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miércoles, 12 de marzo de 2014

Week 1, Day 1 (Try 1) - Slow down and walk

El día cero, porque todo tiene un comienzo, habremos de fijarlo en el último fin de semana, que además pasé en mi hogar, Las Palmas. Aunque en realidad se podría decir que «desde siempre» he tenido el deseo de empezar a correr, en particular, y de hacer ejercicio, en general, (y no es la primera referencia hecha en el blog al respecto, por ejemplo en noviembre de 2011 ya lo comentaba). He preguntado en algunos gimnasios y he hecho cábalas infinitas para intentar encajar una hora durante la que acudir entre trabajo (Madrid) y teletrabajo (Las Palmas) y las otras obligaciones que he adquirido este año, pero lo cierto es que al final no veo cómo conseguirlo sin dejarme una fortuna para acudir apenas un día a la semana aquí y otro allí (pagar dos gimnasios). O sea, que al final lo único demostrado es que lo he seguido posponiendo día sí, día también. Hasta el lunes pasado —anteayer—, que me levanté y me espeté a mí mismo un «ya está bien, pedazo de gorila ligeramente evolucionado». Tal vez ayude a que en los últimos meses, contra todo pronóstico y haciendo mío aquello de a la vejez viruela he empezado a adquirir los hábitos que nunca tuve como estudiante y sea más proclive a comprometerme en asuntos que antes intentaba simplemente evitar. Pero esa es otra historia.

Ese mismo lunes por la tarde me acerqué a Decathlon, luego pasé por los outlets del Centro Comercial Las Terrazas y me equipé con indumentaria para tiempo frío y unas playeras running profesionales que, por ser último par, y pese a que de feas que son tenía ganas de arrancarme los órganos del sentido de la vista, me las dejaban a precio de tonto. Como nota positiva confesaré que apenas pesan y se ajustan como un guante. De ahí lo de «pro». El martes, ayer, lo metí todo en la mochila sin estrenarlo y me lo traje a Madrid.

Hoy ha sido el «gran día». Tras desplegar toda la indumentaria sobre la colcha y contemplarlo unos minutos, meditando si estaba en mi sano juicio al querer forzar a mis casi veintitrés kilos por encima de mi peso ideal a ejercitarse, finalmente me la puse y salí dispuesto, aún sin haber superado plenamente la sensación de ridículo que provoca mi autoimagen, a dar mis primeros pasos. Lo de la gorra tiene gracia porque mi intención es salir más bien oscureciendo, para pasar desapercibido cuanto pueda hasta que, eso sí, consiga correr lo suficiente como para llevar la cabeza bien alta.

He de congratularme al asegurar que también en estos últimos tiempos estoy venciendo la naturaleza propia —idiosincracia española— de saber más que los demás y he optado por dejarme instruir. Habida cuenta que un instructor de carne y hueso cuesta algo más de lo que ahora mismo puedo permitirme, recurrí a la App Store. Todo cristo viviente del mundillo recomienda el megafabuloso Runtastic [@ AppStore] y, guiado por las palabras de un compañero de trabajo sobre su calidad como coucher, no lo pensé mucho y aflojé 5€ para hacerme con la versión pro. Mi gozo en un pozo al descubrir que los planes de entrenamiento para principiantes cuestan, después de haber pagado ya por esa versión, un pastizal y, para colmo, no te dejan iniciarlos sino los lunes. Consciente, o con la esperanza, de que le sacaré provecho más adelante, al final, y habiendo leído hace bastante tiempo sobre el método c25k, busqué alguna aplicación dirigida exclusivamente a eso. De las chopocientas que me daba a elegir me quedé con 5K Runner Pro [@ AppStore] por otros 2,5€.

Con todo dispuesto, sobre las ocho y poco de la tarde, bajé a la calle. Recalcar una vez más que la ropa la elegí pensando en tiempo frío —eso rezaban las etiquetas de las mismas—, consciente de que aún quedan unas pocas semanas en las que las tardes serán fresquitas. Además, y supuestamente, tras consultar la previsión a esa hora estaríamos a unos 13 grados centígrados. Soportable, pensé. ¡Y el rabo —que no la cola y por no gritar directamente nabo— de Bucéfalo! De entrada me quedé clavado en el portal pensando si subirme de nuevo al piso, dejarlo para cuando mejore el clima y aprovechar la excusa para seguir ingiriendo cantidades inmensas de krill con objeto de acumular grasa para las grandes travesías transoceánicas. Qué frío, la madre que me parió. Después de sufrir la indecisión durante unos segundos que parecieron eternos finalmente pulsé el botón de la aplicación para comenzar el entrenamiento y me lancé a caminar-calentar sintiendo las bajas temperaturas en todo el cuerpo, porque lo que se dice ajustado sí que es ajustado el pantalón, pero lo de aislar y estar preparado para tiempo frío no lo tengo tan claro.

Si han seguido el enlace en el que menciono el método c25k (lo vuelvo a poner) verán que se trata de ir tres veces en semana y alternar, al menos las primeras semanas, series de andar y correr. En concreto la de hoy era correr un minuto seguido de un minuto y medio caminando, seis repeticiones, durante 15 minutos. En tan mala forma estoy que tras el primer minuto ya estaba asfixiado. Cierto es que cuando escuché el «now run» me arranqué a correr en plan braveheart. El minuto y medio siguente apenas me dio para recuperar resuello y la siguiente ronda de correr me lo tomé con un talante cercano a la moderación. Igualmente llegué con la lengua fuera. Ya la tercera no conseguí terminarla, pasando a caminar pocos segundos antes de que la aplicación me cantase al oído «Slow down and walk». En la cuarta correría unos 45 segundos y de la quinta pasé olímpicamente. La sexta ya la volví a correr entera y terminé el circuito caminando otros diez minutos de vuelta al piso donde he intentado hacer estiramientos «de aquella manera».

Un comienzo completamente bochornoso, confieso. Pero no deja de ser un comienzo, de lo que no puedo más que sentirme orgulloso. «Menos es ná», que diría aquel. Antes de tomar plena consciencia de lo que hasta ahora simplemente sospechaba, que mi capacidad física es una supremma porquería y anda por el subsuelo, mi intención era la de conseguir correr durante una hora a seis meses vista. A todo el mundo que se lo comentaba me respondía «¡que va! ¡ya verás que en un par de semanas estás corriendo treinta minutos seguidos!». Sí, para el resto funciona, seguro, pero yo voy a necesitar 26 semanas, como mínimo. Así que el plan sigue siendo el mismo: en seis meses correr durante una hora seguida a buen ritmo. Y, de paso, aunque no es el objetivo prioritario, quitarme unos kilitos de encima, por aquello de que se me haga menos pesado arrastarlos.

El programita, siguiendo los principios de la buena gamificación cuando termina marca el entrenamiento como realizado y te da un premio corazón de león. He reiniciado el entrenamiento y lo repetiré hasta que consiga correr esas seis series sin sentir que hay un papel de lija castigándome las paredes de los pulmones. El viernes más. De momento estoy baldado, me duelen las pantorrillas, tengo los gemelos ligeramente sobrecargados y mientras me sumergía en una eterna ducha de agua caliente estaba temblequeando. Repito, estoy baldado. Así que voy a prepararme un colacao caliente y, sospecho, me voy directo a la cama. Creo que hoy dormiré temprano.

miércoles, 12 de junio de 2013

Adiós Ernesto

Esta noche ha fallecido nuestro compañero y amigo Ernesto Mateos, ha sido un fallo cardiaco repentino mientras estaba en su casa tranquilamente preparando la cena.

Estará en el Tanatorio de San Isidro a partir de las 7 de la tarde.

Vamos a enviar una corona de flores de parte de los equipos, si queréis participar pasar por mi mesa o por el sitio de María.


Un Saludo
Santiago

Ese era el correo electrónico de las 10:35. La forma oficial que señalaba el antes y el después de lo que ha sido este día.

Antes fue la chica que con asombro le decía a otra que no se lo podía creer. Sucedía justo entrando al pasillo central que divide, con divisores de apenas metro y poco, toda la zona diáfana donde se trabaja. Unos metros más adelante, al girar la cabeza a la derecha, otra chica llorando desconsolada, junto a unos grandes ventanales, y un grupo de personas que se iba congregando alrededor de ella. No alcanzaba a oír sus palabras, pero miraban y señalaban a la zona donde yo me siento, al fondo. A mi pregunta los compañeros de mesa se encogían de hombros. Tan atónitos como yo. La sorpresa era general. Algo de jefes, supusimos. Unos minutos más tarde se nos acercó Santi. ¿Os habéis enterado ya? No. Ernesto murió anoche. ¡Qué me dices! Siendo ateo únicamente se me ocurre explicar cómo me sentí aludiendo al alma. Se me había caído a los pies de golpe. Me sobrevino una sensación de pesadez, un estado de agotamiento y un desconcierto general inmensos.

María llegó un poco más tarde. Se lo anunciaron en mitad del pasillo, sin dejarla llegar hasta su mesa. Ese mismo pasillo que recorría yo extrañado por las lágrimas de aquella chica a primera hora. Allí mismo rompió a llorar María de forma desconsolada. Eran ya varios años trabajando juntos.

Ernesto tenía treinta y ocho años en el momento en que su corazón decidió dejarlo en la estacada. Tal vez treinta y nueve. No terminamos de ponernos de acuerdo entre nosotros. También tenía un marcapasos desde hacía dos años. Y una mujer de la que siempre hablaba bien. Sus palabra sobre ella estaban siempre cargadas de proyectos escritos en tiempo futuro y de planes de vejez juntos.

Coincidimos en todos los almuerzos cuando yo me quedaba a comer en la empresa. Desde mi punto de vista se cuidaba. Mucho. Más de una vez bromeaba diciendo estar harto de tanta acelga insípidamente guisada. La sal prohibida, y muy parco al llenar su plato. Comía relativamente poco, comparado conmigo. El precio que hay que pagar por un corazón ya tocado.

Su carácter era el de un hombre muy tranquilo. Cordial. De trato agradable y paciente. Siempre dispuesto a echar una mano. Una de esas personas que te caen bien desde el primer momento. Y a mí me cayó genial. Y ese «primer momento» fue responder a una pregunta que me cogió completamente desprevenido. Levanté la mirada del monitor para mirarlo con lo que imagino será cara de estúpido. Absorto como estaba en el código tuve que pedirle que repitiera la pregunta. ¿Te gustan los comics? Y me dejó el primer tomo de Bone. No sé cuándo lo podré leer, le advertí. Tranquilo, ya me lo devuelves cuando lo leas. Hacía ya unos meses que estaba en el cliente y no habíamos pasado de algún hola y algún adiós al cruzarnos. Esa pregunta y ese gesto sin venir a cuento me descolocaron. Luego ya empezamos a coincidir más. Y a compartir experiencias. A profetizar futuros negros y dar solución a todos los problemas del Mundo. Y a almorzar en grupo. Incluso a cooperar de pasada en los mismos proyectos.

La última vez que lo vi fue el viernes pasado. Almorzamos juntos. Con el resto de los compañeros. Y fue un día especialmente bueno. Pullas, bromas y muchas risas. Porque cuadró y el tema dio para reírnos a carcajadas un buen rato. Ernesto el que más. Yo, el protagonista, haciendo el payaso y diciendo cosas de payaso. Ser canario y tener este acento tan particular tiene ventajas. Poco después yo salía para el aeropuerto a pasar unos días en mi hogar, teletrabajando. No me podía imaginar que hoy ya no estaría para el café de primera hora. Café que se desarrolló en el más absoluto silencio. El resto mirábamos serios, taciturnos y cabizbajos nuestros respectivos vasos. Perdidos en nuestros pensamientos, temiendo de reojo a nuestros propios miedos.

No puedo decir que Ernesto fuera un amigo. Dicen que pasados los treinta ya no se hacen amigos de verdad. Muy poco tiempo juntos. Y más allá de un apellido común y una buena colección de almuerzos, pocas cosas más compartimos. Diría que tampoco lo conocía tanto. Y siempre en el contexto del cliente. Pero lo conocía lo suficiente para que me cayera muy bien y me sintiese cómodo en su compañía. A su carácter bonachón se sumaba el que ambos éramos desplazados. Contratados por terceros que desarrollábamos nuestro trabajo en tierra de otros. Mercenarios sin patria. Nuestro futuro estaba ligado a la necesidad que de nuestro quehacer tuviese el cliente. Y, pese a todo ello, sí reconocía en él las virtudes de un amigo potencial.

Su muerte me dejó completamente trastocado. Tardé dos horas en conseguir concentrarme lo suficiente como para hacer algo «productivo». Y el día lo he pasado mayormente serio, cabizbajo y pensativo. Debía vérseme lo suficientemente afectado que varios pensaron que tenía una relación más estrecha y me dieron el pésame. Se los agradecí igualmente. No era momento para hacer correcciones que no venían al caso.

No somos nadie, decía María en el almuerzo. Hoy no pude estar más de acuerdo con ella.

sábado, 20 de octubre de 2012

Mi libro electrónico se ha roto; que suena a título de novela, pero no lo es

Existe la creencia popular que reza aquello de que las desgracias nunca vienen solas. Sin ser capaz de tildarlas como desgracias, es cierto sin embargo que en los últimos meses siento que las cosas no terminan de suceder como a mí me gustaría. Más bien parece que el número de pequeños contratiempos y traspiés se suceden de tal forma que presentan un comportamiento equivalente al de una función monótona creciente. De crecimiento lento, pero constante. Esto es así más o menos desde finales de agosto, justo cuando tomo la decisión —una decisión que además era inevitable tomar— de mudarme y compartir piso. Desde entonces no hay semana que no tenga dos o tres contratiempos. Algunos pequeños, algunos más grandes. Y, con todo ello, voy acumulando la sensación de que no encajan bien las cosas. Hasta tal punto que no hay día que no acabe exclamando un «joder, y ahora esto» en el transcurso de la jornada, y que no me levante esperando, más bien temiendo, qué sorpresa, negativa, siempre, me deparará el día. Usando un símil ramplón, sería como la gota del grifo. Una gota por sí misma no se puede declarar una tragedia, pero una gota, y otra gota, y otra gota, y otra gota más, van socavando la paciencia de cualquiera.

El último minidrama ha sido la ruptura de mi lector electrónico. A mitad de la tercera «Crisis Seldon» [@ Wikipedia] me he quedado con las ganas de saber lo que pasaba. Leí 'Fundación' hace tanto tiempo que es como si lo estuviese leyendo por primera vez. Lo apagué el jueves por la tarde, cuando me bajé del tren en mi regreso al piso, y lo encendí el viernes a las cuatro mientras esperaba la hora del embarque en el aeropuerto. La mitad superior del cacharro se veía como un continuum borroso. Desde entonces, y hasta ahora, cada vez que lo he puesto en marcha la cosa ha empeorado. En el momento de acercarme al comercio donde lo compró mi mujer hace cinco meses para regalármelo, la pantalla era más bien un manchón negro.

Me decía la chica del comercio, vestida con esa camisa roja de un color tan marcadamente rojo que te hace pensar si será cierto que únicamente los tontos compran en otros sitios y si no será más bien al contrario, porque hay que ser muy tonto para enfrentarse a ese tono tan beligerante para que te atiendan, que hasta que el servicio técnico no determine la causa, que no sabrán si es un fallo de fabricación del terminal o si se debe a un mal uso. Vamos, que no está claro si la garantía lo cubre o no. Pero que mejor que lo lleve yo directamente porque con ellos tardaría el doble de tiempo en tener respuesta. No me sorprendió tanto esto último, que entiendo que no puedo interferir en sus ciclos de tramitación, sino la posibilidad de que fuera yo el causante del problema. Y me puse a darle vueltas a las últimas veinticuatro horas de existencia del aparato. Lo apagué, como dije, la tarde anterior. Generalmente por las noches suelo leer otro rato antes de dormir, pero a diferencia de toda la semana, esa noche opté por el iPad y ponerme al día en los RSS. A la mañana siguiente, de camino al trabajo, opto por no leer tampoco. Suelo aprovechar ese rato también para leer, pero me levanté un poco cansado, más de lo normal, supongo que por ser viernes, y preferí escuchar música. El resto del día fue bastante tranquilo, y muy productivo, y no fue hasta la mitad del trayecto hacia el aeropuerto que no tuve mi momento «joder, y ahora esto». El primero. El segundo fue cuando intenté continuar con el libro.

Últimamente cojo muy poco el metro. Principalmente me muevo en cercanías, pero tengo la sensación de que se va acumulando una cierta crispación en la población de Madrid. A falta de carreteras en las que competir en el sano arte del improperio con otros conductores, mi campo de estudio es el transporte público y, en particular, el metro. Desconozco si por la crisis, si por los criticables gobernantes que nos ha tocado sufrir en el último año, o por una influencia de un plano paralelo metafísico, el mismo que inspirara las profecías mayas, pero si ya son especialmente famosos los madrileños por su mala educación, que no puedo afirmar que haya experimentado en el pasado en mis propias carnes, sí noto que la cosa empieza a ser más exagerada. Al entrar en el vagón, con mi mochila colgada de un lado, un tipo me metió un empujón y casi me estampa con el lateral de la puerta. La mochila amortiguó el golpe, seco. No le di tanta importancia a eso como al tipo, que luego se colocó mirando al infinito como si con él no fuera la cosa. Mi mirada, asesina, lo taladró, figuradamente hablando. Pero las miradas, por muy asesinas que sean, no hacen daño si el impresentable de turno te recompensa con el no aprecio como peor forma de desprecio. Murmuré para mis adentros algunas maldiciones ancestrales y seguí escuchando música, sin darle más importancia a lo acontecido e, incluso, olvidándome completamente de todo esto hasta que me puse a pensar qué había pasado entre la última vez que lo apagué y el momento de encenderlo en el aeropuerto. Ahora, en este preciso instante, me arrepiento de no haberle dicho dos palabras al tipejo. Pero más me voy a arrepentir de no haberle devuelto el empujón si al final en el servicio técnico me salen con lo de que no es un problema de fabricación. La única explicación que se me ocurre es que lo que parara el golpe, dentro de la mochila, fuese mi libro electrónico.

Es curioso la rapidez con la que nos acostumbramos a las cosas. Cuando me lo regaló mi mujer, lo tomé más como un capricho que como algo realmente útil. Tenía mi iPad, que es un artilugio magnífico, maravilloso y que sirve para todo lo conocido e imaginable y todo lo que está aún por imaginarse. Sin embargo, desde entonces y hasta el día de hoy, el lector electrónico se ha convertido en una de esas cosas que siempre llevo conmigo. No puedo decir que con él he retomado el gusto por la lectura y leo más, porque ya leia mucho con el iPad y en papel, pero sí que me ha permitido leer en momento en los que ni me lo hubiese imaginado. Se ha convertido, muy a mi pesar, en mi mejor amigo y compañero fiel. Un inseparable. Su ausencia se me antoja complicada y difícil de llevar, y la preveo con ansiedad. Aunque tengo el producto de Apple para sobrellevarla mejor, me auto convenzo y razono conmigo mismo. Retomaré la lectura de la 'Fundación' en él con la esperanza de que el mal que aqueja a mi pequeño lector electrónico sea recuperable; sobretodo sin pagar un euro. Aunque no será lo mismo.

La tozuda realidad

Es un hecho corroborado por generaciones pasadas, y corroborable por las venideras, que la tozuda realidad acaba imponiéndose siempre. Que se lo pregunten a Rajoy, que de esto sabe mucho, y que ya declaró hace unas semanas que no hacía lo que quería no porque no quería, sino porque la realidad era distinta a lo que él suponía que tenía que ser cuando pensaba que era de otra forma. Vamos, un discurso a lo Monty Python en toda regla. Como la mayoría de sus acciones y las de su gabinete, ya puestos a despotricar.

Pero volvamos a mí, único protagonista full time de mi propia vida. Juro, aseguro y reitero, que estaba realmente emocionado, en grado supercalifragilísticoespialidoso, con los cursos en los que me matriculé en el último momento en Coursera. Sí, ya sé que últimamente no hablo de otra cosa, y mira que tengo cosas de las que hablar, pero es que no tengo apenas tiempo para hacerlo, y ya se saben, como el mismo Marianico practica, lo importante no es hablar, sino actuar, que en casi un año de mandato apenas se le ha escuchado comentario inteligible, ya no digo siquiera inteligente.

A ver. Volvamos a intentarlo. Centrémonos, ¡coño! Decía que aún sabiendo todo lo que tenía que hacer de aquí a final de año, decidí matricularme en dos cursos que iban ya por la mitad. Lo hice muy ilusionado y el fin de semana siguiente, casi ignorando a mi mujer, y eso que se supone que vengo a Las Palmas a pasarlo con ella, me dediqué en cuerpo y alma —más bien lo segundo, porque para lo primero únicamente hay que permanecer con el culo sentado durante horas, algo en lo que ya tengo sobrada práctica— a ponerme al día. Y entonces fue cuando me tropecé con la tozuda realidad. O, mejor dicho, con los «Hard Deadline». En román paladín, las fechas máximas para entregar las respuestas de los ejercicios. Y claro, yo no contaba con que de un curso de siete semanas, estando ya en la cuarta, los de las tres primeras no puntuaban por mucho esfuerzo que pusiera en ello. Y así fue. Tres dieces como copas de pino, porque eso es lo que saqué en cada uno de los ejercicios, y una puntuación acumulada de cero patatero en el expediente del curso. Frustrado decidí darme de baja con la esperanza de que, en un futuro no muy lejano, repongan esos cursos y que, de paso, no coincida con otros a los que les tengo también echado el ojo.

Mi consejo: Apuntarse con tiempo suficiente para empezarlo con calma. Es más, algunos cursos tienen la opción de preview desde unas semanas antes, y uno se puede coscar por adelantado de las clases y de los ejercicios. Sea como fuere, yo ya tengo un plan de estudios que abarca desde el mes que viene hasta el mes de abril del próximo año, si los mayas lo permiten con su dichoso fin-del-universo-y-todo-lo-demás, con algunos de los cursos aún con la fecha de inicio pendiente. Espero no tener que abandonar más barcos de aquí al año que viene.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Impulsos irrefrenables, desórdenes compulsivos (Coursera, again)

Me levanté esta mañana con prurito en el espíritu, de ese que no curaría ni el ronroneo de un gato, por no haberme inscrito en algunos de los cursos que ya estaban empezados en Coursera. En particular me llamaban poderosamente la atención Model Thinking e Introduction to Mathematical Thinking, pero no he querido arriesgarme porque me parecen de esos cursos densos que es mejor enfrentar desde el principio y con la mente especialmente fresca. Pero la espera entre trenes tiene lo que tiene que, sumado a este desorden compulsivo de impulsos irrefrenables que me domina, finalmente he acabado registrándome en Introduction to Logic y en Functional Programming Principles in Scala. Ambos ya por la mitad pero que se me antojan más asumibles. Eso espero.

Asumo que me espera un fin de semana especialmente «duro» si quiero ponerme al día y tener posibilidades. Llevo tres y cuatro semanas de homeworks sin hacer.

martes, 9 de octubre de 2012

Quebrantasesos (a.k.a. Coursera)

He sufrido uno de mis episodios de parálisis por sobreexcitación. Entiéndase en las formas o modos que se prefiera, porque creo que los he abarcado todos en un instante. Esta tarde me daban a conocer la existencia de un sitio cojonudísimo: Coursera. «Como eres un tío inquieto, al que le gusta aprender, seguro que te va a gustar el sitio», me decía el cliente esta tarde. Hablo del que vendría a ser mi jefe en el cliente; el que me da las órdenes, me cuenta lo que quiere y me grita lo que no, vamos. Él había empezado dos cursos unas semanas antes. Porque sí, de eso va, de cursos. ¡Pero qué cursos! La mayoría impartidos por universidades que se me antojan de prestigio.

Juro, por los hijos que no he tenido, que he sufrido horrores, recorrido por escalofríos de impotencia y sufriendo repentinos ataques de sudores fríos, para no embarcarme de golpe en seis o siete de los cursos que ya están en marcha e, incluso, a mitad o a puntito de terminar. Con el nivel de trabajo que tengo —o debería tener, que ando un poco plof las últimas semanas—, no tengo ganas de comprometerme con cosas que sé que no llegaré a hacer. He sufrido mucho, muchísimo; como sufre el que no sabe si va a perder su única oportunidad, de si los volverán a repetir más adelante, y observa con impotencia marchar el tren porque llegó tarde a la estación.

Buscando mitigar esta pequeña autodecepción, acabo de embarcarme en algunos para el año que viene y en muchos para los que aún no hay fecha. Pero la erección dura, durísima, casi como un diamante de dura, metafórica e intelectualmente hablando, la sufrí cuando descubrí el curso de Dan Ariely, A Beginner's Guide to Irrational Behavior. Supongo que sobra decir que me enrolé inmediatamente. Los físicos deberían revisar eso de la velocidad máxima del universo, que supuestamente es la luz, porque yo juraría haber pinchado más rápido que eso. ¡Arghhh! ¡Aún tengo que esperar medio año!

Una cosa tengo clara. Hay algo que debería ir resolviendo desde ya, de aquí a enero, cuando empezaría el primero de aquellos para los que sí que conozco la fecha de comienzo, Game Theory. Y ese algo es mejorar mi nivel de inglés para sacar el mejor provecho posible. Si no lo hago acabaré pareciendo doblemente paleto. Por no entender y por no saber explicarme. Me conformaría con quedar como simplemente paleto.

Sea como fuere, y pese a las incógnitas e incertidumbres que siempre trae el futuro, ahora mismo tan sólo se me ocurre una idea, una expresión: «¡A por ellos, tigre!»

jueves, 27 de septiembre de 2012

Y el aspecto final es…

Ayer me hice la primera cura. Hasta este momento no había visto que aspecto tiene la cicatriz que dejó la operación para extirpar el pequeño tumorcillo que tenía en la frente.

Imagino que abrir una entrada RSS de alguien a quien conoces, aunque sea de referencia, o acudir directamente a su blog, y tropezarte de buenas a primeras una foto con una cicatriz no debe ser lo que más apetezca a nadie. Mucho menos si, además, lo haces mientras estás desayunando o nada más llegar a la oficina. Por eso he preferido dejar la imagen en cuestión como enlace y que cada cual haga lo que considere. También digo que no es nada del otro mundo, pero a no todo el mundo le gusta ver cicatrices.

Uno para todos y todos para uno

Lo mío con las bitácoras, o como ya reconoce la Read Academia de la Lengua Española, los blogs, ha sido siempre particularmente raro. He tenido y mantenido, al menos durante un breve espacio de tiempo, varios blogs desde finales de 2004, en lugares diversos. Los primeros duraron poco. No saber de qué hablar hace que uno viaje a la deriva y, finalmente, acabe no reconociéndose en lo escrito o, mejor dicho, no sintiéndose plenamente a gusto viendo los restos que deja. Uno de los más notorios que mantuve, durante más tiempo además, fue el de encefalogramaplano en La Coctelera. De él ya no queda más que alguno de los comentarios que hice en su nombre en otras bitácoras y la presentación en sociedad que me hiciera el amigo AdAstra (ahora en AdAstraFork ()). Si ponen en el buscador de buscadores encefalogramaplano lacoctelera seguro que el resultado serán enlaces a muchos de los comentarios que dejé por aquel entonces. Ese era anónimo. Luego dejó de serlo y acabé creando otro con mi nombre. Pero duró poco y acabé eliminando los dos. Del tiempo de La Coctelera guardo muy gratos recuerdos. Aquello era más una red social que una bitácora. Acababas haciendo amistad con gente muy dispar e, incluso, llegué a conocer en vivo y en directo a unos cuantos cuando empecé a trabajar en Madrid en 2007. En especial recuerdo a Nick Furia y a María, de los que ya no he vuelto a saber nada nunca más. Mucho de lo que conté entonces lo volvería a contar en Uno+Cero, y el resto en realidad tampoco me parece especialmente interesante. Al menos no recuerdo que lo fuera. Aunque sí hay una entrada que lamento haber borrado entonces. Fue cuando me enteré fortuitamente leyendo el periódico de la muerte de la que fuese una buena amiga en el último curso del instituto. Ese texto fue escrito con bastante pena y lamento no haberlo conservado.

Realmente no era mi intención ponerme a hablar de aquellos tiempos. Tampoco tengo muy claro a qué se debe, pero al final siempre acabo derivando en temas que no vienen al caso. Simplemente quería dejar constancia de que soy muy caprichoso con los blogs. Queda igualmente reflejado en la manía de mantener hasta la fecha tres (algún otro lo he acabado eliminando, Ley Sinde medianta). Pero estoy cansado. No, no, tranquilos —o lo siento por el que se haya hecho ilusiones—, no voy a borrar este. Ni los otros. De momento. Bueno, los otros probablemente sí. Y este también. Pero eso será en un futuro que se me antoja distante. Desde hace casi dos años tengo un dominio propio y hosting que apenas uso y pienso cambiar mi blog personal a mi plan de alojamiento, que para eso lo pago. Pero lo dicho, eso será en un futuro distante y cuando decida sobre qué plataforma lo haré. Mientras tanto, como primer paso hacia la migración final, y porque estoy harto de tener tres y andar pensando dónde colocar qué para mantenerme fiel a los principios fundacionales de cada cual, he decidido importar e incorporar el contenido de los otros dos dentro de este, el que considero principal. A partir de hoy mantendré solamente Uno+Cero. Todo el contenido de Apuntes de un pepino y los Retales de sabiduría quedan desde hace un rato incorporados en él. Para las primeras he usado la etiqueta «nota breve», mientras que para las segundas queda «perla de sabiduría». Los comentarios también los he migrado.

Ahí queda.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Crónica de un tumor extirpado… ¿Definitivamente?

La primera vez que lo vi parecía una picadura de algún insecto que se había dejado un pequeño aguijón dentro. Demasiado pequeño para darle importancia, pero molesto. Anduve hurgándolo hasta que sangró. Y tardó en curar, pero no le conferí demasiada importancia a este hecho. Luego lo vi crecer y, cuando me daba el Sol, más de lo cabal y sanamente aceptable, como he hecho toda mi vida, hincharse, resecarse temporalmente, resquebrajarse y volver a sangrar. Entonces, cuando ya medía unos tres milímetros de diámetro, empecé a preocuparme un poco más y fui al médico de cabecera. De ahí, un mes más tarde, al dermatólogo. Dermatóloga, en realidad. Una mujer joven (en relación a lo joven que puede ser un médico con plaza titulada que atiende; ¿treinta y poco años?) que le restó importancia: «daño celular leve, pero hay que extirpar», en ese tono en que usan las madres para tranquilizar a los niños. En unos tres meses me llamarían para la intervención «de diez minutos», señaló. «Protégete bien del Sol» se despidió de mí.

Siguió con los ciclos de encogimiento y agrandamiento. A los de encogimiento le seguía una enorme inflamación localizada, tras lo que crecía un poco más y acababa sangrando nuevamente. Empujado por la familia acabé acudiendo a un médico particular que, por las cosas del destino, era compañero de servicio de la doctora que me atendió, su jefe para ser más exactos, que confirmó el diagnóstico original, que también le quitó importancia y que, igualmente, me dijo que esperase y siguiese el proceso normal por la Seguridad Social.

Y los tres meses se convirtieron en cinco. Y los tres milímetros se convirtieron en un diámetro de cinco o seis. En estos últimos meses ha crecido más rápidamente. Aunque paciente preferente —dicho por la secretaria del servicio de dermatología— había pacientes con mayor prioridad. Algo totalmente comprensible.

Al final ayer tocó y me presenté en el servicio a la hora estipulada. Por ellos. En estos casos únicamente puedes aceptar. También es comprensible que a lo largo de la mañana se acumulen retrasos en cosas que por su naturaleza son imprevisibles, así que entré en el quirófano una hora más tarde. Efectivamente, la intervención duró apenas un cuarto de hora. El dolor más severo fue cuando pincharon la anestesia, local para el caso, y tampoco fue como para torcer el gesto. El resto del tiempo, anormalmente relajado para como soy, me lo pasé escuchando la conversación de los asistentes y notando la leve sensación de que me estaban hurgando en la cabeza. Si no es porque a veces presionaban tanto que pensaba que querían hundirme la cabeza en la camilla, me hubiese quedado dormido. También escuchaba cómo cauterizaban la herida. Resulta curioso, cognitiva y emocionalmente hablando, ser consciente de que te están achicharrando con un láser o con algún elemento altamente caliente una zona de tu cuerpo y no enterarte de nada. Supongo que será como un viaje astral en el que puedes observar cómo meten tu cuerpo terrenal en una picadora y, en el fondo, careciendo del órgano donde se producen y sustentan las emociones, reacciones químicas en el cerebro al fin y al cabo, darte completamente igual lo que esté pasando contigo. A esa sensación ayuda la privación sensorial de la vista. Escuchar, ese era el único sentido vigente. Me taparon la cara con «el paño verde ese» con el que cubren la zona adyacente al punto de operación. Papel extra absorbente, apenas traslúcido, para evitar que la sangre escurriese por todos lados. Me pasé casi toda la operación con los ojos cerrados.

Cuando pude usar nuevamente los ojos para reconocer el mundo de mi alrededor, intercambié un par de palabras con la doctora. «En un mes y medio tendremos los resultados y podremos confirmar si es lo que sospechamos y si se ha extirpado completamente». La interrumpí. Sentía una gran curiosidad, acuciada por sus últimas palabras. Hasta el momento nadie me había aclarado exactamente lo que era o, en todo caso, habían afirmado que era algo sin demasiada importancia. «Te hemos extirpado un pequeño cáncer maligno que tienes en la piel. Uno de tipo basocelular». Era la primera vez en todo este tiempo que escuchaba ese «maligno», pero no quise señalarlo. Continuó: «En mes y medio sabremos si se ha extirpado completamente. En el noventa y nueve coma nueve por ciento de los casos es así. Si viésemos que se ha quedado algo dentro te llamaría tan pronto tuviese los resultados. Si no, volveremos a vernos en cuatro meses para revisar tu caso». Y se despidió. Y yo salí, pedí hora para la revisión del si la biopsia sale bien, en cuatro meses, cogí un taxi y volvía a casa, sentándome en mi ordenador a seguir trabajando. El deber me puede.

Teletrabajando, claro. Lego caí en la cuenta de que ni siquiera sabía qué aspecto tenía mi amplia y despejada frente, herencia de mi padre, y fui al espejo a contemplarme. Ahora entendía por qué los vecinos se habían quedado observándome con curiosidad. Sin ser descomunal, llevo en la frente un buen trozo de gasas y esparadrapo. Llamativo. Casi como si quisiera cubrir un cuerno incipientemente emergente de forma burda. Aún no he visto el aspecto de la cicatriz. Siete puntos, me dijo la enfermera. Esta tarde me haré la primera cura.

Estoy bastante tranquilo, pero en el fondo de mi cráneo resuena esa duda de si lo habrán quitado todo como estrofa principal de una canción repetitiva y machacona que llevase a los coros ese maligno escuchado ayer en primicia. El tiempo dirá.

domingo, 1 de julio de 2012

Seis coma catorce


El tiempo pasa volando. Perogrullada. No resulta tan de perogrullo que lleve seis años casado con la que sigue siendo la persona más importante en mi vida. Y menos aún que en unos meses se cumplan catorce años que comenzamos una relación. Asombroso. Algo bueno tuve que hacer en otra vida :-)

miércoles, 9 de mayo de 2012

Y cuarenta


Si hay un tema del que me gusta hablar especialmente es de mí mismo. «Yo, yo y yo, es todo muy masculino» leí una vez y no sé si será cierto de forma general, pero en mi caso sí que lo es. ¿Pero para qué si no habría abierto y empezado yo este maldito sitio y encima usar «egolatría» como parte del título? ¿Para hablar del sexo de los ángeles? No, hay gente que hace eso mucho mejor, además de forma profesional, los domingos en la iglesia o, día sí y día también, en el Congreso de los diputados. No, está claro que abrí esta bitácora para hablar de mí y de cómo me relaciono con el entorno (acá el Universo Analógico™). Para tratar los temas que a mí me apetezca y, como decía al principio, suelen tratar de mí. Aunque hoy el tema es uno que se repite año tras año, así que tampoco me voy a extender demasiado: Hoy es mi cumpleaños. Y cumplo cuarenta.

Sinceramente pensé que, dado que se me pega todo y pillo todos los virus que circulan a mi alrededor, también sufriría un caso grave de depresión de los cuarenta, cuyo síntoma principal parece ser la necesidad de demostrarse a uno mismo que se sigue siendo lo suficientemente joven como para comportarse como un niño, o mejor dicho un niñato. La cuestión es que yo siempre me he comportado así, por lo que o llevo sufriendo toda mi vida la susodicha depresión cuarentona, o es que esto no va conmigo. Aunque, pensado friamente, en realidad cuarenta significa que ya he terminado mi cuarta década en el planeta y, como pasa con los siglos que se calculan sumando uno a las dos primeras cifras del año, hoy empieza el primer día de mi quinta década. O sea, unos 14.610 días de vida. 350.640 horas. 21.038.400 minutos. Da escalofríos.

También leí hace tiempo que lo importante no es el destino, sino el viaje que te lleva allí. Pero si hay algo realmente importante en el viaje que es la vida —¿alguien duda cuál es el destino?—, esto son los compañeros de viaje que eliges. Y después de un año viviendo prácticamente solo en Madrid, no se me ocurre nadie mejor con quien compartir estos días que con mi familia, la de verdad, de pocos miembros y que, visto retrospectivamente, siempre han estado ahí. Y en especial con mi mujer, que después de darme el regalo el día de la fiesta familiar «oficial», celebrada el sábado pasado porque era el único día que podíamos coincidir todos, ayer me decía que era una pena no poder sorprenderme con nada hoy, que no tenía otro regalo. Sé que es complicado transmitírselo todo los días, y más ahora que pasamos la mayoría de los días separados con 1.800 Km entre nosotros, pero más allá de todos los cacharros que cede que compremos, más allá de todos los posibles viajes que hicimos, haremos o no podremos hacer, y de todos los defectos, tonterías y caprichos que sabe perdonar, ella ha compartido conmigo los que quizás han sido los mejores catorce años de mi vida. Ese si es el verdadero regalo: Encontrar al compañero perfecto de viaje.

Pero dejándome de lo metafísico para volver al mundo material, concretamente al materialista, mi mujer me sorprendió el sábado con un lector de libros electrónico. Uno de la marca bq, modelo Cervantes 2 que permite leer el formato EPUB directamente —el del iPad— y que es el mismo modelo que le regalamos a mi madre el día de reyes. Ella devora libros y está encantada. Llevar dos mil libros en el bolsillo en apenas 170 gramos es algo que aún la tiene fascinada. «Y se lee estupendamente», reconoce cada vez que sale el tema. En mi caso, sin ser un devorador de lectura como ella, invierto como poco un par de horas todos los días leyendo. Aunque sigo encantadísimo con mi iPad, con casi dos años ya, lo cierto es que no se adapta —o no soy yo el que consigo adaptarme— a todas las condiciones de luz. Mucho del tiempo que paso leyendo lo hago en el tren y a veces tengo que hacer malabarismos para evitar los reflejos en la pantalla y, el nivel de brillo de la retroiluminación de la pantalla no consigue competir generalmente cuando el Sol te cae de lado. Según como lo tenga que sujetar para leer, el peso del iPad acaba pasando factura a la muñeca. En definitiva, que llevo tiempo pensando comprarme algo más ligero, de papel electrónico, para poder leer cómodamente en condiciones de luz ambientales cambiantes, incluso intensas como el Sol directo. Ella recogió el testigo en alguna de las conversaciones mantenidas con mi madre al respecto y se presentó con el aparato en cuestión mientras la familia coreaba el cumpleaños feliz. Estoy encantado.

En fin, que intentaré aprovecharlo al máximo el resto de días de esta semana, de vacaciones, que he venido a pasar con mi familia. Supongo que en breve contaré la experiencia. O volveré a callar otros cuatro meses.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Manual para el frío

El proceso es siempre el mismo. Empieza doliéndome la garganta. Sequedad intensa. Beber agua es sentir papel de lija bajándote por la garganta y la tráquea. Luego, dificultad para respirar. Mocos. Obstrucción nasal. Respirar por la boca, y más sequedad. Al par de días noto que baja a los pulmones. Tos. Más tos. Dolor punzante y ocasional. Dolor de cabeza. Mucho. Dificultad para dormir. Amanezco como un walking dead más. Y así durante unos días. A veces un par de semanas.

A raíz de la suspensión del servicio de Tranvía en Parla me las tuve que ingeniar para volver al piso, sito en Parla Este. En mi ilusión, creía que se tardaba menos —y es harto probable que se tarde menos, sí— pero sin conocer bien las calles, opté por seguir la línea del tranvía fantasma, que culebrean en exceso. Cuarenta minutos caminando, con una temperatura de entre cinco y siete grados, con un viento gélido que me perforaba el oído (manía de darme de lado, leñe) y, lo que tiene más delito, con una chaqueta que es más de entre tiempo que de invierno y a pecho descubierto únicamente protegido por una camiseta de Decathlon de algodón, cómoda y calentita, pero para el interior de casa, consiguieron despedazar mis defensas.

A los canarios nos deberían dar un manual de instrucciones cuando nos sueltan en el inverno madrileño. A seguir tosiendo hasta que se me pase.

martes, 8 de noviembre de 2011

hitchconiano perdido

…mientras trajinaba pa'lante y pa'trás en la cocina, pude ver un fugaz reflejo de mi perfil en la ventana de la cocina —es lo que tiene cocinar de madrugada, que la oscuridad exterior convierte en espejos de feria los vidrios de las ventanas— y tuve la sincera sensación de parecerme cada vez más al grande Hitchcock. De ahí se derivaron dos hilos de pensamientos paralelos —para ello cuento con dos hemisferios cerebrales—. El primero que tengo que poner pronto remedio a la panza incipiente de un precuarentón. Esta misma noche me paso por donde el gimnasio a preguntar por algún plan de ejercicios ligeros. Segundo, que me han entrado unas ganas irrefrenables de volver a ver La soga.

Y…

Tiembla Arguiñano, ¡Tiembla! (2)

Esta mañana abrí los ojos como platos tomando dura y plena conciencia de que no había sacado la comida del congelador el día anterior y que, por inducción deductiva, no tendría qué almorzar hoy en el trabajo. Soy pobre, como el banco insiste en recordarme, así que eso de comer fuera lo dejo para los jueves, salvo que la imperiosa necesidad se imponga, ya que el jueves viene a ser el día madrileño del colegueo restaurantil. El menú cuesta ocho euros. No es mucho, la verdad, y es algo más bien raro en Madrid, donde lo mínimo son diez, pero con eso puedo comer hasta tres días, según lo sibarita que me ponga.

Así que ni corto ni perezo, casi sin restregarme las legañas de los ojos, me metí en la cocina e improvisé unos macarrones con tomate. Mientras se guisaban los macarrones en la fussion —sí, sí, soy un fussionita más—, sofreía unos pocos trocitos de cebolla dulce en una sartén, que una vez ligeramente dorados —alguno salió aún peor parado que eso—, fueron acompañados por unos champiñones en laminas de lata y que, todo ello junto, una vez caliente, fue acompañado de un tetrabrick de tomate frito, ligeramente azucarado para restarle la acidez del fabricante, y que concluyó, una vez caliente todo, con un poco de atún de lata. Todo ello echado sobre los macarrones guisados seis minutos y enfriados bajo agua para que se quedaran al dente y ligeramente espolvoreado con albahaca. La operación no llevó más de diez minutos. Lo que ya no tengo tan claro es si ese mejunje improvisado será comestible o si, al final, tendré que acercarme al restaurante a por el menú de ocho euros.

Lo que me queda claro es que, a este paso, monto mi propia cadena de restaurantes en un par de años. A Arguiñano ya lo tengo superado. Ahora voy a por el Jaime Oliver ese. Se va a cagar.

Y…

Actualización de las 15:55: Después de almorzar puedo confirmar, y confirmo, que el mejunje no quedó tan malo, después de todo. La pasta, de esa económica, por no decir directamente que «barata», del Carrefour, le restó impacto gustativo al experimento estreso-mañanero. Repetiré, seguro. Esta vez espero que con más tranquilidad.

lunes, 24 de octubre de 2011

Tiembla, Arguiñano. ¡Tiembla!

Soy un absoluto negado en la cocina. Y en muchas otras cosas. Pero ser un negado en muchas otras cosas no pone en peligro mi vida, ya que ser un negado en la cocina, viviendo sólo como vivo ahora, supone poder morir de hambre o alimentarme exclusivamente de pizzas, macarrones, hamburguesas y reventarme el corazón con trescientos kilos de grasa en las arterias. Mi mujer, una santa en muchos aspectos, y genial cocinera, no me ha dado por perdido e insiste en animarme a que me lance a comer mejor, que no más. Así que para acompañar la crema de calabazas (riquísima) que tengo lista para mañana, me animó a prepararme un rehogado de setas y champiñones y unos filetes rusos. Y, tras consultarle casi cada paso por teléfono, el resultado ha sido cojonudo.


Estoy muy orgulloso. A este paso pronto podré montar mi propio programa de cocina: «yo me lo guiso, yo me lo como, y tú te jodes mirando sin probar bocado». Tiembla, Arguiñado, tiembla.

lunes, 10 de octubre de 2011

Steve Jobs y mis propios recuerdos

Me levanto muy temprano. No mucho más de lo que me obligaba a levantarme el insomnio producido por estrés laboral hace más de un año, pero sí lo suficientemente temprano como para que se note en el cuerpo a lo largo de la semana. El jueves fue una proeza levantarme a las cinco y veinte, cuando sonó el despertador. Mayor proeza supuso desayunar, refrescarme con una ducha rápida y salir a la calle con quince grados para coger el tranvía, luego el tren y, tras hora y media de paseo en total, sentarme en mi puesto de trabajo a las ocho para comenzar una jornada de nueve horas y media. En algún momento de ese proceso curioseé en Facebook y vi que alguno de mis contactos publicaba el famoso vídeo de Steve Jobs acompañado de unas pocas palabras del estilo «pues parece que esto es lo que toca ahora». Nada más. Lo suficiente como para sospechar que algo había pasado. Sospechas que se confirmaron cuando llegué a la oficina y repasé las noticias. Y esto es harto raro en mi modus operandi, porque nunca leo las noticias en el trabajo y lo primero que hago es leer y responder el correo de empresa.

Si me hubiesen preguntado el día antes cómo me sentiría ante la muerte de Steve Jobs hubiese contestado algo del estilo a que en realidad me daba igual. A todas luces no dejaba de ser uno más de tantos. Un hombre con una visión muy agudizada, un visionario, vamos, pero un hombre más entre tantos grandes hombres que ha habido en el mundo, a fin de cuentas. Sin embargo, al leer en negrita, y con un tamaño de fuente de titular, que había fallecido, algo se revolvió dentro. Y no, no se confundan. En realidad me importa poco la muerte del hombre, que incluso llegó a engañar a su propio amigo por unos míseros dólares. El ánimo de lucro se le supuso siempre. No, lo que se revolvió fue algo más interior y difícil de explicar. Algo que tiene que ver, supongo, con el haber vivido la evolución de la informática doméstica desde sus comienzos, o el haber suspirado durante años por tener un Macintosh. Ni yo mismo lo tengo claro, pero ahí lleva esa emoción enganchada dentro desde el jueves pasado.

Los sentimientos son difíciles de explicar; al menos para mí, que nunca se me ha dado especialmente bien la palabra escrita ni contar emociones. También decía hace un instante que ni yo mismo me aclaro, y menos como para poner orden en una exposición, por lo que quizás deba contarlo acudiendo a mi propia historia personal.

Tengo casi cuarenta años y, dada la altura de mi vida en la que estoy, es muy posible que ya no tenga descendencia a la que contar mis aficiones, mi vida, mis pocos logros y a la que animar a que siga su propio camino. Sin embargo tuve suerte de crecer con varios referentes importantes y de los que, en cierta forma, tomé ejemplo. Mi padre es uno de ellos. Un gran pintor, que ama lo que hace, y que ha dedicado buena parte de su vida a leer todo cuanto caía en sus manos sobre pintores, épocas y estilos. Es, en cuanto a pintura se refiere, una eminencia. Mi madre también está ahí. Historiadora de vocación y estudios, en especial de la arqueología y aún más particularmente sobre egiptología, leía todo artículo acerca de esos temas sobre el que ponía las manos. Es toda una suerte contar con una enciclopedia humana cuando a uno la geografía y la historia se le atascan en el instituto. Sí, me crié en un entorno en el que se profundizaba en aquello que te gustaba. En el que se te animaba a seguir investigando. Si era tu vocación, el tiempo se hacía poco y el conocimiento previo no existía. Todo se cogía siempre con hambre de saber más. [1]

En mi pubertad, incluso en mi adolescencia, no sabía que la Informática sería mi vocación. Era difícil saberlo a principios de los ochenta. Pero el primer ordenador [2] entró en casa en el año 1984, cuando yo contaba con doce años recién cumplidos. Como niño que era, enseguida le encontré el punto lúdico a ese pequeño cacharro con teclas de goma que se llamaba ZX Spectrum y no había ningún indicio que hiciera pensar que acabaría dedicando mi vida a ello. Pero, poco a poco, entre cinta y cinta, empecé a leer lo que se podía hacer con él. Ayudó que aparecieron publicaciones en español sobre el ordenador en cuestión, como Michohobby, de la que copiaba con presteza buena parte de los listados. Así fue cómo con trece años programaba bastante bien en BASIC y a los catorce ya conocía el lenguaje ensamblador del Zilog Z-80, lo suficientemente bien como para recitar de memoria la mayor parte de su juego de instrucciones.

Después del Spectrum pasaron por mi casa el Atari 800XL, el Commodore 128, el Commodore Amiga 500 y, por fin, el primer PC, un clónico que en mi caso iba con un 386, y que costó la friolera de 415.000 pesetas (unos 2.400 €). Para cuando entré en la universidad ya sabía programar en lenguaje C y conocía el ensamblador del MOS 6510 (Atari y Commodore) y el del Motorola 68000; además de los mencionados antes para el Spectrum. Todo ello conocimiento verdaderamente inútil a estas alturas, pero que me enorgullecía especialmente dominar en aquellos años. Casi me sentía como todos esos pioneros que habían hecho posible que yo disfrutara aprendiendo a programar y de los que leía cada artículo que aparecía. Si entre todos estos héroes hay uno que ocupa un hueco especial en mi corazón, ese es Sir Clive Sinclair. Aunque sea de mal gusto aclararlo en una entrada dedicada a Steve Jobs.

Mientras yo iba aprendiendo cosas inútiles que rara vez ponía en práctica, la informática doméstica se iba definiendo año a año. Hace treinta años era sumamente extraordinario ver un ordenador en la casa de nadie; yo era casi un privilegiado. Unos pocos años después, buena parte de los compañeros de clase en el instituto tenían uno. Hoy en día es raro el hogar de clase media que no tenga uno, incluso dos. Se ha convertido en algo normal ver a cualquiera en la calle, en un restaurante, en el tren o en la playa, respondiendo un correo electrónico con su smartphone. Hasta los televisores de hoy vienen con un ordenador en el que puedes descargar aplicaciones desde Internet y reproducir películas MKV directamente enchufando un disco duro externo.

Son muchos los nombres que han conseguido que la informática y la tecnología llegase a donde ha llegado. Hay, también, muchos individuos anónimos, que han invertido su tiempo en mejorar herramientas para la detección de enfermedades, y muchos que hicieron pequeñas pero sumamente importantes aportaciones, pequeños empujones, para que la cosa siguiese funcionando y mejorando. Sin contar a todos aquellos que, trabajando en grupo, han hecho posible saltos tecnológicos cualitativos. Sin embargo, si hay un nombre que resuena siempre, una especie de constante universal durante estas tres décadas que han pasado, es el de Steve Jobs. Desde que tuve el Amiga quise pasarme al Mac (a fin de cuentas eran máquinas basadas en el 68000 de Motorola, procesador que admiraba profundamente). Pero eran ordenadores muy caros y no fue hasta finales de 2007 que inicié mi viaje por el universo Mac. Ya decía entonces que hay una constante con Mac: la calidad y la facilidad de uso. Son productos muy bien pensados y meditados, que hacen la vida fácil al usuario. Se nota que hay un duro trabajo detrás de cada idea para que el usuario, yo, me sienta a gusto pensando exclusivamente en lo que quiero y no en el cómo hacerlo. Y esto no lo había conseguido nadie antes. La elegancia, la facilidad de uso, el acabado exquisito y las formas novedosas, son constantes de una marca que ha conseguido que usemos adjetivos como «bonito» para designar cosas que, tal vez por su naturaleza inerte, no se nos hubiese ocurrido calificar como tal.

Una obra puede ser bien interpretada. Para ello requiere una buena orquesta, compuesta por buenos músicos, cada uno de ellos conociendo a la perfección el instrumento que han elegido tocar. Pero para que la obra sea genial no basta con que sean simplemente buenos, se necesita un gran director, alguien que vigile y exija la perfección hasta en los más mínimos detalles. Sólo de esta forma, bajo la exigente mirada de un gran director, algo bueno puede transformarse en algo genial. Steve Jobs, ha sido ese exigente director, y que como nombre, ha estado ahí siempre, asociado a la calidad y como un referente de cosas bien hechas. Steve Jobs, y Apple, han conseguido que todos los que tenemos la informática como vocación, tengamos una referencia de calidad, de productos bien hechos, de máquinas que piensan para el hombre y no de hombres que deban pensar para máquinas. Y, con envida sana, que muchos quieran dar más de sí mismos para conseguir emular esos logros.

Pero más allá de todo ello, la muerte de Steve Jobs me recuerda que todo tiene que morir, que todos los que consiguieron, de una forma u otra, que me gustase la Informática, que admirase los logros tecnológicos, tras los que había hombres, y que, por un momento, mi vida rozase un sentido de ser, irán desapareciendo y que, después de tanto tiempo, la Informática ya no tiene ese sabor de aventura personal que tenía entonces, cuando encerrarse en el cuarto o en el garaje tenía mucho de juego y poco de negocios deshumanizadores. Con la muerte de Steve Jobs tengo la sensación de que comienza a morir la Informática casi espiritual, la del reto intelectual que con poco se hacía mucho, y, pese al legado de calidad y trabajo bien hecho tan inmenso que deja, muere uno de sus principales artífices y promotores. La muerte de Steve Jobs deja el regusto amargo de una premonición. La de que las próximas generaciones, nacidas ya entre abundancia de complejas soluciones y al abrigo de tecnologías cada vez más completas y abstrusas, serán individuos que se aproximarán a la Informática de forma meramente funcional, sin aquel apego orgánico de sus pioneros, que conseguían humanizar cada nueva aportación a la corta, pero intensa, historia de los ordenadores personales. Para ellos, los nuevos, ya no quedará nada, ni siquiera el haber vivido en el tiempo de grandes hombres que marcaron el rumbo. Hombres, que mejores o peores, con motivaciones mejores o peores, conseguían que todo fuese una aventura emocionante y que yo, en particular, andara siempre asombrándome con cada nuevo paso que se daba y con las nuevas noticias que llegaban, y que todo ello siempre tuviese un nombre, una persona, detrás. Hace ya tiempo que no me asombro demasiado con casi nada y, sospecho, mis sobrinos ya no llegarán a admirar a personas. Temo que para ellos quedará, únicamente, la admiración a la máquina. Una verdadera pena.



[1] Para desconsuelo de mis padres, yo nunca logré pasar de la teoría. Soy muy perezoso para embarcarme en grandes empresas personales. Aunque el hambre por aprender siempre cosas nuevas no la he perdido ni aún a mis treinta y nueve años.
[2] Aunque el uso de la palabra «ordenador» está enmendada por la Real Academia de la Lengua, que recomienda ahora el uso de computador o computador electrónico, son muchos años usándola.

martes, 4 de octubre de 2011

Mala noche, mala leche, mala sangre, segunda parte

Por cuitas culinarias —tan sólo a mí se me ocurre tener el antojo de verdura al vapor cuando mi mujer me dejó el congelador repleto de exquisita comida, suficiente como para alimentarme varias semanas—, anoche no logré acostarme hasta hora y media más tarde de la hora límite que me había fijado para meterme en el sobre; que ya de por sí es tarde. Caí inconsciente en segundos pensando que, al menos cuatro horas y media de sueño serían suficientes para afrontar los retos del día siguiente. A las tres de la madrugada me despertó un dolor intenso en la mano. Daba la sensación que me habían arrancado un trozo de carne de un mordisco. No me lo podía creer, otra vez me había picado un puto mosquito. Me levanté hecho un basilisco, arremetí contra él —dado el tamaño medio de los ejemplares que habitan en Parla no es difícil localizarlos incluso con miopía y sin gafas— y le solté un tremendo guantazo, importándome un rábano el ruido y los vecinos. No me esperaba el espectáculo de vísceras y sangre. Está claro que andaba aún bien hinchadito de —con mi— sangre que, a diferencia del otro, en lugar de necesitar varios golpes para acabar con él, a la primera caricia explotó. Madre mía, vaya sangría. Y qué rojo tan intenso.

Varios efectos se derivan del acontecimiento nocturno:

  • Que los vecinos acabarán presentando un escrito para echarme del edificio por los ruidos nocturnos
  • Que he puesto en serio riesgo la integridad estructural del edificio por la tremenda piña que le solté a la columna (amortiguada levemente por el cuerpo del mosquito)
  • Que otra vez he dormido una mierda (por la excitación de la pelea me desvelé durante una hora aproximadamente), que me he levantado hecho una piltrafa —más de lo normal—, y que voy a requerir dosis masivas de café para soportar las horas que se presentan por delante
  • Que he perdido un litro de sangre y sufriré anemia perniciosa durante las próximas semanas
  • Y que voy a tener que pintarle las paredes a la dueña del piso antes de dejarlo para ocultar mi crimen

¿A que va a resultar que la noche de los lunes es «la noche temática de los mosquitos» en Parla y yo no me he enterado?

No tengo muy claro si la hinchazón de la mano se debe a la picadura o al puñetazo. Yo apuesto más por lo primero, que lo segundo no fue para tanto.

domingo, 2 de octubre de 2011

Las moscas

A un panal de rica miel
dos mil moscas acudieron,
que por golosas murieron
presas de patas en él.
Otra dentro de un pastel
enterró su golosina.
Así, si bien se examina,
los humanos corazones
perecen en las prisiones
del vicio que los domina.

Hoy me levanté recordando esta fábula de Samaniego, que mi abuelo me leía (o recitaba de memoria) de vez en cuando. Muchas veces, en respuesta a mi insistente petición.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Canción con olor

Dicen que hay olores que disparan recuerdos. Hoy comprobé que también hay sonidos que disparan olores (ya puestos a hablar del olfato). En la sorpresa en tren del día de hoy, sonó este clasicazo:



Esta canción huele a verano en el campo con mis abuelos. A un mes en El valle de Agaete. A amistad sincera de los niños que acaban de conocerse y saben que tienen poco tiempo para divertirse juntos. También a romance adolescente (o de pubertad tardía) e inocente. Huele a Noelia y sus trece años. Tonta pero rematadamente guapa. Y, sobretodo, huele a mis quince años y la rebeldía de no saber cuál es mi sitio en el Mundo.

Pero también me recuerda al final de la magnífica película Escuela de genios:



En mi próxima visita a Las Palmas rebuscaré en el cajón de los DVD, que debo tenerla aún.

martes, 27 de septiembre de 2011

Cinco meses. Un mes. ¿Dos meses de trabajo? ¿Qué significa «céntrico»? Treinta megas. Largos paseos en tren y cielos de Madrid. Facebook, Google+, entonces breves. Dos semanas acompañado, después soledad

Hace ya cinco meses —vaya como pasa el tiempo— que estoy en Madrid. Llegué a finales de abril, con unos días cuya temperatura se podía considerar aún fresquita y agradable, que duraron más bien poco antes de empezar a subir el termómetro. Después de un verano especialmente caluroso —hay quien afirma que no ha sido para tanto—, esta última semana ha empezado a refrescar; principalmente de madrugada. El lunes pasado amaneció con 11° y me pilló por sorpresa al salir en camiseta de manga corta, como llevo haciendo todo el verano, para el trabajo. Estuve la mayor parte de la semana pasada moqueando y me ha tirado al pecho, así que a un imprevisible ataque de tos le sobrevive un escupitajo de flema. Sorprendente lo que puede producir el cuerpo humano. Aún dura, aunque parece que ya he recuperado parte de mi capacidad de raciocinio; que tampoco es mucha.

El piso en Sol, en el que aterricé gracias a un amigo que me puso en contacto con su tía, la propietaria, de veintidós metros cuadrados, y siendo último piso, era un horno en el que me sentía como un preso en una pequeña celda, cocinándome en mi propio jugo. Céntrico, eso sí, según los cánones establecidos por los madrileños, y recién reformado de forma que estaba muy coqueto y excelentemente bien aprovechado, pero una celda que no bajaba de cuarenta y pocos grados en los peores días del verano, sin un rincón en el que esconderme y sin un espacio en el que poner el ordenador, cuya mesa de apoyo era la misma en la que desayunaba, almorzaba y cenaba, cuando era ocasión de hacerlo. Las vistas tampoco ayudaban. Las ventanas daban a un patio interior y lo único que alcanzaba a ver eran las tejas del edificio adyacente. Pero por las noches, si había suerte y corría un poco de aire, abriendo las claraboyas del techo y dejando las ventanas del patio abiertas, se podía dormir algo más fresco; además de poder gozar del cielo nocturno de Madrid, cuya contaminación lumínica impide contar las estrellas con algo más que los dedos de una mano. Temiendo a los mosquitos, esas noches, pese al calor, uno podía dormir en pleno centro de Madrid. Las restantes, el sueño era incómodo y difícil.

Templo de DebodDespués de unos meses, aquel deseo de vivir en el centro de un gran ciudad, esa experiencia deseada, pasó a convertirse en casi un infierno. Detesto las aglomeraciones de gente, y el concepto centro no deja de ser algo ambiguo. ¿Qué significa «centro»? ¿Tener todo cerca? ¿Y qué significa «todo»? Yo no termino de tenerlo claro. Mi experiencia anterior con el centro de Madrid resultó mucho más gratificante. Cuando quería quedar con los amigos bajaba desde Aravaca. Cuando quería comprarme un libro me acercaba hasta Puerta del Sol y me tiraba una hora o dos en la FNAC o en La casa del libro rebuscando. De hecho ese ritual tenía carácter semanal. Al salir del trabajo seguía hasta Madrid, una parada más, y paseaba durante un buen rato, me gastaba entre veinte y treinta euros en libros que acabaría amontonando y luego volvía a Aravaca. Esa era mi relación con la zona centro, que entonces me agradaba, porque durante un rato yo era parte de la muchedumbre; sabiendo que al rato volvería a la tranquilidad del piso en una zona en la que raro era el día en que se escuchase un ruido después de las once de la noche. Ahora estaba empezando a detestar toda la zona y, de hecho, en todo el tiempo que estuve a cincuenta metros de La casa del libro y a cien de la FNAC, entré dos veces; y encima porque acompañaba a algún amigo.

Cierto que hay crisis, pero la cosa está especialmente complicada para conseguir un piso en Madrid. Al ya inherentemente difícil proceso de búsqueda de un piso en el que no te pidan como anticipo el alma y un aval bancario de treinta años, al poco de llegar empezó a hacerse patente cierto malestar en los gerentes del proyecto. Fue inesperado, como en la mayoría de estas ocasiones y cuando el cliente es uno grande y caprichoso, pero a las pocas semanas de mi incorporación como jefe de proyecto en esa cuenta, el cliente anunció un gran ERE y, con ello, empezaron a cancelarse proyectos, a cambiar los interlocutores y a crecer la incertidumbre. A pregunta directa, mis jefes me garantizaron trabajo sólo hasta final de año, así que tampoco me apetecía meterme en un compromiso de un año en un alquiler si después las cosas se iban a complicar. No era plan de pedir aval, dejar fianza y arriesgarse para nada.

Quería salir del piso de Sol, pero no quería hipotecarme a un año. En este momento de tensión e incertidumbre, fue donde apareció el altruismo de una amiga que conocí en la empresa anterior. En realidad habíamos hablado más bien poco y vinimos a conocernos mejor en mi anterior estancia en la capital, pero sin pensarlo mucho me dejó su piso, aunque con algún sentimiento de angustia por lo bien arreglado que lo tiene y el temor a que se lo destrozara. Tres meses fue lo que acordamos en principio, tiempo durante el que yo le pagaría todos los gastos (hipoteca incluida), hasta noviembre, a la espera de que la cosa se aclare. Para bien o para mal, pero que se aclare. Así que desde hace un mes estoy viviendo en Parla y cambié el piso centenario, que pese a la reforma el edificio era viejo, la vista de las tejas de enfrente y el bullicioso y opresivo centro, por un piso de casi setenta metros cuadrados en una zona residencial en la que no se escucha un ruido a partir de las diez y media, con piscina (ya cerrada por comienzo del otoño), garaje, trastero, centro de deportes a dos minutos, Carrefour a tres y Mercadona a un paseo, y —lo mejor— unas vistas acojonantes siendo un octavo. La ventana del salón da para el oeste y las puestas de Sol son increíbles. No recuerdo haber disfrutado en Las Palmas con tanta frecuencia de los degradados de colores rojizos y anaranjados que veo desde aquí.

Puesta de Sol desde el salónY aquí es donde el «todo cerca» toma sentido. O, mejor dicho, deja de ser tan importante. Internet ha cambiado la forma en que uno necesita hacer las cosas. Puedo hacer la compra en Mercadona desde mi casa y me la traen el sábado. Casi todo lo que necesito lo puedo comprar en Internet. Tengo una farmacia a dos minutos que abre todo el día, todos los días de la semana. Una parada de tranvía que en diez minutos me deja en la estación de RENFE y, desde ahí, tardo treinta minutos hasta la zona de Sol —que ahora vuelvo a disfrutar como antaño—, saliendo un tren cada diez minutos. También hay dos parques muy agradables por los que pasear a última hora de la tarde, y carriles bici por casi todas las calles principales, entrándome ganas de pillar una y dedicarme a recorrer la zona. Eso si no tuviese que irme a finales de noviembre, sea para volverme a Las Palmas o para mudarme a otra vivienda para seguir trabajando en Madrid.

Llegados a este punto de esta larga entrada, y en resumen, llevo cinco meses trabajando más o menos al mismo ritmo —hay quien cree erróneamente que soy un workaholic—, de los cuales el último lo he pasado en Parla a mis anchas en un piso con dos habitaciones, un salón enorme y un televisor LCD donde disfrutar de la calidad Blu Ray, que es la única tele que yo veo; pero sigo sin saber lo que será, laboralmente hablando, de aquí a dos meses. Mi jefe directo me confesó hace unas semanas, cuando le volví a preguntar por mi futuro inmediato, «eres un diamante, un currante nato, y no queremos perderte», pero no me pudo garantizar nada de nada. Ya veremos.

Otra de las cosas que ha traído el mudarme a Parla ha sido la velocidad de Internet. En Sol ya tenía 6 Mb, cinco más de los que nunca llegaré a tener en la zona de Las Palmas donde vivo. Pero cuando pedí el traslado de la línea, y por cambiar de ciudad, no pudiendo mantenerme el número, me ofrecieron, por un poco más, 30 Mb de fibra, que es lo que tienen todas las zonas residenciales de construcción reciente. Y aquí estoy, disfrutando de unas velocidades que ni en mi más febril locura hubiese podido imaginar. Es una gozada y, ahora sí, puedo decir que tengo «banda ancha» y que me muevo por las «autopistas de la información». Y aunque dure sólo tres meses, esta experiencia ya no me la quita nadie.

Un cielo espléndidoPor otro lado, y como parte negativa, he alargado los viajes en tren. He pasado de unos treinta o cuarenta minutos, a viajes de hora y veinte que, si las combinaciones fallan, pueden convertirse en viajes de casi dos horas. Hablo de tiempo invertido en cada sentido. Ahora me veo obligado a hacer trasbordo, y eso implica esperar al siguiente tren o tranvía si se me escapa uno. Un día realmente malo, puedo llegar a emplear cuatro horas en transporte. Aunque en el tiempo que llevo aquí eso ha pasado sólo una vez. Por lo general, conociendo las horas a las que salen y pasan los trenes, no empleo nunca más de hora y media. Y siendo, como soy, un optimista nato para estas cosas, aprovecho estos largos paseos en tren para escuchar música y para leer. Pero, principalmente, para disfrutar del paisaje y del amanecer. Pronto no me quedará otra cosa que leer y escuchar música. Ya empieza a notarse la disminución de las horas diurnas y llego a la estación de Tres Cantos sin haber aclarado del todo. En un mes, cuando además haya cambiado la hora, sospecho que ya entraré a trabajar siendo aún de noche.

Debo puntualizar, además, que el incremento en tiempo de traslado ha supuesto salir antes del piso. Lo que en una cadena hacia atrás de causa y efecto, significa levantarse un poco antes. Suerte que siempre he sido de dormir poco y que no me cuesta despertarme a las cinco y media de la mañana, que es la hora a la que debo ponerme en pie si quiero desayunar tranquilo y prepara las cosas con calma, mucha calma, antes de salir.

En todo este tiempo, en el que he estado más bien centrado exclusivamente en el trabajo —¿he comentado ya que hay alguno por ahí que cree erróneamente que soy un workaholic?—, al llegar al piso, sentía mucha pereza como para ponerme a escribir en el blog. Sin embargo, y en parte porque alguno me preguntaba de vez en cuándo cómo me iba todo, siempre tenía ganas de comentar cualquier cosa, alguna chorrada sobre cómo había ido el día, o la semana, o sobre cualquier estupidez que hubiese hecho o mirado en Internet, simplemente para que no se perdiese ese canal casi místico, y muchas veces anónimo, que hay entre el que escribe y el que se asoma, curioso, a leer lo que se ha escrito. Pero, pese a saber que este rincón no deja de ser una sarta de tonterías, le tengo demasiado aprecio como para convertirlo —ya he visto cómo acaba degradándose un espacio similar en otros casos— en un copia y pega de aquí y de allá sin más esfuerzo ni originalidad que el meter contenido hecho por otros. No, para esta bitácora deseo seguir reservando esa hora del día en que sale publicado, cuando sale, y artículos, cuando no interesantes, al menos sí algo más elaborados. Pero la picazón de «publicar» aunque sean tonterías no se me quitaba. En este aspecto he de confesar que la plataforma Facebook, y el concepto del muro, es algo cojonudo. Es una idea sencilla —y robada, dicen— que funciona. Durante dos semanas retomé el publicar cosillas sueltas en mi cuenta, a ver qué tal era; pero Facebook es un coto cerrado, es un espacio en el que lo que prima no es la originalidad —como ya ha dicho mucha otra gente antes— sino el mecanismo, casi endogámico, del «me gusta» reproducido hasta la saciedad. Amén de que parte de mi red social, tal vez con la que tengo más afinidad, siquiera tiene cuenta en Facebook y, por tanto, perdía sentido y objeto. Luego evalué Google+, aún sabiendo que sería más de lo mismo, pero con la esperanza de que pudiese quedar a modo público, al menos parte, y poder engancharlo en el lateral del blog a modo de «breves». Me cansé pronto de buscar la forma, así que he optado por rescatar y reciclar un experimento, distracción y mecanismo o válvula de escape, que monté en los peores momentos laborales (allá por 2008) y convertirlo en mi muro particular, donde —ahí sí— publicaré todas las pepinadas que se me ocurran, sin respetar nada, sin escrúpulos y con menos vergüenza, y que aparece a la derecha de este blog con el sugerente título de «Pepinadas breves». No me hago responsable de lo que te suceda si te pones a leerlo, pero sospecho que es más probable que sepas cosas de mí en los próximos meses por esa vía que esperando a que escriba otra entrada aquí, que, como mucho, será de algún libro de esos que ahora leo en el tren (o de los veinte que ya he leído antes y que aún no he comentado). Por tanto, y pese a la pobreza de espíritu que entraña, y que ya lleva unos cuantos días ubicado en esa posición, queda presentado oficialmente mi «canal de breves»; montado, eso sí, como otro blog en la plataforma Blogger. Tampoco era plan de complicarse mucho más.

Valverde de los arroyosYa que está siendo una entrada larga, aprovecho para comentar un último punto; que no por último menos importante. Las dos últimas semanas ha estado mi mujer acompañándome aquí en Madrid. Ha sido agradable volver a convivir con ella. Y es, quizás, lo único que echo de menos de Las Palmas. Dada la inseguridad de mi permanencia en esta empresa, no podemos tomar una decisión dramática para que ella deje la seguridad —siempre relativa— de su trabajo y se venga a buscar algo a Madrid. La separación no está resultando fácil. Para ninguno. Y las pocas veces al mes que podemos permitirnos —los viajes se han encarecido casi un 200% comparándolos con la etapa anterior en Madrid, lo que impide que viaje más fines de semana— que yo viaje a Las Palmas, saben a poco. Así que se pidió dos semanas de vacaciones y ha estado aquí, aunque yo estuviese trabajando. Resulta indescriptiblemente agradable llegar a casa y escuchar el ruido de la actividad de mi mujer, ya fuese ver la tele o estar cocinando la cena. Y el calor humano que ello conlleva. Han sido dos semanas increíbles, mejor que cualquier viaje a cualquier lugar. Es algo que se acaba aprendiendo con los años, al final el universo es tal y como uno quiere percibirlo y que no hace falta salir de la casa para ser feliz. ¿Dónde está, por tanto, el «centro»? En uno mismo, sin lugar a dudas.

Sin embargo, aunque he dicho que uno puede ser feliz sin salir, tampoco es plan de desaprovechar las oportunidades que se presentan. Así que alquilamos un coche y pasamos un fin de semana visitando Guadalajara. En especial nos decantamos por la ruta de la arquitectura negra o de los «pueblos negros», que dicen, y finalizando en Sigüenza. Disfrutamos enormemente de los paisajes y las carreteras secundarias de Castilla-La Mancha, esperando encontrar, tras cada curva, los famosos molinos con los que se enfrentó Don Quijote. Una vida también puede enriquecerse con escapadas de fin de semana.

Una pena que, de momento, esto no podamos repetirlo más a menudo. Esperemos que a principios del año que viene la cosa se aclare. Mientras sí tengo claro que, después de estas dos semanas en que hemos vivido y vuelto a compartir muchos momentos juntos, la soledad se acentúa más. Resulta bastante duro el cambio y volver al piso para ser recibido por el mismo silencio que te despidió al salir a primera hora de la mañana. Habrá que volver a acostumbrarse hasta que consigamos otras dos semanas de vacaciones.