miércoles, 1 de agosto de 2012

Dosis superlativa de mierda cinéfila

Acabo de comerme, tragarme, o visualizar, como se prefiera, una mierda insufrible, producto putrefacto de eso que vienen a llamar el séptimo arte. Por muy gratuita que te la ponga en el Plan Premium de Wuaki nunca, nunca, elijas ver Los inmortales: El origen. Por aquello de ir por la vida a contracorriente, en plan intelectual rojiprogre, ufanándome de ignorar las críticas ajenas, y de que uno mismo es el rasero por el que ha de medirlo todo y tal y tal, he quedado profundamente aturdido tras 80 minutos de la bazofia más infumable que he visto en mucho tiempo. Otros cinco minutos más y seguro que quedo perpetuamente lobotomizado. Daño cerebral crónico imposible descartarlo.


Como venganza, aquí va un spoiler monumental y la esencia misma de la película. Allá tú si lo lees. Toda la historia del origen no es más que una oportunidad para que el guaperas del prota pueda preñar a su querida. Si has visto la película original (y de culto), sabrás que la leche de inmortal tiene nulas calorías espermáticas. Vamos, que no preñaría ni con cinco litros de viagra en vena. Pero la chavala tiene la caverna anhelante de convertirse en fábrica de vástagos. El premio de encontrar el origen, acompañado de un fenómeno astronómico cuando menos absurdo, con sus planetas saliendo de órbitas y alineándose para marcar la equis en el mapa, es concederle al inmortal que alcance a la moza en el portal interdimensional, una leche de primerísima calidad con la que llenarle los ovarios hasta reventar. Todo lo demás sobra. Incluso el malo malísimo de pacotilla a medio camino entre (con mucha imaginación y siendo muy benevolente con las comparaciones) al malo de la primera parte, el kurgan, y el chalado cenobita de Hellraiser produce más risa que pavor. Aquí foto del interfecto:


La primera foto es la del final, con la chocha esperando que su bravo caballero acabe el trabajo del día para que suba las escaleras y le de un buen viaje, con eyección ocular incluida por exceso de presión interior.

Hay que tener mucho estómago para ver esta película. Ni siendo un orco del clan de los orcos más infecto justificaría verla. Y aquí van dos preguntas: ¿Por qué cojones alcancé a terminar de verla? ¿Y qué coño hago yo a la una de la madrugada perdiendo tiempo contándolo? La primera es relativamente sencilla. Mientras la tenía abierta en una pantalla, en la otra estaba leyendo cosas más interesantes. Al menos la mitad del cerebro que daba para el lado contrario sé que ha quedado intacto a la exposición. Para la segunda no tengo respuesta. La meditaré consultándolo con la almohada. Lo cierto es que ya me he relajado un poco. He descargado. A diferencia del protagonista, que se tuvo que quedar a gusto después de vaciar los huevos, yo me he quedado a gusto después de descargar tanto odio acumulado en tan poco tiempo. Dulces sueños.

1 comentario:

Luis dijo...

El sentido de escribir sobre ella, es advertir al resto de la humanidad que ni se les ocurra verla. Se agradece el esfuerzo.