Es curioso, realmente curioso, cómo hay canciones que vienen a uno en ciertos momentos de nuestra existencia; y cómo tantos años después reaparecen.
miércoles, 18 de enero de 2012
lunes, 16 de enero de 2012
Directorios no, gracias
Ultimamente he recibido un par de «ofertas» a participar en una idea vieja, pero que vuelve a circular —o que no ha dejado de hacerlo nunca—. Hablo de los directorios de bitácoras. A mi mujer también le han llegado ofertas similares. Imagino que agrupar y categorizar las distintas bitácoras o blogs que hay en el universo puede tener importancia para alguien. Sin embargo, teniendo Google, a día de hoy no se me ocurre una utilidad concreta, salvo aquella de permitir meter publicidad en el sitio y sacar perras a costa de ello. Tal vez sea o muy tonto o muy mal pensado; o las dos cosas. Por esta visión del asunto tan personal que tengo, el que te lleguen ofertas por correo puede ser pesado, pero que te lo dejen como comentarios resulta realmente molesto. He borrado las dos que había y borraré en el futuro cualquier oferta similar que hagan por este medio. Así que…
Por favor, abstenerse de dejar comentarios ofreciendo el intercambio de enlaces. Más aún si lo que ofrecen es un directorio.
Esta bitácora no deja de ser un rincón personal, un registro inconexo, o un suplemento de mi memoria, de mi propio viaje por la existencia. Ni yo mismo tengo claro por qué continúo con ella, ya que consume tiempo, o directamente no puedo atenderla por otras causas, y que cada nueva entrada supone un verdadero parto. Tal vez por la ilusión de trascender a mi propio ser; o por dejar constancia de aquello que forma parte de mi vida y por lo que tengo un especial interés, como legado de dudosa utilidad para las próximas generaciones. Puede, incluso, porque soy un poco exhibicionista. O para dar satisfacción a un deseo de escribir que nunca supe bien como reconducir, permitiéndome de vez en cuando ensayar la escritura y ejercitar la organización de ideas. Sea como fuere, no hay en ella nada que, desde mi punto de vista, merezca especial atención por parte de nadie. La media de visitas es de unas veinte o treinta diarias. Muchas de ellas, creo, por accidente y porque los buscadores la posicionan en puesto elevados. Y es algo que tampoco me importa demasiado, pues en realidad escribo para mí mismo y para los pocos conocidos, amigos y familiares, a los que yo mismo les he indicado la forma de encontrarla. Y así habrá de seguir.
Esta bitácora no deja de ser un rincón personal, un registro inconexo, o un suplemento de mi memoria, de mi propio viaje por la existencia. Ni yo mismo tengo claro por qué continúo con ella, ya que consume tiempo, o directamente no puedo atenderla por otras causas, y que cada nueva entrada supone un verdadero parto. Tal vez por la ilusión de trascender a mi propio ser; o por dejar constancia de aquello que forma parte de mi vida y por lo que tengo un especial interés, como legado de dudosa utilidad para las próximas generaciones. Puede, incluso, porque soy un poco exhibicionista. O para dar satisfacción a un deseo de escribir que nunca supe bien como reconducir, permitiéndome de vez en cuando ensayar la escritura y ejercitar la organización de ideas. Sea como fuere, no hay en ella nada que, desde mi punto de vista, merezca especial atención por parte de nadie. La media de visitas es de unas veinte o treinta diarias. Muchas de ellas, creo, por accidente y porque los buscadores la posicionan en puesto elevados. Y es algo que tampoco me importa demasiado, pues en realidad escribo para mí mismo y para los pocos conocidos, amigos y familiares, a los que yo mismo les he indicado la forma de encontrarla. Y así habrá de seguir.
domingo, 15 de enero de 2012
Sherlock T2
Ya está disponible para descargar, en los fondos mafiosos de las inmundicias sociales (o sea, vagos y maleantes), el primer capítulo de la segunda temporada de Sherlock, modernización del famoso personaje de Conan Doyle, y que, con una primera temporada de 3 capítulo de 90 minutos cada uno, me enganchó.
Los iré descargando (los de la segunda, claro) y ya los veré en mi tele de 55" en mi próxima vista al hogar verdadero, que esta serie se lo merece. Mientras iré poniéndome al día con otras. O me dedicaré a trabajar, que es para lo que me vine a Madrid. Ya veré.
Qué ganas tenía de que llegase, leñe.
Los iré descargando (los de la segunda, claro) y ya los veré en mi tele de 55" en mi próxima vista al hogar verdadero, que esta serie se lo merece. Mientras iré poniéndome al día con otras. O me dedicaré a trabajar, que es para lo que me vine a Madrid. Ya veré.
Qué ganas tenía de que llegase, leñe.
viernes, 13 de enero de 2012
No sin mi iPhone
He sufrido un pequeño ataque de pánico tecnológico. He visto pasar toda mi vida en un instante. Y he protagonizado yo mismo, en mi película biográfica de título "No sin mi iPhone" un drama de magnitud épica. Miro una vez y 95% de batería. Miro un rato después, y completamente apagado. No respondía. Nada. Muerto completamente. Ahí fue donde sufrí el ataque de pánico que decía. Suerte que mi jefe ya había pasado por eso. El truco estaba en forzar un reinicio hardware (enter + power + botón de volumen), ponértelo en la frente, dar vueltas mientras se entona el capítulo 20 del Libro de los Profetas, con la melodía de Quién ha robado mi carro de Manolo Escobar, para exorcizarlo. Finalmente está funcionando. Como si no hubiese pasado nada. Que susto. Será capullo. Como lo vuelva a hacer vamos a tener un disgusto. Desde que salió el 4S nuestra relación anda un poco tensa.
miércoles, 11 de enero de 2012
Una de vídeos/canciones
Fue mi amiga Noelia Bermúdez quien me "presentó" a esta cantante. La adaptación de la canción de los Beatles fue lo primero que encontré en Internet. El vídeo me atrajo e inquietó al mismo tiempo. No me dejó indiferente. Aburrido y con tortícolis, con varios discos de ella ya en mi iTunes, y puesto a repasar cosas que me gustan, lo reencontré. Me sigue resultando fascinante.
Puestos a "redescubrir", aquí el tema que Morphine que me "enganchó" a esta banda.
Hace mucho Eduardo Adrian me recomendó que escuchara a este cantante. Tomé apunte mental, pero como tengo la cabeza más bien vacía, se hundió en lo más profundo, revuelto con y cubierto de muchos otros apuntes mentales. Hace poco lo rescaté y me puse a escucharlo. Me ha encantado. Oferta (entonces) en iTunes y los 4 discos por poco más de 20 €. Ha merecido la pena. ¡Gracias Eduardo!
Puestos a "redescubrir", aquí el tema que Morphine que me "enganchó" a esta banda.
Hace mucho Eduardo Adrian me recomendó que escuchara a este cantante. Tomé apunte mental, pero como tengo la cabeza más bien vacía, se hundió en lo más profundo, revuelto con y cubierto de muchos otros apuntes mentales. Hace poco lo rescaté y me puse a escucharlo. Me ha encantado. Oferta (entonces) en iTunes y los 4 discos por poco más de 20 €. Ha merecido la pena. ¡Gracias Eduardo!
'La dictadura de la incompetencia'
En general no me escucharán nunca —o leerán por aquí— que defienda el espíritu suprafuncionarial de este país. De hecho ya me he quejado alguna vez [1] sobre esa tendencia o deseo generalizado de alcanzar un puesto de funcionario, o de trabajador para el Estado, que «garantice» un ingreso de por vida y, parece que viene relacionado, «pegarse la vida padre» a costa de los impuestos de todos. Aclarar también —o mejor dicho, por otro lado, paralelamente o en contra de lo anterior—, y para que conste que a) no me parece mal que todos deseemos estabilidad, es lo lógico; y b) menos aún que no haya funcionarios. En todo país democrático deben existir mecanismos del Estado, ajenos a los intereses privados, que garanticen el buen funcionamiento de las instituciones y que velen por las necesidades de los «menos afortunados» o, en virtud de una enseñanza realmente libre y plural, por poner un ejemplo particular, tengamos —todos— una educación de primera. Para ello es imprescindible contar, como sucede en la empresa privada, con buenos profesionales. Y, juntándolo todo, es imprescindible tener buenos, competentes y entregados empleados públicos. Pero de ahí a tener una población cuya única aspiración laboral es la de ser funcionario porque sí, porque parece que es la única forma de estar tranquilo y tener vacaciones de lujo, sin importar si hay duplicación de puestos, si se hace mejor o peor la función o, directamente, porque nadie te puede ya ni soplar a la oreja, hay un trecho inmenso. Sin embargo este país lleva bebiendo, toda una generación, de la creencia de que lo óptimo, lo correcto y lo justo, es aspirar a un puesto de funcionario.
Así que no es de extrañar que, con este planteamiento previo, tal vez ligeramente atravesado, y tras haber leído el resumen sobre el libro 'La dictadura de la incompetencia', no lo pensara mucho y me lanzara a su compra y posterior lectura. Casi esperaba poner en marcha ese fantástico prejuicio cognitivo que es el sesgo de confirmación, que casi siempre lleva a la profecía autocumplida, con la lectura de este ensayo. No en vano considero que rayo la tontería suprema y que bien me vale, a falta de una pasión deportiva que me conforme con la lectura del Marca o el As, leer las Verdades que otro iluminado, de similar pensamiento al mío, ha logrado grabar en una tirada de libros. Sí, es agradable creer que uno no está sólo en el universo.
El libro se lee rapidísimo. Incluso, por ese lenguaje de primera persona elegido para contar las cosas, resulta ameno. Y hay muchos datos, que en una primera lectura, sorprenden. Con muchas de las anécdotas, además, estoy muy de acuerdo con el autor. Aunque, en general, comete bastantes errores, a mi parecer imperdonables, con su argumentación. De hecho, a veces sospecho que cae en la exageración gratuita, o forzada, para sustentar su postura tocante en lo radical, con datos e información que no parece especialmente real. En particular, de la lectura del capítulo correspondiente, parece que el rendimiento productivo del español medio entra de lleno en la categoría de detritus desastroso, cuando, visto en análisis de otras fuentes, tampoco somos tan gandules [2]. Y ese, resumiendo muchísimo, incluso hasta el punto de parecer injusto, es en general el soliloquio del autor. Algo así como «mira bien, para que veas que tengo razón, te presento este dato y esta otra gráfica y, además, los justifico dando por sentado que los funcionarios son unos gandules que se pegan la vida padre». Y es que claro, si no partimos de la idea de entrada de que los funcionarios son gandules, igual la argumentación se tambalea un poco.
Pero no son, en realidad, los funcionarios los peor parados ni el objetivo principal de este libro. En general el ataque se dirige contra la clase política. Y he de decir, confieso cual bellaco sometido a un interrogatorio duro, que esta parte me gusta más. No en vano se han convertido, por obra y milagro de un sistema electivo algo defectuoso, en una clase que, con acto tras acto, parecen querernos transmitir que andan por encima del bien y del mal o que, a todas luces, están fuera, en su Olimpo particular, del alcance de las críticas del populacho. Al menos esa es mi visión y, cuando el autor carga contra ellos, no dejo de sentir cierta satisfacción. Pero, una vez más, hay que coger con cuidado los hilos argumentativos. Por ejemplo, tomando la cita elegida para este libro y esta entrada, podemos ver que hay, al menos, cuatro o cinco ideas en el párrafo: a los individuos de una sociedad hay que educarlos para ser autónomos (A), autonomía es libertad (B), los poderes públicos (Estado) no debe sacar las castañas del fuego (C), los poderes públicos son corruptos y malversan el dinero de todos (D) y el futuro es incierto (E). Quitando (E), por tautológico, parece que quiere decir, por un lado, que como (D), entonces mejor no (C) y que, por tanto, (A) y (B). O, dicho con palabras: Dado que no podemos esperar gran cosa de nuestros dirigentes, más bien dedicados a malgastar el dinero de todos, no debemos pedirles que se dediquen a sacarnos las castañas del fuego, por lo que hay que enseñar a los ciudadanos a ser más autónomos ya que, como todos saben, la autonomía es libertad.
¿Por dónde empiezo a desmontar tanta patraña? Para empezar, hay hipótesis de fe. O sea, tenemos que creernos, necesariamente, que autonomía es libertad. ¿Entonces, una persona que requiere cuidados por ser tetraplégico no sería una persona libre? Al menos autónomo no parece serlo. Por otro lado, afirma que los poderes públicos no deben sacarnos las castañas del fuego. ¿Entonces para qué coño están? Es precisamente para velar por el bienestar de todos, y eso significa sacar las castañas del fuego cuando es necesario. Llevado al extremo, ¿significa que si alguien me intenta robar el coche, debo ser autónomo, pues eso significa ser libre, y, si se da la oportunidad, meterle cuatro puñaladas por la espalda ya que no puedo esperar que los poderes públicos me saquen las castañas del fuego (o sea, velen por mi propiedad)? Pero, además, da por hecho que esto es válido porque los gobernantes son todos corruptos. Sinceramente, es una argumentación bastante floja e inconexa. Y, en general, hay unas cuantas más en el libro.
Sin embargo y pese a todo lo comentado, el texto ofrece también bastante puntos de vista interesantes —y en primera instancia sustentados con datos objetivos— por lo que merece la pena ser leído. Cierto que se corre el riesgo de sumergirse, sin actitud crítica, en un universo de medias verdades, abreviaciones perversas y de visiones particulares, pero, en general, el libro en sí mismo es un claro ejemplo de una actitud crítica, del valor importante que significa la libertad de expresión —libertad, a fin de cuentas— y, fundamentalmente, de que hay otros puntos de vista totalmente válidos y de los que, al menos ha sido mi caso, se pueden sacar datos e información útil y esclarecedora. Incluso aprender, que muchas cosas he aprendido también. Es un libro que recomiendo leer. Con cautela, eso sí, pues no deja de ser una pataleta literada. Pero hasta de las pataletas, algo bueno se puede sacar. Y de esta, en particular, unas cuantas.
[1] Hace más de un año ya publiqué una reflexión al respecto: ¿A qué coño aspiramos como personas? ¿Y como nación?
[2] ¿Quien trabaja más en Europa y cual es el país más productivo?
Así que no es de extrañar que, con este planteamiento previo, tal vez ligeramente atravesado, y tras haber leído el resumen sobre el libro 'La dictadura de la incompetencia', no lo pensara mucho y me lanzara a su compra y posterior lectura. Casi esperaba poner en marcha ese fantástico prejuicio cognitivo que es el sesgo de confirmación, que casi siempre lleva a la profecía autocumplida, con la lectura de este ensayo. No en vano considero que rayo la tontería suprema y que bien me vale, a falta de una pasión deportiva que me conforme con la lectura del Marca o el As, leer las Verdades que otro iluminado, de similar pensamiento al mío, ha logrado grabar en una tirada de libros. Sí, es agradable creer que uno no está sólo en el universo.
El libro se lee rapidísimo. Incluso, por ese lenguaje de primera persona elegido para contar las cosas, resulta ameno. Y hay muchos datos, que en una primera lectura, sorprenden. Con muchas de las anécdotas, además, estoy muy de acuerdo con el autor. Aunque, en general, comete bastantes errores, a mi parecer imperdonables, con su argumentación. De hecho, a veces sospecho que cae en la exageración gratuita, o forzada, para sustentar su postura tocante en lo radical, con datos e información que no parece especialmente real. En particular, de la lectura del capítulo correspondiente, parece que el rendimiento productivo del español medio entra de lleno en la categoría de detritus desastroso, cuando, visto en análisis de otras fuentes, tampoco somos tan gandules [2]. Y ese, resumiendo muchísimo, incluso hasta el punto de parecer injusto, es en general el soliloquio del autor. Algo así como «mira bien, para que veas que tengo razón, te presento este dato y esta otra gráfica y, además, los justifico dando por sentado que los funcionarios son unos gandules que se pegan la vida padre». Y es que claro, si no partimos de la idea de entrada de que los funcionarios son gandules, igual la argumentación se tambalea un poco.
Lo que quiero decir es que tanto los trabajadores como la sociedad en general deben recibir una educación —que debería empezar en la escuela— que les enseñe que el individuo tiene que ser más autónomo y, en definitiva, más libre. No podemos esperar que los poderes públicos vengan a sacarnos las castañas del fuego, bastante trabajo tienen procurando no pisarse los cordones de los zapatos demasiado lujosos que les hemos comprado entre todos. Deberíamos acostumbrarnos a la idea de que el futuro es incertidumbre. No querer aceptar esto es como no querer aceptar que en verano hace calor.
Pero no son, en realidad, los funcionarios los peor parados ni el objetivo principal de este libro. En general el ataque se dirige contra la clase política. Y he de decir, confieso cual bellaco sometido a un interrogatorio duro, que esta parte me gusta más. No en vano se han convertido, por obra y milagro de un sistema electivo algo defectuoso, en una clase que, con acto tras acto, parecen querernos transmitir que andan por encima del bien y del mal o que, a todas luces, están fuera, en su Olimpo particular, del alcance de las críticas del populacho. Al menos esa es mi visión y, cuando el autor carga contra ellos, no dejo de sentir cierta satisfacción. Pero, una vez más, hay que coger con cuidado los hilos argumentativos. Por ejemplo, tomando la cita elegida para este libro y esta entrada, podemos ver que hay, al menos, cuatro o cinco ideas en el párrafo: a los individuos de una sociedad hay que educarlos para ser autónomos (A), autonomía es libertad (B), los poderes públicos (Estado) no debe sacar las castañas del fuego (C), los poderes públicos son corruptos y malversan el dinero de todos (D) y el futuro es incierto (E). Quitando (E), por tautológico, parece que quiere decir, por un lado, que como (D), entonces mejor no (C) y que, por tanto, (A) y (B). O, dicho con palabras: Dado que no podemos esperar gran cosa de nuestros dirigentes, más bien dedicados a malgastar el dinero de todos, no debemos pedirles que se dediquen a sacarnos las castañas del fuego, por lo que hay que enseñar a los ciudadanos a ser más autónomos ya que, como todos saben, la autonomía es libertad.
¿Por dónde empiezo a desmontar tanta patraña? Para empezar, hay hipótesis de fe. O sea, tenemos que creernos, necesariamente, que autonomía es libertad. ¿Entonces, una persona que requiere cuidados por ser tetraplégico no sería una persona libre? Al menos autónomo no parece serlo. Por otro lado, afirma que los poderes públicos no deben sacarnos las castañas del fuego. ¿Entonces para qué coño están? Es precisamente para velar por el bienestar de todos, y eso significa sacar las castañas del fuego cuando es necesario. Llevado al extremo, ¿significa que si alguien me intenta robar el coche, debo ser autónomo, pues eso significa ser libre, y, si se da la oportunidad, meterle cuatro puñaladas por la espalda ya que no puedo esperar que los poderes públicos me saquen las castañas del fuego (o sea, velen por mi propiedad)? Pero, además, da por hecho que esto es válido porque los gobernantes son todos corruptos. Sinceramente, es una argumentación bastante floja e inconexa. Y, en general, hay unas cuantas más en el libro.
Sin embargo y pese a todo lo comentado, el texto ofrece también bastante puntos de vista interesantes —y en primera instancia sustentados con datos objetivos— por lo que merece la pena ser leído. Cierto que se corre el riesgo de sumergirse, sin actitud crítica, en un universo de medias verdades, abreviaciones perversas y de visiones particulares, pero, en general, el libro en sí mismo es un claro ejemplo de una actitud crítica, del valor importante que significa la libertad de expresión —libertad, a fin de cuentas— y, fundamentalmente, de que hay otros puntos de vista totalmente válidos y de los que, al menos ha sido mi caso, se pueden sacar datos e información útil y esclarecedora. Incluso aprender, que muchas cosas he aprendido también. Es un libro que recomiendo leer. Con cautela, eso sí, pues no deja de ser una pataleta literada. Pero hasta de las pataletas, algo bueno se puede sacar. Y de esta, en particular, unas cuantas.
[1] Hace más de un año ya publiqué una reflexión al respecto: ¿A qué coño aspiramos como personas? ¿Y como nación?
[2] ¿Quien trabaja más en Europa y cual es el país más productivo?
martes, 10 de enero de 2012
'Dioses menores'
Ya puestos a retomar la colección de Mundodisco [@ Wikipedia], y dado que la lectura del libro anterior consiguió con creces su objetivo, distraerme, decidí dar una nueva oportunidad a la serie pasando a leer la siguiente novela, siempre por orden de publicación original, que se corresponde con la décimo tercera (o doce más uno, como le gusta ordenar las cosas a los supersticiosos), y cuyo título es 'Dioses menores'.
Si hay una cosa que queda más o menos patente a lo largo de la lectura de las novelas de Terry Pratchett —o al menos eso es lo que parece— es que tiene una visión un pelín crítica y particular sobre la religión. En particular sobre el talante fundamentalista de algunos religiosos. Y 'Dioses menores' va, precisamente, sobre el uso y abuso del nombre de cualquier dios como mecanismo que sustente el poder y las ambiciones personales. En los tejemanejes de un sacerdote hambriento de poder, que recurre a los fundamentos de la religión, comportándose como un talibán —en algún momento le viene a uno a la cabeza el ilustre, excelentísimo e inmortalmente famoso, a la par quehijo de puta extremista y celoso, Torquemada [1]—, siempre explotando el miedo ajeno, se encontrará el protagonista, de nombre Brutha, un poco lento en la captura de conceptos, pero con una memoria elefantiaca, intentando salir más o menos entero de las diferentes aventuras en las que se verá embarcado y todo para permitir que la reencarnación quelónica del antaño dios mayor Om alcance indemne su próximo nivel existencial, el que le corresponde por derecho propio.
Con este planteamiento, tan resumido, uno podría pensar que la novela, ambientada en un universo tan particular como es un mundo plano, a hombros de elefantes y llevados por el cosmos por una tortuga de dimensiones planetarias, no sería más que otra de esas novelas de fantasía zurda, que es lo que parece cada uno de los libros del autor, con no más que algún toque de humor esparcido por aquí y por allí. Nada más allá de la realidad. El libro es una crítica magnífica, descarnada, mordaz y bien narrada, siempre con unas buenas dosis de humor negro y rezumante sarcasmo, sobre las religiones, los religiosos y las formas de poder sustentadas por la superstición y los miedos místicos a entidades superiores; y en este caso a la exquisición, forma mundana con la que los representantes de los dioses en la Tierra velan por el respeto a la fe y los mandamientos y cuyo éxito comercial se descubre en las puestas a punto y los tuneos realizadas con —y sobre— los herejes, lo sean o no pero en todo caso enemigos del discurso reinante, con toda suerte de mecanismos y técnicas de tortura. Salvo por la primera parte, que resultó un tanto aburrido en su arranque, el libro es magnífico hasta su desenlace. Repito y remarco en negrita: Magnífico.
Dentro del universo de Mundodisco existen varias tramas o arcos argumentales compuestos por varias novelas. Las historias de los magos, las brujas, la muerte y la guardia de la ciudad son los casos, hasta el momento, principales. También hay algunas novelas sueltas, como 'Pirómides', ya comentada por aquí [mi reseña], y ésta. Aprovechando lo absurdo como contexto, e indistintamente a que no guarde relación con personajes y hechos anteriores, 'Dioses menores' encaja perfectamente en este universo, pero por la profundidad de su crítica, bien podría ser narrada dentro de cualquier universo y contexto. Dicho de otra forma, esta novela merece la pena ser leída, indistintamente se haya leído antes, o no, algo de Terry Pratchett, o que se tenga intención de leer nada más después de acabarla. Es una novela, para mi gusto, que cae directamente en la categoría de los must read, y cuya crítica certera se puede aprovechar también, o especialmente, para nuestra actualidad cotidiana o, al menos, para nuestro pasado no tan lejano.
Lo dicho, un must read. Y fin del comentario sobre el libro.
Para finalizar, un apunte anecdótico. Comenté hace tiempo que con la colección de libros regalaron tres láminas. Cada una con la ilustración utilizada en alguno de los volúmenes como portada. La tercera, última y, quizás —al menos para mi gusto— la mejor, se corresponde con la portada de esta novela. Como en todos los casos, representa una idea general, centrándose en un momento álgido, de la historia.
[1] No en vano se le atribuyen, bajo su mandato, la friolera cantidad de diez mil barbacoas humanas y veintisiete mil homínidos convertidos en despojos tras pasar por su taller de ajustes, bajo el auspicio de la Santa Inquisición [@ Wikipedia].
Si hay una cosa que queda más o menos patente a lo largo de la lectura de las novelas de Terry Pratchett —o al menos eso es lo que parece— es que tiene una visión un pelín crítica y particular sobre la religión. En particular sobre el talante fundamentalista de algunos religiosos. Y 'Dioses menores' va, precisamente, sobre el uso y abuso del nombre de cualquier dios como mecanismo que sustente el poder y las ambiciones personales. En los tejemanejes de un sacerdote hambriento de poder, que recurre a los fundamentos de la religión, comportándose como un talibán —en algún momento le viene a uno a la cabeza el ilustre, excelentísimo e inmortalmente famoso, a la par que
Con este planteamiento, tan resumido, uno podría pensar que la novela, ambientada en un universo tan particular como es un mundo plano, a hombros de elefantes y llevados por el cosmos por una tortuga de dimensiones planetarias, no sería más que otra de esas novelas de fantasía zurda, que es lo que parece cada uno de los libros del autor, con no más que algún toque de humor esparcido por aquí y por allí. Nada más allá de la realidad. El libro es una crítica magnífica, descarnada, mordaz y bien narrada, siempre con unas buenas dosis de humor negro y rezumante sarcasmo, sobre las religiones, los religiosos y las formas de poder sustentadas por la superstición y los miedos místicos a entidades superiores; y en este caso a la exquisición, forma mundana con la que los representantes de los dioses en la Tierra velan por el respeto a la fe y los mandamientos y cuyo éxito comercial se descubre en las puestas a punto y los tuneos realizadas con —y sobre— los herejes, lo sean o no pero en todo caso enemigos del discurso reinante, con toda suerte de mecanismos y técnicas de tortura. Salvo por la primera parte, que resultó un tanto aburrido en su arranque, el libro es magnífico hasta su desenlace. Repito y remarco en negrita: Magnífico.
—Aquí dice que subió a un barco que puso rumbo hacia una isla en el límite y que miró por el borde y…
—Mentiras —dijo Vorbis sin inmutarse—. Y aunque no lo fuesen daría igual. La verdad está dentro, no fuera. En las palabras del Gran Dios Om, tal como fueron transmitidas por sus profetas elegidos. Nuestros ojos pueden engañarnos, pero nuestro Dios nunca nos engañará.
—Pero…
Vorbis miró a Fri'it. El general estaba sudando.
Dentro del universo de Mundodisco existen varias tramas o arcos argumentales compuestos por varias novelas. Las historias de los magos, las brujas, la muerte y la guardia de la ciudad son los casos, hasta el momento, principales. También hay algunas novelas sueltas, como 'Pirómides', ya comentada por aquí [mi reseña], y ésta. Aprovechando lo absurdo como contexto, e indistintamente a que no guarde relación con personajes y hechos anteriores, 'Dioses menores' encaja perfectamente en este universo, pero por la profundidad de su crítica, bien podría ser narrada dentro de cualquier universo y contexto. Dicho de otra forma, esta novela merece la pena ser leída, indistintamente se haya leído antes, o no, algo de Terry Pratchett, o que se tenga intención de leer nada más después de acabarla. Es una novela, para mi gusto, que cae directamente en la categoría de los must read, y cuya crítica certera se puede aprovechar también, o especialmente, para nuestra actualidad cotidiana o, al menos, para nuestro pasado no tan lejano.
Lo dicho, un must read. Y fin del comentario sobre el libro.
Para finalizar, un apunte anecdótico. Comenté hace tiempo que con la colección de libros regalaron tres láminas. Cada una con la ilustración utilizada en alguno de los volúmenes como portada. La tercera, última y, quizás —al menos para mi gusto— la mejor, se corresponde con la portada de esta novela. Como en todos los casos, representa una idea general, centrándose en un momento álgido, de la historia.
[1] No en vano se le atribuyen, bajo su mandato, la friolera cantidad de diez mil barbacoas humanas y veintisiete mil homínidos convertidos en despojos tras pasar por su taller de ajustes, bajo el auspicio de la Santa Inquisición [@ Wikipedia].
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