lunes, 28 de septiembre de 2009

'Travesuras de la niña mala'

Cuando me senté a hacer una breve reseña del libro 'Travesuras de la niña mala' lo primo que me vino a la cabeza son los desternillantes «resúmenes julay» que hace sulaco en sus entradas sobre películas. Plagiando esta técnica, diré del libro «un julay quinceañero se enchocha de una niña mona y se pasa cuatro décadas intoxicado por comer marisco en mal estado con regusto a plástico». Tampoco se me ocurre nada mejor. Se hace lo que se puede.

El libro engancha desde el primer párrafo. Confieso que no había leído nada de Vargas Llosa hasta el momento y, tal vez por eso, lo había dejado apartado durante meses en la mesa de noche a la espera de tener un rato que dedicarle. Soy de lectura lenta -la vejez, que hace que tenga la vista cansada- y, en general, me cuesta avanzar por los libros. Pero las cuatrocientas páginas de éste me las empapé en un día. Enganchadísimo me tenía. Tanto que no podía imaginar dejar de leer por la intriga que suponía el querer saber qué vendría a continuación.

El libro cuenta una historia de amor. Subgéneris y nada empalagosa, como cabría temer cuando uno escucha o lee «historia de amor». Es la historia, contada en primera persona, de alguien que conoció el primer amor, ese que todos hemos vivido, y, desde entonces, veneró a aquella niña desconocida, misteriosa y chilenita. Es también una historia de coincidencias y del destino. De orgullos ególatras, de humildad y de aceptación de la adversidad. De arrebatos de pasión y de calma de la razón. Habla de perdón, de la única forma en que saben perdonar los que están enamorados hasta el tuétano. Es una historia de sumisión y de rebeldía. Y es una historia de Historia y Geografía. Es una historia que recorre cuatro décadas y sus contextos sociales enmarcados en cinco países diferentes. Es una historia que, sobretodo, habla de personas, sus esperanzas, sus miedos y sus destinos. Es, para mí, una historia fantástica maravillosamente escrita.

Se me quedó mirando, con esa expresión fría que se agudizaba a veces de manera extraña y parecía congelar la vida a su alrededor.
-Tú eres buena gente, pero tienes un terrible defecto: tu falta de ambición. Estás contento con lo que has conseguido, ¿no? Pero eso es nada, niño bueno. Por eso no podría ser tu mujer. Yo nunca estaré contenta con lo que tenga. Siempre querré más.
Perú, París, Londres, Tokio y Madrid, son los lugares donde se desarrolla la narración, que en momentos te hace reír y en momentos entristece profundamente, de 'Travesuras de la niña mala'. Las décadas, que cronometran las dichas y desdichas del personaje, y resume de forma soberbia el autor, fueron la revolucionaria de los años 60, la pacifista de los años 70, la de la hegemonía japonesa de los 80 y la de conclusión de un siglo de los 90.

Los personajes secundarios, esos que acompañan y su función es hacer destacar al protagonista, son tanto o más ricos, literariamente hablando, que el propio protagonista. Sus vidas se entrelazan de forma genuina y te hacen sentir la necesidad de seguir leyendo para seguir conociéndolos. Aunque la verdadera protagonista, de cuya vida sólo tenemos constancia por lo que nos cuenta el narrador de la historia, es la «niña mala».

Resumiendo un libro que me encantó y que recomiendo encarecidamente. Literatura de la buena.

jueves, 24 de septiembre de 2009

'I, videogame'

Se puede decir que mi crecimiento intelectual se produjo en un entorno tecnológico. Desde los 12 años tuve ordenador y, antes, con 9 y 10 años, ya jugaba a las máquinas recreativas matando marcianos y comiendo cocos. Pero antes aún, jugaba con aquellas alucinantes Game & Watch de Nintendo. No es de extrañar que para mí el que la gente juegue e invierta dinero y esfuerzo en hacerlo es algo muy normal. Tanto como podría serlo ir al cine a toquetearse con la novia o el novio en la oscuridad hace cuatro décadas. O a un guateque hace cinco. Son cosas de cada generación.

Pero los videojuegos no son algo que comenzara hace un par de días. Es curioso que no nos percatemos mucho de ello, pero tenemos ya varias décadas de historia en torno a lo que se ha convertido en una industria multimillonaria. Países como Japón, Canadá y, ¿cómo no?, la omnipresente EEUU han facilitado que la industria de los videojuegos logre una importante aportación al PIB nacional. No en vano el ejército de los EEUU promovió el desarrollo de algunos juegos para el entrenamiento de sus soldados. La industria del videojuego mueve muchos millones. Miles de millones.

¿Con tanto tiempo transcurrido desde que apareció el primer videojuego, 'Tenis for two', en 1958 (sí, medio siglo ya), es de extrañar que alguien empiece a preocuparse por recopilar su historia y el contexto en el que se desarrollaron? A mí no me extraña lo más mínimo y eso pretende la serie documental 'I, videogame' de Discovery Channel, traducida al español por 'La historia de los videojuegos', que repasa la evolución de los mismos a través de las décadas y de los conflictos sociales que se vivían y que, mantienen sus autores, se reflejaron inevitablemente en los tipos de videojuegos que se hicieron, se hacen y se harán. Conflictos como la Guerra Fría, la Guerra del Golfo, etc., etc.

La serie consta de cinco capítulos. En cada uno se va profundizando, desde los orígenes, donde lo que se manejaba no tenía personalidad, meros píxeles, hasta los actuales juegos que ofrecen la sensación de inmersión en universos alternativos en los juegos en primera persona para multijugador. ¿El resumen de cinco décadas de avances tecnológicos y sociales en la materia?

Yo no termino de alejarme por completo del mundo de los videojuegos, aunque apenas toco ya las consolas. Así que no estoy muy puesto y puede que lo que a mí me resultó toda una curiosidad, para el resto de mis contemporáneos sea algo de lo más natural y lógico del mundo, pero desconocía que había un movimiento de gente que se dedica a desarrollar películas usando imágenes animadas de videojuegos. A esto se le ha venido a llamar «machinima». ¿No es sorprendente? ¡Si hasta hay un festival! Lo que no invente el hombre...

El último capítulo, el quinto, es especialmente interesante. Se habla principalmente de las redes sociales en torno a universos alternativos, cuyo origen se remonta a los MUD y que hoy en día tienen la denominación de «multijuador masivo». Cientos de miles, millones, de personas se concentran en torno a universos que ofrecen grados de libertas asombrosos y en los que pueden llegar a alcanzar los éxitos que no cosechan en la realidad. Pero más allá de este reflejo de huida emocional, lo que más me sorprendió -bueno, en realidad visto con calma es lo más lógico del mundo- es la cantidad de dinero que se mueve en algunos de esos universos, donde se compran y se venden cosas por dinero real. ¿Quién paga cien mil euros por comprarse un local en un mundo virtual? Pues hay gente que lo hace... ¡Y recupera la inversión! Este capítulo hay que verlo, sí o sí.

La serie resulta bastante entretenida. Los que nos criamos con el vicio algo más desarrollado seguramente la disfrutemos mucho más que aquellos que han sido ajenos a los avances y evoluciones producidos en la industria, pero creo que no deja de ser instructivo sumergirse durante unas cuatro horas en la historia de una de las opciones de ocio preferidas por tantos y tantos seres humanos. Yo lo recomiendo. Y si no quieres andar perdiendo el tiempo sumergiéndote en las mafias del P2P, siempre podrás disfrutar de todos los capítulos aquí. Recomendado.

lunes, 21 de septiembre de 2009

¿A qué coño aspiramos como personas? ¿Y como nación?

Hace ya bastante tiempo leí que la vida sedentaria es mucho peor de lo que la gente se imagina. Buscando ese artículo encontré uno un poco más alarmista -o alarmante- que mantiene que «la vida sedentaria es tan nociva para la salud como el tabaco». ¡WOW! Creo que nadie, a estas alturas, negará que la vida sedentaria es mala. Todo el mundo, por todas partes, te recomienda que hagas ejercicio «porque es importante». Mantenerse activo y no relajarse es vital. Incluso el vecino, experto en la materia cuando se presenta la oportunidad, te lo dice cuando te pilla en el ascensor y te suelta, en plan confianzudo, «estás un poquito más gordo, ¿verdad? Te tienes que cuidar. Que mira tú mi sobrino [...] que el pobre tiene problemas de [...] con apenas treinta y cinco años ya [...]». Y no es de extrañar, porque el sedentarismo reduce la esperanza de vida de forma drástica. Produce, «muertes prematuras». Lo que pasa, dirán algunos, es que tenemos una vida demasiado tranquila. Tanto que no nos preocupamos ni por nosotros mismos.

Andaba leyendo hace unos días un libro sobre organizaciones inteligentes u organizaciones que aprenden. Cosas raras que le da por hacer a uno. Mientras leía me tropecé con un párrafo que me gustó y que me permito reproducir a continuación: «El aprendizaje en equipo es vital porque la unidad fundamental de aprendizaje en las organizaciones no es el individuo sino el equipo. Aquí es donde "la llanta muerde el camino": si los equipos no aprenden, la organización no puede aprender». Más allá de que, aunque lo afirma, no son los individuos, sino los equipos, al final todo lo empujan los individuos, que lo conforman todo y que deberían ser los verdaderos abanderados del aprendizaje. Quienes lo exijan. Del aprendizaje generativo, aclara. Ese que te permite innovar y que te hace buscar soluciones nuevas a problemas nuevos (o viejos, que tanto da). En resumen, que los individuos, en racimos, son los que deben empujar el avance de las empresas, porque una empresa que no aprende es una empresa obsoleta.

También hace unos días estaba sentado en una guagua. No volveré a aburrir con otra defensa del transporte público y todas sus ventajas. A diferencia de lo que suelo hacer cuando voy en guagua, leer y/o escuchar música, iba simplemente inmerso en mi propio universo interior de pensamientos profundos. En una parada se subió una extraña pareja que se sentó justo detrás. Él era un profesor asociado algo mayor y ella becaria de investigación. Lo sé porque se presentaron ya sentados. No sé cómo fue la conversación previa, pero cuando «conecté» con su conversación -en plan cotilla-, él le decía, en una especie de queja cósmica y universal que ya he escuchado anteriormente, «Mi hijo está trabajando ahora mismo para una [no recuerdo]. Está preocupado porque están despidiendo a gente y teme que le toque a él. Mi hija está más o menos igual. Y eso que lleva casi cinco años trabajando para la misma empresa. Yo les digo que saquen unas oposiciones y así viven tranquilos».

Hace unos meses, también en guagua, escuchaba una conversación de dos estudiantes -o estudiantas, si aceptamos el femenino para el plural- de último curso de derecho. O de empresariales. O vete tú a saber. «¿Qué vas a hacer éste verano?», le preguntaba una a la otra. «Si lo apruebo todo empiezo a estudiar para una oposición, que yo lo que quiero es vivir tranquila». «¿Y eso?». «Con una carrera puedes optar a funcionario de clase A». En realidad es una versión muy resumida de aquella conversación, pero la esencia del mensaje era ese: «Estudios universitarios dan acceso a mejor categoría funcionarial».

En una de las conversaciones con sulaco, me enteraba que en Holanda, y parece que en otros países desarrollados -y a veces parece que socialmente más evolucionados- del norte de Europa, no es habitual que la gente estudie carreras universitarias. Más bien todo lo contrario, por lo que se valora mucho a los inmigrantes que vengan con formación superior. Sin embargo parece que en España hay un porcentaje alto de jóvenes que optan por la educación superior frente a la formación profesional. Imagino que aún sentimos el empuje de la generación anterior que declamaba: «para ser alguien en la vida hay que estudiar una carrera».

Escuchaba en la radio hace poco que alguien, enganchado telefónicamente al programa, exigía al gobierno que contratase a más gente para «sacarlas del paro». ¿Hablába de más funcionarios? ¿Más funcionarios en un país que ya tiene uno por cada 18 habitantes? ¿Un país en el que uno de cada ocho personas ocupadas (empleadas) trabaja para las administraciones públicas y que es, por tanto, un empleado público? En ese mismo artículo es curioso cómo relacionan tejido productivo -el que supuestamente genera (más) riqueza- con menor índice de funcionarios por habitante? ¿Sería aceptable, entonces, decir que cuanto más productivo se puede llegar a ser, menos funcionarios son necesarios? Suena a falacia, y seguro que lo es, pero no deja de entreverse el reverso tenebroso de la anterior pregunta: ¿Son los funcionarios un lastre para la productividad? ¿Es el empleo público un riesgo para la economía de un país?

Para ser alguien en la vida hay que estudiar una carrera. Dicho por la misma generación que ahora abandera la idea de sacar unas oposiciones. Para vivir tranquilos, aducen. Pero el exceso de tranquilidad acaba degenerando en una conducta sedentaria. La vida sedentaria acaba siendo mortal. Reduce la esperanza de vida. Si un individuo es el reflejo de un grupo, y gran parte de la población parece aspirar a ser personas sedentarias, algo que persiguen con vehemencia algunos, ¿es España un país abocado al sedentarismo y, por tanto, a una muerte prematura? ¿Podríamos aceptar que alguien sedentario de cuerpo es alguien sedentario de espírituo, de intelecto? ¿Sería factible argumentar que alguien sedentario, intelectualmente hablando, es alguien que rehuye el aprendizaje generativo (está claro que el aprendizaje adaptativo para sobrevivir lo hacemos la gran mayoría)? De aceptar esta premisa, ¿podríamos concluir que estamos en un país que pierde su brillo intelectual y su potencial productivo poco a poco porque sus habitantes no aspiran a otra cosa que estar echados delante de la tele viendo fútbol o telebasura? Todo el mundo aspira a tener la vida resuelta, a no tener que preocuparse por más problemas que disponer de más días de asuntos propios que su vecino, quien trabaja en el sector inmobiliario «que míralo tú al pobre, trabajando de la mañana a la noche porque no consigue vender, que está muy mal el sector y bien podría hacer como yo, que me saqué unas oposiciones de funcionario». Todos queremos recorrer el camino fácil: ser funcionario. Y que nos toque la lotería. Ese otro gran sueño español

Mi propia madre, hace unos días, cuando se enteró que tendría que pasar un largo período en Madrid, creyendo que eso me disgustaba, me preguntó: «¿No te has planteado sacar unas oposiciones?» ¿Qué ciudadano de este país no se ha planteado en algún momento de su vida ser funcionario? Parece que ya conforma parte de nuestra propia identidad cultural y nacional. Si no aspiras a ser funcionario, y rascarte los huevos la mayor parte del tiempo, parece que no eres español. Sin embargo a mí eso se me pasó hace mucho y espero no volver a caer en esa trampa. Flaco favor haría a mi ya exigua capacidad intelectual si, además, no aspirase a nada más que llegar a ser funcionario. Como todos quiero tocarme los huevos, pero también aspiro a trascender. ¿No es un ejemplo de ese deseo de trascender esta absurda bitácora?

Desearía que no se tomase esta entrada como un ataque a los funcionarios. No lo es. O no lo pretende. Comprendo la necesidad real de los mismos. Lo que ataco es esa especie de espíritu derrotista o esa desidia generalizada que parece haberse instalado en las mentes de un país que ha vivido y se ha desarrollado gracia a las arcas de Europa. Ya no se envidia a ese que ascendió a lo más alto de la empresa empezando por el sótano laboral. O aquel que emprendió para ser empresario. Ahora se envidia al primo que trabaja de ocho a tres, con una hora para desayunar, y que por las tardes se dedica a engordar en el bar con los amigos. No cobra más de lo que cobra uno, pero el cabrón «vive como dios».

¿Qué pasará cuando todos seamos funcionarios? ¿Y cuando Europa ya no nos de más dinero para justificar sus sueldos?

jueves, 17 de septiembre de 2009

'El síndrome del pajar'

Parece que fue ayer cuando leí 'La meta' y acto seguido encargué el resto de libros que tenía Goldratt publicados en español. Dice un amigo que a él no le gustaba leer hasta que leyó 'La meta'. Entonces descubrió el tipo de libro que sí le gustaba leer. «A nadie le gusta leer hasta que descubre el tipo de libro que sí le gusta». Más o menos lo que a mí me pasaba con quince años con la ciencia ficción y la fantasía. No leía otra cosa.

Entusiasmado con 'La meta' y con 'No es cuestión de suerte' me lancé a leer 'El síndrome del pajar'. El libro en cuestión no es una «novela empresarial» como las anteriores. Se trata de un ensayo, circunscrito en un contexto tecnológico determinado, sobre cuál sería la mejor forma de diseñar un programa de ordenador destinado a la programación de las operaciones de fabricación. Dado que el libro tiene dos décadas, el contexto tecnológico era, siguiendo la Ley de Moore adaptada y a la inversa, el de ordenadores veintiséis veces menos potentes de los que tenemos ahora. O, dicho de otra forma, en igual tiempo empleado, un ordenador de la época en que se escribió el libro solo podía hacer un 3% de las cosas -cálculos- que puede hacer un ordenador de nuestros días. Así no es de extrañar que invierta tantas páginas del libro a explicar cómo optimizar las estructuras de datos para evitar lecturas innecesarias a disco y acelerar al máximo el tiempo para obtener un resultado en la programación de las operaciones. Los amantes de las formas normales de datos no se encontrarán cómodos con este libro.

Sin embargo, pese a tratarse de un texto obsoleto, en tanto al aspecto tecnológico de los ordenadores, el libro contiene muchos párrafos que merecen la pena ser recordados y, en general, supone un agradable estímulo intelectual de cara a entender cómo se optimiza la programación de operaciones teniendo la Teoría de las limitaciones, o TOC, en mente. En este sentido, parte de la primera parte -valga la redundancia- del libro, que está dividido en tres, explica por qué TOC ha de considerarse una filosofía empresarial, competidora en ese momento con Calidad Total y Just In Time.

Dime cómo me mides y te diré cómo me comporto. Si me mides de forma ilógica no te quejes si me comporto de forma ilógica.

Soy de la creencia que todo libro siempre puede aportar algo, son raros los casos en que no ha sido así, independiente de la ruindad literaria del mismo, y, como decía en el párrafo anterior, éste, pese a su considerable edad, tiene algunos párrafos que han resultado inspiradores. La mayoría de la gente, ingenieros en tecnologías de la información incluidos, te respondería que la diferencia entre datos e información la determina su uso. Este ha sido un precepto que siempre, al menos yo, he tenido presente como válido. Goldratt ofrece una definición que, para mi gusto, está mucho más cercana a lo que la intuición parece dictar. Así, también durante la primera parte del libro, se dedica a elucubrar sobre el significado de información y a diferenciar o categorizar entre qué datos son válidos para la toma de decisiones. Sostiene que lo que nosotros solemos llamar Sistema de Información no deja de ser un Sistema de Datos. ¿Y qué quieren que les diga? A mí me parece lógico su enfoque. Y eso que estamos hablando de algo escrito hace dos décadas. Si es que ya está todo inventado.

Hay una palabra clave escondida en lo que acabamos de decir que no nos debe pasar inadvertida. Hemos llegado a la conclusión de que la información se dispone de forma jerárquica, que en cada nivel la información se deduce de los datos. La palabra deducir es un término clave. Nos revela que, para poder derivar la información, necesitamos algo más que los datos, necesitamos el proceso de decisión.

¿Cómo no? Siendo Goldratt el libro aprovecha para atacar directamente a la contabilidad de costes y a las decisiones tan estúpidas que se toman teniendo en cuenta la misma. Ataca a la inercia con que nos movemos por el mundo. El «mundo del coste», lo denomina, en contraposición al «mundo del valor» el que postula como una alternativa más realista. Se encontrará un ejemplo interesante que demuestra cómo la intuición, a veces, nos juega malas pasadas.

La segunda parte ya se enfoca en conceptos que se deben manejar antes de proceder a la programación de las operaciones. «La arquitectura de un sistema de información» llama a esta segunda parte. Se exponen los distintos tipos de buffer que se deben contemplar de cara a evitar que una limitación se quede sin trabajar a causa de Murphy (Murphy es algo que menciona constantemente en sus libros). Esta parte me resultó un poquitín más pesada. Como la tercera, que se dedica enteramente a describir el procedimiento con el cual se deben programar las actividades productivas. Durante unas 90 páginas se dedica a elaborar, y argumentar en favor de su algoritmo, el mejor programa para conseguir la mejor programación, interacción hombre máquina incluida. Esta parte me resultó aún más pesada.

En resumen, un libro distinto a los dos anteriores y que, en general, resulta aburrido u obsoleto, pero que, aún así, esconde algunas perlas de sabiduría que bien merecen una lectura, aunque sea superficial o, como recomendaría, de forma parcial. La primera parte merece la pena, la segunda más o menos y la tercera no es necesaria leerse salvo que se tenga unas ganas infinitas de llevar a cabo el programa que se describe. Por cierto, hay algunas erratas muy graves. Más allá de errores de traducción, faltan varias gráficas a las que hace mención en el texto y que, obvio porque faltan, no aparecen por ninguna parte. Erro grave. Sobretodo porque en un texto donde escasean los recursos gráficos, que falten los pocos que se deberían usar es jodido de asimilar. Además, hay otro que está mal. Se repite dos veces el mismo. En fin, que esto complica enormemente que sea un libro a recomendar. Al menos en la edición que a mí me tocó en la librería.

Para aquellos que vean en mis palabras un «sabio consejo», pueden descargar una copia del mismo desde aquí. No esperen encontrar todo el texto ni que lo esté en perfectas condiciones, pero bien vale la pena intentarlo. Aunque no tengo ni idea cuánto tiempo estará disponible. Si es que aún lo está.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

'Google, fábrica de ideas'

Es curioso lo rápido que nos acostumbramos a lo bueno. ¿Alguien se para alguna vez a pensar en cómo eran las cosas hace 15 o 20 años, cuando Internet era algo más cercano a la ciencia ficción que a la realidad de los hogares? Hablo, obviamente, a las generaciones de la década de los 60 y posteriores, que alcanzaron la madurez de la sociedad del bienestar en plena incursión apoteósica de la banda ancha en las casas, la cual se acabó convirtiendo en el desagüe donde se verterían tantas horas y horas despilfarradas delante de los monitores.

Dentro del gran número de actores que han intervenido en el desarrollo de la sociedad de la información -nombre, por otro lado, que no me gusta nada-, y que han conseguido que la gente (las de las generaciones mencionadas) pase más tiempo delante de su ordenador que delante de la tele, creo que nadie discutirá que hay uno que destaca eclipsando al resto. Hablo, ¿cómo no?, de Google. Sospecho que la historia, cuando se reescriba, porque la historia siempre se reescribe, lo hacen los ganadores, acabará diciendo que Google inventó Internet. Y, aunque tal vez no llegó a inventarla, hay que reconocer que la revolucionó y la acercó a todo el mundo. Digamos que consiguió lo que nadie había conseguido hasta ese momento: centralizarla.

En el mercado de las películas documentales, existen ya varias sobre este coloso de la industria de las tecnologías de la información. 'Google, fábrica de ideas' es otro de las tantas películas documentales que acabarán produciéndose. En esta ocasión, de origen francés, hace de su sentido de ser repasar las peculiaridades en el trato con sus empleados, de cómo los atrae con una serie de beneficios sociales y, en resumen, de lo chachi piruli que resulta trabajar colaborar con ellos. Porque la esencia de trabajar en Google no es hacerte sentir como un trabajador, sino como un colaborador con voz y voto, dentro de un marco de constante crecimiento personal en un contexto donde la información circula sin barreras. El culmen del paradigma de la organización que aprende. Los mundos de yupi del universo empresarial. Y, lo asombroso -o cojonudo- es que funcionan. Más de una empresa debería tomar ejemplo de ello.

El documental, de una hora de duración, está muy bien planteado. Resulta ameno todo el tiempo y no deja de sorprender la cantidad de cosas que se hacen con, por y para sus empleados. La máxima sería «empleado contento empleado productivo». No es de extrañar que todo el mundo quiera trabajar en Google y que, una vez dentro, sublime su vida personal por vivir en un lugar donde lo personal y lo laboral se fusionan de una forma cuyas implicaciones resulten, tal vez, complejo predecir a largo plazo. Porque, claro, ahora la gran mayoría de la plantilla de Google no supera los treinta años, ¿pero qué sucederá cuando esos mismos chavales que se niegan a crecer, esos mozalbetes con Síndrome de Peter Pan, tengan cuarenta años y se encuentren inmersos en la disyuntiva que surja entre formar parte de la vida de sus vástagos o ser el jovial pureta, vestido como un eterno teenager, que se va en bicicleta a primera hora de la mañana y que vuelve por la noche cuando ya duermen y que no pasa de ser una mancha borrosa en sus memorias? Es una pregunta peliaguda que dejan en el aire. Tal vez ya lo tengan resuelto y la empresa se convierta en un criadero -dado que aquellos con los que únicamente se pueden relacionarse los empleados son los que conforman el resto de la plantilla-, con guarderías y niños que no conocerán otra cosa que un universo de lámparas de lava. O, tal vez, dado que es una forma de esterilización sexual asumida, los trabajadores de Google no lleguen a procrear nunca. Aunque tal vez la respuesta se encuentre en un futuro no muy lejano cuando Google se convierta en una de las megacorporaciones que decidan las políticas globales y todos seamos empleados de Google. Esperemos que entonces recuerden uno de sus fundamentos originales: «don't be evil». ¿Habla la envidia por ser demasiado viejo para ser aceptado en el círculo de Google? Sea como fuere, y dios me libre de conocer el futuro que nos espera (aunque algunos aseguran que del 21 de diciembre de 2012 no pasamos), es un documental que merece la pena ver.

Yo disfruté de él en uno de esos días de trabajo sin trabajo, aprovechando que Internet acabará con la televisión. Aquí podrás verlo de cabo a rabo con una calidad aceptable. No es un documental de grandes fotografías, por lo que la calidad de visionado, aunque sigo defendiendo que es vital de forma general, no es imprescindible para este caso. Recomendado.

martes, 15 de septiembre de 2009

'El mundo en imágenes'

Escuchaba a un amigo comentar un día que alguien le recriminaba que «nunca llegarás a ser un buen fotógrafo si no inviertes tiempo comprando libros y estudiando a los grandes». Falta de razón tal vez no tenga esa afirmación, pero lo cierto es que cada uno hace lo que hace por los motivos que a él le da la gana y alcanzará lo que aspire alcanzar por la vía que mejor le parezca. A veces no hace falta tirar cantidades ingentes de dinero en comprar libros de fotógrafos importantes.

En mi caso particular, sí he comprado más de un libro de algunos fotógrafos. Sin embargo, lo que siempre me ha impactado son las magníficas fotografías de National Geographics. Cuando las veo no puedo sentir otra cosa que envidia, de la sana, preguntándome cómo demonios consiguen los fotógrafos esas fantásticas y, en algunos casos, asombrosas imágenes. Supongo que no soy el único que alguna vez ha soñado con ser fotógrafo de National Geographics -o de conseguir una fotografía que alcance el nivel de calidad de sus fotógrafos-, así que, para todos nosotros, hace unos años produjeron un documental en el que muestran cómo trabajan algunos de sus fotógrafos y cómo consiguieron alguna de esas imágenes que al resto de los mortales, aficionados a la fotografía algunos, nos deja pasmados. 'El mundo en imágenes' -'Through the lens', en su nombre original-, es el documental en cuestión. La película repasa la historia de varios fotógrafos de aventuras y de cómo consiguieron esa foto especial, la que consigue capturar la esencia de lo que desean transmitir, y que hace que algunos de nosotros sufran ataques de envidia. Cuentan las historias detrás de esas fotografías de la mano de aquellos que las hicieron posible, porque detrás de toda buena fotografía siempre hay una persona que estaba allí para apretar el disparador en el momento preciso.

Al que le guste la fotografía, tanto si es o no la modalidad de aventuras su estilo, 'El mundo en imágenes' es un documental que no debería perder la oportunidad de ver. En mi caso no lo conseguía en alta definición, por lo que tuve que conformarme con ver las imágenes en calidad DVD -algo peor-, pero independientemente de que no se puedan apreciar en toda su magnitud, bien merece la pena escuchar la historia de cada una contada por su fotógrafo. Documental recomendado.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Mi procedimiento de tratamiento de fotografías (v 1.0)

Soy de dedo nervioso, por lo que no es raro, nada raro, que vuelva de un viaje de 6 días, con mil fotografías. Eso me causa un grave problema, porque no es solo el hecho de traer las tarjetas a reventar, sino la cantidad de tiempo que empleo luego retocándolas o, simplemente, procesándolas. Yo también soy un fashion victim de la moda de disparar solamente en formato RAW, y cuando digo tiempo, es mucho, pero que mucho, tiempo. Por ejemplo, hace cuatro meses que estuve por Sevilla y aún no he terminado de procesar todas las fotografías. Cierto que hago unas pocas cada semana, pero ya tengo unas 130 publicadas en Flickr (algunas únicamente visibles para familiares, sorry) y aún me quedan otras 20 para acabar.

Para intentar aprovechar al máximo el tiempo, he diseñado un procedimiento que, espero, me facilite el trabajo. Hace más de un año que tengo mi iMac de 24" y hay una cosa que me gusta del sistema operativo de la manzana, el poder etiquetar los archivos con colores. Y, usando este mecanismo, establezco prioridades a la hora de procesar las diferentes imágenes.

Para el tratamiento de las fotografías en sí he optado por usar Nikon Capture NX, que para mi gusto es el mejor de los que he probado, algo de lo que hablaré en otro momento. Principalmente por sus magníficos puntos de control, pero también porque trabaja con un único archivo de imagen, sin destruir la fotografía original, da igual el número de versiones que hagas de la misma imagen, delegando en el sistema operativo las distintas opciones de gestión por metadatos. Una maravilla.

Por último, antes de relacionar los pasos, comentar que la estructura de carpetas o directorios que yo uso es la de un directorio por año y, dentro de éste, un directorio por evento, anteponiendo la fecha de forma invertida (primero el año, luego el mes y finalizando con el día, todo en formato de cuatro y dos dígitos, según sea año, mes o día), seguida por una breve explicación.

Teniendo en cuenta todo lo anterior, y que las imágenes RAW de Nikon se pueden previsualizar en el Mac OS X, el procedimiento es relativamente sencillo:


  1. Copiar todas las fotografías de la tarjeta (o las tarjetas) en el directorio que corresponda.
  2. Con Capture NX utilizar una -o más- plantilla para establecer los campos de copyright y los metadatos comunes a todas las fotografías (ya lo explicaré en otro momento).
  3. Repasar las fotografías marcando las mismas siguiendo el siguiente código:
    • Dejar en blanco si no supera el criterio de selección.
    • Azul para las fotografías que deben ser procesadas.
    • Violeta cuando hay una secuencia de fotografías del mismo motivo y sé que quiero una (o más), pero aún no he decidido cuál.
    • Amarillo para aquellas que se han quedado a punto (probable que entren en una segunda revisión).
    • Naranja para aquellas que, sin llegar a ser completamente descartadas, se quedan en posibles candidatas.
    • Gris para las descartadas completamente.
  4. Procesar cada una de las imágenes que se marcaron en azul o violeta, pasándolas a verde una vez terminado el tratamiento.
    • A medida que se van tratando se va exportando una copia en JPG en otro directorio con la máxima calidad posible.
    • En mi caso, cada nuevo JPG que se exporta lo subo al correspondiente álbum de Flickr.
  5. Revisar, en una segunda vuelta, las que se marcaron en amarillo. Las que pasen marcarlas en azul y las que no, pasarlas a naranja.
  6. Si han aparecido nuevas fotografías marcadas en azul, tratarlas como en el paso 4.
  7. Repetir con las naranjas. Para saber que se han revisado las naranjas, las que no superen el criterio, pasan a color gris. O quitarle marca de color. A gusto del consumidor.
  8. Una vez concluido todo el tratamiento se crea un DVD (o más de uno) con el contenido del directorio. El DVD será almacenado en el exterior (casa de un familiar).
  9. También se copia un CD o DVD con el directorio que contiene las versiones en JPG. Será almacenado, también, en el exterior.


En realidad los últimos pasos forman parte del procedimiento de salvaguarda de mi trabajo, que tal vez relacione en otro momento.