El día cero, porque todo tiene un comienzo, habremos de fijarlo en el último fin de semana, que además pasé en mi hogar, Las Palmas. Aunque en realidad se podría decir que «desde siempre» he tenido el deseo de empezar a correr, en particular, y de hacer ejercicio, en general, (y no es la primera referencia hecha en el blog al respecto, por ejemplo en noviembre de 2011 ya lo comentaba). He preguntado en algunos gimnasios y he hecho cábalas infinitas para intentar encajar una hora durante la que acudir entre trabajo (Madrid) y teletrabajo (Las Palmas) y las otras obligaciones que he adquirido este año, pero lo cierto es que al final no veo cómo conseguirlo sin dejarme una fortuna para acudir apenas un día a la semana aquí y otro allí (pagar dos gimnasios). O sea, que al final lo único demostrado es que lo he seguido posponiendo día sí, día también. Hasta el lunes pasado —anteayer—, que me levanté y me espeté a mí mismo un «ya está bien, pedazo de gorila ligeramente evolucionado». Tal vez ayude a que en los últimos meses, contra todo pronóstico y haciendo mío aquello de a la vejez viruela he empezado a adquirir los hábitos que nunca tuve como estudiante y sea más proclive a comprometerme en asuntos que antes intentaba simplemente evitar. Pero esa es otra historia.
Ese mismo lunes por la tarde me acerqué a Decathlon, luego pasé por los outlets del Centro Comercial Las Terrazas y me equipé con indumentaria para tiempo frío y unas playeras running profesionales que, por ser último par, y pese a que de feas que son tenía ganas de arrancarme los órganos del sentido de la vista, me las dejaban a precio de tonto. Como nota positiva confesaré que apenas pesan y se ajustan como un guante. De ahí lo de «pro». El martes, ayer, lo metí todo en la mochila sin estrenarlo y me lo traje a Madrid.
Hoy ha sido el «gran día». Tras desplegar toda la indumentaria sobre la colcha y contemplarlo unos minutos, meditando si estaba en mi sano juicio al querer forzar a mis casi veintitrés kilos por encima de mi peso ideal a ejercitarse, finalmente me la puse y salí dispuesto, aún sin haber superado plenamente la sensación de ridículo que provoca mi autoimagen, a dar mis primeros pasos. Lo de la gorra tiene gracia porque mi intención es salir más bien oscureciendo, para pasar desapercibido cuanto pueda hasta que, eso sí, consiga correr lo suficiente como para llevar la cabeza bien alta.
He de congratularme al asegurar que también en estos últimos tiempos estoy venciendo la naturaleza propia —idiosincracia española— de saber más que los demás y he optado por dejarme instruir. Habida cuenta que un instructor de carne y hueso cuesta algo más de lo que ahora mismo puedo permitirme, recurrí a la App Store. Todo cristo viviente del mundillo recomienda el megafabuloso Runtastic [@ AppStore] y, guiado por las palabras de un compañero de trabajo sobre su calidad como coucher, no lo pensé mucho y aflojé 5€ para hacerme con la versión pro. Mi gozo en un pozo al descubrir que los planes de entrenamiento para principiantes cuestan, después de haber pagado ya por esa versión, un pastizal y, para colmo, no te dejan iniciarlos sino los lunes. Consciente, o con la esperanza, de que le sacaré provecho más adelante, al final, y habiendo leído hace bastante tiempo sobre el método c25k, busqué alguna aplicación dirigida exclusivamente a eso. De las chopocientas que me daba a elegir me quedé con 5K Runner Pro [@ AppStore] por otros 2,5€.
Con todo dispuesto, sobre las ocho y poco de la tarde, bajé a la calle. Recalcar una vez más que la ropa la elegí pensando en tiempo frío —eso rezaban las etiquetas de las mismas—, consciente de que aún quedan unas pocas semanas en las que las tardes serán fresquitas. Además, y supuestamente, tras consultar la previsión a esa hora estaríamos a unos 13 grados centígrados. Soportable, pensé. ¡Y el rabo —que no la cola y por no gritar directamente nabo— de Bucéfalo! De entrada me quedé clavado en el portal pensando si subirme de nuevo al piso, dejarlo para cuando mejore el clima y aprovechar la excusa para seguir ingiriendo cantidades inmensas de krill con objeto de acumular grasa para las grandes travesías transoceánicas. Qué frío, la madre que me parió. Después de sufrir la indecisión durante unos segundos que parecieron eternos finalmente pulsé el botón de la aplicación para comenzar el entrenamiento y me lancé a caminar-calentar sintiendo las bajas temperaturas en todo el cuerpo, porque lo que se dice ajustado sí que es ajustado el pantalón, pero lo de aislar y estar preparado para tiempo frío no lo tengo tan claro.
Si han seguido el enlace en el que menciono el método c25k (lo vuelvo a poner) verán que se trata de ir tres veces en semana y alternar, al menos las primeras semanas, series de andar y correr. En concreto la de hoy era correr un minuto seguido de un minuto y medio caminando, seis repeticiones, durante 15 minutos. En tan mala forma estoy que tras el primer minuto ya estaba asfixiado. Cierto es que cuando escuché el «now run» me arranqué a correr en plan braveheart. El minuto y medio siguente apenas me dio para recuperar resuello y la siguiente ronda de correr me lo tomé con un talante cercano a la moderación. Igualmente llegué con la lengua fuera. Ya la tercera no conseguí terminarla, pasando a caminar pocos segundos antes de que la aplicación me cantase al oído «Slow down and walk». En la cuarta correría unos 45 segundos y de la quinta pasé olímpicamente. La sexta ya la volví a correr entera y terminé el circuito caminando otros diez minutos de vuelta al piso donde he intentado hacer estiramientos «de aquella manera».
Un comienzo completamente bochornoso, confieso. Pero no deja de ser un comienzo, de lo que no puedo más que sentirme orgulloso. «Menos es ná», que diría aquel. Antes de tomar plena consciencia de lo que hasta ahora simplemente sospechaba, que mi capacidad física es una supremma porquería y anda por el subsuelo, mi intención era la de conseguir correr durante una hora a seis meses vista. A todo el mundo que se lo comentaba me respondía «¡que va! ¡ya verás que en un par de semanas estás corriendo treinta minutos seguidos!». Sí, para el resto funciona, seguro, pero yo voy a necesitar 26 semanas, como mínimo. Así que el plan sigue siendo el mismo: en seis meses correr durante una hora seguida a buen ritmo. Y, de paso, aunque no es el objetivo prioritario, quitarme unos kilitos de encima, por aquello de que se me haga menos pesado arrastarlos.
El programita, siguiendo los principios de la buena gamificación cuando termina marca el entrenamiento como realizado y te da un premio corazón de león. He reiniciado el entrenamiento y lo repetiré hasta que consiga correr esas seis series sin sentir que hay un papel de lija castigándome las paredes de los pulmones. El viernes más. De momento estoy baldado, me duelen las pantorrillas, tengo los gemelos ligeramente sobrecargados y mientras me sumergía en una eterna ducha de agua caliente estaba temblequeando. Repito, estoy baldado. Así que voy a prepararme un colacao caliente y, sospecho, me voy directo a la cama. Creo que hoy dormiré temprano.
Mostrando entradas con la etiqueta suspiros efímeros de un tiempo insignificante. Mostrar todas las entradas
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miércoles, 12 de marzo de 2014
jueves, 9 de mayo de 2013
Cuarenta y uno
Hoy toca cumplir años. Esta vez no tengo ganas de enrollarme tanto como en los años anteriores. Mi tío me felicitó llamándome «cuarentón» Pero cuarentón lo soy desde el año pasado. En fin, que hoy me quedo con unas palabras del Dr. Who:
Doctor Who
Capítulo 12 - Hora de cerrar
Temporada 6 (2011)
De verdad, deja de llorar. Tienes un montón de cosas por delante, ¿sabes? Una vida humana normal en la Tierra. Los plazos de la hipoteca. El horario de nueve a cinco. Una molesta sensación persistente de vacío espiritual. Guarda las lágrimas para después, pequeño.
Doctor Who
Capítulo 12 - Hora de cerrar
Temporada 6 (2011)
miércoles, 27 de marzo de 2013
With Distinction (!!)
En los despropósitos para este año le daba una probabilidad de éxito de un 70%. Y estaba siendo excesivamente generoso conmigo mismo, porque me conozco y a) tengo poco tiempo para nada (mi autoengaño favorito) y b) soy muy perezoso como para autoimponerme cualquier hábito de estudios a estas alturas. Sin embargo era un tema que desde mucho me llamaba la atención, así que me puse a ello el 7 de enero. Pronto me di cuenta que, efectivamente, soy demasiado perezoso para nada, dejando casi todo para el último momento, y la cosa se me puso cuesta arriba inmediatamente. Pero oiga usted, también dicen que soy bastante testarudo. En realidad aseguran que soy la personificación de la testarudez. Así que insistí. Por una vez que algo juega en mi favor, no iba a ignorarlo.
Y pese al inglés, que no conseguía entender casi nada. Bastante frustrante. Gracias a los subtítulos (en inglés). Mi comprensión lectora del idioma de la The Old Commonwealth supera en varios órdenes de magnitud mi comprensión auditiva de esa lengua bárbara.
Y finalmente lo acabé. E hice el examen final, después de llevar al día —al límite, eso sí— los ejercicios o evaluaciones de control. Y aprobé todo. Y, encima, con buena nota. No tenía muy claro cómo harían el cálculo final de las pruebas parciales, y si llegaría al 70% mínimo para obtener la certificación, pero terminé el curso Game Theory [@ Coursera], que ofrecía la Universidad de Stanford en su plataforma abierta, con méritos («with distinction», que dicen ellos). Hablando en román paladín, obtuve una clasificación final de sobresaliente (91,4 sobre 100, para ser exactos).
Estoy que no quepo en mí.
Lo que sí tuve que hacer fue asumir que solo podría dedicarme a un curso a la vez (llegué a estar matriculado en tres al mismo tiempo). Me despejé el camino para no sobrecargarme demasiado y terminar deprimido y desesperado, sin haber conseguido nada al final. Lento pero seguro. También descarté el de Dan Ariely —uno de los que me empujaron a meterme en este tinglado— porque no terminó de convencerme el programa del curso cuando se abrió (ya he leído sus libros) y ya he programado el siguiente para dentro de tres semanas. Mientras, a descansar y a dedicarme a otros temas de mi inmensa lista de despropósitos. A ver si —y cómo— voy rellenando mi Course Records en Coursera este año. Por falta de cursos no será, que cada vez que miro ha aumentado en unos cuantos. Ya los hay en español (universidades latinoamericanas, principalmente), en francés y en chino. Mola.
Y pese al inglés, que no conseguía entender casi nada. Bastante frustrante. Gracias a los subtítulos (en inglés). Mi comprensión lectora del idioma de la The Old Commonwealth supera en varios órdenes de magnitud mi comprensión auditiva de esa lengua bárbara.
Y finalmente lo acabé. E hice el examen final, después de llevar al día —al límite, eso sí— los ejercicios o evaluaciones de control. Y aprobé todo. Y, encima, con buena nota. No tenía muy claro cómo harían el cálculo final de las pruebas parciales, y si llegaría al 70% mínimo para obtener la certificación, pero terminé el curso Game Theory [@ Coursera], que ofrecía la Universidad de Stanford en su plataforma abierta, con méritos («with distinction», que dicen ellos). Hablando en román paladín, obtuve una clasificación final de sobresaliente (91,4 sobre 100, para ser exactos).
Estoy que no quepo en mí.
Lo que sí tuve que hacer fue asumir que solo podría dedicarme a un curso a la vez (llegué a estar matriculado en tres al mismo tiempo). Me despejé el camino para no sobrecargarme demasiado y terminar deprimido y desesperado, sin haber conseguido nada al final. Lento pero seguro. También descarté el de Dan Ariely —uno de los que me empujaron a meterme en este tinglado— porque no terminó de convencerme el programa del curso cuando se abrió (ya he leído sus libros) y ya he programado el siguiente para dentro de tres semanas. Mientras, a descansar y a dedicarme a otros temas de mi inmensa lista de despropósitos. A ver si —y cómo— voy rellenando mi Course Records en Coursera este año. Por falta de cursos no será, que cada vez que miro ha aumentado en unos cuantos. Ya los hay en español (universidades latinoamericanas, principalmente), en francés y en chino. Mola.
sábado, 16 de marzo de 2013
Jaaarl!!! (del día)
Sé que no he sabido aprovecharlo ni completa ni satisfactoriamente. Y que mi relación con él ha sido bastante desigual, repleta de largas épocas de absoluto abandono seguidas de otras de un uso más moderado. Sin embargo, en los últimos meses se estaba convirtiendo en una rutina agradable repasar los titulares más importantes en algún ratillo a lo largo del día. Y debe ser que a mi edad empiezan a agradecerse las rutinas. Será por eso que me ha chocado la noticia.
¿De qué hablo? Pues de que después de estar todo el día fuera me he sentado cinco minutos delante del ordenador, he abierto Google Reader y me he tropezado con esto:

Ahora es cuando la casa de estilo oriental empieza a tambalearse mientras DiCaprio sale escopeteado porque la realidad de los últimos diez años, como rezaba Calederón, no ha sido más que un sueño. Y los sueños, sueños son.
¿De qué hablo? Pues de que después de estar todo el día fuera me he sentado cinco minutos delante del ordenador, he abierto Google Reader y me he tropezado con esto:

Ahora es cuando la casa de estilo oriental empieza a tambalearse mientras DiCaprio sale escopeteado porque la realidad de los últimos diez años, como rezaba Calederón, no ha sido más que un sueño. Y los sueños, sueños son.
martes, 22 de enero de 2013
¡Nieve!
Y no me estoy refiriendo a mi mujer comiéndome la ese final, práctica habitual en los canariones, no. Lo que quiero hacer notar es que está nevando y yo estoy aquí para verlo.
Ahora les voy a pedir que imaginen una escena, bastante común, por otra parte. Visualicen esa imagen del bebé regordete bañándose en su bañerita y chapoteando a gusto mientras se ríe. ¿La tienen? Así se siente el cerebro cuando se le suministra experiencias novedosas. Chapotea como un bebé en agua calentita. Para un hombre nacido y criado en el áfrica noroccidental, donde la temperatura media en costa rara vez baja de los diez o doce grados, y por muy de vuelta que esté de todo, ver nevar es de esas experiencias que siempre me alegran el día (salvo que me parta la crisma cuando pise hielo) y ponen juguetona la materia gris encerrada en mi respetable cráneo.
Curioso con qué tontería me he alegrado el día. Al menos compensa el mal humor con el que me levanté por haber dormido mal a causa del frío.
Ahora les voy a pedir que imaginen una escena, bastante común, por otra parte. Visualicen esa imagen del bebé regordete bañándose en su bañerita y chapoteando a gusto mientras se ríe. ¿La tienen? Así se siente el cerebro cuando se le suministra experiencias novedosas. Chapotea como un bebé en agua calentita. Para un hombre nacido y criado en el áfrica noroccidental, donde la temperatura media en costa rara vez baja de los diez o doce grados, y por muy de vuelta que esté de todo, ver nevar es de esas experiencias que siempre me alegran el día (salvo que me parta la crisma cuando pise hielo) y ponen juguetona la materia gris encerrada en mi respetable cráneo.
Curioso con qué tontería me he alegrado el día. Al menos compensa el mal humor con el que me levanté por haber dormido mal a causa del frío.
miércoles, 16 de enero de 2013
Cuadernillos de «economía de guerra»: «Cacarrones» con verdura (y algo de carne) a lo Fussion
Cuando aún era más pequeña, escuché un día a mi sobrina pedir a la abuela cacarrones con tomate. Como soy muy básico y me mola mucho el humor culo-caca-pedo-pis, en mis cisuras cerebrales se plantó la nueva palabra y ante cualquier situación en que salga el término «macarrones» mi mente lo sustituye por el nuevo vocablo entonces acuñado. Así de tonto me han parido, qué le vamos a hacer.
La foto la hice anoche, con una luz de mierda en la cocina, y con la cámara super cutre del iPad. Hay tanto grano que parece un festival de pubes super hormonados. Y visto así parece comida enfermiza. Aseguro que los colores eran mucho mejores (los macarrones se veían más blancos, no tan amarillo-verdoso-anaranjado). Y el sabor también es mejor de lo que puede parecer a simple vista.
Soy un negado en la cocina, y me da mucha pereza aprender a estas alturas. Aunque mi mujer sigue depositando una fe casi ciega en que eso cambiará algún día. Así que tiendo a ejecutar recetas (e improvisar) que requieran no demasiado tiempo y supongan un bajo riesgo de fallo. Los cacarrones rara vez fallan. Pero me apetecía algo más que los facilones «con tomate». Así que dediqué un ratito, cogí cuatro cosas, y me preparé una receta medio improvisada, medio basada en una que me dio mi mujer para hacerla con arroz. Eso sí, en mi caso tirando de lata y de productos baratitos, para ahorrar. Tiempo, principalmente.
Ingredientes:
Preparación:
Ponemos la Fussion Cook a 15 minutos, que vaya calentando, y echamos un chorrito de aceite de oliva en la cubeta. Hasta cubrir el piso con una película fina. Echamos la cebolla cortada en rodajas unos minutos. Cuando empiece a sofreir (aceite ya caliente) echamos el calabacín troceado en cuadrados (del grosor de un dedo).
Cuando la combinación vaya cogiendo color, y los dados de calabacín empiecen a reblandecer un poco, echamos la carne de las hamburguesas cortadas a pellizcos. (Son curiosas las propiedades de esa masa que llamamos carne de hamburguesa que te venden en el Día ya empaquetada; es una especie de gelatina babosa al tacto difícil de trocear). Salamos un poco (a mí me gusta sal gruesa) y vamos removiendo periódicamente para que vaya haciéndose de forma homogénea.
Entretanto habremos lavado el contenido de la lata de champiñones y de alcachofas para eliminar un poco ese regusto a lata que deja tanto tiempo acumulado. (Consejo de mi mujer). Cuando la carne haya perdido el color a carne cruda, lo echamos y rehogamos conjuntamente unos minutos.
Apagamos la Fussion, enfriamos la mezcla con un vaso de agua, echamos los macarrones (el tercio del paquete, aprox.), sumamos el bote de tomate frito (uno pequeño basta) y terminamos de cubrir con agua. Mezclamos todo, echando otro pizco de sal gruesa, cerramos, programamos cinco minutos (menú pasta) y presión. Cuando el característico pitido de aviso de la maquina nos indique que la cocción ha concluido, despresurizamos manualmente, abrimos y, aún caldoso, lo servimos. En mi caso con un toque de albahaca, para reforzar la idea de que estamos comiendo pasta.
A lo tonto, en 20 minutos, hemos preparado macarrones con verdura y toque de carne para tres o cuatro personas. O para tres o cuatro días, según gusto del consumidor.
Personalmente diré que mientras se preparaba tenía poca fe. Por un lado por mis comedidos conocimientos culinarios. Por otro porque la alcachofa daba una peste horrible mientras se cocinaba y no sabía si sería capaz de meterme el resultante en la boca. Pero he de decir que, una vez completado el ciclo, estaba de muerte. Y espero que no por intoxicación botulínica. Vamos, que «de muerta» en plan rollo positivo.
En resumen:
Hala. A lo tonto ya tengo mi primera entrada cocinillas en condiciones.
La foto la hice anoche, con una luz de mierda en la cocina, y con la cámara super cutre del iPad. Hay tanto grano que parece un festival de pubes super hormonados. Y visto así parece comida enfermiza. Aseguro que los colores eran mucho mejores (los macarrones se veían más blancos, no tan amarillo-verdoso-anaranjado). Y el sabor también es mejor de lo que puede parecer a simple vista.
Soy un negado en la cocina, y me da mucha pereza aprender a estas alturas. Aunque mi mujer sigue depositando una fe casi ciega en que eso cambiará algún día. Así que tiendo a ejecutar recetas (e improvisar) que requieran no demasiado tiempo y supongan un bajo riesgo de fallo. Los cacarrones rara vez fallan. Pero me apetecía algo más que los facilones «con tomate». Así que dediqué un ratito, cogí cuatro cosas, y me preparé una receta medio improvisada, medio basada en una que me dio mi mujer para hacerla con arroz. Eso sí, en mi caso tirando de lata y de productos baratitos, para ahorrar. Tiempo, principalmente.
Ingredientes:
- Media cebolla de tamaño moderado (las he visto grandes como melones, de esas no).
- Un calabacín pequeño o la mitad de uno grande
- Dos hamburguesas de esas que venden en el Día en paquetes de seis por 2,5€. Yo las prefiero de ave (pavo-pollo).
- Una lata de champiñones laminados.
- Una lata de alcachofas troceadas.
- Un tercio de un paquete de macarrones.
- Un bote de tomate frito.
Preparación:
Ponemos la Fussion Cook a 15 minutos, que vaya calentando, y echamos un chorrito de aceite de oliva en la cubeta. Hasta cubrir el piso con una película fina. Echamos la cebolla cortada en rodajas unos minutos. Cuando empiece a sofreir (aceite ya caliente) echamos el calabacín troceado en cuadrados (del grosor de un dedo).
Cuando la combinación vaya cogiendo color, y los dados de calabacín empiecen a reblandecer un poco, echamos la carne de las hamburguesas cortadas a pellizcos. (Son curiosas las propiedades de esa masa que llamamos carne de hamburguesa que te venden en el Día ya empaquetada; es una especie de gelatina babosa al tacto difícil de trocear). Salamos un poco (a mí me gusta sal gruesa) y vamos removiendo periódicamente para que vaya haciéndose de forma homogénea.
Entretanto habremos lavado el contenido de la lata de champiñones y de alcachofas para eliminar un poco ese regusto a lata que deja tanto tiempo acumulado. (Consejo de mi mujer). Cuando la carne haya perdido el color a carne cruda, lo echamos y rehogamos conjuntamente unos minutos.
Apagamos la Fussion, enfriamos la mezcla con un vaso de agua, echamos los macarrones (el tercio del paquete, aprox.), sumamos el bote de tomate frito (uno pequeño basta) y terminamos de cubrir con agua. Mezclamos todo, echando otro pizco de sal gruesa, cerramos, programamos cinco minutos (menú pasta) y presión. Cuando el característico pitido de aviso de la maquina nos indique que la cocción ha concluido, despresurizamos manualmente, abrimos y, aún caldoso, lo servimos. En mi caso con un toque de albahaca, para reforzar la idea de que estamos comiendo pasta.
A lo tonto, en 20 minutos, hemos preparado macarrones con verdura y toque de carne para tres o cuatro personas. O para tres o cuatro días, según gusto del consumidor.
Personalmente diré que mientras se preparaba tenía poca fe. Por un lado por mis comedidos conocimientos culinarios. Por otro porque la alcachofa daba una peste horrible mientras se cocinaba y no sabía si sería capaz de meterme el resultante en la boca. Pero he de decir que, una vez completado el ciclo, estaba de muerte. Y espero que no por intoxicación botulínica. Vamos, que «de muerta» en plan rollo positivo.
En resumen:
- Coste del plato: 4,5€ aproximados (teniendo en cuenta gasto eléctrico, que Soria nos tiene fritos).
- Tiempo de preparación: 20 minutos más lo que te haya costado ir al super a comprar. El mío lo tengo a 2 minutos.
- Número de comensales: 3 o 4. O días que tienes para repetir.
Hala. A lo tonto ya tengo mi primera entrada cocinillas en condiciones.
martes, 1 de enero de 2013
¡Feliz y próspero 2013!
Pues es lo que toca ahora, ¿no? Vayan en este apunte mis mejores deseos para el año que acaba de caernos encima. Buena suerte en todos los proyectos que acometan y con todos los buenos propósitos que se propongan hacer. Y que no falte felicidad, respeto, cariño y prosperidad para y entre los suyos. En resumen,
De todo corazón y para todos, lean o no esto.
Tradicionalmente este es el día en que cada uno reinicia ese contador que llevamos dentro, reflexiona sobre el año pasado y se propone qué quiere hacer de este, qué proyectos acometer y qué cosas realizar. En definitiva, qué propósitos tiene para los próximos 365 días. En un rato publicaré los míos.
Sin embargo, y mientras tanto, aprovecho para despedirme del 2012 a mi estilo:
Imagen elegida [1] porque refleja mi sentimiento (y sospecho que el de muchos) hacia este año que tantas ampollas ha levantado en la sociedad y, en especial, a los políticos de nuestro gobierno, a los mayas y a los que aprovecharon el miedo ajeno para forrarse y hacer lo que les vino en gana. A ver qué desastre nos venden este año.
¡Muy Feliz y Próspero año 2013!
De todo corazón y para todos, lean o no esto.
Tradicionalmente este es el día en que cada uno reinicia ese contador que llevamos dentro, reflexiona sobre el año pasado y se propone qué quiere hacer de este, qué proyectos acometer y qué cosas realizar. En definitiva, qué propósitos tiene para los próximos 365 días. En un rato publicaré los míos.
Sin embargo, y mientras tanto, aprovecho para despedirme del 2012 a mi estilo:
Imagen elegida [1] porque refleja mi sentimiento (y sospecho que el de muchos) hacia este año que tantas ampollas ha levantado en la sociedad y, en especial, a los políticos de nuestro gobierno, a los mayas y a los que aprovecharon el miedo ajeno para forrarse y hacer lo que les vino en gana. A ver qué desastre nos venden este año.
[1] Encontrada en http://www.cosas-que-pasan.com/gorila-con-peineta/. En el original no se indica autor, así que no puedo incluirlo.
lunes, 24 de diciembre de 2012
Feliz Navidad
Tal día como hoy, justo hace un año, comentaba que tocaba pasarlo en Madrid y que mi mujer decidió acompañarme allí. Fue una buena Noche Buena. En compañía de ella, con una buena cena y disfrutando luego de un rato de televisión antes de acostarnos a dormir. Sin embargo, tal como decía en aquel momento, estábamos los dos solos. Siempre se echa de menos a la familia en estas fechas. Racionalmente sé que estas fechas no implican —o no deberían implicar— nada especial, pero si racionalizamos absolutamente todo sospecho que seríamos seres productiva y perfectamente infelices. Y los jugadores de fútbol se morirían de hambre.
Me voy a permitir un apunte o aclaración: Entiendo por familia a todos aquellos que han estado siempre (o desde que toque) ahí, que siempre te echan una mano en los momentos difíciles y te dan ánimos, que te soportan las calenturas, los desmanes y todos esos momentos en los que deberían espetarte un «mira niño, que te aguante la madre que te parió»; especialmente los que soportan que tengas tus opiniones y, encima, se las des gratuitamente a modo de consejo cuyo valor equivale al que cuesta darlo; y que, en definitiva te sufren como ser humano venido a menos, perdonándote todo lo perdonable y lo imperdonable también. Y que te defienden incluso cuando eres indefendible. En resumen, los que han hecho de tu vida un tránsito más agradable. Así es la familia y con esos quiero pasar estos días. El resto, aunque compartas parentesco hasta tercer y cuatro grado no dejan de ser conocidos.
Entonces, hace un año, no tuve oportunidad de venir a Las Palmas hasta Noche Vieja. Sin embargo este año me organicé mejor y reservé desde enero las dos semanas de Navidad. Finalmente he conseguido, combinando vacaciones y teletrabajo, permanecer aquí hasta después del día de Reyes, uno de los mejores y más genuinos en mi familia. Día en el que nos reunimos todos para partir el roscón de reyes y ver a quién toca coronar ese año. Desde que tengo recuerdos de tal evento juraría que no me ha tocado nunca. Estadísticamente ya empieza a ser un poco coñazo eso, porque siendo más o menos la misma cantidad de participantes año tras año, no me toca tal fortuna. Lo que sí me ha tocado alguna vez es el haba. Para pagar sí, pero para gobernar se ve que no. Es casi una metáfora del día a día que hemos vivido este año (y los anteriores): A pagar impuestos y más impuestos, pero eso de decidir mi futuro en este país va a ser cosa de otros.
En el apartado laboral las cosas mejoraron mucho. El 2011 eran todo incertidumbres de continuidad, aunque acabó el año con mejores perspectivas. Este año, pese a que las incertidumbres ambientales —léanse políticas y económicas de este país— no han cambiado demasiado, y que yo anduve saltando de proyecto en proyecto sin un punto en el que enraizar, tal como esos matorrales del oeste americano que van saltando por el desierto, me lo tomé con mucha más tranquilidad y he continuado haciendo las cosas lo mejor que sabía sin preocuparme si habría otro proyecto en el que engancharme. Las perspectivas para 2013 siguen siendo las de continuidad. Al menos en su primera mitad. Espero que en las mismas condiciones actuales, con mucho teletrabajo. Pero eso ya se escribirá cuando se tenga que escribir. Lo importante es que haya trabajo y oportunidad de seguir mejorando y demostrando que uno es capaz de eso y aún más.
Ya para terminar, y como estamos en fechas tan propicias para ello, les deseo de todo corazón:
¡Feliz Navidad!
jueves, 20 de diciembre de 2012
¡El fin del Mundo!… Pero que sea en familia
En el momento de publicarse esto debería haber aterrizado o estar a punto de hacerlo. En teoría mi avión despegaba de Madrid a las 21:45. Ryanair nunca despega en hora. De media unos 20 o 25 minutos más tarde. Pero siempre dicen que el vuelo durará tres horas para aterrizar a tiempo y ponerte la fanfarria del séptimo de caballería y comerte la oreja demostrándonos una vez más que no tienen abuela.
Lo dicho, sobre esta hora deberé estar ya en tierra. Tal vez llegando, tal vez aún en tránsito hasta la terminal, tal vez saliendo del aeropuerto o, tal vez, de camino en coche a mi casa. O aún volando porque salimos más tarde de lo que pensaba. Siguiendo la fórmula del indeterminismo adaptada del gato, estaré en un estado volando-llegando-tránsito-saliendo-coche. O no estaré. Porque no tengo muy claro cuándo tocaba el fin del Mundo. Era el 21 de diciembre, vale, ¿pero a qué hora? ¿A las cero horas según Meridiano de Greenwich? ¿O, como son del otro lado del Atlántico es el 21 de diciembre según los de allá? ¿O más bien un final de esos agónicos que se prolongará veinticuatro horas para que todo el mundo tenga el suyo según huso horario pertinente? Ya sería mala suerte, en cualquier caso, que me pillase en el aire y no tuviésemos Tierra en la que aterrizar. Con lo rácanos que son los comandantes de vuelo de Ryanair con esto del combustible, tendríamos para veinte minutos más de vuelo antes de caer allí donde tenía que estar la isla. Esos veinte minutos sí serían una agonía. Si tiene que ser, que sea rápido al menos.
En fin, que mi esperanza es llegar y, si toca El Final en mayúsculas, que sea con mi mujer y mi familia. Y si no lo es, que Iker ha confirmado que los mayas andaban errados en sus cálculos, pues aún queda otro evento especial: La Lotearía de Navidad. La última en la que no clavarán a impuestos al afortunado ganador. Este es otro evento que me apetece vivir en familia. Toque o no toque. Y, en resumen, lo que me apetece es pasar varias semanas en casa, y eso es lo que haré porque voy a tener dos de vacaciones, sin estar pendiente de que tengo que volar a Madrid para un par de días, y luego volver a Las Palmas otro par de días, y luego volver a… Empiezo a tener complejo de bola de pinball. Aunque con arcos de mil ochocientos kilómetros de longitud.
Y ya que hablo de distancias, este año estimo que he ido a y vuelto de Madrid en torno a las treinta veces. O sea, treinta veces ida, treinta veces vuelta. Un promedio de dos coma cinco viajes al mes. La distancia entre Madrid y Las Palmas es de unos mil setecientos y pico largos kilómetros. Si sumamos lo que hago en tren hasta el aeropuerto o desde el aeropuerto al piso de Madrid, y lo que hago en coche en Gran Canaria desde el aeropuerto a mi casa y viceversa, lo podemos redondear en mil ochocientos. Mil ochocientos kilómetros, por sesenta vuelos hacen un total de… tachán, tachán… ¡108.000 kilómetros! ¡El equivalente a dos vueltas y pico a la Tierra por el Ecuador! A punto de hacer las tres. Mira que hay lugares en el Planeta, ¿entonces por qué me han parecido tan iguales todos esos kilómetros sobre el Océano Atlántico?
Medido en horas, y suponiendo un promedio de dos horas y media por trayecto, he empleado ciento cincuenta horas sobrevolando el mismo trozo de Océano Atlántico. Ciento cincuenta horas equivalen a seis días y cuarto. Un poco más y de las cincuenta y dos semanas que tiene el año, una la paso en el aire. Peor si sumamos el tiempo P2P, que no es nada relativo al intercambio de archivo de procedencia dudosa, sino el "puerta-a-puerta". Entonces la cosa se agudiza un poco. De media he empleado unas cuatro horas y media, tal vez un poco más, desde que salgo de un piso y llego a otro o desde que salgo de la oficina del cliente en Madrid y llego a mi casa. Usando estos valores entonces la cosa se pone en doscientas setenta horas. O lo que es lo mismo once días y pico. El 3% del año lo he pasado dedicado a volar o en tránsito hacia o desde el aeropuerto. Sinceramente abrumador. Aunque confieso que buena parte de ese tiempo, al final, lo pasaba durmiendo. Hay que enfocarlo siempre todo desde el punto de vista productivo.
Y si ya nos ponemos con el aspecto económico… Vamos a dejarlo porque entonces me deprimo mucho, que al final resulta que trabajo para pagar a los de Ryanair. Suerte que aún soy residente, que no han quitado aún la bonificación por tal, y que Ryanair sigue siendo la más económica de las aerolíneas que vuelan a Gran Canaria. Más de una vez he conseguido ir y volver por poco más de unos 40 €. En caso contrario tendría complicado ver a mi familia.
Actualización del Juicio Final: De momento parece que todo tranquilo por aquí; va a ser cierto eso que decía Íker Jiménez de que se equivocaron los mayas. Igual hay que esperar un poco por los ajustes horarios de verano e invierno.
Mira que llevo volando veces con Ryanair desde que empecé a trabajar en Madrid, ayer fue una de esas extrañas ocasiones en que acumularon muchísimo retraso. Habíamos embarcado todos a la hora en que suele terminar el embarque con esta gente, más o menos cuando se supone que toca despegar, pero el personal de tierra aún no había finalizado la extracción de maletas de la bodega provenientes del vuelo anterior. Con eso, más luego meter las maletas de este vuelo, más la pérdida de ventana de despegue, más vete tú a saber qué problema de las azafatas, acabamos despegando una hora más tarde de lo previsto. Durante ese tiempo nos sancochamos en nuestra salsa en el avión, porque no encendieron el aire acondicionado hasta diez minutos antes de despegar y había mucha carne humana allí fermentando. Por mucho que apretó el piloto aún así llegamos a la una menos veinte al aeropuerto de Gran Canaria. En cualquier caso no me enteré… de casi nada. De las dos horas y media que duró el vuelo, casi dos las pasé durmiendo. ¡Qué sobada, diossantobendito! La última gran sobada sobre el Atlántico de este año.
Lo dicho, sobre esta hora deberé estar ya en tierra. Tal vez llegando, tal vez aún en tránsito hasta la terminal, tal vez saliendo del aeropuerto o, tal vez, de camino en coche a mi casa. O aún volando porque salimos más tarde de lo que pensaba. Siguiendo la fórmula del indeterminismo adaptada del gato, estaré en un estado volando-llegando-tránsito-saliendo-coche. O no estaré. Porque no tengo muy claro cuándo tocaba el fin del Mundo. Era el 21 de diciembre, vale, ¿pero a qué hora? ¿A las cero horas según Meridiano de Greenwich? ¿O, como son del otro lado del Atlántico es el 21 de diciembre según los de allá? ¿O más bien un final de esos agónicos que se prolongará veinticuatro horas para que todo el mundo tenga el suyo según huso horario pertinente? Ya sería mala suerte, en cualquier caso, que me pillase en el aire y no tuviésemos Tierra en la que aterrizar. Con lo rácanos que son los comandantes de vuelo de Ryanair con esto del combustible, tendríamos para veinte minutos más de vuelo antes de caer allí donde tenía que estar la isla. Esos veinte minutos sí serían una agonía. Si tiene que ser, que sea rápido al menos.
En fin, que mi esperanza es llegar y, si toca El Final en mayúsculas, que sea con mi mujer y mi familia. Y si no lo es, que Iker ha confirmado que los mayas andaban errados en sus cálculos, pues aún queda otro evento especial: La Lotearía de Navidad. La última en la que no clavarán a impuestos al afortunado ganador. Este es otro evento que me apetece vivir en familia. Toque o no toque. Y, en resumen, lo que me apetece es pasar varias semanas en casa, y eso es lo que haré porque voy a tener dos de vacaciones, sin estar pendiente de que tengo que volar a Madrid para un par de días, y luego volver a Las Palmas otro par de días, y luego volver a… Empiezo a tener complejo de bola de pinball. Aunque con arcos de mil ochocientos kilómetros de longitud.
Y ya que hablo de distancias, este año estimo que he ido a y vuelto de Madrid en torno a las treinta veces. O sea, treinta veces ida, treinta veces vuelta. Un promedio de dos coma cinco viajes al mes. La distancia entre Madrid y Las Palmas es de unos mil setecientos y pico largos kilómetros. Si sumamos lo que hago en tren hasta el aeropuerto o desde el aeropuerto al piso de Madrid, y lo que hago en coche en Gran Canaria desde el aeropuerto a mi casa y viceversa, lo podemos redondear en mil ochocientos. Mil ochocientos kilómetros, por sesenta vuelos hacen un total de… tachán, tachán… ¡108.000 kilómetros! ¡El equivalente a dos vueltas y pico a la Tierra por el Ecuador! A punto de hacer las tres. Mira que hay lugares en el Planeta, ¿entonces por qué me han parecido tan iguales todos esos kilómetros sobre el Océano Atlántico?
Medido en horas, y suponiendo un promedio de dos horas y media por trayecto, he empleado ciento cincuenta horas sobrevolando el mismo trozo de Océano Atlántico. Ciento cincuenta horas equivalen a seis días y cuarto. Un poco más y de las cincuenta y dos semanas que tiene el año, una la paso en el aire. Peor si sumamos el tiempo P2P, que no es nada relativo al intercambio de archivo de procedencia dudosa, sino el "puerta-a-puerta". Entonces la cosa se agudiza un poco. De media he empleado unas cuatro horas y media, tal vez un poco más, desde que salgo de un piso y llego a otro o desde que salgo de la oficina del cliente en Madrid y llego a mi casa. Usando estos valores entonces la cosa se pone en doscientas setenta horas. O lo que es lo mismo once días y pico. El 3% del año lo he pasado dedicado a volar o en tránsito hacia o desde el aeropuerto. Sinceramente abrumador. Aunque confieso que buena parte de ese tiempo, al final, lo pasaba durmiendo. Hay que enfocarlo siempre todo desde el punto de vista productivo.
Y si ya nos ponemos con el aspecto económico… Vamos a dejarlo porque entonces me deprimo mucho, que al final resulta que trabajo para pagar a los de Ryanair. Suerte que aún soy residente, que no han quitado aún la bonificación por tal, y que Ryanair sigue siendo la más económica de las aerolíneas que vuelan a Gran Canaria. Más de una vez he conseguido ir y volver por poco más de unos 40 €. En caso contrario tendría complicado ver a mi familia.
Actualización del Juicio Final: De momento parece que todo tranquilo por aquí; va a ser cierto eso que decía Íker Jiménez de que se equivocaron los mayas. Igual hay que esperar un poco por los ajustes horarios de verano e invierno.
Mira que llevo volando veces con Ryanair desde que empecé a trabajar en Madrid, ayer fue una de esas extrañas ocasiones en que acumularon muchísimo retraso. Habíamos embarcado todos a la hora en que suele terminar el embarque con esta gente, más o menos cuando se supone que toca despegar, pero el personal de tierra aún no había finalizado la extracción de maletas de la bodega provenientes del vuelo anterior. Con eso, más luego meter las maletas de este vuelo, más la pérdida de ventana de despegue, más vete tú a saber qué problema de las azafatas, acabamos despegando una hora más tarde de lo previsto. Durante ese tiempo nos sancochamos en nuestra salsa en el avión, porque no encendieron el aire acondicionado hasta diez minutos antes de despegar y había mucha carne humana allí fermentando. Por mucho que apretó el piloto aún así llegamos a la una menos veinte al aeropuerto de Gran Canaria. En cualquier caso no me enteré… de casi nada. De las dos horas y media que duró el vuelo, casi dos las pasé durmiendo. ¡Qué sobada, diossantobendito! La última gran sobada sobre el Atlántico de este año.
miércoles, 31 de octubre de 2012
Tributo a los Grimm entre las nubes
Creo que lo normal es que, cuando subes al avión, te reciban una o dos de las personas que componen la tripulación de cabina (también conocidos como azafatas y azafatos), y que a medida que te adentras por el pasillo te vayas encontrando al resto. Te dan la bienvenida con una sonrisa, te ofrecen indicaciones sobre el equipaje, te señalan dónde sentarte (o dónde no hacerlo) e, incluso, te ayudan a buscar un sitio donde dejar la maleta si el compartimento superior de tu fila está a reventar. Eso es lo normal en todas las compañías en las que he volado. En Ryanair también. Aunque a veces parece que estos lo hacen con menos ganas, que tampoco es lo normal.
Hoy, al subir al avión para venirme a Las Palmas, con dos horas y media de sueño, que es lo que pude dormir anoche, me daba la bienvenida un hombre un poco más bajo que yo. Yo medía en mis tiempos de juventud 1,72, tirando para lo bajo según la media española de mi generación. Ahora debo medir 1,68, por eso de que la vida sedentaria y la evolución hacia la madurez recorta centímetros. Aún así el que revisaba mi tarjeta de embarque, recortada unos minutos antes por el personal de tierra que te mide hasta el tamaño de las pestañas por si pueden sacarte un euro más, en la puerta del avión era apenas un poco más bajo que yo. Me gusta sentarme por la parte de atrás, recorriendo casi todo el avión. Al poco me encontré a otro chico, este bastante joven, más bajo aún. ¿Llegaría a 1,60? O yo estaba agrandándome asiento tras asiento, o la tripulación estaba encogiendo rápidamente. Esta ilusión acabó al llegar a la mitad, por donde están las salidas de emergencia. Los buenos días me los arrojaba, desde las alturas, una teutona de un metro ochenta largo. Una de esas mujeres del norte o noreste de Europa, de tez pálida, de melena rubia y ojos claros. Tras reponerme de la tortícolis y llegar a la fila veintisiete, que es donde suelo quedarme, miré al final del pasillo y descubrí el último de los tripulantes. También varón y que, al menos desde esta distancia y traspasando el velo obtuso del sueño, no superó las pruebas de acceso al equipo de baloncesto escolar. Cansado como estaba, no di más importancia a todo esto, me senté, apoyé el cuerpo contra el lateral del avión, me tapé como pude con la chaqueta y me eché a dormir. Tantos vuelos de ida y vuelta llevo acumulados que ya no me impresiona nada del avión y duermo la mayor parte del viaje. Para el infortunio del resto del pasaje, condenado a soportar mis ronquidos.
Me desperté cerca de una hora más tarde, ya en travesía y justo cuando servían (¿por segunda vez?) bebida caliente y comida. Lo suelen hacer en parejas, con dos carritos empezando desde cada extremo y recorriendo el pasillo en sentidos contrarios hasta que se tropiezan. Abrí los ojos justo en ese instante y me percaté de lo que allí sucedía. Observé a una valquiria rodeada (en un universo bidimensional a lo Abbott, tener delante y detrás sería estar rodeada) por, cosas de los sistemas de referencia de escalas y de las ilusiones ópticas postdespertar mediante, tres pitufos. Y me reí, porque ante mis ojos veía la representación cafre de Ryanair del cuento que tan de moda se puso en el mundo del celuloide y la farándula el año pasado: Blancanieves y lossiete enanitos. Todo un homenaje a los hermanos Grimm entre las nubes. Dejé de reírme, no fuese que tuviesen idea de cobrarme también por eso, estiré un poco las piernas, acomodé nuevamente las nalgas, y seguí durmiendo otro rato. Supongo que con una sonrisa en la cara. Al menos hasta que los ronquidos tomasen nuevamente protagonismo.
Hoy, al subir al avión para venirme a Las Palmas, con dos horas y media de sueño, que es lo que pude dormir anoche, me daba la bienvenida un hombre un poco más bajo que yo. Yo medía en mis tiempos de juventud 1,72, tirando para lo bajo según la media española de mi generación. Ahora debo medir 1,68, por eso de que la vida sedentaria y la evolución hacia la madurez recorta centímetros. Aún así el que revisaba mi tarjeta de embarque, recortada unos minutos antes por el personal de tierra que te mide hasta el tamaño de las pestañas por si pueden sacarte un euro más, en la puerta del avión era apenas un poco más bajo que yo. Me gusta sentarme por la parte de atrás, recorriendo casi todo el avión. Al poco me encontré a otro chico, este bastante joven, más bajo aún. ¿Llegaría a 1,60? O yo estaba agrandándome asiento tras asiento, o la tripulación estaba encogiendo rápidamente. Esta ilusión acabó al llegar a la mitad, por donde están las salidas de emergencia. Los buenos días me los arrojaba, desde las alturas, una teutona de un metro ochenta largo. Una de esas mujeres del norte o noreste de Europa, de tez pálida, de melena rubia y ojos claros. Tras reponerme de la tortícolis y llegar a la fila veintisiete, que es donde suelo quedarme, miré al final del pasillo y descubrí el último de los tripulantes. También varón y que, al menos desde esta distancia y traspasando el velo obtuso del sueño, no superó las pruebas de acceso al equipo de baloncesto escolar. Cansado como estaba, no di más importancia a todo esto, me senté, apoyé el cuerpo contra el lateral del avión, me tapé como pude con la chaqueta y me eché a dormir. Tantos vuelos de ida y vuelta llevo acumulados que ya no me impresiona nada del avión y duermo la mayor parte del viaje. Para el infortunio del resto del pasaje, condenado a soportar mis ronquidos.
Me desperté cerca de una hora más tarde, ya en travesía y justo cuando servían (¿por segunda vez?) bebida caliente y comida. Lo suelen hacer en parejas, con dos carritos empezando desde cada extremo y recorriendo el pasillo en sentidos contrarios hasta que se tropiezan. Abrí los ojos justo en ese instante y me percaté de lo que allí sucedía. Observé a una valquiria rodeada (en un universo bidimensional a lo Abbott, tener delante y detrás sería estar rodeada) por, cosas de los sistemas de referencia de escalas y de las ilusiones ópticas postdespertar mediante, tres pitufos. Y me reí, porque ante mis ojos veía la representación cafre de Ryanair del cuento que tan de moda se puso en el mundo del celuloide y la farándula el año pasado: Blancanieves y los
viernes, 26 de octubre de 2012
Una de Apple
Rebuscando entre los textos que tenía en borrador, me he tropezado con una entrada dejada a medias en la que hablaba de lo «no tan bueno» de Apple. Aunque la he reescrito casi completamente, viene bien al caso porque lo que hicieron el otro día los de Apple es para crucificarlos. Aunque por otros motivos a los que me llevaron a escribir la entrada original.
Mira que llevo tiempo arrastrando cuentas y dándole vueltas a pillar otro portátil. Todos mis equipos Apple son de hace ya unos años. El primero, el Mac Mini, lo pillé a finales de 2007 y durante un tiempo se convirtió en el centro multimedia por excelencia, ocupando un lugar privilegiado en el salón. Medio año después compramos para casa un flamante iMac de 24", contado en Mi viaje al universo Mac. No acabó ahí la decadencia, porque para mi semestre —originalmente sin fecha de retorno— en Madrid pasé por caja y me hice con un iPhone 3GS [Enviado desde mi iPhone: Continúa mi apuesta por la manzana] y, poco después, un MacBook Pro 15" (de mediados de 2009). A mitad de 2010, ya de vuelta de Madrid, engrosó la colección el iPad, el primero.
Vamos, que resumiendo y sin contar el original iPod de 30 GB que me regaló mi mujer unas Navidades antes de todo esto, cinco cacharros en las siguientes fechas:
O sea, el más nuevo tiene ya poco más de dos años, y se trata de un dispositivo que uso más bien poco si lo comparamos, por ejemplo, con el MacBook Pro y el iPhone, que se han convertido en el centro de mi día a día. Estos dos han cumplido ya tres años y se les nota. En algunos momentos, mucho, tal como ya indiqué en MacPorts y el suplicio de un ordenador con cuatro años. Pero aún se defienden, y aguantaré con ellos al menos otro medio año, pero ha sido muy cruel por parte de Apple. La tentación es muy fuerte, y la carne muy débil. A mi favor tengo que ando a «dos velas» casi todo el tiempo y, por mucho que quiera, de momento va a ser que no; pero esto es sufrir innecesariamente.
Aunque no todo ha sido siempre hermoso con Apple. Eso de que los sistemas operativos de Apple y sus equipos son «a prueba de bombas» se lo creen ellos y la horda de incondicionales que pecan de ceguera selectiva. En mi caso, al poco tiempo de comprar el iMac empezó a regalarme de vez en cuando con una magnífica parada en seco que me dejaba sudando. La verdad es que con Mountain Lion no he vuelto a ver el mensaje, pero con Leopard era más común de lo que hubiese querido. ¿O ha sido a partir de que le amplié la memoria que no he vuelto a ver este mensaje? Ahora que lo pienso igual ha sido eso…

One more thing…
Si bien la mayor parte del tiempo mis juguetes Apple me han dando un buen servicio y muchas satisfacciones, y reconozco en el fabricante el mérito de haber hecho un trabajo exquisito que cuida los mínimos detalles, como comprador y consumidor que ha pasado por caja con las actualizaciones de sistema operativo y suite ofimática, que en su momento compré la licencia para tres ordenadores, no siempre me he sentido satisfecho y todo lo mimado que hubiese querido. Al poco de poner en marcha su famosa App Store, y después de instalarla en mi equipo, tuvo la delicadeza de reconocer que ya tenía comprado Pages, Numbers y Keynote, para mi sorpresa, unos meses después pasó a exigirme pasar por caja. ¿En qué quedamos? ¿Tengo o no tengo licencia de esas aplicaciones, que compré con el Mac Mini primero y luego con el MacBook su actualización? Algo que me gusta de la App Store es que da igual en qué ordenador compre la aplicación. Tengo tres ordenadores y todos adscritos a mi cuenta, una vez pagada en uno, puedo instalarla en ellos cuando lo necesite. Salvo que en el caso de Pages, porque de repente decidieron que ya no tenía licencia. Me vi en Madrid con la necesidad de reinstalar el sistemas operativo y sin los discos originales de Works. Así que tuve que pasar por caja para poder tenerlo inmediatamente en el portátil y terminar un documento que tenía que terminar esa semana. Ese día me pillé un buen cabreo, pero por suerte sus precios son «asumibles» (quizá los únicos precios «asumibles» en el universo Mac) y tras rechistar unos minutos, al final opté por la vía rápida: Meter el número de la tarjeta VISA y aceptar las condiciones de la compra.
El detalle en las dos capturas es que se trata exactamente de la misma versión del programa. Y una captura está tomada en el portátil, antes de actualizar a una versión de Lion y la otra en el iMac, justo después de hacerlo. El cambio se dio, de forma silenciosa y traicionera, entre actualizaciones de mantenimiento del sistema operativo. Lógico que lo hagan taimadamente, como para darle bombo y platillo a esta pequeña putadilla. Este tipo de cosas hacen que desconfíes de las intenciones del fabricante, ¿no?
En fin, que pese a que a veces te dan algunos «sustos», y que sus ordenadores envejecen igual de mal y rápido que cualquier otro, pero sabiendo peor por ser del fabricante de la manzana y lo que ello conlleva, por mucho que quieran hacernos creer lo contrario, estoy tan enganchado al mundo Apple que todas estas novedades —y tan apetitosas— van a conseguir que durante las próximas semanas babee con cada noticia y cada experiencia de los afortunados que vayan probando los nuevos modelos. Lamentablemente, en esta mano de la partida, me quedo al margen. Esperaré a la próxima generación.
Mira que llevo tiempo arrastrando cuentas y dándole vueltas a pillar otro portátil. Todos mis equipos Apple son de hace ya unos años. El primero, el Mac Mini, lo pillé a finales de 2007 y durante un tiempo se convirtió en el centro multimedia por excelencia, ocupando un lugar privilegiado en el salón. Medio año después compramos para casa un flamante iMac de 24", contado en Mi viaje al universo Mac. No acabó ahí la decadencia, porque para mi semestre —originalmente sin fecha de retorno— en Madrid pasé por caja y me hice con un iPhone 3GS [Enviado desde mi iPhone: Continúa mi apuesta por la manzana] y, poco después, un MacBook Pro 15" (de mediados de 2009). A mitad de 2010, ya de vuelta de Madrid, engrosó la colección el iPad, el primero.
Vamos, que resumiendo y sin contar el original iPod de 30 GB que me regaló mi mujer unas Navidades antes de todo esto, cinco cacharros en las siguientes fechas:
- Mac Mini: Noviembre 2007
- iMac 24": Julio 2008
- iPhone 3GS: Octubre 2009
- MacBook Pro 15": Noviembre 2009
- iPad: Julio 2010
O sea, el más nuevo tiene ya poco más de dos años, y se trata de un dispositivo que uso más bien poco si lo comparamos, por ejemplo, con el MacBook Pro y el iPhone, que se han convertido en el centro de mi día a día. Estos dos han cumplido ya tres años y se les nota. En algunos momentos, mucho, tal como ya indiqué en MacPorts y el suplicio de un ordenador con cuatro años. Pero aún se defienden, y aguantaré con ellos al menos otro medio año, pero ha sido muy cruel por parte de Apple. La tentación es muy fuerte, y la carne muy débil. A mi favor tengo que ando a «dos velas» casi todo el tiempo y, por mucho que quiera, de momento va a ser que no; pero esto es sufrir innecesariamente.
Aunque no todo ha sido siempre hermoso con Apple. Eso de que los sistemas operativos de Apple y sus equipos son «a prueba de bombas» se lo creen ellos y la horda de incondicionales que pecan de ceguera selectiva. En mi caso, al poco tiempo de comprar el iMac empezó a regalarme de vez en cuando con una magnífica parada en seco que me dejaba sudando. La verdad es que con Mountain Lion no he vuelto a ver el mensaje, pero con Leopard era más común de lo que hubiese querido. ¿O ha sido a partir de que le amplié la memoria que no he vuelto a ver este mensaje? Ahora que lo pienso igual ha sido eso…
One more thing…
Si bien la mayor parte del tiempo mis juguetes Apple me han dando un buen servicio y muchas satisfacciones, y reconozco en el fabricante el mérito de haber hecho un trabajo exquisito que cuida los mínimos detalles, como comprador y consumidor que ha pasado por caja con las actualizaciones de sistema operativo y suite ofimática, que en su momento compré la licencia para tres ordenadores, no siempre me he sentido satisfecho y todo lo mimado que hubiese querido. Al poco de poner en marcha su famosa App Store, y después de instalarla en mi equipo, tuvo la delicadeza de reconocer que ya tenía comprado Pages, Numbers y Keynote, para mi sorpresa, unos meses después pasó a exigirme pasar por caja. ¿En qué quedamos? ¿Tengo o no tengo licencia de esas aplicaciones, que compré con el Mac Mini primero y luego con el MacBook su actualización? Algo que me gusta de la App Store es que da igual en qué ordenador compre la aplicación. Tengo tres ordenadores y todos adscritos a mi cuenta, una vez pagada en uno, puedo instalarla en ellos cuando lo necesite. Salvo que en el caso de Pages, porque de repente decidieron que ya no tenía licencia. Me vi en Madrid con la necesidad de reinstalar el sistemas operativo y sin los discos originales de Works. Así que tuve que pasar por caja para poder tenerlo inmediatamente en el portátil y terminar un documento que tenía que terminar esa semana. Ese día me pillé un buen cabreo, pero por suerte sus precios son «asumibles» (quizá los únicos precios «asumibles» en el universo Mac) y tras rechistar unos minutos, al final opté por la vía rápida: Meter el número de la tarjeta VISA y aceptar las condiciones de la compra.
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El detalle en las dos capturas es que se trata exactamente de la misma versión del programa. Y una captura está tomada en el portátil, antes de actualizar a una versión de Lion y la otra en el iMac, justo después de hacerlo. El cambio se dio, de forma silenciosa y traicionera, entre actualizaciones de mantenimiento del sistema operativo. Lógico que lo hagan taimadamente, como para darle bombo y platillo a esta pequeña putadilla. Este tipo de cosas hacen que desconfíes de las intenciones del fabricante, ¿no?
En fin, que pese a que a veces te dan algunos «sustos», y que sus ordenadores envejecen igual de mal y rápido que cualquier otro, pero sabiendo peor por ser del fabricante de la manzana y lo que ello conlleva, por mucho que quieran hacernos creer lo contrario, estoy tan enganchado al mundo Apple que todas estas novedades —y tan apetitosas— van a conseguir que durante las próximas semanas babee con cada noticia y cada experiencia de los afortunados que vayan probando los nuevos modelos. Lamentablemente, en esta mano de la partida, me quedo al margen. Esperaré a la próxima generación.
martes, 23 de octubre de 2012
Mono 3.0
Estaba peleándome a altas horas con Jenkins, Subversion, Maven, Sonar, Java, C# y la madre que los parió cuando mi agregador RSS me informa que Miguel Icaza anuncia Mono 3.0. Estoy alucinando. Este hombre es un crac. Deseando que saquen ya la distribución para OS X que, entre otras cosas, esperan poder incluir F# 3.0.
De mayor quiero ser como este tío.
De mayor quiero ser como este tío.
sábado, 20 de octubre de 2012
La tozuda realidad
Es un hecho corroborado por generaciones pasadas, y corroborable por las venideras, que la tozuda realidad acaba imponiéndose siempre. Que se lo pregunten a Rajoy, que de esto sabe mucho, y que ya declaró hace unas semanas que no hacía lo que quería no porque no quería, sino porque la realidad era distinta a lo que él suponía que tenía que ser cuando pensaba que era de otra forma. Vamos, un discurso a lo Monty Python en toda regla. Como la mayoría de sus acciones y las de su gabinete, ya puestos a despotricar.
Pero volvamos a mí, único protagonista full time de mi propia vida. Juro, aseguro y reitero, que estaba realmente emocionado, en grado supercalifragilísticoespialidoso, con los cursos en los que me matriculé en el último momento en Coursera. Sí, ya sé que últimamente no hablo de otra cosa, y mira que tengo cosas de las que hablar, pero es que no tengo apenas tiempo para hacerlo, y ya se saben, como el mismo Marianico practica, lo importante no es hablar, sino actuar, que en casi un año de mandato apenas se le ha escuchado comentario inteligible, ya no digo siquiera inteligente.
A ver. Volvamos a intentarlo. Centrémonos, ¡coño! Decía que aún sabiendo todo lo que tenía que hacer de aquí a final de año, decidí matricularme en dos cursos que iban ya por la mitad. Lo hice muy ilusionado y el fin de semana siguiente, casi ignorando a mi mujer, y eso que se supone que vengo a Las Palmas a pasarlo con ella, me dediqué en cuerpo y alma —más bien lo segundo, porque para lo primero únicamente hay que permanecer con el culo sentado durante horas, algo en lo que ya tengo sobrada práctica— a ponerme al día. Y entonces fue cuando me tropecé con la tozuda realidad. O, mejor dicho, con los «Hard Deadline». En román paladín, las fechas máximas para entregar las respuestas de los ejercicios. Y claro, yo no contaba con que de un curso de siete semanas, estando ya en la cuarta, los de las tres primeras no puntuaban por mucho esfuerzo que pusiera en ello. Y así fue. Tres dieces como copas de pino, porque eso es lo que saqué en cada uno de los ejercicios, y una puntuación acumulada de cero patatero en el expediente del curso. Frustrado decidí darme de baja con la esperanza de que, en un futuro no muy lejano, repongan esos cursos y que, de paso, no coincida con otros a los que les tengo también echado el ojo.
Mi consejo: Apuntarse con tiempo suficiente para empezarlo con calma. Es más, algunos cursos tienen la opción de preview desde unas semanas antes, y uno se puede coscar por adelantado de las clases y de los ejercicios. Sea como fuere, yo ya tengo un plan de estudios que abarca desde el mes que viene hasta el mes de abril del próximo año, si los mayas lo permiten con su dichoso fin-del-universo-y-todo-lo-demás, con algunos de los cursos aún con la fecha de inicio pendiente. Espero no tener que abandonar más barcos de aquí al año que viene.
Pero volvamos a mí, único protagonista full time de mi propia vida. Juro, aseguro y reitero, que estaba realmente emocionado, en grado supercalifragilísticoespialidoso, con los cursos en los que me matriculé en el último momento en Coursera. Sí, ya sé que últimamente no hablo de otra cosa, y mira que tengo cosas de las que hablar, pero es que no tengo apenas tiempo para hacerlo, y ya se saben, como el mismo Marianico practica, lo importante no es hablar, sino actuar, que en casi un año de mandato apenas se le ha escuchado comentario inteligible, ya no digo siquiera inteligente.
A ver. Volvamos a intentarlo. Centrémonos, ¡coño! Decía que aún sabiendo todo lo que tenía que hacer de aquí a final de año, decidí matricularme en dos cursos que iban ya por la mitad. Lo hice muy ilusionado y el fin de semana siguiente, casi ignorando a mi mujer, y eso que se supone que vengo a Las Palmas a pasarlo con ella, me dediqué en cuerpo y alma —más bien lo segundo, porque para lo primero únicamente hay que permanecer con el culo sentado durante horas, algo en lo que ya tengo sobrada práctica— a ponerme al día. Y entonces fue cuando me tropecé con la tozuda realidad. O, mejor dicho, con los «Hard Deadline». En román paladín, las fechas máximas para entregar las respuestas de los ejercicios. Y claro, yo no contaba con que de un curso de siete semanas, estando ya en la cuarta, los de las tres primeras no puntuaban por mucho esfuerzo que pusiera en ello. Y así fue. Tres dieces como copas de pino, porque eso es lo que saqué en cada uno de los ejercicios, y una puntuación acumulada de cero patatero en el expediente del curso. Frustrado decidí darme de baja con la esperanza de que, en un futuro no muy lejano, repongan esos cursos y que, de paso, no coincida con otros a los que les tengo también echado el ojo.
Mi consejo: Apuntarse con tiempo suficiente para empezarlo con calma. Es más, algunos cursos tienen la opción de preview desde unas semanas antes, y uno se puede coscar por adelantado de las clases y de los ejercicios. Sea como fuere, yo ya tengo un plan de estudios que abarca desde el mes que viene hasta el mes de abril del próximo año, si los mayas lo permiten con su dichoso fin-del-universo-y-todo-lo-demás, con algunos de los cursos aún con la fecha de inicio pendiente. Espero no tener que abandonar más barcos de aquí al año que viene.
miércoles, 10 de octubre de 2012
Impulsos irrefrenables, desórdenes compulsivos (Coursera, again)
Me levanté esta mañana con prurito en el espíritu, de ese que no curaría ni el ronroneo de un gato, por no haberme inscrito en algunos de los cursos que ya estaban empezados en Coursera. En particular me llamaban poderosamente la atención Model Thinking e Introduction to Mathematical Thinking, pero no he querido arriesgarme porque me parecen de esos cursos densos que es mejor enfrentar desde el principio y con la mente especialmente fresca. Pero la espera entre trenes tiene lo que tiene que, sumado a este desorden compulsivo de impulsos irrefrenables que me domina, finalmente he acabado registrándome en Introduction to Logic y en Functional Programming Principles in Scala. Ambos ya por la mitad pero que se me antojan más asumibles. Eso espero.
Asumo que me espera un fin de semana especialmente «duro» si quiero ponerme al día y tener posibilidades. Llevo tres y cuatro semanas de homeworks sin hacer.
Asumo que me espera un fin de semana especialmente «duro» si quiero ponerme al día y tener posibilidades. Llevo tres y cuatro semanas de homeworks sin hacer.
martes, 9 de octubre de 2012
Quebrantasesos (a.k.a. Coursera)
He sufrido uno de mis episodios de parálisis por sobreexcitación. Entiéndase en las formas o modos que se prefiera, porque creo que los he abarcado todos en un instante. Esta tarde me daban a conocer la existencia de un sitio cojonudísimo: Coursera. «Como eres un tío inquieto, al que le gusta aprender, seguro que te va a gustar el sitio», me decía el cliente esta tarde. Hablo del que vendría a ser mi jefe en el cliente; el que me da las órdenes, me cuenta lo que quiere y me grita lo que no, vamos. Él había empezado dos cursos unas semanas antes. Porque sí, de eso va, de cursos. ¡Pero qué cursos! La mayoría impartidos por universidades que se me antojan de prestigio.
Juro, por los hijos que no he tenido, que he sufrido horrores, recorrido por escalofríos de impotencia y sufriendo repentinos ataques de sudores fríos, para no embarcarme de golpe en seis o siete de los cursos que ya están en marcha e, incluso, a mitad o a puntito de terminar. Con el nivel de trabajo que tengo —o debería tener, que ando un poco plof las últimas semanas—, no tengo ganas de comprometerme con cosas que sé que no llegaré a hacer. He sufrido mucho, muchísimo; como sufre el que no sabe si va a perder su única oportunidad, de si los volverán a repetir más adelante, y observa con impotencia marchar el tren porque llegó tarde a la estación.
Buscando mitigar esta pequeña autodecepción, acabo de embarcarme en algunos para el año que viene y en muchos para los que aún no hay fecha. Pero la erección dura, durísima, casi como un diamante de dura, metafórica e intelectualmente hablando, la sufrí cuando descubrí el curso de Dan Ariely, A Beginner's Guide to Irrational Behavior. Supongo que sobra decir que me enrolé inmediatamente. Los físicos deberían revisar eso de la velocidad máxima del universo, que supuestamente es la luz, porque yo juraría haber pinchado más rápido que eso. ¡Arghhh! ¡Aún tengo que esperar medio año!
Una cosa tengo clara. Hay algo que debería ir resolviendo desde ya, de aquí a enero, cuando empezaría el primero de aquellos para los que sí que conozco la fecha de comienzo, Game Theory. Y ese algo es mejorar mi nivel de inglés para sacar el mejor provecho posible. Si no lo hago acabaré pareciendo doblemente paleto. Por no entender y por no saber explicarme. Me conformaría con quedar como simplemente paleto.
Sea como fuere, y pese a las incógnitas e incertidumbres que siempre trae el futuro, ahora mismo tan sólo se me ocurre una idea, una expresión: «¡A por ellos, tigre!»
Juro, por los hijos que no he tenido, que he sufrido horrores, recorrido por escalofríos de impotencia y sufriendo repentinos ataques de sudores fríos, para no embarcarme de golpe en seis o siete de los cursos que ya están en marcha e, incluso, a mitad o a puntito de terminar. Con el nivel de trabajo que tengo —o debería tener, que ando un poco plof las últimas semanas—, no tengo ganas de comprometerme con cosas que sé que no llegaré a hacer. He sufrido mucho, muchísimo; como sufre el que no sabe si va a perder su única oportunidad, de si los volverán a repetir más adelante, y observa con impotencia marchar el tren porque llegó tarde a la estación.
Buscando mitigar esta pequeña autodecepción, acabo de embarcarme en algunos para el año que viene y en muchos para los que aún no hay fecha. Pero la erección dura, durísima, casi como un diamante de dura, metafórica e intelectualmente hablando, la sufrí cuando descubrí el curso de Dan Ariely, A Beginner's Guide to Irrational Behavior. Supongo que sobra decir que me enrolé inmediatamente. Los físicos deberían revisar eso de la velocidad máxima del universo, que supuestamente es la luz, porque yo juraría haber pinchado más rápido que eso. ¡Arghhh! ¡Aún tengo que esperar medio año!
Una cosa tengo clara. Hay algo que debería ir resolviendo desde ya, de aquí a enero, cuando empezaría el primero de aquellos para los que sí que conozco la fecha de comienzo, Game Theory. Y ese algo es mejorar mi nivel de inglés para sacar el mejor provecho posible. Si no lo hago acabaré pareciendo doblemente paleto. Por no entender y por no saber explicarme. Me conformaría con quedar como simplemente paleto.
Sea como fuere, y pese a las incógnitas e incertidumbres que siempre trae el futuro, ahora mismo tan sólo se me ocurre una idea, una expresión: «¡A por ellos, tigre!»
lunes, 1 de octubre de 2012
Emprendiendo: Lema Informática
Siempre he envidiado la capacidad que tiene la gente de lanzarse a emprender, siendo yo un tipo cómodo que prefiere esconderse en la guarida de la seguridad que otorga el paraguas de los riesgos ajenos, asumiendo que esto es jugar a la lotería y que puede salir bien, pero que puede salir mal; que a tiempos de vacas gordas pueden seguirle los de vacas flacas. Pero aún así, hay amigos que se lanzan a ello, porque al final es completamente cierto aquello que cantaba Serrat poniendo música a Machado: Caminante no hay camino, se hace camino al andar.
Desde aquí mi más sinceros ánimos y deseos de buena fortuna a un buen amigo, que con la austeridad que le caracteriza, porque siempre menos es más, y sin merma en el buen hacer que ha demostrado durante los años que compartimos en la empresa, arranca su propio rincón de buena y madura profesionalidad: lemainformática.com.
¡Fuerza y honor!
Desde aquí mi más sinceros ánimos y deseos de buena fortuna a un buen amigo, que con la austeridad que le caracteriza, porque siempre menos es más, y sin merma en el buen hacer que ha demostrado durante los años que compartimos en la empresa, arranca su propio rincón de buena y madura profesionalidad: lemainformática.com.
¡Fuerza y honor!
jueves, 27 de septiembre de 2012
Vaya con el Java…
Después de lo que me pasó hace unas semanas por culpa de un fallo de seguridad en Java 7 y que supuso tener que formatear y reinstalar todo en el ordenador de trabajo, estoy especialmente sensible con el Java. Hoy leo que hay un fallo de seguridad crítico en todas las versiones [@ SecLists.org]. Se hacen eco en JavaHispano.
¿Aún no has desactivado los complementos Java en tus navegadores?
¿Aún no has desactivado los complementos Java en tus navegadores?
Y el aspecto final es…
Ayer me hice la primera cura. Hasta este momento no había visto que aspecto tiene la cicatriz que dejó la operación para extirpar el pequeño tumorcillo que tenía en la frente.
Imagino que abrir una entrada RSS de alguien a quien conoces, aunque sea de referencia, o acudir directamente a su blog, y tropezarte de buenas a primeras una foto con una cicatriz no debe ser lo que más apetezca a nadie. Mucho menos si, además, lo haces mientras estás desayunando o nada más llegar a la oficina. Por eso he preferido dejar la imagen en cuestión como enlace y que cada cual haga lo que considere. También digo que no es nada del otro mundo, pero a no todo el mundo le gusta ver cicatrices.
Imagino que abrir una entrada RSS de alguien a quien conoces, aunque sea de referencia, o acudir directamente a su blog, y tropezarte de buenas a primeras una foto con una cicatriz no debe ser lo que más apetezca a nadie. Mucho menos si, además, lo haces mientras estás desayunando o nada más llegar a la oficina. Por eso he preferido dejar la imagen en cuestión como enlace y que cada cual haga lo que considere. También digo que no es nada del otro mundo, pero a no todo el mundo le gusta ver cicatrices.
miércoles, 26 de septiembre de 2012
Crónica de un tumor extirpado… ¿Definitivamente?
La primera vez que lo vi parecía una picadura de algún insecto que se había dejado un pequeño aguijón dentro. Demasiado pequeño para darle importancia, pero molesto. Anduve hurgándolo hasta que sangró. Y tardó en curar, pero no le conferí demasiada importancia a este hecho. Luego lo vi crecer y, cuando me daba el Sol, más de lo cabal y sanamente aceptable, como he hecho toda mi vida, hincharse, resecarse temporalmente, resquebrajarse y volver a sangrar. Entonces, cuando ya medía unos tres milímetros de diámetro, empecé a preocuparme un poco más y fui al médico de cabecera. De ahí, un mes más tarde, al dermatólogo. Dermatóloga, en realidad. Una mujer joven (en relación a lo joven que puede ser un médico con plaza titulada que atiende; ¿treinta y poco años?) que le restó importancia: «daño celular leve, pero hay que extirpar», en ese tono en que usan las madres para tranquilizar a los niños. En unos tres meses me llamarían para la intervención «de diez minutos», señaló. «Protégete bien del Sol» se despidió de mí.
Siguió con los ciclos de encogimiento y agrandamiento. A los de encogimiento le seguía una enorme inflamación localizada, tras lo que crecía un poco más y acababa sangrando nuevamente. Empujado por la familia acabé acudiendo a un médico particular que, por las cosas del destino, era compañero de servicio de la doctora que me atendió, su jefe para ser más exactos, que confirmó el diagnóstico original, que también le quitó importancia y que, igualmente, me dijo que esperase y siguiese el proceso normal por la Seguridad Social.
Y los tres meses se convirtieron en cinco. Y los tres milímetros se convirtieron en un diámetro de cinco o seis. En estos últimos meses ha crecido más rápidamente. Aunque paciente preferente —dicho por la secretaria del servicio de dermatología— había pacientes con mayor prioridad. Algo totalmente comprensible.
Al final ayer tocó y me presenté en el servicio a la hora estipulada. Por ellos. En estos casos únicamente puedes aceptar. También es comprensible que a lo largo de la mañana se acumulen retrasos en cosas que por su naturaleza son imprevisibles, así que entré en el quirófano una hora más tarde. Efectivamente, la intervención duró apenas un cuarto de hora. El dolor más severo fue cuando pincharon la anestesia, local para el caso, y tampoco fue como para torcer el gesto. El resto del tiempo, anormalmente relajado para como soy, me lo pasé escuchando la conversación de los asistentes y notando la leve sensación de que me estaban hurgando en la cabeza. Si no es porque a veces presionaban tanto que pensaba que querían hundirme la cabeza en la camilla, me hubiese quedado dormido. También escuchaba cómo cauterizaban la herida. Resulta curioso, cognitiva y emocionalmente hablando, ser consciente de que te están achicharrando con un láser o con algún elemento altamente caliente una zona de tu cuerpo y no enterarte de nada. Supongo que será como un viaje astral en el que puedes observar cómo meten tu cuerpo terrenal en una picadora y, en el fondo, careciendo del órgano donde se producen y sustentan las emociones, reacciones químicas en el cerebro al fin y al cabo, darte completamente igual lo que esté pasando contigo. A esa sensación ayuda la privación sensorial de la vista. Escuchar, ese era el único sentido vigente. Me taparon la cara con «el paño verde ese» con el que cubren la zona adyacente al punto de operación. Papel extra absorbente, apenas traslúcido, para evitar que la sangre escurriese por todos lados. Me pasé casi toda la operación con los ojos cerrados.
Cuando pude usar nuevamente los ojos para reconocer el mundo de mi alrededor, intercambié un par de palabras con la doctora. «En un mes y medio tendremos los resultados y podremos confirmar si es lo que sospechamos y si se ha extirpado completamente». La interrumpí. Sentía una gran curiosidad, acuciada por sus últimas palabras. Hasta el momento nadie me había aclarado exactamente lo que era o, en todo caso, habían afirmado que era algo sin demasiada importancia. «Te hemos extirpado un pequeño cáncer maligno que tienes en la piel. Uno de tipo basocelular». Era la primera vez en todo este tiempo que escuchaba ese «maligno», pero no quise señalarlo. Continuó: «En mes y medio sabremos si se ha extirpado completamente. En el noventa y nueve coma nueve por ciento de los casos es así. Si viésemos que se ha quedado algo dentro te llamaría tan pronto tuviese los resultados. Si no, volveremos a vernos en cuatro meses para revisar tu caso». Y se despidió. Y yo salí, pedí hora para la revisión del si la biopsia sale bien, en cuatro meses, cogí un taxi y volvía a casa, sentándome en mi ordenador a seguir trabajando. El deber me puede.
Teletrabajando, claro. Lego caí en la cuenta de que ni siquiera sabía qué aspecto tenía mi amplia y despejada frente, herencia de mi padre, y fui al espejo a contemplarme. Ahora entendía por qué los vecinos se habían quedado observándome con curiosidad. Sin ser descomunal, llevo en la frente un buen trozo de gasas y esparadrapo. Llamativo. Casi como si quisiera cubrir un cuerno incipientemente emergente de forma burda. Aún no he visto el aspecto de la cicatriz. Siete puntos, me dijo la enfermera. Esta tarde me haré la primera cura.
Estoy bastante tranquilo, pero en el fondo de mi cráneo resuena esa duda de si lo habrán quitado todo como estrofa principal de una canción repetitiva y machacona que llevase a los coros ese maligno escuchado ayer en primicia. El tiempo dirá.
Siguió con los ciclos de encogimiento y agrandamiento. A los de encogimiento le seguía una enorme inflamación localizada, tras lo que crecía un poco más y acababa sangrando nuevamente. Empujado por la familia acabé acudiendo a un médico particular que, por las cosas del destino, era compañero de servicio de la doctora que me atendió, su jefe para ser más exactos, que confirmó el diagnóstico original, que también le quitó importancia y que, igualmente, me dijo que esperase y siguiese el proceso normal por la Seguridad Social.
Y los tres meses se convirtieron en cinco. Y los tres milímetros se convirtieron en un diámetro de cinco o seis. En estos últimos meses ha crecido más rápidamente. Aunque paciente preferente —dicho por la secretaria del servicio de dermatología— había pacientes con mayor prioridad. Algo totalmente comprensible.
Al final ayer tocó y me presenté en el servicio a la hora estipulada. Por ellos. En estos casos únicamente puedes aceptar. También es comprensible que a lo largo de la mañana se acumulen retrasos en cosas que por su naturaleza son imprevisibles, así que entré en el quirófano una hora más tarde. Efectivamente, la intervención duró apenas un cuarto de hora. El dolor más severo fue cuando pincharon la anestesia, local para el caso, y tampoco fue como para torcer el gesto. El resto del tiempo, anormalmente relajado para como soy, me lo pasé escuchando la conversación de los asistentes y notando la leve sensación de que me estaban hurgando en la cabeza. Si no es porque a veces presionaban tanto que pensaba que querían hundirme la cabeza en la camilla, me hubiese quedado dormido. También escuchaba cómo cauterizaban la herida. Resulta curioso, cognitiva y emocionalmente hablando, ser consciente de que te están achicharrando con un láser o con algún elemento altamente caliente una zona de tu cuerpo y no enterarte de nada. Supongo que será como un viaje astral en el que puedes observar cómo meten tu cuerpo terrenal en una picadora y, en el fondo, careciendo del órgano donde se producen y sustentan las emociones, reacciones químicas en el cerebro al fin y al cabo, darte completamente igual lo que esté pasando contigo. A esa sensación ayuda la privación sensorial de la vista. Escuchar, ese era el único sentido vigente. Me taparon la cara con «el paño verde ese» con el que cubren la zona adyacente al punto de operación. Papel extra absorbente, apenas traslúcido, para evitar que la sangre escurriese por todos lados. Me pasé casi toda la operación con los ojos cerrados.
Cuando pude usar nuevamente los ojos para reconocer el mundo de mi alrededor, intercambié un par de palabras con la doctora. «En un mes y medio tendremos los resultados y podremos confirmar si es lo que sospechamos y si se ha extirpado completamente». La interrumpí. Sentía una gran curiosidad, acuciada por sus últimas palabras. Hasta el momento nadie me había aclarado exactamente lo que era o, en todo caso, habían afirmado que era algo sin demasiada importancia. «Te hemos extirpado un pequeño cáncer maligno que tienes en la piel. Uno de tipo basocelular». Era la primera vez en todo este tiempo que escuchaba ese «maligno», pero no quise señalarlo. Continuó: «En mes y medio sabremos si se ha extirpado completamente. En el noventa y nueve coma nueve por ciento de los casos es así. Si viésemos que se ha quedado algo dentro te llamaría tan pronto tuviese los resultados. Si no, volveremos a vernos en cuatro meses para revisar tu caso». Y se despidió. Y yo salí, pedí hora para la revisión del si la biopsia sale bien, en cuatro meses, cogí un taxi y volvía a casa, sentándome en mi ordenador a seguir trabajando. El deber me puede.
Teletrabajando, claro. Lego caí en la cuenta de que ni siquiera sabía qué aspecto tenía mi amplia y despejada frente, herencia de mi padre, y fui al espejo a contemplarme. Ahora entendía por qué los vecinos se habían quedado observándome con curiosidad. Sin ser descomunal, llevo en la frente un buen trozo de gasas y esparadrapo. Llamativo. Casi como si quisiera cubrir un cuerno incipientemente emergente de forma burda. Aún no he visto el aspecto de la cicatriz. Siete puntos, me dijo la enfermera. Esta tarde me haré la primera cura.
Estoy bastante tranquilo, pero en el fondo de mi cráneo resuena esa duda de si lo habrán quitado todo como estrofa principal de una canción repetitiva y machacona que llevase a los coros ese maligno escuchado ayer en primicia. El tiempo dirá.
Vaya, eso es un error
Iba a responder los últimos comentarios y me sale esto tras solicitárseme autentificarme nuevamente:
Me ha hecho gracia el mensaje. Me encantan los mensajes de error cachondos. En especial el de GitHub (https://github.com/404). «Esta no es la página que andas buscando». Muy jedi eso :-D
Como curiosidad me llama la atención la referencia a Memchached (en el mensaje de error sin la d final). Otra de tantas cosas que tengo apuntado curiosear en algún momento del futuro. ¿Cuántas vidas necesito para hacer todo lo que quiero hacer? Y hablo únicamente del apartado tecnológico…
Me ha hecho gracia el mensaje. Me encantan los mensajes de error cachondos. En especial el de GitHub (https://github.com/404). «Esta no es la página que andas buscando». Muy jedi eso :-D
Como curiosidad me llama la atención la referencia a Memchached (en el mensaje de error sin la d final). Otra de tantas cosas que tengo apuntado curiosear en algún momento del futuro. ¿Cuántas vidas necesito para hacer todo lo que quiero hacer? Y hablo únicamente del apartado tecnológico…
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