martes, 27 de abril de 2010

'Un trabajo muy sucio'

Era obvio que, tras devorar figuradamente la anterior novela de Christopher Moore, lo único que cabía esperar era abalanzarse inmediatamente sobre la mesilla de noche para coger la siguiente. 'El ángel más tonto del mundo' (reseña) me dejó tan buen sabor de boca que prefería quedarme en vela toda la noche leyendo que esperar a salir del trabajo para seguir con la siguiente, 'Un trabajo muy sucio' y novela responsable -título, más bien- de comprar también la anterior por aquello de que en la portada aparecía «Autor de…»

Al igual que la novela comentada hace unos días, 'Un trabajo muy sucio' ganó el Quill Award del año siguiente, 2006. Suceso que, como repito innumerables veces, no dice gran cosa de una novela (al menos para mí) que no sea aquello de que es comercial. Y léase con toda la malicia posible con la que se le pueda cargar a ese «comercial». Pero, me digo a mí mismo, no necesariamente es el caso del libro en cuestión, que una vez más viene cargado de situaciones hilarantes y momentos en los que bien merece la pena —me corrijo: sería exigible— levantarse y ponerse a aplaudir al autor. A veces los premios también son justos. Je, je y je.

Sin embargo, no todo el libro es así. El texto comienza de una forma fantástica. El arranque resulta magistral y brillante. Me paso las primeras páginas riéndome con las tonterías que le pasan al —y dice el— protagonista. Pero casi como una señal cuadrada o binaria, que cae de golpe de 1 a 0, el tono pierde y la historia se convierte en algo pesada. Suerte que es un efecto pasajero acaecido al comienzo y la historia consigue ir rescatando, poco a poco, la atención del lector —en este caso yo, que soy quien importa— hasta conseguir que vuelva a tener ganas de terminar el libro. Confieso que hubo algún momento entre la página cuarenta y la página cien que estuve tentado de abandonar su lectura. Algo por lo que opto rarísimas veces. Creo que la culpa de eso podría buscarse en lo bien que me lo pasé con el libro anterior, en el que el autor consigue plasmar como creíble un universo muchísimo más absurdo, hilarante y tronchante del que se persigue en este volumen, de corte e intención narrativa más seria. Es lo malo de leer dos libros seguidos del mismo autor, que no se perdonan los cambios de ritmo ni humor y, en general, que uno anda siempre buscando en subsiguientes lecturas lo que ha encontrado en el primer amor.

      —¿Conviene siquiera que sepa qué coño era eso? —preguntó Riviera.
      —Seguramente no —dijo Charlie.
      —Átese la chaqueta a la cintura —dijo el policía.
      Charlie bajó la mirada y vio que tenía la parte delantera de los pantalones hecha jirones, como cortada a navajazos.
      —Gracios —dijo.
      —¿Sabe? —dijo Riviera—, todo esto podría haberse evitado si hubiera aceptado el final feliz, como todo el mundo.

A pesar de este bache —casi de la profundidad de la Fosa de las Marianas— el libro va retomando poco a poco un estilo interesante y entretenido y, en el algo más del último tercio de la novela resulta francamente divertida y original, incluso apasionante. Lo que no consigue el primer tercio, repitiendo tanto lo del «macho beta», se logra en el resto del libro: simpatizar con el torpe protagonista y con sus experiencias, sus meteduras de pata y, a fin de cuenta, con las situaciones en las que se ve inmerso y que no dejan de resultar en alguna carcajada pasajera, bien buscada, intencionada y acertada por la prosa del autor. Incluso cuando lo pasa mal uno llega a desvelarse y seguir leyendo deseando que el signo de su fortuna vuelva a cambiar. El autor consigue, aunque suene melindroso, cursi y blandengue, que te hagas amigo del protagonista y te pongas en su piel.

Aunque no me arriesgaría a incluir este libro dentro de mis must read, sí que diría que es altamente recomendado. Como todo, depende de gustos e intereses, pero a mí consiguió hacerme pasar, en su conjunto y de forma general, muy buenos ratos. Y alguno malo, en este caso en el buen sentido, que es el que implica alcanzar a identificarte con Charlie, el protagonista, hasta perder el aliento cuando las pasa putas. ¿Se puede pedir algo más de un libro?

lunes, 26 de abril de 2010

Sesgo de confirmación

En economía ese Madrid-Barça se llama sesgo de la confirmación y significa que en la mayoría de las ocasiones sólo estamos dispuestos a escuchar y aceptar aquella información que refuerza lo que ya pensamos. Tendemos a ignorar o menospreciar aquello que nos contradice. Teóricamente el valor de la nueva información es siempre el mismo y, según la teoría del mercado perfecto, las nuevas evidencias son las que sirven para que algunos productos cambien de precio y se alteren las perspectivas de futuro en el mercado. Sin embargo, nuestra subjetividad hace que no toda esa información valga lo mismo. Nuestra locura tamiza las noticias y nos permite dar peso a las que se ajustan a nuestros prejuicios mientras preferimos ignorar las que nos incomodan.

Psiconomía
Javier Ruiz
Aguilar

Ya he probado el iPad

Y me gusta. Mucho.

Ahora queda convencer a mi mujer y a mí mismo de que merece la pena gastarse el dinero cuando salga a la venta.

Peleándome con Unity 3d

He decidido intentar enseñar a mi sobrino algunas ideas de programación de videojuegos. Para ello he optado por familiarizarme con Unity 3d. No desesperen aún, en algún momento de un futuro cercano me reventará el cerebro y esparciré mi serrín mis sesos encima de la mesa.

De ideales y retretes

Hasta el día de escribir esto, creo no mentir al afirmar que no puede decirse de mí que sea en exceso escrupuloso. Nunca me han afectado las conversaciones escatológicas almorzando, por poner un ejemplo tonto. Sin embargo hay cosas que no me gustan y me desagradan profundamente. En el edificio en el que trabajo, como imagino sucederá en todos los lugares donde comulgan y conviven pocas o muchas personas, sean contadas en unidades, decenas o centenas, los baños suelen ser motivo de escándalo y reflejo de las personalidades que se empaquetan en esos cuerpos supuestamente vivientes y, en muchas ocasiones, difícilmente creíble como pensantes. No es raro acercarte al retrete y encontrarte que el anterior visitante te regala la vista con restos orgánicos adheridos enérgicamente a las paredes de la cerámica. A veces en cantidades impresionantes e imposibles de describir y que mancillan la blancura de la taza resultando harto desagradable para aquel —el que suscribe en este caso— que se las encuentra cuando levanta la tapa más preocupado por desahogar sus propias necesidades perentorias que por aquello que pudiera llegar a encontrarse. Creo que ya he hecho demasiado hincapié describiendo una escena que a casi todos les habrá sucedido y les sonará más o menos común. No soy muy escrupuloso, decía, pero esta imagen me revuelve las tripas y hace que la Humanidad socializada y civilizada pierda muchos enteros en la escala evolutiva. En momentos así me dan ganas de empalar, a lo Vlad Tepes, al artífice de la dudosa obra de arte. ¿Qué más le costará al anterior usuario mantener unos principios de convivencia e higiene que él mismo agradecería? Hijo de la gran puta, es lo que pienso.

Aunque hay que ser socialmente evolucionado y ofrecer al ajeno el supuesto de inocencia, pues a muchos nos pasa que con la misma prisa con la que anhelamos cagar, deseamos salir del aseo con premura pues nuestros deberes nos reclaman y, es bien sabido, nadie hace el trabajo de otro y existen, siempre, motivos de fuerza mayor. Así que es de buena persona perdonar al prójimo los pecados en que uno mismo podría incurrir en circunstancias menos favorables y esperar que la próxima vez coja la escobilla para retirar sus restos. Yo, al menos, en eso sí soy muy escrupuloso.

Ahora bien. Supongamos que un día se cruzan con el personal de la limpieza del que conocen una predisposición y dedicación a prueba de bombas para limpiar la mierda de otros. A aquellos que hay que agradecer que los baños no den ganas de vomitar cada vez que se entra y que el sentarte a cagar no sea una prueba de entereza visceral más apta de los boinas verdes o de Rambo, capaz de comer cosas que harían vomitar a una cabra. Pero sigamos con el personal de limpieza. Hete aquí que, por esas cosas de la confianza que surge cuando se convive en las mismas instalaciones, te enteras que hay una disposición especial que les prohibe limpiar la mierda que otros han dejado el día anterior. Es más, se les amenaza con inhabilitarlos en sus funciones de persistir en esa actitud. Da igual lo que se haya avanzado en productos de limpieza. Simplemente, las cagadas pretéritas no se tocan. ¿A que sería un suceso asombrosamente extraño e inaudito?

A nadie —a menos nadie que me conozca— se le escapa a estas alturas que tengo el órgano del cinismo algo dilatado y en el momento de escribir esto anda especialmente revoltoso. Pero no son pocos los que me han escuchado decir que las sociedades no dejan de ser experimentos, retretes, donde los ideólogos dejan sus cagadas para que, durante unas pocas generaciones, las pongamos a prueba. Así hasta que llega otro ideólogo, que habrá comido de otras fuentes, y defeca unos nuevos ideales con los que tendremos que vivir otros muchos años. Otro experimento que sigue a otro experimento que sigue a otro experimento social. Cagada sobre cagada sobre cagada. Y así nos podríamos remontar hasta el comienzo de la existencia civilizada y socializada.

A veces a una generación se le da la oportunidad de limpiar las paredes de la taza para permitir, por un momento, que esa sensación de encontrarse con un espectáculo asqueroso sea menos probable y, aunque suene grandilocuente, para que se haga justicia, esa palabra tan malograda y tan mediatizada. Y dentro de esa generación hay quien decide armarse de valor y ponerse manos a la obra para retirar tanta inmundicia que se ha heredado de ideólogos anteriores. Pero, vaya ironías de la existencia, siempre habrá quienes se opongan a que se retire la mierda de otros alegando cosas tan absurdas como eso es caca antigua, caca pasada y, a fin de cuentas, ideales de terceros.

¿He dicho ideales cuando quería decir mierda de otros? Vaya, discúlpenme este desliz, ¿pero les suena toda esta metáfora? Pues sí, de eso se trata toda esta historia —que sí, que sí, que sé que es aburrida—. De una gran cagada, de esa magnífica Ley de Amnistía de 1977, que no es otra cosa que una gran cagada que en su momento pareció una buena idea a unos cuantos ideólogos que tenían unas ganas enormes de quitarse encima el problema a toda prisa —como suele ser cuando uno se deshace del apretón, se relaja el esfínter y desaparece la presión— y que ha estado adherida a las paredes de este experimento actual, de esta letrina, que es nuestra sociedad de hoy. Y, para remate de la faena, para descojono adicional de los extraños y extranjeros, le estamos dando por culo a la persona de la limpieza que ha intentando despegar un poco de esa mierda hedionda que resulta irritante a todos los que tienen cierto talante intelectual y visión crítica. No todo lo pasado ha sido mejor. Por mucho que algunos quieran seguir viviendo en las cavernas de la edad de piedra.

jueves, 22 de abril de 2010

Limited Response Time (iPhone)

Because of the way it is used, iPhone needs to be snappy and expects the same of your application. When your program is launched, you have to get your application open, preferences and data loaded, and the main view shown on the screen as fast as possible—in not more than a few seconds. At any time when your program is running, it may have the rug pulled out from under it. If the user presses the home button, iPhone goes home, and you have to quickly save everything and quit. If you take longer than five seconds to save and give up control, your application process will be killed, regardless of whether you are finished saving.

Beginning iPhone 3 Development
Dave Mark / Jeff LaMarche
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