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lunes, 24 de diciembre de 2012

Feliz Navidad


Tal día como hoy, justo hace un año, comentaba que tocaba pasarlo en Madrid y que mi mujer decidió acompañarme allí. Fue una buena Noche Buena. En compañía de ella, con una buena cena y disfrutando luego de un rato de televisión antes de acostarnos a dormir. Sin embargo, tal como decía en aquel momento, estábamos los dos solos. Siempre se echa de menos a la familia en estas fechas. Racionalmente sé que estas fechas no implican —o no deberían implicar— nada especial, pero si racionalizamos absolutamente todo sospecho que seríamos seres productiva y perfectamente infelices. Y los jugadores de fútbol se morirían de hambre.

Me voy a permitir un apunte o aclaración: Entiendo por familia a todos aquellos que han estado siempre (o desde que toque) ahí, que siempre te echan una mano en los momentos difíciles y te dan ánimos, que te soportan las calenturas, los desmanes y todos esos momentos en los que deberían espetarte un «mira niño, que te aguante la madre que te parió»; especialmente los que soportan que tengas tus opiniones y, encima, se las des gratuitamente a modo de consejo cuyo valor equivale al que cuesta darlo; y que, en definitiva te sufren como ser humano venido a menos, perdonándote todo lo perdonable y lo imperdonable también. Y que te defienden incluso cuando eres indefendible. En resumen, los que han hecho de tu vida un tránsito más agradable. Así es la familia y con esos quiero pasar estos días. El resto, aunque compartas parentesco hasta tercer y cuatro grado no dejan de ser conocidos.

Entonces, hace un año, no tuve oportunidad de venir a Las Palmas hasta Noche Vieja. Sin embargo este año me organicé mejor y reservé desde enero las dos semanas de Navidad. Finalmente he conseguido, combinando vacaciones y teletrabajo, permanecer aquí hasta después del día de Reyes, uno de los mejores y más genuinos en mi familia. Día en el que nos reunimos todos para partir el roscón de reyes y ver a quién toca coronar ese año. Desde que tengo recuerdos de tal evento juraría que no me ha tocado nunca. Estadísticamente ya empieza a ser un poco coñazo eso, porque siendo más o menos la misma cantidad de participantes año tras año, no me toca tal fortuna. Lo que sí me ha tocado alguna vez es el haba. Para pagar sí, pero para gobernar se ve que no. Es casi una metáfora del día a día que hemos vivido este año (y los anteriores): A pagar impuestos y más impuestos, pero eso de decidir mi futuro en este país va a ser cosa de otros.

En el apartado laboral las cosas mejoraron mucho. El 2011 eran todo incertidumbres de continuidad, aunque acabó el año con mejores perspectivas. Este año, pese a que las incertidumbres ambientales —léanse políticas y económicas de este país— no han cambiado demasiado, y que yo anduve saltando de proyecto en proyecto sin un punto en el que enraizar, tal como esos matorrales del oeste americano que van saltando por el desierto, me lo tomé con mucha más tranquilidad y he continuado haciendo las cosas lo mejor que sabía sin preocuparme si habría otro proyecto en el que engancharme. Las perspectivas para 2013 siguen siendo las de continuidad. Al menos en su primera mitad. Espero que en las mismas condiciones actuales, con mucho teletrabajo. Pero eso ya se escribirá cuando se tenga que escribir. Lo importante es que haya trabajo y oportunidad de seguir mejorando y demostrando que uno es capaz de eso y aún más.

Ya para terminar, y como estamos en fechas tan propicias para ello, les deseo de todo corazón:

¡Feliz Navidad!

sábado, 24 de diciembre de 2011

Feliz Navidad y Próspero 2012

Tal día como hoy, ahora hace ocho meses justos, llegaba a Madrid para comenzar a trabajar en una nueva empresa. Habían sido unos meses inciertos buscando trabajo «cerca de casa» que no habían terminado en nada. Tuvo que ser la oferta de un amigo la que me arrancara del calor de mi hogar para venirme a una ciudad grande como Madrid. Dejé la incertidumbre de la búsqueda infructuosa de trabajo en Las Palmas por la incertidumbre del día a día en Madrid. No han sido ocho meses fáciles. No sabría si habría un 2012 en Madrid o si acabaría mi trabajo cerca de estas fecha y tendría que volverme. Finalmente ha sido lo contrario. Todo apunta a que estaré al menos otro año más en la empresa y, si los mayas no erraron, el fin del mundo me pillará en la capital del reino.

Pero no es momento de pensar en finales violentos. Quedémonos con el hecho de que estamos en fechas propicias a pasarlas con aquellos con los que más nos apetezca pasar. Porque ahí está el verdadero secreto de la felicidad general y, en particular, de pasar una felices fiestas. Huyan de las cenas con aquellos familiares a los que no soportan o a los que ven de higos a brevas. No dejan de ser situaciones tóxicas que no merece la pena aguantar y que, tengo la experiencia acumulada de muchos conocidos, tan solo se sobrepasan a base de alcoholizarse. En mi caso pasaré la Noche Buena y el día de Navidad en Madrid. Estaremos solos mi mujer —venida para la ocasión— y yo, acurrucados del frío y disfrutando de la mutua compañía. Y aunque me gustaría poder tener a mi hermana y mis padres aquí, difícilmente se me ocurre compañía y combinación mejor para esta noche. Tranquilidad, frío navideño, cena de lujo preparada por una buena cocinera y compañía de una de las personas más importantes de mi vida.


En fin, muchas gracias a todos los que en algún momento han leído este blog, y les deseo a todos, indistintamente me lean o no,


¡¡ FELIZ NAVIDAD

Y

PRÓSPERO AÑO 2012 !!

sábado, 8 de octubre de 2011

Unos días en familia

Pues eso, que he venido a Las Palmas a pasar unos días con mi mujer y mi familia. El día 9 es festivo en Madrid y solicité lunes y martes como días de vacaciones. Total, si finalmente acaba la cosa en diciembre, pues por lo menos poder ir disfrutando los días que me corresponden. En octubre esta será mi única visita.

En estos días previos he descubierto que Ryanair comienza a operar en noviembre los viernes por la tarde. Hasta ahora el único vuelo de ellos salía a las 7 de la mañana y, aunque uno tiene una buena surtida cuenta de superpoderes, el don de la ubicuidad no se cuenta entre ellos. Es difícil estar despegando a las 7 camino de Las Palmas y resolviendo asuntos en la oficina de Tres Cantos al mismo tiempo. Ahora puedo venir el viernes al salir del curro. Entendiendo siempre que me refiero a un precio razonable. He tenido suerte y he conseguido vuelos a muy buen precio —a precios que nunca más creí que conseguiría— para casi todos los fines de semana del mes de noviembre. Vamos, que con lo que hasta ahora me venía un fin de semana (entre 130 € y 160 €) en otras aerolíneas, con Ryanair vengo dos fines de semana y medio. Personalmente creo que es una gran diferencia.

De paso he traído la saga de Star Wars (el último pecadillo cometido hasta el momento). En Madrid tengo televisión LCD y reproductor BluRay (la PS3), pero estas películas hay que disfrutarlas en mi tele grande con mi home cinema de sonido envolvente a todo volumen. Los vecinos me apreciarán mucho estos días.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Felices fiestas y próspero año nuevo

Hoy toca brevedad. A la mayoría —quizás los más afortunados, y yo me considero uno de ellos— se le presenta un día de visitas familiares: los abuelos, los tíos, los suegros, los padres, los hermanos, los sobrinos, etc., etc. Así que hoy dejaré tranquilo al Universo absteniéndome de verborreas y, simple, llana y sinceramente, deseo a todos y a todas unas muy felices fiestas. A poder ser con aquellos y aquellas con quienes prefieran estar.

Asimismo aprovecho ya la ocasión para desearles un año 2011 espléndido y que, pese a crisis y aprietos de cinturón, encuentren al cabo de estas fiestas, la recompensa regia tradicional del día 6 de enero acorde a los presupuestos y las conductas del año anterior. Recordando, eso sí, que el carbón será un recurso bastante demandado para la supervivencia en los próximos años. No lo menospreciemos. Dejémonos, sin embargo, de presagios agoreros y centrémonos en lo importante: a la postre disfrutar de los momentos de calidad y de calidez familiar que nos depararán los próximos días.



Me despido ya con la sugerencia de la moderación: No excederse con las comilonas y disfrutar de la vida evitando conducir si se empina el codo.

viernes, 8 de enero de 2010

Mazinger Z (y las cosas de mi hermana)

Creo que tendría 6 o 7 años cuando en Televisión Española comenzaron a emitir los capítulos de Mazinger Z. Si no recuerdo mal lo hacían después del telediario, a las dos y media de la tarde, y únicamente emitían los sábados. Como todo niño la gran mayoría de los niños de mi edad, porque también los había raritos a los que no les gustaba, alucinaba con la serie de dibujos más cañera que recordaba; con esa edad tampoco es que hubiera visto mucho digno de recordar en un sistema en el que, en la práctica, solamente existía una cadena de televisión y era pública. Las otras serie de dibujos que recuerdo de esa época era Heidi, entretenida pero un pelín terriblemente ñoña, y La abeja Maya, demasiado suave.

Hace unos años volví a ver, de casualidad, un capítulo. En realidad cinco minutos de un capítulo. En alguna reposición de alguna de las tantas cadenas que hay ahora. Visto con ojos de —algo más— adulto, el argumento, la serie y el propio concepto, son bastante malos. Tanto que sufrí una pequeña punzada de vergüenza ajena al recordar cómo babeaba con la serie. Creo que algo más de cerebro he adquirido en el proceso de envejecimiento. Sin embargo, por entonces, yo era un niño y para mí era lo mejor del mundo mundial. Muchísimo más que la playa. De hecho la playa nunca me ha gustado demasiado. Ya desde pequeño me parecía muy aburrida e incómoda. Era jodido que se te metiera la arena en el bañador y caminar con la molesta carga en el trasero, tan pesada e incómoda que parecía que caminabas con el producto de una defecación que no pudieras echar fuera del bañador. Un lastre. Y mis claras preferencias eran un problema. Mis padres, que veían esos dibujos animados con ojos adultos y preocupados —ya entonces los adultos se preocupaban de la influencia que pudiera tener la violencia en la televisión sobre sus vástagos; y lo correcto entonces eran los dibujos de Hanna-Barbera—, no consideraban que fuese tan importante como para prescindir de un día en la playa. En aquel entonces era casi ritual ir al sur de la isla a pasar el día en la playa en familia.

Para mí resultaba angustioso —sufría— levantarme el sábado y ver que mi madre empezaba a preparar la tortilla de papas —o la ensaladilla—, la neverita, las toallas y que nos encasquetaba la ropa de la playa, porque sabía que, con casi toda probabilidad, no volveríamos a tiempo para ver el capítulo del día. Horrible. Y en la playa no hacía más que preguntar por la hora y si aún quedaba mucho para irnos, porque «estoy aburrido». Una vez, de tan pesado e insistente, me gané un capón de mi padre. Mi padre propinaba unos capones que dolían mucho. Y mi hermana se reía.

Mi hermana, en una de esas sorpresas que se le ocurre dar —en plan «espontáneo»— por el Día de Reyes, quiso que recordara mis perretas infantiles regalándome un Mazinger Z de tamaño descomunal. Aunque parezca extraño me hizo bastante gracia e, incluso, ilusión. Tal vez estoy entrando en la crisis de los cuarenta y empiezo a añorar las sensaciones y emociones de la infancia, pero lo cierto es que lo he puesto al lado del ordenador de mi casa. Así, para que me mire a los ojos cuando esté por allí. No todos tienen la posibilidad de ver cada día a uno de los iconos de su infancia. Mola mucho y es casi tan alto como el iMac de 24". En el fondo no dejo de ser un niño grande.



El punto anecdótico lo pone el hecho de que, días antes, buscando unos regalos para la sobrina de mi mujer, me tropecé con otra copia en una juguetería y pensé, inmediatamente, «si mi hermana lo ve seguro que me lo regala». Y me lo regaló. Y dudo que nadie le chivara nada porque no llegué a comentarlo con nadie. Fue un pensamiento tan fugaz que tal como vino se fue. Pero conozco lo suficiente a mi hermana como para que la red neuronal del instinto supiese que, siendo como es, seguro que no sería descabellado que me lo regalase. Y ahí lo tengo. ¿Poderes de presciencia? No lo dudo, porque no es la primera vez que me pasa. Pero tampoco le doy demasiada importancia. Para lo que sirve, que es bien poco, mejor ignorarlo.

Mi relación con la playa no ha cambiado demasiado en treinta años. No creo que tuviera mucho que ver con la impotencia de no llegar a ver el capítulo de Mazinger Z —y entonces no creo que hubiera nada peor que pudieran hacerme mis padres— o con el capón de mi padre, el que apenas llegó a ponerme la mano encima en contadísimas ocasiones —y siempre consciente de haberlo ganado a pulso— y que se conformaba con un capón o con un cachetón como castigo único y absoluto —la unicidad del acto que se transforma en un mensaje rotundo—. Prefería el cachetón, que sonaba más pero dolía menos. Mi padre tiene buenos nudillos, y yo muy sensible la tapa de los sesos. Mi relación con la playa no ha cambiado mucho porque sigue sin gustarme demasiado pasar horas y horas y horas haciendo el lagarto, sintiendo mi piel llena de arena pegada y que el sudor mezclado con los protectores solares hacen que se convierta en una especie de rebosado. Una croqueta humana que respira mientras se cuece en sus propios jugos. No, no me gusta la playa. Algo extraño para ser un canario. De ahí que un reportero interpretara incorrectamente la palidez de mi piel y la asociara con que trabajo en Madrid. Pero eso es una historia ya contada.

miércoles, 6 de enero de 2010

Llegaron los reyes

Para cuando esto se publique —dichosa manía de que cualquier cosa que haya escrito para este sitio se publique a las 8:30 de la mañana; sin excepción— ya debería estar en casa de algún familiar, seguramente mi hermana, disfrutando como niños con el rito de intercambio de regalos. No es que suframos un grave caso de «síndrome de Peter Pan». En mi familia, de forma tradicional, se vive el Día de Reyes, y todos los anteriores, con especial entusiasmo. Entusiasmo que nos empuja, por qué no confesarlo, a hacer el bosmongool en más de un aspecto. Como, por ejemplo, mantener la tradición e intentar ser el primero en llamar al resto por teléfono para gritarle, vía auricular y a pleno pulmón, «¡Ya llegaron los reyes!». ¿Alguien se puede imaginar lo que es que suene el teléfono a las 5:30 de la mañana madrugada y que un afectado mental termine de sacarte —el ya de por sí sobresaltado— corazón por la boca gritándote semejante tontería cuando tu cerebro anda aún en un estado semicomatoso y todavía no sabes cómo conseguiste salir corriendo de la cama, recorrer el pasillo trastabillando y descolgar el escandaloso teléfono sin reventarte el cráneo en el proceso. Eso sin contar lo bochornoso que puede ser para un treinteañero/a que se desgañita, que los vecinos, asustados partícipes involuntarios del tarzánico alarido, te miren de soslayo, a saber con qué antiquísima maldición rebotando entre sus hemisferios cerebrales en ese instante, cada vez que te los cruzas en el ascensor durante las siguientes semanas. A ver quién es el guapo que les aguanta la mirada cargada de sincero odio. Pero es que mi familia es así de particular.

Después de algunas llamadas que caían más en la alarma que en la euforia propia del día, optamos por imponer unas normas mínimas de conducta. Además de que, por aquello de «hombre precavido vale por dos», más bien mujer en nuestro caso, mi mujer optó por desconectar los teléfonos para evitar cualquier desliz de alguien que prefiriera obviar u olvidar convenientemente el decoro debido al resto de la familia (y a los propios vecinos) con tal de adjudicarse la primicia del día. Así que es de suponer que al menos habremos dormido hoy hasta las siete de la mañana.



Mi familia, siempre hablo de la materna, pequeña y contundente, también es exagerada para el asunto de los regalos. A veces rayan en el comportamiento «coñazo» y en el desorden obsesivo compulsivo insistiendo y persistiendo con el repetitivo «un detallito» o con el no menos reiterativo «pásame la carta de los reyes». Para un cochino capitalista pre-cuarentón e hiper-consumista, que se compra más caprichos de los que debe y podrá nunca disfrutar, andar devanándose los sesos con el objeto de confeccionar una lista repleta de detallitos para los insaciables familiares puede resultar un ejercicio intelectual harto complicado. Al final uno recurre a lo sencillo: libros, libros, libros, alguna película y tarjetas regalo para la iTunes Store. La música, salvo rarezas o chollazos en las superficies comerciales, léase hipermercados, me la compro ahí. Hace años —tres para ser exactos— que me pasé al sistema de Apple y, hasta la fecha, estoy encantado.

La parte contratante de la segunda parte, que será considerada la parte contratante de la segunda parte, o sea mi mujer y yo, entramos en el juego para encontrarnos con que aquellos que les resulta sencillo reclamar «el detallito» se quedan mudos —no saben qué pedir— y nos tienen de cabeza hasta que damos con algo prudencialmente aceptable. Para nuestros bolsillo, claro está. Así que entre expresiones del tipo «¿pero qué coño quieres?», «¿dónde demonios viste eso?», «dime otra cosa, que de eso no les queda», « oye, que estoy aquí y me dice la chica que el que les queda es el de color verde pistacho, que es más caro pero que funciona mejor, ¿crees que le gustará ese?», «¿pero te vas a decidir ya por un puto regalo que estamos a día 4 de enero?», y la no menos repetida «¡el año que viene se van todos a tomar por culo y les pongo una tarjeta regalo del Corte Inglés, que cada cual se compre lo que le salga de los mismísimos!» van pasando los días previos al Día de Reyes. Y, pese a que el estrés de la «persecución del regalo» hace que a uno le den ganas de meterse entre el frontal, los parietales y el occipital treinta veces la película 'Asesinos natos' —obviamente con malas intenciones y sopesando si el parricidio contempla el Día de Reyes como atenuante—, al final te lo acabas pasando bien cuando consigues lo que andas buscando. Más entretenido aún cuando la «caza» se realiza en grupo. Nos sale lo más tribal que llevamos dentro.

La contrapartida, es obvio, está en que el día 6 de enero es una fiesta. Regalos que cambian de manos. Hectómetros de papel regalo hechos pedazos y desperdigados por cada rincón de cada casa, en especial la de la matriarca del clan, mi abuela, donde todos confluimos a lo largo del día. Risas, sorpresas, expresiones del tipo «¡esto es demasiado!», respondidas por «calla, calla, que es poco». El roscón de reyes y la corona y el haba. «¿Y a ti qué te han puesto?» seguido de un «¡Ño! ¡Qué pasada!». Y, en definitiva, un día genuino y rico en matices familiares, que bien merece la pena todos los sacrificios vividos los días anteriores y cuyo calor perdura los días siguientes, en los que vas retomando, cogido nuevamente de la mano por la diosa rutina, lo mundano y ordinario del día a día, olvidado ya todas las quejas y angustias de los primeros días del año.

El Día de Reyes es un día que mi familia convierte en especial. Espero que el tuyo, estimado lector, sea —o haya sido— igualmente bueno.

La nota triste del día la pone el hecho de que hoy vuelvo, bastante temprano, a Madrid. Apenas podré disfrutar de los «juguetes» con mi familia. Si salgo de lo que se espera un vuelo «movidito», según previsiones climatológicas, habré de disfrutarlos en solitario bien refugiado del frío invernal que sigue asolando el centro de la Península. O dejarlos en casa hasta que vuelva otro fin de semana. Ya llevo bastante llena la maleta.

jueves, 31 de diciembre de 2009

Cerrando el año, cerrando una década

Hoy, como último día de 2009, merece hacer un poco de repaso. No deja de ser una tontería, pero es que también es el último año de la primera década del siglo XXI. Suena más rimbombante, pero no por sonar mejor deja de ser exactamente lo mismo. A fin de cuentas, si los humanos hubiesen optado por fijarse en otro evento para marcar el calendario, hoy podría ser el último día de la vigésimo tercera semana del año cuatro mil setecientos treinta y tres desde que la Sagrada Rana de la Charca Seca Desde Hacía Más De Una Década Croó Su Gran Lamento y El Gran Dios del Cielo Respondió Con Las Grandes Lluvias Torrenciales de Cuarenta Días Que Purificaron El Mundo y Limpiaron De Pecado Las Almas De Los Hombres. Versión biodiversa del mesías, sea apuntado. Como digo, vivimos un tiempo arbitrario con calendarios arbitrarios y ritos más arbitrarios aún.

Pero arbitrario o no, hoy es fin de año -y fin de década- y toca, por un lado porque me da la gana y por otro porque no deja de estar bien, hacer un poco de repaso (o revisión de conciencia). Sin embargo me permitiré, sin que sirva ello de precedente, ser breve. Principalmente porque todos queremos dedicar el día de hoy a cosas más interesantes que a leer (o escribir, en mi caso) un resumen de una década. Y todos sabemos, a estas alturas, que lo mío no es resumir ni ser breve. Se intenta, pero hay cosas que le superan a uno. Pero más que un resumen haré un esbozo. El que hace alguien que, aún en marcha, mira brevemente para atrás. Tal vez para confirmar que la carretera sigue ahí. Que el camino andado es el que se recuerda haber dejado atrás ya.

Así que, sin más preámbulos, diré que este último año sirve de reflejo de lo que ha sido toda la década y que, resumido éste, resumido diez. Y como resumen habré de decir que, como la vida en sí misma, no ha estado exento de malos momentos, de equivocaciones, de pérdidas, de inseguridades, de indecisiones y de miedos, pero que acaba con un saldo positivo, el año y la década. De orden, módulo, grado o valor, lo que sea, elevado, añado. El que arroja haber contado con la compañía de mi mujer, el mejor apoyo y mi mejor amiga en los últimos once años. El de multiplicar su acción benefactora con mi familia. Pequeña y contundente. Y, cómo no, el de elevar el resultante a la enésima potencia con los amigos. Pocos, eficaces y eficientes. Si la vida es un océano de límites desconocidos por el que uno ha de navegar sin rumbo, cartas ni estrellas, creo haber encontrado en todos ellos la mejor tripulación con la que podría haber contado para esta empresa.

La primera década del siglo, que me asaltó entrando en los treinta y me abandona a las puertas de los cuarenta, ha sido una buena década, sí. Profesionalmente ha habido baches, pero en general creo que conseguí todo cuanto me propuse. Fiel seguidor de la escuela del «no se gana o se pierde, se gana o se aprende», he evitado dejar de tomar decisiones por miedo a equivocarme. Los errores se dejan atrás -y tengo muchos-, los éxitos te acompañan. En lo personal, las personas que aún están conmigo son mis éxitos. Los que optaron por alejarse son los errores de los que se van aprendiendo. Sin rencores ni acritud.



Aunque el futuro siempre será incierto, volveré a encararlo y a enfrentarme, día a día, con lo que haya de venir. Por eso, y pese a que nadie puede predecir dónde estará en diez años más, queda la esperanza de hacer propio lo que cantaba Serrat: «Hoy puede ser un gran día, depende en parte de ti», para llegar, otra vez más, a escribir un resumen como éste.

Pero, pese a caer en la reiteración, como uno no llega a sitio alguno sin la ayuda y el apoyo de otros, quiero aprovechar este último día de un año, último día de una década, para dar las gracias a todos y desearles una feliz y excelente entrada en 2010. A todos, a los que estuvieron cada día, a los que estuvieron en la sombra y aparecieron para reconfortarme tras el golpe, a los que entraron y salieron pero siempre estuvieron, y, en general, a los que siempre desearon lo mejor para mí, lo mejor para todos, les grito, en este último día...


¡Fuerza y Honor!


Y que dure -al menos- otros diez años más.

Y no combinen alcohol y volante.

jueves, 24 de diciembre de 2009

Feliz Navidad

Creo que cuando uno comienza a meter vídeos (y fotos) de otros en su blog, es sinónimo de decadencia. No digo que se enlacen, recurso que yo he utilizado alguna vez. Pero incrustarlos dentro del propio blog... En fin, que cada uno tiene su escala de valores. Hay quienes piensan que comprar ordenadores de la manzana mordida es de prepotentes y otros que perder el tiempo con Windows -o Linux- es de idiotas. Si todo el mundo pensara y actuase igual, sobrarían seis mil millones de personas.

Cierto es -o asumido como cierto lo tiene la gente- que toda regla tiene su excepción. Por un momento, con la esperanza de que no fuera interpretado como signo de debilidad y de futura degeneración de éste, mi vertedero personal de verborrea sin sentido, estuve tentado de incrustar un vídeo para felicitar la navidad a todos aquellos que, como cortesía, se pasan por aquí de vez en cuando. Una de las pocas bitácoras, sospecho, que no aparecen -o no debería hacerlo- en el buscador de buscadores. Si llegas aquí es porque me conoces -y he sido tan imprudente de contártelo- o porque las casualidades existen. Buscaba un vídeo que representase, en superficie, y no necesariamente en base, lo que pienso sobre las fechas navideñas. Sé que cuesta creerlo, pero la simple idea de mancillar mi espacio con semejante subproducto de la web-dos-punto-cero me producía una sensación similar a la que podría sentir si metiese los testículos bajo una plancha industrial para el marcado al rojo vivo de placas metálicas. Duele.

Visto que soy materialmente incapaz de recurrir al artefacto en cuestión, he optado por buscar alguna foto que pudiese concretar, y resumir, lo vivido en Madrid en estos dos meses y poco que ya llevo por aquí. Sin ser la más destacable, ni la más adecuada para las fechas en cuestión, he optado por ésta:

Amaneceres en RENFE


Por un lado refleja lo cotidiano. Mi vida, como la de muchos habitantes de Madrid -e imagino que de otras grandes ciudades-, está ligada a los trenes y a sus horarios. A las inclemencias -o bondades- del tiempo reinante. Es lo tradicional. Por otro lado, la imagen contiene lo insólito, lo nuevo para alguien que no es natural del lugar. Ni para muchos de los habitantes. La nevada que vivimos esta semana. Quería tener la experiencia de vivir un día de nieve antes de volverme a Las Palmas, fuera por Navidad o definitivamente, y lo he podido experimentar. Es un regalo. Y estamos en fechas de regalos. Ésta es una estampa que refleja ambas circunstancias. No es una gran foto -y con un iPhone tampoco se va a poder conseguir mucho más-, pero me gusta porque es una buena síntesis de lo que he vivido y estoy viviendo en Madrid.

Me enrollo mucho. En fin...

Feliz Navidad a tod@s los que me han acompañado, me han guiado, o me han escuchado-barra-leído, se han creído lo que les he dicho -o no-, durante otro año más.


Para cuando se publique esto deberíamos estar iniciando la maniobra de descenso hacia el aeropuerto de Gran Canaria, donde espero poder pasar, sin sobresaltos, las próximas dos semanas, antes de volverme a Madrid. A algunos espero verlos durante estos días. Y al resto, pues recuerden que los excesos se acaban pagando. Pero en la medida de las posibilidades de cada cual, intenten que sea siempre otro el que los pague.