miércoles, 18 de agosto de 2010

'La soledad de los números primos'

Generalmente me sucede una cosa curiosa cuando observo cuadros. Soy capaz de apreciar —incluso de maravillarme con— la capacidad del pintor de dominar la técnica que corresponda. Los trazos, los colores, los pigmentos, las figuras, las proporciones, los puntos de fuga, etcétera, etcétera. Pero rara vez consigo emocionarme con un cuadro, por el simple hecho de que el pintor domine la técnica, si la imagen en sí misma no me dice nada. Con las fotografías tiende a pasarme lo mismo. Es casi como una discapacidad emocional para empatizar con la escena presentada. Me pasa en un porcentaje tan alto que casi podría decir que no sé apreciar el arte. Y eso que sigo yendo a los museos cuando tengo oportunidad. A estas alturas me conformo disfrutando de la capacidad técnica del artista. Por supuesto, hablo de cuadros que sí tienen algo que ofrecer. Obviaré los cuadros que he visto tropezado en algunos sitios que, básicamente, son una superficie coloreada con un único tono. Por muy brutalizado que esté, siendo incapaz de apreciar en su justa medida el mensaje místico-emocional que quiso transmitir el artista, ahí no hay arte (técnica) ni arte (emociones).

'La soledad de los números primos' está escrito magistralmente. En esta realidad de particiones y fronteras, parece sorprendente que un físico (de ciencias) sea capaz de escribir con una prosa más adecuada a un gran literato (de letras), pero lo cierto es que Paolo Giordano [@ Wikipedia] escribe como un genio, como alguien que haya dedicado toda su existencia únicamente a perfeccionar una alquimia milagrosa de la palabra, en la que cada uno de esos conjuntos definidos de letras fuesen pequeñas perlas, gotas destiladas de sabiduría acumulada tras décadas y décadas de experiencia en la escritura. Pero no, el autor es un chavalín de apenas 28 años. Si no hubiese ido prevenido por la lectura de la solapa de la contraportada del libro, mi primera impresión hubiese sido la de estar leyendo el trabajo de un viejo de cincuenta o sesenta años que se hubiese pasado la vida escribiendo. El de un artista que ha conseguido dominar la técnica de forma magistral, convirtiéndose un maestro, sin poner nada más de lo necesario, ni quitando lo que resulta imprescindible. Solo hay dos autores más con los que he tenido una «primera vez» parecida a la del escritor del texto que hoy comento. Son García Márquez, con su 'Crónica de una muerte anunciada', y Kundera, con su 'La insoportable levedad del ser'. Luego he leído muchísimos autores con un dominio magistral del verbo, pero con ninguno había vuelto a tener una sensación tan electrizante como la vivida leyendo los primeros párrafos de 'La soledad de los números primos'.

   No había vuelto allí desde el día que fue con la policía, el día que su padre le dijo que diera la mano a su madre y ella se metió la suya en el bolsillo. Aquel día aún llevaba los brazos vendados hasta los codos, con una venda gruesa que le daba varias vueltas y que sólo con una sierra habría podido atravesar.

Pero ahí acaba toda semejanza con los otros autores mencionados. En los respectivos casos, además de disfrutar como un cochino, o como lo haría un cochino con suministro infinito de comida y que desconoce para qué se lo está engordando, de la forma en que estaban escritas las historias, las mismas historias en sí me parecieron geniales. Márquez y Kundera son dos de mis escritores favoritos, tanto por la forma en que escriben como por las historias que cuentan. 'La soledad de los números primos' me dejó frío, casi indiferente. Me lo leí de un tirón, en apenas dos noches en que decidí acostarme tarde, pero los dramas, penurias y vivencias dolorosas de los protagonistas me resultaron tan ajenos —incluso manidos— que no recuerdo emocionarme en ningún momento. En este aspecto ha resultado como mirar un cuadro: Disfrutar con la capacidad del autor para escribir/dibujar muy bien, pero sin conseguir conectar con la escena que me está contando/presentando. Un ejemplo, tal vez, de cómo puede uno apreciar más la caja de bombones —el continente— que los bombones en sí —el contenido—.

'La soledad de los números primos' es un libro (muy) recomendable, pero básicamente porque está muy bien —mucho, mucho— escrito. Para disfrutar en la playa o en momentos en los que uno quiera relajarse disfrutando con el sonido de las palabras sonando en su mente con la propia voz. Que es como realmente se disfrutan los libros, en general, y para lo que este libro, en particular, está especialmente recomendado.

jueves, 5 de agosto de 2010

'Toy Story 3'

Cuando tenía 13 o 14 años, se produjo un cambio importante en las percepciones de algunos de los amigos de la pandilla. Y, por consiguiente, en sus conductas. Mis dos mejores amigos de infancia, Paquito y Jose Carlos Peña (o pepepeña, como lo llamaba mi padre), cambiaron repentinamente su forma de concebir la realidad. Con 13 años ya debías «comportarte como un adulto». ¿Y cómo se comporta un adulto?, preguntaba yo. A lo que me respondían no explicando qué conductas eran las más adecuadas y que debía añadir a las ya desarrolladas, sino recriminando aquellas que se consideraban inválidas para la edad adulta, invitándome a abandonarlas. Vamos, resumiendo, que lo que me intentaban decir era que convertirse en adulto implicaba sustituir algunas actividades e intereses por otros más acertados. Actividades e intereses, por otra parte, que no sabían explicar demasiado bien, todo sea dicho de paso.

Sospecho que de alguna forma, este cambio de punto de vista tuvo como catalizador la incorporación de mayores a nuestro grupo de amigos de «charlas profundas y existenciales». La población del grupo, siempre creciente durante los meses de verano, incluía individuos cuyas edades oscilaban entre los 11 y los 18 años. Un rango de edades amplísimo para, valga la redundancia, las edades que teníamos. Esos 7 años de diferencia se notan muchísimo cuando se tiene menos de veinte y casi nada cuando se tiene cincuenta. Acabo de enunciar una perogrullada, lo sé.

Alguno de edad aún mayor habría, estoy casi seguro. Sin mucho esfuerzo deduje que aquellos que rozaban la mayoría de edad, o ya tenían edad para decidir el futuro de nuestro país en las urnas, estaban básicamente interesados en la carne y, digámoslo pusilánimemente, en las «relaciones de pareja y de amor». Y eso era lo que parecía atraer a los de mi edad, a los menores, como la miel —o como su variante más prosaica y abundante, la mierda— atrae a las moscas. A mi edad de niño concluyendo la Educación General Básica, los chochitos y las tetitas no me resultaban del todo ajenos y, aunque siempre tuve un interés apasionado en el asunto, seguía disfrutando de aquellas actividades, usando la descripción despectiva aconsejada por mis mejores amigos, «infantiles» o «poco adultas». Vamos, que con trece o catorce años seguía jugando a la cogida, al escondite inglés y a los superhéores con los niños menores, discutiendo quién ganaría una pelea entre Superman y Hulk; jugando a juegos de ordenador en mi Spectrum-48k-teclado-de-goma, soñando que sería mejor aventurero que Indiana Jones, mejor Jedi que Luke Skywalker o mejor luchador que Bruce Lee y, cuando había oportunidad, viendo películas de dibujos animados para alimentar y enriquecer mi imaginación siempre desbordante. Sin desmerecer la búsqueda activa de niñas con las que jugar a los médicos o, en ausencia de voluntarias para mis prácticas de medicina, consolarme en solitario con la lectura rápida de alguna revista de esas en las que no queda nada para la imaginación y que únicamente se podían conseguir por la vía del contrabando con los niños mayores de edad. También me apasionaban los documentales, la Ciencia, la programación de ordenadores y el conocimiento en general, cosas a mi entender aún más allá —y mejores— que la madurez orientada al sexo contrario que postulaban y defendían mis amigos.

Entonces ya creía que lo realmente infantil —y añado que estúpido— era negarse los placeres de la infancia con tal de emular una mayoría de edad que aún quedaba a cuatro o cinco años de distancia. ¿Por qué tenía que privarme de algunas cosas si las podía hacer todas? Al menos entonces, tiempo había. Siempre concluía las discusiones de este tipo con «ya creceré cuando toque crecer». Supongo que por esa forma tan particular de ver la infancia y la madurez tardé tanto en tener novia, y sufrí escasez de candidatas para las prácticas médicas, también sea dicho.

Es cierto que la edad y el tiempo van modificando la conducta al igual que erosionan la roca. Las vivencias te condicionan y los intereses varían. Para algunas personas eso significa que capas de lodo existencial cubren capas anteriores, como si de un proceso de sedimentación constante se tratara, y que conlleva la renuncia y olvido de todo lo anterior. También es cierto que ya el tiempo no da para hacer todas las cosas emocionantes y divertidas que me gustaría hacer o que de niño me imaginé haciendo. El cuerpo —en especial las rodillas— tampoco aguantaría, diré en mi defensa. Pero en la medida de lo posible, cada vez que tiro una capa de lodo sobre la anterior, intento mantener las actividades que aún merecen la pena. Entre ellas, y por el asunto de la entrada de hoy, ver películas de animación (o de dibujos animados).



No menos cierto es que mi capacidad crítica se ha modificado. Me gusta creer que ha evolucionado. Así es normal que, cuando intente ver algún capítulo de alguna de las series que marcaron mi infancia (como Ulises 31 [@ Wikipedia]) me sorprenda a mí mismo preguntándome cómo podía tragarme semejantes bodrios y andar canturreando todo el santo día las melodías de apertura. Algo parecido me sucedió intentando volver a ver hace unos meses la película de Los Goonies y alguna de las primeras de Bruce Lee. Simplemente eran tan malas que tuve que dejarlas a medias. Uno acaba descubriendo que la vejez también conlleva aburrirse con las cosas que antes te gustaban. Una lástima. Por suerte, en mi caso, he conseguido encontrar otras actividades y otras fuentes de experiencias más enriquecedoras. No puedo decir lo mismo de aquellos chicos, amigos de infancia, que entonces me vendían un estado adulto adulterado, y que ahora, cuando los escucho hablar, no han variado mucho sus ejercicios conversacionales tras un cuarto de siglo: coches, deporte y chochitos. Y, alguna vez, quejas sobre lo mal que va todo en este «puto país». Sí, votan al PP. O, directamente, son idiotas.

A pesar de que hoy en día me cueste encontrar interesante las películas de animación (en realidad cualquier película que no tenga un argumento bien planteaddo o entretenido), he de decir que las de Pixar [web oficial] siguen siendo increíbles. Consiguen transportarme a un estado previo a las preocupaciones de adulto (me río ahora de aquel ideal de adulto que tenían en la quincena mis amigos, carente de preocupaciones), aunque no caería en el error de decir que vuelvo a ser un niño. Están tan magistralmente contadas que son divertidas para un niño, pero que precisamente están narradas para gente mayor. Es el caso general de todas las películas de la productora —salvo Cars, malísima— y de Toy Story 3 en particular.

Toy Story 3 es una película genial, fantásticamente contada. Me pasé riéndo la mayor parte. A mandíbula batiente. Carcajada y carcajada que acababan haciéndome lagrimear de la risa. Pero también hay momentos realmente emotivos. De esos que te dejan con un nudo en la garganta. Claro que, para eso, hay que ser un adulto empático, especialmente sensible y no, únicamente, una persona con mayoría de edad. Hacía muchísimo tiempo que no me divertía tanto con una película. Se produjo como un salto en el tiempo. Durante la hora y pico largo que duró la proyección no hubo nada más que una fantástica animación y una historia magistralmente presentada dentro de mi universo particular. Estaba obnubilado por la historia. No existía nada más durante ese tiempo. Pocas películas consiguen arrastrarme a esa sensación de inmersión que me produjo Toy Story 3. Estoy casi seguro que si estuviera hecha con personajes de carne y hueso, sería ganadora del Oscar a la mejor película. Pero los adultos seguimos creyendo que la animación es para niños. Prejuicios.

Lo triste es que no hubiese ido a verla al cine de no ser por haber coincidido con mi última estancia en Madrid. Apenas voy ya al cine, menos aún solo. Aunque suene prepotente, para eso me he gastado una pasta en un sistema de alta definición con el que sí consigo disfrutar del cine en casa (por muy aberrante que le suene a los puritanos). Pero celebrando la despedida de Stefano, surgió la posibilidad de aprovechar el día siguiente para ir a verla. ¿Por qué no? Así que fui con algunos de los mejores amigos que tengo en esa ciudad, los que hacen que valga la pena gastar dinero en pasar unos días allí. Toy Story 3 no sólo consiguió que pasara un rato estupendo con una de las mejores películas que he visto en los últimos años. También consiguió rescatar, excavando a través de varias capas de lodo existencial, una vivencia o experiencia que hacía décadas que no tenía. Creo que desde que iba al cine con los amigos del instituto no había salido de la proyección comentando escenas y secuencias de la película. «¿Y viste cuando…?», «¿Te diste cuenta que…?», «¿Pero cómo se les pudo ocurrir…?», etcétera, etcétera, durante la media hora siguiente a salir del cine, mientras rumiabas, en una segunda pasada, los mejores momentos de la historia que acababas de ver. Y al día siguiente, en el trabajo, aún seguimos comentando algunas de las secuencias. Lo dicho, hacía más de dos décadas que no había sufrido una respuesta emocional similar.

Toy Story 3 es una película muy recomendable. Un must see por derecho propio y elevado a la enésima potencia. Una película que no hay que perder la oportunidad de ver, al menos una vez en la vida. Y, si como es mi caso, tienes la glándula del consumismo algo inflamada —El Hambre, como lo llamo últimamente—, acabarás pasando por caja y comprándola en Blu-Ray. Es una película que merece la pena ser vista en las mejores condiciones posibles.

Concluyo la entrada de hoy, larga, como suelen ser las entradas de éste mi rincón, pidiendo disculpas a los posibles lectores anónimos que sin conocerme llegaran aquí buscando una crítica al uso de la película. Los que me conocen sabrán que de eso aquí hay poco. Y los que me conocen lo suficiente, siquiera entrarán aquí a perder el tiempo. Rara vez me entrometo a dar la opinión sobre una película. De hecho, casi siempre recomiendo para eso visitar la web de sulaco [Distorsiones], quien hace mejores reseñas que las que podría hacer yo y que seguro que con la de Toy Story 3 [Toy Story 3 @ Distorsiones] te lo pasas mejor. Yo, en cambio, prefiero aprovechar estas pequeñas cosas, las vivencias y experiencias con los objetos y situaciones, para regurgitar mis propias experiencias pretéritas. Los artículos que comento suelen servir de excusa para reflexiones existencialistas, suene en este caso con tono despectivo ese «existencialistas». En cualquier caso, así es Internet, y como dicen por ahí, la bitácora es mía y la jodo como mejor me parezca. Que tengan buen día. Y no pierdan la oportunidad de ir a ver tan magnífica película.

sábado, 31 de julio de 2010

Los hedores de Madrid

Acabo de volver a mi casa tras pasar una semana en Madrid. Por puro placer me fui allí a ver a los buenos —y muy buenos— amigos que hice en esa ciudad durante mi estancia [Lo que sí echaré de menos]. Quería acudir a la fiesta de despedida en honor de Stefano, que se volvía a Italia. Ya se sabe que uno va allí donde tiene a la mujer y resultó que la mujer de la vida de este joven italiano la encontró en Madrid, pero de visita desde Italia. Y a su casa se vuelve, presto. Curiosidades de la vida.

Aprovechando la sede principal, y el horario de verano, me ahorré pedir días de vacaciones y desarrollé mi trabajo —más y mejor, de hecho— en la oficina de Pozuelo durante este tiempo para luego salir a las tres de la tarde y tomarme algo con los amigos. Bendito horario de verano y bendito calor madrileño que invitaba a compartir cañas en una terraza. Ha sido una semana genial.

Todos los conocidos que me veían por allí me preguntaban, en esencia, «¿para qué te has venido, con el calor tan grande que hace, si en Canarias se vive de puta madre con las playitas?». A unos pocos les confesé que bien valía la pena las penurias sufridas por el calor de un final de julio especialmente virulento, o los casi cuatrocientos euros que me supondría la breve visita, con tal de disfrutar de unos días con los amigos. Al resto le contaba que iba por motivos más prosaicos, como la búsqueda activa de nuevo —y mejor— material fotográfico (como un escáner para negativos) y para comprar libros que no conseguía en Las Palmas. Mi tarjeta de crédito no tuvo que enfrentarse con esos retos de consumista.

Sin embargo, podrían haber hecho una pregunta más acertada de sorpresa ante mi presencia en Madrid. Yo mismo me la pregunté en varias ocasiones. Sigue habiendo algo que apesta en Madrid: el tabaco. Así que bien podrían haber preguntado «¿para qué cojones te vienes a Madrid si aquí todo cristo viviente es gilipollas redomado y ya está fumando desde las siete de la mañana?

Ya lo dije en marzo de este año [Lo que no voy a echar de menos]. Sin embargo, y por suerte para mí, la mayoría de los amigos no fuman. Así que comparten mi desprecio manifiesto hacia esa vil forma de genocidio. Genocidio porque el tabaco tiene, al menos desde mi punto de vista, uno de las mayores externalidades que concibo: mata lentamente a los que no han pagado por él. Vale, que está muy bien que tú quieras fumar, cacho cabrón, pero a poder ser, una vez lo tragues, no lo eches fuera. Así te asfixies o revientes con esos malos humos para ti solo.

Está comprobado que establecer impuestos —o multas— para reducir el consumo de algo potencialmente perjudicial, en realidad lo que consigue es generar un sentimiento de legitimidad a aquellos que lo abonan. Creo que en el pasado he comentado en esta bitácora el caso de la guardería israelí que impuso multas a los padres que llegaban tarde a recoger a sus hijos, perjudicando seriamente con esa conducta a los profesores que no podían volver a su hogar, tal vez con sus propios hijos, hasta que el último padre llegara a buscar a su vástago. Lo único que consiguió la multa fue que los padres se retrasaran aún más. Si no había comentado antes este caso, pues lo hago ahora. En cualquier caso se podrá leer mejor en Freekonomics [mi reseña]. El mensaje es claro y fácilmente trasladable al tabaco: si he pagado un impuesto por la externalidad [@ Wikipedia] estoy autorizado a fumar lo que me salga de la punta del capullo o, en caso de llevar el sexo por dentro, de lo más profundo de mi raja. Lo mismito que pensaban los padres que pagaban tres euros a la hora por un «servicio extendido» de guardería hasta que ellos terminasen otras cosas más importantes. Razón no les falta para creerlo así, económicamente hablando. Por lo que bien se podía joder esperando el personal de guardería mientras ellos se tomaban unas copas con los compañeros del trabajo a la salida de la oficina.

El profesor John List [@ Univ. Chicago] nos viene demostrando con sus experimentos de campo que el hombre no es tan altruista, empático y considerado con el resto de la especia tal y como algunos experimentos de psicología y economía del comportamiento [@ Wikipedia] venían afirmando y defendiendo. Por mucho que ello le duela a Punset. De hecho, dos psicólogos demostraron en sus respectivos experimentos de psicología social, que más bien tendemos a lo contrario. El asombroso experimento de Milgram [@ Wikipedia] y el aterrador experimento de la cárcel de Stanford [@ Wikipedia] dejan clarísimo, confirman y hacen honor a aquella frase de Plauto que decía «homo homini lupus». Popularizada por Thomas Hobbes en su forma extendida y original «lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro» [@ Wikipedia]. Para comportarte como un soberano capullo, generalmente es mejor que el otro sea desconocido. Así que no podemos esperar que estos seres deseosos de compartir cáncer de pulmón contigo atiendan a razones de convivencia y colectivos. A los que no fumamos ya nos puede follar un rinoceronte africano, que ellos a) pagan un impuesto elevado por poder fumar, y b) eres un completo desconocido; en lo que a los fumadores respecta, como si te quieres tirar debajo de un tren. Si te molesta el humo, te jodes.

Todo esto lo cuento porque en esta semana pasada he podido experimentar, en mis propias carnes, todo lo que aseguran los experimentos y ensayos mencionados sobre lo peor del ser humano. Esta vez, corriendo los gastos de la estancia de mi bolsillo, opté por un hostal, algo más económico que un hotel, cerca eso sí de la zona centro de Madrid. No olvidemos que la finalidad última de mi visita era estar con los compañeros y tener la posibilidad de llegar tarde a la habitación. Lo malo del hostal en concreto en el que me quedé, además de no disponer de una habitación especialmente limpia, más bien todo lo contrario, era la carencia de un sitio donde desayunar antes de salir a la calle. Es más, como iba temprano a trabajar, a la hora tan intempestiva en que salía, la propia calle carecía de sitios abiertos donde desayunar. Y, en los pocos que había, se permitía fumar.

La experiencia fue realmente desagradable. Entrar hambriento en un sitio que tiene humo rancio acumulado tras décadas de fumadores insensibles, sentarte en la barra a esperar que te atiendan, y que cliente tras cliente que llega justo después y se sienten a tu lado, que como no tiene nada mejor que hacer mientras esperan la atención del camarero, saquen un cigarro lo enciendan y empiecen a fumar, convirtiéndose en verdaderas chimeneas humanas, es algo que te empuja a fomentar alguna clase de exterminio masivo y selectivo sobre el lobby de los fumadores compulsivos. Es una experiencia que saca lo peor que llevas dentro y que te invita a desearle el mal —pero maldad de verdad, verdadera— al prójimo.

Y no fue un caso aislado, como podría justificar alguno. La experiencia del desayuno duró aproximadamente veinte minutos. Y mientras yo esperaba, cliente tras cliente que entraba en la cafetería, más que autorizado por el cartel que ponía "aquí se permite fumar", parecía invitado —casi obligado— a incurrir en tal desagradable comportamiento. Uno tras otro se sentaba y lo primero que hacía era sacar el tabaco —o comprarlo en la máquina que al efecto allí se encontraba— y ponerse a fumar a la espera del camarero, del desayuno y/o del periódico. El hambre pudo más que la cordura y allí me quedé, contabilizando entre doce y quince de estos casos de este comportamiento recurrente, esperando a mi café con leche y mi sandwich mixto que, todo sea dicho de paso, me supieron a colilla, que en este caso no es sinónimo o diminutivo de polla. Aunque, a todas luces y postrauma, casi hubiera preferido que tuvieran ese sabor. Siempre en la creencia de que la industria cárnica, haciendo honor a los intensos intentos realizados durante las últimas décadas por homogeneizar texturas y sabores, habría conseguido que tuviera sabor a pollo. Asqueroso, lo sé, pero entre un café con sabor a tabaco y otro a sabor a mierda, me tendría que parar a meditarlo seriamente.

En un lapso de veinte minutos, de estar recién duchado, fresco pues aún no había comenzado a hacer calor, y perfumado, pasé de heder a tabaco de pies a cabeza. A las siete y veinte de la mañana hasta el poco pelo que corona mi calva olía a tabaco. La vulgar expresión esa que dice «me siento sucio» adquirió un significado —y un característico olor— nuevo para mí. No veía el momento de terminar la jornada —y eso que aún quedaba media hora para empezarla— y llegar al hostal para poder ducharme y quitarme tan nefasto y detestable olor. Me pasé el día cagándome, hablando de forma figurada claro, en los hijos de puta de los fumadores y en las madres que los parió. ¿Cómo es eso de que hay un grupo de la población que quiere prohibir el aborto? Fumadores todos ellos, seguramente. No sólo debería ser legal, sino que en el caso de los fumadores irrespetuosos con el resto de personas, debería tener carácter retroactivo. Ya dije hace un momento que la experiencia había sacado lo peor de mí.

Todo esto sucedió el lunes, el primer día de la semana de trabajo. El segundo día volví a intentarlo saliendo un poco más tarde y esperando que ya hubiese abierto algún otro lugar en el que desayunar. Tuve mejor suerte y esta vez el café no supo a cigarro —ni supongo que a polla, por cierto; salvo que la polla sepa a café con leche—, pero al ser un sitio permisivo con los fumadores, el olor rancio permanecía allí. Ya se sabe lo qué pasa con el olor a tabaco. Da igual que no estés delante de un fumador. Si pasas por un sitio que haya sido infectado con el humo de tabaco, se te pegará igualmente. Otro día que pasé queriendo volver al hostal para ducharme y quitarme la ropa.

El resultado de todo ello es que decidí prolongar el ayuno nocturno durante los dos días restantes de la estancia madrileña, hasta que abriese algún sitio cerca del trabajo en el que poder desayunar y, lo más importante, no dejasen fumar. Desayuné a las diez de la mañana esos días. Así que el tabaco —y los fumadores— tienen otra externalidad conmigo. Además de joderme los pulmones, y aportarme un perfume de olor asqueroso que no se quita con facilidad, también me hacen pasar hambre. Desde luego que entran ganas de meterles una piña por el culo [minuto 8:20 de la película Little Nicky @ YouTube]. Sería una forma de que ellos sufrieran la externalidad de mi deseo sangriento.

Madrid es una ciudad increíble donde virtualmente puedes encontrar de todo. El cielo de Madrid tiene un color distinto y maravilloso que se prolonga infinitamente en el tiempo, con amaneceres eternos y atardeceres larguísimos. Madrid dispone de cultura que se desborda por cada rincón. Madrid invita a hacer y mantener amigos. Madrid tiene una arquitectura y unos edificios encantadores. Madrid tiene Historia, con mayúsculas. Madrid tiene un sistema de transporte envidiable y que realmente funciona. Pero Madrid apesta a tabaco. Madrid hiede día y noche a una de las peores plagas que vivimos en nuestros tiempos. Madrid concentra más gente egoísta e incívica por kilómetro cuadrado que cualquier otra ciudad que haya visto o visitado. Y los políticos, afanados en rascar unos pocos votos para garantizar la permanencia de puesto y flujo a sus oscuros negocios, no hacen —ni harán— nada por arreglarlo. Madrid apesta. Y es una pena.

jueves, 22 de julio de 2010

Miami y Everglades - Florida

En el anterior capítulo de la saga de Florira [El Centro Espacial Kennedy - Orlando], comenté que la visita a Cabo Cañaveral fue la mejor experiencia del viaje de dos semanas que hicimos mi mujer y yo con una pareja de amigos a Florida a finales de septiembre del año pasado. Visitar el centro espacial fue una ruptura a la monotonía de los parques de atracciones de Disney y Universal [Los parques de atracciones en Orlando] y a la sobredosis de outlets y centros comerciales [Jet Lag prorrateado] que predominaron en el día a día de esas dos semanas.

La otra actividad diferente se planteó en la visita a Miami y recogiendo la única condición que puse para viajar a Florida: visitar el Parque Nacional de los Everglades [@ Wikipedia]. Dada la escasez de parques naturales de estas características en la isla donde vivo, me atraía muchísimo dar una gran caminata por esos parajes. Al fin y al cabo, si uno se gasta una pasta en viajar, al menos que sea para vivir experiencias distintas a las que puede encontrar en su sitio habitual de estancia. Y por muy impresionantes que sean los centros comerciales en EEUU, en Gran Canaria también los hay.

Distrito Art DecóLa visita a Miami fue fugaz. Aprovechamos para ver a familiares, sub-rama que emigró a cuba hace un siglo y de allí saltó a EEUU y que hay en el árbol familiar de mi mujer, y como lanzadera para ir frescos al día siguiente tempranito a los Everglades, lo que yo más deseaba de este viaje. Pasamos noche en Ocean's Drive, calle de apenas unos pocos cientos de metros que se tarda una hora en cruzar en coche por la tarde y por la noche porque está llena de gente buscando gente. Un sitio horrible. Lo positivo es que el hotel en el que pasamos noche, pese a que la primera habitación que nos dieron estaba plagada de cucarachas, resultó ser muy cómodo y agradable, con el estilo típico del distrito en el que se ubica: El Distrito Art Decó. Además, pertenece a Gloria Estefan [Cardozo Hotel] y ya nadie podrá negarme nunca que pasé la noche en la cama de la afamada cantante. Al menos en una de ellas. Otra cosa bien distinta es que la pasara, además, con ella. Esos son detalles sin importancia. Aunque, para mi gusto, la pasé con una persona que me gusta más: mi mujer.

El Distrito Art Decó [@ Wikipedia], también zona de marcha importante de South Beach, como decía antes, resultó muy pintoresco. Para mi gusto muy mal tratado, porque había bastante suciedad y los edificios daban muestra de decadencia. O tal vez este fuera el atractivo que no supe apreciar. Dicho distrito, además, está a pie de playa. Playa a priori impresionante, por la blancura de sus arenas, pero yo he vivido toda mi vida en una isla llena de playas con encanto. No valoro igual ese tesoro teniendo mi propia riqueza. Supongo que para alguien que haya crecido toda su vida en una meseta, alejado de costas y playas, será lo más fantástico del mundo mundial y alucinará con la playa de South Beach. No fue mi caso. Yo no necesito cruzar el Atlántico para eso. Eso sin contar que todas las mujeres que hay en Miami tienen silicona en las tetas. ¿Se puede ser más sintético en la vida? Me quedo con las féminas autóctonas de canarias, más naturales, pese a su peculiar forma de hablar tendente al poligonismo. Siempre que mi mujer ande mirando para otro lado, claro.

Pero antes de llegar al hotel paramos a comernos una frita en Calle 8, el reducto —más bien una colonia en toda regla— cubano. La calle en sí es enorme —de hecho conduce, en línea recta, y sin percatarte de cambios significativos, a la carretera 41 que cruza el estado de costa a costa—, aunque la zona típica es algo más reducida. Allí paramos a comer una especia de hamburguesa típica que Luis me había recomendado probar. Sin lugar a dudas muy buena. Pero fue lo único interesante del lugar. Por lo demás, la Calle 8 tampoco me pareció gran cosa. Cierto que uno es poco impresionable, pero es que calles sucias, desatendidas, con pintadas y etnias específicas, las hay en todas partes. En Las Palmas, por ejemplo, tenemos la calle de la Naval, que me pase ahora a la memoria.

Coquetería canina en Miami

Resumiendo, Miami no me pareció tampoco un sitio destacable. Ni recomendable para ir de vacaciones. Los pocos edificios grandes que hay en South Beach ofrecen una buena instantánea. Si encuentras un buen lugar desde el que poder fotografiarlos. Mejor de noche. Por lo demás no supe encontrarle el encanto. Y adolece del mismo mal que Orlando: no te puedes mover por la ciudad sin coche. Además, ignoré el paseo en barco para ver las casas de las estrellas. Supuestamente la otra gran atracción de Miami. La idolatría a famosillos de medio pelo me trae un poco sin cuidado. Por mí como si se los comen los aligatores. O los abducen extraterrestres deseosos de practicar exploraciones rectales con ellos.

Lo único realmente destacable de aquel día fue la visita a los familiares. Impresionante el trato que nos dieron y la cena en el restaurante típico cubano al que nos llevaron. Siendo unos completos desconocidos me hicieron sentir como familia de toda la vida. Estuvimos hasta las tantas charlando. Fueron cinco horas geniales. En tan poco tiempo conseguimos disfrutar más de lo que pudimos disfrutar sumando la mayor parte de los días que estuvimos en Orlando (quitando la visita a Cabo Cañaveral, claro). Nos quedó pena de no haberlo programado de otra forma y no poder quedarnos unos días con ellos. Ya teníamos pareja para el baile. Ha quedado pendiente una visita más larga y mejor programada para disfrutar con ellos más tiempo. Esperemos no tardar mucho en cumplir la palabra.

Tal vez en esta nueva visita consiga visitar los Everglades como yo quería. Y llegarnos a Cayo Largo y recorrer las impresionantes autopistas sobre el mar que se ven en la película Mentiras arriesgadas [@ FilmAffinity]. ¿O esas salían en otra película?

Entre lo que mi imaginación daba por hecho que sería la visita a los Everglades y lo que fue, hubo una grandísima diferencia. Casi un salto cósmico, me atrevería a afirmar. Para empezar, yo me imaginaba caminando por los caminos que me había referido el amigo Luis en sus crónicas, guiado por un ranger. Segundo, que sería una paseo sin límite de tiempo. A nuestra bola, comiendo en algún chiringuito de la zona, como me había señalado sulaco [Distorsiones]. Ni lo uno ni lo otro. Paseo larguísimo en guagua con una conductora que no paraba de cacarear cosas sobre la ciudad y concertado desde el mismo Miami. Un show mediatizado, manido y remanido, con cocodrilo domesticado. Pagar por cada foto que te haces con un bicho y la posibilidad de comer una hamburguesa de carne de cocodrilo. Eso sí, con tiempo límite porque la guagua no esperaba. No creo que llegara a estar más de dos horas en el lugar antes de volver a Miami. Vamos, ni color con lo que mi imaginación esperaba que fuera la experiencia. Yo deseaba algo al estilo de lo que te cuentan en la web de Miami [Everglades para turistas]. Eso sí, el paseo en el bote aéreo fue cojonudo. Aunque corto.

El show del ranger y el cocodrilo

Con el capítulo de hoy doy por finalizada las avenencias y desavenencias del viaje a Florida en el que nos embarcamos hace ya casi diez meses y del que, para mi desgracia, traje las maletas llenas —pagando incluso cien dólares de sobrepeso por ello— de malas experiencias. Sin embargo creo que, con otro planteamiento de base, la experiencia de Florida podría haber sido una gran experiencia y no un gasto compartido a medias como resultó ser. Una pena. Pero es lo que tiene viajar con gente que no comparte tus mismas inquietudes y tus mismos anhelos. Aunque todo esto ya es agua pasada y ha acabado importándome poco, tras todos estos meses.

En cualquier caso, el acercamiento a la familia de mi mujer nos permite que en el futuro dispongamos de una base de operaciones desde la que poder replantear la experiencia a vivir en ese estado. Aunque, dado el gran mundo que hay que ver, y el poco tiempo que nos toca vivir, no tengo yo muy claro que pise esa tierra nuevamente más que de paso a algún otro destino de ese país que ha venido en autoproclarmar a su presidente el hombre más poderoso del mundo… Ya les vale. Para eso y para —a ver si esa vez sí que sí— pasear a mi gusto por los Everglades y pelearme con un cocodrilo como hiciera el Tarzan de mi niñez, que con taparrabos y mucha mala baba en blanco y negro acuchillaba al pobre bicho sin piedad.

martes, 20 de julio de 2010

'La última lección'

Hoy voy a contar un secreto. Pienso en la muerte. En mi muerte. No sabría decir si muchas o pocas veces. Aunque tengo la sensación que es más bien poco. No es cada día, claro. Tampoco puedo decir que sea una vez al mes. Ni cuantas semanas pasan entre dos pensamientos de este tipo. Simplemente pasa. A veces pienso más, a veces menos.

Tampoco sé si es bueno o malo. Simplemente sucede. Estoy ensimismado (¿o sería «enmimismado»?), tal vez sentado en una guagua o cualquier transporte público mirando al exterior por la ventana y, repentinamente, me doy cuenta que estoy pensando en la muerte. En mi muerte.

No me siento triste por ello. Ni angustiado. Tampoco me veo a mí mismo deseando que llegue para acabar con algún sufrimiento oculto y enquistado con el que no he sabido convivir. A estas alturas he aprendido a disfrutar de mí mismo. Y no me siento particularmente feliz pensando en ello. Diría más bien que es un sentimiento aséptico. Simplemente pongo mi muerte en perspectiva. Me dibujo a mí mismo ante la situación y me pregunto si, llegado el momento, podría decir que ha merecido la pena vivir mi vida. ¿Tendría el atrevimiento de llegar a decirle a alguien que me tomara como ejemplo? ¿A mis sobrinos que ahora ya están entrando en esa difícil y hormonada edad que son los 15 años? ¿O habría sido mi vida lo suficientemente interesante como para que los amigos, tal vez los pocos que he ido encontrando y manteniendo durante mi vida, exclamaran con gesto alegre frente a mis cenizas «¡he aquí a un tipo que vivió feliz y murió orgulloso!»?

A veces creo que lloramos a los muertos no porque nos importe realmente la pérdida. Muchas veces sería generoso decir que los conocíamos realmente. Hace poco han muerto algunos familiares, pero poco podría decir de ellos como personas. Nada más allá de la superficie.

Creo que muchas veces los lloramos porque creemos que su vida quedó inacabada y que les faltó las cosas importantes por vivir. O porque nos recuerdan, con su muerte, que nuestras vidas están incompletas. Son como avisos previos antes de la gran cita ¿Tal vez no sea más que nuestra proyección de nuestros miedos por decaer en unas existencias no saciadas? ¿Lloramos por nosotros? ¿O por la consciencia del mal uso que damos al tiempo que nos toca vivir? Nuestras lágrimas son un lamento no por nuestra pérdida, sino de pena por una vida incompleta, banal y que, por desgracia, ya no dispondrá de tiempo para ser corregida. Es lo que a veces creo.

La muerte es inevitable, eso es algo que sé. Que todos sabemos. Pese a que la mayoría de la gente rehuya de ella. Negándola en esa forma obstinada en que se niegan las cosas: evitando pensar en ellas, girando la cabeza. Sin embargo, ser consciente de nuestra caducidad nos puede guiar sobre los pasos que deberíamos dar para conseguir que nuestra propia y fugaz existencia tenga algo de valor. Al menos para nosotros mismos. Y, por mis propias creencias, lo que realmente tiene valor es aquello que también resulta apreciable a las personas que queremos. No hay nada más triste y patético —en mi humilde opinión— que el éxito en solitario.

Así es cómo pienso yo en la muerte. En mi muerte. Como alguien ajeno a mí mismo que me estuviera dando consejos sobre cómo mejorar mi vida para no arrepentirme de no haber vivido. Cosas como «¿es esta la elección que quiero recordar dentro de unos años?»

Vale, puedo resultar estrafalario. Pero si el cubo de la basura o la carretilla se abollan, nadie se compra uno nuevo. Quizá sea porque no usamos el cubo y la carretilla para comunicar nuestro estatus social ni nuestra identidad a los demás. Para Jai y para mí, los coches abollados se convirtieron en una declaración de principios de nuestro matrimonio. No todo necesita arreglarse.

Tal vez tenga algo que ver lo que leí allá por el 2007, a poco de cumplir los 35 años, haciendo calentamientos de cara a la crisis de los cuarenta, escrito de forma genial por el siempre magistral Frikosal [Teología Ficción: La doctrina del perpetuo revivir]. Recomiendo mucho leer a este hombre de prosa ligera, ideas claras, inquietudes infinitas y fotógrafo excepcional. Especial atención merecen las reflexiones de sus entradas de teología recreativa.

En cualquier caso, tampoco me obsesiono demasiado con ello. Aunque los anteriores párrafos puedan dar lugar a creer lo contrario. Duermo poco. La mayor parte del día mi cerebro funciona en pos de temas más prosaicos. Cuando funciona. Pero sé que la muerte sucederá cuando tenga que suceder. Me guste más o menos. Aunque hay quienes creen que la vida es, en realidad, una preparación para la muerte. De hecho, salvo que seas un ateo irredento, entrarás dentro de ese increíblemente inmenso grupo de gente, seas cristiano, musulmán, judío o budista, que creen que la vida es, precisamente, un conjunto arbitrario de sucesos para poner a prueba tu fe y, con ello, aprobar o suspender en el salto a la otra vida. Un examen constante en el que el tiempo lo limita tu existencia corpórea. ¿No resulta curioso que, de una forma u otra, todos obremos dirigidos por la inevitabilidad de la muerte? Al menos a mí sí me lo resulta. Unos movidos por el ansia de recompensa y premio en la otra vida —o enfocándolo a huir del castigo— y otros empecinados por hacer de esta una vida que haya merecido la pena. Y a poder ser perdurar en la memoria de unos pocos un poco más allá de nuestro tiempo.

No costará mucho imaginar que, con este mal de fondo, que algunos considerarán como pensamientos enfermizos, me sintiese inmediata e irrefrenablemente atraído por el libro 'La última lección' [@ Wikipedia] cuando, seducido tanto por su título como por su portada, lo extraje de la estantería de la librería en la que estaba y leí la reseña que traía en su contraportada. A su autor, Randy Pausch [@ Wikipedia], le habían dado seis meses de vida y quería enseñarnos lo importante que es vivir la propia vida. Está muy bien eso de fantasear con los consejos que me daría —o daría a otros—, cuando me llegara la hora, sobre de qué forma sería mejor vivir el tiempo que me/nos ha tocado. Pero ante lo incierto del cuándo, la fuerza de los argumentos se disipa y se pierde en la improbabilidad del tiempo inmediato. Ya se sabe que, en el fondo, nuestro cerebro es incapaz de hacer planes y tener perspectiva auto consciente del día que va tras mañana. Pero ante mí tenía la prosa de alguien que ya conocía el cuándo, por lo que aquello que pudiera decir tendría, además, el valor de la experiencia.

No lo dudé mucho y me lo llevé. Ha estado unos cuantos meses a la espera. Que en el momento de comprarlo me resultara atractivo por su temática no significa que mi mente tuviera otras preferencias a corto plazo. Como decía, la muerte no es tampoco un tema que me obsesione en exceso. Pero como a todo cerdo, le llegó su San Martín, y, en una especie de reinicio de la cola de espera de libros, busqué qué leer a continuación del que acaba de leer y se ubicó como opción inmediata.

El libro cuenta los preparativos y ahonda en los temas tratados en la conferencia que lanzó a la fama de Randy Pausch [Randy Pausch Last Lecture: Achieving Your Childhood Dreams @ YouTube]. Yo no la había visto y desconocía al autor y su fama cuando compré el libro, pero después de leer el libro dediqué un tiempo a ver la conferencia. Si alguien la ha visto y no ha leído el libro, aclarar que el libro apenas aporta mucho más a la historia del protagonista de lo que es la propia conferencia. Aunque son formatos completamente distintos. La prosa del libro rebosa ganas de vivir y vitalidad. Pero también es muchísimo más íntimo. Estás compartiendo pensamientos en privado, casi susurrados, en la intimidad de tu casa. Puedes volver atrás y rumiar otra vez los últimos párrafos especialmente intensos que acabas de leer. Tampoco estás cohibido por cientos de personas que comparten habitáculo contigo. Sin embargo, verlo contar las experiencias en persona es así mismo toda una experiencia. Resulta muy intenso. Choca muchísimo. ¿Cómo es posible que un tipo que sabe que la va a palmar en unos meses derroche tanta energía y tanta cantidad de buen sentido del humor? Te dan unas ganas enormes de tirarte al suelo a hacer flexiones con él. El libro y el vídeo son complementarios y merece la pena dedicarle tiempo a los dos. Aunque, por eso de fantasear con improbables, si tuviera que escoger uno para llevármelo a una isla desierta, optaría por el libro. Como dije, me resulta mucho más íntimo y personal.

   —¿Cuántos hombres hay en el campo de fútbol al mismo tiempo?
   Once por cada equipo, contestamos. Es decir, veintidós.
   —¿Y cuántos tocan la pelota en un momento dado?
   Uno.
   —¡Correcto! Pues nosotros trabajaremos lo que están haciendo los otros veintiuno.

Aunque generalmente no me recreo —ni permeo en exceso— en lo emocional, sí que es cierto que me emociono con facilidad. Después de todo, pese a la cubierta de chocolate blanco y a la armadura de cinismo, tengo mi corazoncito. Confieso que me emocioné, al punto de ojos vidriosos, viendo el anuncio de la abuela premiada con la ONCE [@ YouTube]. Por poner un ejemplo que ahora me viene a la mente de cuán ñoño puedo llegar a ser. Quedarme en ese estado de aflicción al punto de la lágrima me ha pasado pocas veces. La última, con algunos párrafos de 'La última lección'. Es un libro, a mi modo de entender la vida, muy emotivo. Cierto que la prosa es mala, mucho, sintiéndolo francamente por el escritor o por el traductor. Pero la reducida calidad de la prosa no resta puntos a un libro que no busca explotarla como recurso principal, sino como mecanismo para hacer llegar las ideas. En ese aspecto es clara y funcional. Para mi gusto, algunas de las situaciones que cuenta, incluso algunos de los pensamientos que refleja, son sincera y llanamente, magistralmente humanos. Para llorar a moco tendido, si tu educación te lo permite. Son exposiciones magníficas de instantáneas de la vida de alguien que se gana el respeto de la gente por ser, precisamente, un ser humano ejemplar.

El libro ha rozado la categoría de must read. Se ha quedado a las puertas. Principalmente porque me ha resultado especialmente vitalista, que anima a arrimar el hombro, esforzarnos, en dar sentido a nuestra existencia, que empuja a agarrar la vida con ambas manos y que, en esencia, nos pide que no dejemos nunca de soñar ni de ser nosotros mismos. Algo que en estos tiempos de monotonía en la identidad de las personas y de crisis existenciales, además de económicas, es casi una balsa salvavidas. Sin embargo, la estructura de muchos micro capítulos, algunos de apenas un par de páginas, en las que se presenta el libro hace que la lectura resulte desigual, con muchos altibajos. Como el que ve un álbum plagado de instantáneas desordenadas. Algunas con tan poca definición que cuesta identificar los rasgos de la persona. A mi modo de ver, hay vivencias referidas en el libro que resultan puramente redundantes —algunas veces— o carentes de aporte a la fuerza argumental del hilo conductor —la mayoría de las veces—. Vamos, que hay mucha paja y que el libro bien podría haberse quedado en las dos terceras partes sin perder ni un ápice de su carga emocional y existencial, ni de su mensaje sustancialmente humano. En cualquier caso sí que considero que entra dentro de la categoría de los recomendados. Mucho. Por méritos propios y con pleno derecho.

No estiro más la larga entrada de hoy y acabo lanzando una pregunta que aparece en las primeras páginas: «Si tuviéramos que desaparecer mañana, ¿qué querríamos dejar como legado?» Espero que sirva para reflexionar a algunos.

No podemos cambiar las cartas que se nos reparten, pero sí cómo jugamos nuestra mano.

Randy Pausch

domingo, 18 de julio de 2010

El día que Steve Jobs destruyó las relaciones humanas, de rebote se cargó la sociedad y el mundo, y perjudicó seriamente la salud de mi abuela

Hace unos días —en realidad bastante más de unos días— caminaba tranquilo en estado de consumista predispuesto. Ese estado en el que paseas tranquilamente por tiendas y comercios, pero sin una finalidad concreta más allá que curiosear y, eso sí y siempre, con la mano intranquila deseosa de sacar la cartera si la oferta resulta lo suficientemente atractiva.

En tan lamentable estado me acerqué a unos grandes cajones, de esos que ponen en todos los comercios, independientemente de lo que vendan, lleno de películas en formato DVD a precios increíbles. No me siento particularmente atraído por este formato. Hace mucho tiempo di el salto al formato de alta definición por excelencia [Blu Ray, PlayStation 3 y la terrible estupidez humana por querer ser el primero]. Algo de lo que cada vez estoy más satisfecho. Sin embargo, las ofertas en DVD me recuerdan a mi abuela. Principalmente si, además, son películas clásicas o, vulgarmente conocido, cine en blanco y negro del de antes. Hace unos años le regalé un buen reproductor de DVD y, cuando se presenta la oportunidad, le compro alguna película antigua. De esas que ella disfrutó cuando era joven. No hay nada como el buen cine para alegrar a una vieja (y eso que mi abuela no es especialmente vieja). Y a mí me hace muchísima ilusión regalarle esas películas porque la veo entusiasmada. Es consumismo, lo sé, pero un gesto tan sencillo como gastarse cinco o seis euros alegra a mi abuela con dos horas de buen cine.

Hace menos tiempo tuve una pesadilla. En ella me acercaba a uno de esos cajones. Estaba completamente vacío. En el fondo había un papel manuscrito en el que se leía «creo que el mundo no necesita más DVD ni Blu-Ray» y estaba firmado por Steve Jobs. Lo llamé. Extrañamente en mi sueño tenía el teléfono de Jobs y, más extraño aún, hablaba perfecto castellano —más bien el canarión del cabrón de la clase de tercero de bachiller—. Así que me quejé y le dije que no podía hacer eso. Su respuesta fue sencilla: «ajo y agua». Y se reía con voz de niño perverso. Cuando conseguí que me diese una explicación más coherente me dijo que el futuro eran los implantes capilares de fibra óptica con receptores WIFI de alta definición que me permitirían ver directamente en el cerebro una gama de colores que no me hubiese imaginado. Eso sin contar las sensaciones únicas e inexplicables que viviría con los contenidos directamente descargados de Internet con banda hiperancha tetradimensional a mi cerebro. Eso sí, tendríamos que pagarle a él (por eso de hacer estándares que únicamente funcionan con sus equipos y programas) ya que poseía todas las patentes.

Repentinamente, imaginando todas las implicaciones de aquella estrategia, me sumergí en una insoportable angustia. Entonces desperté agitado.

Ya más tranquilo pensé, entristecido, que de ser cierto que quiere erradicar el formato físico del mundo, ya no podría volver a regalarle una película a mi abuela. Ese pequeño gesto de comprarla, acercarme a su casa y tomarme un té mientras la vemos juntos. ¿Y cómo le prestaría a mis amigos esa película tan fantástica y que atesoro con mucho cariño? ['Home', precioso canto de amor a la Tierra]. ¿O lo de llamar a los amigos y proponer ir a su casa para ver una de las películas que he comprado unos días antes mientras cenamos una pizza? ¿Steve Jobs quería robarme esos pequeños momentos de placer social con los amigos? ¿O lo de acordar con mi padre hacer un pedido conjunto a Amazon UK porque la libra ha caído y allí las películas se venden a precios razonables mientras que en la república de España siguen sacándote los ojos por una película de hace dos años? ¿Quería quitarme también esas pequeñas empresas padre-hijo por el capricho de un tecnófilia extrema al creerse un ser endiosado?


Todas esas preguntas me pasaban por la cabeza tras ese despertar violento y me decía que no era posible que un hombre que había levantado una empresa como Apple, tan encariñada con el usuario final, que nos mimaba tanto, llegase a negarle esos pequeños placeres de compartir y disfrutar con amigos y familiares. ¿No hay que ser muy mala persona para quitarle eso a la gente? Me acosté tranquilo sabiendo que no, que eso no podía ser posible. Mi amigo Steve Jobs no me haría eso.

¿A que es una bonita historia hasta el momento? Pero la realidad nunca es tan humana.

Pues parece que sí, que Steve Jobs pretende quitarnos [Steve Jobs asegura que las descargas derrotarán al Blu-Ray @ Applesfera] esos placeres que, al menos yo, aprecio tanto. No niego que eso no vaya a ocurrir, pero supongo que en países como España, donde el humus técnico aún está muy pobre, a esos arbustos tecnológicos les llevará otros diez años empezar a crecer. Para entonces espero haberle puesto a mi abuela un equipo tipo GoogleTV [@ Google] o un Apple TV [@ Apple] que pueda manejar con la voz, que a cada casa llegue la fibra óptica, que la banda ancha se haya declarado bien necesario e indispensable de primer orden constitucionalmente para que los precios sean asumibles por la recortada pensión de una jubilada, que todo se pueda almacenar en la nube, y que la gestión de contenidos favorezca la creación de grupos familiares que puedan disfrutar del mismo contenido de forma comunal. ¿Es que me van a prohibir prestarle a mi padre una película que yo he comprado?

El modelo que está proponiendo la industria, el mismo que defiende Steva Jobs, y a mi modo de ver, desfavorece la interacción social con los amigos y familiares. Promueve el individualismo y el sedentarismo. En resumen, da otro pasito más en el camino de Los sustitutos [@ FilmAffinity]. No es un modelo que me disguste especialmente, pero tampoco que desee abrazar con fuerza. Al menos no en un futuro cercano. Sin embargo, supongo que será el modelo al que acabará tendiendo todo. Yo me opondré con todas mis fuerzas mientras la industria del Blu-Ray siga siendo una alternativa [La Blu-Ray Disc Association responde a las críticas de Steve Jobs @ Applesfera]. O hasta que cambie de opinión, que ya se sabe que soy muy voluble. Pero hasta que eso ocurra, yo seguiré disfrutando de la mayor calidad posible que me brinden los discos de alta definición que, pese lo que pese al que escribió el último artículo referido y a su fanatismo ciego, son muy difíciles de rayar. Seguiré comprándolos a medias con mi padre, que conjuntamente ya tenemos más de cien películas en este formato. Y seguiré tranquilo sabiendo que mi abuela podrá seguir disfrutando de películas en un modo fácil y cómodo de manipular para una persona mayor.

Para acabar, unas palabras sobre el título de la entrada de hoy. Puede parecer un poco excesivo, lo sé. Se trata de un recurso a las emociones. Forma parte de las falacias informales dentro de los prejuicios cognitivos [@ Wikipedia]. ¿Soy mala persona por ello? ¿Por intentar manipular las emociones de los demás para reforzar mi discurso? Vaya, de verdad que creí que era lícito usarlo cuando hasta las compañías que se mueven principalmente estimuladas por el ánimo de lucro lo hacen. Incluso Apple recurre a ello [Nuevos anuncios del iPhone 4, Apple tocando la fibra sensible @ Applesfera]. ¿A que viendo esos anuncios a uno se le enternece el corazón y le dan ganas de comprar el nuevo iPhone? ¿Y a que no te sientes «manipulado»? Pues espero que con el título de esta entrada a Steve Jobs —y sus cien mil fanáticos— se les ablande el corazón y se apiaden de mi abuela. Para mí su salud es importante.

martes, 13 de julio de 2010

iPhone, MonoTouch y la insoportable levedad del ser: El servidor

Primero fue iPhone, MonoTouch y la insoportable levedad del ser: El Comienzo. Luego vino iPhone, MonoTouch y la insoportable levedad del ser: El Cliente (la prueba). Ahora, en otra espeluznante vuelta de tuerca, le toca el turno al servidor.

Pero antes, abro un pequeño inciso para comentar que ha salido un libro sobre MonoTouch. Mientras escribía el primero de los artículos de esta serie leí (qué grande es el RSS, sí señor) que habían publicado el primer libro -en realidad el segundo- sobre programación con MonoTouch: 'Professional iPhone Programming with MonoTouch and .NET/C#', de la editorial Wrox [@ Amazon]. A día de hoy, lo único que sigo descargando de Internet son libros técnicos. Toda la música y las películas las compro (ya hablaré sobre eso). Pero los libros técnicos los sigo descargando, pues no suelo ni leerlos completos ni mantenerlos mucho tiempo una vez leo lo que me interesa. El resto de libros sí que los compro, so pena de que mi mujer acabe echándome de casa por la cantidad de papel que voy acumulando. Motivo éste, también, para recurrir a lo que la ministra de cultura, en una voltereta mortal al concepto en sí, denomina «piratería», para conseguir los libros técnicos. Del libro en cuestión ya tengo mi copia legal (aunque no muy lícita) en mi disco duro. Sin embargo no he tardado un suspiro en solicitar mi copia impresa (que tardará casi un mes en llegar) por menos de 30 €. Estoy muy entusiasmado con esta tecnología, lo confieso. Lo que me lleva a hacer este tipo de tonterías. Pero mientras llega, seguiré leyendo mi copia legal. Espero que la guardia civil no aporre mi puerta mañana.

Sería bueno que Apple rectificara ya su sección 3.3.1 [Apple podría cambiar la sección 3.3.1 para evitar una investigación antimonopolio @ Appleismo]. No solo porque se evitarían la investigación antimonopolio que también se está planteando en Europa [Apple podría enfrentarse a una investigación antimonopolio en Europa @ Faq-Mac]. Un cambio en la sección 3.3.1 permitiría «estandarizar» .NET como plataforma de desarrollo para iPhone. ¿Y por qué sería bueno? O, mejor preguntado, ¿por qué podría llegar a suceder eso? Pues porque los chicos de Mono están trabajando duramente en una versión para Android: MonoDroid, de la que ya está abierto el programa de trabajo beta [MonoDroid - Mono for Android Beta Program @ Miguel Icaza's Blog]. ¿Alguien me presta un teléfono con Android para probar? Prometo cuidarlo bien, aunque no creo que llegue a devolverlo. Pero no veo la aparición de MonoDroid como una especie de «trabaja una vez y usa en muchas plataformas»; algo que, de todos modos, sería fantástico. Pero más allá de que no se podrá aprovechar el código escrito para el SDK específico de iPhone o de Android, los cuales difieren, sí implica que se podría emplear un mismo lenguaje de programación y, por consiguiente, patrones —e idioms— del lenguaje. O existir bibliotecas de clases para funciones diferentes a las de interfaz de usuario que permitiesen reutilizar código. Se abre un universo de posibilidades.

También estos días he leído un rumor sobre que Apple podría estar preparando un nuevo lenguaje de programación para sustituir Objective-C [Apple podría estar preparando un nuevo lenguaje de programación para reemplazar a Objective-C @ Applesfera] que como todos los rumores se debería coger con pinzas. En cualquier caso yo diría que ese «nuevo lenguaje» ya existe y, perfectamente, podría ser .NET. Sea o no a través de MonoTouch.

En cualquier caso parece que la aparición de este libro permite hacer creer que habrá un sector creciente de gente que tenga ganas de programar para iPhone aprovechando su conocimiento de .NET. Ya veremos. Pero yo me estoy replanteando seriamente adquirir la licencia de desarrollo.

De todas formas, para el puntilloso, comentar que ya existe la posibilidad de desarrollar soluciones multiplataforma: PhoneGap [Homepage]. Sería usando JavaScript y espero tener la oportunidad de probarlo con un poco más de calma y, aún mejor, tener tiempo para escribir sobre ello. Sin embargo, por gustos, yo me decanto más por C# y la cantidad de cosas que ofrece su sintaxis y que, hasta la fecha, no he podido ver en JavaScript (¿dije «tipado fuerte»?).

Fin del inciso. Aunque se podría decir que esto, más que un inciso, es una anotación dentro de una anotación. Qué plasta que soy.

Como decía al principio, hoy le toca la vez a la parte de servidor. En realidad, para ser estricto, la aplicación en sí no necesita la existencia de tal parte. Para las chorradas que podría decir el «adivino», Numerón, se puede perfectamente embeber en la propia aplicación. Pero a efectos del experimento lo consideraba vital. Así que, aunque el servicio en sí sea algo ridículo, vamos a intentar conectar la aplicación cliente con un servicio web hecho a medida.

Tal como hice con la parte cliente, no es mi intención escribir otro tutorial sobre el asunto. Aunque al final acabe adquiriendo cierto tufillo a tutorial. En Internet hay unos cuantos a un click de Google. Por ejemplo, tienes el vídeo Create a web service on Monodevelop C# Linux en YouTube y una serie de documentos PDF en español [Entendiendo Web Services con MonoDevelop]. Entre cientos, si no miles, de documentos y vídeos por el estilo.

En mi caso he creado una Aplicación Web ASP.NET y, luego, he añadido un nuevo archivo de tipo Servicio Web con code behind.



A efectos de la prueba, basta con escribir un código similar al siguiente.

public class NumeronDice : System.Web.Services.WebService
{
  
   public NumeronDice () {}
  
   [WebMethod]
   public RespuestaNumeron Numero ( DatosPersonales datos ) 
   {
   return new RespuestaNumeron ( 42, 
                   string.Format ( "¿Pero de verdad crees en la adivinacion, {0}?", datos.Nombre ) );
   }
  
}

¿Qué ves de «extraño» en el código? Además de usar un tipo de datos, DatosPersonales, como parámetro de entrada y otro, RespuestaNumeron, como resultado. Es uno de esos malos hábitos que he adquirido con los años al «diseñar» servicios web. No, eso no es. Parece una falta de ortografía, pero «adivinacion» sin tilde no es porque yo haya querido dejarlo así. Aún no he conseguido que MonoDevelop me permita escribir tildes. He consultado en el IRC, he leído en el foro y todo apunta a una limitación a la hora de procesar las combinaciones de teclas del port para MacOS de GTK+. O una limitación mía para entender las discusiones en lenguas bárbaras como el inglés. Este ha sido el único contratiempo que le he encontrado al MonoDevelop hasta el momento. Bueno, lo de las tildes y que de vez en cuando le da por colgarse. Generalmente cuando intento escribir la descripción de una región y, por costumbre, o por la letra aprehendida con sangre, intento poner tilde sobre alguna vocal. En esas raras ocasiones se produce un salida imprevista del entorno y toca rezar para que el autoguardado me reponga del susto.

Lo de usar estructuras de datos (clases) como parámetro de entrada y salida es, también, porque deseaba comprobar hasta qué punto funciona la integración de servicios Web SOAP en el código de MonoTouch. A efectos de este pequeño breviario, baste decir que son clases bastante «tontas» sin ninguna funcionalidad más allá de definir propiedades (getters y setters) para que se pueda serializar y deserializar automáticamente a la hora de usarlos en el servicio web.

Si ahora lanzamos la ejecución de la aplicación, podremos acceder a la descripción del servicio en sí (que se asoció al método público con el identificador «Numero»).



Hecho el servicio Web, quedaría incluirlo en el cliente. Aquí me he encontrado con una limitación de MonoDevelop. En realidad es que no he sabido cómo hacerlo, así que busqué una alternativa para salir del paso. Ya seguiré indagando a ver si consigo lanzar dos proyectos a la vez: la aplicación web y el cliente iPhone cuando ambos están bajo la misma solución. Y, hasta donde yo sé, no puedo abrir dos soluciones al mismo tiempo con MonoDevelop. En fin, que para no andar perdiendo mucho tiempo en estas complejidades menores, comentar que existe una forma de salir del paso, como decía. Ya buscaré un mecanismo más elegante de hacer esto mismo. El mecanismo paliativo pasa por lanzar el entorno desde línea de comando. Dos veces. Hala, ¿a que es sencillo? Eso sí, asume que la salida de la aplicación será luego algo abrupta. Tendrás que forzar el cierre del terminal. No siempre, aunque muchas veces el Cmd+Q típico suele dejar colgada la sesión de terminal.



Pudiendo arrancar el servidor —de hecho hay que hacerlo— en una instancia de MonoDevelop y el cliente en otra, podemos crear la referencia al servicio web y depurar cada elemento por separado. Sin embargo, no nos vamos a meter a depurar. Baste ahora con la posibilidad de crear la referencia al servicio web desde el proyecto cliente. Para ello, con la parte servidor en funcionamiento, seguiremos la secuencia de pulsar botón derecho sobre el nombre del proyecto en la vista de solución, «Añadir;» y «Agregar referencia web». En el diálogo rellenar la URL del servicio, el nombre con el se quiere crear y, esto sí es importante de momento, indicar que se trata de un servicio web .NET 2.0 en lugar de uno de la más moderna arquitectura WCF [@ Wikipedia | @ MSDN Microsoft] que, sin embargo, es el que ofrece por defecto. Hay un How-To que enseña los pasos a dar para hacer uso de la variante WCF [Using WCF @ MonoTouch Wiki].



La invocación del método desde el código cliente, una vez se ha creado la referencia al servicio web, podría tener la siguiente forma:

private SWNumeronDice.RespuestaNumeron CalcularNumero ()
{
   SWNumeronDice.DatosPersonales datos = new SWNumeronDice.DatosPersonales ();
   datos.Nombre = this.nombreTextEdit.Text.Trim ();
   datos.Apellidos = this.apellidosTextEdit.Text.Trim ();
   datos.FechaNacimiento = _diaNacimiento.Value;
   datos.FechaPrediccion = _diaFuturo.Value;
   datos.Sexo = (this.sexoSegmentedControl.SelectedSegment == 0) ? SWNumeronDice.DatosPersonalesSexo.Hombre 
         : SWNumeronDice.DatosPersonalesSexo.Mujer;
    
   return new SWNumeronDice.NumeronDice ().Numero ( datos );
}

La inclusión de un servicio web dentro del cliente para iPhone usando MonoTouch mantiene el mismo esquema que teníamos para los clientes de escritorio, donde se crean versiones con tipado de las estructuras que se pasan como parámetros y/o se obtienen como respuestas. Esto permite tener el código funcionando en cuestión de minutos mientras nos aseguramos que en tiempo de compilación se detectarán problemas de tipo de datos.

Con la respuesta, se podría hacer algo como:

public override void ViewDidLoad ()
{
   Title = "Numeron dice...";
   numeroLabel.Text = this.respuesta.Numero.ToString ();
   cuentoLabel.Text = this.respuesta.Cuento;
   
   base.ViewDidLoad ();
}

El resultado de la ejecución sería algo como:



Con esta última ejecución del cliente, ya podríamos dar por cerrado el experimento. A partir de este punto quedaría enriquecer tanto la parte cliente como la parte servidora con todo aquello que se considere oportuno incorporar. Por mi parte dejaré para dentro de unos días unos pequeños comentarios sobre la experiencia en sí. Intentaré que sea más estructurada y funcional. Y breve. Sin embargo, concluyo la entrada de hoy con la esperanza de que esta pequeña prueba haya servido para demostrar cuán fácil es hacer un proyecto con un lenguaje moderno como .NET y que, con ello, sirva para atraer nuevos adeptos a la causa de MonoTouch y por la abolición de la sección 3.3.1 de la licencia de desarrollador de Apple para iPhone.