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miércoles, 2 de enero de 2013

'Simiocracia'

En lo tocante a literatura, terminé el año comentando un cuento gráfico de Aleix Saló, 'Españistán' [reseña], y decido que la primera reseña del año corresponda a la última obra del mismo autor: 'Simiocracia', con el pretencioso subtítulo «Crónica de la Gran Resaca Económica».

Lo compré el mismo día que el anterior porque estaba a dos euros y medio. Vamos, que me llevé las dos obras del autor por menos de lo que te cobran en un pub por dos cañas. Aunque tras leer/ojear el primero no estaba demasiado animado a leer/ojear este segundo. Para el que no haya leído la entrada correspondiente, o lo haya olvidado ya (y mira que solo hace dos días de eso), no me convenció nada. Muy simplón, fue el regusto final que me dejó. Pero bueno, había que aumentar las estadísticas de lectura del año, y si mi amigo sulaco considera que escuchar libros es leer yo me autoconcedo que ojear un comic es también leer. Aunque, para ser sincero, en el caso de 'Simiocracia', hay mucho más texto que viñetas. En este caso, además, las viñetas no cuentan la historia, sino que están para acompañar las explicaciones textuales e incorporar alguna gracia, chiste visual o apunte cómico a las palabras del autor.

La tarea de este libro, tal como su subtítulo señala, no es moco de pavo. Hacer un análisis de los motivos de la actual crisis (o resaca económica, como la tilda el autor), no debe ser sencillo y se presta mucho al mensaje populista (¡ay! ¡la herencia, la culpable herencia!) y al prejuicio facilón. Vamos, que tras la experiencia del anterior, ya iba con la mosca detrás de la mosca ante tan pretenciosa intención. Y más en un cómic. Pero ya en la introducción el propio autor hace autocrítica y avisa de que lo que nos va a exponer peca de simplista, algo que agradecía y me permitió disfrutar de otra forma de lo que iba a consumir.


Y me ha encantado. Sí, simplista, que no simplón, pero muy acertado. Bastante neutral en sus tesis —aunque resulta imposible ocultar algún que otro prejuicio—, pero con un lenguaje cotidiano de calle o barra de bareto con los colegas. Un lenguaje muy latino, a fin de cuentas. Viene a ser como la explicación para dummies de porqué estamos donde estamos a estas alturas. Y repleto de ilustraciones divertidas. De hecho más de una vez me partí de la risa con la combinación. Realmente efectivas. Y con muy mala leche (alguna de ellas). Lo que hacen que me gusten más.

Desde que ha empezado esta crisis he escuchado, he participado y, a fin de cuentas, he discutido múltiples veces en ese infinito bucle que es la búsqueda del culpable último de la situación actual. Somos un pueblo propenso a practicar ciegamente aquello de la paja en el ojo ajeno y, autocondonándonos los peores de los pecados —sí, hijo sí, la envidia, la avaricia y la soberbia son pecados capitales—, nos prestamos a poner erecto el índice y señalar a los malos de la película con la rapidez que dan los prejuicios. En una variante perversa del lejano oriente estadounidense, aquí no sobrevive el que hace una reflexión más pausada y neutral, sino el que es capaz de autoexculparse más rápido empujando a otro a la hoguera. Forma también parte de nuestro carácter latino. Y si no es eso, nos lo pasamos teta jugando al pingpong de las acusaciones. «los bancos abusaron de la confianza», «nadie le puso una pistola en el pecho para que pidiera una hipoteca», «los políticos son todos unos corruptos», etcétera, etcétera, etcétera. ¿Quién es el verdadero culpable? con esa idea empecé a leer el libro. No porque yo crea que hay un «verdadero culpable» o una conspiración en la sombra, sino porque pensé que el autor nos lo colaría en algún momento. Y aunque señala algún posible, o mejor dicho deja algunos cabos sueltos, en realidad llega a la misma conclusión que llegué mucho tiempo ha, y que es difícil de aceptar: esto nos lo hemos sancochado nosotros solitos. Hemos sufrido una especie de histeria colectiva, esa misma que hace que los espectadores salten al campo de fútbol y se pongan a dar leña al del pito, pero en un ciclo de realimentación positivo y perverso parecido a una cinta de Moebius que se enrosca en sí misma. ¿Son culpables los bancos? Sí, de avaricia. ¿Y los especuladores? También, por lo mismo. ¿Y los hipotecados? De envidia (¿o es que tan difícil era aceptar que con mil euros no podías emular lo que hacía el vecino que estudió medicina y que tampoco era necesario estrenar una casa porque «tú sí que vales» y te lo mereces todo?). ¿Y los políticos? De soberbia. Extrema, además. Un cóctel jodido de consecuencias trágicas que nos toca vivir. Que dejará a muchos en el camino y, espero, la mayoría consiga sobrevivir. O, en palabras de nuestro actual presidente del gobierno y contextualizadas al día en curso, nos tocará vivir un año muy complicado.

En resumen, un… ¿libro? —si al otro me costó clasificarlo dentro de las novelas gráficas, este ya ni te cuento— o lo que sea, muy recomendable. Simple —pero sin caer en la argumentación simplona y manida— y al tiempo contundente. Algo que se lee en un rato y con el que te ríes. Que debería despertar nuestro sentir crítico y, ya para terminar, que sí hace honor al vídeo [@ YouTube] con el que promocionó su libro anterior. Este sí es heredero de aquel magnífico ejercicio crítico que fue el vídeo. Por cierto, que este también tiene su vídeo promocional [@ YouTube, también]. Y es rematadamente bueno.

¿He dicho ya que lo recomiendo? ¿Y que tienes que ver los dos vídeos también?

lunes, 31 de diciembre de 2012

'Españistán'

Para acabar el año toca revisión literaria. Bueno, en este caso de una novela gráfica, si así se la puede llamar. Por longitud sería más bien cuento gráfico. Aunque para la mayoría será un comic, tebeo o historieta. Sirva igualmente el mismo, su contenido crítico, para reflexión —al menos para intentarlo— de lo que somos y por qué lo somos, y de cómo nuestro pasado se ha escrito y rescrito a base de promesas rotas y mentiras desproporcionadas. Del estilo y categoría de las que lleva un año protagonizando nuestro actual gobierno. Sirva, por tanto, esta propuesta de hoy para repasar lo que somos y por qué lo somos.

Conocí (o más bien, descubrí) la obra 'Españistán' porque alguien —hace ya tanto tiempo que no recuerdo ni quién— publicó en alguna red social —hace ya tanto tiempo que no recuerdo ni dónde— o envió un correo electrónico a alguno de los foros en los que participo pasivamente —hace ya tanto tiempo que no recuerdo ni cómo— conteniendo la URL de un video que, en su momento, como imagino que a millones de otros conciudadanos, me pareció una explicación y crítica magníficas al modelo de crecimiento español de la última década. Hablo del vídeo 'Españistán, de la burbuja inmobiliaria a la crísis' [@ YouTube], de Aleix Saló [1]. El vídeo, que servía de preámbulo e introducción para la historia que se nos cuenta en el comic, me pareció de una claridad pasmosa, de un ingenio aplastante y de una simpleza apabullante. Casi una epifanía de verdades como puños.

Lo que sí recuerdo exactamente es la época o el cuándo —de exactitud aproximada, claro— vi por primera vez el vídeo. Fue al poco de empezar a trabajar en Madrid, cuando dormía en un micropiso de la calle Mayor y tenía todo a un tiro de piedra porque estaba en el maldito centro de la capital. También sé que coincidió con una visita de mi madre a la ciudad para ella consultar fondos de la Biblioteca Nacional en busca de textos antiguos que la ayudaran en la elaboración de su tesis. Por el día cada uno trabajaba en lo suyo, por la tarde noche nos reuníamos para tomarnos algo y charlar un rato aprovechando las tardes infinitas del verano. Nada más ver el vídeo salí disparado a comprar el comic. Pregunté en un par de sitios y en ninguno la tenían. Incluso en una librería me dijeron que no sabían que obra tal existía. Desistí y, pronto, teniendo miles de millones de cosas en la cabeza, lo olvidé. Como me pasa con muchos otros cientos de cosas al día.


Recientemente, en una de esas veces que abro el iBooks en el iPad para leer, pero teniendo el cerebro tan chamuscado que en realidad no tengo ni idea de lo que realmente quiero y acabo navegando por la biblioteca de la iTunes Store de Apple a la caza de algún libro que me resultara interesante, descubrí que estaba esta pequeña obra disponible por apenas unos dos euros y poco. Me faltó tiempo para darle al botón comprar y, excitado por la novedad, me puse a leerla inmediatamente.

Se lee y visualiza en un plis plás. Con una sencillez agradable en los trazos de los dibujos, de esa sencillez que invita a disfrutar de la austeridad en pos de la historia, a la que no quiere restar protagonismo, y por ello ayuda. Sin embargo la historia en sí decepciona. A mí me ha decepcionado. Son todo arquetipos y prejuicios. Cierto que es una simplificación de la realidad. Pero a mí se me antojó vulgar y simplona. No me convenció, lamentablemente. Y mira que el vídeo de promoción/introducción me pareció brutalmente magnífico. De hecho lo he vuelto a ver buscando el enlace para escribir esta entrada y me sigue pareciendo magistral. Pero la novela gráfica es aburrida. Una pena, porque el ingenio del autor es punzante y afilado. Principalmente en el vídeo.

Tampoco creo que sirva como retrato fiel de lo que somos como país, aunque sí que nos debería forzar a reflexionar sobre ello, sobre qué queremos ser. Como decía al principio de esta entrada, es precisamente para lo que debería servir. No es fiel, pero es uno de los muchos retratos que ofrecemos como sociedad. Hay en la historia pinceladas de aquello que buscábamos hace poco y en qué quisimos convertirnos, y cómo morimos de éxito. El reto es reconocer nuestros fallos, sin recurrir a la externalización de las culpas, algo que es demasiado habitual en aquellos que nos dirigen y deberían predicar con el ejemplo, y sacar las fuerzas para cambiarlo. Cada vez hay más gente que sale a la calle queriendo hacerlo. Pero sigue siendo insuficiente. Sin embargo, si hay moraleja en la historia, yo me la perdí por el camino. Bastante plana. Y si uno, yo, recomiendo la reflexión, no es porque la historia me haya sensibilizado especialmente y descubierto una realidad que desconociera hasta este momento; sino porque veo en ella el riesgo de eliminar poco a poco los matices y quedarnos con la imagen burda y tosca que aquí se refleja. Miedo a que de tanto repetirlo finalmente acabemos siendo eso mismo y perdamos el resto de rasgos de nuestra identidad. O miedo a no querer reconocer conscientemente que en realidad siempre hemos sido así. Sea como fuere, sería bueno acabar el año reflexionando sobre qué fuimos, qué somos y qué queremos ser.

Termina hoy, por tanto, el año 2012, que por bisiesto nos ha obligado a sufrir un poco más —aún infinitesimalmente, no deja de ser sufrimiento adicional— como españistaníes. Pero oiga usted, no merece la pena fustigarnos de esta forma constantemente. Y menos en un día como hoy. Aunque resulta muy necesaria la reflexión, en especial para empezar el año que viene con las ideas claras, también deberíamos hacer todo lo posible para acabar el año actual con una sonrisa. Y, a poder ser, emocionados. Mejor aún si es con los nuestros y las personas que queremos. Para eso el vídeo de la última campaña de Campofrío [@ YouTube] puede ayudar mucho. A veces necesitamos que nos recuerden lo buenos que fuimos, lo buenos que somos y, principalmente, lo bueno que podríamos llegar a ser… [2]


[1] Si aún no lo has visto merece muchísimo la pena hacerlo. Altamente recomedable.
[2] Aunque, la verdad, estoy por pensar más en la línea negativa del artículo 'La España de Campofrío nos hundirá en la miseria', publicado en Zona Crítica de El Diario el 20/12/2012. Los éxitos pasados no se venden eternamente y de eso no se come.

miércoles, 31 de octubre de 2012

Tributo a los Grimm entre las nubes

Creo que lo normal es que, cuando subes al avión, te reciban una o dos de las personas que componen la tripulación de cabina (también conocidos como azafatas y azafatos), y que a medida que te adentras por el pasillo te vayas encontrando al resto. Te dan la bienvenida con una sonrisa, te ofrecen indicaciones sobre el equipaje, te señalan dónde sentarte (o dónde no hacerlo) e, incluso, te ayudan a buscar un sitio donde dejar la maleta si el compartimento superior de tu fila está a reventar. Eso es lo normal en todas las compañías en las que he volado. En Ryanair también. Aunque a veces parece que estos lo hacen con menos ganas, que tampoco es lo normal.

Hoy, al subir al avión para venirme a Las Palmas, con dos horas y media de sueño, que es lo que pude dormir anoche, me daba la bienvenida un hombre un poco más bajo que yo. Yo medía en mis tiempos de juventud 1,72, tirando para lo bajo según la media española de mi generación. Ahora debo medir 1,68, por eso de que la vida sedentaria y la evolución hacia la madurez recorta centímetros. Aún así el que revisaba mi tarjeta de embarque, recortada unos minutos antes por el personal de tierra que te mide hasta el tamaño de las pestañas por si pueden sacarte un euro más, en la puerta del avión era apenas un poco más bajo que yo. Me gusta sentarme por la parte de atrás, recorriendo casi todo el avión. Al poco me encontré a otro chico, este bastante joven, más bajo aún. ¿Llegaría a 1,60? O yo estaba agrandándome asiento tras asiento, o la tripulación estaba encogiendo rápidamente. Esta ilusión acabó al llegar a la mitad, por donde están las salidas de emergencia. Los buenos días me los arrojaba, desde las alturas, una teutona de un metro ochenta largo. Una de esas mujeres del norte o noreste de Europa, de tez pálida, de melena rubia y ojos claros. Tras reponerme de la tortícolis y llegar a la fila veintisiete, que es donde suelo quedarme, miré al final del pasillo y descubrí el último de los tripulantes. También varón y que, al menos desde esta distancia y traspasando el velo obtuso del sueño, no superó las pruebas de acceso al equipo de baloncesto escolar. Cansado como estaba, no di más importancia a todo esto, me senté, apoyé el cuerpo contra el lateral del avión, me tapé como pude con la chaqueta y me eché a dormir. Tantos vuelos de ida y vuelta llevo acumulados que ya no me impresiona nada del avión y duermo la mayor parte del viaje. Para el infortunio del resto del pasaje, condenado a soportar mis ronquidos.

Me desperté cerca de una hora más tarde, ya en travesía y justo cuando servían (¿por segunda vez?) bebida caliente y comida. Lo suelen hacer en parejas, con dos carritos empezando desde cada extremo y recorriendo el pasillo en sentidos contrarios hasta que se tropiezan. Abrí los ojos justo en ese instante y me percaté de lo que allí sucedía. Observé a una valquiria rodeada (en un universo bidimensional a lo Abbott, tener delante y detrás sería estar rodeada) por, cosas de los sistemas de referencia de escalas y de las ilusiones ópticas postdespertar mediante, tres pitufos. Y me reí, porque ante mis ojos veía la representación cafre de Ryanair del cuento que tan de moda se puso en el mundo del celuloide y la farándula el año pasado: Blancanieves y los siete enanitos. Todo un homenaje a los hermanos Grimm entre las nubes. Dejé de reírme, no fuese que tuviesen idea de cobrarme también por eso, estiré un poco las piernas, acomodé nuevamente las nalgas, y seguí durmiendo otro rato. Supongo que con una sonrisa en la cara. Al menos hasta que los ronquidos tomasen nuevamente protagonismo.

lunes, 15 de octubre de 2012

Bad sex is better than good sex

Now, consider what happens when we apply the same transitivity rule in the case illustrated below. The form of the argument is the same as before, but the conclusion is somewhat less believable. The problem in this case is that the use of nothing here is syntactically similar to the use of beer in the preceding example, but in English it means something entirely different.

Bad sex is better than nothing.
Nothing is better than good sex.
Therefore, bad sex is better than good sex.

Leído en la introducción del curso Introduction to Logic, Coursera

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Vaya, eso es un error

Iba a responder los últimos comentarios y me sale esto tras solicitárseme autentificarme nuevamente:


Me ha hecho gracia el mensaje. Me encantan los mensajes de error cachondos. En especial el de GitHub (https://github.com/404). «Esta no es la página que andas buscando». Muy jedi eso :-D

Como curiosidad me llama la atención la referencia a Memchached (en el mensaje de error sin la d final). Otra de tantas cosas que tengo apuntado curiosear en algún momento del futuro. ¿Cuántas vidas necesito para hacer todo lo que quiero hacer? Y hablo únicamente del apartado tecnológico…

lunes, 30 de abril de 2012

Sobremesas cómicas

Lo bueno de tener un Mac Mini junto a la tele es que tienes una ventana al mundo. Así, después de comer, para la sobremesa cuando los amigos de Getafe mandan a los niños a la siesta, amenizamos la sobremesa consultando Internet y buscando aquí y allá. Lo último es cómicos bajo demanda. Se corre la voz de uno bueno y buscamos y vamos viendo este y aquel. Una forma magistral de pasar la tarde. Así fue como descubrimos a Dani Rovira, y este genial monólogo:



Y saltando de sugerencia en sugerencia, topamos con Alex Clavero y su monólogo del miedo:



Brutal.

Pero para mí, el mejor sigue siendo el de Leo Harlem y su síndrome del chándal:



El mismo Leo que ha participado frecuentemente en el programa de José Mota:



Lo de «te voy a dar un tortazo que nos vamos a matar los dos, tú del tortazo y yo del eco» es brutal.

A lo tonto aquí va media hora de risas garantizadas.

lunes, 13 de febrero de 2012

Humor, triste humor


No se pueden imaginar lo que me he podido reír en el avión cuando volaba de vuelta a Madrid, compré El País, y tropecé con la viñeta de Forges entre turbulencia y turbulencia. El espectáculo hubiese podido empeorar si la carcajada me pilla en mitad de un trago de capuchino —que por cierto cada vez preparan, o sabe, peor—. Lo triste es que la realidad no es para andar carcajeándose.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Definición (chistosa) de bucle

Mira que no suelo abrir casi ningún correo que me llega de mi padre, en general. Desde que se soltó la melena, figurativamente hablando dado que mi calvicie no la heredé de mi madre, con esto de la informática, me satura de forma periódica e inmisericorde. Pero hoy he pinchado por no hacerle el feo (yo me siento mal ignorando a mi progenitor, aunque él ignore que le ignoro) y me ha resultado lo suficientemente gracioso como para copiarlo aquí.

Me estoy haciendo débil, lo reconozco. No se volverá a repetir. Espero.

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Para quien no conoce el concepto de bucle, es un término que crearon los informáticos para definir un enredo de los tantos que se han creado y para lo cual no tienen una explicación sencilla para aclarar el problema. Haciendo poco esfuerzo trataré de explicar en pocas palabras este famoso término. Se dice que un programa de informática "entró en un bucle" como cuando ocurre la siguiente situación:


El DIRECTOR llama a su secretaria y le dice:

- Vanesa: Tengo un seminario en Argentina por una semana y quiero que me acompañe para que conozca a mis socios. Haga los preparativos del viaje...

La secretaria llama al marido:
- Oye Juan, Voy a viajar al extranjero con el director por una semana. Tendrás que quedarte solo esa semana, querido.

El marido llama a la amante:
- Leonor, mi tesoro: La bruja va a viajar al extranjero durante una semana, vamos a pasarnos esa semana juntos, mi reina...

La amante llama al niño a quien le da clases particulares:
- Manuelito: Tengo mucho trabajo la próxima semana... No tienes que venir a dar clase...

El niño llama a su abuelo:
- Oye abuelo: La próxima semana no tengo clases, mi profesora estará ocupada. Así que por fin... ¡Vamos a poder pasar la semana juntos!

El abuelo (que es el DIRECTOR en esta historia) llama a la secretaria:
- Vanesa, venga rápido: Suspenda el viaje, voy a pasar la próxima semana con mi nieto que hace un año no veo, por lo que no vamos a participar en el Seminario. Cancele el viaje y el hotel.

La secretaria llama al marido:
- Juan: El payaso del director cambió de idea y acaba de cancelar el viaje, se fastidió el ir a Argentina.

El marido llama a la amante:
- Amorcito, disculpa: No podremos pasar la próxima semana juntos, el viaje de la tetona de mi mujer fue cancelado.

La amante llama al niño de las clases particulares:
- Manuelito: Mira, cambié de planes; esta semana te voy a dar clases como siempre.

El niño llama al abuelo:
- Abuelo: la pesada de mi profesora me dijo que esta semana sí tengo clases normales, discúlpame, no voy a poder hacerte compañía.

El abuelo llama a la secretaria:
- Vanesa: Mi nieto me acaba de decir que no va a poder estar conmigo esta semana porque tiene clases. Así que continúe con los preparativos del viaje al seminario...

¿¿¿Te quedó claro lo que es un bucle...???

martes, 10 de enero de 2012

'Dioses menores'

Ya puestos a retomar la colección de Mundodisco [@ Wikipedia], y dado que la lectura del libro anterior consiguió con creces su objetivo, distraerme, decidí dar una nueva oportunidad a la serie pasando a leer la siguiente novela, siempre por orden de publicación original, que se corresponde con la décimo tercera (o doce más uno, como le gusta ordenar las cosas a los supersticiosos), y cuyo título es 'Dioses menores'.

Si hay una cosa que queda más o menos patente a lo largo de la lectura de las novelas de Terry Pratchett —o al menos eso es lo que parece— es que tiene una visión un pelín crítica y particular sobre la religión. En particular sobre el talante fundamentalista de algunos religiosos. Y 'Dioses menores' va, precisamente, sobre el uso y abuso del nombre de cualquier dios como mecanismo que sustente el poder y las ambiciones personales. En los tejemanejes de un sacerdote hambriento de poder, que recurre a los fundamentos de la religión, comportándose como un talibán —en algún momento le viene a uno a la cabeza el ilustre, excelentísimo e inmortalmente famoso, a la par que hijo de puta extremista y celoso, Torquemada [1]—, siempre explotando el miedo ajeno, se encontrará el protagonista, de nombre Brutha, un poco lento en la captura de conceptos, pero con una memoria elefantiaca, intentando salir más o menos entero de las diferentes aventuras en las que se verá embarcado y todo para permitir que la reencarnación quelónica del antaño dios mayor Om alcance indemne su próximo nivel existencial, el que le corresponde por derecho propio.

Con este planteamiento, tan resumido, uno podría pensar que la novela, ambientada en un universo tan particular como es un mundo plano, a hombros de elefantes y llevados por el cosmos por una tortuga de dimensiones planetarias, no sería más que otra de esas novelas de fantasía zurda, que es lo que parece cada uno de los libros del autor, con no más que algún toque de humor esparcido por aquí y por allí. Nada más allá de la realidad. El libro es una crítica magnífica, descarnada, mordaz y bien narrada, siempre con unas buenas dosis de humor negro y rezumante sarcasmo, sobre las religiones, los religiosos y las formas de poder sustentadas por la superstición y los miedos místicos a entidades superiores; y en este caso a la exquisición, forma mundana con la que los representantes de los dioses en la Tierra velan por el respeto a la fe y los mandamientos y cuyo éxito comercial se descubre en las puestas a punto y los tuneos realizadas con —y sobre— los herejes, lo sean o no pero en todo caso enemigos del discurso reinante, con toda suerte de mecanismos y técnicas de tortura. Salvo por la primera parte, que resultó un tanto aburrido en su arranque, el libro es magnífico hasta su desenlace. Repito y remarco en negrita: Magnífico.

    —Aquí dice que subió a un barco que puso rumbo hacia una isla en el límite y que miró por el borde y…
    —Mentiras —dijo Vorbis sin inmutarse—. Y aunque no lo fuesen daría igual. La verdad está dentro, no fuera. En las palabras del Gran Dios Om, tal como fueron transmitidas por sus profetas elegidos. Nuestros ojos pueden engañarnos, pero nuestro Dios nunca nos engañará.
    —Pero…
    Vorbis miró a Fri'it. El general estaba sudando.

Dentro del universo de Mundodisco existen varias tramas o arcos argumentales compuestos por varias novelas. Las historias de los magos, las brujas, la muerte y la guardia de la ciudad son los casos, hasta el momento, principales. También hay algunas novelas sueltas, como 'Pirómides', ya comentada por aquí [mi reseña], y ésta. Aprovechando lo absurdo como contexto, e indistintamente a que no guarde relación con personajes y hechos anteriores, 'Dioses menores' encaja perfectamente en este universo, pero por la profundidad de su crítica, bien podría ser narrada dentro de cualquier universo y contexto. Dicho de otra forma, esta novela merece la pena ser leída, indistintamente se haya leído antes, o no, algo de Terry Pratchett, o que se tenga intención de leer nada más después de acabarla. Es una novela, para mi gusto, que cae directamente en la categoría de los must read, y cuya crítica certera se puede aprovechar también, o especialmente, para nuestra actualidad cotidiana o, al menos, para nuestro pasado no tan lejano.

Lo dicho, un must read. Y fin del comentario sobre el libro.

Para finalizar, un apunte anecdótico. Comenté hace tiempo que con la colección de libros regalaron tres láminas. Cada una con la ilustración utilizada en alguno de los volúmenes como portada. La tercera, última y, quizás —al menos para mi gusto— la mejor, se corresponde con la portada de esta novela. Como en todos los casos, representa una idea general, centrándose en un momento álgido, de la historia.



[1] No en vano se le atribuyen, bajo su mandato, la friolera cantidad de diez mil barbacoas humanas y veintisiete mil homínidos convertidos en despojos tras pasar por su taller de ajustes, bajo el auspicio de la Santa Inquisición [@ Wikipedia].

lunes, 9 de enero de 2012

'Brujas de viaje'

Leí no hace tanto una frase que venía a decir, más o menos [1], «el mayor delito que se puede hacer contra un libro no es dejarlo arder en una hoguera, sino dejar de leerlo». Pese a la presunción de inocencia que a todos se nos debe, y hasta que se demuestre lo contrario, mis estanterías están llenas de «crímenes en potencia». Aunque —para los creyentes en metafísica y astrología les encantará sufrir un caso de profecía autocumplida— soy tauro y especialmente testarudo, así que sigo manteniendo mi promesa de leer todos los que pueda (antes de espicharla, se sobreentiende).

Imbuido de este espíritu de competición y determinación, decidí que era tiempo de darle otra oportunidad a la saga Mundodisco [@ Wikipedia], que durante meses fui recibiendo en mi casa y pacientemente adorna las estanterías de mi biblioteca —aunque mi mujer ha sugerido en varias ocasiones que va siendo hora de concederles la libertad y regalarlos—, y me lancé a leer el siguiente de la lista, según fecha de publicación original, y que se corresponde, una vez más, con las andaduras de las dos viejas, peculiares como todos los personajes de Terry Pratchett y este universo díscolo y disparatado, plano para más indicaciones, que se sustenta sobre cuatro inmensos elefantes y que viajan por el espacio sideral a lomos de una tortuga inmensa, que de profesión eligieron la brujería y cuyos diálogos, muchas veces, parecen perfectos, de surrealistas, para películas de los hermanos Marx.

Después de un buen tiempo sin leer ninguna, parece que el sentimiento de monotonía y de andar leyendo siempre los mismos chistes casi desaparece y que, por consiguiente, la lectura de esta novela, 'Brujas de viaje', se torna bastante más fresca y, sí lo confieso, divertida que la experimentada con las últimas novelas, que empezaban a resultar cansinas y repetitivas. Aunque casi siempre igualmente recomendables.

    —De defensa personal.
    —¡Pero si es una bruja! —señaló Tía Brevis.
    —Eso mismo le dije yo —gruño Yaya Ceravieja, que había caminado de noche sin temor por los bosques plagados de bandidos toda su vida, con la seguridad absoluta de que la oscuridad no podía albergar nada más terrible que ella misma—. Y me respondió que no se trataba de eso. Que no se trataba de eso. ¡Imaginaos!

En esta ocasión, las dos viejas brujas, Tata Ogg —a la que siempre imagino con el aspecto y talante de mi suegra, pero de buen rollo— y Esmeralda —Yaya— Ceravieja, y la más joven Magrat Ajostiernos (vaya nombrecitos), heredera inesperada de una varita de hada madrina, dejarán la tranquilidad de sus hogares —y durante un tiempo a los bandidos de los bosques y resto de realmente-entusiasmados-con-la-idea habitantes de la zona— para emprender un largo viaje que les llevará más allá, a un reino muy, muy lejano para poner en orden, con esa forma particular que tienen las brujas de poner en orden, las cosas. Zombis y vudú incluidos.

Como con todos los libros de Terry Pratchett, la prosa es simple y efectiva. El fin es entretener y, en este caso, lo cumple. La historia, más si dejas tiempo para descansar entre un libro y otro, resulta fresca porque, como en todos los casos, se dedica a darle la vuelta a todo. Si la sabiduría popular cree que las hadas madrinas son todas buenas y que las brujas son malas, aquí se les da la vuelta, retorciendo un poco la idea. Aunque, para ser exactos, todos los personajes, buenos por entrañables y malos por tocanarices, se mueven siempre en gamas de grises, lo que da lugar a multitud de situaciones divertidas.

En conclusión, un texto entretenido, que cumple con el cometido de hacer pasar un buen rato, pero que no deja de ser «más de lo mismo». Recomendable si eres un fanático de Pratchett y de Mundodisco, pero que perfectamente se puede quedar en la biblioteca un tiempo indefinido si tienes otros libros más interesantes que leer.


[1] Más o menos porque no logro localizar dónde lo leí ni tampoco consigo encontrar a quién atribuirla. Menos aún recuerdo las palabras exactas. Si alguien sabe cuál es exactamente la frase y a quién pertenece, por favor, que lo deje en comentarios.

martes, 27 de septiembre de 2011

Cinco meses. Un mes. ¿Dos meses de trabajo? ¿Qué significa «céntrico»? Treinta megas. Largos paseos en tren y cielos de Madrid. Facebook, Google+, entonces breves. Dos semanas acompañado, después soledad

Hace ya cinco meses —vaya como pasa el tiempo— que estoy en Madrid. Llegué a finales de abril, con unos días cuya temperatura se podía considerar aún fresquita y agradable, que duraron más bien poco antes de empezar a subir el termómetro. Después de un verano especialmente caluroso —hay quien afirma que no ha sido para tanto—, esta última semana ha empezado a refrescar; principalmente de madrugada. El lunes pasado amaneció con 11° y me pilló por sorpresa al salir en camiseta de manga corta, como llevo haciendo todo el verano, para el trabajo. Estuve la mayor parte de la semana pasada moqueando y me ha tirado al pecho, así que a un imprevisible ataque de tos le sobrevive un escupitajo de flema. Sorprendente lo que puede producir el cuerpo humano. Aún dura, aunque parece que ya he recuperado parte de mi capacidad de raciocinio; que tampoco es mucha.

El piso en Sol, en el que aterricé gracias a un amigo que me puso en contacto con su tía, la propietaria, de veintidós metros cuadrados, y siendo último piso, era un horno en el que me sentía como un preso en una pequeña celda, cocinándome en mi propio jugo. Céntrico, eso sí, según los cánones establecidos por los madrileños, y recién reformado de forma que estaba muy coqueto y excelentemente bien aprovechado, pero una celda que no bajaba de cuarenta y pocos grados en los peores días del verano, sin un rincón en el que esconderme y sin un espacio en el que poner el ordenador, cuya mesa de apoyo era la misma en la que desayunaba, almorzaba y cenaba, cuando era ocasión de hacerlo. Las vistas tampoco ayudaban. Las ventanas daban a un patio interior y lo único que alcanzaba a ver eran las tejas del edificio adyacente. Pero por las noches, si había suerte y corría un poco de aire, abriendo las claraboyas del techo y dejando las ventanas del patio abiertas, se podía dormir algo más fresco; además de poder gozar del cielo nocturno de Madrid, cuya contaminación lumínica impide contar las estrellas con algo más que los dedos de una mano. Temiendo a los mosquitos, esas noches, pese al calor, uno podía dormir en pleno centro de Madrid. Las restantes, el sueño era incómodo y difícil.

Templo de DebodDespués de unos meses, aquel deseo de vivir en el centro de un gran ciudad, esa experiencia deseada, pasó a convertirse en casi un infierno. Detesto las aglomeraciones de gente, y el concepto centro no deja de ser algo ambiguo. ¿Qué significa «centro»? ¿Tener todo cerca? ¿Y qué significa «todo»? Yo no termino de tenerlo claro. Mi experiencia anterior con el centro de Madrid resultó mucho más gratificante. Cuando quería quedar con los amigos bajaba desde Aravaca. Cuando quería comprarme un libro me acercaba hasta Puerta del Sol y me tiraba una hora o dos en la FNAC o en La casa del libro rebuscando. De hecho ese ritual tenía carácter semanal. Al salir del trabajo seguía hasta Madrid, una parada más, y paseaba durante un buen rato, me gastaba entre veinte y treinta euros en libros que acabaría amontonando y luego volvía a Aravaca. Esa era mi relación con la zona centro, que entonces me agradaba, porque durante un rato yo era parte de la muchedumbre; sabiendo que al rato volvería a la tranquilidad del piso en una zona en la que raro era el día en que se escuchase un ruido después de las once de la noche. Ahora estaba empezando a detestar toda la zona y, de hecho, en todo el tiempo que estuve a cincuenta metros de La casa del libro y a cien de la FNAC, entré dos veces; y encima porque acompañaba a algún amigo.

Cierto que hay crisis, pero la cosa está especialmente complicada para conseguir un piso en Madrid. Al ya inherentemente difícil proceso de búsqueda de un piso en el que no te pidan como anticipo el alma y un aval bancario de treinta años, al poco de llegar empezó a hacerse patente cierto malestar en los gerentes del proyecto. Fue inesperado, como en la mayoría de estas ocasiones y cuando el cliente es uno grande y caprichoso, pero a las pocas semanas de mi incorporación como jefe de proyecto en esa cuenta, el cliente anunció un gran ERE y, con ello, empezaron a cancelarse proyectos, a cambiar los interlocutores y a crecer la incertidumbre. A pregunta directa, mis jefes me garantizaron trabajo sólo hasta final de año, así que tampoco me apetecía meterme en un compromiso de un año en un alquiler si después las cosas se iban a complicar. No era plan de pedir aval, dejar fianza y arriesgarse para nada.

Quería salir del piso de Sol, pero no quería hipotecarme a un año. En este momento de tensión e incertidumbre, fue donde apareció el altruismo de una amiga que conocí en la empresa anterior. En realidad habíamos hablado más bien poco y vinimos a conocernos mejor en mi anterior estancia en la capital, pero sin pensarlo mucho me dejó su piso, aunque con algún sentimiento de angustia por lo bien arreglado que lo tiene y el temor a que se lo destrozara. Tres meses fue lo que acordamos en principio, tiempo durante el que yo le pagaría todos los gastos (hipoteca incluida), hasta noviembre, a la espera de que la cosa se aclare. Para bien o para mal, pero que se aclare. Así que desde hace un mes estoy viviendo en Parla y cambié el piso centenario, que pese a la reforma el edificio era viejo, la vista de las tejas de enfrente y el bullicioso y opresivo centro, por un piso de casi setenta metros cuadrados en una zona residencial en la que no se escucha un ruido a partir de las diez y media, con piscina (ya cerrada por comienzo del otoño), garaje, trastero, centro de deportes a dos minutos, Carrefour a tres y Mercadona a un paseo, y —lo mejor— unas vistas acojonantes siendo un octavo. La ventana del salón da para el oeste y las puestas de Sol son increíbles. No recuerdo haber disfrutado en Las Palmas con tanta frecuencia de los degradados de colores rojizos y anaranjados que veo desde aquí.

Puesta de Sol desde el salónY aquí es donde el «todo cerca» toma sentido. O, mejor dicho, deja de ser tan importante. Internet ha cambiado la forma en que uno necesita hacer las cosas. Puedo hacer la compra en Mercadona desde mi casa y me la traen el sábado. Casi todo lo que necesito lo puedo comprar en Internet. Tengo una farmacia a dos minutos que abre todo el día, todos los días de la semana. Una parada de tranvía que en diez minutos me deja en la estación de RENFE y, desde ahí, tardo treinta minutos hasta la zona de Sol —que ahora vuelvo a disfrutar como antaño—, saliendo un tren cada diez minutos. También hay dos parques muy agradables por los que pasear a última hora de la tarde, y carriles bici por casi todas las calles principales, entrándome ganas de pillar una y dedicarme a recorrer la zona. Eso si no tuviese que irme a finales de noviembre, sea para volverme a Las Palmas o para mudarme a otra vivienda para seguir trabajando en Madrid.

Llegados a este punto de esta larga entrada, y en resumen, llevo cinco meses trabajando más o menos al mismo ritmo —hay quien cree erróneamente que soy un workaholic—, de los cuales el último lo he pasado en Parla a mis anchas en un piso con dos habitaciones, un salón enorme y un televisor LCD donde disfrutar de la calidad Blu Ray, que es la única tele que yo veo; pero sigo sin saber lo que será, laboralmente hablando, de aquí a dos meses. Mi jefe directo me confesó hace unas semanas, cuando le volví a preguntar por mi futuro inmediato, «eres un diamante, un currante nato, y no queremos perderte», pero no me pudo garantizar nada de nada. Ya veremos.

Otra de las cosas que ha traído el mudarme a Parla ha sido la velocidad de Internet. En Sol ya tenía 6 Mb, cinco más de los que nunca llegaré a tener en la zona de Las Palmas donde vivo. Pero cuando pedí el traslado de la línea, y por cambiar de ciudad, no pudiendo mantenerme el número, me ofrecieron, por un poco más, 30 Mb de fibra, que es lo que tienen todas las zonas residenciales de construcción reciente. Y aquí estoy, disfrutando de unas velocidades que ni en mi más febril locura hubiese podido imaginar. Es una gozada y, ahora sí, puedo decir que tengo «banda ancha» y que me muevo por las «autopistas de la información». Y aunque dure sólo tres meses, esta experiencia ya no me la quita nadie.

Un cielo espléndidoPor otro lado, y como parte negativa, he alargado los viajes en tren. He pasado de unos treinta o cuarenta minutos, a viajes de hora y veinte que, si las combinaciones fallan, pueden convertirse en viajes de casi dos horas. Hablo de tiempo invertido en cada sentido. Ahora me veo obligado a hacer trasbordo, y eso implica esperar al siguiente tren o tranvía si se me escapa uno. Un día realmente malo, puedo llegar a emplear cuatro horas en transporte. Aunque en el tiempo que llevo aquí eso ha pasado sólo una vez. Por lo general, conociendo las horas a las que salen y pasan los trenes, no empleo nunca más de hora y media. Y siendo, como soy, un optimista nato para estas cosas, aprovecho estos largos paseos en tren para escuchar música y para leer. Pero, principalmente, para disfrutar del paisaje y del amanecer. Pronto no me quedará otra cosa que leer y escuchar música. Ya empieza a notarse la disminución de las horas diurnas y llego a la estación de Tres Cantos sin haber aclarado del todo. En un mes, cuando además haya cambiado la hora, sospecho que ya entraré a trabajar siendo aún de noche.

Debo puntualizar, además, que el incremento en tiempo de traslado ha supuesto salir antes del piso. Lo que en una cadena hacia atrás de causa y efecto, significa levantarse un poco antes. Suerte que siempre he sido de dormir poco y que no me cuesta despertarme a las cinco y media de la mañana, que es la hora a la que debo ponerme en pie si quiero desayunar tranquilo y prepara las cosas con calma, mucha calma, antes de salir.

En todo este tiempo, en el que he estado más bien centrado exclusivamente en el trabajo —¿he comentado ya que hay alguno por ahí que cree erróneamente que soy un workaholic?—, al llegar al piso, sentía mucha pereza como para ponerme a escribir en el blog. Sin embargo, y en parte porque alguno me preguntaba de vez en cuándo cómo me iba todo, siempre tenía ganas de comentar cualquier cosa, alguna chorrada sobre cómo había ido el día, o la semana, o sobre cualquier estupidez que hubiese hecho o mirado en Internet, simplemente para que no se perdiese ese canal casi místico, y muchas veces anónimo, que hay entre el que escribe y el que se asoma, curioso, a leer lo que se ha escrito. Pero, pese a saber que este rincón no deja de ser una sarta de tonterías, le tengo demasiado aprecio como para convertirlo —ya he visto cómo acaba degradándose un espacio similar en otros casos— en un copia y pega de aquí y de allá sin más esfuerzo ni originalidad que el meter contenido hecho por otros. No, para esta bitácora deseo seguir reservando esa hora del día en que sale publicado, cuando sale, y artículos, cuando no interesantes, al menos sí algo más elaborados. Pero la picazón de «publicar» aunque sean tonterías no se me quitaba. En este aspecto he de confesar que la plataforma Facebook, y el concepto del muro, es algo cojonudo. Es una idea sencilla —y robada, dicen— que funciona. Durante dos semanas retomé el publicar cosillas sueltas en mi cuenta, a ver qué tal era; pero Facebook es un coto cerrado, es un espacio en el que lo que prima no es la originalidad —como ya ha dicho mucha otra gente antes— sino el mecanismo, casi endogámico, del «me gusta» reproducido hasta la saciedad. Amén de que parte de mi red social, tal vez con la que tengo más afinidad, siquiera tiene cuenta en Facebook y, por tanto, perdía sentido y objeto. Luego evalué Google+, aún sabiendo que sería más de lo mismo, pero con la esperanza de que pudiese quedar a modo público, al menos parte, y poder engancharlo en el lateral del blog a modo de «breves». Me cansé pronto de buscar la forma, así que he optado por rescatar y reciclar un experimento, distracción y mecanismo o válvula de escape, que monté en los peores momentos laborales (allá por 2008) y convertirlo en mi muro particular, donde —ahí sí— publicaré todas las pepinadas que se me ocurran, sin respetar nada, sin escrúpulos y con menos vergüenza, y que aparece a la derecha de este blog con el sugerente título de «Pepinadas breves». No me hago responsable de lo que te suceda si te pones a leerlo, pero sospecho que es más probable que sepas cosas de mí en los próximos meses por esa vía que esperando a que escriba otra entrada aquí, que, como mucho, será de algún libro de esos que ahora leo en el tren (o de los veinte que ya he leído antes y que aún no he comentado). Por tanto, y pese a la pobreza de espíritu que entraña, y que ya lleva unos cuantos días ubicado en esa posición, queda presentado oficialmente mi «canal de breves»; montado, eso sí, como otro blog en la plataforma Blogger. Tampoco era plan de complicarse mucho más.

Valverde de los arroyosYa que está siendo una entrada larga, aprovecho para comentar un último punto; que no por último menos importante. Las dos últimas semanas ha estado mi mujer acompañándome aquí en Madrid. Ha sido agradable volver a convivir con ella. Y es, quizás, lo único que echo de menos de Las Palmas. Dada la inseguridad de mi permanencia en esta empresa, no podemos tomar una decisión dramática para que ella deje la seguridad —siempre relativa— de su trabajo y se venga a buscar algo a Madrid. La separación no está resultando fácil. Para ninguno. Y las pocas veces al mes que podemos permitirnos —los viajes se han encarecido casi un 200% comparándolos con la etapa anterior en Madrid, lo que impide que viaje más fines de semana— que yo viaje a Las Palmas, saben a poco. Así que se pidió dos semanas de vacaciones y ha estado aquí, aunque yo estuviese trabajando. Resulta indescriptiblemente agradable llegar a casa y escuchar el ruido de la actividad de mi mujer, ya fuese ver la tele o estar cocinando la cena. Y el calor humano que ello conlleva. Han sido dos semanas increíbles, mejor que cualquier viaje a cualquier lugar. Es algo que se acaba aprendiendo con los años, al final el universo es tal y como uno quiere percibirlo y que no hace falta salir de la casa para ser feliz. ¿Dónde está, por tanto, el «centro»? En uno mismo, sin lugar a dudas.

Sin embargo, aunque he dicho que uno puede ser feliz sin salir, tampoco es plan de desaprovechar las oportunidades que se presentan. Así que alquilamos un coche y pasamos un fin de semana visitando Guadalajara. En especial nos decantamos por la ruta de la arquitectura negra o de los «pueblos negros», que dicen, y finalizando en Sigüenza. Disfrutamos enormemente de los paisajes y las carreteras secundarias de Castilla-La Mancha, esperando encontrar, tras cada curva, los famosos molinos con los que se enfrentó Don Quijote. Una vida también puede enriquecerse con escapadas de fin de semana.

Una pena que, de momento, esto no podamos repetirlo más a menudo. Esperemos que a principios del año que viene la cosa se aclare. Mientras sí tengo claro que, después de estas dos semanas en que hemos vivido y vuelto a compartir muchos momentos juntos, la soledad se acentúa más. Resulta bastante duro el cambio y volver al piso para ser recibido por el mismo silencio que te despidió al salir a primera hora de la mañana. Habrá que volver a acostumbrarse hasta que consigamos otras dos semanas de vacaciones.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Empezar el día con mejor talante

Más bien soy enemigo de las cadenas de correos, pero a este vídeo le he cogido cariño. Un buen desayuno, compuesto de una pieza de fruta o un zumo, un café con leche con cereales (tal vez gofio, si la morriña te puede) y una tostada con mantequilla y mermelada, a lo que le sumas este vídeo, y uno enfrenta el día con mejor talante.



[Publicado originalmente en mi muro de Facebook el lunes 12 de septiembre]

jueves, 7 de julio de 2011

Alive

Estoy vivo. Aunque la ausencia de entradas publicadas durante los dos últimos meses de lugar a pensar lo contrario. Sigo vivo, sí. El calor de Madrid no ayuda; al menos a querer seguir estándolo. A veces te planteas si no estarías más a gusto bajo dos metros de tierra que sudando de forma infinita por cada poro y encharcando cada pliegue de piel, allí donde dos masas de carne, de tu propia carne, entran en contacto. Peor lo ponen las jornadas laborales de ocho a ocho que hago muchos días. El calor no deja dormir y llego cansado al trabajo, y las muchas horas en el trabajo consiguen que llegue agotado al piso. Agotamiento y calor resultan un matrimonio celoso y excluyente que no admiten un ménage à trois con un sueño profundo y reparador. La cama no ayuda, mierda de cama. Dormir mal y vuelta a empezar, a modo de círculo vicioso. Suerte, al menos para mí, que siempre haya sido de poco dormir. Aunque algunos días acaba pasando factura. De vuelta al horno piso, en días eternos, poco consigo hacer más que mirar la pantalla del portátil rumiando lentamente algo en lo más profundo de mi sesera que nunca consigo alcanzar a recordar. Un observador externo diría algo así como «ahí quedó otro tarado de mirada vacía e idiota».

El cielo de Madrid a las 11 de la noche en veranoPero no todos los días son malos. En realidad, aunque trabaje mucho, no puedo decir que ningún día haya sido malo. Agotador sí, pero no malo. Me gusta lo que estoy haciendo. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto —casi tentaría el uso del término «realizado»— en un trabajo. Tal vez desde el año 2005 no me divertía tanto. Pero es mucho lo que hay que aprender. Ponerse al día requiere un gran esfuerzo. Dominar la plataforma desarrollada, con pegote de código tras pegote de código desde 2002, requerirá aún cuatro o cinco meses, pero en los apenas dos meses que llevo ya soy cinturón verde y en breve me examinaré a marrón. Hay gente que lleva más de un año que no ha pasado de blanco. Y gente que lleva tres que ya no me sacan mucha ventaja. Al final sí que va a resultar que soy rápido aprendiendo.

También hay tardes que salgo a mi hora y me voy a pasear, si el calor lo permite, por las calles de Madrid. A disfrutar de una arquitectura hermosa y a disfrutar de un cielo increíble que a las diez y media de la noche aún nos regala tonos de azul espectaculares. Sigue fascinándome el cielo de Madrid. O quedo con amigos para ir al cine. No recuerdo la de tiempo que no iba tanto al cine de forma tan seguida. Tengo los Cines Ideal a dos minutos caminando. Y otros tantos cines a distancia similar en todas las direcciones. Pero los Ideal tienen algo de novedoso para mí. Nunca había ido al cine a ver películas en versión original subtitulada y desde que estoy en Madrid ya he visto unas cuantas. Vivir en el centro tiene sus ventajas. Aunque a mí me satura demasiado. Tengo que dejar en septiembre el piso en el que estoy y busco mudarme a las afueras. Encontrar un piso en condiciones no demasiado lejos y a un precio razonable me está costando más de lo que pensaba. Sospecho que finalmente tendré que irme muy a las afueras. Ya no iré tanto al cine, supongo. Ni quedaré a cenar pizza con los amigos una vez por semana. Como parte positiva, espero contar con más metros cuadrados donde realizar vida doméstica. Encajonarse en apenas veintidós metros cuadrados de horno —de las pegas que tiene vivir en el último piso estaría que el Sol castiga las tejas todo el día— no ayuda a desear seguir viviendo en el centro.

De los Cines Ideal guardo una buena anécdota. Me estrené en ellos con el estreno de la última película de Woody Allen, Midnight in Paris. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto del cine; en el sentido de una historia bien contada, de una buena película, que no de un espectáculo de luces y sonidos. De vuelta a la calle, comentando la grata sensación que dejó el visionado de la obra de Woody Allen, una explosión, mucho humo y gente corriendo nos desorientaron. Cuando la gente empezó a disolverse a nuestro alrededor vimos aparecer entre el humo a la policía antidisturbios que apuntaban con sus escopetas de bolas de goma hacia donde estábamos nosotros. No sé cómo vino a mi mente, a modo de expresión pero también de referencia cinéfila, «Gorilas en la niebla». Nosotros también corrimos ese día.

El campamento de SolNacía el movimiento 15M que tantas páginas de periódicos ha rellenado en los últimos meses. Viviendo a doscientos metros de Sol, he podido ver cómo la plaza se iba llenando de tiendas de campañas a cada día que pasaba y cómo luego iban desapareciendo. Durante cinco semanas he dado los buenos días a los acampados camino de la estación de cercanías, y las buenas tardes al volver al piso. El día que la mayor parte recogió sus tiendas de campaña los servicios de limpieza hicieron un trabajo ejemplar. Salvo por un grupo de «irreductibles galos» se hubiese podido decir que allí no había pasado nada. A día de hoy apenas queda una ridícula «construcción» hecha con maderas y cubierta con plástico azul, y lo que te impide pasear por Sol ya no son tiendas de campaña, sino turistas y más turistas que siguen algún tipo de movimiento browniano chocando unos con otros y haciendo que los doscientos metros que distan desde la boca del metro hasta el portal del piso donde vivo se desarrollen de forma lenta y agotadora. Ratifico que me desagradan las multitudes. Vivir en el centro también tiene su parte negativa.

Hoy he revisado mi bitácora. Tantas tardes prefiriendo relajarme después del trabajo viendo alguna serie —recomiendo encarecidamente la producción de HBO Juego de tronos— que hilvanando frases para construir algo congruente, ha elevado a la categoría de Máximo Histórico el número de historias en borrador. Casi cuarenta ya. La mayoría reseñas de libros que no sé si llegaré a publicar pero que he ido leyendo en los últimos meses. No he dejado de leer. De hecho, los treinta minutos que tarda el tren en llegar hasta Tres Cantos, donde trabajo, se pasan volando porque voy leyendo. Pero esta entrada llevaba ya mucho tiempo en espera e iba siendo hora de darle salida. A ver si ahora, que acabamos de empezar la jornada intensiva de verano, y que salgo a las tres de la tarde del trabajo, encuentro rato para ir dando salida al resto de historias olvidadas que aún tengo aquí. Ya veré. La prioridad ahora mismo es encontrar un piso en el que aguantar al menos otro año.

sábado, 5 de febrero de 2011

Silogismo incuestionable, lógica indiscutible

Todos los hombres son mortales. Sócrates era mortal. Por lo tanto, todos los hombres son Sócrates. Lo que significa que todos los hombres son homosexuales.

Woody Allen
Citas en sobres de azúcar

domingo, 9 de enero de 2011

'¡Chúpate esa!'

En la última década parecen haberse puesto de moda dos cosas: los no-muertos, especialmente en sus sabores de zombies y de vampiros, y las ediciones seriadas de cualquier tema, en especial en forma de trilogías. En combinación, parece que lo que más gusta son las trilogías de vampiros. Al menos tres son los libros que lleva publicados Christopher Moore, autor prolífico especializado en situaciones absurdas en torno a monstruos y seres sobrenaturales, sobre vampiros y sus quebraderos de cabeza. No es fácil ser un vampiro, no, y '¡Chúpate esa!', continuación de 'La sanguijuela de mi niña' [mi reseña], ahondará en las cuitas que supone la existencia a un ser cuya mayor y única adicción es la sangre. A poder ser la de otros.

Para que una cosa sea catalogada o etiquetada de continuación, y merecedora de tal honor, debe contener algo, en su cuerpo, en su esencia o al menos en espíritu, que la relacione con la primera, cronológicamente hablando. En este caso lo es todo. Aparecen los mismos personajes (me arriesgo a decir que absolutamente todos) que sobrevivieron a la primera parte, y alguno más. Entre los nuevos aparece Abby, secundaria de importancia y narradora vital en esta novela y que también es recurso narrativo, menos importante, en otra de las novelas de Christopher Moore: 'Un trabajo muy sucio' [mi reseña]. '¡Chupate esa!' es un crossover ficcional [@ Wikipedia] con la novela sobre el trabajo de recolectar almas. Y, aunque hay cosas que no terminan de encajar completamente, sí que hay algún guiño a la historia 'Un trabajo muy sucio' y que tal vez sólo pilles si la has leído. Aunque es totalmente irrelevante para la historia de Abby y del resto de personajes de esta narración. También aparece un pitufo (o mejor dicho una pitufa) que en algún momento traerá de cabeza a buena parte de los personajes. Y después de despertar la curiosidad con la mención del ser de marcada tonalidad azul, dejo que el interesado averigüe de qué se trata leyendo la historia. Si es que al finalizar de leer esta reseña — o lo que sea que es este conjunto de frases y despropósitos— se decide a ello.

Lo menos que se puede decir de una novela de Christopher Moore es que resulta divertida. '¡Chúpate esa!' lo es bastante, incluso mucho, en algunos instantes concretos. Sin embargo, en la mayor parte de las páginas no pasa de divertimento ligero. En mi caso, incluso, hubo momentos en que llegó a entreverse la sombra del aburrimiento. En pocos casos, sí, pero ahí estuvo. Pero en valoración neta, habré de decir que la novela, en su conjunto, es entretenida. No faltarán situaciones —incluso razonamientos y fantasías de algunos de los personajes más seriamente intoxicados por drogas varias— que rayan lo irrisoriamente absurdo, algo en lo que Christopher Moore, a quien no podrá dársele un nobel por su prosa, sí consigue plasmar e hilar con maestría.

Tiene una suerte a veces… Yo podría ponerme a hacer el pino y a tocarme la almeja encima de la mesa de la cena, y mi madre sólo me diría: «Cariño, la navidad es para estar en familia, tenemos que estar todos juntos» y me haría acabar delante de todos.

Aun resultando entretenida —al menos a ratos— es quizás la peor novela de las que he leído hasta el momento de Christopher Moore. Al menos para mi gusto. Debe ser que esto de los vampiros no termina de engancharme como al resto de la Humanidad. Mi recomendación es no dedicarle tiempo a esta historia, salvo que se haya leído el primer libro y se tenga curiosidad por conocer cómo continúa la relación entre los protagonistas. O que se tenga la sana intención de leer el siguiente de la trilogía vampírica que ha escrito el autor. Supongo que yo sí la leeré; cuando salga en edición de bolsillo o caiga en mis manos por vías menos lícitas. También podría resultar atractiva para alguien que le vaya mucho el tema de los no-muertos chupasangre. Pero en este caso avisar que menos seria, esta obra es de todo. Así que podría irritar a los fanáticos y devotos de Nosferatu por su irreverencia con los señores de la noche. No es un tratado de vampirismo. Por último mencionar que también cabe la posibilidad de que yo no haya sabido descubrir el intrincado trasfondo existencialista a esta historia en concreto y resulte ser una maravilla de la literatura burlescofantástica. Esto es una lotería, así que el que decide eres tú. ¿Te lo leerás o no te lo leerás? Por si acaso, ahí queda mi recomendación. Siempre sirve de alternativa, eso sí, si ya se han leído todos los que he recomendado, y todos los que catalogo como must read.

Para concluir, aprovecho para &$@#*-me en el que decide los títulos de los libros al traerlos al mercado español. Que alguien me explique qué tienen que ver los títulos originales, 'Bloodsucking Friends: A Love Story' y 'You Suck: A Love Story' con los correspondientes al mercado nacional. Siguiendo la pauta, supongo que a 'Bite Me: A Love Story', la tercera parte de las andanzas de la fauna particular que habita en estas historias, lo llamarán en casa '¡Ponme la pierna encima!' o algo aún peor. Tal vez '¡Dame con el pepino!'. Si es que con tal de vender…

sábado, 8 de enero de 2011

'El bufón'

En las portadas de todas las novelas de Christopher Moore que he tenido en mis manos, o en las entrañas de mi iPad, hay una frase que aparece siempre con apenas variación en su morfosintáxis: «Del autor de El ángel más tonto del mundo». Al menos en las ediciones en español. Y salvo, claro está, la propia novela 'El ángel más tonto del mundo' [mi reseña]. Aunque el editor más tonto del mundo podría haberla puesto por aquello de reforzar la idea global de que la mejor novela del autor es, precisamente, esa. Algo que, tras leer 'El bufón', que por cierto también trae en su portada o pseudo portada, electrónica en este caso, esa misma declaración, estoy por jurar: De momento, la novela del ángel con serio síndrome de cretinismo es la mejor de todas. Aprovecho para volver a recomendar aquí su lectura.

Sin embargo, si hay una novela de Christopher Moore —de las leídas hasta ahora— que está casi a la altura de la tan mencionada crónica de un ángel tonto es, y con diferencia hasta la fecha, 'El bufón'. Por el toque original con el que se dedica a revolcar, revolver y retorcer la hipertragedia y megadramón clásico de Shakespeare 'El rey Lear', y por la gran cantidad de momentos divertidos y carcajadas que uno suelta durante su lectura. Si en nuestro universo conocido a la materia le corresponde la antimateria, a 'El rey Lear' le corresponde, en justo y merecido primer lugar, 'El bufón', que en ésta adquiere el mayor de los protagonismo narrando las vicisitudes de todos los personajes en un tono de egoísta, descarada y cínica primera persona.

Reconozco que soy de espíritu crítico débil y que si un chiste o un párrafo cargado de prosa imaginativamente cómica, ocasionalmente rayando en lo soez, me pilla por sorpresa, la obra que lo contiene gana muchos puntos en mi marcador personal. Con 'El bufón' tropecé con algunos de esos párrafos que pasarán a mi colección de momentos de lectura geniales y de atragantadera por risa descontrolada. En estas ocasiones doy gracias si la carcajada tonta me pilla en la intimidad de mi casa y no en el transporte público. (Aclaro que evito elegir esos párrafos para acompañar mis reseñas por aquello de favorecer que posibles, aunque improbables, lectores disfruten de ese mismo placer del descubrimiento abrupto y de la carcajada espontánea).

    —Nada de eso, muchacho, nada tan sórdido como la política. Lo nuestro es venganza pura y dura. A nosotras la política y la sucesión nos importa un comino.
    —Pero vosotras sois el mal encarnado y triplicado, ¿no es cierto? —pregunté yo, respetuoso. Los méritos hay que reconocerlos.
    —Sí, lo nuestro es el mal, pero no llegamos a tanto como para meternos en política. Mejor lanzar contra las piedras el cerebro de un recién nacido que hervir en esa caldera de ordinariez y vulgaridad.

'El bufón', penúltimo libro editado en castellano hasta la fecha, y cargado con cantidades industriales de humor negro del más burro que uno pueda esperar y desear, es una novela que merece la pena leer y que garantiza unas buenas horas de divertimento superficial e insustancial. De ese mismo humor superficial e insustancial que tanto aprecia el hedonista medio. Grupo generacional en el que me incluyo. Novela totalmente recomendada.

viernes, 7 de enero de 2011

'Maldito Karma'

Se le coge bastante rápido el punto a esto de leer en el iPad. Así que, tras terminar de leer el anterior ['Un mundo feliz'], me puse a leer el libro 'Maldito Karma' —con objeto también de cambiar la escala dramática—, primera novela de David Safier y que deja entrever, al menos ante mi inexistente criterio literario, una promesa en cuanto a literatura de corte humorístico se trata. Tendré presente al autor para hacerme con su segunda novela en cualquier momento.

A veces resulta curioso lo que pasa con un libro. Yo leí la versión electrónica del mismo, obtenida por vías poco lícitas aunque aún legales —Ley Sinde mediante—, pero sabía que una copia en papel y comprada unas semanas antes para regalar a la que me trajo al mundo venía en camino. Sin embargo, antes de recibir esa copia, cuando ya tocaba la puerta como quien dice, resultó que mi padre se presentó con el libro bajo el brazo y me lo regaló tras leérselo; sin saber que había otro ejemplar circulando por las manos de los miembros del clan. Lo había comprado porque —se nota que soy fiel heredero de su espíritu— el título le había resultado atractivo. El mismo motivo por el que se le había regalado a mi madre en su momento. Acababa de leerme la versión electrónica por impaciente, rayando incluso la ilegalidad, y resultó que atropelladamente llegaron dos copias en papel. ¿Será cosa del karma?

'Maldito karma' es una novela que se lee en un santiamén, porque resulta grata y a veces genialmente entretenida, y en la que, como si de un videojuego se tratara, el personaje principal de la trama va perdiendo vidas y reiniciando la partida tras cada fallo mortal. No faltarán las situaciones completamente absurdas, de las que me reconozco especialmente adicto, y que consiguen que el libro mantenga el tono y calidez durante la casi totalidad de sus páginas. De ahí que se trate de una novela que enganche. Conjuntamente a este último hecho, está que su prosa es ligera facilitando una inmersión cognoscitiva completa en la narración. O sea, proceso de abstracción del entorno que resulta de —o se consigue gracias a— un lenguaje asequible sin exceso de florituras. Funcional y práctico, sería en esencia. Casi periodístico (pero del periodismo bueno).

    Me miraron de nuevo un instante con la mirada vacía y prosiguieron con su trabajo. Como yo no era su comandante ni mucho menos su reina, mis advertencias les importaban tres pitos. Ocurría lo mismo que en las grandes empresas: el sano juicio se estrellaba en la jerarquía interna.

Cuando alguien coge un libro puede andar buscando en él diferentes cosas. Tal vez un instrumento de aprendizaje e instrucción. Tal vez un amigo fiel con el que abrirse y compartir intimidades, pues el reflejo de las emociones de lo que leemos convierte al libro, en principio objeto pasivo de un acto en sí sosegado, en un activo de nosotros mismos. O tal vez se busque un simple pasatiempo de una noche (si se lee muy rápido) y que se olvida en cualquier rincón o estantería tan pronto llega el alba. 'Maldito karma' no es ni lo uno. Se trata de un buen compañero de camino con el que pasar unas horas divertidas y que, sin llegar a dar gracias al cielo el haberlo encontrado, sí perdurará alegremente en la memoria durante un tiempo. No en vano lleva una jartá de ejemplares vendidos en la tierra de su lengua materna y que, allí donde llega traducido, cosecha similar éxito. 'Maldito karma' no es una novela que te cambiará la vida, pero desde luego te la hará más llevadera unas horas. Libro recomendado.

lunes, 20 de diciembre de 2010

'La sanguijuela de mi niña'

Ya comenté —hace muchísimo tiempo— que el iPad lo compré principalmente para leer [iPad]. Después de todo este tiempo confirmo que es un gran dispositivo para navegar por el universo web y que, cuando las condiciones de luz no son extremas —en especial extremadamente luminosas— la lectura es cómoda y se puede prolongar durante horas. Sigo manteniendo que el principal contratiempo es que, para la postura de tumbado boca arriba, no termina de resultar muy ergonómico (es complicado mantenerlo con firmeza sin meterle los pulgares en la zona sensible). En cualquier caso había que hacer la prueba de fuego y para ello elegí literatura ligera de la mano de Christopher Moore [@ Wikipedia], del que ya comenté por aquí 'El ángel más tonto del mundo' [reseña] y 'Un trabajo muy sucio' [reseña]. Ambos libros, en especial el primero, resultaron muy entretenidos y son de lectura, cuando menos, recomendable.

Me hice con una copia de 'La sanguijuela de mi niña' en versión PDF, sumergiendo hasta el fango mi conciencia moral en las miasmas putrefactas de las mafias del peer to peer, para ver qué tal era leer un documento de este tipo en el iPad. Es bueno recordar que uno de los fundamentos para la elección del iPad en lugar de otro e-reader, además de lo obvio, estaba en que ya disponía de una gran colección de libros técnicos en formato PDF. Mi alma inmortal se pudrirá en el infierno por tanto saqueo a las arcas de la industria librera. Antes de continuar aclarar que no tuve ningún problema con la lectura. Con la aplicación adecuada se lee como un documento ePub de los que puedes conseguir en la tienda iTunes. Vamos, cómodamente.

'La sanguijuela de mi niña' fue publicado con anterioridad a los dos libros que ya había leído del autor, aunque con el éxito que está teniendo en nuestro país parece que se están actualizando las ediciones y traduciendo al castellano las novelas de hace algunos años que algún editor con poca visión y peor tino rechazaría en su momento.

En esta ocasión la cosa girará en torno a vampiros. No es que rompa con mi tradición de no contar nada del argumento y fastidiarlo de esta forma. Que va de vampiros se sabe desde la primera página. Eso si no somos lo suficientemente perspicaces como para discernirlo del dibujo de la portada. Cierto que es casi un jeroglífico de esos que ponen en la prensa: un vaso lleno de líquido rojo con una etiqueta de esas que ponen en las bolsitas de sangre de las extracciones con las letras «AB» y dos pajitas para chupar. A que es fácil, ¿eh? ¿No? ¡Vaya! Aunque realmente la gracia del asunto está en contarnos durante toda la novela lo complicado que puede resultar adaptarse a la vida —o no vida— de un vampiro para una recién conversa, la protagonista. Vaya, ahora sí que he fastidiado el argumento, si es que no has leído el resumen que te cascan en la contraportada, claro. Este proceso de adaptación será un verdadero caldo de cultivo para la prolífica imaginación del autor, que con buenas dósis de mala baba y mucho humor absurdo, hace pasar el rato, un buen rato, párrafo tras párrafo.

     El Emperador sacudió su cetro para desprender de él las últimas gotas, se estremeció y, subiéndose la cremallera, se volvió hacia los reales lebreles que aguardaban a sus pies.
     —La sirena de niebla suena especialmente triste esta noche, ¿no os parece?
     El más pequeño de los perros, un Boston terrier, bajó la cabeza y lamió sus chuletas.
     —Qué simple eres, Holgazán. Mi ciudad se pudre ante tus ojos. El aire está cargado de veneno, los niños se matan a tiros en las calles, y ahora esta plaga, esta horrible plaga que mata a mis súbditos por centenares, y tú solo piensas en comer.

Las aventuras y desventuras de los protagonistas de 'La sanguijuela de mi niña' se desarrollan en San Francisco, ciudad donde también se desarrolla la historia de 'Un trabajo muy sucio', y aparecen unos cuantos secundarios que asoman las narices en ambas novelas. Por supuesto el Emperador tiene su buena ración de párrafos. Así que hay cierta familiaridad cuando ya has leído algo anteriormente en lo que aparece uno de los personajes que se citan aquí. No sabría decir si eso es bueno o malo de forma general, pero en el caso de esta historia, a mí particularmente me ha gustado.

De las tres novelas que he leído hasta el momento de Christopher Moore, esta es la que menos me ha gustado. Pasas un buen rato, no lo voy a negar, pero me resulta bastante predecible casi desde el principio al final. Tal vez sea porque el mundo de los vampiros está bastante trillado. Cierto es que plantea algunas novedades sobre las respuestas fisiológicas y funcionales de un vampiro, pero no forman parte importante de la narración ni de la historia. En cualquier caso, si lo tienes a mano (o eres tan mezquino como yo para adquirirlo por los caminos de lo ilegítimo), es un libro que bien te puedes leer. La garantía de pasar un rato entretenido echándote alguna risa —en ocasiones rayando la risa tonta— con situaciones estrambóticamente surrealistas la tienes. Pero tampoco es un libro que te recomiende que busques desesperadamente. Aportar, lo que se dice aportar, a la existencia de uno mismo no creo que lo haga. Salvo que consigas que un vampiro te muerda y te convierta. Teniendo siglos de vida por delante, un libro como este te ayudará a pasar unas buenas horas de lectura. Cuando no te veas impelido a buscar sangre para saciar la sed.

lunes, 23 de agosto de 2010

'Psiquiatras, psicólogos y otros enfermos'

Salvo que acabes de aterrizar accidentalmente en este mi rincón de miserias personales, ya te sabrás de memoria la mecánica con la que me hago con muchos de los libros que han ido apareciendo por aquí comentados. Pero si fuera este tu estado, el de recién llegado, lo abreviaré: Chico entra en una librería haciendo tiempo esperando a su mujer. Chico curioseando en los estantes tropieza con un libro cuyo título le llama la atención. Chico coge el libro y paga en caja. Chico llega a casa y abandona la adquisición reciente en el cajón de los libros olvidados (también conocido como «la infinita cola de espera»). Chico se olvida completamente de la existencia del libro. Chico, un día, reencuentra el libro y decide ponerse a leerlo. Y, cuando termina la lectura y le viene en gana, escribe un artículo en su bitácora contando alguna historia parecida sobre cómo se hizo con él y dando su —más que cuestionable— opinión sobre el libro. Aunque hayan pasado tres meses desde que lo leyó. Así es el encantador chico de nuestra historia. ¿Alguien me compra la idea para hacer una película?

Aunque tengo la (in)sana intención de meditar y averiguar porqué me atraen más unos títulos que otros, de momento seguirá siendo una incógnita. Sospecho, sin embargo, que hay una serie de palabras o ideas que automáticamente excitan mi glándula del consumo incontrolado (El Hambre, con mayúsculas). En el caso del libro de hoy sí lo tengo claro y, aunque en realidad no tenga nada que ver y no venga a cuento, ha sido leer la palabra «psicólogos» en el título. La Psicología es una de esas materias que siempre han despertado curiosidad en mí. No lo suficiente como para ahondar. Ya dije que no era relevante. La puntilla a la decisión de lanzarme a su compra la dio el hecho de tratarse —o insinuarse— como una novela con una gran carga de humor. Y si hay algo a lo que no haya conseguido resistirme hasta la fecha es a reírme todo lo que pueda con cualquier cosa. Es más, he desarrollado cierta tendencia a lanzarme a ello de cabeza tan pronto se presenta la oportunidad. Superficial que es uno.

Antes de ir al psiquiatra yo era una persona feliz. Ahora soy disléxico, obsesivo, depresivo y tengo diemo a la muerte, o sea, miedo. En el psiquiatra he aprendido que la palabra felicidad es una convención que carece de sentido. He aprendido que el hecho de volver a ser feliz algún día no sólo es imposible, sino completamente imposible. Ahora me pregunto más cosas de las que me gustaría: sobre la muerte y sobre la vida.

'Psiquiatras, psicólogos y otros enfermos' es una novela que sería a la psicología y a la psiquiatría lo que una road movie es para la ingeniería mecánica de los automóviles: poco menos que nada. El autor, Rodrigo Muñoz Avia, se aprovecha de los arquetipos, de las leyendas urbanas y de la bufonización de la profesión, para enmarcar e inducir las angustias y ansiedades del protagonista que, para mayor infortunio, tuvo un desliz lingüístico delante de uno de esos engendros al que, en el calor de su salón, abrazaba como cuñado. Desliz que lo lanza a un retrete y unas cloacas —como estoy hoy con las analogías— repletas de personajes pintorescos que, teoría va, teoría viene, intentan aportar su granito de arena en la cura del protagonista principal. El psicólogo argentino que no falte. Y poco más añade en cuanto a la profesión y a la materia se refiere. El que espere encontrar algo serio sobre la ciencia de los loqueros se ha equivocado de libro. Igualmente podría haber puesto a mecánicos a darle consejos sobre salud mental. Es un texto que, en cierta medida, critica la charlatanería de la profesión que tan poco bien le hace. De hecho, si en lugar de psicólogos y psiquiatras construyésemos esta historia con libros de autoayuda, sería perfectamente factible que el protagonista se fuese volviendo cada vez más loco. Sería una especie de Quijote devorador de libros escritos por los hurgadores de mentes y las sectas de los bucays. Acábaseme de ocurrir los personajes y el título para alguna historia: «Las aventuras y desventuras del ilustre don Freudijote y su fiel escudero Pancho Panza». Aunque ese podría haber sido el subtítulo de esta novela.

El libro se deja leer fácilmente. Yo me lo leí en un día —320 páginas—, aprovechando un fin de semana en unos bungalows. Aunque la prosa no es para tirar cohetes, cumple su función y, con el buen sentido del humor con el que está escrito, te hace pasar muy buenos ratos. Tuve que ocultar el ataque de risa varias veces detrás del libro porque los alemanes y los jinameros de los alrededores de la piscina me miraban como si estuviera tarado por reírme solo. El gran inconveniente de leer en público. Seguramente los alemanes, más cultos ellos, lo viesen hasta normal. Pero los de jinamar-mordor serían incapaces de entender que un libro pueda producir un ataque de risa difícil de contener. Además de saber leer —cuestionable por sus orígenes— hay que tener cierta capacidad de inmersión en la historia.

La verdad que el libro 'Psiquiatras, psicólogos y otros enfermos' reúne lo justo para ser destacable, pero a mí me hizo pasar unos muy buenos ratos en algunas de las ocasiones. Además de contar con unos personajes secundarios muy entretenidos y curiosos. Como al final, en esta triste y patética vida, de la que ya sabemos cómo terminará, de lo que se trata es de pasarlo lo mejor posible, el autor consigue que durante unas pocas horas uno se divierta a costa de las penurias del protagonista. Precisamente por eso lo dejo como recomendado.

viernes, 7 de mayo de 2010

'El asombroso viaje de Pomponio Flato'

De Eduardo Mendoza no he leído mucho. Los dos primeros de la trilogía del detective innombrado, hace muchos años y que volveré a leer como paso previo a meterme con la tercera de las novelas, y 'Sin noticias de Gurb'. Éste último no me gustó especialmente. No, ver escrito Eduardo Mendoza en la portada de un libro no suele despertar especial interés en mí. Sin embargo, con esta enfermedad crónica que deriva en consumismo inusitado y que se estimula con los títulos de los libros, se me iban constantemente los ojos al último libro que ha publicado: 'El asombroso viaje de Pomponio Flato'. Mi familia sabe que tengo una cantidad insultante de libros que aún no he leído —y que dudo que alcance a leer en toda mi existencia—, pero también sabe que aprovecho los eventos especiales como el día de reyes para regalar libros con la alevosa mala intención de ser beneficiario indirecto del presente. ¿Qué mejor se puede hacer con un libro que leerlo? Pues cuanta más gente lo lea mejor. Y si yo soy de los afortunados, qué te voy a contar. Así que, aprovechando los regalos de relleno le regalé a mi mujer la catorce edición y, pasado el tiempo discreto para no despertar sospechas, me lo zampé en dos días.

Y mira que me he reído con el libro. No me lo esperaba tan entretenido. De principio a fin se te hace corto, pues además de ser un libro corto —no llega a las doscientas páginas— se te van las hojas unas detrás de otras por la cantidad increíble de situaciones extravagantes, las dosis masivas de humor y el enorme volumen de sátira —y a veces de mala leche— que rezuma por los cuatro costados. Se te pasa volando el tiempo leyendo las peripecias de un filósofo con un vocabulario excesivo y pedante que se ve protagonizando las pesquisas como detective inusual y algo andrajoso, requeridas por un niño singular que desea resarcir la honra de su padre, acusado de asesinato que jura no haber cometido pero que prefiere aceptar antes de contravenir su conciencia contando lo que no debe, y salvarlo así de una muerte segura. Todo ello ocurrido en un Oriente Próximo que la narración sitúa cronológicamente a principios de la era cristiana.

Y hasta aquí puedo leer para no entorpecer el placer de su lectura con más datos de los justamente necesarios.

[…] Como están obligados a convivir los unos con los otros día y noche, desde la infancia hasta la muerte, tienen por norma estricta evitar la familiaridad que con toda seguridad derivaría en conflicto y degeneraría en enemistad. Por esta causa extreman la formalidad y la discreción y son muy ceremoniosos. Comen y duermen separadamente, y cada vez que se dan por culo se hacen mil reverencias y se interesan por la salud del otro y por la marcha de sus negocios, como dos amigos que se reencontraran tras una larga ausencia. […]

Un libro en grado sumo entretenido, con un lenguaje especialmente rico —disfruto de forma especial con textos donde se hace un uso extenso de un vocabulario poco común, aunque comprensible—, con un gran sentido del humor y plagado de personajes disparatados y conversaciones y situaciones hilarantes. ¿A quién no le gusta reírse? Yo lo hice mucho con las aventuras —más bien desventuras— del protagonista, Pomponio Flato. A mandíbula batiente.

Un must read por méritos propios.