza diaria y una atención personal magnífica bien merecen pagar un poco más. He leído por ahí que la gente se queja de un bufé algo escaso para el desayuno. También he podido percatarme que la gente, cuando se les ofrece la posibilidad de comer todo lo que les entre por el buche por una cantidad fija, se vuelven locos y se lanzan a comer como perros que no hubiesen probado comida durante un mes. Para una persona normal lo que hay para elegir es suficiente. Se trata de desayunar bien para las largas y duras horas de pateo que te esperan antes de almorzar. Y, para eso, sí que había variedad. ¿O quién tiene en su casa -y desayuna de forma habitual- tantos productos distintos como te sirven en los bufetes de los hoteles? Claro que quejarse también es gratis.

Callejeando por el barrio de Santa Cruz

Si bien tuvimos mucha suerte con el hotel, no fue así con la comida. Los primeros días nos arriesgamos a comer por la zona turística, aprovechando que estábamos visitando la zona de Santa Cruz. Todo carísimo y con una calidad pésima. ¿A quién se le ocurre cobrar 8 euros por una taza de gazpacho Don Simón? Así que a partir del tercer día decidimos alejarnos un poco a la hora de comer y la cosa mejoró bastante. A destacar las tapas que tomamos en el bar Blanco Cerrillo, en la calle Jose de Velilla. Asimismo, y cerca del hotel, aunque en calles menos atractivas, turísticamente hablando, tropezamos con algunos sitios aptos para bolsillos menos solventes y con calidad suficiente para satisfacer paladares de exigencia media. Anecdóticamente tropezamos con un camarero, emigrante canarión -de Cruz de Piedra-, que llevaba nueve años en Sevilla y que nos reconoció como compatriotas porque pedimos agua con gas. Pero el sitio donde comimos el mejor pescaíto frito con un rebujito, servido en jarras de medio litro por persona, estaba fuera de la ciudad. Fue en Santiponce, frente justo de la entrada al complejo arqueológico de Itálica. Pese a su aspecto de bareto de pueblo, pusieron cantidades industriales, de gusto exquisito y a un precio baratísimo. La experiencia gastronómica bien mereció el paseo y los calores que sufrimos en la visita a las ruinas romanas.

La gran decepción nos la llevamos el último día. Ya que no habíamos parado un solo día y habíamos visto la mayoría de los sitios que teníamos ganas de visitar, además de ir muy bien de tiempo para coger el vuelo de vuelta, decidimos darnos un homenaje y comer en el Kiosko de las flores, lugar que nos comentaron que estaba muy bien. Recomendación de un recomendado que no había ido aún, debo aclarar. Situado en el barrio de Triana y con el atractivo de comer en una terraza con vistas al Guadalquivir, decían decir que el pescado frito era muy bueno; de lo mejor de esa orilla del río. Y allí nos presentamos. Sin embargo ya entramos algo mosqueados porque no veíamos los precios en la puerta. Mucho lujo al cruzar el umbral de entrada, pero nada más pasar a la terraza había un fulano que gritaba a todo el mundo instruyendo dónde colocarse. No fuese que las parejas, nuestro caso, ocupasen las mesas para más comensales y perdiesen clientela por ello. Nos tocó en una zona alejada, por lo que lo más que disfrutamos del Guadalquivir fue la vista de la orilla de enfrente. El río ya podía haberse secado o estar a punto de desbordarse que nosotros sólo alcanzábamos a ver los coches de la otra orilla. Cuando nos dieron la carta casi se nos revientan los ojos. Precios desorbitados. Una pareja, que había entrado al mismo tiempo que nosotros, tras un rápido repaso dijo que no querían comer, que solo querían tomarse algo de beber. En nuestro caso, como de lo que se trataba era de darnos un merecido homenaje, no nos amedrentamos y pedimos. Ensalada y, cómo no, un variado de pescaíto frito -el último- junto con una gran jarra de sangría fresquita. Nada mejor para combatir el calor y preparar la mente para el vuelo de regreso. La ensalada bastante mediocre, pero comparada con el pescado era una delicatessen. Fuerte basura de pescado nos pusieron. Del almuerzo lo único pasable fue la sangría. Y a todo esto el puñetero camarero pegando gritos y ofreciendo a los guiris paellas -"¡tuo fish, uan chiquen!, ye, ¿uan fish only?"- que venían con un aspecto lastimoso recién sacado de congelador. Si alguna vez vuelvo por Sevilla haré todo lo posible por contenerme y no quemarles el chiringuito.

¡Ah! ¡Casi me olvido! Si tienes ocasión de pasar por Sevilla, y acabas perdido en la calle Zaragoza, no pierdas la oportunidad de pedir un helado -de los sabores más peculiares y variados- que hay en la heladería artesana La Fiorentina. La teníamos justo al lado del hotel y vinimos a descubrirla el último día. Espectacular. Lástima no haberla descubierto el primer día.