Hoy es un día de esos que podríamos llamar especial con E mayúscula. Hoy hace tres años que me casé con una de las personas que más me han animado y comprendido en mi vida. Gran parte de lo que he llegado a ser se lo debo a ella y su especial inteligencia emocional.
Conocí a la que ahora es mi mujer en el verano de 1998. Fue cuando dejé de trabajar como autónomo y empecé a trabajar por cuenta ajena en una empresa que daba servicios administrativos a La Caja de Ahorros. Creo que me enamoré de ella, en particular de sus grandes ojos, nada más verla. Pero no fue hasta octubre de ese mismo año -quiso el azar- que encontramos la forma de hablar con cierta frecuencia fuera del trabajo y descubrimos que nos sentíamos muy a gusto juntos. A veces no prestamos atención a las causalidades (sí, sí, de causa) de esta vida, pero si yo hubiese sido como el resto de mortales afanados en tener su propio coche, no hubiese podido ofrecerse a acercarme a la parada de la guagua en el suyo y, tal vez, no hubiésemos podido conocerme lo suficiente como para resultarle atractivo. Mi belleza, si la hay, está en el interior y es posible que hoy no estuviésemos juntos.
A ojos de la gran mayoría soy un tipo raro. Tengo un carácter extraño y una forma de ser atípica. Con un sentido del humor extraño la gente tarda, si llega a hacerlo, en apreciarme. No soy, lo que se dice, un animal ni convencional ni social. Sin embargo, Nieves siempre ha demostrado muchísima paciencia conmigo y mis extravagancias. En todo el tiempo que llevamos juntos creo que únicamente hemos discutidos dos veces y, en nuestro caso, fue a causa de los enfoques distintos para reformar y decorar la vivienda. Tenemos gustos bastante diferentes e, inevitablemente, acabaron chocando. Una vez pasadas las reformas y montado lo importante del piso, se acabaron las diferencias y, con ellas, las discusiones. Hasta hoy.
Mi mujer se merecería toda una serie de entradas hablando de sus muchas virtudes y de cómo consiguió que creciese -y consigue que lo siga haciendo- como persona. Para mí es lo mejor que me ha pasado en los últimos once años. A ella le debo que decidiese terminar la carrera. Me anima a que siga con mi especial forma de mejora continua y es indulgente cuando malgasto el dinero en mis proyectos personales. Siempre le digo que con ella me tocó la lotería. ¿Para qué necesito jugar a la bonoloto u otra forma de lotería dineraria? Lo que yo tengo con Nieves vale más que cualquier fortuna del planeta. Me ha quedado un poco cursi, ¿no? Sin embargo es como lo he sentido todo este tiempo.
Con la vivienda terminada y ocho años de placentera relación de pareja, nos pareció que casarnos era el siguiente paso natural para nosotros. Como en general huyo -y arrastro con ello a mi mujer- de convencionalismos, optamos por una boda sencilla en los juzgados de Santa Brígida. Invitamos a los familiares y amigos más cercanos, evitando poner en un compromiso a los que son más lejanos o ajenos. No pusimos lista de boda y aquellos que quisieron acompañarnos en la cena pagaron lo que consumieron. Para mí fue una boda perfecta. Sin compromisos ni comprometidos más allá de los que firmaban el "sí, quiero" delante del juez en una ceremonia sencilla para gente sencilla.
Para mí ese día fue genial. Me levanté despejado y tranquilo, y fui a recortarme el pelo a media mañana. Parecía que todo el mundo quería pelarse el mismo día, así que me dieron hueco para dos horas después. Como no tenía ganas de volver a mi casa me compré un par de revistas y me senté en una terraza a tomar tónica mientras me las leía. De vuelta almorcé algo, me vestí y esperé a que me recogiese mi tío para acercarme al juzgado. Como la tradición exige a todo buen novio tuve que esperar a la novia, que ya llegaba un poco tarde. Mientras disfruté de la conversación de los amigos y familiares que se habían congregado allí. Entramos, cada uno, acompañado de su testigo, quince minutos después de la hora de entrada. Una breves palabras, una ceremonia rápida, un par de firmas, y ya estábamos de vuelta en la calle camino del restaurante para la cena. Disfruté de cada minuto de ese día. Estaba feliz.
Y ya hace tres años de todo eso. Y ahora mismo once años que estoy junto a una de las personas más relevantes de mi vida. No en vano llevo con Nieves casi una tercera parte de mi existencia y sigo admirando su inagotable paciencia conmigo y con mi desastrosa forma de ser después de tanto tiempo. Es una joya de mujer a la que admiro y amo profundamente. Nunca termino de creer que me eligiese como compañero para la aventura de la convivencia. Me considero un tipo muy afortunado. Al principio del artículo de hoy decía que hoy era un día especial, pero la realidad es que junto a Nieves, y aunque resulte otra vez cursi, cada día ha sido especial.
Pero esto no ha de eclipsar -al menos no mucho- el hecho de que hoy también es el cumpleaños de aquella que me llevó en su vientre y me dio a luz hace apenas poco más de 37 años. Mi madre, a la que debo buena parte de mis valores personales y a la que considero, como no, la mejor madre del mundo. Hoy es un día doblemente celebrado.
miércoles, 1 de julio de 2009
martes, 30 de junio de 2009
Tesoros perdidos reencontrados (XXI): La versión mejorada (o 2.0) de 'Enjoy de Sound'
Hace ya bastante tiempo hablaba sobre una serie de ocho discos recopilatorios de música que creé, 'Enjoy the Sound', buscando la forma de recuperar el interés de una chica con la que estuve saliendo y que me dio la patada. Aunque de forma figurada, el sentimiento fue parecido al sufrido si me la hubiese dado de forma literal en la entrepierna. Aunque mirado de forma retrospectiva el que me dejase es algo que le agradeceré eternamente. Sí, hablo de la chida de la prohibición.
Al principio lo importante era el disco en sí. La música que contenía. Pasaba horas buscando los temas y recortando el principio y el final para que encajasen y diesen sensación de continuidad. En la mayoría de las ocasiones conseguía que al terminar una encajase bien el comienzo de la siguiente. Sin saltos. Elegía los temas por lo que contaban las canciones o por sus títulos. El mensaje era lo esencial. Quería ablandar su duro corazón.

Pero el ímpetu inicial, el empuje causado por la patada, fue perdiendo fuerza y los discos eran cada vez más para mí que estar pensados para ella. Eso sucedió cuando montaba el cuarto, pero la inercia me hizo seguir por el mismo camino hasta el séptimo, el último que le hice llegar. Una vez pasado el empuje inicial, mientras montaba el noveno de los discos, que nunca llegué a terminar, comencé a preocuparme para que disfrutar del disco fuese una experiencia completa. Por aquella época a mí me encantaba sentarme a escuchar música los sábado o domingos por la mañana. Cogía un CD, lo ponía en el aparato de música y me sentaba a leer el libreto escuchando lo que hubiese elegido. Para mí eso significaba una experiencia completa con el disco: hojear el libreto del disco mientras lo escuchabas en el reproductor. Por supuesto eran los tiempos en que no usaba el ordenador para escuchar música ni tenía un iPod. De hecho tenía un discman con unos auriculares que parecían un casco espartano de lo grande que eran.

Tomando como referencia los discos de Pink Floyd, que cuidaban muchísimo el tema de los libretos que acompañaban los discos, principalmente por sus fotografías, me puse a buscar fotos con las que acompañar las letras. A mediados de los 90 no estaba Flickr y en Internet apenas se conseguían fotos interesantes. Salvo las relacionadas con la pornografía, claro. Así que aproveché que tenía una colección de libros de grandes fotógrafos en casa y escaneé unas cuantas. Luego cogí mi copia del Corel Draw y me puse a pegarlo todo, intentando prestar especial atención a los detalles.


No recuerdo el tiempo que me llevó hacer la mitad del primer libreto. Lo que sí sé es que acabé agotado. El ordenador personal que tenía por aquel entonces no daba para mucho, desde luego no estaba pensado para diseño gráfico, así que a medida que creía el documento Corel Draw con las imágenes, los textos y los diseños, aquello iba cada vez muchísimo más lento. Hacer cualquier modificación, cuando llevaba cuatro hojas, podía suponer tres o cuatro minutos mirando el reloj de arena en la pantalla hasta que se redibujaba todo. Agotador. En realidad tampoco sabía usar muy bien el Corel, lo que doy por hecho que era un agravante a mi sufrimiento.

Así que, cansado de darle al ratón y al cuadrante creativo de mi cerebro, bastante pequeño por cierto, apagué y me dije "ya seguiré mañana". Pero a "mañana" le siguió "pasado" y a "pasado" "el próximo fin de semana", y después de "fin de semana" vino "cuando termine el proyecto". Un gran ejemplo de procrastinación. El resumen último de mi vida.

Sé que nunca llegaré a ser un gran diseñador gráfico. Tampoco lo he pretendido. Pero de lo que hice en aquella ocasión, lo que se perfilaba y que se quedó en apenas un bosquejo presentado en las imágenes que acompañan la publicación de hoy, promesa de lo que no fue, llegué a estar ligeramente orgulloso. Gasté muchísima tinta para imprimir algunas pruebas y, sobre un papel de calidad, quedaba bastante bien. Y es que, aún mirándolo de forma retrospectiva, con la emoción del empuje totalmente disuelta en la marea del tiempo, me sigue pareciendo un diseño elegante.
Al principio lo importante era el disco en sí. La música que contenía. Pasaba horas buscando los temas y recortando el principio y el final para que encajasen y diesen sensación de continuidad. En la mayoría de las ocasiones conseguía que al terminar una encajase bien el comienzo de la siguiente. Sin saltos. Elegía los temas por lo que contaban las canciones o por sus títulos. El mensaje era lo esencial. Quería ablandar su duro corazón.

Pero el ímpetu inicial, el empuje causado por la patada, fue perdiendo fuerza y los discos eran cada vez más para mí que estar pensados para ella. Eso sucedió cuando montaba el cuarto, pero la inercia me hizo seguir por el mismo camino hasta el séptimo, el último que le hice llegar. Una vez pasado el empuje inicial, mientras montaba el noveno de los discos, que nunca llegué a terminar, comencé a preocuparme para que disfrutar del disco fuese una experiencia completa. Por aquella época a mí me encantaba sentarme a escuchar música los sábado o domingos por la mañana. Cogía un CD, lo ponía en el aparato de música y me sentaba a leer el libreto escuchando lo que hubiese elegido. Para mí eso significaba una experiencia completa con el disco: hojear el libreto del disco mientras lo escuchabas en el reproductor. Por supuesto eran los tiempos en que no usaba el ordenador para escuchar música ni tenía un iPod. De hecho tenía un discman con unos auriculares que parecían un casco espartano de lo grande que eran.

Tomando como referencia los discos de Pink Floyd, que cuidaban muchísimo el tema de los libretos que acompañaban los discos, principalmente por sus fotografías, me puse a buscar fotos con las que acompañar las letras. A mediados de los 90 no estaba Flickr y en Internet apenas se conseguían fotos interesantes. Salvo las relacionadas con la pornografía, claro. Así que aproveché que tenía una colección de libros de grandes fotógrafos en casa y escaneé unas cuantas. Luego cogí mi copia del Corel Draw y me puse a pegarlo todo, intentando prestar especial atención a los detalles.


No recuerdo el tiempo que me llevó hacer la mitad del primer libreto. Lo que sí sé es que acabé agotado. El ordenador personal que tenía por aquel entonces no daba para mucho, desde luego no estaba pensado para diseño gráfico, así que a medida que creía el documento Corel Draw con las imágenes, los textos y los diseños, aquello iba cada vez muchísimo más lento. Hacer cualquier modificación, cuando llevaba cuatro hojas, podía suponer tres o cuatro minutos mirando el reloj de arena en la pantalla hasta que se redibujaba todo. Agotador. En realidad tampoco sabía usar muy bien el Corel, lo que doy por hecho que era un agravante a mi sufrimiento.

Así que, cansado de darle al ratón y al cuadrante creativo de mi cerebro, bastante pequeño por cierto, apagué y me dije "ya seguiré mañana". Pero a "mañana" le siguió "pasado" y a "pasado" "el próximo fin de semana", y después de "fin de semana" vino "cuando termine el proyecto". Un gran ejemplo de procrastinación. El resumen último de mi vida.

Sé que nunca llegaré a ser un gran diseñador gráfico. Tampoco lo he pretendido. Pero de lo que hice en aquella ocasión, lo que se perfilaba y que se quedó en apenas un bosquejo presentado en las imágenes que acompañan la publicación de hoy, promesa de lo que no fue, llegué a estar ligeramente orgulloso. Gasté muchísima tinta para imprimir algunas pruebas y, sobre un papel de calidad, quedaba bastante bien. Y es que, aún mirándolo de forma retrospectiva, con la emoción del empuje totalmente disuelta en la marea del tiempo, me sigue pareciendo un diseño elegante.
viernes, 26 de junio de 2009
'Life', empezó bien pero acabó cansando
Reconozco que me atrajo el anuncio que ponían en telecinco sobre la serie 'Life'. Pero como hace mucho que me niego a ver series cuando las emiten en las cadenas, opté por dirigirme, una vez más y luchando contra mi conciencia, a las mafias de los P2P, plagadas de vagos y maleantes, y en general de gente inmoral y de mal vivir, para hacerme con las copias legales pero ilícitas de los capítulos de la serie. Algo que hago de forma habitual porque es de las series que llevo más o menos al día.
Al ver por primera vez la jeta del protagonista pensé en que habían elegido a alguien que tuviese un cierto parecido con el Dr. House para atraer al público. ¿Soy el único que piensa que se da un aire con el médico más famoso de la televisión? De hecho me esperaba a un tipo impertinente, soberbio, manipulador y respondón pero que en lugar de jugar a los médicos jugaba a los policías y los ladrones. Pero no. Resulta que el personaje tiene otro enfoque y, con el toque pirado que trae, que parece estar siempre bajo los efectos de alguna sustancia psicotrópica, resulta interesante y original a su propia manera. Consigue que te caiga bien, al fin y al cabo. Es distinto y juega en una liga diferente.
Soy aficionado a las películas y series policíacas en las que hay que descubrir al culpable de un crimen. En esta, con la venganza como hilo conductor y de unión de toda la serie, en cada capítulo los detectives protagonistas tendrán que resolver un nuevo caso. Mientras, el plan mayor de los guionistas, va tomando forma con la intervención y aparición de personajes recurrentes que van facilitando pistas, a veces falsas, al protagonista para que descubra quién se la jugó. Nada que no se haya visto a estas alturas, pero que en esta serie se lleva bastante bien.
Pero, porque siempre hay un pero, la serie empieza a resultarme demasiado larga. La trama central, la idea de la venganza, va perdiendo fuerza, alargada y estirada hasta la saciedad, y se va quedando en una serie de casos policiales, unas veces más grotescos que otras, a resolver por el dúo protagonista. Pese a que siempre es un placer ver a la teniente Dani Reese en la pantalla, lo cierto es que pasado el ecuador de la segunda temporada la cosa empieza a aburrir un poco. Espero que mejore o éste que escribe abandonará el barco de 'Life' en breve. Vamos a darle un par de capítulos de gracia.
Por suerte este fin de semana no necesitaré ninguna serie para excusarme de mis deberes domésticos, pero aquí lo dejo para que aquel que no la haya visto pueda aprovechar y disfrutar de un par de tardes de sofá con ella. En mi caso sigo aprovechando los fines de semana en el Dunas Maspalomas ya que los precios siguen siendo aceptables. Aún no ha empezado la temporada alta y por apenas poco más de lo que cuesta una cena fuera de casa pasamos la noche en un lugar tranquilo. Lejos de las obligaciones de la casa.
Al ver por primera vez la jeta del protagonista pensé en que habían elegido a alguien que tuviese un cierto parecido con el Dr. House para atraer al público. ¿Soy el único que piensa que se da un aire con el médico más famoso de la televisión? De hecho me esperaba a un tipo impertinente, soberbio, manipulador y respondón pero que en lugar de jugar a los médicos jugaba a los policías y los ladrones. Pero no. Resulta que el personaje tiene otro enfoque y, con el toque pirado que trae, que parece estar siempre bajo los efectos de alguna sustancia psicotrópica, resulta interesante y original a su propia manera. Consigue que te caiga bien, al fin y al cabo. Es distinto y juega en una liga diferente.Soy aficionado a las películas y series policíacas en las que hay que descubrir al culpable de un crimen. En esta, con la venganza como hilo conductor y de unión de toda la serie, en cada capítulo los detectives protagonistas tendrán que resolver un nuevo caso. Mientras, el plan mayor de los guionistas, va tomando forma con la intervención y aparición de personajes recurrentes que van facilitando pistas, a veces falsas, al protagonista para que descubra quién se la jugó. Nada que no se haya visto a estas alturas, pero que en esta serie se lleva bastante bien.
Pero, porque siempre hay un pero, la serie empieza a resultarme demasiado larga. La trama central, la idea de la venganza, va perdiendo fuerza, alargada y estirada hasta la saciedad, y se va quedando en una serie de casos policiales, unas veces más grotescos que otras, a resolver por el dúo protagonista. Pese a que siempre es un placer ver a la teniente Dani Reese en la pantalla, lo cierto es que pasado el ecuador de la segunda temporada la cosa empieza a aburrir un poco. Espero que mejore o éste que escribe abandonará el barco de 'Life' en breve. Vamos a darle un par de capítulos de gracia.
Por suerte este fin de semana no necesitaré ninguna serie para excusarme de mis deberes domésticos, pero aquí lo dejo para que aquel que no la haya visto pueda aprovechar y disfrutar de un par de tardes de sofá con ella. En mi caso sigo aprovechando los fines de semana en el Dunas Maspalomas ya que los precios siguen siendo aceptables. Aún no ha empezado la temporada alta y por apenas poco más de lo que cuesta una cena fuera de casa pasamos la noche en un lugar tranquilo. Lejos de las obligaciones de la casa.
jueves, 25 de junio de 2009
'Las trampas del deseo'
Me hice con el libro 'Las trampas del deseo' a partir de la recomendación que dejó el amigo Esteban en un comentario -su único comentario en esta bitácora, por cierto- en la reseña que hice sobre el libro 'Freakonomics'. Lo que leí en su reseña, más bien lo que entendí, porque mi inglés deja mucho que desear, más lo que encontré en una rápida búsqueda por Internet, me atrajo. Así que me presenté en la librería y, tras unos veinte minutos esperando a que encontrasen el único ejemplar que tenían, me hice con mi copia. Antes de que sigas leyendo, te advierto que su reseña del libro está mejor.
Tradicionalmente el cine se ha llevado siempre la palma en cuanto a la incoherencia y estupidez de los nombres que les ponen a las películas cuando las doblan en España. Si no fuese por recomendación, en mi vida me hubiese acercado a un libro cuyo título es 'Las trampas del deseo' y que en su portada te regala el cerebro con la frase 'Cómo controlar los impulsos irracionales que nos llevan al error'. El primero parece sacado de una novela de tórridas pasiones de Corín Tellado, mientras que el segundo parece el mantra típico de libro de autoayuda. Reconozco que mi reacción a este tipo de títulos y frases es previsiblemente irracional, tal vez un paradigma equivocado. Y de eso va el libro, de lo previsiblemente irracionales que somos los humanos. Está claro que el título en inglés es más acertado y ahuyenta menos: 'Predictably Irrational'.
La economía tradicional postula que nuestras acciones están guiadas de forma racional para obtener siempre el máximo beneficio (maximizar la utilidad, que dicen en la Teoría de Juegos), pero Dan Ariely repasa, a lo largo de 13 capítulos, distintos aspectos del comportamiento humano y de cómo, la mayoría de las veces, hacemos las cosas influidos por aspectos a los que, de forma habitual, no damos la mayor relevancia y que nos hacen ser poco racionales, no obteniendo el máximo beneficio. Lo curioso del caso es que, una vez hacemos algo irracional en relación a algún aspecto, repetiremos la decisión irracionalidad una y otra vez. Irracionales pero predecibles. En todos los capítulos el autor relata los resultados de diferentes experimentos ideados para evaluar algún aspecto en concreto del comportamiento y demostrar lo irracionales que somos tomando decisiones. Llegando en algunos casos a resultados a la par reveladores y asombrosos. A toda esta forma de contemplar la reducida capacidad del ser humano para tomar las mejores decisiones racionales, se la ha venido a denominar economía conductual.
El libro está escrito con un lenguaje sencillo y resulta entretenido la mayor parte del tiempo. En algunos momentos, y para mi gusto, el autor se enrolla demasiado sobre las implicaciones sociales de tal o cual experimento. O de cómo debería enfrentarse, a la luz de la experiencia, mejorar la calidad moral de nuestra existencia. Peca de excesivamente moralista en -pocas, eso sí- ocasiones. En resumen, el libro se puede leer de principio a fin de forma relajada y amena. Un libro ilustrativamente entretenido.
Por cada capítulo podría comentar el fenómeno social o experiencia personal que me trajo a la cabeza su lectura. Sospecho que a todo el que lo lea le pasará algo parecido. Es inevitable. Ya sea una experiencia propia, por ser el quien la perpetra, o algo que haya vivido, pero aunque el argumento es demostrar la irracionalidad de las personas, y nos gustaría que otros fueran los irracionales, no podemos evitar vernos reflejados a nosotros mismos en los resultados de cada experimento. Podría comentar, como digo, cada capítulo con mis propias experiencias, o con lo que veo en el entorno socio político, pero creo que vamos a no estropear mucho más la reseña del libro y lo dejaremos aquí: Libro muy recomendado.
Tradicionalmente el cine se ha llevado siempre la palma en cuanto a la incoherencia y estupidez de los nombres que les ponen a las películas cuando las doblan en España. Si no fuese por recomendación, en mi vida me hubiese acercado a un libro cuyo título es 'Las trampas del deseo' y que en su portada te regala el cerebro con la frase 'Cómo controlar los impulsos irracionales que nos llevan al error'. El primero parece sacado de una novela de tórridas pasiones de Corín Tellado, mientras que el segundo parece el mantra típico de libro de autoayuda. Reconozco que mi reacción a este tipo de títulos y frases es previsiblemente irracional, tal vez un paradigma equivocado. Y de eso va el libro, de lo previsiblemente irracionales que somos los humanos. Está claro que el título en inglés es más acertado y ahuyenta menos: 'Predictably Irrational'.La economía tradicional postula que nuestras acciones están guiadas de forma racional para obtener siempre el máximo beneficio (maximizar la utilidad, que dicen en la Teoría de Juegos), pero Dan Ariely repasa, a lo largo de 13 capítulos, distintos aspectos del comportamiento humano y de cómo, la mayoría de las veces, hacemos las cosas influidos por aspectos a los que, de forma habitual, no damos la mayor relevancia y que nos hacen ser poco racionales, no obteniendo el máximo beneficio. Lo curioso del caso es que, una vez hacemos algo irracional en relación a algún aspecto, repetiremos la decisión irracionalidad una y otra vez. Irracionales pero predecibles. En todos los capítulos el autor relata los resultados de diferentes experimentos ideados para evaluar algún aspecto en concreto del comportamiento y demostrar lo irracionales que somos tomando decisiones. Llegando en algunos casos a resultados a la par reveladores y asombrosos. A toda esta forma de contemplar la reducida capacidad del ser humano para tomar las mejores decisiones racionales, se la ha venido a denominar economía conductual.
El libro está escrito con un lenguaje sencillo y resulta entretenido la mayor parte del tiempo. En algunos momentos, y para mi gusto, el autor se enrolla demasiado sobre las implicaciones sociales de tal o cual experimento. O de cómo debería enfrentarse, a la luz de la experiencia, mejorar la calidad moral de nuestra existencia. Peca de excesivamente moralista en -pocas, eso sí- ocasiones. En resumen, el libro se puede leer de principio a fin de forma relajada y amena. Un libro ilustrativamente entretenido.
Por cada capítulo podría comentar el fenómeno social o experiencia personal que me trajo a la cabeza su lectura. Sospecho que a todo el que lo lea le pasará algo parecido. Es inevitable. Ya sea una experiencia propia, por ser el quien la perpetra, o algo que haya vivido, pero aunque el argumento es demostrar la irracionalidad de las personas, y nos gustaría que otros fueran los irracionales, no podemos evitar vernos reflejados a nosotros mismos en los resultados de cada experimento. Podría comentar, como digo, cada capítulo con mis propias experiencias, o con lo que veo en el entorno socio político, pero creo que vamos a no estropear mucho más la reseña del libro y lo dejaremos aquí: Libro muy recomendado.
miércoles, 24 de junio de 2009
Ulises Santos
Como nos sucede a todos con cada una de las diferentes actividades lúdicas que experimentamos y repetimos a lo largo de nuestra vida, la Noche de San Juan, en particular, acarrea un compendio de diferentes emociones y sensaciones que han ido sedimentando durante mi existencia. Para mí la Noche de San Juan, además de otras experiencias, está muy ligada a mi abuelo. Para él, ésta noche era especial. Una ocasión más para reunir a su familia alrededor del fuego y contar cuentos o adivinar el futuro a través de las formas del plomo derretido. Mi abuelo fue una persona muy importante en mi vida y su muerte tuvo un fuerte y marcado impacto en mí. Experimentar su muerte supuso un antes y un después en mi existencia. Un choque del que hablaré, tal vez, en otro momento.
Mi abuelo no es la única persona importante que ha desaparecido, de forma irreversible, de mi vida. Desconozco si a mi edad estaré dentro de la campana de Gauss y entro dentro del grupo normal de aquellos que les faltan dedos en las dos manos para contar las pérdidas, pero con 37 años ya he experimentado la pérdida de unos cuantos amigos y compañeros próximos a -o de- mi edad. El último en sumarse a esta -ya demasiado larga- lista ha sido Ulises Santos.
Conocí a Ulises en el Instituto Tomás Morales. Entonces ya era un personaje singular. Acabamos COU el mismo año. Recuerdo que ganó el premio del concurso de matemáticas del instituto porque yo le resolví el ejercicio de los tablones para cruzar un foso. A él y a diez más. Al final el premio se convirtió en una lotería y le tocó a él. Con el dinero que le dieron, si no recuerdo mal, cruzó a la acera de enfrente del instituto, que no un foso, y se pilló unas playeras nuevas en una pequeña tienda de calzado deportivo.
Al salir del instituto él se matriculó en la Escuela Universitaria de Informática mientras yo dedicaba dos años a negar con todas mis fuerzas la evidente evidencia de que mi vocación eran las ciencias de la información. Volvimos a vernos en el año 92, cuando inauguraron el edificio de Informática en Tafira y me uní, sin pensarlo demasiado, a él y a un grupo de alienados, sea dicho con todo mi cariño, que habían montado -y mantenían- el 'Aula de Kurtura' como base de operaciones desde la que eyectar el fanzine 'Eyaculación Digital'. Resultó toda una experiencia tratar con ellos. Como también lo fue compartir prácticas de ICT (Informática aplicada a la Ciencia y la Tecnología), donde flipaba con los nombres de variable que usaba Ulises en sus programas. Pocas veces habré visto código en el que la variable de iteración de un bucle se denomina 'pepe' y te encuentras un if con algo parecido a, "si pepe multiplicado por tres es distinto de luis, entonces paco es igual a paco más dos". Eso por no decir la cantidad de variables identificadas por secuencias de cás, cuando la inspiración para poner nombres se le acababa. Entonces empezabas a ver, desperdigadas por el código, variables con nombres como 'k', 'kk', 'kkk', 'kkkk'... Un tipo singular, este Ulises.
Poco más puedo decir sobre su vida, salvo los ecos que me llegaban de la misma por el ciberespacio. No viví de primera mano cómo disfrutó de su edad madura. Nuestros caminos se separaron en el 95 y, desde entonces, hemos coincidido en contadas ocasiones. En cada uno de estos encuentros, algunos un poco más largos que otros, podía constatar en cada ocasión que seguía estando como una cabra jarta cartones. Parecía decir con cada gesto que la vida hay que vivirla. Comportamiento que siempre resultaba refrescante.
El día que me enteré de su muerte apenas di pie con bola la mayor parte del resto de la jornada. Me sorprendió a mí mismo experimentar esa sensación de pérdida por alguien a quien apenas había visto en los últimos 15 años. Pero la mejor explicación es que Ulises era una de esas personas que, de forma imperceptible, pero con carácter duradero, dejan su pequeña marca en tu vida.
Si hay vida después de la vida, o si hay cielo, espero que estés montando tu pequeña 'Aula de Kurtura' y consigas editar el 'Eyaculación Celestial'. ¡Nos vemos!
Mi abuelo no es la única persona importante que ha desaparecido, de forma irreversible, de mi vida. Desconozco si a mi edad estaré dentro de la campana de Gauss y entro dentro del grupo normal de aquellos que les faltan dedos en las dos manos para contar las pérdidas, pero con 37 años ya he experimentado la pérdida de unos cuantos amigos y compañeros próximos a -o de- mi edad. El último en sumarse a esta -ya demasiado larga- lista ha sido Ulises Santos.
Conocí a Ulises en el Instituto Tomás Morales. Entonces ya era un personaje singular. Acabamos COU el mismo año. Recuerdo que ganó el premio del concurso de matemáticas del instituto porque yo le resolví el ejercicio de los tablones para cruzar un foso. A él y a diez más. Al final el premio se convirtió en una lotería y le tocó a él. Con el dinero que le dieron, si no recuerdo mal, cruzó a la acera de enfrente del instituto, que no un foso, y se pilló unas playeras nuevas en una pequeña tienda de calzado deportivo.
Al salir del instituto él se matriculó en la Escuela Universitaria de Informática mientras yo dedicaba dos años a negar con todas mis fuerzas la evidente evidencia de que mi vocación eran las ciencias de la información. Volvimos a vernos en el año 92, cuando inauguraron el edificio de Informática en Tafira y me uní, sin pensarlo demasiado, a él y a un grupo de alienados, sea dicho con todo mi cariño, que habían montado -y mantenían- el 'Aula de Kurtura' como base de operaciones desde la que eyectar el fanzine 'Eyaculación Digital'. Resultó toda una experiencia tratar con ellos. Como también lo fue compartir prácticas de ICT (Informática aplicada a la Ciencia y la Tecnología), donde flipaba con los nombres de variable que usaba Ulises en sus programas. Pocas veces habré visto código en el que la variable de iteración de un bucle se denomina 'pepe' y te encuentras un if con algo parecido a, "si pepe multiplicado por tres es distinto de luis, entonces paco es igual a paco más dos". Eso por no decir la cantidad de variables identificadas por secuencias de cás, cuando la inspiración para poner nombres se le acababa. Entonces empezabas a ver, desperdigadas por el código, variables con nombres como 'k', 'kk', 'kkk', 'kkkk'... Un tipo singular, este Ulises.
Poco más puedo decir sobre su vida, salvo los ecos que me llegaban de la misma por el ciberespacio. No viví de primera mano cómo disfrutó de su edad madura. Nuestros caminos se separaron en el 95 y, desde entonces, hemos coincidido en contadas ocasiones. En cada uno de estos encuentros, algunos un poco más largos que otros, podía constatar en cada ocasión que seguía estando como una cabra jarta cartones. Parecía decir con cada gesto que la vida hay que vivirla. Comportamiento que siempre resultaba refrescante.
El día que me enteré de su muerte apenas di pie con bola la mayor parte del resto de la jornada. Me sorprendió a mí mismo experimentar esa sensación de pérdida por alguien a quien apenas había visto en los últimos 15 años. Pero la mejor explicación es que Ulises era una de esas personas que, de forma imperceptible, pero con carácter duradero, dejan su pequeña marca en tu vida.
Si hay vida después de la vida, o si hay cielo, espero que estés montando tu pequeña 'Aula de Kurtura' y consigas editar el 'Eyaculación Celestial'. ¡Nos vemos!
martes, 23 de junio de 2009
Sevilla. Dormir y comer.
Hace unas pocas semanas comentaba que había pasado unos días por Sevilla. En ese mismo post comentaba que se me estaba pasando por la cabeza hacer algún resumen del viaje e iniciar con ello otro arco argumental de entradas cutres. En principio he elegido los martes para ello. De momento, y hasta que se me acaben, cosa que sucederá muy pronto, para los martes sólo tengo los 'tesoros perdidos'. Así que puedo ir complementando con datos y anécdotas de viajes hasta que encuentre algo con más sustancia. O no.
Está muy bien eso de viajar y ver cosas. Esto nos llena de satisfacción y autorrealización, lo que forma parte de los niveles altos de la jerarquía de necesidades en la pirámide de Maslow. Y eso está, como digo, muy bien. Pero si nos fijamos en esa misma pirámide, podremos ver que en la base tenemos la alimentación y el descanso como necesidades fisiológicas. Básicas y primarias, vamos. Así que, digan lo que digan, lo más importante en cualquier viaje es tener un sitio cómodo donde dormir y poder disfrutar de buena comida. Al menos sana.
En nuestro caso para descansar y ducharnos elegimos el hotel Puerta de Triana, de la cadena Confortel. El precio normal resulta excesivo, pero conseguimos una oferta para cinco noches, desayuno bufé incluido para los dos, por algo menos de 350 euros. Sin estar tirado de precio sí que ofrece, a ese precio, una gran relación calidad-precio. A cinco o diez minutos caminando de casi todo lo interesante, aire acondicionado, reposición gratis a diario de botellitas de agua en el frigorífico, conexión wifi gratuita, limpieza diaria y una atención personal magnífica bien merecen pagar un poco más. He leído por ahí que la gente se queja de un bufé algo escaso para el desayuno. También he podido percatarme que la gente, cuando se les ofrece la posibilidad de comer todo lo que les entre por el buche por una cantidad fija, se vuelven locos y se lanzan a comer como perros que no hubiesen probado comida durante un mes. Para una persona normal lo que hay para elegir es suficiente. Se trata de desayunar bien para las largas y duras horas de pateo que te esperan antes de almorzar. Y, para eso, sí que había variedad. ¿O quién tiene en su casa -y desayuna de forma habitual- tantos productos distintos como te sirven en los bufetes de los hoteles? Claro que quejarse también es gratis.
Si bien tuvimos mucha suerte con el hotel, no fue así con la comida. Los primeros días nos arriesgamos a comer por la zona turística, aprovechando que estábamos visitando la zona de Santa Cruz. Todo carísimo y con una calidad pésima. ¿A quién se le ocurre cobrar 8 euros por una taza de gazpacho Don Simón? Así que a partir del tercer día decidimos alejarnos un poco a la hora de comer y la cosa mejoró bastante. A destacar las tapas que tomamos en el bar Blanco Cerrillo, en la calle Jose de Velilla. Asimismo, y cerca del hotel, aunque en calles menos atractivas, turísticamente hablando, tropezamos con algunos sitios aptos para bolsillos menos solventes y con calidad suficiente para satisfacer paladares de exigencia media. Anecdóticamente tropezamos con un camarero, emigrante canarión -de Cruz de Piedra-, que llevaba nueve años en Sevilla y que nos reconoció como compatriotas porque pedimos agua con gas. Pero el sitio donde comimos el mejor pescaíto frito con un rebujito, servido en jarras de medio litro por persona, estaba fuera de la ciudad. Fue en Santiponce, frente justo de la entrada al complejo arqueológico de Itálica. Pese a su aspecto de bareto de pueblo, pusieron cantidades industriales, de gusto exquisito y a un precio baratísimo. La experiencia gastronómica bien mereció el paseo y los calores que sufrimos en la visita a las ruinas romanas.
La gran decepción nos la llevamos el último día. Ya que no habíamos parado un solo día y habíamos visto la mayoría de los sitios que teníamos ganas de visitar, además de ir muy bien de tiempo para coger el vuelo de vuelta, decidimos darnos un homenaje y comer en el Kiosko de las flores, lugar que nos comentaron que estaba muy bien. Recomendación de un recomendado que no había ido aún, debo aclarar. Situado en el barrio de Triana y con el atractivo de comer en una terraza con vistas al Guadalquivir, decían decir que el pescado frito era muy bueno; de lo mejor de esa orilla del río. Y allí nos presentamos. Sin embargo ya entramos algo mosqueados porque no veíamos los precios en la puerta. Mucho lujo al cruzar el umbral de entrada, pero nada más pasar a la terraza había un fulano que gritaba a todo el mundo instruyendo dónde colocarse. No fuese que las parejas, nuestro caso, ocupasen las mesas para más comensales y perdiesen clientela por ello. Nos tocó en una zona alejada, por lo que lo más que disfrutamos del Guadalquivir fue la vista de la orilla de enfrente. El río ya podía haberse secado o estar a punto de desbordarse que nosotros sólo alcanzábamos a ver los coches de la otra orilla. Cuando nos dieron la carta casi se nos revientan los ojos. Precios desorbitados. Una pareja, que había entrado al mismo tiempo que nosotros, tras un rápido repaso dijo que no querían comer, que solo querían tomarse algo de beber. En nuestro caso, como de lo que se trataba era de darnos un merecido homenaje, no nos amedrentamos y pedimos. Ensalada y, cómo no, un variado de pescaíto frito -el último- junto con una gran jarra de sangría fresquita. Nada mejor para combatir el calor y preparar la mente para el vuelo de regreso. La ensalada bastante mediocre, pero comparada con el pescado era una delicatessen. Fuerte basura de pescado nos pusieron. Del almuerzo lo único pasable fue la sangría. Y a todo esto el puñetero camarero pegando gritos y ofreciendo a los guiris paellas -"¡tuo fish, uan chiquen!, ye, ¿uan fish only?"- que venían con un aspecto lastimoso recién sacado de congelador. Si alguna vez vuelvo por Sevilla haré todo lo posible por contenerme y no quemarles el chiringuito.
¡Ah! ¡Casi me olvido! Si tienes ocasión de pasar por Sevilla, y acabas perdido en la calle Zaragoza, no pierdas la oportunidad de pedir un helado -de los sabores más peculiares y variados- que hay en la heladería artesana La Fiorentina. La teníamos justo al lado del hotel y vinimos a descubrirla el último día. Espectacular. Lástima no haberla descubierto el primer día.
Está muy bien eso de viajar y ver cosas. Esto nos llena de satisfacción y autorrealización, lo que forma parte de los niveles altos de la jerarquía de necesidades en la pirámide de Maslow. Y eso está, como digo, muy bien. Pero si nos fijamos en esa misma pirámide, podremos ver que en la base tenemos la alimentación y el descanso como necesidades fisiológicas. Básicas y primarias, vamos. Así que, digan lo que digan, lo más importante en cualquier viaje es tener un sitio cómodo donde dormir y poder disfrutar de buena comida. Al menos sana.
En nuestro caso para descansar y ducharnos elegimos el hotel Puerta de Triana, de la cadena Confortel. El precio normal resulta excesivo, pero conseguimos una oferta para cinco noches, desayuno bufé incluido para los dos, por algo menos de 350 euros. Sin estar tirado de precio sí que ofrece, a ese precio, una gran relación calidad-precio. A cinco o diez minutos caminando de casi todo lo interesante, aire acondicionado, reposición gratis a diario de botellitas de agua en el frigorífico, conexión wifi gratuita, limpieza diaria y una atención personal magnífica bien merecen pagar un poco más. He leído por ahí que la gente se queja de un bufé algo escaso para el desayuno. También he podido percatarme que la gente, cuando se les ofrece la posibilidad de comer todo lo que les entre por el buche por una cantidad fija, se vuelven locos y se lanzan a comer como perros que no hubiesen probado comida durante un mes. Para una persona normal lo que hay para elegir es suficiente. Se trata de desayunar bien para las largas y duras horas de pateo que te esperan antes de almorzar. Y, para eso, sí que había variedad. ¿O quién tiene en su casa -y desayuna de forma habitual- tantos productos distintos como te sirven en los bufetes de los hoteles? Claro que quejarse también es gratis.
Si bien tuvimos mucha suerte con el hotel, no fue así con la comida. Los primeros días nos arriesgamos a comer por la zona turística, aprovechando que estábamos visitando la zona de Santa Cruz. Todo carísimo y con una calidad pésima. ¿A quién se le ocurre cobrar 8 euros por una taza de gazpacho Don Simón? Así que a partir del tercer día decidimos alejarnos un poco a la hora de comer y la cosa mejoró bastante. A destacar las tapas que tomamos en el bar Blanco Cerrillo, en la calle Jose de Velilla. Asimismo, y cerca del hotel, aunque en calles menos atractivas, turísticamente hablando, tropezamos con algunos sitios aptos para bolsillos menos solventes y con calidad suficiente para satisfacer paladares de exigencia media. Anecdóticamente tropezamos con un camarero, emigrante canarión -de Cruz de Piedra-, que llevaba nueve años en Sevilla y que nos reconoció como compatriotas porque pedimos agua con gas. Pero el sitio donde comimos el mejor pescaíto frito con un rebujito, servido en jarras de medio litro por persona, estaba fuera de la ciudad. Fue en Santiponce, frente justo de la entrada al complejo arqueológico de Itálica. Pese a su aspecto de bareto de pueblo, pusieron cantidades industriales, de gusto exquisito y a un precio baratísimo. La experiencia gastronómica bien mereció el paseo y los calores que sufrimos en la visita a las ruinas romanas.
La gran decepción nos la llevamos el último día. Ya que no habíamos parado un solo día y habíamos visto la mayoría de los sitios que teníamos ganas de visitar, además de ir muy bien de tiempo para coger el vuelo de vuelta, decidimos darnos un homenaje y comer en el Kiosko de las flores, lugar que nos comentaron que estaba muy bien. Recomendación de un recomendado que no había ido aún, debo aclarar. Situado en el barrio de Triana y con el atractivo de comer en una terraza con vistas al Guadalquivir, decían decir que el pescado frito era muy bueno; de lo mejor de esa orilla del río. Y allí nos presentamos. Sin embargo ya entramos algo mosqueados porque no veíamos los precios en la puerta. Mucho lujo al cruzar el umbral de entrada, pero nada más pasar a la terraza había un fulano que gritaba a todo el mundo instruyendo dónde colocarse. No fuese que las parejas, nuestro caso, ocupasen las mesas para más comensales y perdiesen clientela por ello. Nos tocó en una zona alejada, por lo que lo más que disfrutamos del Guadalquivir fue la vista de la orilla de enfrente. El río ya podía haberse secado o estar a punto de desbordarse que nosotros sólo alcanzábamos a ver los coches de la otra orilla. Cuando nos dieron la carta casi se nos revientan los ojos. Precios desorbitados. Una pareja, que había entrado al mismo tiempo que nosotros, tras un rápido repaso dijo que no querían comer, que solo querían tomarse algo de beber. En nuestro caso, como de lo que se trataba era de darnos un merecido homenaje, no nos amedrentamos y pedimos. Ensalada y, cómo no, un variado de pescaíto frito -el último- junto con una gran jarra de sangría fresquita. Nada mejor para combatir el calor y preparar la mente para el vuelo de regreso. La ensalada bastante mediocre, pero comparada con el pescado era una delicatessen. Fuerte basura de pescado nos pusieron. Del almuerzo lo único pasable fue la sangría. Y a todo esto el puñetero camarero pegando gritos y ofreciendo a los guiris paellas -"¡tuo fish, uan chiquen!, ye, ¿uan fish only?"- que venían con un aspecto lastimoso recién sacado de congelador. Si alguna vez vuelvo por Sevilla haré todo lo posible por contenerme y no quemarles el chiringuito.
¡Ah! ¡Casi me olvido! Si tienes ocasión de pasar por Sevilla, y acabas perdido en la calle Zaragoza, no pierdas la oportunidad de pedir un helado -de los sabores más peculiares y variados- que hay en la heladería artesana La Fiorentina. La teníamos justo al lado del hotel y vinimos a descubrirla el último día. Espectacular. Lástima no haberla descubierto el primer día.
viernes, 19 de junio de 2009
'Mort', comienzo de las andaduras de La Muerte
Como hago cada cierto tiempo, en lugar de proponer alguna serie con la que excusarnos de las obligaciones domésticas y tener otro fin de semana de tardes de sofá, la oferta de hoy será literaria. Hace una eternidad que comentaba por aquí 'Ritos iguales', tercera novela de ese universo particular y desencajado que admite como absolutamente normal un mundo plano y circular, anclado sobre los lomos de cuatro elefantes que permanecen impasibles, a su vez, sobre el caparazón de una gran tortuga y al que el autor ha dado en llamar Mundodisco.
'Mort' es la cuarta entrega de la serie y la primera de las novelas que tienen a La Muerte como arco argumental, aunque no es la protagonista principal. En este caso las desgracias las ocasionará un desorientado aprendiz de La Muerte, que cansada de repetir su trabajo desde el origen de los tiempos desea tomarse unas vacaciones para filosofar sobre el sentido de la vida -je je- y decide dejar la empresa de recolección puntual de almas en manos de un joven inexperto, cuyo mayor talento es andar siempre metiendo la pata.
Tras esa falsa prosa infantiloide que presenta toda la serie, y como sucede con la gran mayoría de los libros de Terry Pratchet, se esconden multitud de guiños a los más estúpidos comportamientos y las más absurdas creencias humanas relacionadas con La Muerte y el más allá.
No voy a decir que sea el mejor libro de la serie, que no lo es. Tampoco es un libro del que se diga que ha de formar parte de los imprescindibles que hay que leer antes de morir (y nunca mejor dicho dado el personaje que da pie y luego arregla el entuerto de su aprendiz). Sin embargo sí tiene ese toque justito para hacerla lo suficientemente entretenida como para leer la novela de un tirón, con momentos que provocan algo más que una sonrisa y personajes de conductas exageradas, pero con su toque entrañable. Si se es aficionado a la serie, éste no defraudará. La Muerte genial, como siempre.
En mi caso no puedo aprovecharlo para repatingarme a gusto en el sofá, pues ya lo he leído. En caso contrario no lo estaría comentando. O tal vez sí. En cualquier caso puede que a otro le sirva como excusa para exigir no ser perturbado durante esas exquisitas tardes de sofá que todos nos merecemos más de lo que creemos.
'Mort' es la cuarta entrega de la serie y la primera de las novelas que tienen a La Muerte como arco argumental, aunque no es la protagonista principal. En este caso las desgracias las ocasionará un desorientado aprendiz de La Muerte, que cansada de repetir su trabajo desde el origen de los tiempos desea tomarse unas vacaciones para filosofar sobre el sentido de la vida -je je- y decide dejar la empresa de recolección puntual de almas en manos de un joven inexperto, cuyo mayor talento es andar siempre metiendo la pata.Tras esa falsa prosa infantiloide que presenta toda la serie, y como sucede con la gran mayoría de los libros de Terry Pratchet, se esconden multitud de guiños a los más estúpidos comportamientos y las más absurdas creencias humanas relacionadas con La Muerte y el más allá.
No voy a decir que sea el mejor libro de la serie, que no lo es. Tampoco es un libro del que se diga que ha de formar parte de los imprescindibles que hay que leer antes de morir (y nunca mejor dicho dado el personaje que da pie y luego arregla el entuerto de su aprendiz). Sin embargo sí tiene ese toque justito para hacerla lo suficientemente entretenida como para leer la novela de un tirón, con momentos que provocan algo más que una sonrisa y personajes de conductas exageradas, pero con su toque entrañable. Si se es aficionado a la serie, éste no defraudará. La Muerte genial, como siempre.
En mi caso no puedo aprovecharlo para repatingarme a gusto en el sofá, pues ya lo he leído. En caso contrario no lo estaría comentando. O tal vez sí. En cualquier caso puede que a otro le sirva como excusa para exigir no ser perturbado durante esas exquisitas tardes de sofá que todos nos merecemos más de lo que creemos.
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